—¿Qué sigue? —Preguntó Johanna con desinterés mientras comía, manchandose toda la cara, de unas bayas que había encontrado en un arbusto.

—¿Qué sigue de qué? —Carraspeó el hombre del 12.

—El juego. El reloj. ¿Qué sigue? Vamos, maldito truhán...

Haymitch la miró como si pudiera scanear su rostro en una fracción de segundo, después alzó la barbilla al espeso tapizado de plantas que crecían desafiando a la gravedad, más allá estaba el cielo rosa, después el sol.

—Veamos... —Se lamió los labios. —Creo que la lluvia sangrienta está a punto de acabar en la zona 2 —En ese punto, había usado una ramita para dibujar un tosco esquema de la arena en el suelo húmedo, enumerando cada zona —Lo siguiente es la niebla.

Se quedó con la mirada hundida en su dibujo durante un momento, frunciendo los labios para analizar algo, luego dijo finalmente —Sólo espero que Finnick y Katniss no se maten entre ellos.

—No lo conoces. —Se aseguró de responder rápidamente Johanna. —No lo haría. Nunca.

—Hey, hey... —Haymitch trató de calmar a su compañera, quien parecía ofendida —También fui mentor con ustedes, ¿lo recuerdas? Sé que no lo haría por voluntad propia. Finnick... él no mataría ni a una mosca si tuviera elección pero ¿qué tal si no la tiene? Es Katniss quien me preocupa, es muy impusiva.

—Él encontraría el modo... Tal vez incluso no la mate, por la rebelión. —Afirmó Johanna tajantemente.

—¿Es el mismo Finnick Odair del que estamos hablando? —El ex mentor se rió con sequedad —Una de sus virtudes no es la modestia, permíteme decirlo.

—De nuevo, no lo conoces. —La chica se mostraba decidida en defender a su compañero a cada y espada.

—Claro que lo hago. Déjame recordarte cuántas veces estuvimos viendo los juegos en la misma habitación, cuántas veces tuve que contenerme de golpearlo por algún comentario sobre mis tributos, cuántas veces tuve que verlos... —Alzó una ceja, curioso de ver la reacción de Johanna —comiéndose la boca mutuamente.

—¿Qué? ¿A quién te refieres? —El color en el rostro de la tributo del siete era carmesí brillante, resplandeciendo de furia y vergüenza.

—Mason... —Sin contener una carcajada, Haymitch habló —aunque estuviera bastante ebrio, era difícil pasar por alto tantas miradas y gestos reveladores. Los vi, a ti y a Finnick, lo admito. Pero no estaba precisamente por labor de espiarlos, no soy un pervertido. —Aunque su rostro lo fuera, Haymitch no, y sin embargo sonrió con pervesión.

—Sabes lo que es estar allí... —Johanna busco reconocimiento en los ojos grises de Haymitch —la frustración te hace hacer cosas. Estaba viendo morir a tanta gente sin poder hacer nada.

—Tenias derecho a distraerte, lo sé. No me importa. Pero suponía que alguien como tú tenía algún respeto por la chica del distrito 4. Quiero decir, tu fastidio por Annie Cresta se nota como si lo tuvieras escrito con letras grandes en tu frente, ¡pero la pobre chica está loca, por dios!

—Ya. Haymitch, cállate. —Lo cortó Johanna. —Con tanta gente que se acostó con Finnick Odair, no te pongas moralista conmigo.

Haymitch ocultó su disgusto por todo lo que había tenido que sufrir Finnick haciendo un mohín mientras revolcaba matojos de ramas a sus anchas.

—Es como si tú también lo hubieras usado. —Dijo al fin, con la decepción signada en su semblante —Él no necesitaba tus besos, ni acostarse contigo.

La mirada de pocos amigos de Johanna amenazó con clavarle un cuchillo en la yugular —¿Estamos en medio de un vasallaje y tú me vas a salir con estas mierdas? Suicidate, Haymitch, tú no entiendes nada.

—No quiero entenderlo. No debería importarme cuánta gente se acostó con el, es cierto, pero ¿te has puesto alguna vez en su lugar?

