Disclaimer: La trama no me pertence, los personajes son de SM. Solo me adjudico a la adaptación.


Capítulo Diez

No era fácil ejercer de mujer fatal, pensaba Bella tres días después, trabajando en su escritorio frente al ordenador. Se necesitaba mucho tiempo para el peinado y el maquillaje, faldas cortas y tops con pronunciados escotes. Zapatos de tacón de aguja en vez de su calzado habitual. Y ligueros, además. Alice había insistido en que se comprara medias de seda que requirieran ligueros. No, no era nada fácil hacer de mujer fatal, pero Bella tenía que admitir que se sentía maravillosamente bien. Cuando sonó el teléfono, lo descolgó en seguida.

—Construcciones Cullen.

—Hoy es el día Cuatro de la Operación Edward —le dijo Alice al otro extremo de la línea—. Quiero un informe completo.

Bella se dedicó a recordar. El día Uno había sido la cena con Billy y con Jacob. Cómo había podido presentar una apariencia tan tranquila y confiada cuando por dentro estaba saltando de puro nerviosismo, eso nunca lo sabría. Muy probablemente los años pasados arriba de un escenario la habían ayudado a superar el pánico escénico, pero con seguridad aquella había sido la actuación más difícil de todas. Durante toda la cena Edward había estado extremadamente tenso, algo inhabitual en él. Pero más allá de unas pocas palabras, aparentemente apenas había registrado el cambio operado en ella.

El día Dos Bella se había vestido de traje, pero no como los que solía llevar. Aquel traje era ajustado, de color rojo brillante, con una camisa bordada. Podría haber jurado que vio a Edward tambalearse cuando ella entró en la oficina, pero aparte de eso, se había comportado de manera absolutamente indiferente.

El día Tres, el anterior, no había tenido mucho más éxito. Bella se había puesto una falda negra ceñida, un suéter lila igualmente ajustado y zapatos negros de tacón de aguja. Edward había entrado en la oficina cinco minutos después que ella, se había entretenido allí durante toda la mañana y se había marchado por la tarde sin dirigirle apenas más que unas cuantas palabras pronunciadas con un tono algo cortante. Lo único que le pareció extraño fue el portazo que dio al salir.

Para ese día, el Cuatro, había escogido una falda negra plisada, bordada con cuentas, y un suéter de lana color verde musgo, pero Edward no parecía haberle hecho el menor caso. Suspirando, se reclinó en su silla y pronunció con tono burlón:

—No hay nada que informar, comandante Cullen —estaba sorprendida de lo mucho que había llegado a intimar con la hermana de Edward después de una meteórica excursión de tiendas y dos días manteniendo contacto telefónico—. Ha cerrado las persianas de su despacho y no se ha asomado en toda la mañana.

—Mmmmm —siguió una reflexiva pausa al otro lado de la línea—. ¿Están completamente cerradas las persianas?

Bella se quitó las gafas y aguzó la vista.

—No estoy segura.

—De acuerdo, entonces haz lo siguiente. Estira una pierna corno si hubieras descubierto una carrera en la media, y luego desliza lentamente una mano por ella.

Bella se atragantó, sentándose muy derecha.

—¿Cómo?

—Es una prueba. Limítate a hacerla.

Sintiéndose como una estúpida, Bella se irguió, se miró la pierna y deslizó la mano con lentitud por la pantorrilla hasta el borde de la falda plisada, que levantó hasta la liga. De pronto dio un respingo al escuchar un ruido ahogado procedente del interior del despacho de Edward.

—¿Bien? —inquirió Alice.

—Creo que he oído algo —susurró Bella.

—Deben de haber sido los ojos de mi hermano al caerse de sus órbitas —exclamó Alice con tono ligero—. O quizá su mandíbula rebotando contra el suelo.

¿La había estado observando? Al mirar las persianas y advertir que se movían ligeramente, Bella se estremeció al pensar que Edward no se mostraba tan indiferente hacia ella como quería hacerle ver.

