Disclaimer: Ni la historia de Inuyasha ni sus personajes me pertenecen, son de Rumiko Takahashi. Este fanfic está hecho sin ánimo de lucro.


Capítulo X

Se encontraba viajando por las islas cuando ocurrió.

La última vez que había visitado a Rin, se había encontrado con que la chica del futuro había vuelto e Inuyasha había desertado del ejército de Kohtaro y se había unido a los demonios lobo. Habían pocas cosas que sorprendieran a Sesshomaru pero aquella nueva situación lo había conseguido.

No le había hecho mucha gracia volver a tener que aliarse con su hermano pero reconocía que era valioso. Había pasado mucho tiempo con Kohtaro y por tanto conocía mejor que nadie al enemigo.

Kohtaro. Ese maldito demonio que ya había traicionado a su padre en una ocasión –aunque nadie lo supiera– y que había estado utilizando su nombre para ganar seguidores y llevar a cabo sus planes de conquista. Sesshomaru no permitiría que manchara el nombre de su familia de esa manera.

Por ese motivo, había emprendido un viaje por todas las islas japonesas en busca de posibles aliados, viejos amigos de su padre que habían preferido retirarse de las guerras, y recordarles todo lo que Inu No Taisho había hecho por ellos antes de su muerte. Sesshomaru sonrió para sí. Y también para darles una pequeña muestra de lo que les ocurriría si decidían presentar sus simpatías a Kohtaro.

En aquel momento, paseaba por una playa con parsimonia con Jaken, su fiel sirviente, siguiéndole de cerca. Llevaba meses viajando pero su misión estaba llegando a su fin. Pronto regresaría al campamento con el ejercito que había reclutado y acabaría con Kohtaro. Ya podía saborear la victoria.

Pero entonces, lo sintió.

Sesshomaru se detuvo de golpe.

—¿Señor Sesshomaru? —preguntó Jaken, confundido por la repentina rigidez de su amo.

Despacio, Sesshomaru llevó la mano hasta su arma. Agarró la empuñadura y sacó la espada de su vaina. Tenseiga.

La había sentido palpitar. La miró fijamente, esperando, y volvió a ocurrir. Volvió a palpitar.

Lo estaba avisando. Algo muy malo iba a pasar.

—Tenemos que volver —dijo—. Tenemos que volver al campamento ahora.

—Pero, señor Sesshomaru, estamos muy lejos. Nos llevará días —replicó Jaken.

Sesshomaru no respondió. Simplemente se dio la vuelta y comenzó a caminar presuroso. Tenseiga lo estaba avisando de que la muerte se encontraba cerca. El campamento estaba en peligro. Peor aún, Rin estaba allí.

Pero Jaken tenía razón. Estaba demasiado lejos. No iba a llegar a tiempo.

IYIYIYIYIYIYIY

Estaba oscureciendo cuando comenzaron los gritos. Había sido un día gris, con el cielo cubierto por enormes nubes oscuras que amenazaban tormenta, por lo que la noche estaba llegando antes de lo normal.

—¡Kouga! ¡Kouga! —gritaron los demonios lobo que estaban montando guardia.

Inuyasha y Kouga salieron de sus respectivas cabañas, alertados por el griterío, y se dirigieron al límite del campamento. Sango también se les unió.

—¿Qué está pasando? —demandó Kouga.

Uno de sus lobos se acercó corriendo.

—Demonios perro —fue todo lo que dijo.

—¿Nos están atacando? —preguntó Sango.

Inuyasha negó con la cabeza. No era un ataque. ¿Un ejército de demonios perro dirigiéndose hacia ellos y él no lo había olido? Eso era imposible, su olfato nunca fallaba. Además, el campamento estaba protegido por una barrera creada por Miroku que les alertaría en cuanto alguien se acercara. Aunque tuvieran una idea de dónde se encontraban, les costaría dar con la localización exacta y para entonces ellos ya estarían preparados.

Olisqueó el aire y se concentró. Captó un aroma familiar.

—¡Vamos! ¡A las armas! —ordenó Kouga.

—¡No! —gritó el medio demonio—. ¡Esperad!

