Corrimos durante un rato en dirección oeste, pero evitando Marylebone Road y todas las calles anchas o bien iluminadas; aunque nos aventuramos un momento cerca de St. George Street, donde Sherlock se detuvo, escribió algo en su libreta de notas, arrancó la página y la dejó medio escondida en la boca de un buzón. Aproveché para recuperar un poco el aliento, pero Sherlock enseguida empezó a correr otra vez. Cuando al fin se paró enfrente de una casa adosada, yo ya estaba un poco perdido. Estábamos cerca de Hyde Park (¿Strathearn Place, quizá?), pero ni eso podría jurar.
Llamó a la puerta con suavidad. En torno a nosotros la calle estaba completamente desierta. Tras un momento, la puerta se abrió, y una mujer joven en bata se nos quedó mirando muy confundida.
—¿Quién es, a estas horas?— gritó una voz masculina desde el interior de la casa.
El propietario de la voz apareció al momento, sorprendido, pero empezó a sonreír en cuanto vio a Sherlock. Empujó a la mujer hacia adentro con una mano afectuosa pero firme en su cintura.
—Puedes volver a la cama, querida, yo me ocupo de esto. ¡Señor Holmes! ¡Qué inesperado placer! ¿Qué puedo hacer por usted esta noche?
—A mi amigo y a mí nos haría falta una habitación donde descansar—. Sherlock sonrió a la mujer, que nos echó una mirada suspicaz y molesta antes de desaparecer escaleras arriba—. Espero que no seamos una gran molestia para su familia, Wiggins.
Mi mirada pasó de Sherlock al joven: ¿Wiggins? ¡Pero claro! ¿Cómo podía haber sido tan ciego? El dueño de la casa tenía los mismos rasgos que nuestro amigo Wiggins, pero en una versión más limpia y más mayor. Le calculé unos diecinueve o veinte años, y era obvio que se trataba del hermano mayor, casado, de la mano derecha de Sherlock.
Wiggins nos condujo hasta una pequeña habitación en el segundo piso, que daba a la calle de detrás. Se disculpó con cara compungida por tener solo una cama disponible, casi haciendo reverencias.
—No será un problema, Wiggins. Uno de nosotros puede dormir en el sillón— dijo Sherlock, tratando de que se fuera cuanto antes.
El chico abrió los ojos como platos.
—¡Oh, no, señor! ¡El señor Holmes no puede dormir en un sillón! ¡Mi hermano me mataría se le tratase con semejante falta de respeto!
Sherlock suspiró y le ignoró. Se dejó caer sobre el sillón y empezó a quitarse la bufanda.
—Entonces yo dormiré en el sillón, y asunto arreglado. No se preocupe más— intervine, dándole una palmadita en la espalda a nuestro anfitrión y cerrando la puerta tras él, mientras murmuraba de nuevo "gracias" y "buenas noches". Me volví hacia Sherlock, que ya se había desabrochado el abrigo y estaba fumando un cigarrillo—. Ávido por complacer, el hermano de tu hombre. ¿También trabaja para ti?
—No. Pero siempre le hace feliz ayudar... a cambio de una generosa propina, por supuesto. Pero me temo que a su esposa no le gusto mucho.
Me pregunto por qué, pensé suspirando, y eché un vistazo a mi alrededor. No había mucho por ver, de hecho: solo la estrecha cama, una mesita de noche, una pequeña chimenea y el sillón. Me quité el abrigo, pensando en toda la locura que me había rodeado esos últimos días, y me volví de nuevo hacia la raíz de mis problemas, que, ajeno por lo visto a mi preocupación, estaba tirado en el sillón con la cabeza echada hacia atrás, lanzando anillos de humo en dirección al techo.
Un golpe en la puerta me sobresaltó. Me acerqué a abrirla: era otro jovencito, poco mayor que el joven Wiggins, que entró en la habitación con la gorra en la mano. Sherlock le hizo un gesto con la cabeza.
