Por alguna razón, recientemente los recuerdos comenzaron a envolverlo. Tal vez podría tener el mismo lugar de origen que aquellas palabras —estúpidas— que se le había ocurrido decir aquella noche —un lapso, sólo eso, jamás se repetiría. De cualquier forma, ahí estaban, no se iban.
—Sesshoumaru, ahora que tu padre ha muerto, no tienes por qué seguir viviendo ahí —recordaba esas palabras que había sido dichas del mismo modo con que ella solía hablar. A pesar de lo que había ocurrido, ella parecía ser la misma. Sólo la encontraba extraña entre tanto negro.
Con un carácter muy parecido al de ahora, su yo adolescente respondió: —Ahora más que nunca debo de cuidar lo que es mío —lo dijo con mucho con mucha seguridad. ¿Es eso cierto?
—Haz lo que quieras —fue todo lo que dijo, para después dirigirse a atender sus responsabilidades como una mujer recién convertida en viuda. Casi diez veranos de eso y ahora, después de tantos años, se preguntaba sobre las reacciones y detalles que había pasado por alto.
¿Acaso su madre... no quiso eso? Después de darle tanta libertad, ¿podrá ser que se estuviera arrepintiendo un poco de eso?
No. Claro que no podría ser eso. Si no, significaría que su madre sentía algo de temor, lo cual resultaba impensable. Inseguridad... ¿y por ella? Si él riera, podría estar carcajeando por ese pensamiento.
Alejó esa idea de su mente. Las personas podían hacer lo que quisieran de su vida, siempre y cuando no interfirieran con la suya. Eso debería ser sencillo. Debería, pero muchos no parecían estar de acuerdo con lo que él deseaba. Siempre había uno que otro que parecía no leer lo que debía de estar escrito en su rostro. Ese tipo de gente era como las moscas y él odiaba esos insectos. Por eso, esos seres molestos no solían tener una gran duración en su presencia.
Sin embargo, siempre habían excepciones a las reglas.
¿Cómo un simple papel, unas simples líneas, podían resumir una vida?
«Nombre completo: Noto Rin. Estudiante. Huérfana. Sus padres y hermanos murieron víctimas de un robo armado efectuado hace diez años, en su propia casa. Al no tener familia, depende del estado y hogares sustitutos, orfanatos. Actualmente vive en...»
Vaya, así que todavía no la declaraban desaparecida. Eso resultaba un poco interesante. Aunque, después de lo que los otros jóvenes habitantes de ese logar había hecho, tal vez querían ahorrarse más problemas. Algo listos, pero no tanto.
El teléfono sonó.
—¿Qué quieres? —él dijo, sonando un tanto molesto. Lo habían interrumpido mientras analizaba.
—No fue mi culpa —contestó esa voz chirriante. Siempre era chirriante y muchas veces se estaba disculpando, pero no con ese tono tan extraño y realista que provocó que él comenzara a prestarle verdadera atención. ¿Ahora qué había hecho?—. Yo no me di cuenta. Además, usted le ha dado...
—Jaken —le interrumpió. Ahora mostraba libremente su cansancio y molestia. Esa debía ser la señal para hacerle notar que dejara de dar rodeos y fuera al punto.
Lo cual él hizo: —Rin no está.
CAPÍTULO IX:
Pigmalión y su efecto
"Porque te amo, porque te amo,
Este sentimiento aplastante es una fuente de lágrimas.
Si tus sentimientos no vuelven
Al menos finge que no te das cuenta
Hasta que estas lágrimas se sequen"
—KOKIA, AISHITEIRU KARA
Esa mañana el vaho se hacía presente. Era poco, pero no por ello pasaba desapercibido. Estaba en su boca exhalar. También en la de Inuyasha. Después de todo, el otoño ya había llegado.
Después del viaje a Kioto —después de las despedidas y palabras (propuestas ocultas)— las cosas entre ellos se habían relajado un poco hasta el punto de poder hablar con naturalidad, o lo más parecido a ello. Sin embargo, a pesar de esto y aquello, todo estaba ahí. Así era.
—¿Y Sango? —Inuyasha comenzó a hablar. El viaje hacia la escuela dejaba de ser silencioso, pero continuaba faltándole un integrante.
—Ella me dijo que Miroku la llevaría —contestó, recordando aquello que su amiga le había dicho en un mensaje la noche en que había llegado a la ciudad.
—¿Que Miroku...? —él pareció preguntar. No creía lo que había escuchado. Kagome no lo culpaba, después de todo, ella se sentía de la misma forma—. ¿Qué es lo que ha pasado en estos días? —la cuestionó sin dejar de caminar.
—No lo sé —dijo la verdad—. Pero supongo que no fue nada grave si no hemos escuchado hablar sobre ello —su compañero asintió con la cabeza, sabiendo a lo que se refería. Si ellos hubieran decidido hacer lo que no debían hacer los rumores se lo habrían anunciado.
Y, otra vez, se concentraron con el trayecto. Esa fue la razón por la que, por primera vez en algunas semanas —quizá hasta meses—, habían llegado pronto a la escuela.
—Se me hace extraño ver la puerta abierta —Inuyasha hizo un comentario al respecto, uno que hizo sonreír a Kagome. Él más que nadie debería saberlo. ¿Cuántas veces no habría tenido que saltar la barda para poder entrar? Lo desconocía.
—Al menos debes tener buena condición por saltar los muros de la escuela —mencionó y se encontró con un gesto que no era de molestia. Vaya, la sorpresa de la mañana. Kagome pudo decir algo al respecto, pero fue interrumpida por los típicos «buenos días» por parte del presidente estudiantil.
—Kaichou —Inuyasha saludó sin mucho agrado.
No había de qué preocuparse, ya que al kaichou no le importaba si le agradaba o no: —Ah, Taishou —su sonrisa se borró—. Aún espero que algún te cortes el cabello o al menos portes bien el uniforme —le hizo notar sus faltas, esas que a alguien con un gran aprecio por las reglas le desesperaban.
—Pues sigue esperando —e Inuyasha y Kagome se alejaron del líder del consejo estudiantil que rodaba los ojos—. Hubiera preferido que Yuka se hubiera ganado su puesto —rebeló.
—Pero al final ella fue vicepresidente —ah, pero podría jurar que quien en verdad daba las órdenes era ella. Esa mujer era astuta y tozuda por algo. Tanto que algunas veces solía tener enfrentamientos con Inuyasha—. Un momento, ¿eso quiere decir que votaste por ella? —se percató de ello, así que lo interrogó.
El muchacho puso su gesto patentado de orgullo y contestó: —Pues era Yuka o él, así que no tuve elección.
—¿Ah, sí? —claro que no lo creía. Eran tantos años juntos como para no darse cuenta de mentiras tan evidentes—. Porque a mí me sonó diferente.
—Pues es porque te equivocaste —continuó, tratando de sostener sus palabras. El sonido de sus pasos caminando en los pasillos se sumaba al de los demás alumno quienes, como ellos, se dirigían a su salón.
