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Hurt
What have I become, my little friend?
Tomoyo cruzó la entrada de la biblioteca con la soltura de cualquier adolescente que regresa a casa después de un día de escuela. Caminó directamente hacia la hemeroteca, donde el silencio parecía tener su propio eco.
—Hola mamá —saludó al ver a Sonomi actualizando archivos en la computadora. La mujer le sonrió y dejó su labor un momento.
—¿Cómo te fue en la escuela?
—Bien —Tomoyo fue hacia los escritorios y cogió una de las sillas—. Voy a empezar la tarea. Hoy nos dejaron mucha.
Sonomi asintió y continuó con su trabajo. En sus ojos brillaba el orgullo inconfundible de toda madre frente a la disciplina de su criatura. Incluso siendo una niña, Tomoyo sabía darse cuenta de esos pequeños detalles; a Sonomi, como a cualquier padre, le encantaba las notas altas que alcanzaba al inicio en literatura, más tarde en arte, historia y finalmente en matemáticas y el resto de las asignaturas. A sus trece años, Tomoyo entendía sin lugar a dudas que la única manera en la que podía corresponder el esfuerzo que su madre hacía al ir a trabajar y tratar de mantener sobre sus espaldas rotas a esa reducida familia de dos, era a través de una vida académica impecable. Pero aun cuando consiguió abrazar los primeros lugares y fue elegida presidenta de clase, algo seguía haciendo falta.
Incapaz de conseguir más logros académicos de los que ya tenía, Tomoyo había llegado a un punto en el que se preguntaba si verdaderamente eso era lo único que tenía al alcance de sus manos. ¿Qué más podía hacer una niña de secundaria en su situación? Sabía que tenía la voz para participar en el coro, cosa que hacía durante las presentaciones escolares y algunos concursos locales; sin embargo, las inscripciones, los viajes a concursos más grandes y hasta los uniformes requerían de una inversión. Lo mismo aplicaba para los clubes de deportes y, por si fuera poco, todo eso exigía un recurso adicional que ella no tenía: tiempo. Si ella pasaba sus tardes en la escuela, ¿quién acompañaría a Sonomi de regreso a casa, surtiría la despensa y le ayudaría a preparar la cena y atender la casa?
Pero ser una estudiante modelo tampoco le ayudaría a pagar las sesiones de terapia que su madre necesitaba para no perder la poca fuerza que le quedaba en las piernas, o las refacciones para la silla que comenzaba a caerse a pedazos bajo su frágil cuerpo, aunque ella insistiera en decir que aquello no era más que "detalles".
La situación no había cambiado en los últimos cuatro años: Sonomi, inmóvil de la cintura hacia abajo, seguía sacando la cara por ambas mientras Tomoyo continuaba escondida tras un futon en un armario metafórico, viendo cómo la vida transcurría y acababa con lo que quedaba de su madre.
—¿Qué pasa Tomoyo? Te veo muy pensativa hoy. ¿Hay algo que te preocupa?
No se había dado cuenta de que ni siquiera había abierto los libros y el cuaderno que había dispuesto sobre la mesa. Conocía la intuición de su madre lo suficiente para saber que no podría evadirla.
—El otro día escuché que le decías a la señora Kaede que dejarías la terapia —admitió finalmente—. ¿Es porque no tenemos dinero para pagarla?
Los diez segundos de silencio de Sonomi fueron su respuesta y confirmación de que estaba en lo cierto. Su madre quiso recuperar la compostura y encogerse de hombros para sacudirse el tema, pero ya llevaba diez segundos de desventaja.
—Aunque tuviéramos dinero, la verdad es que la terapia no me sirve de nada. Mejor invertimos eso en otra cosa.
—¡Pero el doctor dijo que, si no seguías usando tus piernas, tus músculos se atrofiarían y no podrías volver a caminar!
La sonrisa de Sonomi fue diminuta, triste y resignada. Le pasó una mano por el cabello como si quisiera consolar las lágrimas que su hija se negaba a derramar. Tomoyo presintió lo que diría y deseó taparse los oídos para no escucharlo.
—Tomoyo, hija, de todas formas no volveré a caminar.
