¡Hola de nuevo!

Aquí vengo con el siguiente capítulo; pero, antes que nada, tanto la autora como yo queremos agradecer, de todo corazón, todos los favoritos, follows y reviews que hemos recibido. ¡Mil gracias, de verdad!

Sin más dilación, os dejo leer…


Nota de la Autora: Para aclarar algunos malentendidos del último capítulo, creo que no hice suficiente hincapié en que Hermione no se hablaba con los Weasley. Si recordáis, en el primer capítulo, cuando Draco le preguntó por qué no había dejado a Rose con los Weasley, recordó que Molly y Ginny culparon a Hermione por la muerte de Ron. Habrá más detalles sobre esto en próximos capítulos; pero sí, esa es, en general, la esencia de por qué Hermione reaccionó de esa manera cuando se mencionó a Ginny durante una conversación. ¡Espero haber aclarado algo de confusión!


Disclaimer: todo lo que reconozcáis pertenece a la grandísima JK Rowling, y la trama a WickedlyAwesomeMe. Yo sólo me encargo de traducir.


Capítulo 10: La visita al hospital


—Draco.

Draco suspiró y alzó la vista. Granger estaba de pie en el umbral de la puerta, con una pequeña sonrisa en el rostro. "De tal palo, tal astilla", pensó. Si Rose no estaba molestándole, Hermione Granger le sustituía.

—¿Qué pasa ahora? —gruñó, mirando los informes que tenía que escribir, revisar y enviar. El papeleo era interminable. Odiaba el negocio de los Malfoy con todo su ser—. He dicho que no me molestaseis hoy.

Tres empresas a las que estaba afiliado estaban cerca de la bancarrota, y si Draco no trabajaba duro para conseguir un plan de contingencia, una octava parte de la riqueza de los Malfoy se vería afectada. Era un hombre orgulloso, y no quería ser conocido como "el Malfoy que perdió una octava parte de la riqueza familiar". Aunque servir a Voldemort había costado mucho dinero, Lucius Malfoy había sido un hombre de negocios muy inteligente. Draco no podía entender cómo su padre fue capaz de llenar sus cámaras de Gringotts a pesar del reino de terror del Lord Tenebroso. Las empresas muggle contribuían al aumento de su riqueza. Draco sospechaba que algo de corrupción había tenido lugar, pero dudaba que él pudiese siquiera digerir lo que su padre había hecho.

—Sí, te he escuchado —dijo la castaña—. Pero, aún así, no creo que sea bueno saltarse el desayuno. Después de todo, es la comida más importante del día.

Antes de que pudiese protestar, Hermione llamó a Tippy. Su elfo doméstico apareció al instante con un pop, cargando una pequeña bandeja. Draco se negó a mostrar que, en realidad, tenía bastante hambre mientras Tippy ponía un plato de tortitas con sirope de arce y una taza de café sobre la mesa.

—¿Así que ahora vas ordenándole cosas a mi elfo doméstico? —gruñó, alzando una rubia ceja. Tippy desapareció rápidamente y Hermione se sintió en conflicto.

—¡No le ordeno nada! —protestó—. Le he pedido que te trajese el desayuno.

Él movió la mano, restándole importancia.

—Tecnicismos —dijo, cogiendo el tenedor y llevándose un poco del delicioso desayuno a la boca.

—Confía en Draco Malfoy para contestar con sarcasmo a mi bondad —respondió con una dura mirada.

Draco sonrió ladeadamente y alzó la cabeza para volver a mirarla.

—¡Vaya! ¿He herido tu pequeño corazón de Gryffindor? —se burló, asombrado de su reacción.

—Ya no estamos en Hogwarts —bufó Hermione, cruzando sus brazos sobre su pecho—. No podemos seguir etiquetándonos en función a nuestras Casas.

—Pero yo siempre seré un Slytherin —Draco puso una mano sobre su corazón burlonamente—. Y tú siempre serás una verdadera y maldita Gryffindor, Granger.

Hermione rodó los ojos teatralmente.

—Imbécil. Ni siquiera sé por qué te aguanto.