—Wilson. Veo que Wiggins ha recibido mi nota, pero no te esperaba a ti.
—Lo siento, señor— murmuró el muchacho. Parecía mucho más nervioso que el descarado de Wiggins—. Wiggins no va a venir, le parece que le están siguiendo, señor.
Sherlock enarcó una ceja.
—¿Quién?
El chico negó con la cabeza.
—No lo sabe, señor. O no me lo ha dicho. Así que le traigo el informe, señor.
—Bien, ¿dónde lo tienes?
El muchacho enrojeció.
—Señor... ¿le importa si el informe es... oral? No se me da muy bien escribir.
Sherlock suspiró y le indicó con un gesto al chico que estaba bien.
—El señor Howard se ha marchado a su casa de campo, y su doncella nos ha dicho que estará allí un par de días. Wiggins ha enviado a William H. para que no le quite el ojo de encima.
—Perfecto. ¿Y qué hay de Johnson?
—El señor Johnson ha cenado en nuestro club, ha jugado a las cartas hasta las once, y después se ha ido a casa. Wiggins está allí vigilando. Cuando me vine, ya habían apagado todas las luces.
—Muy bien. Dile a Wiggins que no hace falta que nos envíe más informes hasta la mañana, a no ser que haya algún movimiento. ¿Entendido?
—¡Sí, señor!
El chico se puso la gorra y salió de la casa casi corriendo. Cerré la puerta tras él y me volví hacia Sherlock, que se estaba estirando en el sillón y me sonreía con picardía.
—Ven aquí— me susurró.
¿Cómo iba a negarme? Llevaba pensando en eso todo el día. Le sonreí a mi vez y me senté en el brazo del sillón, agarrándole por la nuca. Cuando mis labios tocaron los suyos, hizo un ruido apreciativo y apagó el cigarrillo en el cenicero de la mesita de noche. Sus brazos se cerraron en torno a mí, con suavidad al principio, pero cuando el beso se hizo más profundo tiró de mí hasta que me encontré sentado sobre sus muslos. Su boca empezó a explorar hacia abajo, y enseguida noté un mordisqueo en la carótida. Mi respiración comenzaba a estar entrecortada. Cerré los ojos, levantando la barbilla para darle un mejor acceso a mi cuello, pero tras unos deliciosos minutos mi mente, aunque enturbiada por el deseo, recordó dónde estábamos.
—Sherlock, ¿está bien aquí? ¿Estás seguro de que no nos van a oír, o que nadie va a entrar?
Despegó la cabeza de mi cuello, frunciendo el ceño.
—Trataremos de ser silenciosos— dijo.
Me levanté y fui a asegurarme de que la puerta estaba bien cerrada.
—Hay una silla en el pasillo, John. Puedes usarla para bloquear el pomo de la puerta.
Y eso hice. Me sentía mejor sabiendo que no iban a venir a molestarnos. Mientras, Sherlock empezó a desvestirse. Le agarré por las muñecas, sonriendo, y le empujé sobre la cama. Subió una ceja a modo de pregunta, pero me reí y besé su expresión confundida. En algún momento de aquel día tan absurdo, yo había tomado una decisión, una que a él le iba a gustar. Pero como todavía no le había dicho nada a Sherlock, podía disfrutar tentándole un poco más. Aprisioné sus muñecas con una sola mano, y terminé de desabotonarle la camisa con la otra. La expresión de su rostro no tenía precio: fruncía el ceño, obviamente frustrado por encontrarse de nuevo en la misma posición, sin poder siquiera besarme. Forcejeó para liberarse, pero apliqué un poco más de fuerza a sus muñecas, sonriendo.
—Ah, mira quién es ahora el cabrón presuntuoso...— susurró, molesto—. Te gusta esto, ¿verdad? Tenerme atrapado.
—No te haces a la idea de cuánto— le murmuré a su hombro, mordiendo con suavidad.