Todos se quedaron quietos e Inuyasha sintió una vaga satisfacción al ver que por una vez le habían hecho caso sin discutir.

No tuvieron que esperar mucho. Unos minutos después vieron a tres figuras acercándose. Uno de ellos era Miroku, que caminaba detrás de una pareja de, efectivamente, demonios perro. Matsuko y Katsuko.

Este último tenía mal aspecto. Le habían dado una buena paliza y se apoyaba en su hermano para poder caminar.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Inuyasha, acercándose a ellos.

—Los he encontrado vagando en el límite de la barrera —respondió Miroku.

—Lo siento… señor —dijo Katsuko, con la voz entrecortada por el esfuerzo. Tenía un corte bastante feo en el cuello y un ojo tan morado e hinchado que era incapaz de abrirlo.

—¿Por qué?

—Jefe, tenemos problemas —informó Matsuko.

El demonio les contó toda la historia mientras unos aldeanos traían una camilla para tumbar a su hermano. Les contó que Kohtaro había sabido todo el tiempo que eran espías que trabajaban para Inuyasha, la paliza que le había dado a Katsuko cuando había dejado de servirle y que creía que estaba a punto de atacarlos.

—Sabe dónde estamos —gruñó Kouga, con una maldición—. Tenemos que prepararnos. Armarnos y evacuar a las mujeres, niños y ancianos.

—¿Por qué estás tan seguro de que vienen hacia aquí? —preguntó Inuyasha entonces.

Matsuko lo miró nervioso.

—Verás, jefe, hay algo más —explicó—. Kohtaro me pidió que te diera un mensaje.

—¿Qué mensaje?

Matsuko carraspeó, visiblemente incómodo. Inuyasha notó cómo Kouga, Sango, Miroku, todos sus amigos se acercaban para escuchar mejor. Incluso en los momentos de crisis la curiosidad hacía acto de presencia, pensó con diversión.

—Me pidió que te dijera que la criatura es suya, que él la ha creado y que va a venir a recuperarla.

A Inuyasha se le heló la sangre en las venas. Kohtaro venía a por su hijo.

No debería pillarle por sorpresa pues conocía de sobra el plan de Kohtaro. Estaba lo suficientemente loco como para venir y arrasar el campamento, acabar con cientos de vidas, sólo para llegar hasta esa criatura que él creía que tenía la llave para dominar el mundo.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Kouga, mirándolo fijamente. De hecho, todos los que allí se encontraban lo habían rodeado y lo miraban fijamente.

Inuyasha suspiró. No le hacía ninguna gracia lo que estaba a punto de pasar.

—Quiere al bebé —respondió.

—Sí, eso ya lo he deducido —replicó el demonio lobo—. ¿Pero qué quiere decir con eso de que él "lo ha creado"?

Inuyasha cuadró los hombros. Había llegado el momento de confesar.

—Kohtaro fue quién trajo a Kagome de vuelta a esta época. Quería que tuviéramos un hijo que, según él, sería el equilibrio perfecto entre las esencias demoníaca, espiritual y humana, y por tanto estaría dotado de un gran poder. El suficiente para dominar el mundo —concluyó poniendo los ojos en blanco. Aún le costaba creer lo poco originales que eran los enemigos a los que se enfrentaba.

Al terminar su explicación, el medio demonio echó un vistazo a su alrededor. Kouga parecía estar a punto de asesinarle, Sango se había llevado una mano a la boca y lo miraba con los ojos muy abiertos y Matsuko parecía completamente confundido. El único que no lo miraba como si acabara de matar a un cachorrillo era Miroku, y eso porque él ya lo sabía todo.

—¡Hijo de puta! —estalló Kouga—. ¿Cómo has sido tan inconsciente como para darle lo que quería? ¿Por qué no te alejaste de ella en cuanto lo supiste? ¡La has puesto en el punto de mira de ese psicópata y ahora ya nada podrá salvarla!

