Capítulo 10: "Te quiero"
Sesshomaru, Rin, Inuyasha y Kaede se encontraban en el salón, en frente de la puerta, esperando ansiosos, la llegada de los amos de la casa. Bueno en realidad las ansiosas eran las dos mujeres, ya que los hijos vivían más tranquilos sin sus padres controlándolos todo el rato. A pesar de la edad que tenían ambos, los casados seguían muy encima de estos pensando que eran aún "sus pequeños".
La puerta se abrió dejando ver a Inu No e Izayoi cogidos de la mano, y a un Jaken muy cargado con las maletas.
- ¡Bienvenidos a casa! – gritó la joven levantando los brazos al aire. Cuando vio que los chicos no habían hecho lo acordado, les pegó en el pecho de cada uno donde seguidamente se escuchó un "Bienvenidos" algo deprimente. Los padres no hicieron caso a sus progenitores, porque los conocían muy bien y sabían que, aunque los querían, no se alegraban de verlos. Les daba igual, la verdad. Eran sus padres y los que habían pagado la casa. Vamos, eran los que mandaban aún habiendo quejas.
- Gracias amor – respondió primero Izayoi dándole un abrazo a la joven – Me alegro mucho de verlos chicos – continuó diciendo una vez se separó, para ir a darles un beso a sus dos albinos.
- ¿Cómo os lo habéis pasado? Y el hotel, ¿Cómo era? Oh, y las aguas del mar… Sabéis, venís mucho más morenos – Inu No y su mujer rieron ante las constantes preguntas y comentarios de Rin.
- Todo ha estado muy bien. Y bueno… Inu ha cogido el doble de moreno que yo. Eso me da rabia, porque mira que he tomado el sol.
- Y si lo sigues tomando tanto al final te arrugarás más de lo que estás – dijo Inuyasha. Sin darse cuenta recibió un golpe fuerte, de parte de su madre, en la cabeza que hizo que se quejara.
- Oye Rin… - habló la mujer - ¿Qué te ha pasado en el cuello? – preguntó, ahora muy preocupada, al igual que su marido.
- Ah, no es nada. Solo es un rasguño. Me acerqué a un gato más de la cuenta – eso, más la sonrisa dulce de la chica, los dejó mucho más tranquilos, dejando correr el tema.
- Bueno – dijo esta vez Inu No – os hemos traído unos regalos – a Rin se le iluminó la cara mientras entrelazaba sus manos y con ojos brillosos se acercó a su tutor – Primero para ti preciosa – le dijo entregándole el regalo. Era una cajita pequeña y rosa. Al abrirla, se encontró con un anillo de aro fino y de plata que llevaba una piedrecita pequeña transparente y brillante. La joven se quedó con una perfecta O en sus labios.
- Es precioso… - miró al hombre y con una sonrisa de oreja a oreja, se abalanzó sobre él dándole las gracias. Se lo puso enseguida, en la mano derecha, en el dedo anular.
Luego le entregó el segundo regalo a Inuyasha, el cual recibió una camisa playera de color roja y de la cual se abrochaba dejando al descubierto algo de pecho. Y luego, el tercero, fue para Sesshomaru. Le trajeron unos zapatos de vestir negros de la marca "Cole Haan". Y el último fue para Kaede que era una pinza para el pelo de color blanca con piedrecitas celestes.
- Rin, se te ve de muy buen humor. ¿Ha pasado algo? – preguntó Izayoi con una sonrisa y ojos pícaros.
- ¿Eh? – a la chica se le tiñeron los mofletes de un rojo no muy pronunciado – No, no ha pasado nada. Solo me alegra verlos de nuevo.
- Si tu lo dices – pero como buena mujer cotilla, se la quedó mirando y descubrió que Rin le dio una mirada fugaz a Sesshomaru, mientras que este no intentaba ni disimular si quiera, que la miraba con destellos en los ojos, con su cara apacible e insignificante. Rió de medio lado al darse cuenta que en esa semana que habían pasado fuera, entre aquellos dos había sucedido algo, que ese algo, si al final era lo que suponía, le encantaba, ya que por fin vería a su hijo centrado y enamorado de alguna chica y que justamente esa chica era la niña de sus ojos, la hija que nunca pudo tener. "La combinación perfecta" pensó la madre.