—Te excita ser el que manda, por una vez— añadió. Pero su voz se convirtió en un jadeo ahogado. Mi mano libre recorrió su pecho, pellizcando uno de sus pequeños y rosados pezones; todo su cuerpo se sacudió y se tensó. Seguí trabajando el pezón con suavidad, con dos dedos, hasta que se volvió duro y protuberante—. Te gusta dominarme, porque piensas que, aparte de en la cama, siempre tienes que seguirme, y eso te hace sentir incómodo.
—Solo un poco— susurré bajo su axila, acariciando sus bíceps con la lengua. Me pregunté si quedaba alguna otra parte de él que pudiera alcanzar mientras seguía inmovilizando sus brazos.
—Por eso te encanta follarme. Penetrar mi cuerpo te provoca un sentimiento de poder, ¿no es así? Cuando tu polla está dentro de mí, sientes que me posees, que soy tuyo para hacer lo que desees...
—¡Oh, cállate!— dije, besándole en la boca para callarle.
Porque Sherlock tenía razón, por supuesto, siempre tenía razón, y era molesto, pero también me excitaba. Había llegado el momento de mostrar mis cartas. Solté las muñecas de Sherlock y me levanté para quitarme la ropa. Él no se movió, se limitó a seguir con los ojos todos mis movimientos. Me atrevería a decir que incluso aguantaba el aliento. Cuando mi ropa interior fue a hacerle compañía a mi camisa, mi chaleco y mis pantalones, le miré de nuevo y rebusqué en los bolsillos de su abrigo.
—En el bolsillo interior derecho— murmuró, con la voz ronca y baja.
Saqué el lubricante y lo coloqué sobre la mesita. Él todavía no se había movido. Tenía las manos relajadas a ambos lados de la cabeza, la boca ligeramente abierta y muy roja, y los pantalones desabrochados pero todavía puestos. Su erección se veía claramente delineada bajo la tela.
—Veo que no soy el único que disfruta cuando te tiene atrapado sin poder moverte— sonreí satisfecho. Dejé que mis dedos recorrieran la silueta de su miembro. Sherlock apretó los labios—. Sabes, podemos seguir haciendo esto... o podemos hacer lo que me pediste ayer.
En cuanto recordó de qué le estaba hablando sus ojos brillaron. Sonreí y le bajé los pantalones y los calzoncillos. Se incorporó y me ayudó, y entre los dos en un momento estuvo descalzo y desnudo. Se subió encima de mí y empezó a besarme de nuevo, con besos húmedos y profundos que me dejaron temblando y gimiendo. Se despegó un momento de mí, como si recordara algo.
—No tienes experiencia con esto— dijo. Asentí—. ¿Estás seguro? No quiero que te sientas presionado.
—Tu tampoco lo habías hecho antes de que nos conociéramos— respondí—. Está bien. Pero... ¿Sherlock?
Volvió a emerger de mi cuello.
—¿Tú has hecho antes esta parte?
No estaba tan tranquilo como me hubiera gustado, la verdad. Había sido cuidadoso con Sherlock nuestra primera vez, pero había sido una experiencia dolorosa para él igualmente. Ahora teníamos el lubricante médico, por supuesto; y de hecho ni toda la lujuria del mundo me habría convencido si no lo tuviéramos, pero tenía que considerar un "plan B" en caso de falta de experiencia por parte de Sherlock.
Evitó mi mirada.
—¿Acaso importa?
—Mmmm, sí, lo siento, Sherlock, pero tengo que saberlo. No es ningún problema de celos, lo juro, solo quiero ser práctico y asegurarme de que esto va a ser placentero para ambos.
—Bueno, en ese caso...—. Estaba lamiendo mi ombligo, pero de repente se detuvo, suspiró y enterró la cara en mi estómago—. No. No tengo ninguna experiencia en sexo penetrativo, aparte de lo que ya hemos hecho.
