Disclaimmer: Los personajes le perteneces a la grandiosa mente de stephanie Meyer y la historia pertenece a la genial Nicole Jordan

CAPITULO 10

El anhelante dolor no la había abandonado por la mañana Bella se despertó mareada y alicaída. Pero por lo menos, a la fría luz del día, retornó una apariencia de pensamiento racional.

Comprendió que estaba engañándose a sí misma. El encanto de los días pasados no era realmente auténtico. Ella no era diferente de Rosalie en ese aspecto: había sucumbido al hechizo de un experto crápula como una verdadera inocente. Y ahora que Edward había conseguido su objetivo —su completa rendición— no tenía ya motivos para perseguirla.

Bella se autocensuró diciéndose que era absurdo sentirse abandonada ante su retirada. Él había sido completamente franco con ella desde el principio. Debía ser su amante para saldar la enorme deuda de juego de su hermano. Toda su relación se basaba en la venganza. A decir verdad, debería sentirse complacida de que el deseo de Edward por ella se estuviera enfriando.

Sin embargo, se alegró de saber que él ya había desayunado. Sus ánimos estaban ya lo bastante bajos sin necesidad de enfrentarse a él y arriesgarse a revelar su dolor y confusión.

Cabalgó más tiempo que de costumbre y consiguió desahogar parte de su agitación en aquella hermosa mañana de verano, pero su ánimo sufrió otro golpe cuando regresó al encontrarse dos visitantes en Rosewood, porque de nuevo le fue recordada su insignificante posición en el hogar de los Cullen.

De modo sorprendente, Rosalie había recibido a las visitas en el gabinete de la mañana. Sentada en su silla de inválida, miró agradecida a Bella e hizo rápidamente las presentaciones.

—Lady Black, me permito presentarte a nuestras vecinas más próximas, lady Clearwater y su hija, la señorita Emily Stewart. Emily y yo fuimos juntas a la escuela.

— ¿Cómo están ustedes? —murmuró Bella cortésmente mientras se sentaba en una silla.

Estuvo a punto de hacer un desplante ante la mirada de aquel par de ojos negros que la examinaban tan altaneros. Su traje de equitación estaba algo pasado de moda, pero no era tan imprescindible como para justificar tan hostil recepción.

El saludo de lady Clearwater fue tan gélido como su mirada.

— ¡Ah, sí, la acompañante! He oído decir que ha sido contratada para ayudar a la señorita Cullen.

Podía haber dicho «humilde gusano» y no habría desentonado.

Bella apretó los dientes y dejó pasar el desaire. Su estatus social había caído de un modo dramático, puesto que la acompañante de una dama era considerada poco más que una sirvienta.

No obstante, la visitante parecía decidida a establecer su superioridad.

—Su reputación la precede, lady Black.

— ¿Sí? —Preguntó Bella enarcando una ceja—. ¿Cómo es eso?

—Según creo, su difunto esposo se hizo muy popular entre los disolutos de Londres.

—No se puede dar crédito a todo lo que se oye —replicó ella fríamente.

—Descubrirá que aquí, en el campo, no somos tan liberales.

Rosalie, que parecía atónita por el tono despectivo de la conversación, intervino rápidamente:

—Han venido a invitarnos personalmente a su baile, Bella.

Con igual rapidez, lady Clearwater aclaró:

—Estoy segura de que lady Black no deseará asistir a nuestra sencilla reunión campestre. No será nada comparada con las grandes ocasiones londinenses a las que está acostumbrada.

Bella comprendió en seguida que no sería bien recibida en el baile, sin embargo no le molestó verse excluida. Pero antes de que pudiese responder, Rosalie salió cálidamente en su defensa.

—Les aseguro que Bella no se siente en absoluto superior.

—Es evidente que no, si ha aceptado el papel de acompañante de una dama —dijo lady Clearwater con un resoplido—. Pero estoy segura de que no deseará proclamar cuan bajo ha caído en sociedad.

— ¡No ha descendido en absoluto! —objetó Rosalie acalorada—. En realidad, es para mí más una hermana que una acompañante.

Decidida a ocultar su ira, Bella replicó suavemente al desaire:

—Está equivocada, lady Clearwater. Creo que la perspectiva de una sencilla reunión campestre me resultará muy divertida. Asistiré muy complacida a su baile.

