Con los brazos en jarra, en sujetador y pantalón de pijama, frente a su armario abierto de par en par y rodeada de ropa, suspira.

- No tengo nada que ponerme.

- Y mira que yo hubiese pensado que algo de ropa tenías -comenta Anya, escribiendo en su móvil y tirada sobre más montones de ropa acumulados sobre la cama de Lexa.

- Pero nada para la apertura de un restaurante -deshecha una falda de tubo de un conjunto que grita "acabo de salir de ocho reuniones y voy a otra, no tengo tiempo"-. ¿Tú que vas a llevar?

- Ropa.

Un calcetín sobrevuela la habitación, chocando casi sin fuerza contra la pared, junto a la cara de Anya, quien mira a su atacante con una expresión de absoluta indiferencia.

- Que mierda de puntería tienes.

- Era de aviso, la próxima te tiro uno usado a la cara.

- Yo que había venido de buenas a ayudarte, que falta de respeto -se queja Anya, levantándose de la cama en dirección a la puerta del dormitorio.

- ¿Ayudarme? Pero si estabas tirada en la cama.

- ¡Apoyo moral ante la incógnita ropil, hermanita! -la oye desde el pasillo.

Lexa niega, con media sonrisa en los labios.

Su hermana es imbécil.

Se alegra de no compartir genes con ella (ambas son adoptadas, uña y carne desde que Anya la protegió de una idiota cuando Lexa tenía 4 años), lo cual no quiere decir que no le encante tenerla de hermana. Una cosa no quita lo otro.

Vuelve a mirar su armario, echando una mirada rápida por si había ignorado algún vestido perfecto para la ocasión.

Pero nada.

Frustrada, coge su movil del bolsillo del pantalón de pijama y manda un mensaje rápido a Raven.

"SOS QUE COÑO ME PONGO PARA TU FIESTA"

¿La respuesta de su querida amiga y ex compañera de piso?

"ROPA?!?!"

Cuenta hasta diez y le manda a su casi ex amiga una foto del estado de su habitación. No se va a dignar a usar palabras.

Lo bueno es que la foto consigue captar la atención de Raven, porque apenas un par de segundos después, recibe una llamada suya.

- Tía, ¿qué cojones ha pasado en esa habitación? ¿El cambio climático se ha concentrado ahí y han pasado cuatro huracanes y un par de tornados? -Raven ni saluda ni nada. Para qué.

- No sé qué ponerme.

- A ver, que no es una gala repipi y de meñique estirado como la que me engañaste a ir. Coge un pantalón ceñido y una buena camisa, o un vestido no muy corto o largo, que no enseñe pero deje entrever. Es una fiesta, Lexa, mi fiesta, ponte algo que obligue a los camareros a pasar cuatro veces la fregona por la sala por el nivel de babeo.

Sonríe, haciéndose (¡¡¡POR FIN!!!) con una idea de qué ponerse.

- Pero es una ocasión especial. Tampoco quiero ir muy casual.

- Mi. Fiesta. Culpo a Abby de la carencia de strippers en la fiesta, pero sabes que sería capaz.

Sí.

Es Raven.

Sería capaz.

- Así que ni desnuda ni de gala de clase alta y mirada hipócrita. Lo que viene a ser ese amplio margen por en medio. Y te cuelgo, que Abby me está haciendo señas y o me está pidiendo ayuda con los centros de mesa o quiere que inundemos la Casa Blanca con gominolas. No me queda claro.

Y cuelga, porque es Raven y, ¿despedirse? Para qué.

Y espera que Abby no le estuviese pidiendo inundar la Casa Blanca con gominolas.

¿Debería llamar para confirmar que sea lo de los centros de mesa?

En fin.

Busca entre sus montones de ropa el vestido sencillo y largo, negro de tirantes, y una bonita apertura lateral muestra piernas que se compró no sabe cuando y que no llegó a ponerse.

Sí, por fin.

Mira el reloj, y aún tiene un par de horas para prepararse, por lo que se pone una camiseta y sale de la habitación. Que Lexa del futuro ordene por una vez.

Aún caminando hacia el salón, desde el que oye el susurro de voces proveniente de su televisor, saca su móvil para ojear sus mails, en busca de alguno con buenas noticias para con su estatus de parada.

Tiene cuatro (4) e-mails.

El primero es de una app de envios de comida a domicilio con un código descuento para su próximo pedido. Marcado para más adelante, caduca en tres días.

El segundo es de su padre, con más enlaces a ofertas de trabajo que cree que pueden interesarle, todos curiosamente cerca de Boston, dónde viven sus padres. Los adora y quiere como la que más, pero Nueva York es Nueva York y primero prefiere quedarse sin opciones por la zona antes de pensar en mudarse de ciudad.

El tercero es de un bufete de abogados. Una respuesta automática al envío de su currículum por mail, agradeciendo su interés por su trabajar con ellos y que ya la contactarían.

¿Y el cuarto? Spam, algo de la oferta de su vida que borra sin miramientos.

Nada.

