Disclaimer: como ustedes ya saben los personajes son de S . M y yo solo juego con ellos. la trama tampoco me pertenece ya que es una Adaptación de la Novela de ANNA BAKNS


Capitulo 9

NOS DETENEMOS EN el camino empedrado, y tengo que inclinarme en el asiento para poder apreciarla por completo. La casa playera de mis sueños. Cuatro pisos, tal vez cinco—dependiendo de si esa casilla en lo alto es una habitación o no. Todo madera, pintado de verde mar con ventanas blancas. Un enorme pórtico principal, completado con mecedoras blancas que hacen juego con unas macetas de madera, rebosantes de pensamientos rojos. Una reja de hierro forjado lleva hacia la parte posterior, desde la cual se debe poder apreciar la vista de la playa. Nos adentramos tanto en la arboleda con el coche, que pensé que terminaríamos en el agua antes de lograr llegar hasta su casa.

—Linda casita. —le digo.

—Te la cambio.

—Cuando quieras.

—¿De verdad? ¿Te gusta? —Parece estar genuinamente complacido.

—¿Qué más se puede pedir?

Se aleja un poco y estudia la casa como si fuera la primera vez que la ve. Asiente. —Es bueno saberlo.

Subimos los tres escalones del pórtico, pero agarro su mano antes que alcance a tomar el pomo de la puerta. El contacto envía calor a través de mi cuerpo, calentándome hasta la médula.

—Espera.

Se detiene a mitad del movimiento y se queda mirando fijamente mi mano.

—¿Qué? ¿Pasa algo malo? ¿No estarás cambiando de opinión, verdad?

—No. Es sólo que… tengo que decirte algo.

—¿Qué?

Fuerzo una risa nerviosa.

—Bueno, la buena noticia es que no tendrás que preocuparte más por mis rechazos.

Edward sacude la cabeza.

—Esa es una buena noticia, pero lo dices como si no lo fuera.

Tomó una profunda bocanada de aire. ¿Dónde hay un buen rayo cuando lo necesitas? Porque, incluso aunque respire profundamente miles de veces, esto seguirá siendo humillante…

—¿Bella?

—Le dije a mi mamá que estábamos saliendo, —le suelto abruptamente. Ahí está. ¿No se siente mejor así? Nop, nop, para nada.

Pese a que su sonrisa me sorprende, más que nada, me fascina más allá del pensamiento racional.

—¿Estás bromeando? —me dice.

Niego con la cabeza.

—Es lo único que se creería. Por lo tanto, ahora… ahora tendrás que fingir que estamos saliendo juntos si vienes a mi casa; pero no te preocupes, no tienes por qué volver allí otra vez. Y en unos pocos días, fingiré que rompimos.

—No, no lo harás —se ríe—. Le dije exactamente lo mismo.

—¡No bromees!

—¿Por qué, qué dije?

—No, me refiero a que, ¿de verdad le dijiste eso? ¿Por qué harías semejante cosa?

—Por la misma razón por la que tú lo hiciste —se encoje de hombros—. No hubiera aceptado un "no" por respuesta.

La comprensión de que ambos podríamos haber tenido la misma conversación con mi madre hace que este bonito pórtico comience a dar vueltas. Luego, este bonito pórtico comienza a tener puntitos negros por todas partes. Cuando éramos pequeñas, Carmen y yo solíamos dar vueltas y vueltas en la silla de la oficina de mi padre. Una vez, ella me giró tan rápido y por tanto tiempo, que cuando me levanté caminaba en la dirección completamente opuesta a la que pretendía hacerlo. Como las niñas que éramos, encontrábamos aquello muy divertido, como ingerir helio para luego hablar como una ardilla. Ahora, sin embargo, no es tan entretenido. Especialmente ya que la cara de Edward desapareció detrás de un punto negro.

—Ay, no.

—¿Bella? ¿Qué pasa?