Cenaron los cuatro juntos. La pareja de casados les explicaban lo que habían hecho en el Caribe, lo rica que estaba la comida, las aguas tan cristalinas y limpias de las playas, la gente tan amable, las fiestas que se montaban allí cada noche… y un sinfín de cosas más. Luego estaba la emoción de Inuyasha al explicarles el partido que hicieron el día anterior y donde ganaron gracias a él, por su buena coordinación y jugada, y también, aunque le costaba reconocer, por su hermano, ya que este había marcado dos veces, donde un gol fue en las cuadras, difícil tiro teniendo a los demás jugadores alrededor suyo y la otra con una chilena. Rin les contó lo de la Academia de Artes y que antes de que empezara septiembre, tenían que ir ellos, es decir sus tutores, a firmar unos papeles donde daban su consentimiento a la chica de estudiar allí, ya que era menor de edad y necesitaban el permiso de sus tutores en su caso.
Después de estar hasta muy tarde por la noche hablando los cuatros, donde unos participaban mucho más que otros, se fueron a dormir a sus respectivas habitaciones. En el cuarto de los casados, se encontraba una mujer desvelada, pensando en un plan para que su hijo y Rin pudieran quedarse solos. Sabía que eso les ayudaría a su relación y si aún no tenían una, pues a definirla ya, de una buena vez. Cuando tuvo el plan listo, se quedó dormida pensando en la boda de sus dos hijos con sus novias. Se le escapó una risilla que por suerte nadie escuchó, ya que el hombre que tenía al lado, roncaba demasiado para oírla.
A la tarde del día siguiente, Sesshomaru estaba en el sofá de la biblioteca, leyendo un libro muy gordo y algo desgastado. En eso entró Izayoi.
- Sessho, ¿vas a salir esta tarde?
- Si, ¿por qué?
- Es que a Rin se le han olvidado las llaves en casa.
- ¿Y qué?
- Pues que Inuyasha está en el partido de Voleibol de Kagome, tu padre está en la oficina muy ocupado y no llegará hasta tarde. Hoy es el día donde las dos chicas de la limpieza no vienen, el jardinero ya se ha ido y Kaede y yo tenemos pendientes unos recados que hacer. La pobre Rin se quedará en la calle, porque no hay nadie que le pueda abrir la puerta.
- Tranquila yo me quedo – "¡SÍ!" gritó la madre en su interior escapándosele una sonrisa de medio lado. Había consiguiendo su plan, y muy fácilmente, la verdad. "Lo que hace el amor…" suspiró pero sin ser captado por su hijo.
Perfecto, ahora tenía toda la tarde libre con Rin, donde podían aclarar lo que pasó la otra noche y donde se declararía a ella, ya que vio, que cuando le dio el beso, ella no se apartó. Eso era buena señal ¿no? Claro que sí. Aunque… en realidad le parecía algo extraño. Pensaba que la madre había planeado todo aquello porque ya sospechaba de algo… Nunca dudó del sexto sentido que poseía esta. Pero le daba igual lo que pensara la mujer. Tenía una oportunidad con Rin y si todo había sido gracias a Izayoi, ya se lo agradecería en su debido momento.
Eran las 6:30 pasadas y alguien picó a la puerta.
- Kaede, ¿tú has visto mis llaves? – preguntó la chica, rebuscando desesperadamente en su bolso sin mirar quien tenía delante dando por hecho que era la doncella – Es que no las encuentro por ningún… - se calló ya que al levantar la cabeza no era quien se esperaba, si no Sesshomaru. Sonrió – Lo siento, pensaba que eras Kaede – le habló mientras entraba en la casa.
- Vaya… ¿en serio me parezco a ella? – preguntó el joven, divertido. Ella rió.
- No que va. No es eso. Solo que me pensaba…
- Lo sé, tranquila. Solo era una broma – le interrumpió este mientras le dedicaba una sonrisa de medio lado.