Vale, han pasado tres días sólo desde su dimisión de Polis Resorts, y su currículum no es que sea el típico por el que las empresas se pelean con cuchillos y dientes. A ver, es decente, tiene sus másters y eso, pero no es impresionantemente excepcional. En cuanto consiguió la beca en Polis Resorts y, sobre todo, cuando le hablaron de quedarse en la empresa, dejó de mejorar el currículum.

Se sienta en el sofá, junto a Anya.

- Estoy pensando -le comenta a su hermana-, ¿y si vuelvo a estudiar?

- ¿Estudiar?

- Sí, algún Master, o sacarme el doctorado. Aprovechar que tengo de nuevo tiempo y no un trabajo que reclama mi atención cada dos por tres.

- Ese puesto era un vampiro de energía vital -comenta Anya, asintiendo con la cabeza al tiempo que hace zapping-. Es buena idea. Ve mandando currículums por si acaso, y mira a ver si hay algún Master que te interese, o cómo sacarte el doctorado. ¿Volverías a Harvard?

¿Volver a su Alma Mater?

- No, no creo. Miraré él sacármelo en Columbia. Aunque tampoco descarto del todo el volver a Boston.

- Lo bueno es que tienes tiempo, aún no ha empezado la época de nuevas matrículas. Curiosea y decide cuando tengas datos. Y si necesitas ayuda, avisa. E ignora a papá y mamá, querrán que vuelvas sí o sí a Boston. Y si lo haces, te vienes a mi casa antes que volver a la suya. No caigas en las redes de papá de "acabo de jubilarme y hecho de menos a mis hijitas".

Sonríe.

- ¿Está muy pesado?

- Peor que cuando llegamos por primera vez a casa.

Uff.

Le adoraban, en serio. Gustus e Indra las adoptaron tras una sola visita a la casa de acogida llena de niños y niñas de todas las edades. Una sola.

Se prendaron, según cuentan cuando pueden, de la preadolescente de 12 años y cara de aburrimiento que les observaba desde un rincón, y de la pequeña de 8 años y cara pintada, agarrada a la pernera de pantalón de la primera.

La verdad es que no sabían qué iba a pasar cuando les avisaron de que las acogían en casa, con posibilidad de adopción. Siendo ambas demasiado mayores para la media de niños adoptados, eran conscientes de que la posibilidad de volver a la casa de acogida con el resto de sus compañeros, era enorme.

No deshicieron las maletas hasta el quinto mes, pese a las ganas de Gustus e Indra de estar siempre con ellas cuando estaban fuera del colegio. Un sinfín de actividades familiares, y hasta los empleados de la entrada del Zoo empezaron a saludarles por el nombre cuando iban.

Pegajosos pero con gran corazón.

Anya negará siempre las lágrimas que derramó cuando les confirmaron la adopción en plenas Navidades.

Por fin tenían una familia.

Suspira, y en un momento de debilidad, le manda un "He visto las ofertas, mandaré el curriculum a un par pero no te hagas ilusiones. Te quiero, papá" a Gustus.

- ¿Sabes ya que ponerte entonces?

- Sí, tengo un vestido perfecto.

- ¿Y por qué sigues en pijama?

- ¿Porque faltan dos horas para tener que salir hacia allá?

- ¿Y vas a tirarte todo este tiempo en pijama mirando la tele?

- Como si tú estuvieses preparada. ¿Quieres dejar de vacilarme?

- Es mi derecho de hermana mayor. Por cierto, te aviso ya de que no vengo a dormir, he quedado con alguien tras la fiesta y no, no lo conoces. Aprovecha para quedar o llamar a tu churri de la línea porno y dejar escandalizados a tus vecinos.

Le tira un cojín cercano y, esta vez, le da en la cara.

- Vete a la mierda. Punto número uno, el piso está insonorizado y ni oigo a los vecinos, ni me oyen a mi, y antes de que lo preguntes, no, no fui yo, lo compré así. Punto número dos... no es mi "churri" y no voy a quedar con ella. Es una... profesional y nuestra relación es estrictamente telefónica. No creo que pueda quedar en la vida real con sus clientes.

Observa el movil en sus manos, acariciando sus laterales para evitar desbloquearlo y pedir una llamada de Eliza y ver si lo que acaba de decir es cierto.

- Estoy segura de que tampoco soy una clienta especial -continua-. Debe de tener miles.

Suspira, porque es absurdo el nivel de encoñamiento que tiene con esa voz que, con tan sólo recordarla, le provoca piel de gallina.

Anya no dice nada, simplemente se mueve para dejarle un beso en la mejilla, y un apretón en el hombro.

- Me voy a duchar ya, por si acaso -comenta Lexa, levantándose.

Mejor empezar a prepararse ya e ir un poco antes por si Raven o Abby necesitan ayuda.

Y deja el móvil cargando mientras tanto, por si sigue parte del consejo de su hermana y decide cotarse con Eliza para después de la fiesta.

Para "desestresarse", sí.

Sólo para eso...