Su sonrisa ladeada creció hasta convertirse en una completa. Su pequeña pelea le recordaba al tiempo que pasaron juntos como compañeros en sus misiones. Al principio, había una energía muy hostil entre ellos, tal y como era de esperar de un sangrepura y Slytherin por excelencia y de una sabelotodo y mandona Gryffindor. Pero, de alguna forma, cuando comenzaron a confiar en el otro para salvar sus vidas, la hostilidad se convirtió en tolerancia; que, a su vez, se transformó en una extraña relación de conocidos. Después de todo, si Hermione no confiase en él, no le dejaría haber cuidado de Rose.

—Si has acabado de ser una molestia, puedes irte —dijo, moviendo la mano para echarla.

—Espera, en realidad quería darte algo —Hermione buscó entre sus bolsillos y sacó un envoltorio—. Ha llegado una carta para ti, pero como no has venido a desayunar…

Draco miró la carta y palideció al ver el familiar seño de San Mungo en ella. Al instante, cogió la carta de sus manos y la abrió bruscamente.

Leyó la carta en silencio, y su corazón bajó hasta su estómago cuando la terminó.

—¿Draco? —preguntó realmente preocupada—. ¿Ha pasado algo?

Él tragó saliva para deshacer el nudo de su garganta y la miró. Debía verse realmente mal, porque su preocupación se incrementó.

—Han… Eh… —aclaró su garganta, queriendo que su temblor disminuyese—. Han llevado a mi madre a San Mungo.

Ella jadeó.

—¿Está bien? —preguntó con suavidad.

Draco dejó escapar una suave y vacía risita y se levantó. Que le diesen a los informes y a la potencial pérdida que podría sufrir la fortuna de los Malfoy. Si su madre moría, a Draco no le serviría para nada el dinero.

—Me voy a San Mungo —dijo, cogiendo su túnica y poniéndosela—. Puede que no venga a cenar. Por favor, díselo a Tippy.

—Deja que te acompañe —se ofreció, avanzando un paso. Cuando le miró, ella apartó sus ojos—. No… No creo que debas estar solo hoy, Draco.

Su boca se secó al escuchar sus palabras, pero aún así, negó con la cabeza.

—No, sigues estando demasiado débil por la maldición —protestó—. Además, ¿quién cuidará de Rose?

—Estoy bien, de verdad —dijo—. He estado descansando los últimos días y, bueno, ¿podríamos llevar a Rose? Creo que me las apañaré para cuidarla mientras estamos ahí.

Draco apartó la mirada, tensando la mandíbula.

—No quiero ser una molestia, Granger —dijo bruscamente. Sin embargo, sus ojos se agrandaron cuando Hermione le cogió la mano y le obligó a mirarla.

—Lo digo de verdad, Draco —dijo firmemente—. No deberías estar solo hoy.

Él respiró hondo, con un montón de emociones balanceándose en el corazón, antes de, al fin, asentir con la cabeza.

—De acuerdo —susurró.

Hermione le dedicó una mirada reconfortante.

—De acuerdo —repitió ella.


Llegaron a San Mungo, y Draco estaba aturdido. Hermione le miraba preocupada continuamente, cosa de la que él no se percató. Rose, sintiendo la angustia del rubio, había cogido su mano mientras caminaban por los blancos pasillos del hospital y no había dicho una sola palabra.

Hermione preguntó rápidamente a la recepcionista dónde estaba la Señora Malfoy. La bruja la miró con sorpresa; después de todo, ¿cómo no iba a reconocer a Hermione Granger, la más célebre Heroína de Guerra? Era bastante sospechoso verla ahí, con su hija y el mudo Malfoy, pero Hermione no tenía tiempo para cotilleos.

—La habitación, por favor —dijo, sus ojos entrecerrándose ante el escrutinio de la recepcionista.

—Cuarta planta, Habitación 406, señorita —contestó la bruja, mirando con timidez a la castaña.

Hermione se volvió hacia Draco y Rose.

—Vamos —dijo—. Habitación 406.

Draco comenzó a caminar, sin emoción alguna, mientras la pequeña niña le miraba preocupada. Hermione suspiró y les siguió hacia el ascensor.

Durante todo el pequeño viaje, Hermione no pudo evitar sentir empatía por Draco. Si él solamente amaba a una persona en todo el mundo, ella sabía, sin duda alguna, que era Narcissa.