—¡Yo la salvaré! —le gritó Inuyasha a su vez—. No lo entiendes. Ni aunque tuviera todo el tiempo del mundo, que no lo tenemos, jamás conseguiría hacerte entender el vínculo que compartimos Kagome y yo. Ningún ser vivo de este mundo, ni toda la magia del universo conseguiría mantenernos separados. Sabía de los planes de Kohtaro, sí, pero también sé que soy capaz de protegerla. A los dos. Moriré antes de permitir que les ponga un dedo encima.

Pero Kouga no atendía a razones. Desenvainó su espada y apoyó la punta en la garganta del medio demonio. Inuyasha había traído el peligro a su puerta. Había condenado a Kagome, pero no solo a ella. A todos, todo el campamento. Kiyoshi, Ayame.

—Debería matarte ahora mismo.

—¿Qué está pasando?

Todos volvieron sus cabezas hacia la chica que había gritado. Kagome.

Había estado en la cabaña de Saki, al otro lado del campamento, enseñando a los niños los usos de las hierbas medicinales, por eso había tardado en llegar. Por eso y porque con aquella enorme tripa le costaba mucho caminar deprisa.

Inuyasha la miró y el alma se le cayó a los pies. ¿Qué iba a hacer? Una evacuación no sería suficiente si Kohtaro los atacaba con todo lo que tenía. Estarían todos muertos antes del alba. Iban a tener que huir.

Dejar el campamento su suerte era una decisión horrible pero la tomaría si de esa manera salvaba a su familia. El problema era que, con Kagome en aquel estado tan avanzado del embarazo, no podrían alejarse con la suficiente rapidez. Tendrían que moverse más despacio y no creía que estarían lo suficientemente lejos cuando llegara Kohtaro. Tenían que irse ya.

Sango pareció estar leyéndole el pensamiento.

—Tenéis que marcharos —dijo—. Ahora.

—¿Qué? —preguntó Kagome, mirando a su amiga, contrariada.

Inuyasha se acercó a ella y tomó su rostro entre sus manos. No le iba a gustar lo que estaba a punto de decirle.

—Kagome, estamos a punto de ser atacados —le contó, mirándola a los ojos—. Tú y yo tenemos que irnos.

—Pero no podemos abandonarlos —discutió la chica, mirando a su alrededor, a sus amigos—. Nos necesitan.

Inuyasha negó con la cabeza. ¿Llegaría el día en que lo escuchara sin discutir?

—Kagome, ¡mírate! Tú no estás en condiciones de ayudar a nadie. Tu deber ahora mismo es cuidar de nuestro hijo. Y el mío es cuidar de vosotros dos.

Kagome se lo quedó mirando un momento en silencio, pero cuando Inuyasha creyó que por fin iba a hacerle caso, la situación empeoró de manera exponencial. Un rayo de dolor contorsionó el rostro de la chica y soltó un grito aterrador. Se dobló sobre sí misma, intentando contener el dolor, e Inuyasha tuvo que sujetarla de un brazo para que no se cayera al suelo. Sango corrió a su lado y la agarró del otro brazo.

—Kagome, ¿qué pasa? —preguntó el medio demonio, asustado—. ¿Qué te está ocurriendo?

Ella volvió a soltar un chillido, las lágrimas derramándose por sus mejillas.

—Ya viene —gimió—.El bebé… ya viene.

IYIYIYIYIYIYIY

Inuyasha depositó a Kagome en un futón en la cabaña de Saki, mientras la anciana le daba instrucciones a Sango de todo lo que necesitaba. No sabía qué hacer más que observar impotente cómo Kagome sudaba y gemía, se retorcía y chillaba por el dolor.

—No lo entiendo —dijo, con una nota de pánico en la voz—. Creía que era demasiado pronto, que aún faltaban un par de semanas.

Kagome le apretó tanto la mano que creyó que iba a partírsela mientras apretaba los dientes, luchando por contener otro grito.

—Tu hijo no opina lo mismo —respondió con la respiración acelerada.

Una mano se posó sobre el hombro del medio demonio y lo hizo darse la vuelta. Se encontró con el rostro arrugado de la vieja Saki.