La dama frunció los labios disgustada. La señorita Stewart, que parecía en extremo incómoda, bajó la mirada y dejó que su madre dirigiese la batalla mientras Rosalie se encolerizaba discretamente.

Las dos visitantes permanecieron allí algunos minutos más antes de despedirse. En el momento en que el mayordomo las acompañó a la puerta, Rosalie demostró su enojo.

— ¡Qué atrevimiento! ¡Excluirte de su invitación porque me sirves de compañía! Tú sigues siendo una invitada en esta casa.

—No importa —la tranquilizó Bella—. No deseo asistir a su baile. Sólo dije que lo haría por molestar.

—Aun así, no tenía ningún derecho a menospreciarte ni a tratarte como a una sirvienta.

—Te agradezco que me defiendas, Rosalie, pero no tengo ninguna intención de permitir que sus desaires me afecten. Y tú deberías hacer lo mismo. Además, no hay que olvidar que el objeto de su visita ha sido invitarte personalmente al baile.

La muchacha movió la cabeza con el entrecejo fruncido.

—La verdad es que me sorprende que lo hayan hecho, considerando el escándalo de mi proyectada fuga. Creí que mi nombre estaría proscrito, sobre todo teniendo en cuenta que Emily y yo nunca hemos sido grandes amigas.

—No deben de estar tan escandalizadas como temías.

— ¡Oh, no me hago ilusiones de que me hayan perdonado mis pecados! —Fue su mordaz réplica—. Han venido por mi hermano, confiando en que Edward me acompañe al baile. Lady Clearwater hace años que trata de echarle el guante para una de sus hijas. Es un excelente partido y la última esperanza para Emily.

De modo absurdo, Bella sintió una punzada de celos ante el pensamiento de que Edward pudiera casarse con alguien. Sin embargo, la pálida señorita Stewart de grandes ojos no le parecía el tipo femenino que pudiera atraer a un crápula con la estampa de lord Cullen.

—Lady Clearwater ha debido de ponerse verde de envidia al encontrarte aquí como un miembro de la casa —observó Rosalie—. No dudo de que te ve como una rival para el afecto de mi hermano y no puede soportar la idea de que tú llevas ventaja.

Por un momento, Bella no supo qué responder. Si se conociera su verdadera relación con Edward sería repudiada por sus refinados vecinos como una prostituta. Aunque la gente educada podía aceptar la discreta relación de una viuda con un noble acaudalado, lord Cullen no era solamente un noble.

—Te aseguro que nunca he tratado de conseguir el afecto de tu hermano —repuso como evasiva.

—Tal vez no, pero lo has conseguido de todos modos.

— ¿A qué te refieres?

—Él es ahora en cierto modo diferente. —Rosalie contempló pensativa a Bella—. Desde luego, nunca había pasado tanto tiempo en Rosewood.

—Se ha quedado aquí por ti, Rosalie.

—No. Al principio yo así lo creí, pero hay algo más. Él solía odiar estar aquí, pero ya no parece importarle. No está tan inquieto y su talante no es tan brusco. Y yo creo que es por ti. Y está claro que disfruta con tu compañía. Quizá tú no te des cuenta porque no lo conoces bien, pero yo he advertido cómo te mira. La luz de sus ojos es más suave...

Bellaa fingió una sonrisa confiando en conducir la conversación a un terreno más seguro.

—Creo que estás tratando intencionadamente de evitar comentar la invitación de lady Clearwater.

Rosalie esbozó una tímida sonrisa.

—Tal vez.

—Me sorprende que las recibieras si no deseabas su amistad.

La muchacha suspiró.

—A decir verdad, no me apetecía, pero he decidido que debo comenzar por alguna parte.

— ¿Deseas entonces asistir al baile? Podrías hacer una breve aparición. De ser así, yo te acompañaría muy gustosa.

—No, no deseo ir. Comprendo que no puedo ocultarme eternamente de la sociedad, pero aún no estoy preparada para dar un paso tan importante.

Bella pensó que la cuestión había quedado zanjada, pero Rosalie aún seguía lo bastante enojada por la visita como para quejarse a su hermano aquella noche durante la cena.