El resto del pórtico es absorbido dentro del gran agujero negro de mi visión. El tapete de bienvenida debajo de mí cabecea como un bote de remos en un huracán. Me estiró para alcanzar la puerta o la pared o a Edward, pero de alguna forma le erro a los tres. De repente, mis pies pierden el equilibrio y mi rostro se estampa contra su pecho por segunda vez en mi vida. Esta vez, mi única opción es aferrarme a él. Oigo la puerta abrirse y cerrarse. El infierno producido por su tacto es la única cosa de la que estoy segura. Todo lo demás—como dónde queda arriba, abajo, la derecha y la izquierda—parece escaparse.

—Yo… yo seguramente vaya a desmayarme. Lo siento.

—Te tendí en el sofá —Me da un apretón—, ¿está bien?

Asiento para indicarle que sí, pero no suelto su cuello.

—Dime qué necesitas. Me estás asustando.

Escondo mi cabeza en su pecho.

—No puedo ver nada. No quiero acostarme porque… porque no voy a saber en dónde estoy.

Ahora, el mundo ha dejado de girar. Decido que sus brazos son el lugar más conveniente para estar en estos momentos. Hasta que empiezo a caer. Grito.

—Shhh. Todo está bien, Bella. Fui yo que me senté; estás en mi regazo —Acaricia mi pelo y me mece hacia atrás y hacia adelante—. ¿Es tu cabeza? Dime cómo puedo ayudarte.

Cuando asiento contra su pecho, las lágrimas de mis mejillas se infiltran en su camisa.

—Tiene que ser por mi cabeza. Esto nunca me había pasado.

—Por favor, Bella, no llores.

Se tensa cuando yo río sobre su camisa. Como castigo, mi cabeza palpita.

—Apuesto a que te estás arrepintiendo de haberme traído aquí.

—Yo no diría eso. —responde, relajándose.

Su tono es como un bálsamo. Dentro de los confines de sus expertos brazos, mi cuerpo se relaja más allá de mi control. El pánico fluye lejos de mí, como el agua que se derrama de un vaso roto. Mis ojos se rehúsan a abrirse.

—Estoy algo cansada.

—¿Pero, está bien que duermas? Todo lo que he leído sobre heridas en la cabeza dice que no deberías ir a dormir.

Aunque, mientras dice esto me permite encoger las piernas, acurrucar mi hombro contra su axila y ubicarme mejor en su regazo. Además, asegura mi nueva posición ajustando el agarre de sus brazos. El calor hierve entre nosotros y me envuelve como un abrigo de invierno. Hacerse un ovillo contra un bloque esculpido de granito no debería ser así de cómodo.

—Creo que eso es cuando recién te golpeas. Estoy segura de que no pasa nada si me duermo ahora. Quiero decir, ya dormí anoche, ¿verdad? Y, en realidad, no estoy segura de poder mantenerme despierta en este preciso momento.

—Pero… no te estás desmayando, simplemente vas a dormir, ¿no? Hay una diferencia.

—Nada más dormir —Bostezo—. Tal vez solo necesite una siesta.

Edward asiente contra mi pelo.

—En verdad parecías cansada hoy cuando terminaron las clases.

—Ya puedes ponerme sobre el sofá.

Él no se mueve; se limita a continuar meciéndome. Mantenerse alerta es un callejón sin salida justo ahora.

—¿Edward?

—¿Mmm?

—Ya puedes soltarme.

—No estoy listo aún. —Aprieta su agarre.

—No tienes que sostener…

—¿Bella? ¿Me puedes oír?

—Eh, sí. Puedo escuchar bien, lo que no puedo es ver…

—Eso es un alivio. Porque por un momento pensé que no me habías escuchado cuando dije que no estoy listo todavía.

—Imbécil.

—Duerme. —dice, mientras ríe contra mi pelo.

Es la última cosa que recuerdo.

Lo malo es que él no sigue sosteniéndome; lo bueno es que puedo ver. Echo un vistazo alrededor de la habitación, pero todavía no trato de sentarme. Si tuviera que adivinar, diría que aún estoy en la casa de Edward. Todo en este cuarto grita "lujo": arte del cual te das cuenta que es caro porque es muy feo; muebles de formas extrañas que fueron hechos más para ser observados en vez de para dar comodidad; un enorme televisor de pantalla plana colocado en la pared sobre la chimenea; la manta de cachemira que me cubre, tan suave que no molestaría ni a alguien con quemaduras de sol. Y sí, también tiene vista a la playa. La pared trasera es una ventana de cristal al completo. Ni siquiera hay dunas que bloqueen la vista. Incluso acostada, puedo ver las olas ondulando y la tormenta formándose en la distancia.

