CAPÍTULO 10
Notas de la autora:
Siento el «retraso» (lo pongo entre comillas porque en realidad octubre no ha acabado, así que en principio, he cumplido lo prometido ^_^º). Pero es cierto que mi idea era actualizar a principios de mes. Si no seguís «Radiante», no sabréis qué es lo que me dejó fuera de escena, pero fue porque se lanzó una convocatoria de consolidación de empleo (es decir, un examen para conseguir una plaza fija y así no seguir de eventual como estoy T_T), entre otras cosas que me surgieron más. Y como el examen era el 30 de septiembre, mi idea era retomar todo después (de ahí el aviso sobre el parón hasta octubre).
Peeeeero, los exámenes siempre han sido las bajadas al infierno para mí, porque suelen reactivar mi creatividad de modo absurdo (y como no «tengo» tiempo para escribir, eso me provoca unas ansias insanas). Total, que pasó el examen y para entonces tenía una historia en la cabeza en modo hardcore, así que me puse con ella a lo bestia XD. Pero a pesar de todo, quería intercalarla con la corrección de «Recuerdos Olvidados», así que me releí la historia desde el principio (oooohhh, me mola mucho más cómo las estoy dejando, qué ilusión *o*). Pero llegué al punto del capítulo 10 donde lo dejé y no tenía ni idea de qué quería poner. Fue imposible; mi cabeza estaba a full con la otra historia. Así que dije: «pues me toca escribir la otra en tiempo récord para liberar la cabeza». Y he escrito mogollón de la otra, por cierto. Así que como he bajado el listón de escritura porque ya he sacado la gran mayoría fuera, he probado con la reedición y ya he podido encontrarme *o*.
No estoy segura de que pueda hacer actualizaciones semanales porque aún tengo la otra muy presente y quiero quitármela para ponerme también con «Radiante» (que es la historia que más quiero acabar, ¡joeeeeeee! »_«). Pero estaré con la reedición ;-D
Comentarios a los reviews:
Estefi: ¡Que ya voooooooooy! XD . ¡Pero si te sabes de memoria la maldita historia! La gente nueva no me mete tanta caña como tú y eso que ellos sí están en la incertidumbre XD
Kaoruca: Bueno, me ha dado la vena creativa y sí, se ha traducido en varios fics, pero no son de RK ^_^º. Así que ésos no los habéis disfrutado ^_^º
Antooh: En esta reedición estoy rebajando un poco el lado oscuro de Kenshin, o mejor dicho, me estoy metiendo más en el revoltijo de emociones que tiene para entenderle mejor. Pero es que de por sí, el personaje de Kenshin no es muy impetuoso. No creo que sea cosa de que el autor no haya querido reflejar esas emociones; yo creo que es más bien porque el personaje es bastante tranquilo y no se deja llevar por dichas emociones. Por cierto, dices que el autor no planeaba juntarlos, pero Kenshin y Kaoru terminan el manga siendo pareja. Su relación se formaliza durante el tercer arco :-S
Camila: Gracias, me alegra que te gusten mis fic *o*. Ya he dejado arriba un mensaje explicando lo sucedido, aunque si dices que sigues «Radiante» ya lo debiste ver. Espero que la nueva versión te esté gustando también ;-D
Rocío-del-Pilar: ¡Gracias! Me alegra saber qué estás disfrutando tanto esta nueva versión *o*. Y sí, ya vuelvo... Menudas ansias que os dan a algunas XD
Adrit126: ¡Nueva lectora! Guay, eso quiere decir que disfrutarás directamente la nueva versión ;-D
Kenka1804: Siento el retraso, pero ya os traigo la actualización. Sobre las correcciones... a veces se me pasan esas cosas. Muchas veces leo lo que mi cabeza quiere leer. Creo que lo corregí, porque ya no lo veo :-S
Gracias a todos por vuestros reviews *o*. Como decía, siento la espera por la actualización, pero espero que os guste el capítulo ;-D
CAPÍTULO 10
—Imagino que, si sigues recordando cosas, recobrarás también actitudes que tenías antes, pero de verdad espero que mantengas ésta.
Kenshin miró a Kaoru sin comprender. Habían transcurrido dos semanas, pero a lo largo de todos aquellos días se había acostumbrado ya al hecho de que Kaoru no perdiera oportunidad para dejarle desconcertado.
