Decisión

Yumi observó a su onee-sama, paralizada. Era lo que le faltaba, realmente... lo que le faltaba. Quería aclararle todo a ella, por supuesto que quería. Pero no de esa manera, no con Sei de espectadora.

Sachiko se descruzó de brazos y comenzó a caminar hacia ellas a paso lento; tan lento, que desesperó a su soeur. Sabía que se venía lo peor; que finalmente tenía que encarar las consecuencias de sus actos. Lo peor de todo, es que sabía que se lo merecía.

—Vamos, Yumi. Di lo que tengas que decir —ordenó, deteniéndose frente a ellas. Le dedicó una mirada inmersa de odio a la ex rosa, para acto seguido volver a centrarse en la menor— ¿No nos harás esperar, cierto?

—Y-Yo...

—Es verdad —Interrumpió Sei, pasando un brazo por detrás de sus hombros— ¿Estabas por tomar una decisión, no? Este es el momento perfecto para hacerlo.

Ambas la contemplaban con profundidad, pero cada una de ellas poseía diferentes sentimientos respecto a aquella situación. Sachiko la observaba con cierto pesar y decepción, pero firme. Y sei con unas ansias muy visibles por saber su decisión final.

Intercaló los ojos entre ellas, infartada. Con la respiración entrecortada, bajó la cabeza, aferrando con ímpetu los bordes de su falda. Le faltaba el aire. Nunca se sintió tan acorralada en su vida.

—Vamos, dilo —Se desesperó la rubia, atajando sus hombros—. No queremos esperar más.

—¡No la toques! —Un furioso manotazo deshizo la unión. Sei miró a Sachiko, iracunda.

—¿Qué no la toque, dijiste? —cuestionó, amenazante.

—Así es —La arrimó hacia ella. Yumi quedó perpleja entre sus manos—. Ella todavía no ha decidido, no tienes derecho a tocarla.

—Oh, Sachiko... —Hizo un desinteresado y burlón ademán con la mano—. La he tocado más de lo que crees.

La nombrada abrió los ojos de par en par, mientras la castaña se cubría el rostro ahogando un grito.

¡Maldición, Sei! ¡No lo digas!

Sachiko, recuperándose, reforzó el agarre en los menudos hombros que sostenía —No entiendo bien lo que está sucediendo, pero si es lo que estoy pensando... —Detalló de soslayo a su soeur—. Estoy segura que tú tienes la culpa de todo, Sei.

—¿Ja? ¿ahora soy yo la culpable? ¿quién fue la que abusó de Yumi, tú o yo?

El habla de la peliazul quedó sellada en su garganta. Su corazón palpitó; asustado, arrepentido, con miles se emociones que no creía poder controlar, pero que sí creía sosegadas. Se equivocó; nada estaba curado, nada estaba olvidado.

—Q-Qué estás...

—Tú solo la haces sufrir —La señaló, enfurecida—. Yo jamás le haría eso a Yumi.

Sachiko desvió la mirada, mordiéndose el labio. No quería darle la razón, pero la tenía. Ella le hizo un daño irreparable. ¿Cómo pudo pensar que Yumi iba a enamorarse de su pecadora persona?

Regresó la visión a su cabizbaja soeur, conteniendo las lágrimas.

Ella tiene derecho de estar con quién quiera... menos conmigo.

Sofocando una herida risita, se cubrió la frente —Es cierto, ¿no, Yumi?

La nombrada la miró de golpe, perpleja.

—No has olvidado lo que te hice.

—¡N-No! ¡No es así!

Su onee-sama derivó la vista al suelo, desconsolada —Sé que es así, no me mientas... no más.

—¡Te digo que no es así! —exclamó, atrapando su brazo. Sachiko la contempló, sorprendida—. No es por eso que está pasando esto —Bajó el rostro, arrepentida—. Yo te perdoné, ya te lo dije.

Ambas la miraron, confundidas.

—Entonces, ¿por qué? —Se animó a preguntar Sachiko.

Yumi levantó la cabeza y observó a Sei, para luego pasar la mirada a su onee-sama. Era el momento, lo sabía. Y también sabía que estaba por destruir una de las cosas que más amaba con toda su alma: el vínculo con su hermana.

Suspiró y entreabrió los labios, dudosa.

—Yo... simplemente me enamoré de Sei.

Aquella confesión provocó que naciera una gran y complaciente sonrisa en los labios de la ex rosa. No obstante, Sachiko percibió aquellas palabras como una puñalada directa en el corazón. Le dolió tanto, tanto... que tuvo que aferrarse el pecho.

—Quería decírtelo, iba a decírtelo...

