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Capítulo 9: Hasta el fin
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Amanecía.
La tímida luz del sol bañaba la enorme estructura del Templo Sagrado, cubriéndolo todo de una pálida película de tintes rosas y naranjas.
Parada en el centro de la enorme plataforma, Videl retrocedía.
Las conocidas sensaciones de la ansiedad, de la adrenalina llenándola ante el peligro, la inundaban en frías oleadas de terror. Cientos de imágenes revoloteaban como un torbellino en su cabeza, trayendo de vuelta a la superficie todo lo que había sufrido, lo que había atravesado y a lo que había sobrevivido a lo largo de los años. De algún modo u otro, a pesar de lo insólito y aterrador del peligro que estaba a punto de enfrentar, todo podía reducirse a un viejo concepto que por sí misma había ideado hacía mucho tiempo; una de las tantas cosas que la habían ayudado a mantenerse con vida. Algo tan simple y pragmático como una escala de los múltiples peligros que asechaban entre las ruinas del mundo.
En los últimos quince años, Videl había atravesado infinidad de situaciones de vida o muerte. En el mundo devastado en el que había crecido, los androides distaban mucho de ser la única amenaza que uno podía llegar a encontrarse. Dejando de lado los obvios peligros que las enfermedades, el hambre, el frío y la polución representaban para cualquier sobreviviente, Videl había creado su propia pirámide de posibles amenazas del día a día, ordenadas por peligrosidad y probabilidad de ocurrencia. En la base se encontraban los grupos de saqueadores y bandidos. Si uno vivía en las ruinas de una ciudad, como ella había hecho durante mucho tiempo, toparse con una banda de esas ratas carroñeras podía llegar a convertirse en parte de la vida cotidiana. Había perdido la cuenta de la cantidad de veces que se había visto obligada a huir o pelear contra escoria como esa. De alguna manera, siempre se las había arreglado para salir entera de esos encuentros, pero eso no quería decir que no se hubiera llevado su buena cuota de cortes, moretones y hasta huesos rotos.
En los dos escalones siguientes ubicaba a los perros salvajes y a los gatos monteses, criaturas infernales que, independientemente de los entornos urbanos o silvestres, siempre podían estar asechando desde cualquier rincón. Mucho más peligrosos que los bandidos, Videl había tenido varios encontronazos con aquellas alimañas agresivas y endemoniadamente astutas.
Muchos menos frecuentes, aunque no por ello menos peligrosos, habían sido sus experiencias con la amenaza que ocupaba el anteúltimo escalón de la pirámide. Se trataba de los animales que habían logrado escapar de los zoológicos abandonados, o aquellos que solían vivir en lo profundo de bosques y montañas, y que ahora, con las ciudades completamente reducidas a ruinas, se animaban a aventurarse en territorio humano. En ocasiones que podía contar con los dedos de las manos, Videl se había topado con pumas, jabalíes e incluso leones y panteras. Tenía una larga cicatriz que iba de la clavícula a la axila, recuerdo de un para nada agradable encuentro con un puma medio muerto de hambre.
Por supuesto, nada de eso se acercaba siquiera a lo que había en la cima de la pirámide. En el último escalón se encontraban los androides. Así es. Número 17 y Número 18 eran lo que menos probabilidad tenía uno de cruzarse en el mundo post apocalipsis. Solo eran dos, y el planeta Tierra era demasiado grande hasta para seres como ellos. Pero que fueran lo menos frecuente no restaba para nada el peligro que representaban. Hasta el día en que vio por primera vez a Gohan, Videl jamás se había topado cara a cara con uno de ellos. Nunca había estado a menos de doscientos metros de distancia de uno o de otro. Pero aun así, la amenaza que suponían era la más grande que un ser vivo se podía topar. Cuando los androides aparecían, lo destruían todo y a todos. Escapar constituía un milagro en sí mismo, y Videl había sido lo suficientemente lista para mantenerse alejada de las ciudades y pueblos abandonados, sus principales terrenos de caza. A eso debía sumar una considerable dosis de buena suerte, pues antes de comenzar a refugiarse en tierras salvajes, los androides habían atacado las ruinas de Estrella Naranja. También habían destruido las comunidades exteriores cerca de las que se estableció después, aunque en ese momento ya se mantenía lejos de cualquier grupo, escondida en los bosques periféricos.
Dicho en pocas palabras, antes de conocer a Gohan Videl jamás se había cruzado con el peligro menos probable pero más aterrador de su escala. La posibilidad era mínima.
Y sin embargo allí estaba ahora…
Cara a cara con ellos.
Número 17 y Número 18 se movían a paso tranquilo, despreocupado, cercándola poco a poco. Videl retrocedió, incapaz de apartar la mirada. Resultaba increíble que lo que a simple vista parecían dos adolescentes, fueran en realidad los verdugos de la especie humana, dos seres salidos del más profundo de los avernos.
Videl siguió retrocediendo, por reflejo, pero pronto se vio obligada a detenerse. Un sudor frío le recorrió la espalda al notar que estaba justo en el borde la plataforma. Tragó saliva, echando un rápido vistazo por encima del hombro. A sus espaldas se extendía una caída de miles de metros a través del cielo rosado del amanecer. Volvió a centrar la vista. Los androides estaban aún más cerca, sonriéndole de ese modo aterrador que tan bien recordaba. Detrás de ellos, a un par de decenas de metros, se alzaba la enorme torre central del Templo Sagrado. Allí dentro, en las entrañas de la estructura central, se encontraba la Habitación del Tiempo. Allí se encontraba Gohan.
"Gohan…"
—Quién hubiese dicho que terminarían viniendo hasta aquí—comentó de repente 18, paseando sus grandes ojos celestes por los alrededores—Desde luego no es una mala opción. Ya no queda nadie a quien matar aquí, y dudo mucho que exista un lugar más apartado que este en todo el mundo. Fueron bastante inteligentes, la verdad.
—Así es—coincidió 17, mirándola perezosamente—No fue una mala idea. Hace años que acabamos con el ayudante de Kamisama aquí y con el viejo inútil de Karin más abajo. Desde ese día este lugar perdió todo su interés para nosotros, y, para ser sinceros, no teníamos ningún motivo para regresar. Jamás los hubiéramos encontrado—la sonrisa del androide se afiló desagradablemente—Pero cometieron un error… ¿Te imaginas cuál?
Videl no respondió. Desvió nerviosamente la mirada de los androides al templo. Gohan…Gohan seguí allí.
—Fue exactamente el mismo error de la última vez—prosiguió 17, sacudiendo la cabeza como si estuviera decepcionado—Tuvieron que volar para llegar hasta aquí arriba. Normalmente no hubiéramos detectado el ki de Gohan al hacerlo… ¿pero no se les ocurrió considerar que los venimos siguiendo desde hace días, que estamos totalmente atentos al más leve rastro de energía? ¿No? ¿Es que Gohan se ha vuelto idiota o qué?
—Creo que Gohan va en serio contigo, querida—comentó 18 en tono burlón—Desde que viajan juntos se ha vuelto más descuidado e imbécil de lo habitual. Seguro que está tan encandilado contigo que ni siquiera se fija en lo que hace. Pero eso está bien… ¡Me encantan las historias de amor! —esta vez fue el turno de 18 de sonreír, y fue el gesto más espantoso que Videl tuvo el horror de contemplar en toda su vida—Sobre todo las que terminan en forma trágica y sangrienta…como esta.
Videl siguió sin hacer ningún comentario, pero, pese al temor que sentía, sus ojos se clavaron en la muchacha rubia con un odio amenazador y desafiante. Número 18 soltó un silbido de admiración.
— ¡Pero que ojos! ¿Has visto, 17? ¿Has visto la ira oculta en esos bonitos ojos azules?
—Si, lo he visto. Y debo admitir que me agrada.
—Ah, ¿sí?
—Claro. Ya estoy harto de solo ver miedo y pavor en la cara de cada maldita cucaracha que aplastamos. Ya estoy harto de escuchar sus irritantes súplicas y sus gritos de piedad. Pero algo me dice que tú no eres así. Tú eres diferente—la mirada del androide se volvió más sombría que nunca—Algo me dice que tú no vas a suplicarnos piedad cuando te arranquemos el corazón del pecho… ¿me equivoco?
Videl sintió un profundo escalofrío recorriéndola de pies a cabeza. De repente estaba mareada. Sentía náuseas. No por el miedo que aquellos dos malditos le provocaban, sino por la brutal indiferencia y naturalidad con la que 17 había hablado de asesinar. Estaba ante dos seres para los cuales el terror y el dolor de los seres humanos no significaba absolutamente nada.
— ¿Por qué…? —susurró de repente, haciéndose la pregunta que toda la humanidad venía haciéndose desde que todo comenzó— ¿Por qué lo hacen…?
— ¿Cómo has dicho? —preguntó 18, hurgándose el oído con el dedo meñique—No te oí bien.
— ¡¿Por qué lo hacen?! —estalló Videl— ¿Qué mal le han hecho los seres humanos? ¿Por qué nos asesinan? ¿Por qué han dejado el mundo reducido a esto? ¡¿Por qué?!
Los androides intercambiaron miradas con cierto asombro, cómo si fuese la primera vez que se planteaban algo semejante. 17 frunció el ceño, observándola con desagrado.
— ¿A qué viene esa pregunta, mocosa?
— ¿Y qué más da? —18 se encogió de hombros, mirándola con indiferencia—Si tanto le interesa que hasta se pone a gritar, se lo explicaré. Escucha bien, niña… Nosotros dos fuimos creados. Manufacturados, por así decirlo, con un solo objetivo. El doctor Maki Gero, ese viejo miserable, nos programó con la misión única de acabar con la vida de Son Goku. Pero resulta que cuando fuimos a buscarlo, él ya había muerto. ¿Te imaginas? De repente, sin aviso, nos enteramos de que la razón de nuestra existencia había desaparecido.
—Así que sencillamente decidimos cambiar de blanco—continuó 17, entrecerrando los ojos—No teníamos nada más para hacer, y estábamos aburridos, así que fue fácil. El mundo en lugar de la vida de Goku.
Videl los miró completamente horrorizada.
— ¿Están…están tratando de decirme que han destruido el mundo solo porque…estaban aburridos?
—Sí, ¿y sabes qué? —17 echó a andar de nuevo hacia ella—También nos gusta hacerlo. Nos gusta matarlos, es divertido. Son como insectos. ¿Acaso necesitas un motivo para aplastar una mosca?
Videl se llevó una mano a la boca, abriendo enormemente los ojos. Las náuseas eran peores que nunca. Estaba a punto de vomitar de asco por lo que acababa de escuchar. Ella había odiado a los androides durante toda su vida. Número 17 y Número 18 eran los responsables de que lo hubiera perdido todo, absolutamente todo, a sus padres, a sus amigos, a todas y cada una de las personas que había amado; ellos eran los responsables de que el mundo fuera el infierno que conocía. Por eso mismo, por el odio visceral que les tenía, Videl siempre los había deshumanizado. No podía pensar en ellos como individuos capaces de sentir, o de razonar en forma humana; solo podía verlos como unas malditas máquinas de matar carentes de cualquier tipo de empatía. Pero la verdad había resultado ser mucho peor. Estaba en presencia de unas criaturas que habían perpetrado un holocausto solo porque no tenían nada mejor que hacer, porque se aburrían…porque encontraban diversión en el sufrimiento, el dolor y la desesperación ajena.
Eran unos monstruos.
Unos malditos monstruos sin el más leve dejo de compasión, sentimiento o respeto hacia la mera existencia.
Contra unos monstruos como esos se estaba enfrentando.
—Ahora te diré lo que va a suceder—la voz fría y amenazadora de 17 la trajo de vuelta a la realidad—Ya estoy bastante harto de este jueguito del gato y el ratón, harto de andar persiguiéndolos, así que vamos a matarte de una buena vez. Luego acabaremos con Gohan y volaremos por los aires todo este maldito lugar, como debimos hacer la primera vez que estuvimos aquí.