—¿Pasear? —preguntó confuso al no saber a qué se refería.
Acababan de salir del mercado y llevaban un rato sin decir nada mientras regresaban a casa con tranquilidad. De ahí que el comentario de Kaoru le descolocara tanto. Sin embargo, ella levantó los brazos en los que llevaba varias piezas de tela dobladas como si eso contestase su duda.
—Ya era hora de que pensaras más en ti —replicó ella ante su desconcierto.
Kenshin la miró sin saber qué decir. Era evidente que Kaoru hacía referencia a algo que desconocía, y se lo hizo saber con una mirada significativa.
—¿Sabes lo que me costó conseguir que aceptaras que te comprara tela para una yukata* nueva? —prosiguió.
Kenshin analizó la que llevaba puesta, la cual estaba muy desgastada y con una cantidad considerable de remiendos.
—¿Mucho? —dedujo él con sorna.
Kaoru había comprado, con total despreocupación, tres telas para hacerle varias yukatas y, viendo la predisposición con que lo sugirió, no necesitaba más para saber que, si llevaba la que tenía encima, era porque él lo había decidido así.
—Tienes la mala costumbre de no dejar que cuidemos de ti —le recriminó ella con un chasquido, y negó con la cabeza—. «No necesito que me compres eso, Kaoru», «no hace falta que te molestes por mí, Kaoru» —le imitó con un tono de voz ronco para emular el de él.
Y por lo que Kenshin estaba descubriendo de ella en las semanas que llevaba en esa casa, a Kaoru le encantaba cuidar de la gente, de modo que su actitud la tenía frustrada.
—Ya veo…
—No, te garantizo que no lo ves —le reprochó ella al instante—. Si no fuese porque lo necesitas para vivir, seguro que ya habría oído un «no hace falta que añadas un plato para mí, Kaoru» —volvió ella con su imitación. Kenshin esperó que aquello sólo fuese su forma de exagerar el hecho de que no quería ser una carga para ella—. Estás demasiado acostumbrado a no valorarte.
—¿Que no me valoro? —repuso Kenshin con los ojos abiertos por el asombro.
—No, no lo haces, y eso que después de todo lo que has pasado sabes que tendrías que hacerlo. Pero no se te termina de quitar la manía —criticó ella como si hablaran de un capricho en vez de un sentimiento muy arraigado en él.
—¿Después de todo lo que he pasado? —Sabía que lo único que hacía era repetir lo que ella decía, pero no encontraba la lógica de su razonamiento.
—Cuando fuiste a casa de tu maestro para completar tu aprendizaje, tuviste que asumir cuál es el valor de tu propia vida. Pero te estancaste ahí. Lo peor de todo es que debo al menos dar gracias porque ahora no tienes tanta tendencia a querer sacrificar tu vida por algo que sólo tú crees que lo merece. Pero no cuidas de tus necesidades, Kenshin.
El hombre no pudo evitar mirar de arriba abajo a Kaoru cuando pensó en otras necesidades. La chica estaba muy equivocada: al parecer se las cuidaba muy bien. Sin embargo, aquel gesto involuntario no le pasó desapercibido a Kaoru, la cual se tensó según lo hizo.
—¿Por qué… me has mirado así? —preguntó entrecortada al ver cómo la había repasado con aquellos ojos dorados. Jamás la habían escrutado de aquella manera, igual que si evaluaran la calidad de un objeto. Kenshin nunca lo había hecho y, por supuesto, no entendía a qué había venido ahora.
—Así ¿cómo? —contratacó con una sonrisa pícara.
Kaoru sólo pestañeó desconcertada tras fruncir el ceño. A pesar de verla debatirse entre decir algo o no, Kenshin sabía que no diría nada. Y sobre todo, porque de por sí ella no debía tener ni idea del significado que había bajo su escrutinio.
La pobre chica era una ingenua.
—Como te iba diciendo… —continuó incómoda en un intento de recuperar la conversación tras unos segundos sin saber qué decir—, el caso es que tienes que mimarte un poco más, como lo has hecho hoy.
—Yo no llamaría «mimarme» a comprarme ropa —alegó con una sonrisa divertida.
