Ingresé al vestíbulo con un buen humor que hasta a mí me asombró. Sí, acababa de fallecer mi madre, sí, las cosas no iban del todo bien con mi esposo, pero… algo en aquel joven, que por un momento hizo temblar mi autocontrol, me devolvió algo de la emoción que había perdido.

Y el tan solo sentir esa sensación me alegró más que nada. Me alegraba el hecho de que tuviera su número en mi teléfono, y me alegraba pensar que quizá, esa no hubiese sido la última y primera vez de nuestro encuentro. Que quizá, sólo quizá, lo pudiera volver a ver.

Al llegar al piso de la habitación que Edward y yo compartíamos, sentí un mal presentimiento, mas no imagine nada más que la preocupación de mi marido al yo llegar tan tarde.

Jalé del picaporte y entré, totalmente indiferente.

Edward me esperaba sentado al pie de la cama, con cara de pocos amigos.

—Hola—saludé, inclinándome y dejándole un casto beso en los labios. No me respondió a la caricia—. Se me hizo algo tarde…

—Bella, te fuiste durante casi dos horas, ¿sabes lo preocupado que estaba? —hizo una pausa— ¿Olvidaste que teníamos un vuelo a Forks hace media hora?

Miré como acto reflejo a las maletas armadas junto a la mesa de luz. Mierda… Oh, mierda. Lo había olvidado.

—Lo lamento, lo lamento. Lo olvidé… —me disculpé— Me distraje con algunas tiendas y se me hizo tarde—mentirle no era lo correcto, pero si le decía que me había encontrado con mi La Tua Cantante en el cementerio, se pondría como loco—. La próxima te dejo un mensaje, ¿sí?

Sus ojos buscaron los míos, demonios, me conocía demasiado. Esperaba que no se percatara de que le ocultaba algo.

—¿Tiendas? —cuestionó, con tono de reproche—, ¿desde cuándo te gusta ir a las tiendas? —interrogó— ¿Y por qué no veo ninguna bolsa?

Arqueé una ceja, sospechando de sus intenciones.

—Sólo estuve mirando, luego... —Diablos que no servía para mentir. Menos a él— fui al cementerio y me tomé mi tiempo, tú sabes como son estas cosas, quise estar con mamá un rato.

Soltó una de sus risitas socarronas.

—Bella, por favor.

—¿Qué? —fingí inocencia.

—El olor que tienes impregnado es demasiado evidente, ¿con qué hombre te cruzaste? —odiaba cuando se ponía así.

—Ash, nadie, sólo…—me pausé, rememorando sus palabras— ¿cómo sabes que era un hombre? —lo puse en brete.

Rodó los ojos, tapándose la cara con las manos.

—Lo supuse, Bella…—suspiró.

—¡No es cierto, me seguiste! —acusé, enojada.

—¡¿Y qué querías que hiciera?! —admitió— Estaba preocupado por ti, fui a buscarte al cementerio y te vi muy cómoda platicando con un pelirrojo, entonces me volví. Solamente hice eso, ¿está mal que me haya preocupado? Bien, pues…—hizo una pausa, inspirando hondo— Sólo me preocupé por ti.

Me acerqué a él, sentándome en la cama a su lado y acariciándole la nuca. Lo besé tiernamente en los labios, sólo para tranquilizarlo.

—Lamento haber tardado tanto, Edward. Y entiendo que estés preocupado pero tienes que calmarte, sólo me crucé con un conocido, nada más—dije, abrazándolo.

Asintió con cautela, recibiendo mis caricias.

De repente sonó mi celular.

—¿Será Alice? —me preguntó, con confusión. No recibía mensajes a menudo.

—Veré—dije, sabiendo que no era mi cuñada quien se había contactado conmigo.

Tomé el teléfono móvil y, aprovechando que justo Edward decidió incorporarse para tomarse una ducha, revisé el mensaje con comodidad.