Se acercó a ella con la intención de comenzar con la charla del tema que tenían pendiente, pero desafortunadamente, alguien estaba llamando al teléfono de la casa. Este refunfuñó y se dirigió hacia el teléfono más próximo. Era su padre que necesitaba unos documentos que estaban en el ordenador de su despacho. Al girarse para dirigirse al sitio, se fijó que Rin ya no estaba. Al cabo de unos veinte minutos, colgó el teléfono acabando la llamada y mientras apagaba la computadora, oyó que Rin había puesto música y muy alta.
Sesshomaru se apoyó en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y mirando como la chica movía sus caderas al ritmo de la música, mientras pintaba algo en el nuevo lienzo. Hubo un momento que ella cantó el estribillo de la canción y le pareció que era la voz más dulce y bonita que había escuchado en su vida. Se quedó embelesado. Era perfecta. Pero de repente ella se giró para dar una vuelta sobre sí misma, y lo descubrió mirándola. Se sobresaltó y dejó un pequeño gritillo.
- Sesshomaru, ¿Qué haces ahí? Me has asustado – le dijo mientras se quitaba un mechón de la cara. El joven rió ya que las manos de Rin estaban pintadas de pintura y al apartarse el pelo, se manchó un poco su mejilla izquierda – ¿De qué te ríes?
- Te has pintado la cara – ella rápidamente se puso delante de su espejo y corroboró lo que le dijo él. También rió – Eres una torpe – le dijo mientras se acercaba. Cuando la chica se giró para quedar delante suyo, le vino una idea a la cabeza.
- ¿Qué? – preguntó con una mirada que Sesshomaru no supo descifrar. Este frunció el ceño y en un abrir y cerrar de ojos, notó un dedo deslizarse por su frente y algo viscoso y frió clavarse en su piel.
- Me has pintado – ahora era el chico quien se miraba en el espejo mientras que la otra reía a carcajadas.
Él la miró desafiante y Rin comenzó a correr hacia la puerta para escapar, pero el joven era mucho más rápido y la cerró de un portazo. Ella aún reía y retrocedía hacia atrás. Tuvo que subirse a la tarima, ya que no podía escapar hacia otro lado. Él también subió. Ahora quedaron ambos en el pie de la cama.
Sesshomaru se acercó a ella acorralándola. Deslizó los dos brazos por la cintura de la chica. Ella puso sus manos en el pecho de él. Y se fueron acercando los dos al otro muy despacio hasta que sus labios se besaron. Primero fue algo delicado pero luego todo se volvió más intenso.
El chico recorría sus grandes manos por la diminuta espalda de la joven y ya las capas empezaban a molestarle. En un movimiento rápido le quitó la camiseta a Rin. Se descalzaron a la vez para luego, Sesshomaru cogerla en brazos y tumbarla sobre la cama quedando él encima. Se besaron fervientemente y los deseos de los dos iban a más. Él también se quitó su camiseta y mientras saboreaba la piel del cuello de la joven, con cuidado de no hacerle daño en la herida, ella le desabrochaba el cinturón y el botón y la cremallera del pantalón.
Al poco rato, los dos quedaron completamente desnudos, sin ninguna vergüenza a demostrar sus partes más íntimas ya que en ese momento se dieron cuenta de lo mucho que se amaban.
- Te quiero – le dijo Sesshomaru en un susurro. Ella le dedicó una cálida sonrisa y pasó sus piernas por las caderas del chico diciéndole que ya podía comenzar. Y así lo hizo.
Fue la mejor tarde que habían vivido los dos. Se amaron hasta el punto de sentirse uno. Eran uno. Ya no eran la chica adolescente y el joven serio. No. Ahora eran Rin y Sesshomaru, los dos jóvenes que se querían con locura a pesar del poco tiempo en que se conocían. Toda clase de preocupaciones o miedos se desvanecieron en aquel mágico momento. Y ambos se prometieron que nunca se separarían del otro. Siempre juntos pasara lo que pasara.