—Exacto—se rió Número 18, echándose el pelo detrás de la oreja—Será como poner un punto final a esta historia. Destruiremos el lugar desde el que Kamisama alguna vez veló por el mundo… ¡Porque ahora nos pertenece a nosotros! ¡Y haremos con él lo que queramos!
Videl volvió a tragar saliva con dificultad, mirando de reojo hacia la inmensa caída que la aguardaba a sus espaldas. Si se quedaba allí parada sin hacer nada, moriría. Si saltaba e intentaba alejarse volando, los androides la alcanzarían en cuestión de segundos. Aunque quizás…solo quizás… Podía llegar a tener una oportunidad.
Pero incluso siendo así…
"No puedo irme…"
Aún no amanecía por completo. Ignoraba cuánto tiempo más podría transcurrir antes de que se cumpliera el año en la Habitación del Tiempo y Gohan saliera. Si ella lo hacía, si en verdad lograba lo imposible y conseguía escapar, lo estaría condenando a una muerte segura. Con ella fuera de la escena, los androides se dedicarían a buscar a Gohan, y, al no encontrarlo, sencillamente destruirían el Templo Sagrado. Gohan quedaría atrapado para siempre. Eso si los bastardos no descubrían antes la habitación y lograban entrar, sorprendiéndolo desprevenido y agotado.
En cualquiera de los casos, Gohan moriría, y eso era algo que ella no podía permitir. No lo abandonaría. Aunque le costara la vida, se quedaría a su lado. Jamás se iría. Jamás.
"Debo hacer algo… ¿pero qué?"
De repente, al volver a mirar el borde de la plataforma, lo supo.
Ni siquiera se detuvo a pensarlo. Era una posibilidad en mil, pero lo aceptaba. Si con eso lograba salvar a Gohan, correría el riesgo.
Ni sus ojos ni sus movimientos dejaron ver el más leve rastro de vacilación. Videl dedicó una última mirada desafiante a los androides y luego, sin previo aviso, saltó al vacío. El gesto de sorpresa de aquellos monstruos fue su último consuelo antes de comenzar a caer como una roca.
— ¡Maldita niña! ¿Qué has hecho?
Los androides salieron tras ella al instante. Antes de llegar al borde de la plataforma dieron un enorme salto, precipitándose hacia abajo a toda velocidad. Estaban enfadados, Videl contaba con que así fuera. Contaba con que, en su ira, se lanzaran a ciegas a buscarla, sin pararse a pensarlo. Y así fue. No la vieron agazapada a un costado de la gigantesca estructura cónica, aferrada con manos y piernas a una de las pequeñas ventanas laterales. Desde allí los vio pasar rápidos como flechas, justo a su lado, perdiéndose en el firmamento sin siquiera torcer la mirada.
"¡Ahora!"
Videl se sujetó con fuerza al marco de la ventana, apoyó los pies contra el muro y saltó, elevándose en el aire con la técnica de vuelo que tanto le había costado aprender. Un segundo después ya estaba arriba, apoyando la mano en el borde superior de la plataforma para tomar impulso y saltar, cayendo sobre las baldosas con una ágil voltereta. Se incorporó, lanzándose hacia la entrada al templo al máximo de velocidad que fue capaz de lograr; no corriendo, sino levitando al ras del suelo en un vuelo recto y rápido. Las esbeltas columnas que enmarcaban la entrada se agigantaron ante sus ojos, cada vez más y más cerca.
Videl sintió que sus labios se curvaban por sí solos en una sonrisa de incredulidad. ¡Estaba a punto de lograrlo! Si conseguía cruzar las puertas y llegar a la Habitación del Tiempo, aún habría un rayo de esperanza. Si el tiempo transcurría de verdad allí dentro en una relación de un año-un día respecto a la Tierra, entonces podría advertir a Gohan, prepararse para el combate, e incluso tal vez descansar unas horas antes de que los androides pudieran regresar a la plataforma y dar un par de pasos. Todo dependía de ella.
Videl superó de un salto los escalones que unían el enlozado con la torre, estirando el brazo para abrir la puerta y entrar. Entonces, sin previo aviso, como si fuera una especie de ilusión, Número 17 apareció ante ella. Videl no lo vio moverse. Simplemente apareció de golpe allí, en la entrada, como si su cuerpo se hubiera materializado por sí solo en el aire. En ese momento, mientras intentaba detener la propia inercia de su avance y alejarse, no tenía modo de saber que 17 no había tomado forma de la nada, como si fuera un fantasma, sino que se había movido a una velocidad que su ojo sencillamente era incapaz de apreciar. Tampoco llegó a ver cuando el androide alzó despreocupadamente el brazo, ni como lo agitaba para asestarle una bofetada de revés en el rostro.
Videl salió disparada hacia un lado con una fuerza asombrosa. Su cuerpo rebotó contra el duro enlozado, dando varias vueltas antes de llegar siquiera a comprender lo que estaba ocurriendo. Finalmente, se detuvo, chocando fuertemente contra una de las tantas columnas derrumbadas. Se quedó unos segundos allí, aturdida, sintiendo todo el lado derecho del rostro entumecido. Intentó levantarse, incluso llegó a ponerse de pie, pero un terrible mareo le hizo perder el equilibrio. Cayó sentada, con la cabeza dándole vueltas y destellos de mil colores nublándole la vista. En ese instante, el entumecimiento se transformó en un agudo dolor. Videl soltó un quejido, llevándose una mano a la cara. Tenía la mejilla derecha grotescamente hinchada. La piel en torno al golpe había adquirido un oscuro color rojo que anticipaba el cardenal que pronto se formaría.
Videl estaba increíblemente asombrada.
Número 17 no solo se había desplazado a una velocidad imposible, sino que con un simple movimiento de mano, como quien espanta a un insecto, le había dado el golpe más fuerte que jamás había recibido en todo su vida.
Videl apretó los dientes. Haciendo un verdadero esfuerzo, se obligó a levantarse. El suelo se movía de un lado a otro bajo sus pies, como si estuviera en la cubierta de un barco, pero no prestó atención al mareo, tampoco al dolor que le abrasaba el rostro. Toda su atención estaba puesta en la majestuosa entrada al Templo Sagrado. Debía llegar. Debía entrar, no importaba como. Debía llegar con Gohan. Sin decir una palabra, a paso tambaleante, echó a caminar.
Número 17 la observó con cierto hastío, como si le fastidiara que hubiera decidido ponerse de pie. Sin embargo, el gesto aburrido no tardó en transformarse en una fea sonrisa, y Videl supo de inmediato por qué. El androide volvió a desaparecer en medio del aire, y, en una acción-reacción instantánea, las luces del mundo se apagaron. Videl abrió enormemente los ojos, escupiendo sangre, mientras un dolor indescriptible la partía por la mitad. 17 estaba de pie justo delante de ella, tan cerca que prácticamente podía olerlo. Su rodilla derecha estaba alzada, hundida como un puñal en su estómago. Suavemente, casi con delicadeza, el androide se apartó hacia un lado, retirando la rodilla de su cuerpo.
Videl cayó de cuclillas, sujetándose el estómago con ambas manos. Temblaba. Los hombros y el mentón se sacudían y tiritaban como si estuviera muriéndose de frío. Tenía los ojos muy, muy abiertos; las pupilas completamente dilatadas. La comisura de los labios y la barbilla estaban rojas de la sangre que aquel brutal rodillazo le había hecho vomitar. Pero Videl, una parte de Videl, aquella que luchaba por ignorar el increíble dolor y el terror, tampoco podía prestar atención a aquello. Sus ojos vidriosos se movieron lentamente hacia la entrada del templo.
"Gohan…"
El rostro de Videl se transformó. Su boca se torció hacia abajo, mostrando los dientes apretados en un gesto de determinación absoluta. Lentamente, penosamente, se puso de pie.
Esta vez, la expresión de Número 17 fue una de completo asombro cuando Videl echó a caminar nuevamente, movida a pura fuerza de voluntad hacia la torre central. Pasó junto a él, cojeando, sujetándose el estómago, pero sin detenerse. Cada paso la acercaba más y más a la Habitación del Tiempo, cada paso la ponía más cerca de Gohan.
Cuando estaba a menos de un metro de los pequeños escalones, Videl se permitió pensar que podía lograrlo, que cruzaría la entrada y descendería las largas escaleras hacia las entrañas del templo. Pero se equivocaba. Unos brazos de acero la inmovilizaron de repente por la espalda, alzándola casi un metro del suelo con una fuerza brutal. Un antebrazo se hundió firmemente en su garganta, lento pero seguro, sofocándola. Videl pataleó desesperada, intentando liberarse, pero fue inútil.
—Oh, vamos…déjame escucharlo…—le susurró al oído la aterciopelada voz de 18—Déjame escuchar ese dulce crujido…
Videl volvió a retorcerse como un pez atrapado en la red del pescador. Hundió los dedos en la tela rayada que cubría el antebrazo de 18, tratando de quitársela de encima, pero su agarre era férreo como una barra de metal. No consiguió moverla ni un solo centímetro. Uno de los brazos de la androide presionaba con una fuerza titánica contra su garganta, hacia adentro, estrujándole músculos, tendones y vértebras; el otro presionaba en dirección contraria contra la zona alta de su espalda, manteniéndola suspendida en el aire. Videl comprendió que si no hacía algo pronto, le reventaría la laringe.
—Vamos, vamos… Oh, ahí está…solo un poco más…
Videl gimió cuando una de las vértebras de su cuello se desplazó levemente, provocándole una atroz oleada de dolor. Sorprendentemente, aquello fue lo que le salvó la vida. El dolor fue tan terrible que su mente se despejó de improviso, haciéndole ver todo con una espantosa claridad a medida que la adrenalina la llenaba por dentro. Reaccionando por puro instinto, Videl llevó la mano hacia la parte trasera de su cinto, donde estaba enfundado su puñal. Lo extrajo en un solo y veloz movimiento, haciéndolo girar en su mano, y entonces lo hundió en el costado de 18.
Fue algo extraño. Una parte de ella esperaba encontrarse con una firme resistencia, como si intentara apuñalar un trozo de acero, pero no fue así en absoluto. La punta del cuchillo se hundió fácilmente en el cuerpo de la androide, abriéndose paso entre la tela, la piel, la carne y las costillas. Se sintió exactamente igual que apuñalar a cualquier otra persona, y esa era una sensación que, desafortunadamente, Videl conocía muy bien. En cuanto a Número 18, el gruñido de dolor que soltó, así como los borbotones de sangre que brotaron de la herida, también fueron muy pero muy humanos.
La soltó.
Videl cayó sobre sus pies, repentinamente libre. Enseguida se precipitó hacia adelante, como si fuera a perder la consciencia allí mismo, pero la entrada al templo estaba justo delante de ella. Se acercó tambaleante, casi cayéndose, estirando un brazo para sujetarse de una de las columnas. A sus espaldas, la voz furiosa de Número 18 le llegó como un latigazo.
— ¡Maldita perra estúpida! ¡Mira lo que has hecho!
Videl volteó torpemente, sujetándose de la columna para no caerse. El dolor en su cuello era insoportable. A unos dos o tres metros de la entrada, 18 la observaba con unos ojos desbordantes de odio. Tenía todo un costado de su chaleco de jean empapado en sangre, la cual chorreaba camino abajo casi hasta la rodilla. El mango del puñal sobresalía solitario del chaleco. Número 18 lo sujetó con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, arrancándoselo del cuerpo con un fuerte tirón. Así sin más, lo arrojó despectivamente hacia un lado, como quien se ha quitado una espina de un dedo. El cuchillo resbaló por el enlozado dando varias vueltas en círculo, dejando un rastro rojo y brillante.
—Acabas de estropearme la ropa…—bufó 18—Ya casi no me quedan diseños como este, y tú acabas de mancharlo y agujerearlo… ¡Vas a pagar caro por esto!