—Pues yo sí —replicó ella. Era evidente que ambos tenían un concepto muy diferente de lo que implicaba «mimar»—. Y aunque no andemos muy holgados de dinero, eso nos lo podemos permitir. Así que, si tienes la ropa hecha jirones, entonces se coge otra. ¿Lo harás de ahora en adelante, aunque recuperes la memoria?
Kaoru le miraba con una expresión tan esperanzada que tuvo que contener el impulso de abrazarla. No sólo no era tonto; resultaba que era muy listo su «otro yo». Una chica guapa, joven, alegre, generosa y especialmente atenta de cuidarle. Las palabras de Sanosuke sobre estar «pendiente de otras cosas» volvieron a su mente para cobrar un nuevo sentido.
Se echó a reír con bastante regocijo al llegar a esa conclusión, lo que hizo que Kaoru no supiera cómo reaccionar.
—¿Kenshin?
—Está bien, Kaoru. Lo tendré en cuenta.
Siguieron su camino hacia casa sumergido en sus pensamientos. Aunque para Kenshin era extraño considerar otra mujer que no fuese Tomoe, si lo analizaba de forma objetiva, entendía que la tuviera. Aun habiendo pasado los tres últimos años que recordaba convencido de que no habría otra mujer en su vida, catorce años eran muchos para cicatrizar la herida que le había dejado su esposa.
No era tan idealista como para pensar que el amor por una mujer podría durar toda una vida cuando dicha mujer no estaba para mantenerlo. Pero sí entendía, en cambio, un concepto de fidelidad hacia la mujer que había amado. En verdad creía que podría regirse por ese concepto según los sentimientos que tenía hacia Tomoe se desvaneciesen con los años. Sin embargo, no podía ignorar que la entrada de Kaoru en su vida había roto su esquema de ser fiel a su recuerdo.
En el fondo, si bien en un principio le había costado asimilar un hecho tan contrario a lo que sentía en el momento que despertó, no le sorprendía tanto el hecho de tener otra mujer once años después como sí lo era lo diametralmente opuestas que eran. Si la hubiera buscado a propósito, estaba convencido de que nunca hubiera encontrado a una mujer tan diferente a Tomoe.
Eso sólo podía ser cosa del destino; no había otra explicación.
Tomoe había entrado en su vida en el momento adecuado. Su fría calma frente a las tempestuosas emociones que le inundaban cuando tenía quince años y Battosai había hecho que viera el mundo a sus pies. Era un asesino; disponía de la vida y la muerte para los demás, pero nada podía tocarle. Había hecho que perdiera la referencia de por qué había entrado realmente en la guerra.
La noche que se encontró a su esposa había sido una bendición para él, por muy doloroso que hubiera sido el final. Tomoe había frenado su sed de sangre y evitado que se convirtiera en un asesino sin conciencia. Los seis meses que habían vivido casados en la tranquilidad del campo habían hecho que volviera a centrar su objetivo en una era de paz. Después, ella había muerto y, con ese hecho, regresó de nuevo el asesino. Pero había marcado una diferencia entre el antes y el después.
Antes de Tomoe, Battosai le estaba consumiendo y cada vez lo hacía con mayor rapidez. De no haberle puesto freno, no sabía bien dónde habría acabado, pero era muy probable que fuese en una situación similar a la que vivió Makoto Shishio: o bien sus superiores habrían intentado matarle —aunque Kenshin no podía concebir que tuvieran mucho éxito—, o el poder se le habría acabado por subir a la cabeza como le ocurrió a su sucesor.
En cambio, después de ella, Kenshin se alió con su asesino interior y lo convirtió en su eterno compañero; ese amigo inseparable que conseguía sacarle airoso de cualquier circunstancia. Se valía de él para distanciarse de la muerte, tanto para sí mismo como para aquellos a los que se la imponía. Y desde entonces, Tomoe y la vida en común que tuvieron habían sido la brújula que había evitado que se perdiese por el camino mientras cruzaba esos largos años en la guerra.
Sin embargo, en la actualidad, su vida era por completo opuesta a lo que conocía. Sabía que vivía de forma más relajada; con sus emociones mucho más atemperadas. En una era de paz como la que tenían, Battosai había quedado relegado a un recuerdo lejano de sus días de guerra; dormido en lo más profundo de su ser y sólo despertado para ocasiones de extrema necesidad. Kenshin sabía que el poder que ostentaba cuando sus instintos asesinos salían a la luz era adictivo; muy difícil de contener. Y por eso asumía que su «otro yo» había tenido que batallar férreamente durante una década para conseguir apaciguarlos.
