¡Hola:3

Bueno, aquí traigo capítulo nuevo y... ¡Último! SorpresaXD.

Bueno, último, último, no. Queda el epílogo nn. En fin. Me quedó demasiado largo igual X.X Pero espero que les guste n.n.


Título original:La llamada de la sangre.

Autora:Chia Uchiha.

Capítulo noveno.

Lo que somos 2.

Se removió sobre la cama, riendo en silencio. Observó el rostro inmutable en su sueño de su amo. Acarició la mejilla cercana con el filo de su uña, sin perforar la fina piel. No hubo reacción. Frunció las cejas molesta. Acercó su boca hasta el oido cercano, soplando sobre este. Nada.

-¿Hum?-. Preguntó sin comprender.

No se despertaba. Se mordió el labio inferior en protesta. Sin embargo, otra idea llegó hasta su alocada mente. Traviesa. Se ocultó bajo las sábanas y caminó como si de un gusano se tratara, trepando por el cuerpo masculino y sentándose sobre las caderas, con ambas piernas a cada lado de éstas. Apoyó su pecho sobre el de él, que había fruncido las cejas y apretado la mandíbula. Esta vez sonrió. Aquello surtió efecto.

Apartó uno de sus largos y traviesos mechones, acercando su rostro sobre el ya no tan sereno de su amo. Sus dientes mordieron la nariz mostrada, pero de nuevo no ocurrió el efecto que deseaba. Gruñó. Pestañeó al recordar el efecto que sus lamidas creaban en aquellos labios. Y lo volvió a hacer. Sujetó entre sus dientes el inferior y de un rápido movimiento, acarició el superior. Bingo.

Ryoma abrió los ojos rápidamente, mirándola serio. La tomó de el cuello, con intenciones de apartarla, mas no funcionó. Se aferró con sus muslos a las caderas, creando más intimidad entre ellos y apresando los hombros masculinos entre sus manos.

-Sakuno, quítate de encima-. Ordenó con voz ronca.

-No-. Negó ella-. Tengo hambre. Si no me das de comer, lo cazaré yo.

Él rió. Burlón.

-¿Te crees que eres capaz de cazar sin llamar la atención ¡No me hagas reir!

-¡Pero tengo hambre!-. Bramó frotándose contra él-. ¡Anoche no me diste de comer¡Fuiste malo¡Un mal amo!

Esta vez, la fuerza de el hombre la tumbó, encontrándose bajo su cuerpo y en aún más intimidad que antes. El camisón que portaba para dormir se había deslizado hasta su vientre y solo ambas ropas interiores los separaban. Su pecho se alzó, jadeante, golpeando contra el plano y fuerte de él. Sus muñecas quedaron atrapadas en las grandes manos, pegadas a cada lado de la gran almohada. Pestañeó, buscando los dorados ojos, encontrándolos enfurecidos.

-Si no hubieras huido, ahora sería yo tu padre. Sería todo más fácil. ¿Qué yo he sido mal amo¿Qué has sido tu?

-¡Estaba agustada!-. Protestó ella.

-Sera asustada-. Rectificó alzando una ceja-. Sigues sin hablar bien. ¡Demonios!-. Maldijo-. ¿Y eso te hizo huir?

-Pues sí-. Afirmó incrédula-. El miedo me hace hacer eso...

-Y aceptar la ayuda de desconocidos.

-Cuando te conocí tu también eras un desconcido-. Replicó-. Entonces, tampoco tendría que haber confiado en ti.

-Exactamente-. Aceptó con razonamiento-. Por esa misma razón, no estarías ahora aquí.

-¿Cómo?-. Preguntó maliciosa-. ¿Abierta de piernas bajo tu cuerpo?

-¡No hables de esa forma tan vulgar!-. Regañó apartándose. Ella gruñó-. Vamos a comer.

Sakuno rió, saltando sobre la cama y corriendo hacia la puerta, al tiempo que la detuvo, aferrándola de uno de sus largos mechones.

-Ey, ey, frena el carro-. Ordenó-. Primero tendrás que vestirte.

-¿Eh?-. Exclamó como niña pequeña-. ¿Por qué?

-¿¡Cómo que por qué!?-. Exclamó escandalizado-. Mocosa insolente. ¡Vístete!

-¡No quiero!

-Muy bien.

La arrastró hasta la cama, arracándole el camisón de un estirón. Sakuno jadeó ante el fuerte empujón, mirándole atentamente, hasta formar una sonrisa divertida. Y él gruñó. Se volvió, abriendo las puertas de el armario y buscando entre los vestidos, hasta hallar uno finalmente de su gusto. Plateado y con bordes blancos. Se volvió hacia ella, dejando el vestido a un lado. La alzó por las axilas, dejándola en pie sobre el mulllido colchón. Buscó el corsé, y luchando contra las negativas de la castaña, logró ponérselo. Con lo que los odiaba. Eran tan difíciles de quitar.

Recogió el largo cabello al momento en que rodó el vestido por el diminuto cuerpo femenino. Sonrió divertido por un instante. Cubierta el rostro sin poder verle. Sus senos se curvaban hacia bajo por el peso de la ropa. El delgado vientre se alzaba ante la agitada respiración de la chica. Sus largas piernas temblaban en sujeción de el equilibrio. Estiró finalmente de la ropa, ladeando su cabeza. Si seguía dándole vueltas, terminaría haciendo todo lo contrario que tenía previsto. Si no que caería en los planes de diversión de Sakuno.

Recordó cuando tiempo atrás, nada más haber sido creado, sentía la necesidad excesiva de el sexo opuesto. Amar a una mujer. Desfogar su deseo carnal. Años depués se convertiría en hábitos aburridos. Sin embargo, con la chica, se había vuelto a encender la misma llama que Sakura encendió siglos atrás. Y la maldecía por ello. Ahora que se había convertido en vampiro y necesitaba, ansiaba más de todo, era un peligro para él. Aún sentía que su miembro reaccionaba después de haberla tenido momentos antes entre sus brazos.

Si no se hubiera detenido a tiempo, ahora estaría haciendo el amor con ella, sin saciarse. En toda su vida jamás había yacido con una mujer como él. Una vampiresa. Sakuno sería la primera si sucediera. Aquello le hizo temblar de placer. Se había estado controlando tanto tiempo y ahora tenía demasiadas oportunidades.

-¿Estás bien? Parece sofocado-. Se preocupó amablemente la joven, apresando sus mejillas entre sus frios dedos-. ¿Quieres que llame a alguien?

-No-. Negó ronco. La bajo de el mueble y observó-. Vamos.

La aferró de la mano, estirando de ella. Era el único modo de asegurarse que no se desviara de el camino. Se detuvo, observando atentamente a las personas que comenzaban sus trabajos en el castillo. Humanos algunos. Sakuno se lamió los labios, llevando un dedo hasta estos y acariciandolos, carnosos y rojizos. Intentó alejarse, pero la retuvo con fuerza, recibiendo una mirada de reproche por parte de ella.

-Los humanos de el castillo no se tocan-. Ordenó serio-. Cada vez que comas humanos, será fuera.

-Tu comistes aquí-. Recordó en molestia.

-Esa clase de comida... tómala como comida a domicilio.

-Yo quiero tener comida a domicilio-. Exigió.

-Algún día-. Carraspeó y continuó su camino hasta el exterior-. Hoy cenaremos fuera.