—Parece que las hecho enojar—se rió Número 17, quien observaba tranquilamente la escena desde un costado—No tienes idea de cuanto lo lamento por ti, muchachita. Ni siquiera yo me animo a andar cerca cuando se pone así.
Videl miró atónita de uno al otro. ¿Qué cosa eran aquellos monstruos? ¿De qué rayos estaban hechos? Había apuñalado a 18 en un riñón con todas sus fuerzas. Una persona común y corriente estaría agonizando en el suelo, desangrándose entre estertores. La androide, sin embargo, no le prestaba la más mínima atención a tan terrible herida; es más, si estaba tan cabreada con ella no era porque la hubiera acuchillado, sino porque le había estropeado uno de sus chalecos favoritos. Número 17, por su parte, parecía sumamente divertido, sin prestar la más mínima atención a la sangre que manaba del costado de su compañera.
—Te has vuelto descuidada, 18—juzgó en tono alegre— ¡Mira que dejar que una simple chiquilla te haga esto!
— ¡Ya basta!—estalló 18, pálida de rabia—Ya me harté de esta maldita mocosa… ¡Voy a hacerla pedazos!
Videl retrocedió, mirando de soslayo por encima del hombro. La entrada al templo se alzaba justo a sus espaldas, conectando con el amplio pasillo que la llevaría escaleras abajo. No obstante, tuvo que volver bruscamente la mirada al frente cuando un agujero del tamaño de un puño estalló en la columna en la que se apoyaba. Número 18 la miraba con una expresión salvaje, señalándola con un dedo que despedía humo.
—Ni se te ocurra... —siseó enfurecida—No tengo pensado seguir correteándote por todo este asqueroso lugar. Voy a asegurarme de ello—la dura línea formada por sus labios se curvó en una sonrisa siniestra—Primero te arrancaré esas bonitas y torneadas piernas, para que te quedes quieta en el suelo de una buena vez. Después seguiré con los brazos. Y luego...luego voy a...
Videl escuchaba entre fascinada y aterrada las oscuras amenazas de la androide. Por eso, grande fue su asombro cuando, de repente, 18 se quedó callada. Sus ojos celestes se estrecharon en una clara expresión de cautela, clavándose en algún punto a sus espaldas. 17, quien hasta entonces había contemplado divertido la escena, dejó de sonreír. Al igual que su compañera, miraba algo justo detrás de ella. Estaba a punto de voltear cuando escuchó la voz.
—Siento haberte hecho esperar, Videl.
Videl abrió mucho los ojos, sintiendo como la boca se le secaba, como el corazón se le aceleraba hasta casi dolerle en el pecho. Se volvió bruscamente, llena de renovada ilusión, y ahí estaba él.
— ¡Gohan!
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Videl lo miraba con una expresión que era una curiosa mezcla de asombro, euforia y alegría. El cúmulo de emociones que él mismo experimentó en ese instante fue también de lo más complejo. Su estadía en la Habitación del Tiempo había sido uno de los desafíos más grandes que había enfrentado en toda su vida. Hacía un año entero que estaban separados, un año de temor, sacrificios y soledad. Un año. Pero Gohan había comprendido mucho antes cuanto la necesitaba. Añoraba su compañía, su voz, su sonrisa, el bello brillo de sus ojos azules. La añoraba a ella. Por eso su primera reacción al verla, de espaldas a él en la entrada del templo, fue sonreír.
Sin embargo, cuando Videl se dio vuelta, la sonrisa se le cayó del rostro.
Videl tenía el pómulo derecho y la mejilla sumamente hinchados. La piel en torno al golpe ya había comenzado a adquirir el tono purpúreo de un hematoma. Un fino hilo de sangre la resbalaba por la barbilla, naciendo desde la comisura del labio.
Gohan sintió que una mano helada le trepaba por el pecho, cerrándole la garganta en un nudo de ira. Apretó fuertemente el puño, paseando los ojos de Videl a los androides. 17 y 18 le devolvieron la mirada sin ningún reparo; Número 18 incluso se atrevió a guiñarle un ojo en forma burlona.
Por unos instantes, Gohan tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no lanzarse de cabeza hacia ellos. Los malditos se habían atrevido a ponerle la mano encima. La habían lastimado. A ella. Apretó los dientes, tan furioso que no podía ni respirar. No los perdonaría. Iba a hacerlos pedazos de una vez y para siempre. Iba a…
— ¡Gohan! —Videl se le acercó— ¡Has vuelto! ¡Al fin has vuelto!
—Sí…—Gohan suavizó su expresión—He vuelto.
Pese a lo lastimada que estaba, Videl sonrió, pasándose el pulgar por la nariz en un gesto bastante pícaro.
— ¿Pero por qué tardaste tanto?
Gohan notó como sus labios se movían por sí solos, curvándose en una amplia sonrisa. No respondió de inmediato. Sin decir nada, alzó lentamente la mano, rozándole la mejilla lastimada con el dorso de los dedos.
—No pude llegar a tiempo… No me imaginé que nos encontrarían aquí. Has tenido que sufrir esto por mi culpa. Lo siento…
— ¿Lo dices por este golpecito? —Videl sacudió la mano, restándole importancia—No es nada. Una menucia. He estado mucho peor antes, créeme.
Gohan asintió, pero no pasó por alto la marca enrojecida que rodeaba el cuello y la nuca de la muchacha, ni como se doblaba un poco al moverse, como si todo el abdomen le ardiera. Volvió a mirar fugazmente a los androides, apretando el puño. Los dedos de la mano fantasma le picaban de rabia. Uno de aquellos bastardos había intentado romperle el cuello. Y otro le había quebrado al menos una costilla.
—Escúchame bien, Videl. Necesito que entres al templo. Necesito que, sin importar lo que pase, te quedes ahí. Yo me haré cargo de todo a partir de ahora.
—Ni hablar—Videl colocó los puños en la cintura con gesto desafiante—No pienso esconderme mientras te enfrentas a ellos tú solo.
—Es necesario.
—No quiero.
—Piénsalo un segundo. ¿En verdad crees que podrías hacer algo si te quedaras aquí?
Ella apretó los labios, furiosa, pero no dijo nada. Bajó la vista.
—No.
—Debes entender que no podré luchar tranquilo contra los dos si tú estás al descubierto, a su alcance. Debes entrar al templo…por favor.
Videl volvió a quedarse callada un momento. Soltó un resoplido, mirando para un costado.
—De acuerdo. Lo haré.
—Te lo agradezco, de verdad—Gohan sonrió—Ahora, ten esto.
Llevó la mano hacia la faja roja que ceñía su gi de combate, extrayendo una pequeña semilla de color pardo. La apretó con firmeza entre el pulgar y el índice, haciendo fuerza hasta que logró partirla en dos. Videl lo miró con curiosidad cuando le tendió una de las mitades.
— ¿Esta no es esa extraña semilla que te dio Yajirobe?
—Exacto. Se llama semilla del ermitaño.
—Ya veo….—Videl la tomó con cierta inseguridad, mirándola— ¿Y qué debo hacer con ella?
—Estás herida. Pero si comes esto te sentirás mucho mejor. Funciona al instante, puedo asegurártelo.
Videl sonrió nerviosamente, devolviéndosela.
—En ese caso, quédatela tú. A mí no me hace falta. ¡Estoy bien!
Gohan la miró en silencio durante un breve instante. Cuando habló tanto su voz como su expresión fueron muy, pero muy serias.
—He pasado toda mi vida luchando, desde que tengo uso de razón. Eso también supone toda una vida curando mis propias heridas y huesos rotos. Sé distinguir muy bien cuando alguien está lastimado, Videl. Y tú lo estás.
—Pero…
Gohan le rozó el pómulo con el dedo.
—Este golpe es solo superficial. Pero estuvieron a punto de romperte las vértebras del cuello, y puedo apostar a que tienes al menos una costilla fracturada. ¿Me equivoco?
Videl no respondió.
—Hazme caso, cómela—dio media vuelta, mirando a los androides con ojos fríos como el hielo—Yo tengo cosas muy importantes que discutir con estos dos…
Echó a caminar, decidido, pero antes de que pudiera dar un par de pasos Videl lo sujetó por la muñeca. Gohan la miró, topándose con sus ojos azules fijos en él.
—Debes ganar, Gohan. Prométeme que lo harás. Prométeme que volverás.
Gohan no contestó de inmediato. Se tomó unos segundos para mirarla fijamente, para memorizar cada línea de su mentón, de su nariz, de sus labios, de todo su rostro. Luego se permitió una pequeña libertad, un pequeño placer, algo sumamente sencillo, pero que aun así le dio el valor y las fuerzas necesarias para lo que estaba por venir. Deslizó un poco el brazo hacia arriba, estrechando firmemente la mano de Videl. Así, acariciando con suavidad sus dedos, se permitió sonreírle.
—Te lo prometo.
No dijo nada más. Ella tampoco. No fue necesario. Gohan comprendió en ese momento que entre ellos había mucho, mucho, más que palabras.
La observó marchar, asegurándose de que cruzara las puertas antes de voltear hacia su destino. En cuanto se volvió, Número 18 comenzó a aplaudir con alevoso entusiasmo.
— ¡Bravo, bravo! ¡Pero que bonita escena! No me equivocaba con ustedes… ¡de verdad van en serio! ¿No crees, 17?
Número 17 no hizo ningún comentario. Miraba a Gohan con una muy desagradable expresión en el rostro.
—Te ves diferente, Gohan.
—Oye, es cierto—18 se adelantó un par de pasos, poniendo los brazos en jarra—Lindo cambio de ropas. Me resultan muy familiares. ¿Qué acaso Piccolo no vestía algo así el día que lo matamos?
—No me refiero a sus ropas, 18. Míralo bien.
La chica frunció ligeramente el ceño, observándolo con atención.
—Hey…tienes razón. Esta más delgado, más esbelto. Su rostro se ve afilado. ¡Si hasta parece más alto! ¿Qué estuviste haciendo estos últimos días, pequeño Gohan?
Gohan no se molestó en responder. Se limitó a mirarlos con unos ojos que expresaban más que mil palabras. Número 17 torció la boca en una fea sonrisa.
—Pero míralo… Le hemos dado tantas palizas y aún así se atreve a mirarnos con semejante arrogancia. Eh, Gohan, dime algo… ¿te has puesto a pensar alguna vez que si aún sigues vivo es solo porque nosotros así lo hemos querido? ¿No? —la sonrisa de 17 se esfumó, reemplazada al instante por una mueca de ira— ¡Pues eso se termina hoy! Ya estoy harto de ti. Ya estoy cansado de que vuelvas una y otra vez, que ni siquiera haber perdido un brazo haya sido suficiente para ti. ¡Ya estoy harto de que te rehúses a morir! Hoy no habrá segundas oportunidades. Voy a matarte; a ti y esa mocosa que tanto te preocupa. Oh, sí…he visto como pretendías esconderla de nosotros, pero es inútil. Ocultarse ahí adentro no le servirá de nada, ¡voy a…!
Número 17 guardó silencio. No porque se hubiera quedado sin amenazas que proferir, sino porque el repentino y fenomenal despliegue de poder de Gohan lo dejó sin habla. Literalmente. El joven Saiyan empuñó la mano y separó las piernas, soltando un ensordecedor grito de batalla. Un remolino de energía dorada lo envolvió de los pies a la cabeza, estallando hacia afuera con tanta fuerza que toda la plataforma pareció sacudirse. Los cambios se produjeron al instante. Su cabello se erizó, tornándose tan dorado y brillante como su aura; sus músculos se marcaron aún más, sus ojos pasaron de un negro azabache a un verde marino. Los androides lo contemplaron con expresiones sombrías. Ya no había ni rastro de burla en sus rostros.
—No entiendo como, pero parece que eres más fuerte que antes…—juzgó 18, mirándolo de arriba a abajo— ¿Qué fue lo que hiciste para aumentar así tu poder en tan poco tiempo? En fin, no importa. Que hayas aumentado un poco tu ki y que pongas cara de duro no hace ninguna diferencia. ¡Esta vez no te escaparás! ¡Vamos a destruirte de una…!