—¿En serio?
—Sí —¿Cómo es que una conversación tan poco profunda podía animar a la gente de tal forma? Así se sentían ambos. Aunque, una mirada y un encuentro hizo que Inuyasha pusiera esa sensación a un lado—. Ah. Tu amigo —Kagome no comprendió muy bien hasta que observó a alguien que parecía estarla esperando—. Me voy.
¿Él estaba...?
—Espera —lo detuvo y él le observó con confusión. Vaya, y ella era quien debía sentirse de esa forma—. No hay necesidad de que te vayas, sólo espérame aquí. No tardo.
—Bien —terminó por aceptar después de un aparente análisis.
Kagome caminó hacia donde la esperaban y, con una mirada hacia atrás, pudo comprobar que aún estaba ahí. Bien. Eso debía de ayudarle un poco en cuanto a qué palabras podría utilizar... debía, pero no lo hizo. Sólo podía recordar la conversación que había escuchado.
«¡Lo es si estoy enamorado de ella» le era difícil no poder pensar en eso.
—Hola —saludó a Kouga. Su voz había sonado muy baja y un poco nerviosa. El primer paso fue cumplido con algunas irregularidades.
—Hola —él le dijo casi de la misma forma. Ahí estaban, frente a frente, con el único propósito de hablar.
Pero algo los tomó desprevenidos: —Uhhhh —el trío los habían visto, así que no desaprovecharon el momento para dar su opinión.
—¡Ya! —con una simple palabra les pidió que guardaran silencio. Esas chicas estaban haciendo más difíciles las cosas—. Parecen ambulancia —les dijo, pero ni su comentario ni su mirada de censura pudieron borrarles su sonrisa.
—Adiós, parejita —se despidió de ellos la que hacía poco habían pensado que era la más indicada para llevar el cargo de kaichou. Qué equivocados habían estado.
—Perdona eso —se disculpó por sus amigas. Lamentaba ese momento de incomodidad—. Sólo están un poco locas —y con un poco más de necesidad de romance en su vida.
—Da igual —le restó importancia, aunque Kagome había visto un sonrojo momentáneo cuando Ayumi, Eri y Yuka los sorprendieron. Al parecer, tenía un lado tímido después de todo—. Entonces... —comenzó—. Quería verte porque... —al chico decidido que conocía le estaba costando un poco de trabajo.
Sin embargo, y a pesar de su esfuerzo, Kagome no dejó que continuara. No podía hacerlo. Así que levantó un poco su mano, con la palma extendida. Era un gesto extraño, pero fue lo primero que se le ocurrió.
—¿Qué pasa? —él le preguntó, sin escucharse molesto.
Ahí voy.
—Kouga, en verdad aprecio que te preocupes por mí —en verdad lo hacía, porque eso significaba que una persona te estimaba—. Pero me gustaría solucionar eso entre nosotros dos —Sólo Kagome e Inuyasha—. Perdón.
Perdón.
—Entiendo —dijo. Seguía sin parecer enojado. No obstante, su rostro no tenía alguna sonrisa o parecido. Sólo estaba ahí, serio—. Es sólo su problema.
—Sí —cosas de familia, pensó.
El timbre que indicaba que los alumnos debían de estar en su salón se hizo presencia y, con él, una gran cantidad de alumnos que fluían. Parecía un río y ellos era rocas.
—Debería... —Kagome mencionó. Kouga asintió.
—Bien —esa fue la señal para que ambos permitieran ser llevados por la corriente. Kagome lo estaba haciendo, hasta que escuchó su nombre. Entonces volteó de nuevo para observarlo más distante—. Nos vemos —su humor característico había regresado. Ella sonrió y movió la cabeza.
Después, se separaron.
—Nunca te rindes, Kouga —él escuchó a sus espaldas. Demonios. Ni siquiera ahí podría librarse de ella.
—Cállate, Ayame —le dijo a la chica de ojos verdes, unos tonos más claros que el uniforme que portaba. Estaba sentada en una esquina, seguramente observando el espectáculo—. No debes estar aquí. Esta no es tu escuela —recalcó.
—Sólo vine a saludar, pero me encontré con eso —mencionó al momento que se levantaba y sacudía su falda. Al terminar, lo miró a los ojos con esa seguridad que solía desesperarlo—. Han pasado... ¿cinco años? Y aún no te das por vencido.
—No los hubieran sido si no la hubiera dejado —si él no hubiera sido arrastrado hasta Ayame en el transcurso de su etapa de secundaria las cosas habrían sido diferentes.
—Si tú lo dices —ahora jugaba con él a los locos. Después levantó los hombros de la misma forma como si en lugar de eso hubiera movido la cabeza, negando—. Es obvio que sólo le interesa su hermano. Pero qué extraños.
—Ya vete —le pidió, más bien, demandó. Ya tenía suficiente tiempo con ella como para también tenerla frente a él en horas de escuela.
—Lo haré —y para ilustrar su punto comenzó a caminar. Kouga no lo hizo. Ya sabía que tenía algo más que decir. Y, como lo supuso, Ayame volteó a verlo sin dejar de caminar, dando su mensaje—: Pero, si por alguna razón logras convencerla, eso será infidelidad —Ayame volteó su rostro. No necesitaba verla para saber que sonreía—. Recuerda que la bigamia se paga con prisión.
Kouga quiso gritarle, mas sólo suspiró. Cuando terminó de hacer ese gesto, fue directo a su grupo. Necesitaba desquitarse con alguien por su impotencia, así que ahí deberían estar Ginta y Hakaku.
Mientras tanto, Kagome se reunía de nuevo con Inuyasha. Por un momento había pensado que ya no estaba ahí al no verlo donde antes se encontraba, sin embargo, lo encontró a unos pasos más de distancia.
—¿Lo pusiste en su lugar? —fue lo primero que le dijo.
—No —ella le respondió—. Pero si quieres llamarlo así...
—Lo haré —Inuyasha se sintió lo suficientemente seguro como para sonreír, satisfecho.
—Pero eso lo hace sonar más fuerte —Kagome expresó, lo cual provocó que algo se le pasara en la mente—. ¿Acaso no lo hice con tacto? —eso era algo que temía. Kouga no le gustaba de la forma que él quería, pero eso no significaba que ella tenía el derecho de aplastar su corazón—. Sí, tal vez sonó muy brusco. Debo de aclarar las cosas y evitar los malos entendidos —e iba a ir, mas fue detenida.
—No —las manos de Inuyasha estaban en sus hombros, dirigiéndola hacia otra dirección. Podría decir que estaba empujándola—. Camina.
—Pero, Inuyasha... —trataba de oponerse, aunque eso resultaba en vano. Después de todo, su fuerza no podía compararse con la suya.