Sakuno le siguió con impaciencia, aceptando subir de nuevo a uno de los carruajes, esta vez, conducido por un chofer. Momoshiro era el amo de llaves, no un chofer particular. Con una vez que supliera al miedoso conductor, bastaba. La joven se movía en su lugar y Ryoma arrugó las cejas en preocupación. Si no le daba de beber cuanto antes, enloquecería más. Sus miradas chocaron y de nuevo, un escalofrio recorrió su cuerpo. Su maldito cuerpo que reaccionaba ante nada, como jamás habia echo.

Ella sonrió. Pese a ser recien nacida en ese poder, Sakuno sentía de forma instintiva que le producía. Y lo peor de todo, es que su cambio a vampiro la había vuelto sensual y atractiva. Como todos eran. Atrayentes. Y al parecer a ella le gustaba. La sintió caminar hasta él, arrodillarse ante sus piernas y jugar con sus dedos sobre sus tensadas piernas. La miró, impasible en su rostro pero nervioso y furioso en su interior. Jamás había tenido que contener tanto sus impulsos como en ese momento.

Logró sujetar las manos, al tiempo en que estas comenzaban a hacer que sus ingles sintieran lijeros espasmos de cosquillas placenteras. La alzó con brusquedad, lanzándola contra el asiento. Ahora no era necesario que fuera más delicado, puesto que ya no se heriría como antes. Sus heridas sanarían en cualquier momento dado.

-Deja de jugar-. Ordenó tragando obligatoriamente.

-¿Por qué me rechazas si te atraigo?

-Porque sé controlarme-. Reflexionó por un instante-. Algún día comprenderás que eso no lo es todo en la vida, Sakuno.

Sakuno hizo el mismo gesto de confusión que tiempo atrás él hizo. Tezuka le dijo aquella misma frase un día necesario que él mismo se sentía furioso por no poder desfogar sus deseos carnales. Y antes de que la joven se convirtiera en lo que eran ambos, sabía perfectamente controlar sus instintos, incluso cuando saboreaba la sangre más placentera. Cambió con Sakura y ahora, volvía a cambiar con Sakuno. Era su maldito cuerpo el que reaccionaba instintivamente y aún podía paladear el sabor de su sangre.

El carruaje se detuvo y abrió la puerta, inspirando el aire fresco de la noche con necesidad. Sakuno saltó a su lado, curiosa y de nuevo tuvo que atraparla de una de las dos trenzas que le había obligado a atarse, y detenerla.

-Ahí hay comida-. Murmuró ella arrugando la boca.

Se inclinó hacia ella, golpeando con su aliento en el rostro femenino. Sakuno no se apartó. Días antes, cuando todavía era humana, tierna, rompible y avergonzada, seguramente sus carrillos se armarían de rojez y ahora, tan solo sus ojos brillaban en demanda de más acercamiento. Gruñó y finalmente dijo lo que quería.

-¿Acaso sabes como comer correctamente la comida?

Llevó un dedo pensativa hasta su barbilla y finalmente negó con la cabeza. Él suspiró. Había matado ratas y no quería ni pensar en cómo logró sobrevivir a la sed sin pasarse de la raya. Seguramente sería también el instinto y algo le extraño. ¿Cómo podía saber tanto? Eran demasiado idénticos. Él también aprendió a su modo, alimentándose de animales a escondidas de Tezuka, la primera vez como vampiro en el mundo real.

-Vamos-. Ordenó sujetándola de la cintura-. No hables con ellos. No digas que tienes hambre y ni se te ocurra decir que son comida.

-Pero...

-Nada de peros-. Acalló.

Caminaron en silencio, adentrándose en el pequeño pueblo. Era curioso pensar que hubieran humanos ahí, totalmente a sus anchas, mientras aún muchos otros eran vendidos, o bien como comida para otros vampiros, o bien como sirvientes. Igual que pasó Sakuno. Si no la hubiera comprado, ahora no conocería a la descendiente de Sakura, ni tampoco la tendría a su lado, enseñándola a comportarse como vampiro.

Finalmente, halló una buena presa para ello. Un hombre joven, corpulento y atractivo. Hacía tiempo que lo había visto y había descubierto que era mudo. Así que era perfecto para la joven. El hombre no gritaría en su dolor de inexperiencia. Sería una lástima, pero tendría que morir dolorosamente. Sintió como la joven se tensaba a su lado al divisar al hombre.

-¿Ese?-. Preguntó mirándole. Afirmó-. Bien.

Se soltó de él y con sensual caminar, se acercó hasta el hombre, el cual, al observarla, abrió sumamente embelesados los ojos. Él, se apoyo cerca de ellos en una pared, cubierto por la gran masa de oscuridad, observándola con el ceño fruncido. Sakuno le asombró. ¿Tan hambrienta estaba que logró comportarse? Sedució al hombre con amabilidad. Le escuchó sin que hablara y le permitió tocarla. Su mano guió la mano masculina hasta su cadera izquierda, le permitió besarla en el cuello, riendo falsamente. Torció el labio al ver como besaba tímidamente en la mejilla al hombre y extranguló sus dedos cuando le permitió llegar hasta sus senos. Irritado, intentó acercarse, cuando el sonido de algo desgarrarse llegó hasta sus oidos. Faltaron milésimas de segundos para que el olor de la sangre llegara a sus sentidos, agudizándolos de sobremanera. Y luego, succiones. Sonrió. Sin necesidad de ayudarla, Sakuno supo aligerar su peso de sed, seducir y hasta aliviar al hombre en su muerte.

Dejó caer el cuerpo, volviéndose hacia él. La observó, melosa en sus andares y sensual en su mirar. Tragó saliva inexistente al notar como la sangre todavía caliente, se deslizaba por la comisura de sus labios. No pensó. Actuó. La aferró con fuerza de la nuca, atrayéndola contra él, empujándola hasta la pared cercana, obligándola a gemir ante el golpe y la besó. Lamió la sangre incesantemente. Acarició cada recobeco de aquella boca de sabor metálico y excitante.

Las manos de la joven acariciaron su espalda, deteniéndose entre sus cortos cabellos y aferrando sus caderas con una de sus piernas, la cual terminó acariciando, llegando hasta su cintura y detenerse en su seno derecho. Ella gimió en su boca. No necesitaban aire. Nunca más lo necesitarían, así que podría permitirse el lujo de besarla hasta saciarse. Clavó sus caderas en las contrarias y sintió como su sexo comenzaba a quemar en respuesta. Se apartó entonces, mirándola. Sofocada, con los labios hinchados y rojos por sus besos. Con los senos erectos bajo aquel vestido y corsé maldito. La falda totalmente descolocada y su pierna aumentando la unión de sus caderas.

Gruñó, sujetando con fuerza su quijada y apoyando la frente sobre la contraria. Ella intentó besarle de nuevo, pero no la dejó. Recibió un arañazo por su parte y sin saber cómo, se vió en el suelo, con ella sobre sus caderas, el hombre muerto a un lado y sus labios mordidos por los duros dientes femeninos. La empujó. Serio y negó con la cabeza.

-Regresemos a casa-. Ordenó, arreglándose la ropa-, el sol pronto saldrá.

Ella gruñó, molesta. Alzándose y siguiéndole sumisa. Se aseguró de que subia al carruaje y una vez dentro, la atrajo contra él, apresándola con solo uno de sus brazos. Sakuno pestañeó.

-¿Por qué me has detenido?-. Exigió.

-Porque eres una niña-. Respondió jugando con sus labios, aún hinchados entre sus dedos-. Además, ese no era el mejor lugar.

Sakuno cerró sus ojos, suspirando sobre sus labios. Llevó una mano hasta su vientre, jugando con sus dedos sobre él, para mirarle sin apartarla.