Sabía que se había resignado hace mucho tiempo, pero ella no estaba dispuesta a hacerlo. No importaban los años que pasaran ni lo que tuviera que hacer: Tomoyo estaba decidida a volver a ver su madre bailar algún día. Sonomi había nacido para ello, no para quedar atrapada en una silla de ruedas y enterrada entre columnas de libros.
Irritada, se levantó con uno de los libros en la mano para ir a cambiarlo.
—Claro que lo harás. Ya verás que sí —susurró con firmeza antes de abandonar la sala.
La decisión había sido más fácil de lo que había creído. Después de terminar la secundaria como primera en su generación, todos esperaban que obtuviera una beca para irse a estudiar a Tokio y prepararse en una escuela de élite antes de dar el esperado salto a una de las mejores universidades del país. Todos parecían dar su futuro por sentado y ella no se molestó en desmentirlos. Incluso celebró con su madre el día en que fue aceptada en el instituto de su elección.
La preparatoria quedaba un poco lejos porque no estaba en Tomoeda ni había transporte público directo, sin embargo, transbordando dos veces o caminando 15 minutos y transbordando una vez, Tomoyo calculó que le tomaría 45 minutos de camino. Para que Sonomi no tuviera que estarse moviendo con la silla de ruedas y subiendo y bajando tranvías y autobuses, ella misma se encargaría de todos los trámites. De esta manera, Sonomi nunca se enteraría de que esos documentos jamás habían sido entregados.
Como quitarle un caramelo a un niño.
Con su apariencia limpia y los movimientos gráciles y elegantes que había aprendido de su madre, a Tomoyo tampoco le fue difícil encontrar trabajo en uno de los pueblitos turísticos que rodeaban el valle y se llenaban de colores al llegar la primavera. A los mismos 45 minutos de distancia que había estimado para el instituto, difícilmente alguien la reconocería sirviendo mesas en un lugar donde un parfait costaba lo que el almuerzo de toda una semana para ella o alguno de sus compañeros.
Había pensado que se le llenaría el estómago de burbujas y sentiría la garganta seca como cada vez que tenía que tomar una decisión importante, pero no fue así. Había sido cuestión de hacer los cálculos correctos: ¿cómo podría conseguir el dinero para la operación que necesitaba su madre? Lo había encontrado en Internet, batallando diariamente con la lentitud de las computadoras de la biblioteca: un nuevo procedimiento en el que se trasplantaban células de la nariz y tejido del tobillo para reconstruir las conexiones dañadas en la espina dorsal con el fin de volver a enviar señales desde el cerebro hasta la parte baja del cuerpo.
Apenas había sido realizado en Europa y, con sólo un paciente en su historial, no había mucho que decir sobre la tasa de éxito hasta el momento. Su precio no sólo tenía varios ceros, sino que estaba en euros, a lo que se sumaban el viaje y los gastos de rehabilitación. Si comenzaba a ahorrar desde los quince con un salario mínimo más propinas y utilizaba el dinero que Sonomi creía pagar en matrícula para seguir costeando la fisioterapeuta que había accedido a mentirle a su madre con el cuento de hacerlo "de buena fe", Tomoyo calculaba reunir la cantidad que necesitaba dentro d años. Para ese entonces, de seguir con su plan académico perfecto, recién estaría consiguiendo un trabajo de sueldo modesto que estuviera medianamente relacionado con cualquiera que fuera la carrera a elegir.
Las matemáticas no mentían. Aunque el sueldo de mesera no era espectacular, lo complementaría con un trabajo de fin de semana del cual su madre sí tenía conocimiento: cuidar a los gemelos de una prostituta que vivía a un par de calles de ellas. Al contrario de lo que seguramente muchas otras madres argumentarían en contra de que su hija entrara en la casa de una "mujer de la calle", Sonomi no podía permitir que esos niños pasaran por el mismo estigma que la pequeña Sakura había sufrido. En realidad, respetaba que esa mujer se preocupara por sus hijos como la madre de Sakura no lo había hecho y admiraba a Tomoyo por querer hacer algo por ellos. Se trataba de un sentimiento compartido y, aunque ninguna de las dos había sacado el tema a colación, ambas tenían en mente a la niña que había desaparecido de sus vidas sin dejar más rastro que su recuerdo.