Era consciente de lo duro que había tenido que trabajar en ello, pero lo había conseguido con sus viajes por Japón.
Y entonces, la mujer que apareció en su vida fue Kaoru; una mujer capaz de anclar un alma errante como lo era él gracias a su candidez.
En las dos semanas que llevaba allí había captado pequeños resquicios de su vida con Kaoru. Era una mujer peculiar: lo mismo la encontraba tranquila haciendo sus cosas que al momento estallaba y se enzarzaba en una pelea escandalosa con Yahiko o Sanosuke. Sabía a ciencia cierta que en el pasado había sufrido en sus carnes sus curiosas explosiones temperamentales y por eso también sabía que en cambio ahora se contenía con él.
Era evidente que Kaoru le encontraba menos accesible que antes y en parte tenía razón. Kenshin no se tomaba la vida tan desenfadada como lo hacían ellos… o al menos no si partían del punto en el que él vivía. Quizás diez años vagando por un Japón más tranquilo le hubieran relajado lo suficiente y conseguido que le parecieran graciosas las interacciones que tenían, pero en realidad no creía tener paciencia para soportar una. Porque él no había vivido ese proceso de estabilización… Y, de hecho, eso le estaba suponiendo un gran problema.
Aquella vida tan tranquila iba a acabar con sus nervios. A pesar de ser consciente de que no había ya ninguna guerra a su alrededor, no conseguía dejar atrás ese estado de alerta constante. Por mucho que racionalizara que no iba a suceder nada, se veía con la mano sobre la empuñadura de su espada al mínimo ruido extraño que le llegara. Un acto reflejo demasiado arraigado en él y del que sólo podía especular que se le pasaría con el tiempo.
Sin embargo, todo aquello sólo estaba consiguiendo que su cuerpo se agarrotara por la tensión y, para su sorpresa, la sensación que experimentaba era nueva para él.
A pesar de que mientras estuvo casado con Tomoe también vivió tranquilo durante meses, la vida pacífica actual le ponía de muy mal humor. No tenía muy claro a qué podía deberse, pero sí sabía que las circunstancias eran distintas.
Antes de Tomoe, era un asesino: alguien que se dedicaba a matar objetivos, por lo que su trabajo se limitaba a los encargos que le hicieran. Pero después, la guerra había dictado su tiempo y sus acciones durante tres años. No había descanso; siempre había luchas a muerte… Todos los días. Por eso siempre había creído que era la guerra la que le generaba esa tensión. Ella era la causa que originaba que tuviera que descargarla mediante su agresividad en combate.
Sin embargo, en vista de los recientes acontecimientos, debía valorar la posibilidad de que se hubiera expuesto tanto a ese estado de ansiedad, que lo hubiese interiorizado hasta el punto de convertirse en parte de él. Y esa conversión había pasado inadvertida porque se había camuflado con el horror del día a día.
Inspiró lento pero sostenido en un intento por controlarse tras llegar a una conclusión sorprendente: ya no estaba involucrado en la guerra, pero aunque su mente lo supiera, su cuerpo seguía en ella. Y cada vez se encontraba peor porque no era capaz de desahogarse a través de una buena pelea, que era lo que hacía antes. De ahí su malestar.
Kenshin vigiló furtivamente a Kaoru por el rabillo del ojo. Por si no tuviera bastante con eso, ella constituía otra fuente de inquietud, aunque al menos, lo era de otra índole. Ella no le ponía de un humor negro; al contrario: la perspectiva con la que comenzaba a verla le animaba bastante, pensó con perversidad.
Kaoru iba concentrada mirando la otra orilla del río y ese silencio propició que siguiera meditando acerca de ella. Era consciente de que había regresado a Edo con la intención clara de conocer mejor a Kaoru y, con ella, su propio pasado olvidado. Pero eso no había provocado aquel cambio tan drástico en su relación. Cuando Kenshin se marchó a Kioto y Misao le contó que Kaoru era su nueva mujer, no había sido capaz de asimilarlo. No sólo porque el recuerdo de Tomoe seguía vivo para él, sino porque la Kaoru que había conocido ni siquiera le caía bien.
