Título: Destino

Autora: MKiller

Fandom: Shingeki no Kyojin

Pairing: Mikasa/Levi

Disclaimer: Los derechos sobre los personajes de Shingeki no Kyojin no me pertenecen a mí, sino a su autor Hajime Isayama.

Capítulo 9: Base Militar

Llegó el día en que debía partir hacia la ciudad con la intención de reunirse con la policía militar por primera vez, desde que Hanji lo pusiese al corriente de toda aquella confabulación.

Se despertó de madrugada. Antes de levantarse de la cama, se permitió disfrutar un poco más del aroma que desprendía Mikasa, todavía dormida entre sus brazos. Era consciente de que pasaría una semana antes de volver a contemplar esas delicadas facciones. La chica comenzó a desvelarse al momento, abriendo los ojos poco a poco. Al abrirlos por completo, se encontró con la penetrante mirada del hombre cuyo rostro estaba a pocos centímetros del suyo. Ambos permanecieron así unos minutos, el gris de la chica contra el verde del muchacho. Mikasa se aferraba con una mano al pecho del hombre que quedaba debajo de su cuerpo. Sus miradas continuaron escrutándose mutuamente, hasta que creyeron memorizar cada detalle de los rasgos del otro, sin decir palabra.

Levi preparó una bolsa a modo de equipaje, con los pocos objetos que consideraba necesarios para emprender el viaje. Mikasa, mientras tanto, se fue hacia la cocina. Tenía intención de preparar algún aperitivo para que el joven no pasase hambre durante el fastidioso viaje. Guardó en una talega un poco de pan que ella misma había hecho la noche anterior, algo de carne y un par de frutas frescas.

Levi preparó el caballo frente a la casa. Colocó la alforja sobre el corcel. Apretó la silla de montar y comprobó que todas las correas estuviesen correctamente. Solo quedaba una cosa antes de marcharse: despedirse de ella. Mikasa caminó lentamente hasta Levi, que sujetaba las riendas del caballo con una mano y lo acariciaba con la otra, todavía desde el suelo. Cuando vio de reojo como avanzaba la chica hasta su posición, se giró lentamente para poder verla otra vez. Estaba hermosísima con su cabello oscuro suelto, mecido levemente por la brisa de la mañana. Se veía calmada. Eso alegraba en parte a Levi. Sería una despedida dolorosa, estaba seguro, pero agradecía que Mikasa lo llevase con tanta entereza. Él estaba preocupado, ya que la chica experimentaría de nuevo la soledad que casi acaba con ella después de aquella tragedia.

Volvería. Se lo había prometido a él mismo. Pasase lo que pasase, regresaría junto a ella. Ahora esa casa era su hogar. Ella era su hogar.

—Debo irme ya Mikasa—Levi albergaba una expresión triste en su rostro cuando pronunció estas palabras. Aun así, se esforzó por dedicarle una última sonrisa a la chica. Mikasa no había visto sonreír mucho a Levi durante los tiempos en los que el era capitán y ella una soldado, pero estando allí solos, los dos, era completamente distinto. Ya incluso podía admitir que amaba esa sonrisa. Le transmitía paz en los momentos más oportunos.

—Lo sé—susurró débilmente, dirigiendo la mirada a sus manos. Ofreció al joven la bolsa que había preparada con la comida—Coge esto, el camino es largo. Cuando llegues a la ciudad podrás visitar alguna posada, pero mientras tanto… Solo es algo de pan y carne.

—Gracias—dijo Levi. Cogió la bolsa y la metió en la alforja. Cuando se giró de nuevo, Mikasa miraba distraída al suelo, perdida en sus pensamientos—Te prometo que volveré lo antes posible. Te lo prometo—Levi colocó sus dedos sobre el mentón de la chica y le subió la cabeza lentamente, hasta que la mirada de ambos se encontró nuevamente. Levi estrechó a la muchacha contra su pecho. Mikasa lo rodeó con sus brazos poco a poco, algo indecisa. Había decidido ser fuerte. No se derrumbaría de nuevo, ya no. Mikasa había decidido tomarse aquello como una oportunidad para demostrar que podía seguir viviendo, que era tenaz e independiente, aunque en ocasiones temiese que las pesadillas y los recuerdos dolorosos volviesen a alterar la paz y las ganas de luchar recientemente adquiridas.