-¿Por qué siento tanto calor aquí?-. Preguntó-. Has dicho que vas a enseñarme¿no? Explícamelo.

Apretó sus labios, mirándola. Sakuno le miraba curiosa. Queríendo entender lo que él había provocado en ella. Aquella angustia necesaria que hubiera terminado en placer por parte de ambos. ¿Cómo podría si quiera explicar él que estaba sintiendo los efectos de la excitación no culminad? Demonios. Él no se encontraba en mejores condiciones. tenía que escapar de esa conversación.

-Otro día te lo enseñaré-. Dijo finalmente.

Sakuno afirmó, alzándo su mano hasta su mejilla, rozando el desierto lugar donde antes había un herida, creada por ella en su rabia. Él desvió su atenció hacia la mano, entrecerrando los ojos a su caricia.

-¿Por qué te has vuelto tan agresiva?-. Preguntó alzando las cejas-. Tu no eras así.

-¿Y cómo era antes?-. Se interesó duditativa-. No lo recuerdo.

El asombro llegó hasta su rostro. La tomó con firmeza de su rostro, acercándola más a él y obligándola a apoyarse en su pecho.

-Sakuno¿acaso te estás burlando de mi?-. Preguntó.

-No. Sé que esta mañana hablamos de algo, pero ahora mismo no me acuerdo.

-¿Tan rápido?-. Preguntó más para sí mismo-. Sientate.

La joven obedeció, sentándose a su lado. Llevó una mano hasta su mentón, pensativo. Él mismo había perdido sus recuerdos como humano. Tan solo la noche como su renacer recordaba claramente y todas las situaciones, las iba recordando gracias a la llegada de la castaña a su mundo. Por supuesto, sus recuerdos como vampiro siempre estaban ahí. Una larga vida y aún recordaba.

Sakuno se había clavado en su vida desde la primera vez que la vió. Asustada, con la menor ropa posible, jadeante y temblorosa. ¡Demonios! Casí igual que cuando se bañaron juntos. Había permitido que esa mocosa se adentrara en su mundo poco a poco y rompiera demasiadas corazas. Corazas que creo tras la partida de Sakura. Creyó no volverse a enamorar. Que no podía. Sin embargó, ahí estaba. Sintiendo cosas por ella.

Y se maldecía. En humana le atrajo su sangre. El sabor que siglos atrás había probado incesantemente durante largas sesiones de sexo. Y ahora... Le atraía su fogosidad. Su inocencia en algo que no podía controlar. En sus instintos de sed y mujer. Era capaz de excitarlo de sobremanera y los sentimientos se le disparaban.

-Oye-. Llamó Sakuno aferrando su nariz al verse ignorada-. ¿Qué planeas hacer conmigo?

Alzó las cejas sorprendido y después, llevó su mano hasta su mentón, pensativo. Estaba claro que la quería en el castillo. Cuando se alejaba sentía la completa necesidad de encontrarla y buscarla. Incluso su caracter empeoraba hasta el punto de casi matar a sus sirvientes. Se frotó los negros cabellos. Solo veía una oportunidad.

-Te quedarás conmigo-. Dijo seco.

-¿Cómo?

-¿Qué clase de pregunta es esa?-. Preguntó perdido.

-Que cómo quieres que me quede contigo. ¿Continuaré siendo tu criada?

Ante esa pregunta, Sakuno llevó sus manos hasta sus labios, sorprendida. Bagando entre algún recóndito recuerdo.

-¿Qué ocurre?

-Quien me transformó... ahora lo recuerdo...

-¿Recuerdas quien fue?-. Se interesó, tensándose.

-No-. Negó ella ladeando su cabeza-. Tan solo recuerdo que me preguntó qué era yo para ti.

-Hm... ¿Qué respondiste?

-Tu criada-. Respondió encogiéndose de hombros y jugando con la solapa de la chaqueta rojiza de su amo-. Eso es lo que soy. Soy la criada de el amo. No otra cosa. El amo así lo quiso cuando llegé.

Suspiró, frustrado. Aquella niña no se daba cuenta de la verdad de todo. La aferró con fuerza de las muñecas, tirándola sobre el sofá rojizo de el carro. Presionándola con su cuerpo, sin darle movimientos para escaparse. Mordió el mentón femenino, hasta que la sangre brotó por la dura piel, lamiéndola. Ella gimió, riendo ante ese acto. Pero tembló al mirarle. Sus ojos daban terror. Pánico.

-¿Realmente quieres esto¿Quieres verme así? Tendrías que aguantarme todos los días de esta forma y créeme, no lo soportarias.

Jugó con sus dedos sobre el valle que aquel vestido permitía ver de sus senos y ella se retorció, al sentir como arañaba su piel y con la punta de su lengua, la lamía. Ella aferró sus cabellos, alzándole y mostrando sus labios entreabierto en espera de su boca. Sonrió.

-Bésame-. Rogó.

-No-. Sentenció alzándose-. No más.

-Es porque soy tu criada...

-No-. Negó rápidamente-. Es...

¿Cómo decirle que por primera vez sentía miedo de sí mismo? Había actuado por sus instintos y la última vez que lo hizo, Tezuka murió. No era lo mismo, por supuesto. Esto era instinto al placer. Deseo. Se sentía capaz de desgarrarla, herirla y hasta matarla. Jamás había sentido tan fuerte. Se volvió hacia ella ante su silencio. La joven ocultaba su rostro entre sus manos y negaba con la cabeza.

-Ni... ni cambiando te gusto-. Susurró con voz llorosa.

-Sakuno, mírame-. Ordenó. Ella negó-. Sakuno-. Repitió con voz dura.

-¿Para qué? Si te soy horrenda-. Protestó la chica.

La miró asombrado. ¿Horrenda? Era imposible que le pareciera así. Acarició los largos cabellos, justo cuando el carruaje se detenía ante el castillo. Suspiró alzándose.

-¿De verdad crees que me pareces horrenda?-. Preguntó mirándose-. ¿Te crees que si me parecieras horrenda esto sucedería?

Desvió su mirada hasta su cintura y Sakuno se estremeció, cubriendo ahora su boca. Parpadeó y dejó escapar un grito al momento en que la alzó en brazos. La falda caida cubriría su excitación y sus sirvientes, no descubririan el efecto creado por la joven. En silencio, logró llegar hasta su habitación, encerrándose en ella. La dejó sobre el suelo, observándola por meros instantes.

Sakuno tragó saliva, llevando su mano izquierda hasta su chaqueta. Sin apartar su mirada de ella, permitió que adentrara esa fria estremidad bajo su ropa, tirando la chaqueta en el suelo. La camisa fue abierta lentamente por ella, observándole fijamente. Finalmente, esta cayó a suelo. El pecho femenino se alzó, al momento que la portada soltaba un gemido.

Ambas manos rozaron su torso. Su musculado abdomen y fuerte torso. Sus dedos crearon cosquillas placenteras en su fria piel. Pero no se detendría ahí. Se acercó hasta él, colocando ambas manos sobre sus rectos brazos, apoyando su mejilla derecha en su pecho. Cerró los ojos y esperó.

-No late.

-Ni nunca volverá a latir.

Alzó su mano, llevándola hasta el valle de los senos de ella.

-El tuyo tampoco, Sakuno.

La joven arrugó la boca en una mueca de tristeza, pero volvió a centrarse en el torso de el hombre. Su boca se encontraba cercana a un erecto pezón rosado y sin esperar, lo lamió, mordiéndolo en pequeños mordicos. Él cerró los ojos, dejando escapar un ligero gemido y enredando su mano cercana en los cobrizos cabellos, alzándole el rostro.