—Sherlock, ¿pero cuántos años tienes? —. Se puso tenso e intentó apartarse. Le tranquilicé, acariciándole los hombros—. Ssshhh, solo estaba bromeando... No te preocupes, no me importa, solo es un poco sorprendente. En serio, Sherlock, ¿quién lo hubiera dicho, después de verte siempre rodeado de bellezas en todas esas fiestas y actos benéficos?
—Eso es... mi imagen pública, no significa nada. Es sobre todo por mi hermano. ¿Te molesta?
—¿El qué? ¿Tu falta de experiencia o las compañías femeninas?—. Me miró fijamente, frunciendo el ceño—. No, ni lo uno ni lo otro. Ahora estás conmigo, y me siento increíblemente afortunado por ello. Y en cuanto a la falta de experiencia, vamos a trabajar en ello, ¿te parece?
Le sentí sonreír contra mi piel. Frotó la cara contra mi ombligo, haciéndome reír, y trazó un camino de besos hacia abajo. Aguanté la respiración cuando llegó a mi miembro, pero entonces se movió hacia mis ingles, lamiéndolas y metiendo la lengua en cada pliegue de mi piel. Abrí más las piernas, maravillosamente excitado. Sherlock me besó en el interior de los muslos y, al fin, le dio un besito a la punta de mi polla. Gemí, y entonces recordé que se suponía que teníamos que estar en silencio, así que me mordí los labios para evitar que salieran más sonidos embarazosos. Sherlock ahora estaba en su elemento, eso estaba claro: sus movimientos eran más seguros y expertos. Primero besó mi miembro con suavidad, desde la punta a la base y luego de vuelta. Los besos pronto se volvieron lametones, y empezó a alternar el chupar el glande con lamer mis testículos. Dejé que mi mano recorriera sus rizos, tratando de no tirar, y me mordí la otra mano para mantenerme callado. Entonces agarró con firmeza la base de mi erección y empezó a tirar, siguiendo el mismo ritmo que la succión del glande. Y justo cuando pensé que empezaba a ser demasiado, bajó la cabeza y se tragó casi toda mi polla, chupando con fuerza. Jadeé, sin poder evitarlo, sintiendo como mis caderas se movían solas y como mi mano se tensaba en su cabeza, empujando y tirando...
—¡Sherlock, para!
Se detuvo inmediatamente, liberando mi miembro con la respiración entrecortada. Seguí acariciando su cabello mientras disfrutaba contemplando su cara, ruborizada, con su deliciosa boca semiabierta, como una invitación. Tomé su brazo y tiré de él para indicarle que se volviera a poner encima de mí, besándole al mismo tiempo, lamiendo mi propio sabor en su boca. Él suspiró y alargó la mano para coger el lubricante. Esa parte no me intimidaba, así que sencillamente abrí las piernas tanto como pude, flexionando las rodillas, y observé a Sherlock mientras se cubría los dedos con el producto resbaladizo. Se arrodilló entre mis piernas con cuidado, mirando su objetivo, pálido y serio. Le acaricié el muslo, sonriendo, intentando infundirle confianza. Tras un momento de duda, empezó a tocar mi agujero con un dedo húmedo. No estaba tan mal, en todo caso era una sensación curiosa. Entonces introdujo la primera falange de su dedo en un movimiento rápido, y toda la parte inferior de mi cuerpo saltó.
—Lo siento, lo he hecho demasiado deprisa— susurró Sherlock, mordiéndose el labio.
—No pasa nada. Solo... no lo muevas ahora, espera un momento.
Mi cuerpo estaba intentando luchar contra la intrusión. Ese agujero estaba acostumbrado a expulsar cosas, no a que las introdujeran, y el sentimiento era increíblemente extraño. Tras unos segundos, asentí y Sherlock empezó a mover el dedo en mi interior. Era solo un poco incómodo, pero no dolía, así que me sentí aliviado. Entonces empujó el dedo dentro del todo, hasta el nudillo, y noté que algo... parecía ir mal. Era agradable, pero aún así lo sentía como algo malo. Era como rascarse una picadura de mosquito: había placer, pero al mismo tiempo una parte de mi cuerpo gritaba: "¡Detente ahora mismo! ¡Esto está mal, no es el tipo correcto de placer, y va a doler! ¡Para!" Supongo que debía estar retorciéndome, porque Sherlock retiró el dedo con cuidado, con una expresión alarmada en la cara.