Levi acarició la cabeza de la joven, enredando los dedos en la espesa cabellera negra. Mikasa comenzó a respirar más profundo, y sintió a su corazón acelerarse. Levi separó despacio a la joven de su pecho, con la mano todavía jugando con el pelo de la chica, tan sedoso que apetecía pasar horas enteras así. Levi dirigió su mirada a los labios de la chica, labios que él mismo había probado no hacía más de dos días. Un beso demasiado corto para su gusto. Pero suficiente para volverse adicto a esos labios. Si no los había devorado ya cien veces era porque no andaba escaso de autocontrol en los últimos días. Se había reprimido en muchas ocasiones. Él era un hombre de impulsos, y sus instintos solo deseaban algo desde antes de lo que él se permitiese admitir: a ella, a Mikasa Ackerman, la recluta que valía por cien soldados rasos; tan inocente y al mismo tiempo tan seductora; tan fuerte pero tan frágil a la vez; siempre impasible, excepto cuando se trataba de Eren o Armin; una heroína abnegada y bondadosa para algunos; una asesina y un monstruo egoísta para otros. Le parecía perfecta con todas sus contradicciones.

Estaba decidido a entregarse a sus deseos y besar fieramente a la chica, cuando Mikasa se adelantó y le besó a él en la mejilla. Levi no pudo evitar reírse para sus adentros, articulando una sonrisa medida en su rostro. De verdad que le enternecía verla tan inocente. Al fin y al cabo, era joven todavía.

Sin postergar más la partida, subió a su caballo.

—¡Ten cuidado Levi! —exclamó Mikasa cuando el caballo comenzó a trotar. Levi se giró para verla, ya a más distancia. Mikasa se quedó allí, reflexionando, sin moverse un ápice hasta que Levi desapareció por el camino. Solo esperaba que los cabrones que formaban parte de la policía militar no tramasen nada que pudiera ponerlo en peligro. Él era una leyenda viva en la historia de la guerra por la liberación, en la guerra contra los titanes; pero los tiempos habían cambiado, y era un solo hombre contra toda la fuerza militar del reino.

El cuartel general de la policía militar estaba situado en el Distrito Stohess. No pudo evitar recordar la vida de antaño, tan ajetreada y caótica cuando paseo por las calles abarrotadas. En el borde este de la Muralla Sina, la gente se amontonaba a su alrededor, el griterío le irritaba más que nunca y el olor… ni siquiera quería pensar en el olor. Solo el hedor de la multitud conseguía ponerlo de mal humor. El edificio en cuestión, que la policía militar usaba como punto de reunión entre los oficiales y como arsenal de armas de fuego, quedaba escondido entre construcciones más grandes, como el gran edificio que, antes de la victoria de la humanidad, era utilizado por el Culto de los Muros para practicar su fe. Ya no quedaba rastro de esa facción religiosa que Levi consideraba una panda de fanáticos petulantes, así que era solo una ruina más entre toda aquella aglomeración de chozas destartaladas.

Cuando se acercó al portón que protegía la construcción, dos soldados lo esperaban. Levi reconoció a uno de ellos. Se trataba de Dennis Eibringer, un hombre alto y esbelto. Sus ojos eran pequeños y marrones. Había que reconocer que la barba de pocos días le sentaba de maravilla. Desde luego sería atractivo para muchos, pero Levi lo conocía mejor que el resto. Era uno de los que participaban en aquellas "reuniones" de oficiales donde la misión más importante era jugarse su sueldo a las cartas y beber hasta no acordarse de nada. Levi odiaba todo aquello. No obstante, Eibringer era solo un soldado raso, otro lameculos de los superiores. Sin embargo, también lo odiaba. A simple vista se podía observar que era un tipo irresponsable y despreocupado.

—Lo estábamos esperando, Ackerman—dijo con la mirada distraída, mientras se rascaba la cabeza y a continuación, bostezaba.

—¿Dónde está tu comandante?—se limitó a formular Levi con frialdad. El comandante de la policía militar no era otro que Nile Dok. Dok era uno de los pocos miembros de la policía militar que no había mostrado signos de corrupción hasta ahora, o eso decían los rumores. Levi no había hecho un viaje tan largo para hablar con un par de soldados que solo conocían el engaño y el soborno. Si tenía que hablar con alguien, sería con Dok, por supuesto. Su fama de líder honorable era un rayo de luz entre tanta oscuridad— El maldito Dok tiene que explicarme qué coño se trae entre manos.

Eibringer no se sorprendió al escucharle hablar de aquella forma sobre un comandante, pero el otro soldado se sobresaltó enseguida. Era mucho menos agraciado que el primero y también más bajo.

—Waltz, ya sabes que hacer— decretó Eibringer antes de marcharse. Sus pasos tranquilos se alejaron del edificio.