—¿Cuándo pensabas decírmelo? ¿mañana? ¿pasado mañana? —preguntó con un visible sarcasmo.

Yumi se achicó en el lugar —Hoy.

La peliazul asintió con ironía —Ya veo.

—¡Pero...! Yo... la verdad es que yo...

—Habla claro, así no puedo entenderte.

La castaña la miró, casi asustada. Esa faceta de su onee-sama; tan firme, tan fría... creyó haberla olvidado, porque ella ya no se mostraba así desde hacía tiempo. Sonrió de una lamentable forma para sí, al darse cuenta que despertó aquel indiferente lado nuevamente. Ese lado que incluso la misma Sachiko odiaba.

—Pero... —continuó, ahogando un sollozo— También me enamoré de ti, Sachiko. Y mucho antes que de Sei.

Su onee-sama quiso sentir un rayo de esperanza al oírla, realmente lo anheló. Pero no lo sintió, al contrario. Solo se sintió desplazada, comparada; emociones a las cuales no estaba acostumbrada ni quería acostumbrarse.

Sin embargo, el daño que le hizo a Yumi en el pasado le permitía mantenerse firme y luchar por ella; y suplicaba porque esa firmeza le hiciera disipar el enojo que sentía. En su cuadrada mente creía que era justo, correcto, que ella haya dudado de su amor por lo que ocurrió ese fatídico día. Casi podría decirce que comprendía su confusión. Pero rogar traspasaba sus limites.

Miró de reojo a Sei y se encontró con una triste mueca. Seguro por las últimas palabras que le dedicó Yumi.

Así que... eres como un cachorrito, ¿eh? Deprimiéndote tan rápido...

Pensó Sachiko al verla, elevando una tentada comisura.

No entiendo qué pudo ver Yumi en ti.

—Entonces, ¿ya te decidiste, no? —preguntó la rubia, decaída, detallando a la menor.

La pequeña miró a ambas con una clara tristeza, y asintió. Una cristalina mano se posó en su hombro y le dio un leve apretón. Alzó el semblante y detalló la débil pero cariñosa sonrisa que le regaló su hermana.

Creyó morir al verla. De verdad, era capaz de fallecer ahí mismo con tal de no seguir contemplando aquellas amargas muecas.

—No merezco a ninguna.

Ambas soltaron un sorprendido respingo.

—Eso pensé, eso iba a decirles.

—¿Pero? —inquirió Sei, metiendo las manos en sus bolsillos.

—Pero... —Miró a su vieja amiga, arrepentida.

No puedo dejarte sola, ¿no, Sei?

Dibujó una triste sonrisa, todavía observándola con profundidad. Mirada que provocó que el corazón de la ex rosa latiera desbocado.

—Yumi —La sacó de sus pensamientos aquella dulce pero firme tonada. Tonada que pertenecía a su querida onee-sama—. Escucha, yo a ti... te...

—Lo siento —La cortó, incapaz de contemplarla.

Sachiko pestañeó varias veces, consternada —¿Lo... siento? —Testaruda, sujetó su mejilla y la acarició, obligándola a observarla de frente— ¿Por qué te disculpas?

Yumi la miró unos segundos, tratando de contener las lágrimas, y declinó los párpados —Porque no puedo estar contigo, onee-sama.

Aquella cristalina mano que la sujetaba con cariño, fue perdiendo fuerza hasta abandonar su rostro. Su brazo cayó rendido al costado de su cuerpo. Su soeur siguió con los ojos aquella desolada acción, con el pecho oprimido.

Pequeñas lágrimas inmersas de impotencia empezaron a resbalarse por los bordes de sus azulados ojos. Éstas se resbalaron por sus emblanquecidas mejillas.

Sei levantó la cabeza, que se encontraba decaída debido a la desesperanza, y observó a Yumi, incrédula.

La menor ya no soportaba aquella situación. Quería gritar, llorar, escapar de allí lo más rápido que sus pies se lo permitieran.

Juntando valor, se animó a continuar —Lo siento tanto... onee-sama —Su voz se quebró— Pero Sei me necesita.

Sachiko se aclaró la garganta, intentando mantener la compostura —¿Y yo? ¿acaso yo no te necesito?

Yumi la miró, con las lágrimas navegando por sus cachetes.

Tengo que seguir... ponerle fin. Sei me necesita... ella es la que más me necesita.

—Lo siento, pero ya tomé una decisión. Lamento todo lo que pasó, no fue mi intención lastimarte. Todo ocurrió tan... deprisa.

Su hermana mayor derivó la visión a las rosas Chinensis que se encontraban en el suelo, mordiéndose el labio —¿No me amas? ¿es eso?