Y sin embargo, no fue suficiente. Tomoyo lo supo cuando, después de casi un año de atender niños y mesas, la biblioteca comenzó a venirse abajo y, con ella, el trabajo de Sonomi. Fue unas semanas más tarde, durante una sencilla celebración de cumpleaños de los gemelos, que la madre de éstos le planteó una propuesta que en otras condiciones jamás hubiera creído aceptar.
No era la primera vez que estaba en un escenario. Había participado en concursos y en los conciertos del coro de su escuela la cantidad de veces suficiente para saber lo que era cantar frente a una audiencia, y era precisamente por eso que no podía explicarse el temblor de sus rodillas ni el sudor de sus manos al tomar el micrófono.
Quizás era por la ropa. Yoshiko, que de las chicas de Ryou era la más delgada y pequeña en tamaño, se la había prestado, y aunque las prendas le seguían quedando ligeramente grandes, no atinaban a cubrir la mayor parte de su cuerpo.
Tomoyo salió a la luz con una mano en el micrófono y otra en su abdomen, procurando instintivamente y en vano cubrir una porción de la piel al descubierto. Los alaridos le dieron la bienvenida y ella la agradeció con una inclinación al frente. Algunas carcajadas se alzaron desde unas mesas. Nerviosa por esta reacción, miró a Ryou al otro lado de la barra y éste le hizo una señal para comenzar.
La voz le tembló al inicio, pero sólo necesitó cerrar los ojos e imaginar que no estaba ahí, sino en casa, cantándole a Sonomi como hacía en ocasiones. Tras los primeros aplausos y las exclamaciones de su nuevo público, Tomoyo fue adquiriendo confianza y al final de la noche pudo terminar con una ronda de complacencias. Estaban ebrios y la miraban con ojos de dragón, pero un escenario los separaba. Mientras ellos estuvieran allá abajo y ella arriba, podía seguir adelante.
Al terminar su turno, Tomoyo se quitó el maquillaje con esmero y volvió a sus ropas de siempre. Permaneció en la pequeña bodega que hacía las veces de camerino esperando a Ryou y su veredicto final. ¿Tendría el trabajo? ¿Le pagarían lo que le habían prometido?
Tardó otra media hora en conocer la respuesta. Ryou entró al camerino sin tocar la puerta y se quedó observándola desde el marco. Su expresión fue indescifrable por espacio de un minuto, hasta que una sonrisa satisfecha apareció de la nada.
—Les gustaste. Te espero mañana.
—¡Muchas gracias! —Tomoyo se levantó en automático y él soltó una carcajada.
—Vas a tener que conseguir tu propio atuendo.
—¡Sí! —asintió vehementemente. Ryou chasqueó la lengua con tono de burla y regresó al pasillo, desde donde volvió a hablarle.
—Ya es mañana, así que descansa bien. No queremos ojeras en el escenario.
Tomoyo sonrió. Tenía el trabajo. Con apenas dieciséis años, no podía decirle a su madre que estaría cantando semidesnuda frente a un grupo de borrachos en un bar de mala muerte, pero al menos no tendría que recurrir a lo que hacían las otras chicas. El trabajo de ellas estaba en la cama, el de ella sobre un escenario.
Desde que Tomoyo había comenzado a incluir canciones en inglés, la audiencia del bar había adquirido algunos elementos más jóvenes. Los mayores, por supuesto, habían protestado en un inicio, así que Tomoyo no olvidó agregar baladas y canciones de la vieja escuela del rock y un poco de blues. Incluso había adoptado el esquema de las noches especiales dedicadas a algún género o artista en especial, todo con la aprobación de Ryou.
Fue durante una de esas noches, específicamente una de Frank Sinatra, que Tomoyo perdió su virginidad. Mezclado con el tufo alcohólico del tipo que había pagado el sueldo de casi un mes por ella, a Tomoyo le había quedado el tararear desentonado de Fly me to the moon, un dolor punzante y una suciedad que se llevaría a la tumba. En adelante, Tomoyo sólo cantaría a Sinatra bajo pedido. "Gajes del oficio", le llamaban las otras chicas que tenían que aguantar de todo en su deambular de mesa en mesa y de cama en cama. Tomoyo creyó que nunca lograría acostumbrarse, así que fue la primera en sorprenderse cuando descubrió lo contrario.