—¡S-si!—tartamudeó el hombre, nervioso. Se apresuró a realizar el saludo militar a su compañero, que ya se encontraba de espaldas—Sígueme, por aquí— ni siquiera era capaz de mirar a los ojos a Levi. Era una criatura temerosa. Levi sintió pena por el hombre. Podría tener su edad, pero tenía el espíritu asustadizo de un niño de cinco años. Dok le había asignado su misión en vez de cumplirla él mismo para así poder ir a divertirse a algún burdel de la zona.

Waltz lo guio dentro del edificio. Parecía desierto. En todo el trayecto, Levi solo logró ver a dos soldados más por uno de los largos pasillos que visitó. Waltz indicó a Levi que entrase en una de las habitaciones. Era de las pocas puertas de toda la estancia que no se encontraba cerrada bajo llave. Levi entró. No había nadie en la habitación, solo un montón de baúles y cajas esparcidas por el suelo y por numerosas estanterías que se erguían junto a las paredes de la habitación. Waltz entró también, tembloroso. Sin dirigirle la palabra a Levi comenzó a buscar entre las cajas. A Levi se le agotaba la paciencia. Sentía que todo aquello solo era una broma: la carta, la amenaza de dejar a Erwin en manos de la policía militar, abandonar a Mikasa cuando aún lo necesitaba, la desconfianza que aquel edificio le transmitía… Si tan solo Erwin no se hubiera vuelto loco… o si simplemente hubiese muerto junto a aquellos soldados que comandó hasta encontrar su final… nada de esto hubiese pasado. Levi, que antes no tenía ningún punto débil, ahora tenía dos, muy a su pesar: Erwin, por haber sido tan cercanos durante tanto tiempo; y Mikasa, porque la amaba desesperadamente. Si no fuese por ambos, no estaría en ese edificio en primer lugar.

Cuando Waltz terminó de hurgar entre aquel montón de arcones, se acercó a Levi y le ofreció aquello que había por fin encontrado: un uniforme de la policía militar. En lugar de las alas de la libertad, ahora llevaría el unicornio verde como emblema. Ya se había acostumbrado a no usar uniformes, sino unos cómodos pantalones de tela y una camisa básica de algodón blanca. Levi sostuvo el uniforme sobre sus brazos, y Waltz se giró volviendo a rebuscar entre las cajas. Esa vez tardó menos, y lo que llevaba en las manos sorprendió más a Levi que el estúpido uniforme.

—Ten cuidado con esto. Ti-tienes su uso prohibido—aclaró nervioso el soldado antes de ponerle en la mano a Levi una pistola.

—Entonces para qué me la das—bufó Levi cortante. Levi cogió la pistola bruscamente, casi arrancándosela de la mano a Waltz. La calibró durante unos segundos. La inspeccionó minuciosamente, comprobando que efectivamente estaba descargada.

Cuando Waltz le indicó que debía cambiarse antes de que el comandante le recibiese, Levi soltó un suspiro, cansado de tanta tontería. Cuando se puso aquella ropa se sintió extraño. Hacía tanto tiempo que no usaba uniforme… Además, seguía prefiriendo las alas de la libertad y no ese estúpido caballo que adornaba ahora la parte de atrás de su espalda. Cogió la pistola y se la guardó en el cinto de su uniforme. Solo sería un elemento decorativo, pensó Levi.

A continuación, Waltz lo guio a través de un pasillo más estrecho hasta una puerta al final del mismo. Waltz se detuvo cautelosamente. Sacó un manojo de llaves de su chaqueta y miró nervioso de un lado a otro, comprobando que solo se encontrasen allí él y Levi. Abrió la puerta con mano hábil.

—¡Señor! —exclamó de pronto Waltz, dirigiéndose al hombre que se encontraba de espaldas, mirando distraído por la única ventana de la sala. Waltz hizo de nuevo el saludo militar.

—¿Waltz? ¿Dónde está Eibringer? Él era el encargado de llevar a cabo esta misión— Waltz intentó responder a la pregunta que su comandante le había hecho, pero solo logró tartamudear palabras sin ningún sentido entre sí— Da igual, el caso es que nuestro "invitado" está aquí, ya hablaré con Eibringer más tarde— El hombre se acercó a Levi.

—¿Vas a explicarme de una jodida vez a qué viene todo esto? Siento decirte que no logré sacar nada en claro de la maldita carta que tuvisteis el honor de hacerme llegar— Levi volvía a tener el semblante frío y cortante de antaño. Waltz se marchó y cerró la puerta tras de sí.

—Relájate—Nile Dok parecía no tener prisa, y eso le quemaba la sangre a Levi—¿Te apetece una copa de vino? Es el mejor de la ciudad—Levi no respondió. Aun así, Dok sacó de un mueble bajo dos copas y la botella nombrada. Le indicó a Levi con la mano que le quedaba libre tras tomar una de las copas llena hasta el borde que se sentase en una de las sillas que había alrededor de una mesa de madera maciza.