—No—17 interpuso un brazo, negando con la cabeza—Yo lo enfrentaré. Solo.
La chica arqueó las cejas, echando un cauteloso vistazo al joven Saiyan.
— ¿Estás seguro? El maldito de verdad ha incrementado su fuerza. Pero si lo enfrentamos a la vez podemos acabar con él sin ningún problema, estoy segura.
—Lo sé. Pero quiero demostrarle algo.
— ¿Qué?
—Quiero demostrarle que, por más fuerte que se crea ahora, uno solo de nosotros sigue siendo más que suficiente para hacerlo trizas.
Número 18 frunció el ceño, se lo pensó unos segundos, pero terminó por asentir.
—De acuerdo.
— ¿Has oído, Gohan?—17 lo encaró, abriendo los brazos con una sonrisa—Yo solo voy a pelear contigo. Con eso nos basta. ¿Estás listo para morirte de una buena vez?
Gohan continuó sin decir nada. Separó bien las piernas y se colocó de perfil, muy lentamente, estirando el brazo en diagonal hacia abajo, con el hombro alzado para proteger la barbilla. Se quedó así, completamente inmóvil, observando con frialdad al androide. El aura dorada de su ki lo rodeaba incansable. Número 17 frunció el ceño. Comprendió, con asombro, que no había fisuras en su defensa. Pese a que solo tenía un brazo no podía ver ni una maldita abertura por donde atacarlo. Enfurecido, se abalanzó sobre él sin pensarlo, a toda velocidad, en uno de esos movimientos que eran simplemente demasiado rápidos como para verlos.
Gohan alzó el antebrazo.
El puño del androide golpeó con fuerza devastadora, tanta que el polvo bajo sus pies salió disparado en un radio circular de muchos metros. Pero Gohan no retrocedió. Ni un solo centímetro. Estaba clavado al suelo, con el antebrazo en alto, bloqueando de lleno el puño de 17. El androide no salía de su asombro; miraba a Gohan con una expresión entre incrédula y furiosa. Presionando hacia adelante para vencer la sólida resistencia, no llegó a advertir cuando Gohan deslizó el brazo hacia un lado, atrapándolo por la muñeca. El joven jaló violentamente hacia él, recibiéndolo con un brutal cabezazo en el rostro.
Numero 17 se tambaleó y retrocedió, dejando un rastro sangriento en el aire. Quiso estabilizarse y saltar hacia un lado, pero el golpe había sido tan repentino y poderoso que la cabeza le daba vueltas. Apenas podía ver. La sangre que brotaba de su nariz y sus labios partidos se le había metido en los ojos. Ni siquiera sintió cuando Gohan se situó frente a él, veloz como una sombra, propinándole una invisible serie de puñetazos en el vientre. La secuencia concluyó con un corto salto del Saiyan, el cual dio medio giro en el aire para tomar impulso y, con todo el peso del cuerpo y su aceleración, asestarle una patada en el rostro.
Esta vez Número 17 voló a lo largo de la plataforma como una bala de cañón. Se estrelló de cara contra el suelo con una fuerza enorme, levantando las blancas baldosas por el aire. Rodó al menos una decena de veces antes de poder apoyarse en una mano e impulsarse hacia un lado, cayendo de rodillas. Cuando alzó la mirada, Gohan volvía a estar encima de él. Pero esta vez estaba preparado. Ambos golpearon al unísono, con igual rapidez y potencia. Los puños chocaron en un estallido de energía que sacudió la plataforma como una rama en un vendaval.
La colisión de semejantes fuerzas los arrojó de espaldas en direcciones opuestas. Número 17 derrapó ágilmente a lo largo del enlozado, girando sobre sí mismo en una pirueta fulgurante. Gohan, en cambio, no frenó su retroceso. Se echó hacia atrás y saltó, elevándose en el aire a la par que liberaba múltiples ráfagas de energía desdela palma de su mano. 17 fue tras él dando un inmenso salto, fintando en zigzag en el aire para eludir las descargas que caían como una lluvia de luz desde el cielo.
— ¡Demasiado lento!
El androide atravesó la ofensiva de Gohan sin ninguna dificultad, cubriendo los últimos metros con un giro en espiral que lo colocó cara a cara frente a él.
— ¡Te tengo!
Gohan sonrió. La tormenta de ki con la que cubría su retroceso fue bruscamente interrumpida cuando echó el brazo hacia atrás, apoyando el dorso de la mano sobre la frente.
— ¡Masenko!
Gohan sacudió el brazo. Un enorme haz de luz rojiza emergió desde la palma de su mano, a quemarropa, golpeando de lleno a 17. El androide no tenía adonde huir. Había caído en la trampa. Las descargas de ki de Gohan habían sido intencionadamente lentas, una invitación directa a eludirlas y acercarse para atacar de frente, y 17 había mordido el anzuelo. Ya estaba prácticamente encima de él cuando Gohan, rápido como el rayo, liberó el Masenko a una distancia ineludible. Aquella había sido su verdadera intención desde el principio.
La devastadora ráfaga golpeó de frente al androide como una ola contra un acantilado. Una ensordecedora explosión barrió el cielo sobre el templo, generando una onda expansiva que, como una esfera de aire a presión, sacudió toda la estructura.
Inmóvil en el aire, Gohan escrutó el enorme nubarrón de humo frente a él. Había sido un golpe directo con una de sus técnicas más poderosas. Estaba seguro de que ningún ser en el mundo podría soportar algo semejante, pero desconfiaba. Los androides no emitían ningún tipo de ki. Incluso luego de un ataque como ese, no tenía modo alguno de evaluar los resultados si no los veía directamente.
De repente, un sonido.
Una especie de chasquido eléctrico.
Gohan estrechó los ojos, estirando el brazo para ponerse en guardia. El hongo de humo que llenaba el aire no le dejaba ver prácticamente nada. Por eso no llegó a anticipar la brusca onda que lo golpeó de repente.
Gohan gritó. Una sacudida eléctrica lo recorrió de los pies a la cabeza, lanzándolo hacia abajo como si un gigante le hubiera dado un manotazo. Aun así, logró estabilizarse cuando ya estaba a punto de golpear el suelo, cayendo sobre uno de sus hombros en una veloz voltereta. Giró al ras de la plataforma, incorporándose de un salto con los ojos fijos en las alturas. Arriba, la bola de humo y polvo comenzaba a disiparse. Entonces pudo ver lo que lo había golpeado con tanta fuerza.
Número 17 levitaba en medio del aire, con las piernas ligeramente extendidas y los brazos abiertos. Una perfecta esfera de energía verdosa lo rodeaba por completo, aislándolo del exterior. Intermitentes descargas azuladas brotaban de la barrera como pequeños relámpagos. Gohan supo de inmediato que su ataque no había tenido efecto alguno. 17 había sido incluso más rápido que él al liberar el Masenko, rodeándose con aquella enorme masa de energía en menos de un parpadeo. Esa misma energía era la que el androide había usado para golpearlo, ampliando los limites de la esfera hacia afuera. Y, evidentemente, no tenía pensado detenerse ahí.
17 echó ambos brazos hacia atrás, colocando las manos a la altura de la cadera con los dedos tensos como garras. El escudo que lo cubría se retrajo bruscamente hacia adentro, acumulándose en las palmas de sus manos en dos perfectas esferas de electricidad verdosa. Abrió la boca, enseñando los dientes en una sonrisa siniestra.
— ¡Muere!
El androide arqueó la espalda, con la cabeza echada hacia atrás, y luego juntó las manos en un movimiento que fue como un rayo. Un enorme fogonazo cubrió el cielo de un azul verdoso. De pie en medio de la plataforma, con sus ropas púrpuras de combate echando humo, Gohan observó impertérrito como aquel meteoro de ki se le venía encima. En ese momento, no lo pensó. Se afirmó bien en el suelo, dejando que su aura dorada se agigantara en torno a él.
Gohan gritó, apretando con fuerza el puño, y entonces se elevó a toda velocidad hacia arriba. Directo hacia el ataque de 17. Transformado en una centella dorada, Gohan colisionó de lleno contra la inmensa descarga que se cernía sobre la plataforma. Fue como una cuchilla cortando a través de un trozo de manteca. Sin esfuerzo aparente, el joven atravesó de lado a lado el ataque, partiéndolo en dos mitades que se disolvieron en pequeños puntos de luz verdosa.
17 apenas tuvo tiempo de asombrarse. Con el puño por delante, con todo el peso y la aceleración de su ascenso, Gohan lo golpeó directo en el estómago. No fue un golpe cualquiera. Número 17 se dobló como si lo hubiera arrollado un tren, soltando un grito desgarrador. Pero Gohan estaba lejos de terminar. Retiró rápidamente el puño, aprovechando la inclinación de su rival y la corta distancia para asestarle un feroz codazo en la nuca. El androide cayó en picada, inerte, estrellándose de espaldas contra la plataforma. Las baldosas se agrietaron severamente bajo su peso, y allí se quedó, inmóvil, con los ojos vidriosos clavados en el cielo.
Esa era la oportunidad que Gohan había estado esperando. Sin perder un segundo, se lanzó hacia abajo envuelto en una cada vez más intensa aura de ki. Metros más abajo, 17 ofrecía un blanco perfecto. Ya estaba casi encima de él, acumulando una gran cantidad de energía en su mano, cuando algo lo golpeó violentamente en la espalda.
Esta vez fue el turno de Gohan de salir disparado hacia un lado. Cayó bruscamente contra el suelo, rodando varios metros sobre sí mismo. Levantarse no fue tarea fácil. Se quedó tendido unos segundos con los dientes apretados. El golpe no solo lo había tomado desprevenido, sino que había sido inusitadamente fuerte. Con cierta dificultad, jadeando, logró ponerse de pie. Se pasó el dorso de la mano por la boca, observando fijamente hacia el otro extremo del campo de batalla. Allí, inclinada sobre su compañero, Número 18 gritaba y gesticulaba en forma furiosa.
— ¿Pero qué rayos estás haciendo, 17? ¿Cómo puedes dejarte apalear así por este mocoso? ¡¿Tienes idea de lo que habría pasado si no hubiera intervenido?!
Número 17 no dijo nada. Al fin había logrado ponerse de pie, casi extrayéndose a sí mismo del hueco entre las baldosas. No miraba a su compañera. Su vista estaba fija en él, y, pese a lo maltrecho que se veía, Gohan no puedo evitar reprimir un escalofrío. El androide lo observaba con los dientes tan apretados que casi echaba espuma por la comisura de los labios. Las pupilas le temblaban en unos ojos inyectados en sangre que no se apartaban de él. Escupió un chorro rojo hacia un lado, quitándose la casaca y el pañuelo destrozados de un tirón. Así, solo con su camiseta blanca cubierta de polvo, hizo ademán de salir nuevamente a su encuentro. 18, no obstante, lo detuvo sujetándolo por el brazo.
—Ni se te ocurra. No tengo pensado seguir mirando como barren el suelo contigo. Esta vez vamos a atacarlo los dos a la vez… ¡Acabaremos con él!
Gohan se puso lentamente en guardia, observando con gesto grave como los androides se alineaban, acercándose a paso lento pero seguro. Había tenido la oportunidad de medir sus nuevas fuerzas al enfrentar solo a uno de ellos, pero ya no había lugar para margen de error. Toda su experiencia anterior, cada una de los cientos de batallas que había mantenido con ellos en el pasado, cada una de sus derrotas, ya no importaban.
El verdadero combate empezaba en esos momentos.
.
Videl tragó saliva con dificultad, observando con los ojos como platos a través de la puerta entreabierta del templo.