Finalmente llegó el inevitable cierre de la biblioteca y madre e hija tuvieron que reajustarse a los ingresos que Tomoyo decía tener mientras sus ahorros crecían lenta, pero constantemente, y la operación milagrosa se aproximaba en su cabeza.
Después de dos años en los que creía haberlo visto y vivido todo, ni siquiera ella hubiera podido anticipar lo que sucedió la noche en que, mientras descansaba tomando un poco de agua con algo de jengibre y miel a un lado de la barra, llegó hasta sus oídos la conversación de dos hombres que se habían acercado a pedirle dos tragos más a Ryou.
—No puedes decir que no, Ren. Te digo que esta cosa se vende sola. Es lo que los chicos están pidiendo ahora y…
—Ya te dije que ésta va a ser una de esas modas pasajeras. ¿Por cuánto tiempo crees que puedas moverla? Te doy seis meses, máximo. Luego van a pedirte otra mierda y…
Existe un mar de nombres similares solamente en Japón. Tomoyo no era tan ingenua para respingar ante la mera mención de uno de ellos, sin embargo había dos voces en particular que se le habían grabado para siempre desde que tenía nueve años. Justamente acababa de escuchar una de ellas. Aunque no estuviera vociferando y soltara una carcajada esporádica, no había lugar a dudas de que era la misma.
Y esta vez tenía un rostro.
Tomoyo no recordaba si se le erizó la piel o si se había terminado su bebida. Su cerebro comenzó a trabajar a la velocidad del rayo una vez que entendió que ésta podía ser la primera y la última vez que ese tipo pisara el bar y ella no podía arriesgarse a perderle la pista para siempre.
No fue fácil convencer a Ryou de darle el resto de la noche e incluso aceptó la condición de no recibir su paga por el día aún cuando ya había trabajado media jornada. Sabía que su jefe no haría preguntas al respecto. Nunca lo hacía, ni siquiera cuando la vio quedarse sentada en la barra por la siguiente hora pese a haber obtenido su ansiado permiso. Por el contrario, pareció satisfecho al ver cómo su chica estrella se ingeniaba unos tragos a cuenta del tipo de la chaqueta de cuero, aunque no le gustaría tanto verlo escoltarla hacia la salida sin recibir su porcentaje a cambio.
El corazón de Tomoyo era un campo de batalla mientras caminaba guiada por Ren hasta su auto. Llegó a pensar que él se daría cuenta pero, si acaso lo hizo, no le oyó mencionar nada al respecto.
El motel era uno de los muchos ubicados en el distrito nocturno, no muy lejos del centro. Fue Tomoyo quien sugirió evitar los que estaban cerca del bar argumentando que su jefe se enteraría de que había hecho un trato sin darle su parte correspondiente. Ren, por su parte, no había tenido problemas con eso y parecía tener su propio destino en mente.
Intentó no abrazarse demasiado a su bolso cuando él se quedó platicando con el hombre en la recepción. También trató de mantener la mente en blanco para no temblar en el camino a la habitación. Número 112, subiendo las escaleras por el pasillo a la izquierda. No era tan distinta de las que conocía. Incluso el olor era casi el mismo: desinfectante, aromatizante y algunas bolitas de naftalina en los rincones de los pasillos. Hubiera preferido la privacidad de un cuarto con su propio garaje, pero aparentemente no había disponibles.
—No está mal —declaró Ren tras dejar su chaqueta en una de las dos sillas junto a una mesita.
—Dijiste que habías estado aquí antes —Tomoyo colocó su bolsa sobre la mesa, procurando dejarla a la vista y a la mano.
—Este lugar es de un amigo, el que estaba conmigo en el bar, y seguramente vendrá aquí en un rato también —rio—. Suele dejarme usar las habitaciones que están en remodelación o que no renta por alguna razón, pero dijo que estos días no tenía ninguna así y nos dejó una normal a mitad de precio. Tuvimos suerte, linda —Ren le guiñó un ojo y se acercó a ella, tomándola del cuello para besarla.