Al principio, Bella prestó poca atención a la conversación. Estaba demasiado ocupada luchando por ocultar sus sentimientos y simulando indiferencia y despreocupación. Edward aún no le había dado razón alguna por no haber acudido a su habitación la noche anterior. De hecho, apenas había cruzado dos palabras con ella aquella velada. No obstante, se negaba a hacerle saber cuánto la hería su frialdad.

Así pues, pasaron algunos momentos antes de que fuera consciente de las observaciones de Rosalie.

—Me enoja muchísimo ver tratada a Bella de una manera tan mezquina. Lady Clearwater fue intencionadamente grosera. Deberías haberla oído, Edward. Prácticamente ordenó a Bella que se mantuviera lejos del baile, sólo por ser mi acompañante.

Edward apretó las mandíbulas, pero siguió en silencio.

—Aunque estaba deseosa de que tú asistieras. En dos ocasiones me invitó a decirte cuan complacida se sentiría de verte. Creo que deberías ir con Bella al baile sólo para fastidiarla. Eso le dejaría tan claro como el cristal que ella es una huésped y no una sirvienta.

Edward arqueó sus expresivas cejas.

— ¿Cuándo se celebrará ese baile?

—El miércoles —repuso Rosalie—. Dijiste que por entonces planeabas estar de vuelta en casa.

Él bebió un sorbo de vino y asintió.

—Sí, ya debería haber concluido mis negocios. —Dirigió a Bella una mirada impasible—. Me sentiría muy honrado si me permitieras ser tu acompañante.

Rosalie profirió un grito de entusiasmo.

— ¡Oh, magnífico! Eso será un buen escarmiento para la vieja bruja. No se atreverá a desairar a Bella en tu presencia.

—No hay necesidad de que te molestes por mi causa —objetó Bella.

—Pero sí es necesario mantener el honor de los Cullen —replicó Edward con una fría sonrisa.

—Sí, ciertamente —convino Rosalie—. Y Bella debe tener un vestido nuevo para esa ocasión. Debes tenerlo —insistió al ver que la joven trataba de protestar—. Si yo he podido soportar verme ataviada con todos esos vestidos que me has impuesto, tú podrás sufrir sólo uno. Incluso te ayudaré a escoger el tejido. Sabes que tengo excelente gusto. Además, me has estado presionando para que visitara las tiendas del pueblo.

Bella deseaba rechazar la oferta. No podía sentirse cómoda con Edward pagando su ropa y endeudándola aún más. Pero si aceptar un nuevo vestido de baile servía para conseguir que Rosalie saliera de casa, entonces ella la acompañaría aunque fuese de mala gana.

Los siguientes días pasaron lentos para Bella. Edward parecía realmente empeñado en evitarla mientras que ella simulaba una indiferencia que no sentía y trataba de aceptar la dura realidad.

Tenía que recordar su posición. Era la amante de Edward, sólo eso.

Pese a la ternura que él le había demostrado durante las últimas semanas, la veía sólo como un objeto carnal. Era una necedad considerar la increíble sensualidad de Edward como algo más que una gratificación física masculina. Casi cualquier cálido cuerpo femenino habría bastado. Edward Cullen seguía siendo un perverso crápula, un libertino con vastos apetitos sexuales, cuyo pecaminoso encanto debilitaba a mujeres fuertes. Ella no sería la primera a la que había seducido y luego olvidado.

Lo que ella había tomado como un deseo de camaradería había sido tan sólo un medio de mantener a raya su desasosiego. Echaría de menos la encantadora compañía y las conversaciones nocturnas porque había llegado a valorar lo que le había parecido una amistad naciente. Sin embargo, nunca debería haber abrigado la menor expectativa respecto a su relación, ni haberse permitido ser tan vulnerable.

Lo mejor que podía hacer era someter a control sus insensatos sentimientos hacia él antes de arriesgarse a un daño aún mayor.

El jueves, el día antes de que Edward partiera de viaje, Bella y Rosalie salieron de compras por el pueblo. Dejaron a los lacayos aguardando en el carruaje y entraron solas en el establecimiento de la modista. Rosalie no deseaba que ninguno de sus sirvientes merodeara a su alrededor, llamando así la atención sobre su incapacidad.