"¿Todo bien, Bella?"el número remitente estaba agendado como "Andrew". Sonreí al leer el mensaje.

Me apresuré en apretar las teclas del celular táctil a toda velocidad: "Todo bien, Andrew. Gracias." y tecleé enviar.

—¡Amor!—me llamó la voz de Edward desde el baño, mezclándose con el sonido del agua de la ducha— ¿quieres venir? —invitó.

Me sorprendí a mí misma cuando al escuchar su propuesta no me dieron demasiados ánimos de ir. A decir verdad, mi esposo nunca me lo pedía, iba yo sola, voluntariamente. Pero, en ese momento, sólo quería seguir mensajeándole a aquel muchacho, sin interrupciones.

Aún así decidí ir con mi esposo, pues no quería que sospechara nada y había muchas probabilidades de que aquel «encuentro» fuera una momentánea reconciliación.

—Ya voy…—contesté, guardando el celular en mi bolso nuevamente.

.

Luego de un buen rato, ya secos pero sin vestimentas, nos encontramos otra vez en aquella cama de hotel que ya comenzaba a detestar. Postrarme en aquellas sabanas era lo último que quería hacer.

Era... demasiado tranquilo.

—Bueno…—Edward rompió el silencio— aún no me has respondido lo que te planteé—arqueé una ceja, confundida—. Lo de irnos de vacaciones.

—Ah, claro—capté—. No lo sé, sólo quiero ir a casa. Extraño a la familia—confesé, acurrucando mi cabeza en su pecho mientras él masajeaba mi espalda desnuda.

—Está bien—aceptó—. Aunque ya estaríamos en casa de no ser porque tardaste tanto charlando con aquel conocido—dijo, en tono burlón.

—Edward, no empieces con tus celos, por favor—le reproché, retirando mi apoye de su tórax, y agarrando las sabanas para tapar mi pecho.

—¿Y de dónde lo conoces? —interrogó, con su mirada de "ahora quiero saber todo".

—Era amigo de mamá…

—No lo vi en el funeral —interrumpió.

—No fue—dije, con voz cortante.

Los interrogatorios de mi marido eran cosa que me torturaban la cabeza. Se ponía en modo posesivo y celoso, cosa que se me hacía insoportable.

Pero en la mayoría de los casos, y, con suerte, lo olvidaba y se le pasaba.

—Ok, olvidemos lo del conocido—empezó—. Mañana partiremos a casa, y todo volverá a la normalidad—dijo, más para sí que para mí—. Podríamos ir de caza, ¿no?

Asentí, aliviada. Ir de caza era lo que más deseaba desde el encuentro con Andrew. Oh, nunca estuve tan tentada en mi vida.

—Y volveremos a la cabaña, con la pequeña, juntos…—asentí nuevamente. En el fondo aquella idea no me alegró demasiado, pues mi hija no tendría ganas de verme luego de lo que le había hecho. Y no la culpaba.

Sonó mi celular por segunda vez, cosa que me extrañó ya que era la una de la mañana. No esperaba que Andrew llamara a esa hora.

Renesmee: llamada entrante. Atendí al instante, sentándome en la cama.

—¿Hola, cielo? —contesté con alarmo. Si llamaba a esa hora de seguro era por una emergencia.

—¿Má?, hola—respondió, con algo de timidez—. Quiero hablar contigo, ¿está papi a tu lado?

—S-si—respondí, volteándome hacia mi esposo, quien masajeaba mi columna de arriba abajo… demasiado abajo—. ¿Quieres que te pase con él?

—No sólo…—se mostró dubitativa unos segundos— no quiero que escuche—susurró.

Miré a mi marido, obviamente había escuchado esa parte. Le hice señas para que se pusiese sus auriculares así no oía la conversación. Pareció funcionar, y la escena se veía divertida. Edward bailando al compás de la música, Dios, era un payaso.

Aún así, desconfiando de mi esposo, me puse una bata y fui a terminar la charla telefónica en el baño.