—Eres amable. Demasiado —dijo, sin detenerse. A Inuyasha no le gustaba ser el centro de atención, pero ahora se había convertido en eso: los pocos alumnos que quedaban en el pasillo los observaban—. Por eso las personas pueden aprovecharse de ustedes sin mucho esfuerzo —continuó.
—¿Ustedes? —esa parte no la había comprendido muy bien.
—Tú y Sango —explicó como si fuera lo más evidente. Kagome dejó de resistirse y, al caminar por su cuenta, Inuyasha dejó de empujarla. Aunque no quitó las manos de sus hombros.
—Pero tenemos suerte de que nos protejas, ¿no? —ella levantó su rostro para poder ver el de él. Así pudo percatarse de su gesto.
—Yo no dije eso —comentó. En ese momento entraban, por fin, a su aula. Las manos fueron removidas cuando tuvieron que tomar asiento. Sin embargo, y gracias al hecho de que tenían el mismo apellido, sus lugares estaban juntos.
—No hay necesidad de hacerlo. Comprendo —ella continuó, hablándole a la espalda de Inuyasha.
—Ah... —él quiso negarlo, claro que lo haría. Pero el profesor entró para dar comenzar con la lección del día. Ante esa perspectiva, lo único que pudo hacer Kagome fue encontrar con la mirada a Sango y saludarla.
Sólo cuando el receso comenzó, los tres se reunieron oficialmente.
—¿Te enfermaste cuando no estábamos? —le preguntó a su amiga después de escuchar lo que había hecho durante su ausencia.
—Ah. Sí —contestó, un tanto distraída. De esa misma forma se había visto en lo que llevaban del día (Sango mirando hacia un punto fijo sin importancia, pensando algo que sólo ella conocía y, algunas veces, con una leve sonrisa en los labios)—. Pero sólo fue un resfriado. Nada importante —trató de ser convincente, pero por la forma en que lo dijo, parecía como si hubiera algo más abajo de eso.
—Estás algo distraída, ¿pasa algo malo? —le preguntó. No quería dejar pasar algo que podría tener un gran significado.
—No —contestó, de forma apresurada. Eso sólo significaba que era lo contrario.
—¿Es sobre Miroku? —sin palabra alguna, Sango se reveló gracias a su rostro—. ¿Qué ha pasado entre ustedes? —sí, estaba insistiendo y quizá eso podría molestarla aunque no lo dijera. Pero se trataba de sus amigos (sus preciados amigos), así que no lo dejaría pasar. Ella estaba preocupada.
—Nada —de nuevo, Sango trataba de minimizar lo que ocurría—. Hablamos —terminó diciendo. Su mirada marrón estaba concentrada en sus manos, las cuales me mantenían inmóviles en su regazo.
—¿Y qué ocurrió?
—Miroku dijo... —comenzó. Parecía serle difícil el seguir. ¿Qué había pasado? ¿Cuánto habían resultado herido? Lo que hubiera pasado no interfirió en el hecho de que Sango levantara su rostro y los observara—. Que me amaba. Pero ya no.
«Pero ya no», esa era una frase que no podían procesar.
—Pero él me dijo... —Inuyasha se veía realmente sorprendido. Fue a él a quien Miroku le había revelado sus sentimientos y esos dichosos planes que... ¿eran más importantes que la persona a quien amaba?
Sin importar lo que estaba ocurriendo en ese momento, Sango parecía ser la menos impactada. ¿Por qué?: —No importa —sacudió su cabeza con suavidad. Su largo cabello castaño se movió—. Creo que tampoco lo amo, al menos ya no tanto —otro golpe directo a lo que creía era lógico y lo que no. Parecía un mundo paralelo, demente y extraño. Parecía como si, en lugar de ausentarse dos días, hubieran sido años.
—Eso es imposible —Kagome reveló una parte de su inquietud.
Una leve sonrisa en unos labios rosados apareció. Después se movieron para dar su mensaje: —Yo no puedo cambiar algunas cosas. Los sentimientos es un ejemplo claro —eso era algo innegable—. Todos esos sentimientos llegaron y, sin importar cuánto luchara, no se iban —ahí se dio cuenta: Sango estaba hablando en pasado—. Entonces, dejé de esforzarme y sólo los acepté. Hablamos y... las cosas dejaron de parecer tan complicadas. ¿Entienden?
Kagome asintió levemente. Creía hacerlo. Ella se refería a que, cuando aceptó sus sentimientos, estos dejaron de crecer y comenzaron a retroceder, como si fueran criaturas a las que les gustaran ver sufrir a la gente. Entonces, si se dejaba de luchar contra ellos, estos perdían el interés. ¿Algo así podría ocurrir?
—Lo siento por ti, Sango. En verdad quería que funcionara —no lo quería, lo anhelaba. Alguien como su amiga se merecía muchas cosas buenas. Y ella creía que las encontraría al lado de Miroku. Aún hoy lo hacía.
—No digas eso —trató de tranquilizarla... y ahí estaba de nuevo esa extraá sonrisa—. Me haces sentir mal.
—Perdón.
—Ese estúpido —Inuyasha casi escupió. Su cara tenía un aspecto que decía que tendría una charla (pelea) larga con Miroku. Él iba a protegerlas.
—¿Y a ti cómo te fue con tu reunión? —Sango cambió de repente de tema.
—Aburrido —el chico se tranquilizó un poco y así pudo contestarle.
—¿Por qué dices eso?
—Inuyasha lo dice porque estuvo con los adultos —Kagome comentó—. Pero debe ser algo bueno, ya que fue tomado en cuenta. Fue el único —ante esas palabras, él puso un gesto de cansancio.
—Pero no deja de ser aburrido. Siempre hablando de forma tonta. Increíblemente parecía como si Sesshoumaru fuera el único que medio tuviera cerebro —Inuyasha podría no pensar las cosas antes de decirlas, pero eso tenía una ventaja: que solía ser sincero inconscientemente.
Sango también pudo percatarse también de ello: —Eso sonó como si te agradara.
Los ojos se abrieron de par en par. Parecía indignado: —Claro que no. Jamás me agradará —Kagome suspiró. Otra cosa que no aceptaría.
—Mira, Sango. Una foto —ella le mostró su celular. Inuyasha, sabiendo a lo que se refería, intentó quitárselo mas Sango alcanzó a tomarlo. Por fin hubo una sonrisa verdadera en su rostro, incluso juraría que sus ojos brillaban.
—¿Yukata? —fue su comentario ante la vista de una imagen que deseaba se quedara para la posteridad.
—Una historia larga elaborada por la abuela —la voz de Kagome sonó cansada.
—Quién lo diría —la primera vez que Sango había conocido a la abuela Higurashi creyó que era una gigante, gracias a su mirada dura. Pero cuando esos ojos oscuros se encontraron con los de sus nietos, otra mujer apareció. Sin embargo, alguna que otra vez había observado vistazos de la estricta señora—. Inuyasha tiene un rostro gracioso —era verdad. Mostraba su desagrado y también el hecho de que no sabía qué gesto poner.