—No puedo creerlo —pronunció Bella sin aliento, al teléfono—. ¿Cómo lo sabías?

—Ya te lo dije, querida —rió Alice—. Tengo cuatro hermanos mayores, para no mencionar a mi marido. Cuanto más tranquila es su apariencia, con más ardor se están quemando por dentro. Y Edward, cariño, está consumido por las llamas.

Cuando la puerta de la oficina se abrió de repente, Bella se apresuró a bajarse la falda y se irguió.

—Tengo que dejarte. Te llamo después.

Jacob Back se acercó a ella sosteniendo un ramo de rosas amarillas contra su blanca camiseta de polo.

—Esperaba encontrarte antes de que salieras para comer.

—Jacob... creía que tu padre y tú regresabais a Boston esta misma mañana.

Tendiéndole las flores, se sentó en una esquina del escritorio.

—Mi padre ya ha salido. Pero a mí se me ocurrió quedarme un par de días por aquí.

La manera que tenía de mirarla la hacía sentirse incómoda, pero se había comportado con ella como un perfecto caballero durante la cena de aquella primera noche, y en las dos ocasiones en que la había llamado a la oficina después de hablar con Edward. Las dos veces Jacob la había invitado a cenar, pero Edward le había rechazado educadamente.

—¿Son para mí?

—Habitualmente no regalo flores a los hombres, así que supongo que sí.

—Gracias —no queriendo ser grosera las aceptó, y no pudo evitar enterrar la nariz en ellas—. Pero... ¿por qué?

—Por el tiempo tan maravilloso que habríamos pasado juntos si hubieras salido a cenar conmigo anoche —sonrió—. Pero dado que me rechazaste, servirán también como soborno para convencerte de que comas conmigo hoy.

Bella estaba segura de que aquella sonrisa tan atractiva debía de haberse cobrado más de una víctima femenina. Ojalá pudiera ella ser una de esas mujeres; eso le habría facilitado mucho más las cosas. Pero por muy encantador que fuera Jacob Black, simplemente no era el hombre que ella quería. El hombre en el que pensaba día y noche. El hombre que la hacía arder.

Pero se suponía que sí podía salir a comer con Jacob. Con Edward encerrado en su despacho, no había razón por la que no pudiera hacerlo.

—Bueno, supongo.

De pronto la puerta del despacho se abrió de par en par dando paso a Edward, aparentemente absorto en el informe que tenía entre manos.

—Bella, ¿tienes el mapa del proyecto Gibson? Lo necesito para... hey, Jacob. ¿Qué pasa? Creía que esta misma mañana te volvías para Boston.

—Se me ocurrió quedarme un par de días por aquí, hasta que la estructura de la obra esté levantada, si no tienes inconveniente...

—Por supuesto, no hay problema. Discúlpame un momento, ¿quieres? — Edward miró a Bella—. Bella, la correspondencia para el aviso de clasificación tiene que estar enviada para las tres de la tarde. ¿Podrás encargarte de ello?

¿Para las tres? Ese trabajo le llevaría al menos unas tres horas, y ya eran las doce del mediodía. No era razonable que le pidiera que hiciese eso en aquel momento.

—Pero yo...

—Me ocuparé de que Emmett nos traiga unos sándwiches —añadió Edward, y miró luego a Jacob—. ¿Puedo hacer algo por ti?

—Tendrá que ser en otra ocasión —Jacob se levantó y miró a Bella—. ¿Qué tal una cena a las siete? Conozco un restaurante magnífico.

Dios mío, pensó Bella. De repente ambos hombres competían por alimentarla. Sentía la mirada de Edward clavada en ella, pero no podía mirarlo. Si lo hacía, sabía que terminaría rechazando la invitación de Jacob.

—Sí, me encantaría —respondió.

—Estupendo. Bueno, me retiro por el momento. Hasta luego, Edward.

—Oh, vale. Hasta luego — Edward ya se había vuelto hacia su despacho, nuevamente concentrado en su informe. Cerró la puerta a su espalda.