—Solucionado, no puede escucharnos—confirmé—. ¿Qué pasa?

—Tuve cierto problema—hizo una pausa—… de chicas.

Oh, no. No, no… ¡Mi pequeña, no! Rayos, por qué tenía que crecer tan rápido… ¡¿Por qué yo no había estado presente en ese momento?!

—Mi chiquilina—murmuré—, ¿quién te ayudó? Alice una vez me dio un pack de toallas femeninas, para ti, por si acaso. Están en el botiquín del baño…

—No, mamá, no es eso—me interrumpió, algo incómoda por mi malinterpretación— No es eso, creo que me expresé mal. Es más un… tema amoroso. No lo sé, una crisis adolescente. Tómalo como eso.

¿Tema amoroso? ¿Crisis adolescente? ¿Qué rayos?

—Hija me estás asustando—dije, seria.

—Verás, hoy vino Jacob a casa—Oh, no…— y resulta que en un momento dado—se interrumpió—… no le digas a papá por favor pero: nos... —hizo otra pausa, terminando con mi paciencia.

—Renesmee, sin rodeos por favor—supliqué, al borde de los nervios.

—Nos besamos.

—¡¿Qué?! —se oyó a Edward gritar del otro lado de la puerta. Abrí la misma, para encontrarme a mi marido pegado a ella, escuchando muy atentamente la conversación.

—¡Dijiste que no estaba escuchando! —se quejó mi hija del otro lado del teléfono, en tono avergonzado.

—Edward, ¡vístete! y vuelve a la cama —se escuchó un "Ugh" de parte de mi hija del otro lado de la línea. No había escogido las palabras adecuadas—. Renesmee, ¿qué dices que hicieron? ¡Jacob es mayor de edad, tú lo sabes! —le regañé, saliendo del baño para adentrarme en la habitación.

—Mataré a ese chucho…—murmuró mi esposo entre dientes.

—No si yo lo hago antes—le contesté.

—¡No! ¡Ninguno de los dos le hará nada! —reclamó nuestra hija, histérica— Mamá, te llamé para contártelo porque pensé que entenderías, pero se ve que no. Buenas noches—y cortó.

Me quedé boquiabierta mirando el teléfono. ¿Cómo iba a dejarme así, con la palabra en la boca?

—Yo lo mato—exclamó Edward, enojadísimo. Era algo cómico verlo así.

—Bueno, quizás tendríamos que haberlo visto venir—acoté, algo decepcionada por mi amigo. Tal vez él no se hubiese tomado en serio la charla que mantuvimos sobre el asunto años atrás, pero yo sí. Y le creí al decir que trataría a mi hija como a una hermana. Diablos, sí que le creí, sí que confié en él.

—¿Haberlo visto venir? ¡Yo esperaba sentado para verlo! ¡Lo esperaba en unos cuantos años, Bella!

—Yo también, pero…—exhalé audiblemente, con resignación— qué le vamos a hacer. Ya creció, ya es adolescente. Tú mismo lo dijiste.

Rodó los ojos, poniendo los brazos en jarras. Era extraño discutir con él cuando se encontraba solamente en boxers.

—No es lo mismo comprarte sujetadores nuevos, a besuquearte con perros sin que tus padres sepan—eso sonó raro.

—Bueno, ahora lo sabemos. Al menos a mí sí me lo quiso decir—lo miré de arriba abajo—. No te lo dijo a ti porque sabía que ibas a reaccionar así, así que mas vale calmarte—me tumbé en la cama—. Y vístete, por favor.

—¡Pff!, como si fuera la primera vez que me ves así—dijo, señalando su cuerpo semi-desnudo.

—No, pero es incómodo. No puedo discutir contigo y tomarte en serio si estás así—le lancé su bata— póntela.

Rodó los ojos, aún algo molesto por la noticia de Renesmee, y se vistió.

Así que mi niña y el licántropo se besaron…

Estás en problemas, Jacob Black.