—No me gustan las fotografías —dijo, cruzando los brazos. Aún ahora desconocía el por qué había accedido, ¿tal vez porque el chocolate había actuado en él, mejorándole el humor? ¿O fueron las palabras de la abuela? No lo sabía, pero fue suficiente para que una explicación como «Es para el recuerdo» hubiera bastado.
Y ahí estaban las consecuencias.
—Ésta es linda —Sango dijo de repente. Ante esas palabras, Kagome se mostró alerta.
—¿Cuál? —Inuyasha sintió curiosidad ante esas reacciones. ¿Qué misterio había en todo aquello?
—Ésta —su amiga extendió el brazo para que ambos pudieran observar la pantalla del aparato. Sí, Kagome le debía algunas explicaciones.
—Ah, no. Pero... —ella no podía terminar su frase. ¿Cómo excusarse si su crimen era evidente?
—Kagome —la miró. Su molestia era muy clara, aún usando sólo una palabra y sus ojos para expresarla. A él no le gustaban las fotografías (las odiaba, mejor dicho), de la misma forma que le desagradaba verse frágil (él, quien era fuerte). ¿Cuál sería su reacción con una combinación de ambas cosas?
¿Por qué demonios se le había ocurrido tomarle una fotografía dormido?
—Perdón —se disculpó—. Pero es que te veías tierno y me recordaste a cuando éramos niños y... y... —y la verdad era que, vestido con esa ropa de dormir antigua, con un ambiente que también le parecía antiguo, le resultó atractivo. Un joven de otra época bañado por la luz de luna. ¿Cómo podría resistirse a no hacerlo?
Así que, mordiendo sus labios para evitar hacer algún sonido, lo hizo sin analizar detalladamente.
Capturar.
—¡Esa fue una violación! —la acusó libremente y con tanta anticipación que ni siquiera se puso a pensar que esa no era la ofensa adecuada. Eso sería «violación de privacidad», o algo así. Él no debía decir tan fácilmente la palabra «violación» sin especificar el tipo. Sólo lograba poner imágenes extrañas en su mente.
—No lo es si compartimos cuarto —y con esa simple frase, se armó una revolución entre ellos donde Inuyasha la acusaba de haber hecho «una de las peores ofensas de la historia», y Kagome lo calificaba como «demasiado dramático para algo como eso».
Una voz tranquila y sonriente los interrumpió: —Es bueno verlos así —ambos detuvieron inmediatamente su pelea al observar el resplandor de Sango.
¿Pero qué...?
Kagome creció —tal vez incluso nació— con la idea de que ella estaría bien con sólo estar a su lado. Que su compañía le resultaría suficiente. Sin embargo, ella seguía siendo una humana y los seres de esa especie se caracterizan por ser codiciosos, por querer más de lo que tienen. Por lo cual, eso no fue suficiente. Pero Sango... ¿Ella lo había logrado?
¿Acaso sí existía una forma de salir de aquello?
...
Y, después de un poco de trabajo, la sangre fue suficiente. Entonces, la aguja fue removida.
Con elegancia, tomó una muestra y la colocó sobre los cristales. Tres gotas rojas sobre el porta-objetos fueron bañadas con el líquido indicado. En unos cuantos segundos, los óvalos comenzaron a deformarse para convertirse en una versión miniatura de tres campos erosionados.
Así, la respuesta le resultó evidente: —Tipo de sangre: AB. Con un Rh positivo.
Y el comentario cliché se escuchó: —Estupendo, como siempre.
Afortunadamente, la campana se encargó de terminar con aquello que algunas veces llegaba a cansarla, pero que no podía simplemente parar. Así que guardó sus cosas y, como todos los demás, salió del laboratorio y también de la escuela.
De forma repentina vio sus manos blancas y, como siempre, las encontró limpias. Entonces, también observó al rededor. Era la misma gente y su misma actitud. Eran los mismos días que no cambiaban y las clases a las que tenía que ir para escuchar elogios que respondía con una sonrisa leve o simplemente un asentimiento.
Es bueno que hoy fuera algo sencillo, se atrevió a pensar. ¿Por qué lo hacía? Pues porque, a pesar de que se sentía capacitada en cualquier tema o cosa que se le pudiera presentar (casi todas, ya lo había comprobado), no creía que alguna equivocación (sin importar si era pequeña) fuera pasa desapercibida por los demás.
«¿No que eras tan perfecta?», seguramente escucharía.
Pero, a pesar de todo, seguía siendo una persona. Seguía sintiendo y deseando y, también, después de lo que había tenido que hacer...
Una imagen desenfocada se apareció frente a ella mientras caminaba en la calle. La esperaba. Él... Se obligó a observar mejor, a pensar con la mente. Se había equivocado de género por culpa de las emociones.
—Kagome —dijo su nombre (el verdadero). Se veía despeinada y con las mejillas sonrosadas. Por la forma en que su pecho se movía, podría adivinar que había estado corriendo. De repente, sintió algo de preocupación—. ¿Qué haces aquí? ¿Le pasó algo a Inuyasha? —sonó un poco (al menos a su punto de vista) alarmada.
Kagome negó con la cabeza y respondió: —No. Sólo quiero hablar.
Era evidente el hecho de que Kikyou se sentía extrañada por la actitud de esa chica. Jamás habían tenido una larga conversación y ni siquiera parecían tener puntos de vista similares. Lo único que compartían era Inuyasha. Al menos antes lo hacían.
—Como quieras —respondió. Después le señaló un lugar en el que podrían sentarse. No era el más cómodo, pero podría bastar si sólo hablaran algunos minutos. Aunque no podría asegurar nada—. Me sorprende que estés aquí.
—Él me preocupa —lo dijo así, con sinceridad. Aunque también bajó la vista. Una mirada que después levantó para poder verla a los ojos—. ¿Por qué lo hiciste? —fue directo al punto, incluso sonando un poco altanera. Si Kagome hubiera sido otra persona, simplemente hubiera ignorado su pregunta y se retiraría.
Pero ella era Kagome, así que no podía hacerlo.
Kikyou miró hacia el cielo grisáceo y pareció hablarle a las nubes oscuras: —Era algo que debía ocurrir. Todo tiene un final, ¿verdad? —las personas perdían el interés muy fácilmente. Cuando se obtiene lo que se desea, el interés se va. Y eso fue lo que pasó, ¿no?
—Pero ustedes... —ellos parecían haber encontrado un equilibrio entre sus personalidades contrastantes, complementar lo que le faltaba al otro (calma en uno, pasión y mucha energía en el otro).
Kikyou la miró atentamente y con seriedad: —Estás buscando una excusa, pero no la encuentras. Eso debe significar algo —así fue como ella misma se dio cuenta. Por eso, en un escenario como ese, tomó la decisión.
«Pensé que era el lugar indicado para pasar nuestro último día como pareja» fue la frase que comenzó todo. Ella no lo estaba viendo cuando lo dijo, sino hacia el cielo estrellado, pero dejó de hacerlo cuando notó mucho silencio.
