10. Presa del gato negro
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Todo lo que hubiera dado por salir corriendo en dirección de la casa de la ojiazul para poseerla como lo había hecho ella con él, pero ya era tarde y estaba demasiado cansado como para continuar.
Al día siguiente había despertado tarde, por lo que llegó más tarde de lo habitual y esta vez había recibido una buena reprimenda de su padre que ese día había salido tarde al trabajo por atender otras cuestiones desde la gran mansión en la que ambos vivían. Las clases fueron un tanto tortuosas pues no se sentía del todo enérgico como habitualmente estaba; prestar atención a la profesora fue lo más complicado que pudo hacer en días.
Nino le ayudó a cubrirlo un rato en el que pudo dormirse para reponerse un poco más de toda la fuerte actividad sexual que había tenido en día, pero la mejor parte fue durante el receso, cuando la dulce Marinette le entregó una pequeña cajita de almuerzo para que se pudiese reponer.
– Eres todo un encanto, mi querida Marinette. – Susurró para ella.
– N-no es nada... – De nuevo hacía presencia la chica nerviosa que tanto adoraba.
– Claro que sí. Mereces una dulce recompensa.
Sacó de uno de sus bolsillos un pequeño caramelo mentolado, lo introdujo en su boca y, sin importarle las personas que le rodeaban, se acercó a besar a su adorada novia que asustada casi se atraganta con el dulce que ahora residía en su boca.
Antes de la queja de cualquier presente, la jaló al piso superior para entrar a su salón y volver a besarla, con más intensidad, tocando su cintura y cadera con gran deseo. Esa chica lo volvía loco con o sin traje de heroína. Ya no dudaba en que ella fuera su amada lady, pero eso se lo reservaría para después ya que ahora eran interrumpidos por un nuevo villano que causaba destrozos fuera de la institución educativa en la que ambos estudiaban.
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Así como se había despedido de su compañera de clases, así también lo estaba haciendo de la heroína de Paris que parecía más feliz y atrevida que de costumbre. Ya parecía que ella entendía el jugueteo que él gato tanto adoraba.
Ambos se retiraron a sus hogares, pero el rubio estaba más que ansioso de alimentar a su kwami para atender sus necesidades con la pequeña azabache que cada día estaba en sus pensamientos.
– Parece que alguien está en celo... – Bromeó Plagg deleitándose con lentitud su Camembert con tal de torturar a su portador.
– Y parece que a alguien le disminuiré la cuota de queso si no se apresura.
– Vaya, no satisfacerte te pone de malas.
– Deja de hablar tonterías. – Gruñó el ojiverde.
– Bueno, di que yo no actuó como si no supiera de esto.
– ¿A qué te refieres?
– Nada en especial. – Rio un poco la criatura negra. – Sólo digo que algunas chicas rojas se hacen las inocentes, aunque en la cama adoraban gritar.
– Suenas a todo un experto en estas cosas.
– Hay cosas que nadie sabe de los kwamis y de donde veníamos, o si siempre hemos tenido esta apariencia.
– ¿Estás diciendo que tú...?
– Yo no digo nada. – Concluyó comiendo el último trozo.
Trató de ignorar las palabras de su compañero a modo de que eso no le afectara demasiado; después de todo no imaginaba a Plagg en una forma humana teniendo relaciones con otra persona, ¿tal vez alguno de los otros kwamis? ¡Bah! Eso no era de su incumbencia.
Apenas se transformó en su versión heroica, volvió a salir en busca de la joven hija de Tom y Sabine. Con prisa llegó al pequeño balcón que la joven poseía justo cuando ella iba saliendo de su habitación con una regadera en las manos.
Saltó hacía ella, jalándola hacia arriba para arrinconarla contra la pared más cercana. No iba a soportar mucho más de no tenerla entre sus manos, sin poseerla. En un momento la sintió tensa, claro, no se esperaba todo aquello, pero de a poco él le ayudó a relajarse para así continuar con un jugueteo de lenguas más que un beso.
– Ya... Hable con... Adrien... – Le comunicó entre gesto y gesto.
