Exhausta por el viaje y las emociones, Nana cayó sobre su cama como un saco de arroz, sin siquiera molestarse en desvestirse, y se durmió sin fijarse en la habitación.

Por esto, cuando despertó al día siguiente, se sorprendió al constatar que estaba tendida sobre una suave cama de pulcras sábanas blancas, y al incorporarse descubrió con curiosidad una espaciosa habitación, de paredes empapeladas de color dorado con flores blancas y con una gran ventana al fondo, cuyas cortinas de terciopelo verde oscuro, aún corridas, dejaban apenas entrever otras tres camas (una en cada esquina del cuarto). Al lado de cada cama había un pequeño tocador y un armario en madera rojiza. Cada cama, con su respectivo bulto inmóvil que indicaba la presencia de una chica dormida, tenía una colcha de color distinto, que formaban un bonito conjunto. Todo derrochaba riqueza y buen gusto, pero al contrario del caso del gigantesco vestíbulo, ahí Nana se sintió agradablemente protegida. Aquel cuarto era verdaderamente acogedor.

Se sentó sobre la cama, frotándose los ojos, y entonces descubrió que alguien la miraba.

Se trataba de una delgada muchachita rubia, con el pelo suavemente ondulado un poco revuelto, y unos enormes ojos color gris plateado, que la contemplaba con curiosidad manifiesta.

-Buenos días-murmuró Nana por decir algo. La otra chica sonrió.

-Buenos días-replicó-. Imagino que eres una de las nuevas. Soy Noelle Ebner.

Al momento las dos sintieron como corría entre las dos una mutua corriente de simpatía: se inclinaron la una hacia la otra y se dieron la mano, sonriendo.

-Nana Leblanc-se presentó la pelirroja-. En efecto, soy nueva. Las otras dos que duermen son Evangeline (llámala Evan a menos que quieras verla furiosa) y Lenalee. Llegamos anoche y estabas dormida, así que por eso no nos presentamos. Lo siento-añadió, con una pequeña sonrisa.

-Está bien-repuso Noelle. Al igual que Rosette, tenía una voz sorprendentemente profunda y triste para alguien de su edad. Parecía tener alrededor de trece años, pensó Nana, y a pesar de esto su expresión era la de una joven adulta-. ¿Cuántos años tienes?-Nana sintió que la sonrisa se le helaba en el rostro, pero respondió con la mayor naturalidad posible:

-Trece-Noelle no dio trazas de sospechar que mentía, y Nana sintió una pequeña punzada en el orgullo y una enorme ola de odio hacia Komui. ¿A quién se le ocurre hacerme pasar por una niña de segundo año nada más por ser de estatura baja?, pensó, ofendida. Tampoco soy tan baja.

-¡Bien!-exclamó la otra chica-. Entonces estarás en mi clase.

En ese momento se oyó un sonoro gong que hizo que Nana por poco se cayera de la cama; Noelle, con naturalidad, se levantó de la cama y fue a abrir las cortinas.

-¡Hora de levantarse!-exclamó, haciendo que las otras dos chicas se sobresaltaran-. ¡A desayunar!

La despeinada cabeza de Evan y el rostro soñoliento de Lenalee se alzaron para mirarla con curiosidad.

-La despeinada es Evan y la que aún no se despierta del todo es Lenalee-dijo Nana-. Chicas, esta es Noelle-después de esta apresurada presentación, las cuatro chicas sintieron una inmediata conexión de aprecio entre ellas que desde ese momento no volvería a deshacerse.

Mientras bajaban a desayunar, conversando hasta por los codos como el resto de las animadas jovencitas (todas vestidas con el mismo uniforme rojo, blanco y negro), pudieron descubrir con facilidad el carácter de Noelle: era bastante orgullosa, aunque a la vez alegre y con un ácido sentido del humor parecido al de Nana, sólo que más discreto y delicado. Era una chica solitaria: según les dijo, no tenía muchas amigas. Y según pudieron deducir por lo que no les dijo, la mayoría de ellas habían desaparecido, es decir, muerto a manos del akuma.