Levi no cogió la otra copa que había dispuesto sobre la mesa Nile. No bebió nada en lo que duró la charla. Pero decidió sentarse, estaba realmente cansado.

—Iré directo al grano—Nile decidió contarle el propósito de todo aquello de una vez, ya que hasta él notaba lo cansado que se veía Levi. Suponía que el camino había sido largo— Como sabrás, el rey no ha sido muy querido desde que vuestras tropas mataron al último de los titanes. La gente ya no teme, y eso no nos conviene, ni a él ni a nosotros. Los ataques a la policía militar son cada vez más frecuentes. Se están empezando a organizar, Ackerman. Están reuniendo un arsenal, uno mayor que el nuestro, por desgracia. Al principio solo eran concentraciones frente a los puestos militares, pidiendo más comida, más tierras. Nada que no pudiésemos solucionar con un par de tiros al aire—Dok río enérgicamente. Levi se mantenía serio, como siempre—Tendrías que haberlos vistos, se dispersaban como ovejas ante la presencia de un lobo. Pero desde hace unas semanas las revueltas no se pueden controlar. Son veintitrés bajas las que llevamos ya en la policía militar, solo contando las de esta semana, y no las anteriores. Intentamos asustar a la población ejecutando a unos cuantos comerciantes en la plaza del pueblo, pero eso solo agravó más la situación. Hace unos cuantos días encontramos estos papeles repartidos por toda la ciudad—Dok sacó de un cajón un montón de papeles. Todos ellos eran iguales. Una caricatura del rey siendo ahorcado, con una frase amenazadora debajo— El rey ha perdido los estribos. Ha dado órdenes. Quiere que matemos a todos y a cada uno de los hombres, mujeres o incluso niños que muestren algún indicio de maquinar en su contra. Aquí es donde entras tú. Eres un renombrado héroe de guerra. El rey quiere que seas tú quien lidere al grupo de élite de la policía militar para extinguir esta incipiente revolución.

Levi no daba crédito a lo que escuchaba. Ahora estaba más enfadado que antes, si eso era posible.

—Nada me importa lo que le pase a ese viejo borracho al que llamas rey— escupió las palabras como si fuesen veneno. Él más que nadie había odiado al gobierno durante su juventud, cuando sufría en sus propias carnes las desigualdades de la política del rey.

—Cuida tu lengua, Ackerman. Cualquiera podría pensar que tu también quieres derrocar a nuestro monarca— Dok no quiso amenazar a Levi, solo advertirlo.

—¿Es qué tantos sobornos te han dejado ciego, además de estúpido?— Levi no iba a callar en esta ocasión. Se dio cuenta de que los rumores acerca de la honorabilidad de Dok eran una mentira. Era tan corrupto como los demás— Solo hay que pasear por las calles para ver como la gente muere de hambre por las esquinas; los huérfanos vagan por la calle con los pies descalzos, muriendo igualmente, si no de hambre, de frío. ¿Y quieres que yo sea participe en las injusticias del rey? Se supone que con la caída de los titanes todo iba a mejorar para ellos, pero el cabrón ese solo aumentó su propio patrimonio. Tu también querrías matarlo si estuvieses en el lugar de esa gente. Tal vez un cambio de gobierno sería lo más favorable para todos, incluido tú. Todavía puedes demostrar que te queda algo de humanidad.

Él había pasado la mayor parte del tiempo en las afueras, con Mikasa. No era consciente de que la situación dentro de los muros estuviese tan avanzada. Era algo predecible. Cuando visitaba cada semana a Erwin, podía observar el descontento de la gente, pero no sabía que la cosa fuese tan lejos. No quería participar en ese enfrentamiento, pero de tener que hacerlo, él tenía claro que lo haría desde el bando de los ciudadanos más pobres, ya que él mismo había formado parte de ese grupo en el pasado. Sin embargo, allí estaba, en la base del escuadrón de la policía militar.

—Como bien sabrás, no tienes elección. La vida de Erwin pende de un hilo; y la de la chica… ¿cómo se llamaba? ¿Mikasa? Tienes buen gusto después de todo. Te envidio— Dok por fin dejó ver su verdadero rostro. Su mirada se había vuelto de repente oscura y su sonrisa llena de lujuria ponía enfermo a Levi— La haré mía antes de matarla con mis propias manos si te atreves a dar un paso en falso.

Levi ardía de dolor y rabia bajo la mirada del comandante.

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Espero que os haya gustado este nuevo capítulo de la historia. Como siempre, no dudéis en dejarme un comentario, que yo estaré encantada de leeros y tener en cuenta vuestra opinión.

Un abrazo,

MKiller