Incorporarme es un gran error por dos razones: primero, hace que mi cabeza palpite y que mi visión se vuelva irregular; y segundo, hace que alguien grite:

—¡Edwaaaaaaaaaaaaard!

Gruñendo, cubro mis oídos y me retiro hacia mi cueva de cachemira.

—¡Por el tridente de Tritón, Alice, vas a despertarla!

¿Alice? Fabulantástico. La hermana grosera de Edward, pero esa voz no le pertenece a él. ¿También tiene un hermano?

—Ya está despierta, aliento de calamar. ¿Por qué otra razón lo llamaría?

—Bueno, pero él no está aquí, princesa.

Oigo a alguien arrastrar los pies y me siento casi lo suficientemente curiosa como para espiar desde mi manta. Pero, en lugar de eso, la frazada es arrebatada de mi cara. Alice me mira fijamente y me señala.

—¿Ves? Te dije que ya estaba despierta.

El chico a su lado niega con la cabeza y se inclina hacia mí.

—¿Bella?

Me sorprende ver un nuevo par de ojos violetas. Y, por supuesto, este chico es de buen ver, también—no tan hermoso como Edward, pero, sinceramente, ¿quién lo es?—, con el mismo abundante pelo negro y la misma piel olivácea que Alice y su hermano.

Como respuesta a su pregunta, yo asiento.

—Bella, soy Jasper. Supongo que ya conoces a Alice.

¿Jasper? ¿De verdad sus padres le pusieron Jasper? Pero no lo pregunto y me limito a asentir.

—Escucha, no tienes que levantarte ni nada por el estilo. Edward sólo fue… eh… él fue a nadar. Estará de vuelta realmente pronto.

Intercalo mi mirada entre ellos y más allá de la playa. Sacudo la cabeza.

—¿Qué? ¿Qué anda mal, Bella? —me pregunta.

Me cae bien Jasper. Parece estar genuinamente preocupado por mí, incluso sin aún haberme conocido. Alice luce como si quisiera pisotear mi cabeza y terminar el trabajo que empecé con la puerta de la cafetería.

—Tormenta. —pronuncio la única palabra que logro encontrar entre los puntos de mi visión.

—Estará de regreso antes que empiece a llover —Jasper sonríe—. ¿Puedo conseguirte algo, para comer, para beber?

—¿Un taxi? —sugiere su compañera.

—Ve a la cocina, Alice —le indica él—. A menos que estés lista como para buscar una isla.

No estoy segura de cuán lejos está la cocina, pero parece como si la chica pisoteara fuerte durante unos largos cinco minutos. Encontrar una isla no parece el castigo adecuado por ser grosera, pero dado a que tengo lastimada la cabeza, les doy el beneficio de la duda. Además, siempre está la posibilidad de que me haya imaginado todo.

—¿Te molesta si me siento? —me pregunta Jasper.

Niego con la cabeza. Él se acomoda en el borde del sofá y vuelve a extender la manta sobre mí; espero que interprete mi asentimiento como un "gracias". Jasper se inclina un poco y me susurra: —Escucha, Bella, hay algo que me gustaría preguntarte antes de que Edward vuelva. Oh, no te preocupes, es una pregunta con un "sí" o un "no" como respuesta. No hace falta que hables.

Espero que interprete mi asentimiento como un "Claro, ¿por qué no? Eres agradable".

El chico mira alrededor, como si estuviera a punto de atacarme en vez de hacerme una pregunta.

—¿Sientes… eh… una sensación de hormigueo… cuando estás cerca de Edward?

Esta vez asiento con los ojos bien abiertos y espero que lo capte como un "Oh Santo Cielo, ¿cómo te enteraste de eso?"