Por suerte, antes de que el tema tomara derroteros demasiado lúgubres, Nana intervino para desviar la conversación, algo que a Evan le sorprendió: era un gesto tan dulce que costaba adivinarlo de parte de Nana.

-¿O sea que no tienes ninguna amiga íntima?-soltó la francesa, antes de que Noelle tuviera tiempo de poner cara de tristeza. Sonriendo, Nana la tomó de la mano-. Entonces, ¿querrás ser mi amiga?

-¡Claro!-exclamó Noelle de inmediato, con los ojos brillantes-. ¡Seamos amigas, Nana!

Una monja regordeta las apremió cuando iban bajando las escaleras.

-¡Señoritas, circulen por favor!-ordenaba con una graciosa voz aflautada.

-No creo que esa monja fuera de las que dijo Komui-comentó distraídamente Evan.

-¿Komui?-repitió Noelle.

-Mi hermano-replicó automáticamente Lenalee.

-¿Y Evan lo conoce?-inquirió la rubia, intrigada.

-Es mi padrino-mintió Evan.

-¿Ustedes tres se conocían antes de venir aquí?-preguntó Noelle. Por suerte para todas Nana tomó las riendas de la situación.

-De hecho, Lenalee y yo somos primas por parte de mi madre-explicó, mintiendo con una soltura increíble-. Como los padres de Evan y el hermano de Lenalee se llevan muy bien, entonces él se volvió el padrino de Evan, y ella ahora vive con ellos.

-Ya veo-dijo Noelle, cándida-. ¿Y cómo terminaron las tres aquí?

-Bueno-respondió Nana con naturalidad-, al principio mi padre se negaba a dejarme venir, al igual que Komui. Pero entonces mi madre enfermó gravemente, y papá tuvo que irse a Alemania con ella para darle un mejor tratamiento. Y como no podía dejarnos a las tres solamente con Komui, nos envió aquí.

-¡Vaya!-exclamó Noelle-. Lo siento por tu madre, Nana…

Las cuatro jovencitas percibieron entonces el agradable olor que invadía el vestíbulo, y se apresuraron para entrar al gran comedor, en el cual las esperaba un suculento desayuno hecho a la medida del apetito de Evan, Nana, y sorprendentemente, Noelle. La muchacha comía casi tanto como las dos Exorcistas, pero con unos modales finísimos que casi disimulaban el hecho de que devoraba incansablemente.

-Y bueno-dijo entonces Noelle, cuando ya iba por su cuarto plato de huevos revueltos-, ¿cuáles son sus habilidades?-Nana por poco se ahoga con el doceavo croissant, y Lenalee, paciente, le dio unos golpecitos en la espalda.

-Yo levito-respondió con naturalidad.

-Yo tengo bastante fuerza-replicó Evan, algo evasiva. Noelle se volvió hacia Nana, quien aún no se reponía del todo.

-¿Y tú, Nana?-se interesó la muchachita rubia. La pelirroja, un poco más repuesta, sonrió como disculpándose.

-Tengo… visiones-replicó. Noelle ladeó la cabeza, interesada.

-¿Qué clase de visiones?-Nana, que se estaba llevando a los labios una taza de té de fresas, se detuvo a medio camino, y volvió a dejarla en el plato.

-Bueno…-murmuró, vacilante-. Tengo visiones… en sueños-respondió, con vaguedad.

-¿En sueños?-repitió Noelle, inclinándose hacia ella.

-Hmm… digamos que…-musitó Nana, sintiéndose vagamente insegura. Por suerte para ella, alguien más intervino.

Se trataba de una muchacha de cabello negro tinta y ojos inquietantes: uno era azul como el mar, pero el otro era de un extraño color verde grisáceo.