—Aquí no sirves de nada, chico. Mejor espera fuera —Inuyasha miró a Kagome, reacio a dejarla. Si ella sufría, él tenía que estar a su lado, ¿verdad? No podía dejarla—. Hablo en serio —insistió la anciana—. Aquí sólo estorbas. Y ahí fuera te necesitan.

Inuyasha no discutió pero, conforme se dirigía a la puerta, algo le decía que no estaba haciendo lo correcto, que pasara lo que pasara debía permanecer a su lado. Al final salió al exterior.

Había empezado a llover con fuerza. Los truenos eran tan sonoros que hacían retumbar las estructuras de las cabañas mientras los ocupantes del campamento corrían de un lado a otro, preparándose para el ataque. Inuyasha agradeció el jaleo, que atenuaba los gritos de Kagome en el interior de la cabaña.

Por primera vez desde que era un niño, el medio demonio se sintió paralizado por el miedo por el miedo. Todo había salido terriblemente mal. Estaban a punto de ser atacados por una horda de demonios y no podía huir con Kagome. ¿Cómo era posible tanta casualidad? Era como si Kohtaro hubiera sabido el momento exacto en que nacería el niño, y por tanto el momento en el que serían más vulnerables.

Miroku se acercó a él.

—Aún no hay señales de demonios acercándose —informó—. Aún hay tiempo.

¿Tiempo? ¿Tiempo para qué? Inuyasha no podía ayudarles. En su cabeza sólo había pensamientos para Kagome y su hijo, creando rutas de escape que utilizar en cuanto el parto hubiera acabado y Kagome recuperara fuerzas. Y también había empezado a pensar que tal vez no iba a ser tan capaz de protegerlos como había creído. Y si no era capaz de proteger a su mujer y su hijo, ¿cómo iba a poder proteger a todos los demás?

—Kouga se encargará de todo —acabó diciendo.

Miroku asintió con la cabeza. Había resignación en su mirada, pero también comprensión. Le puso una mano en el hombro.

—Haz lo que tengas que hacer —le dijo, y se marchó.

Inuyasha no sabía cuánto tiempo había estado allí parado, montando guardia ante la cabaña de la anciana Saki, calado hasta los huesos. La tormenta había perdido violencia pero la lluvia se había convertido en un aguacero constante que no daba señal de terminar nunca. A través de esa cortina de agua, el movimiento del campamento se había convertido en un borrón que no guardaba ningún sentido para Inuyasha. Y entonces, cuando más entumecido se encontraba, algo lo despertó. El llanto de un bebé.

El medio demonio entró tan rápido en la cabaña que casi tiró la puerta abajo. Sango era la que se encontraba más cerca, acunando en sus brazos un pequeño bulto liado en una manta. Lo miró con los ojos anegados de lágrimas.

—Es una niña, Inuyasha —susurró con emoción.

Inuyasha se acercó a la chica lentamente, casi intimidado por aquella criatura que se removía entre sus brazos. Sango se la ofreció y él sólo pudo extender los brazos para cogerla, poniendo todo el cuidado posible para que estuviera cómoda y no apretarla demasiado. La exterminadora lo instruyó en que tuviera especial cuidado con la cabeza y por fin su hija estuvo en sus brazos.

Era tan pequeña, tan frágil. Su piel demasiado fina, sus huesos demasiado débiles. Y había nacido en un mundo tan cruel. El instinto de protección volvió a rugir en las venas de Inuyasha y la observó con renovada determinación. No había lugar para las dudas. Dedicaría hasta su último aliento a que aquella niña tuviera una vida larga y feliz.

Se parecía a Kagome. Aún tenía el rostro arrugado y demasiado rosa de los bebés recién nacidos pero había rasgos que ya estaban ahí. Su cabeza estaba cubierta por una fina pelusilla negra, y la forma de su nariz, la curva de sus labios, eran los de Kagome. Entonces el bebé abrió los ojos, lo miró fijamente e Inuyasha se quedó sin aliento.

Sus ojos eran tan dorados como el sol. Su hija tenía sus ojos. Inuyasha sintió calor en los ojos y un nudo tan apretado en la garganta que apenas lo dejaba respirar.

—¿Inuyasha? —susurró una voz débil desde un rincón de la cabaña.