Bella permaneció de pie durante un buen rato después de que Jacob se hubo marchado, mirando fijamente la puerta cerrada de Edward y convencida de haber oído el ruido de un golpe contra la pared.

Una lenta sonrisa se dibujó en sus labios.

Se preguntó si para entonces Edward ya se habría dado cuenta de que el informe en el que había enterrado la nariz estaba al revés.

"Cuatro... cinco... seis..."

Sudando a chorros, sentado en el banco, Edward levantaba una y otra vez la barra de pesas de cincuenta kilos, esforzándose por llegar al final de la serie.

"Siete... ocho... nueve..."

La imagen de un liguero de satén negro apareció de pronto en su mente. Las pesas se le resbalaron de las manos y cayeron al suelo. Varias cabezas en el gimnasio se giraron en su dirección. Edward maldijo entre dientes.

Se había ido directamente al gimnasio después del trabajo, y llevaba allí cerca de dos horas. Sabía que se estaba forzando más allá de lo que su cuerpo estaba acostumbrado, y que probablemente tendría que lamentarlo al día siguiente.

Dos horas machacándose y todavía no había conseguido quitarse a aquella maldita mujer de la cabeza. Jadeando, apoyó las manos en las rodillas y se inclinó hacia delante. El sudor le corría por el rostro, y agarró una toalla para enjugárselo. ¿Qué diablos había pasado con Bella durante los últimos días? Aquel peinado tan sumamente sexy, aquel carmín rosa brillante en los labios, que hacía que parecieran constantemente húmedos, aquellas faldas y suéteres ceñidos que resaltaban aquel cuerpo matador... Aquel maldito liguero.

Se enjugó el sudor de la frente, que nada tenía que ver con los pesos que había estado levantando y todo con los lascivos pensamientos que le suscitaba cierta rubia de ojos verdes. Bella quería limitar su relación a un nivel profesional y que simplemente fueran amigos. Pues muy bien. Apretó los dientes. Podrían ser amigos. Intentó convencerse de que podría dominarse a sí mismo. Al fin y al cabo, no la había tocado en toda esa semana, ¿verdad? A pesar de su increíble aspecto, había hecho todo lo posible por mostrarse indiferente. Ejercía un perfecto control sobre su libido, y pretendía dejárselo claro cuando a la mañana siguiente fuera a casa para intentar razonar con ella.

Por supuesto, Bella no necesitaba saber que, ocasionalmente, la había estado espiando, observando a escondidas. Después de todo no era de piedra, por el amor de Dios, corría sangre por sus venas. Sangre que había alcanzado su punto de ebullición cuando poco antes la vio deslizar su perfecta mano por aquella pierna interminable, descubriendo aquel maldito liguero...

Fue entonces cuando golpeó con el codo la estantería y tiró los libros de arquitectura al suelo. Y luego el señor Jacob el Rápido entró con aquellas condenadas flores y la invitó a comer. Edward había pensado en un principio que sería lo suficientemente ingenioso como para entrometerse en aquel importante momento y pedirle a Bella que le preparara aquella correspondencia, frustrando la invitación a comer... pero finalmente el tiro le salió por la culata. En lugar de a comer, Jacob había conseguido invitarla a cenar. Retorció la toalla entre las manos.

Casi eran las ocho. Bella y Jacob Chico Bonito estarían probablemente sentados al fondo del restaurante, bebiendo vino y riéndose. Ese pensamiento le hizo apretar la mandíbula. Bella y el alcohol constituían una poderosa mezcla. Especialmente con la nueva Bella.

Edward sabía lo que pretendía Jacob: lo que cualquier otro hombre habría pretendido nada más mirar a Bella. El muy miserable quería acostarse con ella. Eso ya era suficientemente malo, pero había más. Edward estaba seguro de que Jack quería conseguir que Bella trabajara para él y para su papá.

Se le revolvían las tripas de pensarlo. No podía permitir que eso sucediera. Tenía que convencer a Bella de que se quedara con él. Y la única manera de hacerlo era persuadirla de que podrían mantener su relación a un nivel estrictamente profesional. Con un juramento, añadió otros diez kilos a la barra de pesas. Quizá haciendo tres series de ocho con ciento cincuenta kilos en ejercicios de banco conseguiría quitarse a Bella de la cabeza.