Bella tuvo que admitir que la muchacha tenía excelente gusto para la ropa. En menos de una hora ambas quedaron satisfechas tras haberse puesto de acuerdo en un vestido de seda brillante color cobrizo con una sobrefalda de tejido dorado para que Bella lo luciera en la fiesta. El precio era una décima parte de lo que habría costado en Londres en el taller de un modisto de moda.

Al salir de la tienda, Bella dirigió la silla de inválida de Rosalie hacia la zona del pueblo donde aguardaba el carruaje, pero luego se detuvo un momento para echarle una manta sobre el regazo. Estaba inclinada sobre la silla cuando de repente Rosalie sofocó un grito.

— ¿Qué sucede? —preguntó Bella preocupada.

—Ese hombre...

Siguió la mirada de la muchacha y descubrió a un jinete en la distancia que montaba un jamelgo y se dirigía hacia ellas a trote lento. Bella se quedó sin aliento al reconocer la figura familiar de su hermano Emmet.

Evidentemente, Rosalie había hecho similar reconocimiento, y se había puesto tan blanca como el papel.

Por espacio de varios segundos Bella se quedó petrificada, incapaz de pensar en nada. Cuando comprendió que debía apartar a Rosalie de la presencia de Emmet, éste ya se encontraba lo bastante cerca como para haberlas visto.

Emmet se sobresaltó y detuvo su caballo bruscamente.

Durante largo rato, él y Rosalie se miraron en silencio.

Bella apretó con fuerza la manta. No creía que su hermano hubiera propiciado el encuentro de forma intencionada, pero estaba igualmente furiosa con él por dejarse ver, y le lanzaba miradas asesinas. Más él sólo tenía ojos para Rosalie.

Ambas mujeres se estremecieron cuando él comenzó a desmontar.

— ¿Quieres llevarme a casa, por favor, Bella? —preguntó la muchacha con voz ronca.

—Sí, desde luego.

—No, aguarda..., por favor —rogó Emmet—. Por favor, escúchame un momento.

Se quitó su alto sombrero y se adelantó hacia ellas, bloqueando el camino de la silla de ruedas.

—Señorita Cullen… Rosalie...

—No tiene ningún derecho a dirigirse a mí, señor —dijo ella con los dientes apretados.

Temblaba visiblemente.

—Tal vez no. —Emmet puso una rodilla en tierra para que sus ojos quedaran al nivel de los de ella—. Comprendo que no puedas soportar verme, y no te lo censuro.

Bella percibió el remordimiento en su voz, lo vio en su expresión y apretó los dientes. El daño estaba hecho: Emmet se había dado a conocer a Rosalie. Asimismo podía presentarle sus disculpas.

—Comprendo que no merezco tu perdón —dijo Emmet quedamente—, pero deseaba que supieras cuan apenado estoy, cuan avergonzado por lo que te he hecho.

Contempló la silla de inválida que la tenía prisionera.

—Si pudiera ocupar tu lugar, lo haría.

La mirada de Rosalie seguía siendo angustiada, pero había un punto acerado en su voz cuando replicó secamente:

—Tu preocupación llega algo tarde, ¿no te parece? Han pasado meses desde que fui lo bastante necia como para creer en tu tierna declaración.

Emmet exhibió una tenue y sombría sonrisa.

—He tratado de verte, de escribirte, pero tu hermano me lo ha impedido desde el principio, y ha ordenado que me devuelvan todas mis cartas.

—Ojalá yo hubiera sido la mitad de inteligente cuando comenzaste a cortejarme —le temblaba la boca—. Cuánto debió de complacerte ganar tu apuesta con tal facilidad.

Emmet negó con la cabeza.

—No. No fue así. Mi persecución hacia ti comenzó como una apuesta, es cierto, pero sin que yo me diera cuenta se convirtió en algo más. Verás..., me enamoré...

Bella no pudo permanecer más tiempo en silencio.

— ¡Acaba con esto Emmet! —exclamó, avanzando un paso furiosa hacia él.

Rosalie palideció aún más si era posible mientras su voz se reducía a un simple susurro.

— ¿Cómo puedes ser tan cruel? ¿Aún no tienes bastante? ¿Una vez más debes convertirme en objeto de tus malignos pasatiempos?