Dejó que hurgara en su boca y senos a placer, que la recorriera de pies a cabeza con ambas manos. No obstante, por más que lo intentó, no pudo reprimir la oleada de terror que la sacudió cuando él le susurró algo al oído. Un susurro jadeante que penetró hasta el rincón más profundo de su cabeza, donde guardaba las memorias que prefería reprimir.
—Mírate, todavía tiemblas como una niña. ¿Hace cuánto que haces esto, chiquilla? —Ren sonrió complacido y se desabrochó el pantalón para mostrarle el bulto bajo la ropa interior—. ¿Estás segura de poder con esto?
—Lo suficiente para saber que no eres precisamente del tipo al que le gusta una mujer sumisa —recuperando la compostura y apretando los dientes para controlarse, Tomoyo se quitó la gabardina y sacó de su bolso unas esposas. Deliberadamente omitió las de aluminio forradas de peluche rosado que usaba con otro tipo de clientes y escogió las oficiales que había obtenido a precio de ganga con la chica que solía llegar cada mes con un nuevo surtido de uniformes, macanas, esposas y hasta alguna que otra placa cuyo origen nadie preguntaba.
—Naughty girl, ¿quién lo hubiera pensado? —Ren se dejó guiar a la cama sin intentar ocultar su emoción cuando ella lo lanzó de espaldas y se montó a horcajadas sobre él, tomándose su tiempo para esposarlo al cabezal de metal.
La cama era firme, comprobó Tomoyo al atar a los postes ambos pies con las tiras de cuero que en otras ocasiones formaban parte de su atuendo.
—¿Sabes hacer bondage también, cariño?
—Sí —respondió ella atando el último nudo y regresando hacia la mesa para buscar algo más en su bolsa. Se quitó el ajustado vestido y lo tendió sin prisas sobre el respaldo de la otra silla.
—Hubieras dicho eso antes. Va a ser un poco difícil si me amarras a la cama primero.
—No te preocupes, tengo algo preparado justo para ti —Tomoyo regresó y volvió a montarse sobre su erección, escuchándolo gemir. Le resultó extraño que el sonido le llegara ahogado, como si viniera desde el otro lado de un cristal.
—¿Ah, sí? ¿Qué podrá…? ¡Hey! Sí que tienes algo interesante por ahí… —Ren soltó una risita nerviosa al ver la navaja con la que ella comenzaba a arrancar los botones de su camisa—. Oye, no es nueva, pero pudiste haberme preguntado si…
—Shhhh —Tomoyo lo calló colocando el metal en sus labios. Ren no volvió a objetar y ella continuó su labor hasta el último, cerca de la clavícula, pero siguió subiendo la punta de acero hasta la manzana de Adán. Todo atisbo de placer en el rostro de Ren desapareció.
—¿Qué… qué haces? —trató de no tragar saliva al sentir el frío de la navaja en la garganta. No ayudaba el hecho de que ella no sonriera en su papel de dominatrix. Sus ojos violetas enmarcados en una maraña de maquillaje oscuro no parecían verlo.
—Hace nueve años tú y un hombre de nombre Hachiro entraron a una casa buscando dinero —susurró ella mirando el metal en su mano como si le hablara a éste, no al hombre que transpiraba al otro lado—. Mataron a un padre y dos de sus hijos con una pistola. Cuando se les acabaron las balas, golpearon a la madre hasta dejarla inconsciente y la dieron por muerta. ¿Recuerdas algo de eso, Ren?
—¿De… de qué hablas?
Era curiosa la forma en la que la voz de Ren temblaba. Tomoyo no recordaba haber escuchado a su padre lloriquear cuando una pistola les apuntaba a él y a su familia.
—Quizá no lo recuerdas. ¿Qué haremos para que te acuerdes? —Tomoyo fingió pensarlo un momento—. Veamos: al padre le disparaste una vez en el cuello, pero fallaste —diciendo esto, le abrió una herida superficial al lado del cuello, donde había rosado la primera bala. No escuchó el grito de Ren al otro lado del cristal—. Después le diste en el pecho. Esta vez no fallaste —alzó la mano derecha con la navaja y dio señas de bajarla cuando el siguiente grito de Ren la detuvo:
—¡Sí, sí, sí recuerdo! Pero… pero no fue así. No fui yo quien los mató, ¡en serio! ¡Fue Hachiro! ¡Él llevaba la pistola!