Se tumbó de espaldas en el banco. Sí señor: eso era lo que necesitaba para aclararse los pensamientos y olvidarse de su apetito sexual. Una buena sesión de esfuerzo físico. Tomando aire, levantó la barra sobre su cabeza.

"Uno... dos... tres..."

Que lo despellejaran en aquel momento si no se sentía bien. Ya no pensaba para nada en Bella. Ni en su liguero de satén negro.

"Cuatro… cinco... seis..."

¿Serían sus bragas también de satén negro?, se preguntó. Los brazos empezaron a temblarle al sexto movimiento, pero logró terminar la serie. Jadeando, esperó durante un rato. Luego apretó la mandíbula y volvió a agarrar la barra.

"Uno... dos... tres..."

Y entonces, si sus bragas eran de satén negro, su sostén probablemente también lo sería.

"Cuatro… cinco… seis..."

Gruñó entre dientes al imaginarse la textura del satén, la perfección con que sus firmes y suaves senos se adaptaban a sus manos. Con otro gemido volvió a colocar la barra en su enganche. ¡Maldita sea! Se negaba a permitir que Isabella Swan le impidiera continuar con su sesión de ejercicios.

Aspirando profundamente, cerró los dedos nuevamente en torno a la barra, imaginándose que se trataba de la garganta de Jacob Black.

"Uno... dos..."

De pronto la pantalla de su mente se tornó café. Unos ojos cafés.

—Hey, hermano, ¿necesitas que te echemos una mano?

La voz de Eleazar interrumpió los concentrados pensamientos de Edward. Parpadeó para enjugarse el sudor de los párpados y vio a los dos hermanos flanqueándolo: Carlisle a un lado y Eleazar al otro. Maldijo entre dientes. Eso era lo último que necesitaba en aquel momento.

—No, maldita sea —pronunció, y volvió a levantar la barra en el cuarto movimiento de aquella serie.

—¿Estás seguro? —inquirió Carlisle—. Se te ve un poco temblón.

—He dicho que no, ¿vale? —gruñó alzando la voz.

—Nos limitaremos a observarlo, entonces, ya que no quiere nuestra ayuda —comentó Eleazar de buen humor, y los dos hermanos siguieron observándolo con los brazos cruzados.

"Cinco… puedo hacerlo... seis...

No, no podía. La barra se le cayó sobre el pecho, aprisionándolo con sus ciento cincuenta kilos. La última humillación. Carlisle y Eleazar se inclinaron hacia él, sonriendo al ver los esfuerzos que estaba haciendo por respirar.

—Quitadme esta maldita cosa de encima —jadeó.

—No queremos molestarte, ni nada parecido —pronunció Eleazar—. ¿Verdad, Carlisle?

—Jamás se nos ocurriría —terció Carlisle.

—Ambos sabéis que vais a morir por esto, ¿verdad? —repuso Edward con voz débil.

Riendo, los dos hermanos agarraron cada uno la barra de un extremo y volvieron a colocarla en su gancho. Edward siguió tumbado, intentando recuperar el aliento. Ya los asesinaría más tarde. En aquel momento bastante tenía con respirar.

—Te estás forzando un poquito, ¿no? —le preguntó Carlisle—. ¿Te preocupa algo?

—Idos al diablo —logró pronunciar Edward entre jadeos.

Los dos hermanos se miraron sonriendo.

—Bella —dijeron a la vez.

Edward frunció el ceño.

—¿La has visto hoy? —le preguntó Carlisle a Eleazar, como si Edward no estuviera presente—. Tío, puedo asegurarte que estaba tremenda.

—No creo que lo estuviera más que ayer —Eleazar sacudió la cabeza—. Con esa falda negra que hacía que sus piernas parecieran...