-Vosotros también sentiis esto-. Murmuró divertida.

-Sí-. Asintió con la cabeza.

-¿Me vas a dejar descubrirte?

-Ya lo estoy haciendo-. Respondió sonriendo orgulloso.

Sin dejar de masajear la sien femenina, la observó en su curiosidad. Parecía divertirla ver que su bello se alzaba en cada una de sus caricias. Que su respiración se volvía más nerviosa ante sus inquietos movimientos. Perfiló sus duros pezones, para deslizarse por su vientre. Mordió su mentón y sonrió, deslizándose por su garganta, lamiéndola. Se apartó, deteniéndose sobre pecho y sin esfuerzo, rasgó la blanquecina piel. Gimió, apretando con fuerza su mano libre.

Sintió los senos chocar junto a la ropa contra su desnudo torso, mientras ella continuaba lamiendo la herida que se curaba vertiginosamente. Se alzó hasta su cuello, volviendo a morderle y enterrar sus labios tras su oido. Suspirando entrecortada. Su mano diestra bajó de el estómago masculino, descendiendo hasta su cintura. Sus finos dedos se enterraron en la cintura de el negruzco pantalón. Deslizó los dedos sobre la tela, deteniendose ante la cumbre alzada por la excitación masculina. Gimió de nuevo, apresando sus labios entre sus dientes, mostrando sus colmillos al inclinar su cuello hacia atrás al ver su sexo inmerso en la diminuta malo, con la tela incluida.

-Quiero verla-. Susurró ronca.

Torció la boca en una sonrisa pícara y de reto. Sakuno volvió a esconder su rostro entre su cuello y con lentitud y ambas manos, desabrochó el pantalón, el cual cayó a sus pies. Se apartó entonces de él, varios pasos atrás, observándole. Se llevó un dedo hasta sus labios, mordiéndolo sensual. Su amo totalmente desnudo, la observaba, al igual que ella a él.

-¿Y bien?-. Preguntó encogiéndose de hombros.

-Realmente...-. Tartamudeó la chica mirándole de arriba a abajo-. Eres... hermoso.

Rió, divertido.

-Veo que todavía quedan rasgos humanos en ti-. Murmuró entre risas-. Tus ojos siguen viéndome como humana. No. Como una virgen.

-¿Es malo ser virgen?-. Preguntó Sakuno.

-No lo sé-. Respondió sinceramente.

Caminó hasta la cama, sentándose en esta. Se apoyó con ambas manos hacia atrás, soportando su peso en los hombros y mirándola de arriba abajo. Ella continuó estacionada en el mismo lugar. Se había apartado porque su propio instinto le indicaba que algo sucedía con ese cuerpo masculino y por eso, se mantenía alejada.

-Sakuno-. Llamó sin mirarla-. El hombre que te convirtio...

-¿Eh?

-¿Olía a incienso?-. Preguntó tras una pausa.

Sakuno ladeó la cabeza, pensativa. Cerró los ojos, intentando recordar. Finalmente los abrió, afirmando.

-Un olor sensual a vainilla-. Explicó-. Aturdía.

-Sí...-. Apretó la mandibula con fuerza, alzándose-. Acuestate.

-¿Eh?

Se acercó hasta el diván, recogiendo la misma bata que llevó cuando ella apareció. Tras colocársela, se acercó hasta la sorprendida y confundida vampira. La tomó de los brazos para besar su frente infantilmente.

-Ves a la cama-. Ordenó en un susurro-. Yo ahora vendré.

Ella torció la boca en claro deseo de protesta, sin embargo, la dulce y deseosa mirada de placer se había vuelto seria y aterradora. Cuando él desapareció, obedeció sin rechistar si quiera.

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Deslizó una mano sobre el desnudo brazo, perdiéndose cerca de su cuello y ondeando hasta la curvatura de sus senos, marcados con diminutas marcas rojizas. Ella gruñó entre sueños, apartándose a una postura más y cómoda. Sonrió. Quizás esa noche se había pasado haciéndole el amor. Pero era una mujer que le gustaba provocar lentamente.

Rascó su torso desnudo y desvió su mirada hasta la puerta. Esta fue golpeada y suspiró, alzándose. No tenía sentidos de vampiro, pero vivir con algunos de ellos le había formado para sentirlos. Recogió una de las batas esparcidas por el suelo, arrugada y besó la frente de la peliazul.

Abrió la puerta, con rostro sereno. Como si no hubiera pasado nada momentos antes. Buscó la mirada dorada de su amo y frunció el ceño al encontrarla.

-Él está vivo. No murió. Y tu lo sabías.

Esta vez, su sonrisa se formó de forma sádica. Apartó uno de los molestos cabellos de su rostro y afirmó, guardando su mano libre dentro de el bolsillo exterior de la negra bata.

-Él me lo demandó.

-¿A quién sirves?

-Le servía antes a él que a ti, Ryoma.

El joven amo gruñó, maldiciendo entre dientes y caminó en círculos, hasta recobrar su serenidad. Lograda tras tantos años.

-Fuji-. Llamó en tono seco-. ¿Sabes dónde está?

-Por supuesto-. Afirmó asintiendo con la cabeza-. Y también sé que fue él quien transformó a Sakuno.

El puño de Ryoma se incrustó en la pared cercana al nombrar a la peliroja, y sonrió.

-Se salió con la suya finalmente-. Suspiró-. Se encuentra en el cementerio este-. Rebeló-. Es más, te está esperando.

En rápidos pasos, el señor se alejó de él. Sintió unas manos sobre su espalda, abrazarle y sonrió, esta vez, de forma cálida.

-¿Te desperté?

-Sí-. Afirmó la joven-. Anda, vuelve a la cama.

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Abrió la puerta de forma brusca, pero se detuvo al sentir una acompasada respiración. Lás sábanas yacian a un lado de la cama, tiradas en el suelo, mientras que la joven dormía boca arriba y con ambos brazos a cada lado de su cuerpo. Se frotó los cabellos y negó, desviando su mirar hasta la ventana. Si no fuera de día, si el sol no hubiera salido ya, iría hasta el cementerio. Tan solo le quedaba esperar y dormir con ella, tras tantas excitaciones, no sería lo mejor. Se acomodó en la butaca y lentamente, destensó sus músculos, deseando que la noche llegara lo más antes posible.

-.-.-.-.-..

Colgó el abrigo sobre su espalda. Aún quedaban algunas señales de el día desvaneciéndose, pero no podía esperar más. El cochero, informado con antelación, lo esperaba cerca de la entrada y sin tener que arriesgarse demasiado, se adentró en el carruaje. En silencio, recordó el cuerpo semidesnudo de su acompañante, que se vió obligado a cubrir varias veces de el día. No necesitaban calor, pero Sakuno siempre se había sentido extrañamente proteguida por las sábanas y mantas.

Había deseado hacerle el amor. Obligarla a temblar y que perdiera la insolencia que tenía encima por ser tan primeriza, pero no lo logró. De tan solo descubrir que la misma persona la había convertido en lo que era, se enfureció. Su propia excitación desapareció al instante en que la rabía crecía por dentro y conocía perfectamente a la persona que le resolvería todo.

Fuji había trabajado tiempo atrás con su amo. Escondió su condición de vampiro ante los demás y siempre lo logró. Todos creían que era humano. Incluso hasta la mujer con la que yacía todas las noches. Era un secreto que tan solo él, Momoshiro y Tezuka conocían.