— ¡No es un pasatiempo, te lo juro por mi vida! No he sido capaz de olvidarte, Rosalie. —Las lágrimas brillaban en sus ojos—. Sé que he arruinado cualquier posibilidad de un futuro contigo, pero no puedo dejar que pienses que no me importa. Por lo menos créeme si te digo que nunca pretendí causarte daño.

Rosalie miró aturdida a Bellaa. Parecía desesperada, tan frágil como cristal.

—Por favor —rogó—. Llévame al carruaje.

Emmet se levantó lentamente del suelo.

—Puede tranquilizarse, señorita Cullen. Ya no la contaminaré más con mi presencia. Voy a desaparecer de su vista.

Se volvió y montó en su caballo, luego miró tristemente a su hermana.

—Bella, por favor... Cuida bien de ella.

Espoleó su montura y a medio galope se alejó, dejando a las dos mujeres. Ambas estaban temblando.

Bella fue la primera en recuperarse. Arregló torpemente la manta sobre el regazo de Rosalie y comenzó a empujar la silla hacia el carruaje con los pensamientos confusos. ¿Cómo podía haber sido tan cruel Emmet? ¿Debía ella haber intervenido antes? ¿De algún modo hubiera podido evitarle a Rosalie el dolor de ver al hombre que había destrozado su vida? ¿Qué podría decirle a la muchacha ahora?

Sin embargo, Rosalie hallaba tan absorta en sus propios pensamientos que estaba ciega a cuanto la rodeaba. Pasaron largo rato en silencio, hasta que ambas estuvieron instaladas en el carruaje y camino de casa. Entonces Rosalie levantó la vista con los ojos llenos de dolor.

—No era un desconocido para ti.

La declaración contenía más desconcierto que acusación.

—No —repuso Bella quedamente—. Emmet es mi hermano.

Olivia se quedó sin aliento. Parecía abrumada ante la revelación.

Durante largo rato no dijo nada mientras inspeccionaba el rostro de Bella.

— ¿Por qué no me lo has dicho nunca?

—Temía hacerlo. Temía que no me aceptaras como acompañante si conocías mi parentesco con él.

— ¿Lo sabe Edward?

—Sí. Nosotros... acordamos desde el principio que sería mejor no decírtelo.

Miró a Rosalie solemne, con el corazón apenado.

—Yo nunca he querido engañarte. Si ahora deseas que me vaya de Rosewood, lo haré.

La muchacha no respondió a eso.

— ¿Por qué viniste aquí?

Bella desvió la mirada. Prefería no contarle a Rosalie la sórdida verdad, no revelarle la amenaza de Edward a su familia ni su escandalosa relación, no explicarle que se había visto obligada a convertirse en amante de su hermano para poder salvar a su madre y hermanas de la pobreza. Rosalie era aún demasiado joven, demasiado inocente para serle expuestos hechos tan duros.

—Porque deseaba ayudarte —dijo por fin; al menos eso era completamente cierto—. Me sentí horrorizada al enterarme de lo que había hecho mi hermano y deseaba reparar algo.

—Entonces... ¿tú has estado en todo momento al corriente de lo sucedido?

—Sí. El mismo Emmet me lo contó hace unas semanas. —Bella se inclinó hacia adelante—. Si no puedes perdonarme por ocultarte la verdad, lo comprenderé.

En esta ocasión fue Rosalie quien desvió la mirada.

—No lo sé —contestó mirando sin ver por la ventanilla—. Necesito tiempo para pensar en todo esto.

Durante el resto de la tarde Rosalie se encerró en su habitación mientras Bella se desesperaba y se preguntaba si tendría que hacer su equipaje. Cuando recibió una llamada de Rosalie poco antes de cenar, acudió insegura.

La muchacha estaba sentada en su silla, mirando por la ventana con expresión algo triste.

—Comprendo que me ocultaras la verdad —dijo Rosalie mirándola—. Si yo hubiera sabido que lord swan era tu hermano nunca te habría hablado, ni mucho menos permitido que fueras mi amiga.

—Soy tu amiga, Rosalie —replicó Bella de todo corazón.

—Lo sé. Y no quiero que te vayas.

Bella sintió un alivio abrumador, mas antes de que pudiera responder, Rosalie habló de nuevo.