Desde que conocía a Gohan había visto y hecho cosas que una persona cuerda no podría llegar ni a imaginarse. Ella misma, sin ir más lejos, jamás podría haberse planteado que hubiera alguien capaz de resistir en una lucha contra los androides, o volar por los aires como ellos lo hacían. Pero resultaba que Gohan podía hacerlo, e incluso ella había aprendido, algo con lo que jamás se habría atrevido siquiera a soñar. Tampoco podría haberse imaginado que el simple hecho de comer medio frijol, una en apariencia vulgar y corriente semilla, pudiera curar al instante heridas que, en circunstancias normales, tardarían semanas o incluso meses en sanar. Y eso mismo era lo que había pasado al llevarse a la boca la extraña semilla que Gohan le había dado.
Pero incluso milagros como ese palidecían ante lo que acababa de presenciar. No era la primera vez que veía luchar a Gohan. Más de una vez lo había visto combatir cuerpo a cuerpo contra los androides, y siempre había quedado incrédula hasta decir basta. Pero lo que estaba sucediendo en esos momentos…no tenía punto de comparación con nada que hubiera visto antes.
Gohan se había transformado, algo que tampoco era nuevo para ella. Pero en esta ocasión, incluso con su limitada comprensión del ki, Videl se había dado cuenta de que había algo diferente. Gohan irradiaba una especie de presión, una sensación de poder que había podido notar con toda claridad. Y lo que había sucedido después…
Volvió a tragar saliva, agarrándose con fuerza al marco de las altas puertas de entrada. Lo que acababa de ver escapaba a su lógica. Había sido todo tan increíblemente rápido y violento que le costaba asimilarlo. Gohan y Número 17 eran demasiado veloces; unas manchas difusas que apenas lograba distinguir. Lo que alcanzaba a ver, no obstante, era suficiente para asombrarla y asustarla a partes iguales. Estaba completamente segura de que Gohan le había dado una paliza al androide, en el sentido más físico de la palabra. Los indescriptibles ataques de ki súper concentrado que ambos habían hecho, aquellas ráfagas rojizas y verdosas que aparecían y estallaban en menos de un parpadeo, la habían dejado literalmente sin palabras. Que Número 17 siguiera entero luego de semejante intercambio era aún más sorprendente. Videl estaba convencida de que ningún ser vivo sobre la faz de la tierra podría aguantar algo como aquello. Pero 17 seguía en pie.
Y Número 18 acababa de sumarse a la lucha.
Videl se llevó una mano a la boca, conteniendo el aliento. El corazón parecía querer saltarle del pecho a cada latido. Absolutamente toda su confianza, toda su fe, todo su ser, estaban puestos en Gohan. Creía desde el fondo del alma que esta vez no fallaría, que obtendría la victoria; quería creer que al fin libraría al mundo del cáncer mortal que lo consumía, que ambos podrían llevar adelante la vida que alguna vez soñaron, aquella de la que solo se atrevían a hablar en susurros. Creía que podrían hacerlo juntos.
Creía; con todo su ser creía.
Pero aun así estaba asustada. Terriblemente asustada. Los androides eran verdaderos monstruos, criaturas imparables que no conocían ni la piedad ni el dolor.
Y Gohan se estaba jugando la vida contra unos seres como aquellos.
—Gohan…
En el centro de la plataforma, las cosas estaban a punto de ponerse todavía más serias. Pudo ver con toda claridad como los androides se separaban, echando a andar lentamente en círculos en torno a Gohan. El joven, inmóvil en el centro, los seguía con la mirada. La escena le hizo pensar inconscientemente en una jauría de lobos acechando a su presa. Cercándolo poco a poco. Pero Gohan no era ningún animal asustadizo a merced de los predadores, y no tardó en demostrarlo.
— ¡Terminemos con esto!
Los androides se arrojaron sobre él al unísono, saltando desde direcciones opuestas. Sin embargo, en un movimiento que Videl solo atinó a adivinar, Gohan separó las piernas y se inclinó, intensificando el fulgor de su aura. Fintó hacia su derecha con una veloz serie de pasos, eludiendo milimétricamente un puño que iba directo a su rostro. Estiró el brazo para apartar a 17 con un firme empujón, al tiempo que alzaba la rodilla para bloquear la patada que le entraba de frente, al estómago, cortesía de 18. A continuación, sin ceder un centímetro, se dejó caer rápidamente al suelo, apoyándose en la palma de la mano para girar en un amplio semicírculo, barriendo las piernas de sus dos adversarios a la vez.
Los androides cayeron aparatosamente al suelo, y Gohan, aprovechando el impulso del giro, se impulsó hacia un lado con una media voltereta. 17 y 18 se levantaron al instante, lanzándose tras él con las pupilas dilatadas por la ira. De algún modo, Videl supo que eso era lo que Gohan estaba buscando. El joven seguía retrocediendo en un vuelo al ras del piso, colocándose de frente a sus rivales en una clara línea recta. En consecuencia, los androides ya no lo rodeaban desde dos direcciones distintas como al inicio, sino que lo atacaban cara a cara, desde un solo frente.
Así, en continuo retroceso, Videl contempló boquiabierta como Gohan contenía a ambos androides a la vez. Los golpes le caían como mazazos desde diez ángulos diferentes, pero fintando, girando y bloqueando con sus rodillas y su mano lograba mantenerlos a raya. Algunos golpes terminaban por alcanzarlo, pero Gohan no se limitaba solo a retroceder. Cada puño o patada que recibía era devuelto con intereses.
Videl pudo ver como se apartaba un segundo tarde para esquivar a 17, recibiendo un puñetazo de lleno en el hombro. Pero Gohan encajó el golpe de un modo soberbio, algo que solo un prodigio como él podría hacer. No retrocedió ante el impacto ni intentó contenerlo con el cuerpo, sino que echó hacia atrás el hombro, casi acompañando el puño de 17, el cual se vio sorpresivamente precipitado hacia adelante. Gohan lo recibió con un potente rodillazo en el estómago, golpe que, no obstante, no fue lo suficientemente rápido para evitar que 18, cayendo desde su izquierda, le propinara un codazo en las costillas.
Gohan gruñó de dolor, pero nuevamente reaccionó como todo un prodigio. Inamovible, sin siquiera tambalearse ante el golpe que acababa de romperle una costilla, torció bruscamente la cadera hacia la izquierda, golpeando a 18 en la cara. Ambos androides cayeron. Ambos se levantaron y continuaron el ataque sin dar muestras de dolor o cansancio.
Videl observó toda la escena con el rostro pálido de la impresión. Durante un instante sintió deseos de agachar la cabeza y taparse los oídos con las manos. El sonido de aquellos descomunales golpes al impactar resultaba escalofriante. Era un ruido seco, crudo, como si alguien atizara un saco de carne con una vara. Cada vez que escuchaba ese sonido sobre el cuerpo de Gohan sentía náuseas.
En la plataforma, la lucha continuaba.
Gohan se vio repentinamente rodeado por ambos flancos, pero, en una nueva muestra de su genio en el combate, se inclinó hasta el punto de casi dejarse caer al suelo, alzando la rodilla izquierda y el brazo. La rodilla detuvo una patada de 17 en el acto; el brazo, salió disparado hacia atrás como una flecha, golpeando el rostro de 18 con el dorso del puño. La androide cayó como un fardo, y Gohan, aprovechando la escasa distancia, se lanzó sobre 17 con un brusco placaje. Logró embestirlo, pero antes de que pudiera derribarlo el androide golpeó con ambos codos hacia abajo, asestándole de lleno en los hombros. El crujido de los huesos se oyó con toda claridad. Gohan, sin embargo, no retrocedió. Furioso, 17 descargó salvajemente su puño contra el mentón del Saiyan. Gohan respondió el golpe al instante, apoyando la palma en el pecho de su rival. Un fogonazo de luz amarillenta estalló sobre el androide, mandándolo a volar al ras de la plataforma en medio de un torrente de ki.
Aprovechando el respiro, Gohan intentó poner distancia elevándose en el aire. Pero no llegó hacerlo. El brazo de Número 18, quien hasta entonces había permanecido derribada, se movió como si tuviera vida propia, sujetándolo por el tobillo. Videl vio como Gohan era estrellado de espaldas contra el suelo con una fuerza bestial. El enlozado saltó a su alrededor como si estuviera hecho de cristal, abriendo un enorme boquete en el suelo. Así, 18 se le arrojó encima con el rostro contorsionado por la rabia. Gohan giró de un lado a otro en el suelo, mientras una lluvia de puños explotaba a su alrededor. Cada golpe eludido levantaba un géiser de polvo y rocas en el aire. Algunos lograron alcanzarlo con ese escalofriante sonido. Número 18, presa de un repentino ataque de ira, dejó de lado los golpes de puño y comenzó a patearlo. Gohan atinó a cruzar el brazo por delante del cuerpo, conteniendo un puntapié que lo mandó rodando plataforma abajo, y allí se quedó, tendido de espaldas en el suelo. En ese momento, Número 18 se elevó por los aires dando un gigantesco salto; Número 17, nuevamente en la escena, la siguió al instante. Ambos giraron el uno en torno al otro, sin dejar de elevarse a toda velocidad.
Hasta que quedaron suspendidos justo encima de Gohan.
Con ambos brazos extendidos hacia abajo.
—No…
Videl se puso bruscamente de pie, apretando con fuerza el marco de la puerta. Estuvo a punto de abrirla de un manotazo y echar a correr hacia él, pero no pudo hacerlo. No tuvo oportunidad. Con los ojos desorbitados observó como los androides, inmóviles en el cielo, liberaban una lluvia de destrucción sobre el Templo Sagrado.
"Es como aquella vez…"
El pensamiento la asaltó justo en el instante en que las cientos, no, las miles de descargas caían sobre Gohan como un bombardeo…del mismo modo en que una vez, eones atrás, cayeron sobre la autopista de una ciudad olvidada, arrasando con todas las personas que intentaban huir. Sepultándolas. Destrozándolas.
Como a sus padres.
— ¡Goh…!
Ni siquiera llegó a gritar. Las puertas del templo se abrieron bruscamente, arrojándola de espaldas contra el suelo. Afuera, un cegador resplandor amarillo devoraba el mundo. Un rugido como la turbina de un avión no la dejaba oír absolutamente nada. Se puso de cuclillas, arrastrándose con las manos para llegar hasta la entrada. Una intensa ráfaga de viento la empujaba hacia atrás, levantando sus cabellos y sus ropas como si estuviera de cara a un ciclón. Clavó las uñas en las baldosas, obligándose a avanzar, y entonces, en medio de los estallidos que arrasaban la plataforma, lo vio. Algo emergió del humo y las explosiones, una sombra que salió proyectada hacia arriba como un cohete.
— ¡Gohan!
Era él.
¡Por todos los infiernos, era él!
Gohan cubrió la distancia del suelo hasta los androides, veinte metros más arriba, en menos de lo que lleva parpadear una vez. Pronto estuvo claro que ellos se lo esperaban incluso menos que la propia Videl. Gohan concluyó su ascenso con una fulgurante media vuelta, asestándole una patada giratoria a 18 en medio del estómago. La androide soltó un gruñido sordo e intentó retroceder, pero Gohan no se lo permitió. La sujetó por el brazo, atrayéndola hacia él de un tirón que culminó con un rodillazo, de nuevo en el estómago. 18 se dobló de dolor, con los ojos en blanco. Gohan la lanzó de regreso hacia la plataforma asestándole un golpe de espada en la nuca.
— ¡Miserable!
Número 17 intentó inmovilizarlo por la espalda con una llave, pero Gohan se puso de perfil, separó las piernas y se inclinó, golpeándolo en el abdomen con el dorso del antebrazo. El androide, lejos de detenerse, encajó el golpe con un grito de rabia, estirando la mano para atraparlo por el cuello. Gohan tampoco se lo permitió. Se elevó rápidamente, por encima de él, dando medio giro para tomar impulso y conectarle una patada en medio del cráneo. Al igual que su compañera, Número 17 cayó, estrellándose de cara contra las baldosas.
Entonces, Gohan llevó a cabo la acción más sorprendente que Videl vería en su vida. Flotando en el aire, rodeado por un aura cada vez más y más intensa, llevó el brazo hacia un costado, a la altura de la cadera. El contorno de una esfera azul de energía comenzó a tomar forma en la palma de su mano.