—¡Estuve en su lugar! —Soltó de repente.

El hombre del Doce paso su lengua entre sus dientes, bajo el silencio absoluto, intentando sopesar lo que había oído.

—¿Tú... —Empezó.

—Si. No voy a hablar de eso. —Se libró ella.

Aquellos ojos grises de la veta se estrecharon para verla, con un sentimiento de compasión en ellos.

—Nunca hablaste de ello.

—Eso es algo obvio. —La temperatura había subido unos cuantos grados, pero la voz de Johanna era un témpano de hielo.

—No deberían... no deberían poder hacer eso con una mujer. —Haymitch titubeó, pero finalmente lo dijo, inseguro de si haría enfadar a Johanna más de lo que estaba.

—No deberían dejarte decir estupideces. Casi podría matarte a ti antes que a Snow. —El odio llenó su mirada, una expresión de desprecio tan profunda que Haymitch tuvo miedo de que lo que decía pudiera ser cierto.

—Oye... disculpa, creo en la igualdad y todo eso —La chica alzó una ceja mientras él hablaba — pero simplemente es muy crudo hacer eso con una dama. —Johanna se ruborizó ante la palabra, pero no por eso dejó de estar más enfadada — ¿Qué clase de hombre se acostaría contigo?

Bien. Eso sonó mal.

—Eres el mayor imbécil que he conocido en mi vida, Haymitch Abernathy. —Dicho esto, le dio una bofetada que lo hizo caerse de su sitio, recostado en un árbol.

—No, no, no. No quise decir eso. Es... bueno ¿qué clase de hombre se acuesta con cualquier mujer, sabiendo que la obligan a esa tortura?

—Muchos. —Dijo simplemete la chica.

—Son unas bestias sin sentimientos.

—Lo sé, Haymitch. En todo caso ¿por qué con Finnick es diferente? ¿Por qué todo el que se acuesta con él no es una bestia sin sentimientos?

—Bueno, principalmente ¿tú te acostaste con él alguna vez, no?

—Si. —Admitió.

—Creo que eso es razón suficiente. —Haymitch no admitiría nunca que su comentario inicial había sido machista, así que se contentó con ofrecerle un cumplido: que no era una insensible, que entendía porqué había estado con Finnick en primer lugar.

-—No eres bueno con los halagos, no lo hagas nunca más.

—Sí —Reflexionó él —Lo mío es la sinceridad.

Una leve mirada hacia Beetee y Wiress mostraba que estaban más que dormidos, cansados seguramente por haber caminado tanto. Había que comprender que ellos dos eran demasiado viejos como para soportarlo. Sin embargo, Haymitch también estaba agotado, aunque no lo admitiría, ni mucho menos se iría a dormir dejando su vida a merced de Johanna Mason.
Las manos del hombre del Doce se entrelazaron mientras se acomodaba en su sitio, dejando entrever un ligero temblor en ellas. Johanna pudo notarlo, aún en la oscuridad casi absoluta que los rodeaba.

—¿Duele mucho? —Preguntó la chica.

—¿Qué? —Volteó a verla Haymitch con curiosidad.

—La abstinencia, ya sabes —Señaló a las manos temblorosas de su compañero.

—Yo... —Haymitch se fijó en sus manos, frunciendo los labios mientras se analizaba a sí mismo —No. No duele. Bajo ningún concepto.

Con las cejas alzadas de incredulidad, Johanna insistió —Mientes.

—No lo hago. —Aseveró.

—Debe dolerte algo. Si vieras tu cara de "me va a dar un colapso nervioso en cualquier momento" lo entenderías. —Johanna rió, moviéndose para acostarse el lado de su compañero, a quien dirigió una mirada de entendimiento lastimero.

—Tal vez parezca muy mal portado, pero no me duele nada. Es... Bueno, es difícil para mi estabilidad mental, eso es todo.

—Uhm, supongo que te creeré. —Dijo Johanna. Acto seguido se recostó en el suelo justo al lado de Haymitch y trató de dormir.