El medio demonio corrió hacia el lecho en el que se encontraba Kagome. Estaba pálida y respiraba con dificultad por el agotamiento, y la vieja Saki seguía haciendo algo entre sus piernas que Inuyasha no tenía ningún interés en averiguar.

—Mira, Kagome —le dijo emocionado, mientras colocaba a la recién nacida sobre el pecho de la chica—. Es una niña. Tenemos una hija.

Kagome se quedó mirándola en silencio durante unos momentos, maravillada por aquella vida que habían creado.

—Tiene tus ojos —fue lo primero que dijo. Entonces lo miró, riendo y llorando al mismo tiempo—. Es preciosa.

Inuyasha asintió.

—Sí que lo es.

La felicidad que lo embargaba no tenía ningún sentido. Estaba en guerra y en un peligro inminente, pero aún así sintió la necesidad de grabar aquel momento en su memoria para siempre.

Pero debió de haberlo sabido. Sus momentos de felicidad nunca solían durar mucho.

Saki soltó una maldición entre dientes, y eso fue lo que lo alertó. El olor. Había demasiada sangre.

Inuyasha no sabía mucho sobre partos, pero sí sabía que había cierta cantidad de sangre que el cuerpo humano no podía soportar perder. Aquello no pintaba bien.

Observó cómo la respiración de Kagome parecía cada vez más acelerada y como cada vez parpadeaba más despacio.

—¿Qué está pasando? —preguntó con nerviosismo, sintiendo como el pánico le estrujaba las entrañas.

Nunca había visto a Saki siendo otra cosa que no fuera la estampa perfecta de la serenidad, pero la mirada que le dirigió la anciana en aquel momento, llena de horror y pena, consiguió que se le parara el corazón.

—No… —titubeó—. No puedo hacer nada. No para de sangrar.

Inuyasha sacudió la cabeza, intentando negar la realidad.

—Pero tiene que haber algo que puedas. Tienes un montón de hierbas aquí, y también en el jardín. Utilízalas —le exigió a la anciana.

—Inuyasha —dijo, con la pena inundando su voz—. Por desgracia, esto es bastante habitual. Yo no…

—¡Pero Kagome es fuerte! ¡Y joven! ¡Y está sana! —gritó el medio demonio—. ¿Cómo es posible que esté pasando esto?

Saki simplemente negó con la cabeza, sin saber qué decir. Parecía horrorizada por aquella situación y por su propia incapacidad para ayudar.

—No. Tiene que haber algo. Buscaremos una solución —y entonces se le ocurrió—. ¡Sesshomaru! Traeremos a Sesshomaru —eso era. Su hermano tenía a Tenseiga. Él podría salvar a Kagome. Ya había salvado vidas antes de esa manera.

—Ni siquiera sabemos dónde está —sollozó Sango a su espalda—. Para cuando lo encontremos, será demasiado tarde.

—Inuyasha —lo llamó Kagome. Su voz estaba tan débil que apenas parecía suya.

Sus miradas se encontraron y fue entonces cuando Inuyasha lo comprendió al fin. La estaba perdiendo. Kagome se moría. Se apagaba ante sus ojos y él no podía hacer nada, tan solo gritar y maldecir. Es más, él le había hecho aquello.

—No —Inuyasha cayó de rodillas a su lado, y las lágrimas rodaron por sus mejillas. El dolor lo barrió de una manera tan brutal que creyó que jamás podría volver a levantarse.

—Está lloviendo —murmuró Kagome, como si acabara de percatarse del ruido que provenía del exterior. Entonces miró a su hija, que aún se encontraba apoyada en su pecho, intensamente—. Amaya.

Le estaba dando un nombre. Habían hablado de muchas cosas relacionadas con el bebé durante aquellos meses, pero nunca de nombres. Kagome había dicho desde el principio que sabría qué nombre ponerle cuando le viera la cara e Inuyasha había estado de acuerdo. Eso estaba haciendo ahora. Le daba lo último que podría darle jamás: un nombre. Un nombre que les haría recordar aquella noche durante el resto de sus vidas.

Amaya significaba «noche de lluvia».