Esos ojos... era lo que más le había dolido.
Y ahora unos ojos similares, pero un poco más claros, la miraban. No mostraban dolor, sólo atención y algo más que no pudo detectar en ese momento. Lo haría tiempo después.
Entonces, volvió a hablar: —Y eres tú quien está aquí, hablando conmigo, no él —después de herirlo como lo habían hecho otras personas, no lo culpaba.
¿De dónde ha llegado esta autocompasión?
—¿Tú... ya no lo quieres? —Kagome dijo de una manera que le resultó a Kikyou un tanto infantil. Aunque, siendo ella una persona muy madura, muchas cosas le parecían de esa forma.
—Sí, lo hago —respondió. Debía mantener eso como su única respuesta, nada más. Pero, por alguna inexplicable razón, continuó hablando—: Aún lo quiero y siempre lo haré, como sé que él también lo hace. Pero no puedo forzar las cosas.
—Bien —ella lo mencionó de una forma en la que la confundió. Kagome era una de las pocas personas que lograba confundirla de verdad.
Ahora era su momento de preguntar: —¿Por qué te sientes tan aliviada por eso? Pensé que no te agradaba
—Porque me agrada escuchar eso —más dudas aparecieron ante su gesto sincero, también de su sonrisa de lado y mirada hacia abajo—. De un día a otro aparecí en un mundo que te hace creer que el deshacerse de sentimientos es muy fácil. Como si fueran robots —un algoritmo aquí y otro allá, un cambio de sistemas y todo olvidado—. Fue bueno escuchar que no es así.
—Eso resultaría muy conveniente —ahora Kagome fue quien pareció confundida, así que explicó de forma sencilla y corta—: El superar las cosas —muy conveniente, en verdad lo era. Sin más que decir, se levantó de su lugar y su acompañante la imitó. Era momento de irse y, otra vez, dijo en lugar de callar—: Cuida de Inuyasha.
Ella asintió con un movimiento de cabeza.
—Eso intentaré. Hasta donde pueda —el «hasta» indicaba la presencia de un obstáculo, una barrera. Aun así, Kagome le dedicó una sonrisa y comenzó a caminar. Su cabello ondulado se movía con la rebeldía dada por el viento. Después, ya no estaba ahí.
Así de rápido se esfumaba la gente.
—Kikyou-sama —una persona que reconoció como una compañera de clase la llamó. Kikyou-sama, esa forma de llamarla le sonaba muy adulto. ¿Cuándo se había convertido de una forma repentina en uno?—. ¿Ella es tu hermana? —con todas las sorpresas y dudas de ese día, esa pregunta pudo entrar en esa categoría. Pero no lo hizo.
—No —respondió sin molestia alguna. De alguna forma, ya esperaba que alguien le dijera algo así.
—Es que... son algo parecidas —insistió.
—Así es.
Nos parecemos un poco.
"Te amo, te amo,
Este sentimiento aplastante es una fuente de lágrimas.
No vuelvas a estar triste,
No des rodeos por mí,
Puedo decirte adiós"
...
Salió de su encanto de tina cuando escuchó que el teléfono sonaba.
Sango extendió su mano y tomó con cuidado su celular, no sin antes secarse esa parte del cuerpo que mantendría contacto con el aparato —a pesar de estar disfrutando de su largo baño caliente, debía tener precauciones por los accidentes que podrían ocurrir. Levantó la tapa para observar de quién se trataba.
Era su padre.
—¿Saldrás hoy? —él le preguntó después de explicarle que, por cuestiones de trabajo, saldría más tarde. Sólo un aviso y una pregunta normal que a Sango le pareció de otra forma. Últimamente daba cuenta de que ella buscaba algún tipo de mensaje o señal en cualquier cosa. ¿De qué tipo? No lo sabía.
—No. Me quedaré en casa —respondió—. Miroku vendrá.
—Miroku —Sango pensó que se había equivocado al revelarle ese punto.
Por ese motivo comenzó a darle una explicación: —Aunque no esté onne-san, él sigue siendo mi amigo.
—Claro que sí —al parecer, a su padre le parecieron innecesarias esas palabras. Eso era algo que él y sabía desde hacía muchos años, ¿no? Entonces, ella se había alarmado por nada—. Son como hermanos.
—Sí —eso hubiera bastado, claro que sí. Mas la boca de Sango parecía no creerlo o estar deseosa de derramar más cosas, algunas sin mucho sentido o necesidad—. Me extraña que no me refiera a él como onni-san.
Hubo un sonido que le indicó que él había sonreído, después su voz grave volvió a hablar: —No te preocupes, en algunos años lo harás.
Y ella se rio de forma tonta, casi nerviosa.
—Espero ese momento. Puedo hacerle algunas bromas sobre ello.
Después de la incómoda conversación, Sango sumergió más su cuerpo en el agua. Hoy había dicho tantas tonterías. Y esa era una idea que no se iba de ella aun cuando ya no se encontró sola en la residencia Kuwashima.
—¿Qué ocurre, Sango? —como siempre, Miroku podía leer sus expresiones y notó en ellas algo de dudas. Además, se encontraba distraída.
—Nada —agitó la cabeza y le sonrió, tratando de dejar eso en el olvido—. Sólo pienso —una ceja de Miroku se levantó. Él era listo, ciertamente. Y ella era mala mintiendo.
—Entonces, ¿en qué piensas? —le preguntó, esta vez acercándose a ella. Sango se encontraba sentada sobre la cama y Miroku anteriormente estaba en la alfombra, supuestamente ambos concentrados en los deberes escolares.
Teniéndolo ahora de frente, se resignó a decir la verdad: —Hoy Kagome me preguntó qué tipo de relación tenemos ahora —eso pareció tomar toda la atención de su acompañante—. Y he comenzado a arrepentirme de la respuesta.
—¿Cuál fue? —las cosas se tornaban serias.
—Le dije que ninguna, además de un intento de amistad —le costó decirlo. Ella quería revelarles ese hecho en ese preciso instante. Sin embargo, comenzó a sentir algo de miedo. ¿Qué le dirían sobre la decisión que habían tomado?
—No importa —Miroku hizo como si no hubiera cometido alguna falta—. Después les diremos.
Sango agradeció la empatía de él. Sin embargo, ahora era su turno para ponerla en práctica: —Entonces, ¿qué ocurre contigo? —los ojos azules se abrieron, sorprendidos.
—Todo es normal en mí —bien, de alguna forma, él podría ser un poco testarudo. Aunque no como Inuyasha. Él sí era el rey.
—Mentira —le hizo notar que no podría engañarla—. Traes tu mochila y tú no haces eso. Sueles traer libros a casa, pero no sobre la escuela —y, aun así, se encontraba sosteniendo un libro con muchas páginas entre sus manos, como si no quisiera perderlo por nada del mundo.