Desertar nunca había sido fácil para él. Después de todo, había sido el causante de la infiltración en Hogwarts y por poco mató a Dumbledore. La mayoría de los miembros de la Orden dudaban del cambio en su corazón. Joder, incluso la misma Hermione no se creyó su promesa de ayudar a ganar al Lado de la Luz. Él, junto a Theodore Nott, habían estado aislados durante una semana en Grimmauld Place, con infinidad de hechizos y pociones dirigidos a ellos para poder revelar sus verdaderas intenciones.

Pero entonces, una semana pasó, y sus intenciones seguían siendo puras. McGonagall y Shackelbot, líderes de la Orden del Fénix tras la muerte de Dumbledore, finalmente les asignaron su primera misión, a pesar de las protestas de los demás.

Hermione recordaba haberle acorralado un día, después de haber sido finalmente liberados de su aislamiento. Recordaba su cansancio, pero también su determinación. Recordaba su cabezonería al negarse a escuchar las burlas de los demás. Pero, sobre todo, recordaba el parpadeo del arrepentimiento en sus ojos, y cómo no pudo evitar exigirle saber cuáles eran sus verdaderas intenciones.

¿Qué quieres, Malfoy? le preguntó duramente, sus ojos brillando en el oscuro pasillo de Grimmauld Place. No me creo la mierda que ha dicho McGonagall sobre que ahora eres bueno.

No tengo ninguna necesidad de demostrarte mis intenciones, Granger contraatacó, haciendo un movimiento para acercarse a la habitación que compartía con Nott.

Pero Hermione no había acabado. Cogió su brazo y le obligó a volver a mirarla.

¿Cuál es el verdadero motivo por el que has desertado?

Él la miró sin hablar durante varios minutos, sus ojos de acero mostrando el conflicto de un aluvión de emociones que Hermione no pudo identificar. Y entonces, su mandíbula se tensó, sus ojos mostraron resolución y apartó su mano, respondiendo:

Quiero proteger a la persona que quiero.

Fue durante su asociación por obligación en las misiones cuando Hermione se dio cuenta de que Narcissa Malfoy era la persona que él quería proteger. Tras la muerte de Lucius, descubrió que su mujer había caído enferma, con el corazón demasiado débil y padeciendo. No había magia alguna en el mundo capaz de curar un corazón roto, y Hermione sospechaba que el suyo estaba demasiado roto como para poder ser reparado.

Volvió al presente cuando llegaron a la habitación, y fue Hermione quien abrió la puerta. Notó un nudo formándose en su garganta al ver a la frágil mujer tumbada en la cama del hospital, envuelta en una luz azul y blanca. Hermione había aprendido un poco de medimagia durante la Guerra, sabiendo que un poco de conocimiento sobre el tema podría ayudarla a ella y a sus amigos en sus misiones. Sabía que la luz azul mostraba las constantes vitales de Narcissa y que la luz blanca, con runas, estaba ahí para estabilizar a la mujer. Mirando brevemente las constantes vitales de la madre del rubio, observó que no estaba demasiado bien.

Draco enseguida caminó hacia delante y cogió la delgada mano de Narcissa. Hermione sintió que sus ojos quemaban, pero sabía que necesitaba un tiempo a solas con su madre.

—Rosie —llamó, mirando a su hija. La niña tenía un puchero en la cara, y sus ojos estaban cargados de preocupación—. Vayamos al quinto piso. He escuchado que tienen un chocolate caliente delicioso.

Su hija parecía estar en conflicto, sus ojos aún fijos en Draco.

—Pero mamá —susurró—. Draco está triste. Él también necesita un poco de chocolate caliente para alegrarse.

Hermione sonrió a su hija con calidez y la cargó en sus brazos.

—Está bien, le traeremos un vaso —prometió—. Pero antes necesita pasar un poco de tiempo a solas con su madre, ¿vale? Volveremos pronto.

Rose miró a Draco tristemente antes de asentir lentamente.

Dedicó una mirada llena de tristeza a la madre y al hijo, antes de cerrar la puerta.


—Está empeorando, ¿no?

Draco no necesitó mirar al Sanador Matthews para saber la respuesta a su pregunta. La última vez que hablaron sobre la salud de su madre, Narcissa estaba bien, estable, pero no estaba mejorando. Pero entonces, le llegó la noticia de que había sido apresuradamente llevada al hospital tras haber colapsado en sus jardines, y esto no presagiaba nada bueno.

Ella estaba empeorando.