-Tu poder suena casi tan interesante como el de Noelle-comentó la joven de pelo negro, con una sonrisa algo maliciosa. Sin que las tres Exorcistas comprendieran porqué, todas las chicas de la mesa soltaron risitas discretas-. ¿No será que lo estás escondiendo? Por cierto-añadió, guiñándoles un ojo-. Les advierto de una vez que no servirá de nada mentir-otra vez las risitas. Nana frunció el ceño.

-Layla-soltó Noelle, mirándola con cierto reproche-. No las intimides.

-Alguien tiene que hacerlo-replicó la otra-. Y dudo que tú puedas hacerlo, querida-una vez más, las muchachas rieron solapadamente, y Nana frunció aún más el ceño. Le desagradaba profundamente esa joven de ojos dispares.

-Ah, sí, ¿cuál es tu poder?-espetó la francesa, con una sonrisa feroz en la cara-. ¿Puedes oír las conversaciones de los demás a distancia? Debe de ser extremadamente útil para una entrometida como tú-ahora las risas fueron todavía más fuertes, y Layla miró a Nana con profundo odio. La francesa alzó orgullosamente la barbilla, y Evan constató que era otro gesto que recordaba dolorosamente a Kanda. Durante un minuto entero, las dos se miraron fijamente a los ojos, y finalmente, la muchacha que había molestado a Noelle soltó un quedo gemido y cerró los ojos, como si estuviera mareada. Luego los abrió de nuevo y se levantó tan repentinamente que la silla se tambaleó.

-¿Qué demonios eres?-espetó, mirándola con una mezcla de miedo y horror. Y sin esperar respuesta, salió corriendo del comedor. Noelle miró a Nana con admiración, pero la pelirroja se limitó a seguir bebiendo su té con serenidad.

-Increíble-soltó, y Evan y Lenalee la miraron con curiosidad-. ¿Qué hiciste para ponerla así?-Nana, concentrada de nuevo en la comida, se encogió de hombros-. El poder de Layla es leer la mente…

-¿Leer la mente?-repitió Lenalee, desagradablemente sorprendida. Noelle hizo un gesto vago con la mano.

-No exactamente… es más bien como si captara la esencia de los pensamientos de la gente-replicó, sin darle importancia-. Su poder no está aún completamente desarrollado… pero eso es lo de menos. ¿En qué pensabas?-Nana experimentó un casi imperceptible sobresalto al oír la pregunta, pero al momento recuperó la sonrisa.

-En nada en especial-respondió, y Evan y Lenalee se dieron cuenta, con un doloroso pellizco en el corazón, de que mentía: Nana estaba pensando en Kanda.

-El horario de hoy para nosotras consiste en una hora de religión, otra de matemáticas, luego música, francés, luego el almuerzo, una hora libre…-enumeró Noelle-. Y después, dos horas de combate.

-¿Combate?-repitió Nana, con curiosidad.

-No es combate en realidad-replicó Noelle-. Simplemente consiste en aprender a controlar los poderes y utilizarlos. También hacemos prácticas de tiro al arco y otras cosas… es muy divertido-Nana torció el gesto: su puntería dejaba mucho que desear.

-Me imagino-soltó con voz desmayada, deseando con toda su alma que no llegara nunca la tarde.

Lenalee y Evan, que estaban en cuarto año, ya habían partido a su primera clase del día (Historia), pero ellas, como alumnas de segundo, tenían media hora, que Noelle invirtió en enseñarle el resto del colegio. Mientras caminaban, seguían conversando sin parar, y por un rato, Nana dejó que su mente echara a volar mientras su boca trabajaba.