—Te estoy haciendo daño.
—No, solo es raro, e incómodo, pero no duele. Sigue, Sherlock, por favor.
—¿Debería probar ya con dos dedos?
Dudé un momento.
—Por qué no. ¡Vamos! Espera, ¿quizá un poco más de lubricante?
Y se echó un chorro de gel en los dedos y se inclinó para besarme.
—Mmmmm... Esto me gusta...— murmuré, atrapando su boca un poco más. Quizás sería más fácil con su boca contra la mía, quizás de esa forma mi cuerpo lo sentiría como sexo de verdad, y no como una intrusión.
Sherlock siguió besándome mientras dos de sus dedos se esforzaban en abrirse paso en mi interior. De nuevo, un poco incómodo, pero estaba empezando a acostumbrarme, y mi cuerpo al fin había dejado de intentar empujar el objeto extraño hacia fuera. Sherlock se incorporó y observó lo que estaba haciendo, con los labios separados en obvia excitación.
—¿Cómo sé si ya estás preparado?
Suspiré.
—No soy un experto, Sherlock... ¿Cómo lo sientes? ¿Se ha dilatado?
Movió los dedos en círculos dentro de mí. Un pequeño chorro de placer me subió por la espina dorsal y bajó hasta mi pene. Bueno, eso era nuevo.
—¿Puedes intentar encontrar mi próstata?
Arrugó el entrecejo y empezó a explorar en mi interior. Empecé a arrepentirme de habérselo pedido, porque volvía a ser incómodo otra vez, como si estuviera frotando mis huesos bajo la piel, pero entonces lo encontró, y de repente mis caderas dieron una sacudida.
—¡Oh, Dios mío, Sherlock!
—¿Bueno?
—Mucho. Sherlock, vamos, ahora quiero sentirte a ti.
Sacó los dedos con mucho cuidado, y se quedó parado, mirando por turnos hacia mi cara y hacia mi agujero. Parecía a la vez increíblemente excitado e inseguro de qué hacer a continuación. Me reí y meneé la cabeza; plan B, entonces. Me incorporé y me levanté, tomando a Sherlock de la mano. Le hice sentarse en la cama, apoyando la espalda en el cabecero, y le pasé el lubricante. Se aplicó una buena cantidad en la verga erecta, y entonces flexionó las piernas y me atrajo hacia él hasta que estuve sentado a horcajadas sobre sus piernas. Me abrazó fuerte, besándome profundamente, y tras un delicioso momento tomé su erección y la coloqué en mi entrada, sosteniéndola hasta que sentí que toda la cabeza estaba dentro, presionando contra las paredes de mi ano. Seguí aguantándolo ahí con una mano, mientras intentaba mantener el equilibrio con la otra mano en el hombro de Sherlock. Su boca estaba todavía en la mía, y sus ojos no abandonaban mi cara ni un momento. Me concentré en eso, en la asombrosa expresión de Sherlock en esos momentos, y me empujé hacia abajo, metiéndome su miembro hasta el fondo. Me quedé sin respiración durante lo que parecieron minutos; Sherlock me había dicho que era intenso, y no estaba bromeando. Me sentía empalado, lleno, como si de un momento a otro su polla fuera a romperme y a acabar en mis riñones. Moví las caderas hacia delante, y Sherlock y yo gemimos al unísono, con su aliento acariciando mis labios. Luchó por mantener los ojos abiertos, pero cuando empecé a moverme, tratando de encontrar un ritmo, se rindió y cerró los ojos, apoyando la frente en mi hombro, gimiendo con suavidad. Me mordí el labio cuando mis gruñidos empezaron a ser más fuertes. No estábamos haciendo mucho ruido, la verdad, pero la cama era otra cosa: con cada balanceo de mis caderas crujía y rechinaba, y al principio traté de ser cuidadoso e ir despacio, pero pronto la sensación de Sherlock dentro de mí empezó a ser demasiado, y la expresión de sus rostro era casi suficiente como para empujarme más allá de mi límite. Me agarré del cabecero, con una mano a cada lado de la cabeza de Sherlock, y aceleré el ritmo, enterrando su cuerpo dentro del mío tan profundamente como era posible, cada vez sintiendo cómo su miembro me llenaba, notando cada sacudida y cada pequeño espasmo de su polla.