Sei, que detallaba todo con lujo de detalles, se apartó un poco. Entendía la situación; comprendía a la perfección el dolor de un rechazo. Y a pesar de que Sachiko era su contrincante en el amor, no tenía intenciones de empeorar aquel pesado ambiente. Después de todo, no podía olvidar que la peliazul también era su amiga.

Yumi se quedó contemplando a su onee-sama, con una agónica mirada de fondo —Te amo, Sachiko. Siempre te he amado.

La nombrada aspiró su llanto y volvió la visión a ella —¿Entonces...?

—Pero... amo más a Sei. No sé cómo sucedió, lo siento mucho...

La ex rosa se sentó en el banco que se encontraba en ese invernadero, incapaz de ocultar su complacida sonrisa. Sachiko por su parte, bajó la cabeza con una presión en el pecho que no creía poder aguantar un minuto más.

—Entiendo. No me pondré en tu camino —dijo, dándose media vuelta. Simple acción que a Yumi le provocó un instantáneo escalofrío.

No quería perderla.

Comenzó a caminar con lentitud hacia la puerta. Cada paso que daba incrementaba el dolor en su soeur. Y en caso de la rubia, el alivio.

Antes de salir por la puerta, volteó el rostro hacia la menor. Yumi se estremeció ante esos desolados ojos. Forzosa, Sachiko le dedicó una dulce sonrisa.

—Espero que seas feliz, Yumi. Es todo lo que deseo para ti.

—S-Sachiko... —Estiró el brazo hacia ella, pero no pudo moverse.

—Y lamento... todo lo que te hice.

No... tú no eres culpable de nada. ¡Soy yo!

Un portazo terminó aquella sufrible conversación. Yumi quedó plantada en el lugar, viendo su ida. Algo no andaba bien; por fin había aclarado todo. Entonces, por qué... ¿por qué seguía tan confundida?

Unos cálidos brazos rodeando su cuello por detrás, la despertaron.

—Yumi... —susurró en su oído— ¿Estás bien?

Se volteó endurecida hacia aquella vieja amiga que ahora le sonreía con cariño —Sei...

—Perdóname... al final terminé presionándote. Si hubiese sabido que la estabas pasando tan mal, yo...

La castaña negó, secándose las lágrimas —No, es todo mi culpa. Por culpa de mi indecisión las hice sufrir a las dos —Penetró los ojos en ella y trató de sonreír—. Pero ahora todo está bien, ya no tendrás que preocuparte por nada, Sei.

La nombrada arrugó la frente debido a esa falsa sonrisa —Yumi... —La giró y se abrazó a ella con fuerza—. Puedes llorar si quieres, no tiene nada de malo.

Sus labios temblaron sobre su pecho. Frunció las yemas contra su espalda, frustrada, y lo que quería evitar sucedió. Se desarmó allí mismo, sobre ella.

Sei acarició su espalda, tratando de calmar su llanto —Está bien, ya pasó... me has hecho muy feliz, Yumi —Se apartó un poco y sujetó sus mejillas—. De verdad, soy muy feliz.

Empezó a reducir la distancia con cautela, mientras cerraba los ojos —Tú eres todo lo que necesito.

Fusionó sus labios en un corto pero dulce beso. Yumi percibió como sus labios poseían un tinte salado. Sei también estaba llorando. Pero contrario a ella, lloraba de felicidad.

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Sei se marchó antes de que finalicen sus clases, no sin antes decirle que no la presionaría y que irían despacio. Era consciente de que Yumi no se encontraba en su mejor momento y que tenía que despejar su cabeza.

La castaña elevó el rostro y visualizó la estatua de la Virgen maría. El atardecer adornaba aquella escena.

No sabía con exactitud hacía cuánto tiempo que estuvo parada allí, observándola. Pero sí sabía que no podía moverse; la tristeza que sentía le impedía retomar los pasos y volver a su casa. Estaba demasiado demacrada para que sus padres la vieran así, y no podía olvidar lo mal que trató a Yuuki.

Todo se le fue de las manos.

Bajó la cabeza y negó con ésta —Odio esto... odio todo esto.

Su mente estaba en blanco, no lograba enlazar pensamiento alguno. Se suponía que haber tomado una decisión la aclararía, pero ahora se encontraba más dolida que nunca.

Unos pasos dirigiéndose hacia ella provocaron que girase el semblante con lentitud. Sus ojos se abrieron de golpe al divisar a la razón de su tristeza, que se mostraba igual de triste que ella.

Entreabrió los labios una y otra vez, apresurada, en un intento de decir algo. No obstante, Sachiko la detuvo haciendo una señal con la mano.

—No te preocupes, no tienes que decir nada.

Entrecerró los párpados, conteniendo un nuevo llanto.