— ¿Crees que lo decía en serio? —preguntó quedamente.

— ¿Decir qué?

—Dijo que estaba enamorado de mí. ¿Puedo creerle?

Bella vaciló preocupada. La declaración de amor de Emmet la había sorprendido y escandalizado, y, aunque parecía proceder honradamente, en el fondo, a ella le resultaba difícil creer que su temerario y atolondrado hermano se hubiera enamorado de verdad. Lo más probable era que actuara así por culpabilidad. Aun así, no podía estar del todo segura.

—No lo sé —repuso sincera—. Estoy convencida de que Emmet lamenta profundamente sus acciones, pero no sé si está enamorado de verdad. No creo que sea tan cruel como para fabricar una mentira... Pero hace seis meses tampoco le hubiera creído nunca capaz de ser tan inhumano como para hacer tan despreciable apuesta.

Rosalie hizo una mueca amarga.

— ¿Sabes lo peor? Deseo creer que me ama. ¿Soy tan necia?

Bella no sabía qué responder, pero no tuvo que hacerlo. Rosalie irguió la barbilla desafiante y por un momento fue la imperiosa hija del barón en lugar de una inocente joven engañada por su amante.

—Si cree que puede volver a engañarme, está muy equivocado —concluyó furiosa.

Rosalie estuvo muy callada aquella noche, tanto que su hermano le preguntó si se sentía bien.

La muchacha cruzó una mirada con Bella.

—Estoy bastante bien, aunque tal vez me he esforzado algo más de la cuenta yendo hoy de compras.

— ¿Preferirías que pospusiera mi viaje? —preguntó Edward solícito—. No es absolutamente necesario que me vaya mañana.

Rosalie negó con la cabeza.

—No, desde luego que no. No tienes por qué preocuparte por mí. Bella está aquí para cuidarme.

Ésta agradeció su respuesta. Afortunadamente no le había mencionado a Emmet a su hermano. Se estremeció al pensar qué haría Edward si se enteraba de su presencia por la zona.

Sólo confiaba en que Emmet hubiera tenido el sentido común de regresar al hogar, puesto que ya había tenido la oportunidad de descargar su conciencia. Si se quedaba, estaría tentando a la suerte.

Por lo menos Edward partiría por la mañana y estaría ausente durante casi una semana. Reconoció que se sentiría bastante aliviada por su ausencia. Tal vez entonces sería capaz de vencer el doloroso anhelo que despertaba en ella con su simple proximidad. De olvidar el ardoroso encantamiento que había conocido en sus brazos. De superar sus absurdas ilusiones.

Se retiró temprano, pero para su contrariedad, permaneció despierta, con los nervios de punta, incapaz de dormir. Tras la forma en que Edward la había evitado todos aquellos días no esperaba que acudiera a su habitación aquella noche, aunque ella se había preparado para él como todas las veces, usando las esponjas que le había facilitado. De modo exasperante se encontró vacilando entre deseos contrapuestos, casi rogando que él no acudiera y semi confiando en que lo hiciera. Estaba decidida a ofrecerle una fría recepción si se presentaba.

El corazón se le aceleró cuando oyó el sonido del panel secreto deslizándose al otro lado de la habitación.

Yació inmóvil, de espaldas a él, aunque evidentemente era consciente de su presencia. Momentos después notó moverse el colchón cuando él se sentó a su lado, y sintió el sensual roce de su mano bajo su cabello, contra su nuca.

—He venido a despedirme —murmuró Edward sabiendo que ella fingía dormir.

Bella se volvió de mala gana a mirarlo. En la oscuridad, a la luz de la luna, apenas podía distinguir sus rasgos firmes y viriles.

—Me preguntaba qué te trae por aquí después de todas estas noches.

Él debió de notar la frialdad de su voz, pero no replicó directamente ni le dio ninguna explicación por su ausencia.

— ¿Me has echado de menos, querida?

Bella se apartó dolida por su jovialidad.

—Creo que te adulas a ti mismo, milord. No te he echado de menos lo más mínimo.

Él se quedó inmóvil, con expresión indescifrable.

—Deduzco que estás molesta porque últimamente te he descuidado.

—Ni mucho menos —mintió ella—. Me ha alegrado tener un respiro de tu lujuria.