Se sentía feliz, ligera, mucho más tranquila de lo que se había sentido en tres meses. Sus pensamientos, por primera vez en mucho tiempo, no eran como impacientes moscardones encerrados en un frasco, si no que eran ordenados y serenos. Por primera vez en tres meses, no giraban alrededor de Kanda. Y por primera vez en cinco años de existencia, giraban alrededor de ella misma. Pensó en todo lo que se había perdido por culpa del destino. Le habría gustado pasar los años de su adolescencia en ese dulce lugar aislado, donde le habrían enseñado a ser una persona un poco menos ruda y mucho más brillante. En vez de enseñarle a pelear a cuchilladas o a robar comida, le habrían enseñado modales y bailes; en vez de marcarle la piel a punta de golpes y cortadas, le habrían mostrado a cuidársela para que fuera como delicada porcelana. De pronto se dio cuenta de que quería quedarse ahí por siempre, con Noelle, en el Internado Santa Magdalena. Mientras estuviera ahí, el dolor de los recuerdos no la atraparía.

-¿…Escuchando, Nana?-la francesa volvió en sí con un pequeño respingo, dándose cuenta de que había dejado de oír a Noelle en cuanto se sumió en sus meditaciones.

-Lo siento-se disculpó de inmediato-. No te oí, estaba distraída.

-No importa-dijo Noelle, comprensiva-. Imagino que debes de estar desconcentrada porque es tu primer día y todo… te estaba preguntando si es la primera vez que vienes a un internado.

-Lo es-replicó Nana-. Hasta ahora siempre había estudiado en casa.

-Debe de ser triste estar separada de tus padres-comentó la muchacha rubia. Nana asintió vagamente. No es de mis padres que estoy separada ahora, pensó.

-Bastante-dijo escuetamente-. ¿Tú no extrañas a los tuyos?-Noelle se detuvo. Por un momento, una especie de sombra pareció cruzar su rostro; fue por apenas una milésima de segundo, pero Nana, con sus agudos ojos, logró captar la amargura de su mirada.

-En realidad no demasiado-replicó, y volvió a caminar como antes, tan repentinamente que Nana tuvo que apresurarse para no quedarse atrás.

-Y…-la francesa vaciló un momento antes de preguntarle-. Bueno, no me has dicho cuál es tu poder-ahora Noelle sonrió, y le guiñó un ojo alegremente.

-Ya sé que te va a parecer muy poca cosa-replicó-. Pero a mí me parece lo mejor que hay.

-¿Qué es?-inquirió Nana, interesada.

-Puedo hablar con los animales-respondió Noelle, muy orgullosa de sí misma. A Nana se le iluminó la mirada como a una niña.

-¿En serio?-exclamó, entusiasmada-. ¿Puedes hablar… con cualquier animal?

-No sé si con cualquiera-repuso Noelle, sonriendo ante el entusiasmo de su amiga-. Estando en un internado en el que no se permiten los animales, cuesta un poco saberlo. Pero con todos los que he intentado funciona-Nana parecía verdaderamente entusiasmada-. Es raro que estés tan interesada-comentó Noelle-. Normalmente la gente se ríe de mí.

-Me parece excelente-replicó Nana de inmediato-. Siempre me ha parecido que vale más la pena hablarles a los animales que a las personas-Noelle rió.

-Estoy de acuerdo-dijo alegremente, y acercándose a ella, la tomó del brazo-. Bueno, vamos a clase. Es tu primer día y de seguro las profesoras te odiarán si llegas tarde-añadió, y de este modo, las dos muchachas echaron a correr hacia su primera clase.

Fue un día tranquilo en general: en la clase de religión, Noelle y Nana pasaron toda la hora jugando al ahorcado en una esquina del cuaderno de esta última; en matemáticas, las dos se quedaron cómodamente dormidas. Pero en música, Nana tuvo la ocasión de presenciar la maravillosa habilidad que tenía Noelle para tocar cualquier instrumento, cuando la muchacha se sentó frente al piano y comenzó a interpretar una complicada y preciosa melodía con tal gracia que parecía que sus manos y el teclado fueran uno solo. Nana sintió que volaba, al igual que las otras jóvenes que la escuchaban extasiadas, mientras Noelle tocaba con sus dedos largos, delicados y livianos. Sus manos parecían pájaros, pensó Nana, suspirando.