—Nuestra relación no cambiará, Yumi —Dibujó una tenue sonrisa—. Tú seguirás siendo mi linda hermanita menor.

Aquel terminó generó que su garganta se cerrara. Emitió un sonido ahogado y apagó los ojos. No podía mirarla de frente.

—Lamento... todo —Fue lo único que pudo decir luego de unos largos segundos.

Se animó a contemplarla y lo que vio en sus azulados ojos terminó por destruirla; una tristeza infinita. Sin embargo, allí estaba su hermana, manteniendo una forzosa sonrisa para que no se sintiera mal.

No lo merecía. No merecía su misericordia.

Se quedaron en silencio mirándose penetrantemente. Algo apareció en la mente de la menor durante tal silencio; algo que quería preguntarle desde ayer.

—¿Qué es... lo que querías decirme ayer en el parque? —musitó con un hilo de voz.

Sachiko mostró cierta sorpresa por su pregunta, pero no tardó en transformarla en otra desolada mueca —¿Qué sentido tiene que lo sepas ahora?

—Por favor...

—¿En serio quieres saber? —preguntó, rogando porque su respuesta fuera negativa.

Para su mala suerte, Yumi asintió.

Sachiko la miró unos instantes, pensante, y descendió los párpados —Quería saber si aceptarías... ya sabes, ser mi novia.

Su corazón se encogió al escucharla.

—Solo eso... —agregó con una amarga tonada.

La pequeña bajó la cabeza de nuevo, sin saber qué decir. Su onee-sama al notarla, acortó los pasos y elevó su mentón con delicadeza.

—Yumi.

Su soeur la detalló con un arrepentimiento que captó y destruyó al mismo tiempo. Sachiko chocó los dientes, y sin poder resistirse, la abrazó con fuerza. Yumi quedó congelada entre sus brazos unos cuantos instantes. No creía merecer tampoco ese aprecio.

Con las lágrimas traicionándola, apoyó la frente en su hombro y lo correspondió.

—Quiero pedirte un favor. —murmuró la mayor en su oído.

—Lo que sea.

Se apartó un poco, solo lo suficiente para quedar a escasos centímetros de su entristecido semblante. Delineó una leve sonrisa y acarició su mejilla.

—¿Puedo besarte por última vez?

Sus pupilas se ampliaron, mientras la saliva dejaba de drenarla. No deseaba despedirse, y era consciente de que eso era una despedida.

—Por favor.

Yumi, con una incoherente emoción trepando desde la punta de los pies hasta la cabeza, asintió con debilidad y le sonrió como pudo.

Sachiko sonrió igual que ella y posó su otra mano en aquella acalorada mejilla —Gracias...

Comenzó a acercarse con cautela hasta presionar sus labios sobre los suyos. La pequeña no tardó en cerrar los ojos y dejarse llevar por aquel doloroso encuentro.

Entreabrió los labios, dispuesta a dejarla pasar por última vez. La respiración de Sachiko se entrecortó por ello hasta tal punto que la pudo escuchar, y una hambrienta lengua irrumpió su boca. Se entrelazó con ella, desesperada, agobiada, con miles de sentimientos atacándolas a ambas.

Unas solitarias lágrimas acompañaron esa unión, tornando aquel beso en uno todavía más desolado.

—Mh... —Un pequeño sonido escapó de los labios de Yumi cuando sintió como su hermana aferraba su cabello por detrás con ímpetu.

Sus dedos, temblantes, empezaron a elevarse con intenciones de atajar la esbelta espalda de Sachiko. Pero esta última se desprendió con lentitud de su boca, generando que sus manos quedaran en el aire.

Sachiko se separó, jadeante. La menor no se movió; la miró con los ojos vidriosos de tanto llorar, y atinó a levantar la mano en otro intento de tocarla, pero la mayor se alejó, impidiéndoselo.

—Sachiko...

—Yumi. —Puso un dedo en sus labios, con una indescifrable y fría sonrisa— Es Onee-sama.

Abrió los ojos de par en par. Aquella sentencia no le dio tiempo a reaccionar; su hermana comenzó a alejarse, pasando a su lado sin siquiera contemplarla.

Se volteó con rapidez y estiró el brazo hacia ella, pero al detallar sus pasos; seguros, firmes, decididos a abandonarla, sus rodillas flaquearon y terminaron sobre el suelo.

Aferró los dedos contra el cemento, todavía visualizando su ida.

Te perdí...

Apretó las mandíbulas y llevó los puños contra el piso en un impulso. Lo golpeó sin piedad, una y otra vez, sollozante, para luego abrazarse a sí misma y acurrucarse contra el suelo.

Te he perdido... Sachiko.