Tomoyo se encogió de hombros. Aunque no los hubiera visto, no tenía duda alguna de quién había llevado la pistola esa noche. Regresó la navaja a los labios de Ren y fingió demencia.
—¿En verdad? ¿Y dónde podrá encontrarse ese Hachiro? —lo vio paralizado por el miedo, con una palabra atrapada en la boca—. ¿No lo sabes?
Ren meneó la cabeza.
—Hace años que no lo veo.
—Es una lástima…
—¡Espera! —Ren reaccionó rápido cuando ella volvió a tomar impulso—, creo que sé quién podría darte más información sobre él.
—Habla.
—Pero… no me mates en cuanto te lo diga.
—Él los mató, ¿cierto? —esperó a que él asintiera. Se preguntó cómo había logrado sobrevivir en el bajo mundo con una personalidad tan patética. Conocía a varios miembros de los Yakuza y otras mafias y no solían parecerle del tipo que se doblegaba frente a un cuchillo, aunque normalmente no los amenazaba con uno—. Entonces podría perdonarte la vida si me ayudas a encontrarlo.
—De acuerdo. Su nombre es Nagano Hachiro. Se mudó a Tokio hace dos o tres años, pero tengo un contacto allá que lo conoce; atiende la barra del Lipstick y puede decirte dónde encontrarlo.
—El Lipstick —repitió ella para sí. Tenía que grabarse bien ese nombre. Además, finalmente tenía un apellido para Hachiro.
—Así es. Si quieres, yo mismo puedo ir a buscarlo y traerlo —se ofreció con una sonrisa trémula. Tomoyo meneó la cabeza y las puntas onduladas de su cabello bailaron sobre el torso desnudo de Ren.
—No creo que puedas.
—No le diré quién eres, ¡lo prometo!
—Ni siquiera sabes quién soy, ¿cierto?
—¡Cierto! Así que…
—Él era mi padre, el del balazo en el pecho —Tomoyo volvió a apuntarle al pecho y luego subió a la cabeza—, la del balazo en la cabeza era mi hermana, Hana, y el del tiro en la espalda era mi hermano, Keita. La mujer era mi madre.
—Lo… lo… lo siento. De verdad.
Ahí estaba la pared de cristal otra vez. El sonido era cada vez más lejano.
—No lo suficiente. Tu amigo Hachiro la dejó viva, pero no ha podido mover las piernas desde entonces —sin darse cuenta, había comenzado a llorar. Se había dicho que no lo dejaría verla llorar—. Quizá no vuelva a hacerlo.
—¡Pero te digo que fue Hachiro…!
—Yo estaba ahí esa noche —susurró finalmente. Por la expresión en el rostro de Ren, éste finalmente entendió que no había tenido escapatoria desde un inicio.
—¡Auxi…!
Lo siguiente que Ren mordió fue una almohada, misma que ahogó el grito de las primeras dos estocadas y los gemidos de las siguientes. Tomoyo conocía bien el color de la sangre, sin embargo, nunca le había parecido tan brillante como esa noche al esparcir su contraste entre las sábanas.
Cuando dejó de contorsionarse, se atrevió a pensar por un segundo que finalmente había terminado. Entonces se recordó que aún faltaba el otro y, si acaso, esto era tan sólo el principio.
Metió sus cosas en el bolso y volvió a ponerse el vestido y la gabardina. Viendo el cuerpo sobre la cama entendió que no podía salir sola por donde había entrado sin llamar la atención, así que se dirigió a la ventana y miró al callejón trasero del hotel, oscuro bajo una caída de unos tres metros. Comprobó que cabría sin problemas si lograba abrirla. El problema fue precisamente éste, pues estaba atorada con una especie de cuña que tuvo que quebrar a base de tirones hasta que consiguió su objetivo. Echando un último vistazo al inerte Ren en la habitación, Tomoyo se lanzó al callejón sin darse oportunidad de pensarlo dos veces y aterrizó con una punzada en el tobillo que le congeló la pierna en su lugar. Consiguió morderse los labios y ahogar un grito de dolor, pero no sintió el caminar que se aproximaba hasta que escuchó la voz a su lado:
—Si no estás acostumbrada a hacerlo, te recomendaría quitarte los tacones la próxima vez que saltes desde una ventana.