—¡Lo sabía! —sisea—. Escucha, apreciaría que no le mencionaras esto a Edward. Ambos estarán mejor si él lo descubre por su cuenta. ¿Me lo prometes?

Espero que tome mi asentimiento como un "Este es el sueño más raro que he tenido".

Todo se vuelve negro.

No tengo que abrir los ojos para saber que la tormenta está aquí. La lluvia abofetea el vidrio en oleadas y un constante estruendo de truenos ruge alrededor. ¿O es mi estómago? Mientras soy atraída de vuelta hacia la conciencia, los flashes de los relámpagos penetran entre mis párpados como luces estroboscópicas. Espiando a través de los pequeños agujeros de la cachemira, abro los ojos. Las luces de la estancia están apagadas, lo que hace que mi visión de la tormenta sea similar a estar contemplando fuegos artificiales. Lo apreciaría más si el tentador olor a comida no se estuviera burlando de mi estómago vacío.

Cuando me incorporo para volver a sentarme, la cachemira se escurre hacia el suelo. Permanezco quieta y me agarro al sofá, esperando a que la habitación empiece a dar piruetas alrededor de mí o a que mi visión se evapore. Tuerzo mi cabeza de un lado al otro, para arriba y para abajo, y todo alrededor. Nada. No mareo, no desvanecimientos, no palpitaciones. El destello de un relámpago deja un rastro en la estancia, y cuando se vuelve a ir, mis ojos lo siguen de vuelta hacia el mar. En el reflejo de la ventana distingo una figura parada detrás de mí. No necesito voltearme para ver quién es el que crea tal contorno—o quién es el que hace que mi cuerpo se convierta en toda una granja de piel de gallina.

—¿Cómo te sientes? —me pregunta.

—Mejor. —le respondo a su reflejo.

Edward salta por encima del sofá y me toma de la barbilla para doblar mi cabeza de un lado a otro, para arriba y para abajo, y todo alrededor, mientras observa mi reacción.

—Acabo de hacer eso —le digo—. Nada.

Él asiente y me suelta.

—Ren… Mi mamá llamó a la tuya y le contó lo que pasó. Creo que tu madre llamó al doctor, y él le explicó que eso es bastante común, pero que deberías descansar por unos días más. Mi mamá insistió en que te quedaras aquí esta noche, dado que nadie merece conducir con este clima.

—¿Y mi madre estuvo de acuerdo con eso?

Incluso en la oscuridad, no se me pasa por alto su sonrisa.

—Mi mamá puede ser bastante persuasiva. Al final de la conversación, tu madre hasta sugirió que ambos faltemos al colegio mañana y pasemos el rato acá, para que tú puedas relajarte. Por supuesto, siempre que la mía se quede en casa supervisándonos. Tu mamá dijo que no te quedarías en casa si yo iba al colegio.

Un destello de la tormenta ilumina mis mejillas ruborizadas.

—Porque ambos le dijimos que estamos saliendo.

Él asiente.

—También dijo que hoy deberías haberte quedado en casa, pero que te habías encaprichado por salir de todas formas. Sinceramente, no me había dado cuenta de que estuvieras tan obsesionada con… ¡Auch! —Trato de volver a pellizcarlo, pero él me agarra de las muñecas y me jala hacia su regazo como a un chico al que le van a dar una paliza—. Iba a decir "con la historia" —se ríe.

—No, no ibas a hacerlo. Déjame levantarme.

—Te dejaré. —Pero no lo hace.

—Edward, déjame levantarme ahora…

—Lo siento, todavía no estoy listo.

—¡Ay, no! —jadeo—. El cuarto está dando vueltas otra vez—. Me quedo quieta, tensa.

Entonces, la habitación da vueltas, cuando él me endereza y me vuelve a tomar de la barbilla. La mirada de preocupación grabada en su rostro me hace sentir un poco culpable, pero no lo suficiente como para mantener mi boca cerrada.

—Siempre funciona. —le digo, ofreciéndole mi mejor sonrisa de "ja ja, eres un crédulo".