—Puede que se me haya hecho demasiado tarde como para dejarlo en mi casa —propuso, con una sonrisa un tanto juguetona. También siguió avanzando lentamente, reduciendo el espacio entre ellos.
—Puede ser —lo aceptó. Después de todo, siempre podrían haber accidentes y descuidos—. Pero no lo es —menos para Miroku quien, teniendo un auto, simplemente pudo dejarlos ahí.
—¿Ah, no? —seguía jugando. Ella asintió—. ¿Entonces cuál es tu hipótesis? —quiso saber, sentándose mucho mejor y dejando su preciado y pesado libro a un lado.
Entonces, ella obedeció: —Algo pasó en la universidad. Te ves un tanto preocupado. No, esa no es la palabra —se corrigió—. ¡Acelerado! Eso es. Pareciera como si el tiempo se te fuera a escapar —esa fue la primera impresión que le causó cuando lo vio en la entrada de su casa.
Y, el gesto que había puesto Miroku ante su propuesta, comprobó sus palabras.
—No me digas que... —también hizo que recordara una memoria distante, haciéndola más importante—. ¿Por fin lo hiciste?
—Sí —aceptó. Ya no parecía querer jugar—. Será en abril o quizá antes.
—¿Cuántos semestres te vas a saltar? —continuó con su cuestionamiento. Le interesaba mucho el conocer cuáles serían sus respuestas.
—Depende de los resultados de unas pruebas que me harán —por eso ese apego por ese objeto en específico.
—Miroku —le dijo, mirándolo directamente a los ojos—. Tú puedes incluso graduarte en este preciso instante.
—No es para tanto —y Sango agradeció mentalmente el hecho de que él volviera sonreír, aun cuando su cabeza tenía muchas dudas con respecto a la elección que él había tomado. ¿Por qué en este punto? ¿Qué estaba planeando? ¿O es que alguien más le había mandado que caminara en ese trayecto habían construido sólo para él?
—Si es algo que quieres, hazlo —terminó por expresar. Miroku tenía la libertad de tomar sus propias decisiones y, lo único que podía hacer ella, era apoyarlo.
—En verdad lo deseo, Sango —ella movió la cabeza, haciéndole entender que estaba de acuerdo. Él tenía tanto potencial en muchas cosas. Tal vez ellos lo habían retrasado un poco.
—Entonces, tendré que verte por menos tiempo. Bien, comprendo —sacó ese tema a la luz, evitando que ideas negativas como la anterior proliferaran.
Sango esperaba otro tipo de respuesta, sin embargo, Miroku dijo algo extraño: —¿Un automóvil trabaja sin combustible?
—¿A qué viene eso?
—Sólo responde —pidió.
Ella dio su respuesta, aplicando conocimientos básicos, empíricos: —No lo hace.
Eso hizo que él pusiera un gesto de satisfacción y agregara: —Entonces, ¿cómo piensas que un Miroku tendrá la energía suficiente si no ve a una pequeña Sango? —ella también se alegró por escuchar eso.
—Mensajes —ahora Sango era quien jugaba. O al menos eso intentaba.
—No lo creo.
—Llamadas. Fotografías.
—¿Es un permiso para tomarte una fotografía?
—No —también compartía ese aspecto con Inuyasha. El que alguien le quisiera tomar una fotografía... no solía negarse muchas veces, pero le resultaba algo extraño.
—No seas egoísta —una mano de Miroku fue a parar en su rostro, tomándolo con suavidad—. Esa cara linda tiene que ser preservada para la prosperidad —tal vez estaba de más el decir que su rostro se enrojeció ante esas palabras—. Sí, como esa expresión.
Y, como a él le disgustaba dejar las cosas a medias, hizo su siguiente movimiento: un abrazo.
—Tendré que abducirte para que vengas conmigo —se refería a la universidad.
—Puede que lo haga —le dijo a su pecho. Esa era una situación agradable.
—¿En serio? —su voz, como la de Sango, era más parecía a como si estuviera susurrando.
—Es una de mis opciones —reveló. En verdad lo era.
—¿Por mí? —sonó como un niño ilusionado. Miroku era maduro, pero también dejaba que su lado infantil se asomara.
—No todo es sobre ti.
—El sol y la luna compiten por tener mayor tiempo para verme —y ahí se hacía presente su autoestima.
—Ególatra —mencionó, aunque a decir verdad, ella estaba sonriendo por sus comentarios tontos y ligeros. Era bueno tener momentos en lo que no se preocupaban por alguna u otra cosa.
—Es realismo en su máxima expresión —después de eso, Sango levantó su rostro para que Miroku pudiera observar muy bien su sobreactuado gesto de desagrado. Y él aprovechó la ocasión.
La besaba. Y la seguía besando. Ambos lo hacían. Se estaba alargando hasta el punto de sólo detenerse por respiraciones cortas y miradas momentáneas. Habían pasado unos días, pocos a decir verdad, sin que lo hicieran, así que debían de equilibrar eso.
—Miroku... —dijo su nombre. Lo que estaba ocurriendo se le hacía un tanto extraño. Se había acostumbrado a los besos, pero no de esa forma. Mucho menos que los labios de Miroku se encontraran en su cuello. Eran muchas reacciones raras.
—¿Mmm...? —fue todo lo que pudo decir en medio de esa situación. La vibración que se sintió en la piel de esa zona hizo eco en otros lugares.
—Nada —ya no quiso decir otra cosa. A veces las palabras solían arruinar los momentos. Además, se dio cuenta que le gustaba ese cosquilleo.
Miroku dejó de hacer eso y fue otra vez a los labios. Tocar, humedecer, separar y degustar. Había un arte de todo aquello. Y las manos de Sango eran muy suaves, más si se encontraban enmarcando su rostro. Pero después bajaron hasta llegar a su espalda. Seguían deslizándose, lo que logró sorprenderlo hasta el punto que soltó un pequeño quejido de sorpresa, uno amortiguado por la unión de labios. ¿Acaso iba a vengarse por lo hecho hacía unos años?
Su pregunta fue respondida: ella metió las manos bajo su playera, tocando la piel cálida.
—Sango, qué atrevida —mencionó, levantando la cabeza para poder observar su rostro con atención.
—Silencio —dijo, pareciendo molesta. Aunque, claro, sólo estaba intentando ocultar su vergüenza—. Además, puedes hacer lo mismo si quieres —expresó, moviendo su rostro hacia otro lado, con las mejillas rojas.
—No puedo declinar esa proposición —entonces, volvió a situarse sobre ella y, en un instante, se encontró tocando esa encantadora línea que las mujeres poseen en la espalda.
—T-tienes las manos frías —se encontró murmurando, también tenía los ojos cerrados. Al hacer eso... ¿Todo podría tornarse como si fuera más normal?
—En poco tiempo se calentarán —respondió—. Equilibrio térmico.
—Cerebro.