Pero había regresado y Kenshin se había encontrado a otra persona en el dojo: la verdadera Kaoru; una mujer capaz de encandilar a cualquier hombre que se dejara. Y tenía que reconocer que cuanto más la conocía, más le agradaba ella. El Kenshin consciente de su vida íntegra la había escogido y él se encontraba en la fase en la que aceptaba que no había sido mala su decisión.
—Kenshin, allí está sucediendo algo —señaló de pronto Kaoru.
Sin más, echó a correr todo lo que su kimono le permitía hacia el puente más cercano para cruzar al otro lado. Kenshin no demoró en seguirla viendo su intención de interceder. Estaba loca si pensaba que iba a dejar que se acercara siquiera hasta allí.
—Tú quédate aquí y no se te ocurra moverte —le ordenó tajante en cuanto cruzaron al otro lado del río—. Ya me ocupo yo.
Kenshin se acercó al establecimiento donde se oían gritos y ruidos de forcejeo. Cuando estaba a escasos metros de la puerta, ésta salió despedida por el impacto de un muchacho. Como nada interfería entre la calle y el interior, pudo entender que el alboroto se debía a un robo.
Aquello puso a Kenshin hecho una furia, pero no porque el suceso fuese grave, sino justo por lo contrario: porque algo de tan poca relevancia para él le había truncado sus pensamientos. Con el humor de perros que traía desde hacía días, no estaba para aguantar un disturbio de poca monta. Y mucho menos, cuando al fin se ponía a reflexionar sobre él mismo consiguiendo llegar a unas conclusiones sorprendentes.
Dos hombres salieron en ese momento del local y se encontraron con un Kenshin muy enfadado. Esos dos individuos le habían interrumpido en una de las reflexiones más importantes que había tenido desde que se había despertado en la Era Meiji. Estaba teniendo un momento de revelación en la caótica vida que tenía y esos maleantes de última categoría le habían desconcentrado.
—No podíais ser más discretos, ¿verdad? —les espetó Kenshin enfadado—. No podíais hacerlo en mitad de la noche en vez de a plena luz del día donde podríais fastidiarme la tarde.
Kenshin no solía llevar muy bien que le importunaran con asuntos civiles, pero reconocía que, cuanto más tiempo llevaba en la guerra, más le fastidiaba verse obligado a interceder en esas trifulcas que se encontraba en la calle. Era desperdiciar sus habilidades en algo irrelevante cuando deberían emplearse en cosas de verdadera importancia.
Kaoru, por su parte, se acercó más al lugar, extrañada por la forma de hablar de Kenshin. Jamás había puesto inconvenientes en ayudar a la gente que tuviera problemas en la calle. Y el hecho de que les sugiriera que lo hicieran en otro momento para que no tuviera que verles, lo desconcertó en gran medida.
—¡Es el pelirrojo! —exclamó con nerviosismo uno de ellos al reconocer a Kenshin.
—¡Yo me largo de aquí! No pienso ir a la cárcel por su culpa —comentó el segundo, que se giró para echar a correr.
Incluso viéndole de lado como estaba, a Kaoru le dio escalofríos la sonrisa que dibujó Kenshin en su cara. En especial, por el cambio que se había obrado, pues unos segundos antes Kenshin parecía más que molesto. Pero de pronto su actitud había variado como si hubiera encontrado algo que llevaba días buscando. Era similar a la que había puesto con ellos tras despertar del accidente; como si fuese un gato que jugaba a acorralar a un ratón y poder ensañarse con él después. Era una nueva faceta suya que no le gustaba y no se la había visto ni cuando salía a flote el antiguo Battosai. Él podía ser intimidante y aterrador, pero no miraba a sus oponentes como si fuesen insignificantes.
—No hace falta que os preocupéis por eso —se jactó con sorna Kenshin, para acto seguido cambiar su semblante por uno más frío—. Porque no vais a ir a la cárcel —sentenció el asesino que había dentro de él.
Kenshin se lanzó hacia ellos y, con un golpe para cada uno a una velocidad casi imperceptible, los dejó tirados en el suelo. Tal y como se temía, no opusieron mucha resistencia a pesar de que le hubiera gustado obtener algo de acción. Pero no eran más que unos simples ladrones que habían tenido la mala fortuna de cruzarse con él. Aun así, podían dar gracias de que se sintiera tan frustrado que habían recibido una muerte rápida en vez de la lenta que se merecían por su grado de inoportunidad. Con el humor que traía, podían haber sufrido… mucho.