Edward sonrió irónico.

—Supongo que te debo una explicación. Pensé que quizá nuestra... asociación estaba volviéndose demasiado sofocante para mi paz mental.

Ella lo miró con fijeza, como si se preguntara si podía creerlo.

Edward le acarició suavemente la sensible superficie de los labios.

—Eres peligrosa para mi control, Bella. Te deseo mil veces al día.

—Por fortuna pronto podrás satisfacer tus apremios carnales con alguien más dispuesto. Tu reunión del Fuego del Infierno te facilitará una amplia oportunidad de depravación y libertinaje.

Al oír su tono acusatorio, Edward sostuvo su desafiante mirada. No tenía intención de revelarle cuan terriblemente vulnerable era ante ella.

Bella se quedaría asombrada si supiera que no tenía ningún deseo de asistir a la fiesta en casa de Jasper. Se estaba obligando a sí mismo a dejar Rosewood en un intento de distanciarse de ella.

Sin embargo, no podía irse sin estar con Bella una vez más, sin tocarla, sin abrazarla. Lo había dejado perplejo darse cuenta de cuan poderosa era su necesidad de ella. Había luchado —fieramente—, pero había perdido la batalla.

La contempló en silencio largo rato.

— ¿Deseas que te deje?

— ¿Y si te digo que sí?

—Entonces trataré de convencerte para que cambies de idea.

Bella lo miró hipnotizada por el frío fuego de sus ojos, consciente de la innegable tensión sexual existente entre los dos. Ella era su amante, comprada y pagada para ello. Ésa había sido siempre la desagradable verdad entre ambos.

Pero no era su obligación hacia Edward la que hería su corazón con un sentimiento semejante a la desesperación, sino el convencimiento de su propia indefensión. Sólo con tocarla se deshacía.

Como en aquel momento. El sutil roce de sus dedos en su carne la fascinaba, la hacía temblar. Sus caricias descendieron por su garganta, junto a la línea de la clavícula, prosiguieron bajo el corpiño de su camisón para reseguir la creciente turgencia de sus senos. Bella se estremeció.

— ¿Qué debo hacer para apaciguarte, querida? —murmuró mientras la seguía acariciando suavemente.

A Bella se le aceleró el ritmo de la respiración. Se había propuesto resistírsele, pero era inútil pensar en escapar de lord Cullen. A decir verdad, no deseaba hacerlo.

Cuando le rozó los pezones bajo el camisón con los nudillos, el calor abrasó su cuerpo. Podía sentir el dolor febril que se iniciaba en lo más profundo de su ser.

Edward sabía exactamente qué efecto le causaban sus expertas caricia. ¡Al diablo con él! Fijó su mirada en la de ella mientras, con intención, apartaba las sábanas y apoyaba la mano en sus caderas, a pocos centímetros del centro de su deseo.

Comenzó a latirle allí una vibrante y apremiante palpitación. Edward estaba utilizando los placeres del propio cuerpo de Bella contra ella.

— ¿Me quedo o me voy? —preguntó.

Ella le devolvió la mirada, incapaz de desviarla.

—Quédate —murmuró involuntariamente.

Bella vio brotar el fuego en los ojos del hombre, su expresión decidida, aunque él no movió ni un músculo. Sabía que se proponía convertir su desgana en invitación de bienvenida.

Con involuntaria fascinación observó cómo se quitaba la bata. Estaba plenamente excitado y la magnificencia de su cuerpo desnudo le quitó el aliento. Los músculos de su pecho se acentuaron mientras volvía al lecho.

Tenía una expresión dura, los ojos le brillaban con intensidad cuando se inclinó sobre ella.

—Te deseo, Bella. Ahora. —El puro deseo ensombrecía su voz ronca—. Deseo tu suavidad estrechándose y estremeciéndose en torno a mi dureza.

Se inclinó y tomó con las manos la cabeza de ella. Su boca se cernió sobre la de Bella, sus hermosas líneas firmes y sensuales.

La mujer reprimió un gemido cuando él comenzó a acariciarle los labios con los suyos. Sentía debilitarse su voluntad, los desiguales latidos de su corazón.

—No te me niegues, ángel mío. No te niegues a ti misma...