—Le he hecho unas pruebas adicionales para asegurarme —dijo el sanador, haciendo que Draco le mirase. El Sanador Matthews se mostraba sombrío, y Draco se arrepintió de mirarle—. Su mente… Lamento no haber sido capaz de encontrar una cura todavía —se le veía sinceramente frustrado y decepcionado consigo mismo. Draco no tuvo el corazón de gritarle con enfado, sobre todo cuando había estado viendo lo mucho que se esforzaba el Sanador Matthews—. Debemos… Debemos hablar sobre diferentes alternativas, Señor Malfoy.

Draco casi se maravilló a sí mismo por ser capaz de controlar su enfado; pero no podía aceptarlo. Sacudiendo su cabeza rápidamente, con sus ojos vibrando, llenos de furia, lanzó una oscura mirada al sanador. Que le diesen a sus esfuerzos. El viejo mago simplemente le miró con frialdad. Había manejado a pacientes peores (y menos queridos) en el pasado.

—Si esto significa que debo agotar toda la fortuna de los Malfoy para curar a mi madre, entonces lo haré con mucho gusto —ladró, apretando sus manos en puños.

—Señor Malfoy…

No —gruñó—. Me niego a pensar en cualquier otra alternativa que no sea curar a mi madre, ¿me entiende?

El Sanador Matthews respiró hondo y miró tristemente a Draco.

—Hemos sido entrenados para no dar falsas esperanzas, Draco —dijo, con líneas de preocupación apareciendo en su frente. El rubio apartó la mirada, incapaz de seguir escuchándole—. La Señora Malfoy está agotada. El daño tanto mental como emocional por el que pasó durante la Guerra le afectó enormemente. La muerte de Lucius pudo haber sido la gota que colmó el vaso.

—¡Cállese! —exclamó, levantándose rápidamente de la silla en la que estaba sentado—. ¡Cállese de una maldita vez! Si no tiene nada más que decir, sugiero que se vaya de una jodida vez.

El sanador parecía estar enormemente ofendido por haber sido insultado, pero a Draco le daba igual. Se negaba a creer lo que fuera que dijese. Se negaba a pensar que su madre estaba completamente alejada de la salvación y que ya ni siquiera pudiese reconocerle. Había pasado demasiadas noches tratando de investigar cómo traer a su madre de vuelta. Había gastado una fortuna para darle las más novedosas pociones, probar los últimos hechizos y solicitar pruebas adicionales que puedan ayudar para encontrar una cura.

No podía darse por vencido. Ya había abandonado demasiadas cosas.

—Draco…

—¡LE HE DICHO QUE SE VAYA! —rugió.

Al mismo tiempo, la puerta se abrió de golpe, dejando entrar a una espantada Hermione.

—¡Draco! —le reprendió, y él se deshinchó con rapidez. Apartó la mirada de sus feroces ojos y tuvo que tragar para deshacer el nudo que se había formado en su garganta desde que había escuchado la mala noticia a primera hora de la mañana—. Fuera. ¡Ahora!

Su mandíbula se tensó, molesto de que la castaña le ordenase. Pero había olvidado que se trataba de Hermione Granger. La bruja podía llegar a ser enormemente mandona si se empeñaba en ello; y, por el tono de su voz, sabía que recurriría a otros medios si eso significaba que él la seguiría.

Draco gruñó, negándose a mirar al Sanador Matthews ni a Rose, y después, obstinadamente, caminó hacia el pasillo con Hermione.

—Mira, entiendo lo que debes estar sintiendo ahora mismo, ¡pero eso no te da derecho a hablarle tan mal a la gente! —le regañó, con las mejillas rojas por la frustración y su pelo más alborotado, debido a su gran molestia. Draco aún se negaba a mirarla—. El Sanador Matthews ha estado haciéndolo lo mejor que puede, y tú, de entre todo el mundo, deberías saberlo.

Él apretó los puños y se dejó caer en uno de los bancos. Claro que lo sabía. Sabía malditamente bien que ella tenía razón. La culpabilidad empezó a llenarle, avergonzado por haber explotado ante el Sanador Matthews, que lo único que había hecho era ayudarle a él y a su madre. La furia le había abandonado por completo, y había sido reemplazada por una mezcla de culpabilidad y desesperación, y estaba… estaba demasiado cansado.