—Ka…me…—rayos de luz emergieron de la bola de ki, girando circularmente en destellos de un profundo azul-celeste—ha…me… ¡HA!
Gohan golpeó hacia abajo, y todo lo que Videl creía saber sobre el uso de la energía vital estalló en mil pedazos. Un verdadero pilar de energía azulada, impregnado de potentes descargas eléctricas, voló desde su mano hasta el suelo, precipitándose sobre el templo con un rugido titánico. Videl volvió a caer de espaldas ante la inmensa onda expansiva, contemplando incrédula como aquella increíble ráfaga caía sobre la plataforma como un cometa. Una inmensa columna de humo, polvo y fragmentos de roca salió disparada hacia el firmamento, alcanzando una altura de al menos cincuenta metros. Si alguien hubiera estado allí en esos momentos, a una distancia prudencial del Templo Sagrado, habría visto como una lanza de luz azul atravesaba de lado a lado la estructura, entrando desde arriba, en diagonal, y saliendo por un costado entre nubes de humo, roca y puntos de luz.
Todo terminó tan rápido como había comenzado. Videl se incorporó insegura, apoyándose sobre los codos. Un silencio sepulcral, en absoluto contraste con la cacofonía de hacía unos segundos, llenaba el aire. Se acercó tambaleante hasta la puerta abierta de par en par. Echó un largo vistazo de izquierda a derecha, sujetándose del marco con una mano. No podía ver mucho. Una densa nube de humo viciaba el aire. Llegaba a ver los contornos de un colosal agujero en medio de la plataforma, pero no había ni rastro de los androides. Ni de Gohan. Aguzó el oído, nerviosa, pero tampoco podía oír nada. Era como si Dios hubiera decidido bajarle el interruptor al mundo.
"Gohan…"
Videl apretó tanto el marco que los dedos le dolieron. Fueron apenas unos pocos segundos de indecisión, pero en el fondo sabía lo que iba a hacer. Ni siquiera lo pensó. Simplemente echó a caminar, atravesando la puerta.
Saliendo al exterior.
.
Gohan descendió lentamente sobre el terreno destruido. El humo comenzaba a disiparse, de modo que podía ver a trozos el resultado de lo que acababa de hacer. Un hoyo de al menos diez metros de diámetro atravesaba la parte superior del Templo Sagrado. Los bordes destrozados se desprendían aquí y allá, aún impregnados de descargas intermitentes de energía eléctrica.
Gohan contempló el cráter con los ojos entrecerrados, escrutando atentamente hasta el más leve indicio de movimiento. Más allá de lo que veía y escuchaba, no tenía modo alguno de saber si los androides habían muerto, o si por el contrario seguían allí, asechándolo entre el polvo y el humo. Los había herido, de eso estaba seguro. Pudiera ser, incluso, que los hubiera dañado mas que nunca antes. Pero él tampoco había salido indemne.
Se pasó la mano por la boca, intentando limpiarse la sangre que le corría barbilla abajo. No sirvió de nada. Tenía ambos labios partidos, de modo que el flujo y el regusto metálico no se iban. A la larga cicatriz que atravesaba su ojo izquierdo ahora sumaba otro profundo y doloroso corte en la ceja, del mismo lado, lo cual lo obligaba a cerrar constantemente el párpado. Cardenales que ya comenzaban a amoratarse podían adivinarse en su pecho y en su brazo. También sabía que tenía al menos dos costillas rotas. Escupió hacia un lado, manchando de rojo las baldosas. No había problema… Había estado peor antes. Aún podía seguir luchando. No había necesidad de usar la media semilla que le quedaba. No aún.
Algo se movió a su derecha.
Gohan centró la mirada en una de las muchas lenguas de humo que ascendían silenciosas hacia el cielo. Una sombra se hizo poco a poco visible, acercándose lentamente hacia él. Número 17 emergió como una aparición entre la bruma. Tenía la ropa hecha girones, el cabello negro revuelto y cubierto de polvo. Líneas de sangre cubrían su rostro, y allí, en medio de todo aquel rojo, sus ojos celestes refulgían como fuegos fatuos, fijos en él. Pese a lo igualado que había estado el combate hasta ese momento, Gohan sintió un verdadero escalofrío ante el peso de aquella mirada. Había un odio violento, casi animal, en los ojos del androide. Creía entender por qué. Ni él ni 18 se habían visto tan presionados en el pasado; Gohan nunca los había llevado tan al límite como en ese combate. 17 ya lo había dicho antes de que todo comenzara. La resistencia de Gohan les resultaba insultante…y era la primera vez que lograba aguantar tanto.
Número 17 se inclinó levemente, enseñando los dientes en una mueca ensangrentada. Gohan se puso en guardia en esa pose que él mismo había creado para suplir la falta de su brazo izquierdo. Lo que venía a continuación sería sumamente peligroso. Hasta ese punto del combate él había llevado la ventaja. Había provocado mucho más daño del que había recibido, pero aún así había algo que sin lugar a dudas estaba a punto de pasarle factura.
A diferencia de él, los androides no se cansaban.
Número 17 soltó un feroz y repentino grito de guerra, abalanzándose sobre él en un borrón de velocidad. Gohan atinó a echar la cabeza hacia atrás, justo a tiempo para eludir una descarga de energía a quemarropa. Retrocedió, estabilizándose con dos veloces pasos hacia un lado, y entonces contraatacó, hundiendo su puño en la quijada de 17. El androide se desplomó como una marioneta desarticulada, pero no cayó; apoyó la mano en el suelo para frenar la caída y alzar la parte inferior del cuerpo, lanzando dos veloces patadas consecutivas. Los golpes alcanzaron a Gohan en su flanco herido como si fueran dos mazazos, astillando aún más sus costillas. Gritó, doblando la rodilla y escupiendo sangre, mientras 17 se arrojaba como un perro rabioso sobre él. Sin embargo, pese a su desventajosa posición y a la reducida distancia, Gohan ni retrocedió ni intentó alejarse; salió a su encuentro de frente, fintando con un paso hacia un costado en el último segundo. La palma de su mano, llena a rebosar de ki, se apoyó suavemente sobre el pecho del androide.
— ¡Ahhhhhh!
Una nueva descarga barrió de frente con 17, lanzándolo contra un montón de columnas derruidas a un lado de la plataforma. Gohan aún tenía el brazo extendido cuando una ráfaga de ki lo golpeó por la espalda, a la altura del omóplato. Cayó bruscamente hacia adelante, apoyando la mano en el suelo para no derrumbarse. En ese momento una sombra pasó por encima de él. Número 18 superó el espacio sobre su cabeza con un enorme salto desde atrás, en arco, dando media vuelta en el aire para caer justo en frente suyo. La mano de la androide, impregnada de energía eléctrica, lo alcanzó de costado en el pecho con una fuerza que podría haber derrumbado un edificio. Gohan volvió a escupir sangre, desplomándose, aunque no como ella se esperaba. Logró caer sobre el hombro derecho, aprovechando la propia potencia del golpe para dar un ágil giro al ras del suelo, bordeándola en un semicírculo. Repentinamente fuera de su alcance, Gohan extendió la pierna para golpear con un amplio movimiento de barrido, alcanzándola en la parte posterior de la rodilla. Número 18 perdió el equilibrio y cayó, pero antes de que llegara a tocar el suelo, Gohan se incorporó y abanicó el brazo, de abajo hacia arriba, liberando una curva medialuna de ki. El impacto fue directo. La androide salió volando, abriendo un profundo surco con su cuerpo a lo largo de la plataforma.
Gohan se enderezó, respirando agitado. Llegó a notar la leve perturbación en el aire a sus espaldas, incluso intentó darse vuelta, pero el impacto fue demasiado veloz, demasiado sorpresivo. Y demasiado fuerte. El golpe de maza de 17, con ambas manos entrelazadas, lo alcanzó directamente en la nuca.
Gohan se desplomó.
Cayó boca abajo, con los miembros inertes y los ojos en blanco. Sus cabellos, antes dorados como el sol, volvían a ser negros.
Número 17 se le echó encima como un buitre a un cadáver, cegado por la furia. Comenzó a patearlo, sin contenerse en lo más mínimo, levantándolo del suelo en un frenesí enloquecido. Gohan no se movía, no reaccionaba, ni siquiera sentía. Apenas si notaba un dolor sordo, lejano, sumergido como estaba en la negrura absoluta de la inconsciencia. No había nada allí, solo él flotando en la oscuridad, solo aquel dolor cada vez más y más difuso.
Pero no…
Había algo.
Un sonido claro y cristalino.
Una voz. Una voz hablando directamente en su cabeza.
"...no me pidas que me vaya. No voy a dejarte. No lo haré. Aunque mi vida corra peligro, no lo haré. Seguiré contigo hasta el final."
Gohan parpadeó. Los dedos de su mano se abrieron y se cerraron.
"Me preocupo por ti, Gohan… Eres lo único que me queda en el mundo. No quiero perderte."
Los sonidos volvieron a llenar lentamente el mundo. Los aullidos salvajes de 17, encima de él, se hicieron cada vez más y más audibles.
"Debes volver… Yo estaré justo aquí, esperándote. Recuérdalo, Gohan. Te estaré esperando…"
De improviso, pudo sentir con toda claridad el peso del pie que le aplastaba el hombro, que lo golpeaba en las costillas. Ya no flotaba en medio de la penumbra. Sus ojos recuperaron el brillo. Sus dedos volvieron a sentir el tacto áspero y duro del suelo.
"Yo volveré a tu lado, Videl. Te lo prometo".
—Te lo prometo…
— ¡Voy a matarte!
Gohan se levantó en una exhalación. Su cuerpo reaccionó por sí solo, dando un giro ascendente para escabullirse por debajo del puño del androide. Sus cabellos volvieron a teñirse de dorado justo antes de efectuar el contraataque, antes de alcanzarlo en el estómago con el golpe más poderoso, más devastador, que jamás hubiera dado. 17 abrió la boca hasta casi desencajar la mandíbula, vomitando un grueso borbotón de sangre. Gohan no se detuvo. Retiró el puño con brusquedad, alzando la pierna casi en noventa grados para asestarle una patada en la barbilla. La cabeza de 17 salió disparada hacia atrás. Pero logró reaccionar. Juntó rápidamente las manos, por reflejo, disparando una ráfaga brusca y apresurada.
A esa distancia, Gohan no pudo evitarla. Voló hacia atrás, dando varios giros en el aire, y cayó. 17 no tardó en imitarlo. El androide trastabilló y dobló la rodilla, retorciéndose entre violentos estertores. Jadeaba, tosía sangre, se sujetaba con fuerza el estómago. Gohan alzó trabajosamente la cabeza desde el suelo, lo vio. Sacando fuerzas que ya no creía tener, se obligó a levantarse, a lanzarse de nuevo al ataque.
17 lo vio venir, incrédulo. Aún arrodillado, alzó los brazos para bloquear una veloz serie de patadas, respondiendo con un golpe de palma que le asestó de lleno en el vientre. Gohan retrocedió varios pasos, aturdido, y volvió a caer.
— ¿Cómo puede ser…?—farfulló 17, poniéndose de pie con dificultad— ¿Cómo puede ser que, a pesar de todo, tú…tú sigas…?
El androide guardó silencio, con los ojos desorbitados por el asombro. Sus labios se movían, pero no emitían sonido alguno. En esos momentos, no podía entender como Gohan era capaz de levantarse de nuevo.
—Quédate ahí…—susurró entre dientes—Quédate ahí, maldición, no te levantes… ¡No te levantes, maldita sea!
17 aulló de ira, observando con los puños apretados como Gohan, demacrado y reducido, volvía a incorporarse, encarándolo. Su rostro sereno, tranquilo a pesar de todo, hizo enloquecer al androide.