-¡Maravilloso!-exclamó finalmente la pelirroja, cuando Noelle concluyó la pieza. La rubia sonrió y le indicó que se sentara a su lado en la banqueta. Nana ocupó un lugar junto a ella, mirándola con admiración y cariño-. ¿Qué otros instrumentos tocas?

-Un poco de violín y harpa-replicó Noelle, sonrojándose un poco con modestia-. ¿Y tú?

-La verdad nunca he sido muy dotada para la música-confesó Nana.

-Bueno, entonces te enseñaré a tocar el piano-decidió Noelle, y a Nana los ojos se le iluminaron una vez más. Si su padre o Komui la hubieran visto, habrían pensado que en realidad se trataba de una muchacha de doce años y no de dieciocho, que por primera vez asistía a un internado.

Nana (que en verdad no estaba dotada para el piano) y Noelle siguieron tocando hasta que la profesora, la misma monja regordeta que las había apresurado en las escaleras (la Hermana Marine, según Noelle) las sacó de la sala de música porque su dolor de cabeza se había vuelto titánico.

El respeto por Nana, perdido durante las clases de música por las muchachas, regresó durante la lección de francés, en la cual la joven parisina demostró su dominio del lenguaje, recurriendo a la memoria para recordar los hablares de aristócrata de su padre.

-Lo que verdaderamente no entiendo-comentó Noelle, mientras caminaban hacia el comedor para almorzar-, es que tú seas francesa, y Lenalee, que es tu prima, sea china.

Nana por poco rueda por las escaleras, pero logró disimularlo haciendo ver que se había tropezado con la alfombra.

-Mi madre es medio china, y su hermana, la madre de Lenalee, nació allá y se casó con un hombre chino-replicó-. Lenalee también nació en China.

-¿En serio?-exclamó Noelle, fascinada-. ¡Oh, yo siempre he querido ir allá!

-No es la gran cosa-replicó Nana, sin poder evitar una pequeña sonrisa triste recordando con quién había estado por última vez en China.

Finalmente tomaron asiento junto a Evan y Lenalee, que se veían como mascadas por las vacas y que comían con gestos torpes y cansados.

-¿Cómo estuvo su día?-inquirió Noelle, que casi no se atrevía ni a mirarlas.

-Genial-replicaron las dos muchachas a coro sin mirarlas.

-Se nota-profirió Nana, jocosa, y Evan soltó con irritación:

-¡Está bien! En química una chica piroquinética le incendio accidentalmente la falda a Lenalee-la jovencita china les mostró el borde chamuscado de la falda.

-Y la chica que estaba sentada junto a Evan es una otorgadora de colores-añadió Lenalee-. Se asustó mucho, y bueno… como decirlo…

-Pasamos el resto de la clase intentando devolverle a mi ceja el color original-concluyó Evan.

-Entonces no creo que sea buen momento para decirte que tienes la mitad de la ceja izquierda de color verde-dijo Nana, y todas se echaron a reír de buen humor.

A pesar de todo esto, Nana no pudo dejar de notar algo extraño: todas las jóvenes, cuando pasaban junto a ellas cuatro, las miraban con una mezcla de temor y repulsión, con una expresión inconfundible de rechazo. Se sentía vagamente incómoda sin saber porqué, hasta que se le ocurrió que la expresión de aquellas chicas era muy parecida a la de los parisinos que antaño la desdeñaban, aunque claro, mil veces menos intensa. Sin embargo, resultaba obvio que las muchachas sentían por ellas (más específicamente por Noelle, según pudo notar Nana) el mismo tipo de desprecio que la gente de París había sentido por Nana.

La palabra "paria" le vino a la mente, y no pudo evitar un escalofrío, a pesar de que la temperatura del comedor era especialmente elevada. Noelle notó su estremecimiento y la miró con preocupación.

-¿Estás bien, Nana?-inquirió. Nana asintió y sonrió.

-Sólo estaba recordando la clase de música-bromeó, para desviar la atención de ella misma, y mientras las demás se reían, Nana sintió que se hundía en la sombría marisma de recuerdos que le traía esa horrible palabra.