Kagome pegó los labios a la frente de la niña y cerró los ojos con fuerza, dejando correr las últimas lágrimas.

—Cógela, por favor —pidió la chica.

Inuyasha cogió a Amaya y la apoyó en uno de sus brazos. Con la mano libre apretó la mano de la mujer que amaba pero ella no le devolvió el apretón. Su mano estaba fría como el hielo.

—Escúchame —dijo, con dificultad—. Tienes que prometerme algo.

—Sí.

—Sé que esto te va a volver loco de dolor, que te va a dejar muerto por dentro. Pero no puedes volver a perderte, no puedes volver a encerrarte en ti mismo como antes. Ahora la tienes a ella y te necesita. Tienes que ser fuerte por ella. Llórame si lo necesitas pero haz lo que sea necesario por recuperarte lo antes posible. Sé el padre maravilloso que sé que puedes ser. No la alejes de ti y sé su padre —Kagome lo miraba con fiereza, como si pudiera ver a través de él—. Prométemelo.

Inuyasha asintió.

—Lo prometo.

Se inclinó hacia ella, y juntó sus labios con los fríos de ella en un beso húmedo por las lágrimas entremezcladas. Lloraron por lo que pudo haber sido y ya nunca sería.

—Te amo, Kagome —susurró, sin separarse de ella—. Siempre lo haré.

Se alejó un poco de ella, esperando volver a sus ojos por última vez, pero ya no parecía tener fuerza ni para levantar los párpados.

—Yo también te amo.

Kagome respiró con dificultad unos segundos más y entonces su pecho dejó de moverse.

Inuyasha apartó con ternura un mechón de pelo de su frente, la miró durante un momento y se puso en pie. Poco a poco el mundo exterior fue penetrando en su mente. El gesto abatido de Saki. El fuerte llanto de Sango. La eterna lluvia y los hombres tomando posiciones a la espera de lo que se les venía encima.

Miró a su hija en sus brazos. Amaya. Dormía tranquila, inconsciente de lo que acababa de perder. De lo que seguiría perdiendo si permanecía a su lado.

Inuyasha tomó una decisión.

—Sango, trae a Miroku —ordenó—. Quiero hablar con los dos.

—¿Qué?

—¡Hazlo!

La exterminadora salió presurosa de la cabaña, extrañada por la petición del medio demonio.

Inuyasha pidió perdón mentalmente por lo que estaba a punto de hacer, porque iba a romper la promesa que acababa de hacerle a Kagome. Alzó a Amaya y la besó en la frente, en el lugar exacto en el que la había besado su madre.

—Espero que puedas perdonarme algún día.

Salió fuera, dónde la lluvia por fin había parado de caer, dejando que una calmada frialdad se adueñara de él.

Sango volvió con Miroku y Kouga.

—¿Es cierto? —preguntó el demonio lobo, nada más llegar a su lado—. ¿Kagome ha…?

—Sí —le interrumpió Inuyasha. Entonces dejó con cuidado a Amaya en los brazos de Sango.

—¿Qué estás…? —preguntó la exterminadura.

—Marchaos. Miroku y tú. Coged a la niña y largaos.

—¿Pero qué estás diciendo? —exclamó Kouga.

Pero Inuyasha volvió a interrumpirle.

—Sabemos bien qué es lo que quiere Kohtaro. A ella —dijo, señalando al bebé en los brazos de Sango—. No dejaré que le ponga las manos encima.

—Pero deberías ser tú —replicó Sango—. Tú deberías huir con ella. Ése era el plan. Eres su padre y le has prometido a Kagome…

—Sé lo que he prometido pero ella ya no está aquí para hacer que lo cumpla —respondió con frialdad. Entonces miró a Miroku, que no había dicho una palabra aún—. No le confiaría esto a nadie más. Y no será por mucho tiempo. Mataré a Kohtaro y me reuniré con vosotros.

Miroku lo miró fijamente, sabiendo perfectamente que matar a Kohtaro no iba a ser tan fácil, hasta que algo lo hizo romper el contacto visual.