El carruaje se detuvo y asegurándose de que ya era de noche, saltó de él, caminando a gran velocidad entre las tumbas destrozadas. Tropezó, pero no llegó a tocar el suelo. Cuando finalmente visualizó la más cerrada y menos derruida, se acercó, llamando bruscamente a la dura piedra. Esta se abrió, dejando ver a una persona ya conocida.

-Nanako-. Gruñó-. ¿Tu...?

-Adelante, Ryoma-. Señaló una joven de cabellos largos y tan azulados como sus ojos-. Él te espera.

-Creí que...

-Él, Ryoma-. Ordenó con firmeza la mujer.

Se ofendió y hasta dobló la boca en molestia, recibiendo una caricia por parte de ella.

-Sigo siendo tu prima, cariño-. Ronroneó en ternura la joven-. Pero es a él a quien has venido buscando. Iré con Sumire.

Sintió como la mano femenina que momentos antes acariciaba su mejilla dejaba una simple caricia en su espalda y se cerraba la losa tras él. Tragó saliva, apretando los puños aún más dentro de sus bolsillos. Caminó con lentitud, hasta llegar finalmente a un habitación oculta, iluminada por pequeñas velas y antorchas. Seguramente, al estar cerrado, los humanos durarían bien poco tiempo sin respirar ahí.

-Finalmente regresas a verme.

Se tensó. Su cuerpo parecía doler, más que cuando murió y cada fibra se tensaba creando un dolor demasiado potente como para no gritar. Aquella voz golpeó en sus oidos y estaba seguro de que hasta estaba temblando.

-Tranquilizate-. Habló de nuevo la voz-. Ya no te puedo morder más.

-Tezuka-. Llamó con voz seca-. ¿Por qué demonios...?

-Para asegurarme que despertastes-. Respondió ete apareciendo-. Siempre has sido demasiado crio, frio, cabezón y orgulloso. Finalmente una mujer parece haberte vuelto sereno.

-Es de la familia de...

-De Sakura. Lo sé-. Interrumpió Tezuka sentándose en una vieja butaca-. Su sabor es inconfundible. Yo me alimenté de los hijos de Sakura y esa sangre, realmente es espeluznantemente sabrosa.

Sonrió al recordar el leve sabor que por momentos había sentido. Aún después de muerta, la poca sangre que vertía en sus heridas era deliciosa. Siempre igual de sabrosa y suculenta. Era mejor que comer los mejores manjares de el mundo. La fruta exótica prohibida. Se apoyó sobre la pared cercana, mirándolo molesto.

-¿Por qué la has transformado?

-Porque te veía que de nuevo ibas a confundirte. Tener miedo de aferrarte a algo y la dejarias huir. Igual que hiciste con Sakura. ¿Te molesta que te haya seguido cuidando desde lejos?

-Me molesta que finjieras tu muerte-. Protestó infantilmente-. ¿Por qué lo hicistes?

-Para que madurases-. Respondió Tezuka tosiendo-. Para que aprendieras.

Lo observó por un instante y frunció el ceño.

-Sigues enfermo.

-Ningún medicamento nos curará-. Rió burlón-. ¿Acaso te olvidas de lo que somos? Cuando nos transformamos, quedan las secuelas que nuestro cuerpo había vivido por última vez. Las cicatrizes, los huesos rotos, los dientes torcidos. Nuestra belleza se basa en la magia que creamos hacia nuestras presas. Por suerte, tu no sufrirás por eso. Ni Sakuno, tu sirvienta, tampoco. Alégrate. Tendrás la mejor compañera en tus largos dias.

Le miró intrigado. Tanto tiempo deseando verlo, recordando tantas enseñanzas de él, y ahora, hablaba de una forma realmente extraña. Tezuka suspiró, recargándose con aspecto cansado sobre el duro sillón.

-¿Cuántos llevas sin alimentarte?-. Preguntó dudoso.

-Tres años-. Declaró su creador-. Tres largos años.

-¿Por qué?

El castaño hombre, se incorporó, mirándolo con mezcla de incrédulidad y duda. Alzó una ceja, frotándose sus labios con las yemas de sus dedos.

-Mi creador no tuvo tanta consideración como la tuve yo contigo-. Recordó con voz dura-. Me transformó para que sufriera con mi enfermedad-. Los fuertes músculos de el vampiro se tensaron. Seguramente algún mal recuerdo llegaría hasta su memoria, pero ablando la mirada al posarla de nuevo sobre él-. Y te encontré a ti. Tan parecido a mi, que no pude evitar quererte tener a mi lado. Enseñarte. Y lo conseguí. No es fácil enseñar a alguien con tanto temperamento-. Lo observó divertido-. Pero creo que tu ahora también estás pasando por eso. ¿Verdad? Las mujeres vírgenes que han sido transformadas no pueden controlar su deseo sexual. Sakuno debe de estar quemando.

-Igual que te pasó con Nanako.

-Uhm. Ya decía yo que tardabas demasiado en dejarlo salir-. Refunfuñó-. ¿Tanto te cuesta creer que me enamoré? Sí, era tu prima, pero la amé como humana y la amo como vampiresa. Es más, sigo negándome a que venga conmigo.

-¿Contigo?

El mayor suspiró, entrecerrando por un instante sus ojos, clavados ahora en una de las brillantes llamas de la vela. Frunció las cejas en un deje de tristeza y sonrió.

-Mañana iré a ver el amanecer.

-¡Esto te matara!-. Exclamó sin poder contenerse.

-Lo sé.

-No... no es que lo sepas-. Murmuró taciturno-. Es lo que deseas. Quieres...

-Sí-. Interrumpió Tezuka alzando una mano-. Creo que ya merezco ese descanso. Y esta vez, será de verdad. No fingiré mi muerte, porque la única cosa que me preocupaba, está en perfectas condiciones para vivir sin mi. Has adoptado humanos, vampiros. Todos juntos en un mismo castillo y siempre han cumplido tus normas. Hasta existen relaciones entre vampiros y humanos. Fuji, por ejemplo, o Momoshiro.

-Estás loco-. Gruñó frotándose los cabellos-. Ven al castillo, Inui podría...

-Inui no podría hacer nada por mi, Ryoma.

Se apartó de la pared, caminando hasta su creador en silencio. Tezuka, pese a estar enfermo, continuaba teniendo su pose altiva, seria. Parecía un hombre de los antiguos señoriales. Sin embargo, sabía perfectamente que procedía de la pobreza. El paso de los años le hizo cambiar, igual que a él. Ahora que lo observaba, todo el enfado había pasado a mejor vida. Se sentía dolorido. Lo había perdido una vez y de nuevo, tendría que pasar por ello.

Se inclinó, dejando que su frente descansara sobre el pecho de el mayor y sintió, como muchas otras veces, un lijero palmeo en su cabeza y unos labios en su cabello. Como un padre a su hijo, una muestra de respeto. Como lo que eran. No puede decir que lloró, porque no lo haría. Nunca lo hacía. Ni siquiera la primera vez que Tezuka le enseñó a matar. Ni cuando se alimentó de inocentes niños durante la gerra.

-Ahora-. Dijo el creador al hijo-. Regresa a tu casa. Ama a la mujer que eleguistes. Sigue tu mandato. Cambia lo que desees. Sé feliz. Y cuando llege el momento, decide como quieres morir. Olvídame. Sabes que no podemos vivir atados a nada, si no, nuestra vida...

-Sería una larga condena de sufrimiento-. Terminó con una sonrisa de superioridad-. Recuerdo todo.

Tezuka sonrió junto a él, empujándolo hasta la salida, donde Nanako y Sumire esperaban. La primera, se acercó hasta él, tomándolo de ambas manos y besándole furtivamente los labios.