Una risita desde la puerta de entrada corta lo que, puedo asegurar, está a punto de ser una buena reprimenda. Nunca he oído a Edward maldecir, pero su ceño fruncido luce como si una palabra de cinco letras estuviera a punto de salir de su boca. Ambos nos volteamos para ver a Jasper observándonos con los brazos cruzados. Él también está usando su sonrisa de "ja ja, eres un crédulo".

—La cena está lista, niños —anuncia.

, definitivamente Jasper me cae bien. Edward pone los ojos en blanco y me saca de su regazo, se pone de pie de un salto y me deja ahí. En el reflejo, lo veo golpear con su puño el estómago de Jasper mientras pasa por su lado. El agredido gruñe, pero la sonrisa nunca deja su rostro. Luego, inclina la cabeza hacia mí para que los siga.

Mientras pasamos por las habitaciones, trato de admirar la rica y sofisticada atmósfera, los pisos de mármol, las horribles pinturas. Pero mi estómago produce sonidos propios de una perrera a la hora de la comida.

—Creo que tu panza está haciendo llamadas de apareamiento, —me susurra Jasper cuando entramos en la cocina, lo que hace que me sonroje lo suficiente como para que él se ría a todo volumen.

Alice está frente a la encimera, sentada al estilo indio sobre un taburete, mientras intenta pintarse las uñas de los pies con los seis colores diferentes que se encuentran alineados delante de ella. Si está intentando hacer que sus uñas parezcan algo que no sean los M&M'S, tiene un buen camino por delante. Mmm… M&M'S…

—Bella, me gustaría que conocieras a mi madre. —me dice Edward.

Coloca su mano sobre la espalda de la mujer y la hace dar un paso delante de la estufa, en donde está revolviendo una olla más grande que un neumático. Ella extiende una mano cubierta con un guante de cocina para estrechar la mía y lanza una risita cuando le doy el apretón. La madre de Edward es la persona más italiana que haya conocido alguna vez: grandes ojos marrones; cabello negro y enrulado, apilado sobre su cabeza como si fuera ropa para lavar; y pintalabios de un color rojo chillón que hace juego con los tacones de diez centímetros que tiene que usar para alcanzar la parte superior de esa olla.

—Estoy tan entusiasmada por conocerte, Bella —me dice—. Ahora sé por qué Edward no paraba de hablar sobre ti.

Su sonrisa parece contradecir el mérito de décadas de líneas fruncidas propagándose desde su boca. De hecho, es tan genuina y cálida que casi llego a creer que está realmente entusiasmada por conocerme. Pero, ¿eso no es lo que dicen todas las madres cuando son presentadas a las novias de sus hijos? Tú no eres su novia, tonta. ¿O acaso ella también cree que estamos saliendo?

—Gracias, supongo —agradezco genéricamente—. Estoy segura de que él les habrá contado un millón de veces lo torpe que soy.

Porque… ¿de qué otra manera se supone que puedo interpretar aquello?

—Un millón uno, en realidad. Desearía que hicieras algo distinto, para variar. —interviene Alice, arrastrando las palabras y sin mirar hacia arriba.

Esta chica realmente ha abusado de mi paciencia.

—Podría enseñarte cómo pintar dentro de los bordes. —le respondo.

La mirada que ella me dirige es capaz de agriar la leche. Jasper pone sus manos sobre los hombros de Alice y la besa en lo alto de la cabeza.

—Yo creo que estás haciendo un excelente trabajo, mi princesa.

La chica se bambolea para apartarse de su agarre y mete bruscamente el pincelito del esmalte de vuelta en su botella.

—Si eres tan buena con eso, ¿por qué no te pintas los pies? Probablemente estén lastimados todo el tiempo debido a que vives chocándote contra todo. ¿Estoy en lo correcto?

Sí, ¿y? Estoy a punto de aclararle algunas cositas—como, por ejemplo, cuánto se arruina el efecto de tener bonitos pies mientras se usa una falda y se está sentada al estilo indio—, cuando la madre de Edward coloca gentilmente una mano sobre mi brazo y se aclara la garganta.

—Bella, estoy tan contenta de que te sientas mejor. Estoy segura que la cena va a completar tu recuperación, ¿tú no?