— ¡¿POR QUÉ?!—estalló, señalándolo con un dedo manchado de sangre— ¡¿Por qué te levantas?! ¡¿Qué te impulsa a hacerlo?! ¿Por qué no te quedas ahí tirado aguardando la muerte? ¡Es inevitable! ¿O acaso te piensas que puedes hacer algo por este mundo podrido? ¿Eh? ¡No! No puedes hacer nada, Gohan, ¡NADA! No nos derrotarás, jamás lo harás. La humanidad está condenada. No puedes salvarlos…—los ojos de 17 se desviaron un instante, centrándose en un punto a sus espaldas—Y yo voy a demostrártelo…
Gohan tendría que haberlo sabido. Desde el momento en que el androide alzó el brazo, señalando con el dedo índice, debió haberlo sabido. Pero todo sucedió demasiado rápido. Primero, el súbito resplandor en la mano de 17, luego, el delgado rayo de luz
atravesando el espacio sobre su hombro, rozándole la mejilla. En ese lapso apenas llegó a pestañear una vez.
Y luego oyó el grito.
Un quejido ahogado, espeso.
Gohan se dio vuelta bruscamente, y todo su mundo se hizo pedazos.
A unos diez metros, de pie ante las puertas del Templo Sagrado, Videl lo observaba. Sus grandes ojos azules bajaron lentamente, descubriendo con gesto sorprendido la mancha de sangre que comenzaba a formarse en su camiseta.
—Oh…
Videl cayó al suelo.
Para Gohan fue como si el tiempo se hubiera detenido. Boquiabierto, con los ojos desorbitados por el horror, contempló como la única persona que tenía en el mundo se desplomaba, casi en cámara lenta, dejando una nube de rocío rojo en el aire.
— ¡VIDEL!
Gohan echó a correr enloquecido. Tropezó, se puso de pie entre tambaleos. Casi arrastrándose los últimos metros, se arrodilló junto a ella y la tomó de la mano.
—Videl…no…no… ¡NO!
La chica lo miró con ojos acuosos, perdidos. Estaba terriblemente pálida.
—Gohan…
—Shhh…no hables. No hables, Videl. Vas a ponerte bien. Esto…esto no es nada…—Gohan llevó la mano hacia su ancho cinto de tela, buscando frenéticamente—Vas a estar bien…claro que sí… ¡Maldición! ¡¿Dónde está?!
Sus dedos, pegajosos de sangre y sudor, no lograban sujetar la diminuta semilla del ermitaño.
—Gohan…
—Todo esta bien, Videl… Estoy aquí, estoy aquí contigo. Vas a salir de esta, créeme. ¡La tengo!
Gohan alzó la mano, triunfal…y la semilla se le escapó de los dedos.
— ¡No!
El medio frijol rebotó sobre las baldosas, perdiéndose entre el polvo y los escombros. Gohan hizo ademán de arrojarse al suelo, desesperado por encontrarlo, pero en ese momento Videl lo sujetó del brazo con una fuerza sorprendente. Gohan se volvió hacia ella, sintiendo que el estómago le daba un vuelco. La muchacha estaba tendida en un enorme charco de sangre. Le apoyó la mano en el abdomen, intentando presionar para contener la hemorragia, pero fue inútil. El orificio de entrada, en el lado izquierdo del torso, era diminuto, apenas sangraba, pero el de salida, en la espalda, hacía que el círculo rojo sobre el que estaba tendida creciera cada vez más.
—Videl…la semilla…yo…
—No, Gohan, escúchame. Está bien…todo está bien. Ya no tengo miedo. No debes preocuparte, yo confío en ti. Sé que lo lograrás, sé que conseguirás derrotarlos. Debes hacerlo. Por el mundo, por todos los que han muerto, por los que aún siguen con vida, por todo lo que hemos sufrido y…y por mí. Porque…porque yo…—Videl le dedicó la más luminosa y bella de las sonrisas, una sonrisa que ni su tez cenicienta, ni la opacidad de sus ojos, ni siquiera la brillante sangre roja sobre la que yacía, lograron opacar—Porque yo te amo, Gohan… Yo te amo.
Gohan sintió que el corazón se le detenía. Sus ojos, enormemente abiertos, se llenaron de lágrimas. Sin poder contenerse la alzó del suelo con su única mano, abrazándola, hundiéndose en ella, rompiendo a llorar como un chiquillo. Videl le devolvió apenas el abrazo, con una debilidad aterradora. Seguía hablando, susurrándole al oído. Él no podía. Tenía los labios monstruosamente secos. Los estertores del llanto lo ahogaban.
—Pensé que no podía hacerlo…—susurró Videl, acariciándole tiernamente la mejilla—Pensé que ellos me habían privado de ese sentimiento, que habían destruido todo lo que hay en mí hasta el punto de ya no ser capaz de sentir nada. Pero me equivocaba, Gohan, me equivocaba…—su voz se quebró—Ahora lo sé… A tu lado, ahora lo sé…
Gohan la estrechó más contra su cuerpo, temblando.
—Videl…yo…
En ese instante la vio. Estaba tirada en el suelo a apenas unos centímetros, atorada entre dos trozos de baldosa. Gohan estiró desesperadamente el brazo, tomando la semilla del ermitaño. Sujetándola con suma firmeza, la acercó al rostro de la joven, eufórico, decidido; pues acababa de entender que en ese pequeño frijol no solo residía la salvación de Videl…sino también la de él, la de ambos. Acababa de comprender que él también la amaba, que ya no podía imaginarse una vida sin estar juntos, que si ella moría entonces él también moriría, solo, sin el amor que había descubierto a su lado.
—Come esto, Videl… Es la otra mitad de la semilla del ermitaño, cómela y te sentirás mucho mejor, te lo prometo, tú solo…
Gohan guardó silencio. Su mano, con la semilla presionando suave contra los labios de Videl, bajó hasta tocar el suelo.
— ¿Vi…Videl?
La chica no respondió. Estaba más pálida que nunca. Sus ojos opacos y desenfocados ya no lo miraban.
Ya no se movía.
—No…—Gohan se llevó la mano hacia la boca, mordiéndose la piel hasta que brotó sangre—No… Videl…no…
Su mirada saltó frenética del rostro de la chica a su pecho, del charco rojo a sus ojos apagados. Las aletas de su nariz ya no se movían. El pecho ya no subía y bajaba lentamente.
Ya no respiraba.
—No…no…—Gohan bajó la vista, sacudió la cabeza. Se mordió los labios—No…no… ¡NOOO!
El piso comenzó a moverse bajo sus pies, a balancearse como si estuviera vivo. Sintió el sabor ácido de la bilis trepándole por la garganta. Estaba mareado. Tenía unas ganas espantosas de vomitar. Gohan se incorporó bruscamente, llevándose la mano al rostro, tapándose los ojos para ya no ver. Pero veía. Veía el cuerpo inmóvil de Videl en el suelo. Veía a los androides más adelante, uno junto al otro, sonriéndole burlonamente con sus bocas infernales. Cayó de rodillas, estirando la mano temblorosa hacia Videl. El dedo índice de 17, apuntando a su corazón, volvió a resplandecer en su mente.
— ¡VIDEL!
Algo estalló en el interior de Gohan.
Algo que lo consumió por dentro como un hielo cortante, congelando todo lo que había en él. Su esperanza, su ilusión, la fuerza que lo impulsaba a seguir adelante. Su cordura. Gohan experimentó la más oscura de las desesperaciones, la saboreó desde lo más hondo de su alma, entendiendo con horror la magnitud de lo que acababa de suceder. De lo que acababa de perder.
La misma negra desesperación, la misma ira monstruosa y violenta de aquella vez, hacía años, cuando su mejor amigo murió entre sus brazos, lo aferró con dedos de hielo. Era una agonía que cortaba el aliento, que martirizaba, que congelaba el corazón y lo astillaba en mil gélidas agujas; un sombrío sentimiento capaz de volver loca a una persona. Solo que esta vez era peor. Esta vez el odio y el dolor más puros, más absolutos y terribles, llenaron a Gohan. Lo sobrepasaron, lo superaron.
Se apoderaron de él.
Gohan cerró los ojos. Arqueó la espalda, echó la cabeza hacia atrás. Y entonces gritó. Gritó con una potencia y a una frecuencia que un ser humano no debería poder alcanzar. La plataforma tembló. El polvo se levantó de las baldosas, elevándose lentamente en el aire…y entonces voló en todas direcciones, junto con los escombros, columnas y demás restos esparcidos por el suelo. Un aura dorada, diez veces mas resplandeciente e intensa, lo envolvió en un torbellino de poder.
El joven gritaba, sujetándose el rostro como si quisiera arrancarse la piel de la cara. Se inclinó hacia adelante, golpeando el suelo con furia, levantando las baldosas hasta pulverizarlas. El oro de su cabello comenzó a latir, a titilar, erizándose aún más que antes.
Gohan se puso de pie y volvió a gritar, arqueando tanto la espalda que su columna pareció doblarse por la mitad. Lanzó un golpe salvaje hacia un lado, haciendo volar en mil pedazos una de las pocas columnas que aún quedaban en pie. De repente, el inmenso ki que lo rodeaba se agigantó en una explosión ciclópea de poder, sacudiendo el templo de arriba a abajo. Descargas eléctricas barrieron con chasquidos ensordecedores la plataforma, abriendo amplios surcos en el suelo.
Número 17 y Número 18 se vieron obligados a retroceder con los brazos en alto, atónitos ante lo que presenciaban. Los gritos de Gohan alcanzaron una frecuencia tal que tuvieron que taparse los oídos. Durante un segundo pareció que el Templo Sagrado, la milenaria estructura oculta en los cielos, se derrumbaría en una nube de escombros. De improviso, una columna de ki dorado emergió de Gohan como un géiser, abriendo un hoyo en medio de las nubes. La mismísima naturaleza parecía responder ante el descomunal despliegue de poder que allí tenía lugar. Nubes negras se formaron sobre sus cabezas, arrojando rayos que bailaron en torno a Gohan, haciendo saltar las baldosas en trozos negros y chamuscados.
Y entonces, de repente, todo se detuvo.
El claro cielo rosa volvía a estar despejado. El suelo ya no temblaba. El desgarrador alarido había cesado, dando lugar a una calma tensa, forzada, el tipo de calma que uno podría esperar antes del inicio de un huracán. La razón era simple. La energía emitida por el joven Saiyan al fin se había estabilizado; había transmutado de una colosal tormenta de poder al flujo calmo, continuo, de un aura de combate.
Un aura descomunalmente poderosa.
Los androides observaron inmóviles a la persona que los contemplaba desde el otro extremo de la plataforma. El aura dorada seguía impregnándolo, pero no había punto de comparación con nada que hubieran visto antes. Era más brillante, más intensa, el propio aire parecía reverberar a su alrededor como si estuviera hirviendo. Repentinas y potentes descargas eléctricas nacían desde el aura, apareciendo y desapareciendo en forma intermitente. Los rubios cabellos se habían vuelto más finos y erizados, en punta, con un largo y curvo mechón cayéndole sobre la frente. Las cejas, más finas que antes, enmarcaban una expresión vacua, fría, una expresión que poco encajaba con las silenciosas lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Aquellos ojos humedecidos se clavaron en los androides como dagas de hielo.
Número 17 retrocedió un paso, boquiabierto.
— ¿Pero qué diablos ha p…?
Gohan alzó la mano.
El movimiento fue tan despreocupado, tan fluido, tan asombrosamente rápido, que los androides ni siquiera tuvieron tiempo de empezar a procesarlo. La repentina presión que emergió de su palma, atravesando el aire como un balazo, impactó directo en el pecho de 17.
Número 18, parada a su lado, giró inconscientemente la cabeza, viendo por el rabillo del ojo como su compañero volaba de un extremo a otro de la plataforma, estrellándose de cabeza contra una montaña de escombros. No había terminado de girar el mentón aún, cuando notó con un escalofrío la sombra de pie ante ella, tan cerca que casi podía sentir su respiración.