-Gracias, Ryoma.

-¿Por qué, Nanako?

-Porque gracias a ti, conocí a Tezuka. Porque gracias a ti, le amé. Y porque gracias a ti, pude vivir lo más largo posible que deseaba junto a él.

Guardó silencio, enterrando una de sus manos entre los largos cabellos y besándole la frente. Su prima había sido siempre un pilar muy importante en su vida. Como humano, le había ayudado contra su padre y hermano. Y como vampiro, no le temió. Se enamoró de Tezuka nada más verlo. Seguramente, el hombre tendría pensado convertirla en uno de sus más aperitivos, pero se sorprendió cuando la descubrió ocupando la cama de su creador.

-Se feliz-. Deseo la chica.

-Wiz.

Echó un último vistazo a los presentes, guardando sus imágenes para siempre en su cerebro. Su apuesto y serio creador. Su joven e inocente prima. La vieja ama de llaves. Tres personas que tiempo atrás siempre habían formado parte de su vida. Que comprendían y sentián lo que eran.

En un completo silencio se acurrucó en el carruaje y cuando llegaron al castillo, se encerró en su dormitorio, copa en mano y luz apagada. Cuando Sakuno entró a las claras de el día, la observó de reojo, mientras esta, en silencio y con rostro preocupado, cubría su cuerpo con el camisón rosado, adentrándose en silencio en la cama.

-Sakuno-. Llamó brusco-. Ven.

Cerró los ojos, escuchando los rápidos pasos de la chica, detenerse ante su figura. Los abrió, observándola en silencio. Delgada y pequeña. La ropa continuaba quedándole demasiado grande y aquel camisón no era menos. Le llegaba hasta los tobillos, cuando, por ejemplo, a Ann, le quedaba por los gemelos. La tiranta izquierda resvalaba por su hombro, cayendo sobre su antebrazo. Los pechos no abultaban demasiado, pero sí se podían imaginar. No era dificil. De tan solo mirarla, había conseguido que se tensaran y sus erectos pezones se dejaban ver bajo la tela. Los femeninos dedos se enredaban entre ellos y no soportando su mirada, llevó su mano derecha hasta su brazo, aferrándolo.

-Sientate-. Ordenó señalando sus piernas.

La joven obedeció. Enredó sus brazos en su cuello, ladeó su cadera y dejó que sus muslos sintieran su leve peso, mientras sus piernas caían en el lado izquierdo de las suyas. Aferró la delgada cadera, apremiándola a que se apoyara en él. La dejó esconder su rostro en su cuello y besó la frente de la joven.

-¿Qué ocurre?-. Preguntó con voz temerosa.

-Nada-. Respondió volviendo a besarla-. Nada.

Desvió sus labios por el limpio y fresco rostro, deteniéndose sobre los párpados cerrados, besándolos con ternura y desviándose hasta la pequeña nariz, la cual apresó entre sus dientes antes de alejarse. Ella no pudo evitar reir ante ese gesto, y se tapó la boca por su comportamiento. Le apartó las manos, negando, ordenando con la cabeza que no lo volviera a hacer más. Sakuno afirmó.

Esta vez, guió sus labios hasta los semicerrados de la chica, presionándolos levemente. Adueñándose de ellos y jugando con los suyos sobre estos. Un sabor dulce a caramelo le embriagó. Cerró los ojos, parpadeando y mirándola curioso.

-¿Has comido caramelo?-. Preguntó. Ella se avergonzó.

-Sí... Pero no me sadifasció nada-. Gruñó cruzándose de brazos.

-Se dice satisfacer-, corrigió en un suspiró-. Y la frase sería...-. Dudó y maldijo-. Al cuerno.

Alzó su mano diestra y la llevó hasta el mentón femenino, acercándola hasta él, adueñándose de nuevo de su boca. Mordió los suaves, hinchados y rojizos labios hasta que la sangre se vertió levemente, succionándola y lamiendo las heridas que cicatrizaron enseguida. Ella gimió y llevó su mano hasta su rostro, apresando su mejilla entre sus uñas y lamiéndolos al separarse. Lo miró con estrañeza y la pregunta le hizo reir.

-¿Qué puedo hacer por ti, amo?

Riendo, masajeó su frente con sus largos dedos. Sonrió torcidamente y nego de nuevo. Sakuno tembló sobre él al acomodarse mejor sobre sus piernas. La miró intrigante. Deseoso de saber la reacción que crearía en la chica, saber lo que despertaba en él. Sintió como las suaves nalgas se endurecián ante la sensación. Acarició con la yemas de sus dedos la espalda, siguiendo la curva que creaba por pura naturaleza. Sakuno cerró los ojos y dejó escapar un suspiro de agradecimiento a tal sensación. Sonrió.

-¿Dónde está la gata salvaje?-. Reclamó.

-Pero el amo está herido-. Reprochó ella.

-¿Herido? Mis heridas se curan igual que las tuyas.

Sakuno negó con la cabeza, apretando sus hinchados labios. Descendió su mano desde la mejilla hasta el pecho masculino, cubierto simplemente por aquella blanca camisa zurzida.

-Es la herida en su corazón. Puedo verla. Creo que ya la veía con anterioridad. Le duele.

La miró asombrado y con cierte deje de terror. ¿Cómo podía ser tan sensitiva? También, tenía que tener en cuenta que era la primera mujer vampira que trababa más de medio segundo de conversación con él. O mejor: que se mantenía sobre sus piernas, con un claro dilema entre estas, y no la estaba poseyendo ya.

He ahí otra duda. ¿Por qué la había lanzado ya contra la cama, quitado aquel molesto camisón y vagaba dentro de su interior, forzándola a gemir? No lo comprendía. Por más que estuviera excitado, por más que la deseara, se retenía hasta acalorarla. No podía negar que le gustaba que se comportara algo maliciosa y sensual en su necesidad de sexo. Pese a que ahora tuviera la suficiente fuerza como para tumbarlo en sorpresa, no era tan débil contra ella como para no poder poseerla a su gusto.

-Olvida mi dolor-. Dijo tajante-. Ya sanará.

La mano que aún permanecía sujetando el mentón de su compañera, se despremdió hasta su cuello, creando un lijero camino de sus dedos, esta vez, arañando levemente la piel, hasta detenerse al comienzo de la tela de aquel gran camisón. Siguió el camino sobre la tela, hasta detenerse sobre un pequeño vulto sobresaliente, que frotó en pequeños círculos con su dedo índice. Sakuno volvió a temblar, cerrando sus ojos y boca, la cual abrió, pero intentó por completo que su garganta no cediera a los leves suspiros.

La aferró de la nuca, obligándola a que se arqueara hacia atrás, quedando sus codos sobre reposabrazos y su espalda arqueada en ella. Llevó su rostro hasta el centro de ambos senos, mordiendo el más cercando sobre la tela, guirándo hasta apresar el pezón erecto, humedeciéndolo entre sus labios junto a la tela. El seno contrario sufrió la misma tarea, golpeando contra su boca al ser ya imposible controlar la respiración alterada de la dueña. Sonrió sin permitirles un solo descanso, hasta que finalmente, ella enterró sus dedos entre sus cabellos, apremiándole a más.

-Amo...-. Llamó temblando-. No debería... Sé que... me he portado mal... he querido obligarle a que me tocara así... pero... creo que... debería de detenerse...

-No-. Negó rotundo-. Ya te avisé cómo sería-. La observó por unos instantes, ocupando el lugar de su boca por sus dos manos-. ¿Qué te da miedo?