Asiento.

—Bueno, es tu día de suerte, cariño, porque la comida ya está lista. Edward, ¿podrías sacar esa cacerola del horno? Y Alice, ¡sólo has puesto la mesa para cuatro! Jasper, ¿serías tan amable de agarrar otro juego de cubiertos? No, en el otro armario. Gracias.

Mientras da las órdenes, me conduce hacia la mesa y aleja una de las sillas. Después que embiste con el asiento detrás de mis piernas hasta que yo caigo sentada sobre él, la mujer se precipita sobre sus tacones de vuelta hacia la estufa. Jasper coloca el plato delante de mí tan rápido que éste se bambolea como si fuera una moneda dando vueltas.

—Ups, lo siento —se excusa.

Le sonrío. Él golpea el plato con su mano para hacer que pare, luego arroja un cuchillo y un tenedor sobre él. Cuando está bajando mi vaso, Edward le atrapa el antebrazo y se lo arrebata de las manos.

—Esto es vidrio, idiota. Seguramente habrás escuchado hablar de él —lo reprende. Luego deposita el vaso sobre la mesa como si se tratara de un huevo agrietado y me guiña un ojo. Me alegra que se haya quitado los lentes de contacto; sus ojos son los más lindos de entre todos los ojos violetas que hay por aquí—. Lo siento, Bella. No está acostumbrado a tener compañía.

—Muy cierto. —afirma Jasper, sentándose junto a Alice.

Cuando todos estamos sentados, Edward usa un guante de cocina para quitar la tapa de la enorme cacerola moteada ubicada en el centro de la mesa. Y yo casi vomito. Pescado. Cangrejo. Y… ¿eso es pelusa de calamar? Antes que pueda pensar una versión amable de la verdad—preferiría comerme mi propio dedo meñique antes que ingerir mariscos—, Edward deja caer el trozo más grande de pescado en mi plato, luego chorrea sobre él con su cuchara una mezcla de carne de cangrejo y escalope. A medida que el olor se abre camino flotando hacia mi nariz, mis probabilidades de seguir siendo amable disminuyen. La única cosa que se me ocurre es hacer como si tuviera hipo en vez de arcadas. ¿Qué fue lo que olía hace un rato que me hacía agua la boca? No pudo haber sido esto.

Pincho con el tenedor el filete y le doy vuelta, pero se siente como si torciera mis propias tripas. Lo hago puré, lo trozo, lo mezclo todo. No importa lo que haga, ni como luzca, no puedo llevármelo a la boca. Una promesa es una promesa, haya sido o no un sueño. Incluso si el pez que me salvó en el estanque de la abuela no hubiera sido real, los falsos conjurados por mi imaginación de verdad me confortaron hasta que llegó la ayuda. ¿Y ahora se supone que debo comerme a sus primos? No, no puedo.

Dejó mi tenedor y bebo un poco de agua. Siento a Edward mirándome. Con mi vista periférica veo a los demás llevándose el pescado hacia los rostros, pero no Edward; él está quieto, con la cabeza ladeada, esperando a que yo coma un pedazo primero. ¡De todos los momentos para actuar como un caballero! ¿Qué pasó con el chico que, apenas unos minutos atrás, me despatarró sobre su regazo como si yo tuviera tres años?

De todas formas, no puedo hacerlo. Aparte, ni siquiera tienen un perro como para alimentarlo debajo de la mesa, cosa que solía ser mi plan recurrente en la casa de la abuela de Carmen. Incluso, ella una vez empezó una guerra de comida para sacarme de aquel problema. Echo un vistazo alrededor de la mesa, pero Alice es la única persona a la que apuntaría con está porquería. Además, me arriesgo a tener esta cosa sobre mí, lo cual es casi igual de malo que tenerla dentro de mí.

—¿No tienes hambre? —Edward me da un codazo—. ¿No te estarás sintiendo mal de nuevo, no?