Draco sintió a Hermione sentarse despacio a su lado.

—Draco —le llamó. Su voz ya no sonaba a enfado, y pudo sentir de nuevo el nudo en su garganta.

Mentalmente, se pateó el culo a sí mismo por haber perdido la compostura en público. Siempre había hecho gala de mantener sus emociones bien camufladas por su máscara de indiferencia, pero, últimamente, sentía que estaba perdiendo su talento. Avergonzado de la forma en la que sus ojos quemaban, escondió su cara tras sus manos y suspiró.

—Draco, mírame —susurró mientras sus pequeñas manos cogían las grandes manos de él.

Sus palabras le calmaban, su tacto le reconfortaba, y Draco se encontró a sí mismo haciendo caso a su solicitud sin protesta alguna.

Los ojos de Hermione estaban cargados de preocupación y calidez, y todo lo que él sabía que era cien por cien ella. Sus manos descansaban sobre su regazo, pero las pequeñas manos de ella no le habían dejado escapar aún.

—Sé que no está bien dar falsas esperanzas —empezó—. Pero… tu madre es fuerte. La he visto luchar en la Guerra y… te ama ferozmente.

Él la miró lentamente, con los ojos aún brillando por las lágrimas que se negaba a dejar escapar.

—Ella sabe que tú aún estás aquí, a su lado —afirmó—. Así que creo que podemos decir que no debes rendirte aún, ¿vale? —la sonrisa que le dedicó calentó su corazón, y él trató con todas sus fuerzas de no mostrar sus lágrimas—. La esperanza no se ha perdido aún.

Draco respiró hondo, y apretó su mano débilmente.

—¿Sabes? Está permitido llorar —dijo, tentándole suavemente. Él la miró brevemente y ella soltó una risita—. No se acabaría el mundo si llorases delante de mí, Draco.

Oh, ella ya le había visto llorar. Una vez. Y Draco se negaba a repetir ese error.

—Ya te gustaría a ti, Granger —escupió débilmente, pero eso sólo consiguió que sonriese más.

—Ahora, ve y discúlpate con el Sanador Matthews por ser un auténtico gilipollas —le ordenó.

—No soy un niño sobre el que puedas ir mandando, Granger.

—A veces te comportas como uno, así que me haces dudar.

Draco la fulminó con la mirada antes de levantarse. La castaña hizo lo mismo, riendo por lo bajo mientras le seguía, y Draco, en secreto, se permitió sonreír un poquito. Se sentía mucho más reconfortado, pero ella no necesitaba saberlo. Él sospechaba que ella ya lo sabía, y no quería darla a la maldita bruja otra razón para inflar su ego.

Antes de abrir la puerta, Draco respiró hondo. Pedir perdón nunca había sido su punto fuerte, pero era cierto que había sido un gilipollas, y el Sanador Matthews simplemente estaba tratando de ayudar. Frunciendo el ceño, y empujando la puerta, Draco se preguntó cuándo se había convertido en un jodido Hufflepuff.

Sólo había dado un paso cuando se quedó clavado en el suelo. Hermione se chocó contra él, murmurando un débil "¡Au!" antes de decir:

—¿Por qué te has parado…?

Sus palabras murieron en su boca cuando escuchó la suave voz de Rose.

Somewhere over the rainbow way up high.

Lo que tenía ante sus ojos le sorprendió. El Sanador Matthews se había ido, tal vez a atender a otros pacientes con familiares más educados. Su madre, para su mayor desconcierto, estaba sentada en una silla al lado de la ventana, mirando a algún lugar en la distancia. Lo que más le sorprendió, sin embargo, fue la pequeña niña que cantaba sobre su regazo.

There's a land that I heard of once in a lullaby.

Narcissa tenia una pequeña sonrisa en el rostro, pasando distraídamente una mano por los rizos rojos de Rose.

Somewhere over the rainbow skies are blue.

Sintió algo tirar de su corazón, y Draco respiró hondo, con su respiración temblorosa de nuevo.

And the dreams that you dare to dream really do come true.

—Es la canción favorita de Rose —susurró Hermione, caminando a su lado—. Solía cantársela antes de que se durmiese cuando las cosas no eran…

Dejó que sus palabras muriesen en su boca, mientras una pequeña y triste sonrisa adornaba su rostro. Al mismo tiempo, Rose levantó la mirada al escuchar la voz de su madre y saltó del regazo de Narcissa.