Su susurro invadió su mente y desencadenó una agitación en su interior. Su contacto era tan placentero...

No protestó cuando él le levantó el camisón hasta la cintura, ni cuando sintió su denso miembro, suave como terciopelo, presionando contra su muslo. Sus labios ardían bajo su beso profundo y penetrante mientras su cuerpo se estremecía ante la promesa de aquella carne caliente y rígida proporcionándole placer.

El mantuvo su asalto habitual, privándola de su voluntad hasta que ella estuvo dispuesta, excitada y entregada a la sombría magia que él ejercía. Incapaz de disimular cuan desesperadamente lo deseaba, Bella enlazó sus brazos en el cuello de Edward y gimoteó, lo necesitaba a él para aliviar su inexplicable apetito.

Edward sintió la fiera respuesta a su beso y se colocó sobre ella cubriendo su delicioso cuerpo con el suyo más firme. Por un momento, se tensó encima de ella, conteniendo su acuciante necesidad.

—Dime que no lo deseas... —murmuró suavemente dejándole a ella la elección—. Dime que no deseas que te penetre.

Bella no podía decir tal cosa. Lo deseaba, lo deseaba muchísimo. Deseaba que la amara, que la llenase...

Al ver que no respondía, presionó sus muslos y se acopló en ella, arremetiendo dura y profundamente, y encontrándola húmeda, cálida y acogedora.

La oyó reprimir una asombrada boqueada de placer cuando su poderoso miembro la llenó. Penetrándola estrechamente, comenzó a moverse retirándose y acometiendo de nuevo hasta que Bella se arqueó y lanzó un grito, indefensa, perdida en la red de su propio deseo.

Edward captó con su boca sus suaves y salvajes sonidos compartiendo su desesperación, su voraz necesidad. Cuando ella lo envolvió con sus piernas y se levantó para seguir su firme ritmo, él la penetró aún más profundamente, dominado por el ciego deseo. Minutos después, mientras ella se agitaba en pleno clímax, él se estremeció y vertió su semilla en su interior con un estallido de éxtasis explosivo; sus roncos gemidos mezclándose con los gritos de Bella, mientras se retorcía contra ella.

Durante largo rato permaneció allí, respirando con violencia, latiendo todavía oleadas de turbación, con el rostro sumergido en la dulce fragancia de su cabello. Por fin la alivió de su peso, y rodó hasta ponerse de espaldas con la piel aún brillante por el sudor de su salvaje acto amoroso.

La atrajo hacia su cuerpo y contempló el dosel sobre su cabeza maldiciéndose por dejar que su pasión fuera tan incontrolada. El infierno sabía que se había propuesto permanecer alejado de ella. Comprendía demasiado bien el peligro que representaba Bella Black. Estaba demasiado próximo a acabar obsesionado por ella. Sin embargo, no podía negar su deseo, como tampoco podía inmovilizar los latidos de su corazón.

Jugueteaba ausente con un rizo del bruñido cabello de ella. Incluso después de haberse saciado tan salvajemente, su necesidad de Bella recorría su cuerpo como brandy encendido por el fuego.

¿Qué diablos le estaba sucediendo? Había tenido incontables mujeres en su licencioso pasado, pero el deseo de poseer por completo a una era totalmente nuevo para él. Deseaba a Bella Black más de lo que había deseado antes a mujer alguna, y no conocía la razón.

La profundidad de su deseo era asimismo nueva. La necesidad, fiera y primitiva, que retorcía sus entrañas no estaba sólo en la superficie sino en todo su ser. Cuando Bella se hallaba cerca, sólo deseaba perderse en ella, sentirla, saborearla, sumergirse en el exquisito placer de hacerle el amor. Convertirse en parte de ella.

Edward cerró los ojos. Temía muchísimo estar sucumbiendo a la fatal aflicción que siempre había despreciado en otros hombres.

Pese a sus intenciones, estaba siendo capturado en su propia seducción.

Gracias a todas las personas que están leyendo esta historia! Lamento la demora! Se que no tengo excusas pero estoy esforzándome demasiado con el estudio y no me queda mucho tiempo para entrar al PC!

Aquí les dejo el 10 capitulo!

Espero que lo hayan disfrutado y les agradezco su continuidad con la historia! – Espero sus RR-

crazzyTalia