Esto atrae la atención de los demás. El alboroto de la comida se detiene y todos me miran: Alice, irritada porque su glotonería fue interrumpida; Jasper, sonriendo con superioridad como si yo hubiera hecho algo gracioso; la madre de Edward, luciendo la misma mirada preocupada que su hijo. ¿Puedo mentir? ¿Debería mentir? ¿Qué pasa si me vuelven a invitar? ¿Y si preparan mariscos, sólo porque mentí esta vez? Decirle a Edward que me duele la cabeza no me salva de futuros aperitivos marinos. Y decirle que no tengo hambre no tendría sentido, puesto que mi estómago continúa gorgoteando como un desagüe vaciándose. No, no puedo mentir. No si quiero volver alguna vez, cosa que así es. Suspiro.

—Odio los mariscos. —admito.

La repentina tos de Jasper me sobresalta. El sonido que produce al atragantarse me recuerda al de un gato que lucha contra una bola de pelo. Enfoco mi mirada en Edward, quien se ha quedado tan rígido como una estatua. Dios, ¿esto es lo único que su madre sabe cocinar? ¿O rehuí a la receta de la familia Cullen, ganadora del premio a la cocina del pescado?

—Tú… ¿Quieres decir que no te gusta este tipo de pescado? —pregunta Edward con diplomacia.

Desesperadamente quiero asentir y decir: "sí, es eso, no me gusta este tipo de pescado". Pero eso no va a evitarme tener que comerme la montaña de escalope y de carne de cangrejo que hay en mi plato. Niego con la cabeza.

—No, no es sólo este tipo de pescado. Odio todos. No soporto comer ninguna clase de criatura marina, apenas puedo soportar el olor.

Linda forma de hundirte a ti misma, ¡estúpida! ¿No podía simplemente haber dicho que no me gustaba? ¿Era necesario decir que odio hasta el olor? ¿Y por qué me estoy sonrojando? No es un crimen sentir nauseas de los mariscos. Y, por el amor de Dios, no como nada que todavía conserve sus globos oculares.

—¿Pretendes decirme que no comes pescado? —me ladra Alice—. ¡Te lo dije, Edward! ¿Cuántas veces te lo he dicho?

—Alice, mantente callada. —pide sin mirarla.

—¡Estamos perdiendo nuestro tiempo aquí! —La chica golpea su tenedor contra la mesa.

—Alice, dije…

—Oh, ya escuché lo que dijiste. Pero ya es hora de que tú escuches a alguien más, para variar.

Ahora sería un buen momento para desmayarme. O diez minutos atrás, antes de que desvelaran la sorpresa de mariscos; pero no me siento para nada mareada, o cansada. De hecho, ver a Alice despotricando parece estar encendiendo una extraña carga en la habitación, haciendo chispear a nuestro alrededor una energía oculta. Por lo que, no me sorprendo cuando Edward se pone de pie, tan rápido que su silla cae al suelo. Me levanto yo también.

—Vete, Alice. Ahora. —rechina.

Cuando Alice se pone de pie, Jasper la imita. El joven mantiene su expresión neutra. Tengo la sensación de que él ya está acostumbrado a este tipo de arranques.

—Sólo la estás usando para distraerte de tus verdaderas responsabilidades, Edward —escupe ella—. Y ahora nos has puesto a todos en riesgo. Por ella.

—Ya tenías conocimiento de los riesgos antes de venir, Alice. Si te sientes expuesta, vete. —dice Edward con frialdad.

¿Responsabilidades? ¿Expuesta? Estoy esperando a que alguien admita que forman parte de algún culto para gente de ojos violeta, en el que yo no fui iniciada.

—Creo que no entiendo. —confieso.

—Oh, bueno, eso es realmente horrible, ¿no es verdad? —Y, volviéndose hacia Edward, agrega—. Parece como si tú siempre intentaras apartarme.

—Parece como si tú nunca escucharas.

—Soy tu hermana, mi lugar es contigo. ¿Quién es ella para nosotros? —Inclina su cabeza hacia mí.

Me alejo de la mesa para poner distancia entre la hermana de Edward y yo. La energía en la habitación dejó de ser una chispa para convertirse en un infierno en toda regla.

—¿Estás bien? —me pregunta Edward—. Deberías sentarte.