-Lo que deseo.

-¿Y qué deseas?

-A usted-. Respondió sinceramente. Se cubrió el rojizo rostro con ambas manos-. Dios... le deseo tanto...

Le apartó las manos con un gruñido de molestia al tener que separarla de sus senos. Ella también tembló, pero estaba más concentrada en debatirse con su personalidad lujoriosa o con su poca personalidad humana.

-Sakuno-. Llamó ronco.

Los rojizos ojos quedaron en su visión. Sonrió sastifecho y acarició los rojizos cabellos. Llevó las manos femeninas hasta su cuerpo, metiéndolas debajo de su camisa arrugada y obligándola a palparle. Ella cerró y abrió los ojos con interés lentamente alzado, hasta que finalmente, con brutalidad, le besó. Clavó las uñas sobre la dura piel, desgarrándola. Arrancó la camisa y llevó sus delgados dedos hasta su boca, lamiéndolas lascivamente ante el contacto desesperante de la sangre. La comisura de sus labios quedaron impregnadas y sin la menor de las dudas, él las lamió.

Tomó de nuevo entre sus manos los senos, presionándolos con lujuriosidad, tensándola en cada momento, mientras su boca creaba placer en la contraria. Mezclada de sangre. Levemente, acarició una de las piernas femeninas, ladeándola y con seguridad, la sentó a horcajadas sobre él. Sakuno se apartó, estremeciéndose.

-¿Qué ocurre?-. Preguntó malcioso.

-Le... le siento...-. Respondió avergonzada.

Sonrió. Apresó las caderas femeninas con fuerza, obligándola a moverse levemente sobre él, que empujó sus caderas hacia ella. Sintió como los desnudos brazos rozaban su cuello, dejando escapar un gemido de su garganta. De nuevo, creo el mismo movimiento y otro más escapó. Las uñas se clavaron en su nuca, deslizándose hasta su pecho. Alzó las manos esta vez hasta los hombros y con un rápido movimiento, arrancó la tela de el camisón, dejando que cayera sobre las dobladas piernas.

Dos redondos senos quedaron ante su rostro. Erectos, de perfectas redonces oscuras. Su dedo índice los acarició por encima, sintiendo como el bello femenino reaccionaba ante las cosquillas placenteras. Sus dos manos los acariciaron, reteniendo los puntos de mal placer para el final. Cuando finalmente los rozó ella gimió de placer. Sus dedos, fueron usurpados por sus labios, quedando apresado entre los delgados brazos. Su boca tomó aquellas dos cumbres como alimento necesario y las saboreó a placer.

-Amo...-. Suspiró.

-No, Ryoma-. Rectificó-. Me llamo Ryoma.

Levantó la vista hacia ella, sonriendo con orgullo y apremio. Sakuno enrojeció. Desde que había llegado, ni una sola vez había escuchado de su boca otra palabra que no fuera de su rango. Decirle Ryoma sería diferente y cuando la joven lo pronunció, una corriente eléctrice recorrió su cuerpo por completo. Erizándole la piel. Buscó sus labios, dejando en libertas los cálidos senos. Sus manos se deslizaron por el plano vientre, hasta perderse de nuevo en las caderas y caminar por las dobladas piernas a cada lado de las suyas.

La atrajo contra sí, pegando ambos pechos. Sintiéndola. Tantas veces teniendo mujeres en sus deseos más íntimos y ninguna había ocasionado esa paciencia en él, ni siquiera Sakura. Besó el cuello femenino, rozándola con la punta de su lengua y ocultándose en un punto realmente excitante, la hizo bribar.

-Amo...

-Ryoma, Sakuno. Ryoma.

Su voz sonó ronca de excitación. Pero no podía hacer nada para evitarlo. Su miembro quemaba dentro de su pantalón, rozando contra la ropa interior de la chica. Se alzó, con ella en brazos, dejándola en el suelo. Sakuno le miró extrañada dentro de su sonrojo y excitación. Tendió una mano hacia ella.

-Ven-. Ordenó.

Sakuno tomó su mano, dejándose guiar hasta el filo de la cama. La posicionó ante él, de espaldas. Apartó los largos cabellos a un lado y comenzó a dejar pequeños besos en su nuca, resbalando por el cuello, los hombros y detenerse en el centro de su espalda. Rozó con sus manos ambos brazos, para perderse en la espalda y guiarlas hasta la cintura, donde desizo el nudo que apresaba el camisón. Este cayó a sus pies, junto a su camisa. Ambos arrugados y enlazados entre sí.

Tan solo la última prenda ocultaba el lugar más excitante para ambos. Torció el labio al sentir la inquietud y duda en ella. El gato arisco volvía a ser tímido y miedoso. Se preguntó por instantes qué ocurría tiempo después, pero era más poderoso su deseo carnal que pensar en el futuro con ella. Claro que la tenía en mente. Dobló su rodilla izquierda, golpeando así la doblez de la castaña, que cayó hacia delante en la cama, usando sus manos para evitar golpearse la cara. Intenó incorporarse, pero no la dejó.

Presionando su cuello, caminó con su mano la largura de la espalda, hasta llegar al filo de la cintura, donde su mano logró introducirse bajo la tela blanquecina de aquellas diminutas bragas. Tanteó las nalgas, hasta que finalmente, llegó a la zona más húmeda y caliente. Sonrió sastifecho. Estaba tan caliente como él. Sabía de sobras donde poder tocarla y crearle espasmos de placer. Ella gimió ante el agarre con dos de sus dedos de la zona más sensible y cuando estos mismos crearon movimientos sobre esta. Los músculos femeninos se tensaron, esperanzada de el placer que amenazaba por llegar a ella, pero siempre que eso estaba apunto de suceder, él cesaba, hasta que finalmente, terminó por retirarse su mano.

Sakuno jadeó y gruñó ante el desesperante deseo de más. Estaba apunto de volverse, pero no la dejó de nuevo, terminando por tumbarla y subirse sobre ella. Su ya más que duro miembro, rozó las blandas nalgas, que se tensaron con rapideza incrédula. Con flexibilidad innata de un gato, logró desesperazarse para terminar de arrancar aquella última prenda y dejarla totalmente desnuda. Besando como último movimiento su cuello, se alejó, de ella y de la cama.

-Vuélvete-. Ordenó con voz ronca.

-Sí,... amo.

Gruñó ante el maldito apodo, pero llevó sus manos sensualmente hasta sus labios, al verla volverse. Tal y como ella había echo en un momento de descaro, la observó. Pensó que el sonrojo acudiría hasta sus mejillas, pero era claro que seguía teniendo aquel descarado animal dentro de ella. En lentos movimientos, entreabrió sus piernas, mostrando claramente su excitado sexo. Tembló. Desde los verdosos cabellos hasta las puntas de los pies.

-¿Así..., le..., gusta al amo?

Abarcó la distancia, maldiciéndose por dentro. No podía soportarlo más. La besó con fiereza, apoyando ambas manos sobre las rodillas femeninas y adentrándose entre estas. Pegó su cintura a la contraria y ambos gimieron dentro de sus bocas, tras otra nueva facción de roze. Las manos frias, parecían arder en su desnuda espalda, acariciándole por completo hasta detenerse en el comienzo de sus pantalones, donde se adentraron el comienzo de los dedos femeninos. La miró por un instante.