—Pinky. Dominemos al mundo —Sango no pudo evitar reír—. Eso no es muy amable —lo sabía, pero ni siquiera su mano pudo cubrir su acto.
—Perdón, perdón —se disculpó, pero aún continuaba con algunas carcajadas—. Es que fue algo que no me esperaba.
Bueno, pequeña Sango, te mostraré algo que tampoco te esperabas.
Entonces, subió ambas manos y, con una gran velocidad, desabrochó su sujetador. Sango abrió los ojos, impactada. Pero no fue la única porque, unos segundos después, Miroku tenía una expresión similar a la suya.
El sonido de una puerta al cerrarse.
Kohaku estaba en casa.
Rápidamente, ambos se separaron con el corazón acelerado. Sentados sobre la cama observaron el alrededor. La habitación seguía estando habitada por sólo ellos dos. Ese sí que había sido un gran susto.
—¿Quieres salir? —ella propuso, recuperando la respiración.
—Me caería bien un poco de aire fresco —aceptó. Así que Sango se levantó y fue a la esquina donde se encontraba un espejo, intentando abrochar lo que Miroku había desabrochado. Ambas acciones no tenían el mismo grado de dificultad, así que estaba sufriendo un poco—. ¿Te ayudo? —sin esperar una respuesta y apareciendo de repente, sus manos volvieron a estar en ese lugar—. Listo.
—G-gracias.
—De nada —acto seguido, Miroku removió sus manos para poder abrazarla por la espalda. Después besó la cima de su cabeza. Su corazón se estrujó un poco.
Un Miroku despeinado y una Sango con las mejillas encendidas los observaban en el espejo. ¿Por qué si era tan impuro se veían tan deslumbrantes?
Pero ella no fue la única con un cuestionamiento, pues él también contaba con uno. Desde el momento en que se encontraba en la entrada de la puerta, esperando que Sango saliera, en su mente había un pensamiento rondando: Si Kohaku no hubiera aparecido, ¿hasta qué punto habrían llegado?
Bueno, él sabía hasta qué punto quería llegar, pero eso sería muy apresurado. Entonces se prometió tener una mejor consideración de las cosas.
Sango salió por fin y Miroku aterrizó de nuevo para poder darse cuenta de un detalle: —¿Un paraguas? —señaló hacia donde ese objeto se encontraba.
—El pronóstico dijo que llovería —explicó. Sin embargo, parecía que en lugar de haber dicho eso, hubiera mencionado algo vergonzoso, pues su rostro comenzó a tomar un color rosado. Ah, y también comenzó a cantar—: «Yo quisiera que lloviera. Y así usaríamos paraguas. Ocultarnos de miradas y estrecharnos el uno al otro...» —entonces detuvo su interpretación de la canción sobre un amor vintage—. O algo así.
—Qué linda —Miroku mencionó, disfrutando el gesto que ella puso—. ¿Podrías darme tu autógrafo?
—Lo pensaré.
El paraguas fue abierto por Miroku cuando notaron que el cielo goteaba débilmente. Entonces fueron cubiertos por la tela impermeable de color oscuro. Los descubrirían. Algún día alguien lo haría. Pero, en ese momento, no deseaban preocuparse por algo como eso.
...
«¿Estás en casa?» era lo que el mensaje que acababa de llegar a su celular decía. Y él que había creído que podría encontrar algo de tranquilidad en ese lugar.
Sin otra mejor opción, se encontró escribiendo una respuesta (si no lo hacía, seguramente se preocuparía): «No».
Y, rápidamente, llegó otro mensaje. Aún se preguntaba cómo es que las personas podían escribir tan rápido si usaban unas teclas tan pequeñas. Al menos a él, siendo una persona alta, se le dificultaba.
«¿En dónde estás?» ¿Por qué necesitaba tanta información? ¿Acaso algo malo había ocurrido?
«El parque» él se esforzó por responder de la forma más rápida posible. Si habían problemas, tenían que apresurarse, también especificar: «El otro», agregó. No en el que solían ir con Sango y Miroku, sino en el que antes visitaban con su madre. También era el que pasaban cada año al visitarla, a ambos.
«Estaré ahí en unos minutos. No te vayas» y, como si fuera cuestión de magia, en unos minutos Kagome estaba ahí.
—¿Pero qué...? —Inuyasha no entendía su apuración. Además de su respiración agitada y apariencia cansada, parecía encontrarse entera—. ¿Por qué estás así? —la señaló entera. El cuerpo de lo que quedaba de Kagome estaba recostada sobre el césped, dejando que las gotas del agua que caían del cielo mojaran su rostro. Sus ojos cerrados.
—Tuve cosas qué hacer —dijo, recuperando un poco el aliento. Aun así, continuó recostada. Estaba oscureciendo, pero podía observar cada detalle de su rostro. Tal vez era porque había convivido tanto tiempo con ella.
Una hoja estaba entre su cabello e Inuyasha se acercó para removerla.
—¿Quieres pasear un rato conmigo? —los ojos y la boca se abrieron, asustándolo un poco.
—¿Por qué? —fue lo único que se le ocurrió decir.
—¿Por qué no? —no podía luchar contra eso.
Y, bajo un cielo nocturno y nublado (parecía como si quisiera llover en cualquier momento), se encontraron caminando entre las calles de la ciudad. Hacía algún tiempo que no salían de noche, al menos no juntos. ¿Quién diría que volverían a hacerlo al momento en que comían helado?
—Ten —Kagome le ofreció al momento que se dirigían a su apartamento—. Lame —continuó extendiendo el alimento hacia él.
—Mmm... Así estoy bien —declinó la oferta. No haría algo así con tanta gente al rededor.
Pero ella no podría permitir el ser despreciada: —Te digo que lamas —la Kagome molesta y autoritaria hizo su aparición.
—Bien —se rindió, pero no por eso iba a aceptar de buena forma. Por eso continuó con un rostro malhumorado... al menos hasta que en verdad probó el helado—. Oh. Tiene un buen sabor.
—Te lo dije —ella sonrió, satisfecha. Aunque, claro, nunca lo había hecho. Unas calles después y generalmente todo fue silencioso, y como siempre, eso debía cambiar: —Inuyasha —comenzó. Él hizo un movimiento de cabeza para hacerle notar que le prestaba atención—. ¿En verdad amaste a Kikyou?
La caminata se detuvo abruptamente.
—¿Qué? —eso fue muy repentino que quiso creer que no había escuchado esa pregunta.
—Hablé con ella —confesó. Eso explicaba su repentino cansancio. Si se la había pasado
—¿Por qué lo hiciste? —mencionó, casi gritó. Pero es que sí, ella le había dicho que lo haría, mas no creyó que hablara en serio.
—Porque tenía que saber —respondió—. Hablamos un poco y... no estaba al borde de las lágrimas, pero se veía triste —Si era así, ¿entonces por qué lo había hecho? Eran cuestiones que desconocía—. ¿La amabas de verdad? —Kagome insistió de nuevo.