—Están aquí —dijo—. En los límites de la barrera. Kagome utilizó sus poderes para ayudarme a sostenerla. Sin ella, no aguantará mucho.

Se habían quedado sin tiempo. Inuyasha se acercó a la pareja con el apremio brillándole en los ojos.

—Marchaos —repitió—. Dirigíos a las tierras de los humanos, haced que pase desapercibida y no llaméis la atención. Si os vais ya, los entretendremos lo suficiente para daros tiempo para desaparecer.

Sango negó con la cabeza.

—Esto no es lo que Kagome quería.

Inuyasha no respondió. ¿Qué se podía responder ante una verdad de tal magnitud? Si había vida después de la muerte, seguro que ella lo maldeciría por toda la eternidad.

Miroku rodeó los hombros de Sango con un brazo, y miró a la niña con semblante serio.

—Tenemos que irnos, Sango —entonces se volvió a Inuyasha—. La protegeremos con nuestra vida —prometió.

El medio demonio asintió, mirando a su amigo seguramente por última vez. Colocó una mano sobre la cabeza de su hija.

—Adiós, Amaya —se despidió con un susurro, y los dejó marchar.

Kouga, que había presenciado toda la escena con tristeza, lo miró preocupado.

—¿Estás seguro de esto?

Inuyasha no dijo nada. Dio la espalda al lugar por el que se habían marchado sus mejores amigos con su hija y sintió como se apoderaba de él aquella claridad y frialdad que lo invadían antes de cada lucha.

Desenvainó a Tessaiga y se dirigió a la batalla.

FIN

...

...

...

DE LA 1ª PARTE


Me temo que os he mentido. Hace un par de días publiqué el capítulo 9 (no diréis que no me he dado prisa esta vez) y en la nota final os decía que éste sería el último capítulo. Pues bien, no es así.

Veréis, desde el primer momento en el que empecé a escribir esta historia, la concebí para que tuviera dos partes. Al principio pensé en hacerla en dos fics separados (una de las razones por las que, en principio, éste sería el último capítulo), pero después de ver lo mucho que me he atascado, decidí que lo mejor era poner "Parte 1" y "Parte 2" y dejarlo todo junto. Además, así me evito hacer spoilers a posibles nuevos lectores.

Sé que me vais a odiar, pero este final no es que tenga mucho sentido como final. No se cierran las tramas, solo la historia de Kagome (tenéis todo el derecho a odiarme por matarla, pero el proceso creativo de un autor es complejo y al final todo cobrará sentido). Pero a Inuyasha aún le queda un gran recorrido y quiero centrarme en él.

Espero los tomates virtuales que estáis deseando tirarme. Más aún, teniendo en cuenta que no sé el tiempo que me va a llevar escribir la segunda parte. Puede que sean unos pocos meses, puede que sean otros ocho años, pueden ser décadas. Pero os prometo que cueste lo que cueste, acabaré esta historia, aunque tenga que esperar a ser una ancianita jubilada sin nada que hacer (espero que FanFictionNet siga por aquí en ese entonces).

Y ahora, agradecimientos. En casi ocho años se reúne un montón de gente a la que agradecer, así que en vez de hacer una lista de nombres, voy a generalizar un poco. Quiero darles las gracias a todos los lectores de esta historia. A los lectores que me han acompañado desde el principio y a los que acabáis de uniros, y a todos entre medias. A los lectores que se encontraron con esta historia en algún momento y que ya no están por aquí (porque, en serio, ocho años acabaría con la paciencia de cualquiera). A los lectores anónimos y a los que me han apoyado y animado a continuar desde sus reviews. A todos los que han añadido la historia a sus favoritos y follows. A todos vosotros, porque no sé los demás, pero yo escribo para que me lean, y sin vosotros sentarme y escribir no tendría ningún sentido. Muchísimas gracias de corazón.

Espero volver pronto con la segunda parte y más aventuras.

Hasta entonces, ¡sed felices!

PD: Incluso hoy, en pleno siglo XXI y en países desarrollados, las mujeres siguen muriendo por hemorragias durante el parto. Me pareció creíble que a Kagome le ocurriera algo así en el siglo XV.