Por inercia miró su espada para observar los rastros de sangre, pero con sorpresa descubrió que estaba inmaculada… Y le enfureció.
—¡Maldita espada falsa! —gritó a nadie en particular cuando vio el filo invertido de su espada.
Se había olvidado de que tenía esa «pseudoespada» que no valía para nada. No podía permitir que transcurrieran más días sin hacerse con una de verdad. Cualquier día necesitaría seriamente una espada con filo y, por haberse olvidado de cambiarla, podría llevarse un disgusto.
Algunas de sus técnicas le dejaban indefenso tras el ataque que asestaba, pero no corría peligro porque su contrincante moría en el acto. Sin embargo, con esa espada, un enemigo resistente podría mantenerse en pie y, si no tomaba medidas, el que acabaría muerto sería él. El Kenshin de esa época había tenido diez años para amoldarse a esa peculiar espada y luchar con arreglo a ella, pero no él.
Volvió a estudiar su espada: falsa o no, tenía un filo, de modo que le dio la vuelta y se dirigió hacia ellos para rematarles con paso determinado.
Alarmada por el giro de los acontecimientos, Kaoru, que se había acercado hasta Kenshin cuando los dejó fuera de combate, se lanzó contra él justo cuando estaba a punto de clavarle la espada a uno de ellos.
—¡Kenshin, no! —gritó horrorizada intentado cogerle del brazo para detenerle.
Pero Kenshin, en un acto reflejo, llevó su codo hacia atrás para empujar a la amenaza que le venía por detrás. Tarde se dio cuenta de que la que se le había acercado era Kaoru, y en esos momentos se encontraba tirada en el suelo. Las telas las había dejado caer un par de metros antes de alcanzarle y estaban dispersas sobre el camino.
—¡Kaoru! —exclamó y se arrodilló a su lado para comprobar cómo estaba—. Kaoru, ¿estás bien?
Estaba dolorida, primero por el codazo que le había dado en el pecho; y segundo, por la caída de espaldas. Estaba a punto de echarle la bronca por tirarla cuando se fijó en que Kenshin se había quedado blanco de la impresión.
—No es nada —dijo en vez de reprenderle.
—¿Estás segura?
—Te recuerdo que soy maestra de kendo. Esto no es nada para mí —le contestó algo más animada.
Kenshin seguía muy impactado, pero en cuanto se recuperó, toda la tensión que llevaba acumulada regresó y empezó a gritarle enfadado.
—¡Maldita sea, Kaoru! Jamás te metas así cuando estoy peleando.
Kaoru abrió los ojos sorprendida por el cambio de actitud. No se lo podía creer. Había intentado ser considerada porque le había visto indispuesto por haberla golpeado. Entendía que lo había hecho por accidente, así que no quería que la cosa transcendiera de ahí. Pero por eso mismo, no se había esperado que de pronto fuese él el que encima le gritara a ella.
—¡¿Y eres tú el que se enfada?! ¡Te recuerdo que has sido tú el que me ha golpeado a mí! —le acusó a modo de defensa.
—¡Y te podría haber hecho algo peor! —Kenshin acababa de pasar al siguiente nivel en su furia, como pudo comprobar Kaoru. Había ido recuperando el color según se encendía la discusión y sus ojos llameaban de ira cuando volvió a hablar—: ¡¿Es que no piensas?!
—¿Perdona? —Aquello consiguió molestar en lo más profundo a Kaoru—. Soy la única que piensa aquí. ¡Lo hago por los dos!
—¡¿Y meterte en medio de mi pelea te parece inteligente?!
—¡Ibas a matarles!
—¡Por supuesto que iba a hacerlo!
—¡Son meros ladrones! —se horrorizó Kaoru, la cual intentaba hacerle entender la barbaridad que había estado a punto de cometer—. ¡No puedes matarles por eso!
—¡Claro que sí! —gritó exaltado.
Kaoru nunca había visto a Kenshin tan fuera de sí y se asustó por la reacción tan explosiva que había tenido. Era evidente para ella que allí tenía que haber algo más, aunque no pudiera verlo, pues unos segundos antes él no se encontraba en ese estado.
—¡No, no puedes! Recuerda tu promesa.