Edward arremetió entonces contra Eleazar, y no tardaron en caer al suelo en un amasijo de brazos y piernas. Carlisle los contemplaba riendo. Algunas personas que estaban cerca hicieron una pausa en sus ejercicios para observarlos, preguntándose por qué habrían discutido los Cullen en aquella ocasión.

Cuando Edward cayó de espaldas, respirando aceleradamente, Eleazar se pasó una mano por el pelo y sonrió.

—Voy a arrancarte el corazón y a rompértelo en pedazos —siseó Edward.

—Pues entonces estaremos empatados. Porque eso es lo que ha hecho Bella con el tuyo.

Edward se sentó lentamente, como si sus menguadas fuerzas no le alcanzaran para nada más.

—¿Por qué no habré sido hijo único?

—¿Y perderte toda esta diversión? —Carlisle le ofreció una mano para ayudarlo a levantarse, que él aceptó reacio—. Para no hablar de la cerveza gratis.

—¿La pagas tú? —inquirió Edward.

—Yo no, Emmett. Nos encargó que fuéramos a buscarte y te arrastráramos a la Taberna. Hoy es viernes, hay partido de fútbol, y ha empezado a trabajar una nueva camarera muy guapa que quiere que conozcas. Para que te ayude a quitarte a Bella de la cabeza. Ya sabemos que has tenido una... bueno, una semana difícil.

Edward frunció el ceño ante aquella cuidadosa selección de palabras, sabiendo perfectamente bien lo que su hermano había querido decir con ese comentario. "Nunca ha habido secretos entre los Cullen", pensó irritado al acordarse de la visita que le había hecho Alice. Intimidad, desde luego, tampoco había ninguna.

"Diablos, ¿y por qué no?", se preguntó con un suspiro. Se ducharía, se tomaría una cerveza o dos con sus hermanos, quizá incluso flirtearía un poco con aquella nueva camarera, O quizá más. Era justo el tipo de diversión que necesitaba para olvidarse de Bella y de Jacob. No quería pensar en la posibilidad de que Bella invitara después a ese hombre Armani a su casa. Si se quedaban solos allí, con ella llevando ese maldito liguero y Jacob...

—Bueno, ¿qué dices? —le preguntó Carlisle—. ¿Vienes con nosotros?

Edward parpadeó varias veces, miró a Carlisle y a Eleazar, pensó en Emmet y en la Taberna. Cuatro solteros sin ningún lugar a donde ir, sin tener que dar cuenta de nada. Aquello sí que era vida.

—Por supuesto —respondió con tono firme—. Dentro de quince minutos quiero tener una cerveza bien fría delante.

Jacob Black le había ofrecido un empleo.

Bella cerró la puerta principal a su espalda y encendió la lámpara del salón. Sin saber siquiera que había renunciado a su puesto de secretaria en Construcciones Cullen, Jacob le había pedido que entrara a trabajar para él. ¡Y menuda oferta le había hecho! El salario y las comisiones eran bastante más que generosos. Tendría que estar loca para rechazar una oferta semejante.

Aún no le había dado una respuesta.

Jacob, sin embargo, no la había presionado, y cuando ella le dijo que pensaría en ello, había cambiado de tema de conversación para pasar a hablarle de sus viajes, de su interés por el arte decimonónico y de su colección de coches de época. Se había comportado como un auténtico caballero, divertido y encantador. Era además guapo, y muy, muy tierno... Pero no era Edward.

Resultaba extremadamente difícil salir con un hombre cuando estaba pensando continuamente en otro. Durante toda la noche, cuando no había estado hablando de Edward, en términos de su capacidad profesional, había estado pensando en él. A veces aquellos pensamientos la habían hecho incluso ruborizarse.

Mientras se quitaba la chaqueta a juego de su nuevo vestido de terciopelo negro, se preguntó por qué se lo habría puesto aquella noche. Ciertamente no había estado interesada en impresionar a Jacob o en animarlo. Con un suspiro, dobló la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de un sillón, no sin antes deslizar los dedos por su suave tejido.