—¡Sherlock! — pedí, incapaz de decir nada más.
Por suerte pilló la indirecta y agarró mi palpitante erección, trabajándola con fuerza y con firmeza. Y de repente yo ya estaba ahí, en una inesperada ola de placer que explotó al mismo tiempo en mi polla y en mi agujero. Sentí como Sherlock empujaba con fuerza mientras duraba mi orgasmo, y espero, realmente espero porque no puedo estar seguro, que consiguiera evitar gritar. Sherlock jadeó y su cuerpo se volvió flojo. Nos abrazamos con fuerza, temerosos de caer si nos soltábamos, y solo después de lo que pareció una eternidad conseguí moverme para intentar encontrar algo con lo que limpiarnos. Sherlock se dejó caer en la cama y me señaló su abrigo. Saqué un pañuelo de uno de los bolsillos y me limpié el estómago y las piernas. Cuando me volví, Sherlock parecía estar ya durmiendo. Sonriendo con afecto, le limpié a él también, y guardé de nuevo el pañuelo.
—Hazme sitio, o tendré que dormir en el sillón de verdad— le dije, dándole una palmadita en el costado.
Gruñó, pero empezó a moverse perezosamente hacia la pared. De repente, el lloro de un bebé rompió el silencio de la noche, y se me congeló la sangre cuando me di cuenta de que los lloros venían de la misma casa en la que estábamos.
—Sherlock— siseé, metiéndome en la cama a su lado—. ¿Hay un niño en esta casa?
Soltó otro gruñido y me cogió por la cintura hasta que nuestros cuerpos estuvieron pegados.
—Un asesino, un asesino profesional nada menos, nos está siguiendo los pasos, ¿y tú vas y nos metes precisamente en la casa de una familia? Ese hombre ni siquiera trabaja para ti, ¿y tú pones en peligro a su mujer y a su bebé?
Sherlock pareció procesarlo.
—Estás enfadado.
—¡Eso es bastante obvio, sí!
—¿Por qué? Te aseguro que el dinero será muy bien recibido.
—Eso... no es muy correcto por parte del hermano de Wiggins, la verdad, pero quizás no es consciente del tipo de peligro en el que estás colocando a su familia esta noche.
—Sabe perfectamente bien— bufó Sherlock— la clase de negocios a los que su hermano y yo nos dedicamos, John, no seas tan...
—...Ingenuo, sí, ya nos pusimos de acuerdo en eso. Pero de todas formas es irresponsable por tu parte, es... No sé cómo explicártelo si no lo entiendes, de verdad, pero está mal, es... incorrecto.
Sherlock frunció el ceño, estudiándome.
—¿Quieres que nos marchemos, que busquemos otro lugar donde dormir?— preguntó al fin.
—No, ahora no... Es muy tarde. Pero debemos buscar otro lugar a primera hora de la mañana, no podemos quedarnos más aquí. ¿Está bien?
Asintió. Apuesto a que todavía no lo entiende, ni siquiera ahora. Pero por esa noche mi cuerpo y mi mente ya habían tenido suficientes novedades y estrés, y no estaba dispuesto a ir a ninguna parte.