Como si estuviera hablando con ese charco de agua, Inuyasha respondió: —Sí —era cierto. Si no, no dolería de la forma que lo hacía.
—Bien —a Kagome pareció gustarle esas palabras—. No me gustaría saber que usaste a alguien sólo para... —se detuvo de repente—. Olvídalo, vamos a casa —y comenzó a caminar de nuevo, mas su trayecto no duró mucho pues una mano la detuvo.
—¿Sólo para qué? —él le preguntó, sujetando su brazo y buscando los ojos de ella, los que no lo vieron.
—Te dije que lo olvidaras —él quería la verdad y ella el que dejara darle vueltas al asunto.
—Kagome —¿Por qué comenzaba algo si no lo terminaba? ¿Por qué siempre lo dejaba a medias? A veces parecía como si jugara con él. Manteniendo una distancia adecuada y después uniéndose demasiado.
Y, como si ella hubiera escuchado sus quejas y deseara burlarse en verdad, Kagome lo arrinconó contra la pared del callejón en el que se habían detenido. Su pequeño cuerpo contra el suyo.
—¿Q-qué te pasa hoy? —le gritó. Kagome levantó la cabeza para observarlo y, después, se llevó un dedo a los labios, indicándole que guardara silencio. Eso era cada vez más extraño.
—Escóndete o nos van a ver —¿Acaso ella no se daba cuenta de la situación en la que se encontraban? No, por su rostro serio... ¿Serio?
—¿Quiénes? —Entonces, comprendió que era algo diferente.
Kagome señaló: —Ellos.
Era un lugar alejado. Una conveniente lejanía si vivías al otro lado de la ciudad y no querías ser reconocido. Además, usaban paraguas.
Inuyasha sólo esperó que ellos se hubieran ido para caminar rápidamente hacia donde se suponía debían de ir. Kagome lo siguió, aunque continuó viendo hacia atrás. Ella tampoco parecía creerlo.
Mentiras y más mentiras.
Por vez primera en muchos años usaban el ascensor.
—¿Por qué no...? —una parte de su duda se convirtió en palabras.
—No lo sé —su mente también debía ser una mezcla de ideas que no concordaban—. Tal vez...
—No hay ningún «tal vez» ni excusa —Inuyasha se molestó de nuevo—. Nos mintieron. Eso es todo —No, en realidad no estaba molesto. Se encontraba furioso. Él odiaba los engaños.
Las puertas se abrieron y continuó moviéndose sin prestarle atención a las cosas. Su camino continuó al estar dentro del apartamento. Ahora sólo debía de ir a su habitación y, para desquitarse...
Kagome tomó su mano, detenéndolo. Aun así, él permaneció viendo hacia las escaleras, no su rostro.
—Sé que no tienen excusa—ella lo aceptó. Sin embargo, él la conocía lo suficiente como para saber que a ella se le facilitaba el perdonar—. Pero, ¿podemos juzgarlos? De alguna forma... los comprendo.
En verdad... ellos... Nosotros...
«Ustedes nacieron con una gran ventaja: a su lado ya tenían una razón por la cual vivir», él recordó que le había dicho su padre.
«No entiendo» ambos niños eran muy pequeños como para comprender lo que él trataba de enseñarles.
«Sé que lo harán».
Ese mensaje se convirtió en algo que tuvo mucho que ver con el pensamiento de Inuyasha de que estaría bien con sólo estar a su lado.
—Kagome —la miró fijamente, con mucha atención a decir verdad.
—¿Qué ocurre? —en medio de su basta observación, le resultaba evidente el hecho de que ella no entendía muy bien lo que estaba pasando.
En cambio, Inuyasha... Por primera vez en la vida se sentía lo más decidido de lo que antes se sintió. Sí, todo se medía conforme a la democracia, a lo que hacía la mayoría. Y ahora, cuando estaba por cumplir los dieciocho años de edad, se percataba de que todas las personas tenían secretos y no hacían lo que se creía. Así que... Al diablo con todo.
Sin duda alguna, lo dijo: —Sal conmigo.
Y, claro, él fue el único que comprendió: —¿A dónde?
—No, idiota —si ella no fuera mujer, en serio... Tuvo que aclararlo—: Me refiero a salir —y a pesar de que no había dicho algo diferente, Kagome entendió por la forma en que lo había dicho.
Realmente se veía sorprendida: —¿Cómo se te ocurrió algo así?
—Miroku y Sango —si ellos podían hacer lo que desearan sin pensar en las repercusiones, él lo podría hacer de cualquier forma—. Lo digo en serio —esa última frase sonó un poco a súplica, pero es que el no tener una respuesta clara de su parte se sentía como una punzada. Después de atreverse a decir algo así...
—Lo sé —sin embargo, eso no reducía su nerviosismo.
—Por eso. Respóndeme —estaba siendo impaciente, mas ya había esperado demasiado.
—¿Tan rápido?
—Sí, dilo —pero en lugar de hacer lo que le pedía, comenzó a caminar al rededor—. ¡Kagome! —su actitud estaba comenzando a enfadarlo en serio.
—Inuyasha —Y, para suerte de Kagome, un sonido logró sacarla de esa situación—. Llaman.
Entonces el enojo de Inuyasha fue oficial.
Kagome abrió la puerta y una voz femenina la saludó con efusividad: —¡Hola!
—Hola —ella contestó su saludo con amabilidad. Inuyasha, queriendo desahogar todos los acontecimientos del día, apareció detrás de Kagome. De esa forma pudo observar a la chica desconocida que tenían en frente.
—¿Y tú quién eres? —dijo sin amabilidad alguna.
La muchacha permaneció sonriendo.
"Aún estamos incompletos, naranjas masticadas
Recojo todas esas cosas que no se pueden decir
En esta película eterna que finalmente va a retroceder
Quiero hacer más días que no se desvanezcan"
—AAA, MIKANSEI
Wii... algo de fanservice. Perdón por la tardanza, pero de repente se me dio por traducir CD-dramas y cosillas así. Como sea, aquí estoy. ¿Opciones de carreras y trabajos familiares para Miroku y Sango? ¿Posibles oficios/profesiones (realistas) para Inu? ¿Acaso todos venderán elotes en la carretera?
Agradecimientos a las constantes: Yumipon, fifiabbs y SangoSarait.¡Guapotas!
Notas:
-Pigmalión: Según la leyenda, un artista que hizo una maravillosa estatua de una mujer a la cual llamó Galatea (piel blanca). Era tan perfecta ante sus ojos que comenzó a tratarla como si fuera humana, hasta que un día se volvió de verdad (sí, como Pinocho).
-Efecto Pigmalión: Además de tratarse de una creencia que dice que una persona puede influir en otra, es una profecía autocumplida, o por acto de un tercero. Mmm, ejemplo: Loops dijo "Hoy obtendré un chocolate" y fue escuchada. Entonces, alguien amable le regaló uno (XD). O algo así.
Loops Magpe.