Alice rodea la mesa y agarra el respaldo de una silla.

—¿Por qué sigues aquí, Edward? Ella obviamente no es nada más que una patética humana, que ni siquiera pudo salvar a su propia amiga. Por supuesto, ya sabemos lo sanguinarios que son, cuán pocas razones necesitan para matarse entre ellos. Tal vez la dejó morir a propósito.

—¿Qué acabas de decir? —Me alejo de la encimera.

—¡Alice! —vocifera Jasper—. ¡SUFICIENTE!

—Bella, no sabe de lo que está hablando, —interviene Edward, tirando de mi muñeca para acercarme de nuevo hacia sí.

La sonrisa de Alice es feroz cuando dice: —Oh, sí, lo sé, Bella. Sé exactamente de qué estoy hablando. Tú-Mataste-A-Carmen.

Nunca antes he estado en una pelea. Aunque técnicamente esto no contará como tal: esto será homicidio. Por primera vez en mi vida, la precisión reemplaza a la torpeza. Incluso estando con los pies descalzos, corro lo suficientemente rápido como para dejarla sin aliento. Embistiendo su estómago con mi hombro, la levanto de las piernas y corro con ella a toda velocidad hacia la pared más cercana. La chica es más musculosa que yo. Hasta hace dos segundos, ella pensaba que era la que estaba más enojada. Pero Alice no sabe qué significa realmente estar enojada más allá de lo posible, y yo estoy a punto de instruirla al respecto.

La chica aprieta los dientes por el impacto.

—¿Ves Edward? ¡Su verdadera naturaleza está saliendo a flote!

La golpeo tan fuerte, que mi puño y su cara deberían estar rotos, pero ambos aún funcionan bien, porque ella me da un cabezazo justo entre los ojos y yo uso la misma mano para abofetearla en la oreja. De alguna forma, nos las arreglamos para llevar nuestra pelea hacia la estancia. Soy vagamente consciente del forcejeo de Edward y Jasper. La madre del primero está gritando como si le hubieran amputado una pierna.

Abusé de la confianza de esta casa, nunca volveré a ser invitada. Mis posibilidades con Edward terminaron cuando derribé a su hermana. Y cuando la golpeé. Y justo ahora, cuando la pateo tan fuerte que le dan arcadas.

Por lo que, cuando dice "¿Es esto lo que le hiciste a Carmen cuando la tenías bajo el agua?", no tengo nada que perder. Es por eso que impulso mi hombro hacia sus costillas, la levanto del suelo y nos lanzo a ambas a través de la pared de vidrio, hacia la tormenta de afuera.


¡hola! aquí les dejo los dos capítulos de la semana y bueno que decir (me pongo a pensar mientras repito la frase: "piensa, piensa") bueno en el capitulo anterior vimos como empezó la relación de Renee y Edward y en este como Alice saco la verdadera naturaleza de Bella, aunque no fue la mejor manera en mi opinión. pregunta de la semana: ¿que creen que sucederá con Bella y Alice? ¿Bella descubrirá que son los Syrenas? todo esto y mucho mas en el próximo capitulo.

PD: chicas para ver si pueden pasar a leer un nuevo fic que subí no hace poco se llama Bella Luna:

¿Que tienen Bella Moon y Rosalie Hale en común? Una fue criada en una reserva con una familia de cambiantes y la otra con una familia de vampiros. Rubia y castaña, celeste contra chocolate. El Sol se eleva y La Luna se esconde, Su padre Cielo complacido manda una orden.

Cuenta una vieja leyenda, que dos eternos amantes se amaron con locura. Fuego entre hielo sin censura, pero a pesar de eso sus besos eran prohibidos ya que tenían el mismo apellido. Sol y Luna fueron a pasear y su padre furioso los hizo separar. Tiempo después su amor dio frutos y dos hermosas doncellas vieron el mundo, pero no todo no fue feliz para dulce pareja ya que El Cielo sigue sin quererla… quieres saber ¿que sucederá? Sigue esta historia y te sorprenderás...

el fic se encuentra en mi perfil ;)

Alexandra Cullen Hale