Oh, ¿a quién estaba engañando? En alguna parte de su cerebro, había estado esperando a que Edward apareciera de pronto en el restaurante. Que encontrara alguna excusa para presentarse allí, y que al verla con .Jacob se diera cuenta de que no quería que estuviera con ningún otro hombre.

Qué calenturienta imaginación tenía. Qué idiota era. Su último día de trabajo era el lunes. Su sustituta se presentaría en la empresa, y para las cinco de aquella tarde. Bella ya se habría marchado. No había transcurrido ni un solo minuto sin que hubiera querido cambiar de idea: sencillamente conformarse con lo que tenía o podía conseguir. ¿Pero cómo podría volver a mirarse a un espejo si acababa haciendo eso? Si no podía respetarse a sí misma, con seguridad Edward tampoco lo haría.

Edward no era un hombre habituado a conformarse con nada, y menos con una mujer como ella. Bella podía haber cambiado de ropa y de peinado, pero seguía siendo Isabella Swan. Un poco aburrida, un tanto gris quizá, pero era quien era, quien siempre había sido. Sus padres y sus tías habían querido que fuera alguien que no era, y ella misma lo había intentado, pero nunca había sido feliz así. En lo más profundo de su corazón sabía que incluso aunque amaba a Edward, nunca podría llegar a ser alguien que no era.

La intención de Edward había sido buena, y Bella había apreciado su voluntad de ayuda, pero cambiando su exterior no cambiaba lo que era por dentro. Tal vez nunca quisiera volver a ponerse aquella ropa tan gris y formal, pero tampoco era una mujer fatal.

Decidiendo que necesitaba una buena taza de té para aplacar sus nervios, se dirigió a la cocina, Jacob le había sugerido tomar una copa en su hotel, pero Bella no era lo suficientemente ingenua como para pensar que realmente quería hablar de su oferta de trabajo en la empresa de su padre, así que había rechazado la invitación. Si al final acababa trabajando para los Black, tendría que hacer que Jacob comprendiera que solo estaba interesada en el empleo, y no en él.

Ya había cometido ese error y rió tenía intención de volver a recorrer ese camino. También estaba decidida a no quedarse sentada compadeciéndose a sí misma durante el resto de la tarde, a no pensar en Edward cada minuto, cada segundo, a preguntarse qué estaría haciendo aquella noche. Si se le habría ocurrido pensar en ella en algún momento...

Casi había llegado a la cocina cuando oyó que llamaban a la puerta. Rezó para que no fuera Jacob. Su dirección y teléfono figuraban en la guía telefónica, y tal vez quisiera hacerla cambiar de idea acerca de lo del empleo... o cualquier otra cosa.

Pero si no era Jacob...

Con el corazón acelerado, miró por la mirilla y vio a Edward en el umbral, iluminado por la luz del porche. Llamó otra vez, con más fuerza.

"No abras", le dijo la voz del sentido común, de lo razonable. Conteniendo el aliento, Bella tocó la puerta. "Simplemente salúdalo", le aconsejaba su corazón. "Invítalo a entrar", le gritaba su cuerpo.

La puerta vibró al tercer golpe, y retiró la mano.

—Bella maldita sea, ¿estás ahí? —llamó.

Bueno, eso ciertamente era algo insólito. Si Edward había ido allí a gritarle o a montarle un escándalo, entonces muy bien podía dar media vuelta y marcharse en aquel mismo momento. Además, le diría eso mismo en la cara. Irguiendo los hombros, abrió la puerta.

Edward abrió la boca para decir algo, pero finalmente se quedó allí, mudo, mirándola fijamente. Cuando un brillo de deseo apareció en sus ojos, y la miró de la cabeza a los pies, Bella se dio cuenta de lo escaso de su vestimenta.

—Edward —sintió que se le debilitaban las rodillas al ver su expresión—. ¿Pasa algo malo?

—Sí, maldita sea —respondió, tenso—. Puedes estar condenadamente segura de que pasa algo malo.

Y luego se movió con tanta rapidez, abrazándola y besándola en los labios, que Bella no pudo hacer nada para evitarlo.