Marinette le jaló por un momento del cascabel de su traje y después lo empujó, no podían hacer todo aquello ahí, a plena luz del día. Si alguien los veía no sólo se esparcirían rumores de una relación entre ellos, sino del TIPO de relación que parecía que estaban teniendo. A ninguno le convenía y mejor ser más prudentes.
Con suavidad ella le indicó a bajar a su habitación, acción que ninguno de los dos tardó en realizar.
Abusando de sus habilidades gatunas, se sentó en una de las sillas que la joven aspirante a diseñadora tenía en su habitación. Él obligó a que ella se sentara sobre él, viéndole directo a rostro, abriendo sus piernas para poder rodearle mejor y no perder el equilibrio. Estaba seguro de que ella podía sentir la erección que ella causaba.
– ¿Y tus padres? – Cuestionó mientras quitaba la blusa de la joven.
– En la tienda. – Suspiró ella ayudándole a retirar su sostén velozmente. – Pero... Mi madre sube con frecuencia por algunas cosas...
– Entonces veremos que tanto puedes guardar silencio.
– ¡Ah!
Ella ahogó lo mejor que pudo el gritillo, pues las garras de Chat Noir estaban rozando sus pechos hasta llegar a sus pezones suaves. La reacción fue extraña, pues estaba segura de que aquello debía de dolerle, pero fue todo lo contrario, le agradaba demasiado las sensaciones que tenía por el tacto de las largas uñas del héroe felino.
Por su parte, el de melena dorada sonreía lascivamente, disfrutando de su nuevo descubrimiento. Ahora estaba recorriendo la piel blanca que estaba al descubierto, con esa cualidad que le proporcionaba el traje mágico. Comprendía que era una excitante tortura para la fémina que mordía sus labios a modo de que sus gemidos suaves no llegasen a oídos de sus progenitores.
Una de las manos del chico la rodeo, bajando por los redondos glúteos de la chica, continuando a la entrepierna y comenzando a frotar su entrepierna desde la parte de atrás. Avanzaba con las garras hasta donde se ubicaba el clítoris, luego retrocedía para tocar las nalgas de la chica.
Aun sobre su pantalón, la Dupain-Cheng podía sentir las rítmicas caricias del gato negro. Por una parte estaba arañando con más fuerza sus senos, y por el otro se encontraba frotando su sexo aun con su ropa puesta. La chica nunca creyó que con esos simples roces podía llevarla al borde de la locura, deseando que llegase aún más lejos de lo que en algún momento habría llegado con Adrien, pero debía resistir. Ella deseaba que esa primera vez fuera con su pareja, no importando si tenía la oportunidad de hacerlo de una buena vez con el héroe francés.
El parisino sentía como la prenda rosa se humedecía cada vez más, haciendo más fácil sus movimientos. Se deleitaba con las muecas que la pobre Marinette ponía para poder contener los ruidos que el placer le obligaba a hacer. Un día de estos debía de retarla a hacer una locura con esa sensibilidad que tenía cuando la tocaban.
– Parece que alguien no soportará más. – Él podía hablar con claridad, pues casi no estaba recibiendo atención, además de los roces de las piernas de la chica cada que se removía por el placer. – Eres encantadora, princesa.
– Ca-cállate... – Era tan difícil hablar y controlarse al mismo tiempo.
– Vamos, no te contengas más.
Cambió la posición de sus manos: aquella que frotaba su entrepierna se colocó detrás de la espalda de la muchacha, para que ella dejara ir su peso, la otra era la que había bajado a la zona húmeda, pero estaba vez por delante.
La franco-china tuvo que llevarse la mano a la boca, morder alguno de sus dedos para opacar lo mucho que quería gritar de placer por tremenda locura. Su espalda se arqueaba, su cabeza se agitaba. No había nada en su mente, sólo el intento de controlar lo inevitable.
Con maestría, la peliazul besó al de ojos esmeralda, ahogando el último gemido en la boca del héroe que estaba más que complacido por su mayor éxito desde que había comenzado esta aventura con su amiga.
– ¡Oh! Dulce Marinette. – Recitó con galantería.
Continuará...
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