En medio de su sensualidad vampiresca, Sakuno buscaba su aprovación. Y eso lo enfureció por dentro. Horas antes habría sido violado por ella y ahora, se retenía. Esos cambios de personalidad indicaban que aún no había superado de el todo su verguenza humana, y lo excitaba por igual. Afirmó con la cabeza, besando el delgado cuello, enterrándolo entre sus dientes y lengua. Las manos femeninas se adentraron finalmente dentr de su pantalón, acariciando sus nalgas, clavando las uñas delicadamente y obligando a que el botón que los sujetaba, saltarda de su enlaze, dando una agradable sensación de libertad a su zona más excitada.

No pudo evitar suspirar aliviado y desgarrar la suave piel entre sus dientes, al sentir como, sin ataduras entre medias, su sexo rozaba la cálida humedad de el contrario. La observó por unos instantes. Maravillada por aquel acto y creo otro más. Otro. Otro y otro más. Ella jadeó en su hombro, apresándo su cintura entre sus delgados brazos, apresándola más hacia ella. Jadeante, deseosa.

Acarició de nuevo el plano vientre, deteniéndose por instantes en el ombligo y sonriendo sobre uno de los senos que volvió a acoger en su boca. Continuó su camino, hasta llegar de nuevo al comienzo de el rizado bello y la sintió estremecerse. Su cuerpo todavía recordaba los funestos intentos de descargar su placer, que él mismo cortó. Se alzó, acariciando los labios más privados y profundizando con uno solo de sus dedos, hasta hallar el lugar que deseaba.

-Ah... Esto...

La miró, arqueando una ceja.

-¿Dolera?

-...-. No quería hablar, tan solo sentir, pero su voz sonó demasiado ronca al decir-. Somos seres que el dolor les excita.

Mordió la mejilla izquierda de la joven y lamió la leve sangre. Sakuno se estremeció. Sujetó la muñeca de la mano que incesantemente preparaba su invasión, deteniéndola por un instante.

-Amo...-. Él arrugó las cejas en enfado-. Ryoma...

-¿Hn?

-Yo... le amo. Y haré... haré todo lo que desee... Pero... esto también lo deseo yo... ¿no será un moblema?

-Problema, Sakuno-. Corriguió en un suspiro ronco-. Y no.

Se liberó de el agarre por libertad concecida y continuó con su labor. Cuando finalmente logró estar seguro, se apartó, liberándose los molestos pantalones. Ella le observó con curiosidad, mordiéndose el labio inferior. Tembló, al verle de nuevo sobre ella, tan grande, musculoso, bello, atractivo e imponente. Excitado y con claros deseos de amarla. Y embistió. Lento, pero sin pausa. Rompió la única barrera que aún la condenaba a la niñez humana. El último inciso de lo que había sido.

Disfrutó y en cada embestida, en cada arremeter de su cuerpo, perdió la conciencia. La deseaba con todas sus fuerzas. Sentirla, tocarla y ahora lo estaba haciendo. Ella se estremecía debajo de su cuerpo, aferrándose a él con uñas, manos y piernas, impidiendo así que su cuerpo se alejara más de lo debido. Entraba y salía de ella sin esfuerzos, besándola e perdiéndose en los talones de el placer.

Salió de ella, aferrándola de la cintura y volteándola con fuerza, de pie, de rodillas y con sus senos clavados en la pared. Sujetándola con más persistenia de la cintura, la volvió a invadir con fiereza, obligándola a retorcerse y caer sobre él. Su pecho soportó el peso ejercido, acariciando los diminutos brazos, comparados con los fuertes de él. Esta vez, la fiereza de el placer se volvió lenta, degustándola por ambos en cada uno de sus movimientos.

Los erectos senos rozaban contra la fria pared, siendo acariciados por esta en cada uno de los movimientos que la alzaban, al igual que sus puntos sensibles y excitables de su parte superior, quedaban expuestos a la boca masculina, mientras su sexo y piernas sufrían el descaro de las manos grandes y poderosas. Gimió. Y él sonrió. Era la mejor forma de darle doble dosis de placer.

Ella enredaba sus brazos en su cabello, seguía con otro su mano sobre su sexo, indicándole las zonas donde más le agradaba que la tocase. Donde más la hacía gemir. Y eso le excitaba más a él. Pese que sentía que pronto sucumbiría al extasis, más sentía que su miembro volvía a reaccionar ante los gemidos ocultos. ¿Dolor? Sí, podría haberle hecho mucho daño si hubiera sido humana, pero siendo lo que era, para Sakuno no sería menos o más, que uno de los mordicos que dejaba en esos momentos en su cuello, obligándola a volverse para besarse e intercambiar de boca la sangre.

Finalmente, el cuerpo femenino se estremeció, en una súbita tensión de todos sus músculos y un fuerte grito, seguido de diversos jadeos llegó hasta sus sentidos, haciéndole vibrar. Sintió como era perfectamente atado su miembro dentro de e interior, candente y deseoso de escapar su momento de placer. La arrastró con él, permitiéndola caer sobre los almohadones y tras dos movimientos más, venció, gimiendo sobre ella, buscando su boca con urgencia y encontrándola totalmente a su placer.

Se dejó caer sobre ella, besando repetidas veces los delgados hombros, hasta ladearse a un lado, apresándola entre sus brazos y dejando una de sus musculosas piernas entre las delgadas piernas femeninas, las cuales se tensaron ante el roze de su muslo en su zona íntima. Sonrió ante el gesto, acarició los largos cabellos sudorosos y mordió el lóbulo cercano.

-No seas tan impaciente por más-. Susurró como maestro-. Tenemos mucho tiempo por delante. Tu maldita sangre me ha atado finalmente-. Susurró entre dientes.

La sintió estremecerse y llorar. Estaba seguro de aquellas dos últimas señales la habían vuelto a excitar. Incansable apartir de ese momento, ella sufriría los mismos deseos que siempre le habían carcomido a él. No era suficiente el sexo una vez. Necesitaba más y más. Era insaciable. Y ella lo sería ahora. Se volvió hacia él, alzándo su pierna superior a la suya a su cadera, pegándoles en necesidad. Escondió su rostro dentro de su pecho, mojándolo.

-Ryoma... amo... ¿Qué haré ahora?

-¿Hn? No entiendo.

-¿Qué soy ahora para usted¿Su sirvienta?

-No-. Negó.

-¿Su... amante?

-Mm... -. Ladeó la boca y rió-. Eso entra dentro de tu papel, por supuesto.

-No entiendo...

-Eso, lo descubrirás con el paso de el tiempo-. Suspiró, sentándola sobre él con gran agudeza adentrándose en su interior-. Ahora, somos lo que somos y tenemos muchos años para esos pensamientos.

Sus palabras sonarían chocantes para todas las personas que siempre le habían visto ser frio, osco y duro con todos. Pero con ella no podía. Nunca podría. Se prometió a sí mismo que sería la única que le escucharía hablar tanto, de esa forma tan estraña y nueva para él. Comprendió, al despedirse de Tezuka, que le había enseñado una cosa realmente importando para lo que restaba de su larga vida.

El como amar.

Fin.


Notas autora:

¡Hola de nuevoXD!

Bueno, final final, no es :3, que aun queda el epílogo nn.

Espero que les haya gustado, aunque quedó muy largo X.X

Pero era un finalXD.

Finalmente salió quien la transformó n.n.

EL engaño de Fuji.

Y los sentimientos de Ryoma :3.

Sakuno quedó mezcla de fierecilla y timidillaXD.

Cosa importante:

A las personas que no creían que no continuaría X.x

¡¡YO SIEMPRE CONTINUOOO!!

No me digan esas cosas ToT.

Pero gracias por leerme y querer seguir leyendo :3.

¡Nos vemos en el final, final!

Chia.