Necesitaba hacerle entender aquello, pero no sabía si en esos instantes podía contar con que un Kenshin racional le hiciera caso. Los dos hombres —que habían recuperado la consciencia— aprovecharon ese momento de distracción para largarse. Kenshin hizo el ademán de seguirlos, pero Kaoru le cogió de la manga y le retuvo.
—¡Ni se te ocurra seguirlos!
Kenshin la miró muy enojado, con sus ojos dorados brillantes por la ira contenida, pero Kaoru no se amilanó ni un poco. Sabía que Kenshin nunca le haría daño voluntariamente, pasara lo que pasase. Nunca le haría nada, aunque ahora mismo pareciera que daño fuese lo único que quería hacerle.
Además del dueño del establecimiento asaltado, se habían empezado a congregar algunos transeúntes al ver el alboroto, pero a ninguno de los dos les importó.
—¡No me digas lo que puedo o no puedo hacer! —la amenazó con su voz más fría.
—Para tu desgracia, ahora mismo soy la que mejor sabe lo que puedes o no puedes hacer —replicó ella al tiempo que le agarraba más fuerte de la ropa—. Te lo prometí cuando regresaste y te lo vuelvo a repetir: no permitiré que bajo ningún concepto eches por la borda lo que llevas diez años manteniendo. Y si tengo que ponerme en medio cada vez que ocurra algo como lo de hoy, no te quepa duda de que lo haré.
Kenshin la cogió del rostro con ambas manos y Kaoru le agarró por los antebrazos. Por un momento pensó que le temblaban por la fuerza que ejercía, pero tal como vino esa idea, la desechó. Kenshin no la agarraba con fuerza; estaba temblando.
—Nunca… ¡jamás!… vuelvas a hacer algo así.
Si fuese otra persona, Kenshin le habría dado miedo a pesar de lo contradictorio que era que la amenazase como si fuese a hacerle algo grave cuando le estaba exigiendo que no se metiera en una pelea suya por seguridad. Pero en esos momentos le importaba poco lo que le dijera o cómo se lo dijera. Tenía que velar por él.
—Por supuesto que lo haré —juró ella—. Todas las veces que sean necesarias —siguió diciendo con determinación—. Tengo que protegerte de ti mismo.
—¡Yo no necesito protección! ¿Es que no lo entiendes? ¡Eres tú la que tiene que protegerse de mí!
Y por fin, Kaoru comprendió por qué Kenshin estaba tan fuera de sí. Por qué en un segundo era un despiadado asesino y, al siguiente, casi había perdido la cabeza. Lo que más estaba alterando a Kenshin era el hecho de haberse metido en la pelea. Al estar acostumbrado a combatir contra varios atacantes, era capaz de reaccionar a cualquier amenaza a su alrededor y lo hacía por reflejo. Por eso no había podido contener su codazo contra ella antes de ver que no estaba siendo atacado.
Y lo que Kenshin había visto desde el minuto cero y que ella no había entendido hasta ese momento, era que había sido un codazo, pero podría haberse defendido con la espada si hubiera tenido otro ángulo.
La podría haber herido de gravedad, o incluso matarla, sin darse cuenta.
Como había pasado con Tomoe cuando se interpuso en su ataque sin poder contenerlo.
Kaoru se intentó serenar antes de volver a hablar. A cualquier otra persona podría haberle reprochado su excesivo proteccionismo por esas palabras. Pero hablaban de Kenshin. Aquél era un punto muy delicado para él como para tomarlo a la ligera, pues su esposa había sentado un gran precedente. Para Kaoru, que se sentía más segura de Kenshin que él mismo, eran exageradas; pero para él, que había vivido aquel accidente con Tomoe, eran una realidad.
—No me va a ocurrir lo mismo que a ella —dijo con determinación Kaoru, y subió su mano para cubrir la mejilla marcada. Tenía la sensación de que la cicatriz se hacía más profunda con cada día que pasaba desde que había despertado—. No me vas a perder así —añadió al final.
Kenshin cerró los ojos y juntó su frente con la de ella. Kaoru pudo ver que estaba muy alterado. No sólo temblaba; respiraba muy rápido. Sin saberlo, le había dado un disgusto tremendo.
—Eso no puedes saberlo —contestó él a su vez.