Permaneció estática, olvidando el dolor por un momento mientras alzaba la mirada hasta encontrarse con una mujer de cabello como el fuego y una sonrisa divertida detrás de unos ojos de color extraño, casi rojo. Había sido descubierta.
"Mierda."
De manera tan instintiva como infructuosa, intentó ponerse de pie y alejarse. La mujer sonrió aún más:
—Descuida, no pienso delatarte.
¿Se refería al hecho de que acababa de escapar por una ventana o acaso sabía algo más? Tomoyo recordó los gritos de Ren que había ignorado. Si esa mujer llevaba ahí el tiempo suficiente, sabría que acababa de cometer un crimen.
Antes de que pudiera decir nada, otros pasos se acercaron por la calle adyacente y la mujer le indicó guardar silencio con un dedo y le señaló a unas bolsas y contenedores de basura. Tomoyo entendió el mensaje y gateó hacia ellos para esconderse. Entonces la vio salir al encuentro de otro tipo que en ese instante se asomaba al callejón. No alcanzó a escuchar la breve conversación entre estos dos, pero aprovechó el momento para quitarse el zapato, sacar una mascada de su bolso e intentar improvisar una especie de torniquete para inmovilizar el tobillo. De repente se vio iluminada desde arriba y volvió a congelarse como un gato, tratando de idear sus posibilidades de escape.
—No parece hinchado, así que no creo que sea una fractura, aunque puede ser un esguince si te duele mucho —era la mujer con una lámpara sorda en la mano—. ¡Ojos violetas! Hermosos —sonrió y pareció esperar. Al ver que no respondía, suspiró y señaló a la ventana—. ¿Sabes? Tengo un asunto pendiente con tu ex cliente, pero hay algo que no puedo evitar preguntarme desde que escuché algunos gritos y te vi brincar por la ventana como un gato. Dime, Neko-chan, ¿crees que el hombre que entró contigo a esa habitación esté en condiciones para hablar conmigo?
La habían visto entrar con él y tratar de escapar. Estaba condenada. Inconscientemente, Tomoyo comenzó a arrastrarse, retrocediendo entre la basura. La mujer se encogió de hombros.
—En realidad, no es que me interese mucho encontrarlo vivo o muerto, sólo quiero saber si debo esperar que él intente hacer lo mismo que tú en el momento en que abra la puerta o si me puedo tomar mi tiempo.
¿Quería decir que no era la única con intenciones de matarlo esa noche en el motel? ¿Había interpretado bien lo que la mujer había insinuado?
—No…, n-no irá a ningún lado —respondió finalmente, temblando.
—Debí haber escogido al otro entonces —la mujer chasqueó la lengua y apagó su lámpara—, aunque de todas formas fue divertido encontrarte. Ten cuidado con ese pie de regreso a casa. Buenas noches, Neko-chan.
Y así como había aparecido, se esfumó de su vista. Lo único que a Tomoyo le quedó de ella fue su cabello largo, rojo y brillante, sus ojos extraños, su voz risueña y la sonrisa de Cheshire brillando como una luna creciente en la noche. Tomoyo permaneció unos minutos más entre la basura, acostumbrándose al olor y la sensación viscosa bajo sus palmas mezclándose con la sangre, dándole la bienvenida a un nuevo mundo sin posibilidad de retorno.
La canción del capítulo es Hurt, de Johny Cash
Notas de la autora: hablaba en serio cuando dije que tenía material para actualizar pronto. Espero que este capítulo sirva para dar una buena perspectiva de lo que es realmente el pasado de Tomoyo y el porqué de varias cosas. En cuanto al dibujo del capítulo, podrán encontrarlo a partir de mañana en mi cuenta de Deviantart (IsisTemptation) y Facebook (Isis Temp).
Como siempre, agradezco mucho sus mensajes y espero recibir sus comentarios y teorías en esta ocasión, asumiendo que tendrán más de una.
Saludos y nos leemos próximamente.