—¡Mamá, mamá! ¡Mira! ¡Cissa está despierta! —exclamó, corriendo con excitación hacia Hermione. Rose procedió a tirar de la manga de su madre—. Mamá, ¿puedes darme una rosa? ¿Por favor, por favor?

—¿Para qué, cariño? —preguntó, agachándose para quedar al nivel de Rose.

Su hija señaló a Narcissa.

—Es para Cissa —dijo—. Me ha dicho que las flores que más le gustan son las rosas —sonrió ampliamente, con las mejillas coloradas por el deleite—. Ha dicho que mi nombre es bonito.

—Por supuesto que lo es —dijo Hermione, sacando su varita del bolsillo. Entonces, si mediar palabra, hechizó de la nada una rosa roja y se la dio a su hija.

Rose chilló entusiasmada dándole las gracias, y corrió de vuelta hacia la enferma bruja. Entonces, trepó de nuevo hasta su regazo.

Draco había estado callado todo el rato, sin saber qué decir. Había olvidado que Narcissa reaccionó de la misma manera cuando llevó a Rose a la Mansión. Ver a su madre sonriendo hacía que su corazón doliese, y no podía evitar mirar a la niña con asombro.

—Cissa, no deberías seguir estando triste —dijo Rose, dándole la flor a Narcissa—. Hace que Draco esté triste. Y no me gusta verle triste. Me pongo triste yo también.

Hizo un puchero para demostrarlo, y Narcissa dejó escapar una suave risa que sonó como campanillas.

—¿Conoces a mi hijo? —preguntó, poniendo un rizo tras la oreja de Rose.

—¡Sí! —contestó Rose con felicidad—. Yo y mamá estamos viviendo con él. ¡Y tiene un tele! Puedo ver todos los dibujos animados que quiera, aunque Draco los llama dibujos alimados —se rio y jugó con el pelo de Narcissa—. ¡Y también le gustan los Tornados! Pero a Theo no le gustan —puso una cara rara, y empezó a contarle todas las aventuras que había vivido con Draco y Theo, y con su madre y Luna.

Draco había estado mirando el intercambio, con una tensión que no podía explicar en el pecho, y no se dio cuenta de que había empezado a llorar hasta que Hermione le tocó la mejilla.

Joder. Lo había estado llevando bien desde que llegaron a San Mungo.

Pero entonces, al mirar a su madre y a Rose interactuando, se dio cuenta de que sus emociones le habían superado.

Impulsivamente, Draco cogió la mano de Hermione, sorprendiéndola, y después la miró a los ojos.

—Tu hija… —farfulló, incapaz de contener sus lágrimas—. Ella… —miró de nuevo a Rose y se dio cuenta de que nunca se había sentido tan agradecido.

También había lágrimas en los ojos de Hermione mientras le apretaba la mano.

—Lo sé —contestó, secándose las lágrimas discretamente—. Lo sé.


—¿No puedes dormir? —La mano de Draco paró a medio camino. La galleta que estaba cogiendo cayó ruidosamente al plato. Miró hacia atrás y vio a Hermione sonreír débilmente, envuelta en su bata de dormir. Sostenía un vaso de agua en su mano derecha, y caminó hacia Draco, sentándose a su lado—. Nada de galletas después de acostarte, ¿recuerdas? —preguntó, bromeando, haciendo que Draco rodase los ojos.

—Vaya, me has pillado. ¿Me vas a exigir que vaya a mi habitación? —le preguntó con sarcasmo, pero Hermione simplemente se rio y se permitió comer una galleta. Draco le miró antes de volver a su medio comida galleta—. ¿Por qué sigues despierta? —preguntó.

—Rose me ha dado una patada mientras dormía —dijo, soltando una risita—. Me he despertado y no podía volver a dormirme. ¿Y tú?

El rubio simplemente se encogió de hombros y siguió comiendo su galleta en silencio.

—Deberías dormir. Ha sido un día largo, Draco.

Él suspiró. Era cierto, lo había sido, pero el sueño le había abandonado deliberadamente.

—Lo he intentado —confesó—. Pero ha sido inútil.

—¿Tienes muchas cosas en la cabeza? —preguntó, cogiendo su segunda galleta.