—Sí lo sé. —Kenshin abrió los ojos y la miró a sus ojos azules. Era la primera vez que se los veía tan de cerca y tenía que reconocer que eran preciosos—. Porque ahora sabes que me meteré en cualquier pelea en la que intentes matar a alguien y por eso no lo volverás a hacer. No voy a permitir que rompas tu juramento de no volver a matar. Da igual lo que me digas, no lo voy a consentir.
Kenshin la abrazó intentando controlar la tensión de esa forma. Le daba igual que tuvieran a media docena de curiosos a su alrededor. El accidente le había quitado una década de recuerdos, pero Kaoru le acababa de quitar años físicos.
Ella correspondió a su abrazo con la intención de tranquilizarle y así estuvieron hasta que oyeron varios golpes de sacudida. Kenshin se separó de ella y miró al hombre que había recogido las telas del suelo y las golpeaba para quitarles el polvo.
Se levantó y ayudó a Kaoru a ponerse en pie. Cogió la espada que había tirado al suelo y se la guardó en la funda.
—Gracias por ayudarnos, señor —le dijo el hombre a la vez que le tendía las piezas de tela—. ¿Se encuentran bien? —se interesó por ellos al ver que se había generado mucha tensión entre la pareja.
—Estamos bien, gracias por preocuparse —le contestó Kaoru.
Hizo el intento de coger las telas, pero Kenshin se le adelantó y, aprisionando su mano, tiró de ella para volver a casa. Kaoru supo que no se había dado cuenta de su propio gesto cuando le apretó la mano para afianzar el agarre. Kenshin se detuvo y bajó la vista a su mano, con lo que descubrió que las tenían unidas. Confuso miró a Kaoru, pero al no añadir nada ninguno de los dos, se puso en marcha de nuevo volviendo a tirar de ella.
Kenshin tenía tal revoltijo de emociones llegados a ese punto que no sabía ni qué sentir. Había estado muy enfadado con esos dos delincuentes por haberle interrumpido en sus pensamientos, pero luego Kaoru había intervenido y se había llevado un susto como pocas veces había tenido en su vida. Si Kaoru hubiera estado algo más adelantada, en vez de darle un codazo le habría dado con la espada, y en ese momento ni siquiera era capaz de asegurar con qué filo le habría asestado al haber tenido que andar girando la maldita espada falsa.
La muerte de Tomoe le había venido de golpe a la memoria y creyó que incluso el corazón se le había detenido. Y encima, Kaoru había tenido el descaro de asegurarle que volvería a hacerlo. Había perdido todo rastro de cordura y se le había ido la cabeza ante la idea.
Kaoru le contuvo agarrando sus manos unidas con la que le quedaba libre.
—Tranquilo, Kenshin.
Kaoru no sabía en qué pensaba, pero tenía que ser algo impactante, pues estaba muy aturdido. La fuerza que ejercía Kenshin había ido en aumento a cada paso que daban, los cuales, además, también los había acelerado hasta llegar a costarle seguir su ritmo.
Kenshin aflojó la fuerza de su mano y retomó el camino algo más pausado, aún metido en sus reflexiones.
Necesitaba llegar cuanto antes a casa para encerrarse en su habitación a meditar con tranquilidad, porque estaba llegando a otra revelación transcendental después del reciente altercado.
No podía ir más desencaminado en sus pensamientos anteriores. Él creía que Kaoru sólo era una elección adecuada de su «otro yo». Pero era algo que creía como un razonamiento lógico; sin inmiscuirle a él.
Sin embargo, le había abrumado la intensidad de las emociones que le habían arrollado hacía unos momentos y sabía que aquello no podía provocarlo cualquier persona.
Kenshin acababa de darse cuenta —para su total asombro—, que Kaoru empezaba a no ser sólo cosa de «su otro yo».
Y eso era algo que a su conciencia le inquietaba sobremanera.
Notas del fic:
*Yukata: Prenda similar al kimono, pero de algodón. Es más liviano que el kimono.
— * —
Fin del Capítulo 10 - 27 Junio 2013
Revisión - 26 Octubre 2018
Notas finales:
Pues ya está: el resistido «Capítulo 10» por fin subido. Espero que os haya gustado :-D. Como decía al principio, puede que no actualice todas las semanas, pero no creo que se extiendan demasiado en el tiempo. ¡Paciencia!
¡Saludos!