Siempre tenía muchas cosas en la cabeza. Su madre, el negocio de los Malfoy, Rose, ella… Draco se sonrojó levemente y escondió su cara de sus inquisitivos ojos.

Aún le avergonzaba recordar que se había roto delante de ella, otra vez, en la habitación de su madre. Hermione no había dicho nada desde entonces, y Draco se preguntaba si la castaña se lo restregaría por la cara en algún momento del futuro.

—Draco —le llamó.

—¿Sí?

—Eh… Sé que no es el mejor momento para decirlo, pero… —hizo una pausa y esperó. Draco, al fin, se giró para mirarla, pero sus ojos estaban llenos de tristeza y disculpa, y de otra emoción que no pudo identificar—. Tengo intención de volver a casa con Rose dentro de tres días.

Draco sintió que su corazón bajaba hasta su estómago y gruñó. Estaba en lo cierto: no era el mejor momento para decirlo.

—La Señora Figg ya ha vuelto al país y podría cuidar de Rose mientras trabajo —explicó precipitadamente—. Y hablando de ello, Harry ya ha dado luz verde para que vuelva al trabajo dentro de unos días, y estoy realmente desbordada de trabajo, así que debo volver. Has sido muy cortés por dejar que nos quedemos —continuó, sus mejillas sonrosándose débilmente—. Estoy… Estoy muy agradecida por lo que has hecho por Rose y por mí durante las últimas semanas, pero creo que nos hemos quedado demasiado. Después de todo, ya me encuentro bien.

—¿No os podéis quedar? —dejó escapar antes de poder detener a su estúpida boca.

Los ojos de Hermione se abrieron como platos.

—¿Qué? —preguntó, casi sin aliento.

Draco sentía la necesidad de pegarse a sí mismo por haber permitido que eso se escapase de su boca. Se dio cuenta demasiado tarde que, a veces, sus labios tenían su propia mente cuando hablaba con Hermione Granger.

—Nada —dijo, negándose a mirarla a los ojos. Para su sorpresa, Hermione puso una mano sobre la suya.

—No te preocupes, puedes venir cuando quieras —afirmó mientras las comisuras de sus labios se alzaban, convirtiéndose en una sonrisa—. Y, bueno, ya sabes que mi trabajo es muy exigente, y ya que tú trabajas en casa, en tu escritorio, leyendo un papeleo interminable, siempre puedo pedirte que cuides de Rose de vez en cuando.

Él gruñó.

—¿Y quién te ha dicho que yo lo permitiría? —dijo, súper consciente de la calidez de su mano.

Hermione soltó una risita y se levantó de la silla.

—Duerme un poco, Draco —dijo.

Y después comenzó a caminar hacia su habitación. Cuando escuchó su puerta cerrarse, dejó escapar un suspiro. Acto seguido, frunció el ceño, aunque siempre negaría que se debía a que Granger y Rose se irían pronto.


Nota de la Autora: La parte de "Somewhere Over the Rainbow" fue inspirada por una escena de "Blended". Sí, ya sabéis, ¿la protagonizada por Drew Barrymore y Adam Sandler? Sé que se suponía que era una comedia, pero todos los asuntos familiares realmente tocaron mi corazón. ¡Deberíais verla si todavía no habéis tenido la oportunidad! Lo recomiendo altamente.

Además, sé que estoy hacienda a un Draco bastante OOC, pero no puedo evitarlo. Quería que Draco en esta historia estuviera cansado de este mundo de mierda, que realmente necesitase un buen abrazo o dos. O tal vez una familia... ¿eh? ¿eh? Sentíos libres para abrazarle, ¿vale? ¡No me importa!

¡El próximo capítulo será el último día del dúo madre-hija en el apartamento de Draco! ¿La historia está llegando a su fin? No, aún no, todavía tengo al menos más de 10 capítulos planeados para esta historia. Por supuesto, viendo que es su último día, deberían irse con una explosión, ¿no? Sentíos libre de especular sobre lo que harán… ¡jajaja!

¿Qué os ha parecido este capítulo? ¡Rose ha vuelto a hacer milagros con Cissa! Y Draco sigue sin querer que se vayan... ¿creéis que hará algo para evitarlo? ¡Contádnoslo con reviews, que nos hacen muchísima ilusión!

Con cariño,

WickedlyAwesomeMe y Pabel Moonlight.