18 torció bruscamente la cadera y giró, golpeando con la palma de la mano por delante. Gohan ni siquiera se movió. El torrente de energía lo golpeó de frente, chocando contra él como un baldazo de agua contra un muro. Número 18 se quedó allí, muy quieta, con el brazo extendido y la respiración entrecortada, observando la densa pared de humo ante ella. Sus ojos se desorbitaron por el asombro cuando la bruma se disipó.
Gohan seguía de pie en el mismo sitio. No había retrocedido ni un solo paso. No había recibido ni el más mínimo daño. La energía dorada de su aura seguía rodeándolo, arrojando intermitentes chispazos eléctricos. La miraba fijamente, con unos ojos vacíos, muertos, inexpresivos. No había ni odio ni furia en aquella mirada…no había nada.
Nuevamente, sus movimientos fueron demasiado armoniosos y rápidos para llegar a preverlos. Gohan se movía con una fluidez antinatural, como si todo su cuerpo estuviera hecho de un gas acuoso. Inmóvil de la impresión, Número 18 no alcanzó a ver cuando alzó la pierna. Si sintió, con un dolor tremendo, el rodillazo que la golpeó de repente en el estómago.
18 cayó de cuclillas, apoyando ambas manos en el suelo. Se quedó ahí unos instantes, sin terminar de creerse lo que acababa de pasar. No lo había visto. El golpe había sido tan veloz y poderoso que no podía ni respirar. Podía ver los pies de Gohan justo enfrente de ella, inmóviles en el mismo lugar. Aquello la enfureció al punto de apretar los dientes y, sin importarle las consecuencias, lanzarse a la ofensiva de un salto. Su brazo se movió en un amplio arco ascendente, desplegando una ráfaga a muy corta distancia. Gohan se limitó a girar la cabeza hacia un lado, ni muy pronto ni muy tarde, en el momento justo, evitando milimétricamente el rayo de energía. Número 18 soltó una maldición, mezcla de ira y asombro, abordándolo con una feroz lluvia de golpes. Gohan continuó moviéndose en aquel modo exacto, preciso, sin apresurarse ni retrasarse. Eludió cada uno de los ataques sin siquiera bloquearlos, limitándose a girar la cabeza y dar cortos y veloces pasos hacia los lados. Así, sin dar el más leve indicio, transformó un paso en retroceso en el impulso justo para lanzar un rapidísimo puñetazo.
El golpe alcanzó a 18 en el costado de la cabeza, arrojándola bruscamente contra el enlosado. La androide golpeó el suelo, rabiosa, incorporándose al instante. Gohan la esperó tranquilamente, echando un vistazo de reojo hacia un lado. Número 17 lo atacó por el flanco en el mismo instante en que su compañera lo abordaba de frente. De repente, los golpes le caían desde cien ángulos distintos a la vez, pero para Gohan no parecía haber diferencia. Sin apenas desplazarse de la baldosa en la que estaba parado, evitó todos y cada uno de los ataques con aquella fluidez sobrenatural. Gohan se escurría entre los golpes como una serpiente. En un momento dado se inclinaba para eludir una patada, al siguiente retrocedía para evitar un puño al rostro, luego levantaba el antebrazo y la rodilla para bloquear dos ataques a la vez, siempre girando, fintando y desplazándose como si su cuerpo estuviera hecho de mercurio.
— ¡Por todos los demonios! —bramó 17, con los ojos inyectados en sangre— ¡Quédate quieto!
Gohan echó el hombro hacia atrás e inclinó la cabeza, evitando por milímetros dos puñetazos cruzados, luego dejó que el aura electrificada que lo rodeaba se ensanchara en un brusco e inesperado estallido. Los androides se vieron violentamente lanzados hacia atrás, sintiendo como una oleada de voltaje los taladraba de pies a cabeza. Lograron caer de pie, no obstante, con sus ropajes echando humo. Entonces, con una perfecta sincronización, se colocaron espalda contra espalda, alzando el brazo derecho el uno y el izquierdo la otra. Una nube de energía adquirió forma en sus manos enfrentadas.
— ¡Toma esto!
Los dos rayos de ki se fundieron en uno, avanzando a una velocidad y con una potencia tales que las baldosas se abrieron en una ancha y profunda zanja. Gohan no intentó apartarse. Con la misma expresión helada, carente de vida, alzó el brazo. El ataque combinado impactó contra la palma de su mano, mandando a volar los escombros y rocas amontonados a sus espaldas. Pero Gohan no retrocedió. Al contrario. Dio un paso. Luego otro. Sin poder creérselo, los androides contemplaron como el joven, conteniendo todo el poder con la mano desnuda, se acercaba cada vez más hacia ellos. En los últimos metros comenzó a correr, avanzando a través del rayo como si fuera una cortina de agua.
Número 17 dio un respingo, rodeándose a sí mismo y a su compañera con una gran esfera de energía verdosa. Gohan ya estaba encima de ellos. Estiró el brazo, golpeando el escudo de frente. La energía se distorsionó hacia adentro, estallando en una telaraña de puntos de luz cuando Gohan, con la simple presión de su puño, la atravesó de lado a lado. El brazo siguió de largo, golpeando a 17 en el pecho como un ariete. El androide cayó al suelo, arrastrándose de espaldas al menos veinte metros.
Número 18 retrocedió con los ojos muy abiertos, alzando la mano para cubrirse con una explosión de rayos de luz. Las delgadas líneas de energía, miles de ellas, se entrecruzaron en una red luminosa imposible de evitar. Pero, de alguna forma que escapaba a la compresión, Gohan las eludió. Avanzó a través del ataque como una sombra, desapareciendo y reapareciendo entre los destellos en un avance imparable. Antes de que 18 se diera cuenta algo la golpeó con una fuerza brutal en el vientre. No fue un ataque cualquiera. La androide sintió como si el cuerpo se le partiera en dos mitades, y entonces cayó, tan aturdida que apenas podía ver. Enormes manchas negras y rojas nublaban sus ojos. Cuando finalmente logró enfocar la mirada, lo primero que vio fue una mano extendida hacia ella, con los dedos muy separados. Un poco más arriba el rostro impasible de Gohan la miraba fijamente. Lágrimas silenciosas llenaban sus ojos. Número 18 alzó el brazo, aterrada.
— ¡Espera!
Él simplemente negó con la cabeza, cerrando los ojos.
—No.
El estallido barrió de frente con ella, cubriéndola, consumiéndola, deshaciéndola. Gohan bajó lentamente el brazo, observando con indiferencia lo que acababa de hacer. No había ni rastro de 18. Una pila de polvo distribuida en una forma vagamente humana, aquel era el único indicio de que la androide alguna vez había existido. El leve soplar de la brisa levantó el polvo, lo diseminó hasta hacerlo desaparecer en el aire.
— ¡Número 18!
Gohan giró rápidamente, ladeando la cabeza para esquivar una patada alta de 17. El androide aulló de rabia, continuando la ofensiva con una serie de golpes cuerpo a cuerpo a muy escasa distancia. Gohan se apartó para eludir un puñetazo al abdomen, interpuso la rodilla para parar una patada baja, y luego, encarando a su rival, detuvo un segundo puñetazo aprisionando al brazo de 17 entre su propio brazo y la axila. El androide intentó zafarse, pero Gohan lo derribó con un cabezazo a la cara.
Gohan se quedó quieto delante de su oponente, mirándolo con ojos vacuos. El incansable torrente de energía dorada, impregnada de descargas eléctricas, seguía rodeándolo. Al frente, con muchísimo esfuerzo, Número 17 se puso de pie. Su casaca blanca estaba hecha pedazos. Sangraba por mil heridas. Jadeaba lastimeramente. A pesar de todo, abrió lentamente los brazos, soltando un último y rabioso grito de batalla. El escudo esférico de energía volvió a rodearlo. Corrientes eléctricas recorrían la superficie de la barrera, arrancando chispazos en el aire. Entonces, como obedeciendo un nuevo grito del androide, cientos de pequeños discos de energía comenzaron a emerger del escudo, saliendo disparados al frente en borrones apenas visibles.
Pero algo había cambiado en Gohan.
En el pasado, un ataque como ese lo hubiera dejado reducido a un montón de pedazos en el suelo. Ahora, sin embargo, un solo y simple gesto fue suficiente.
Gohan alzó lentamente el brazo, con el índice extendido hacia arriba. Así, con un solo dedo, moviendo la mano a una velocidad imposible, comenzó a rechazar todos y cada uno de los proyectiles de 17. Su brazo subía, bajaba, trazaba diagonales de revés y de diestra, desviando los ataques como si impactaran contra un muro. El androide observó pasmado del asombro como los discos de ki salían volando hacia los lados, perdiéndose en el cielo o incrustándose en la plataforma sin provocar el más mínimo daño. Llegó a ver como Gohan abría la mano, apuntando en su dirección, pero, para cuando quiso reaccionar, la barrera que lo rodeaba estalló como si fuera una enorme esfera de cristal. Y no solo eso.
De repente, Gohan estaba justo delante de él. A menos de dos pasos.
Movido por un mero gesto reflejo, Número 17 intentó rechazarlo con un golpe de puño lanzado a ciegas. Fue un error. Gohan lo atrapó firmemente por el brazo, estirándoselo dolorosamente hacia un lado. Entonces, girando brutalmente su agarre, el hueso se rompió con un horrible crujido. El androide soltó un alarido de dolor, intentando alejarse, pero fue inútil. Gohan arrojó una patada baja, recta, golpeando la rodilla de la pierna en la que 17 apoyaba su peso. La rótula estalló con el mismo macabro sonido, y 17 cayó.
Gohan se inclinó sobre él.
Su mano rodeó firmemente su cuello, apretando.
De espaldas en el suelo, con la mirada inflamada de odio, 17 le rugió en la cara.
— ¡¿Qué esperas?! ¡¿Qué esperas, maldito hijo de perra?! ¿Crees que voy a rogar? ¿Te piensas que voy a suplicarte? ¡Hazlo!—sus dientes manchados de sangre se apretaron en una espantosa mueca de desprecio— ¡Yo ya he ganado! Ella está muerta… ¡Muerta! ¡Ahora hazlo de una vez! ¡HAZLO!
Sin decir nada, con las mejillas empapadas por las lágrimas, Gohan apretó. Número 17 se resistió como un animal enloquecido, luchando con uñas y dientes, pero el destino estaba marcado. Gohan apretó aún con más fuerza, girándole bruscamente el cuello hacia un lado.
Se oyó un crujido.
Fue un sonido espeso, repugnante, como si una gruesa rama llena de algún líquido viscoso se rompiera repentinamente.
Las piernas y brazos de 17, que hasta entonces se habían revuelto desesperados, se quedaron macabramente inmóviles. Sus últimos estertores cesaron.
Luego, el silencio.
El más absoluto, vacío y oscuro silencio.
Gohan alzó la mirada, dejando colgar el brazo a un lado del cuerpo. El sol brillaba en un cielo tan celeste que hería la vista. Al fin había amanecido del todo. Negó con la cabeza, fijando los ojos en el suelo. De improviso, el aura que lo había acompañado durante todo el combate desapareció; se esfumó en una nube de puntos dorados y luminosos, cientos, miles de ellos. Sus cabellos resplandecieron intensamente una última vez, recuperando su oscura tonalidad.
"Oh, ya veo… Bueno, de todos modos me gusta más como te queda el pelo negro"
Gohan esbozó una débil sonrisa. En ese momento deseó con todas sus fuerzas ser capaz de darse vuelta, de acercarse y hacer lo que debía hacerse. Un último adiós. Una última despedida antes de sumergirse para siempre en las tinieblas de la culpa, de la soledad. De la muerte. Pero no podía. No podía hacerlo. Tenía mucho, mucho miedo. No podía afrontar lo que su debilidad, su maldita incapacidad de imponerse al destino, había terminado por provocar.
"Acabé con ellos…lo logré. Pero demasiado tarde. Demasiado…"
Finalmente, haciendo un gigantesco esfuerzo, Gohan se dio vuelta. Torció la mirada hacia la entrada al Templo Sagrado.
Ella seguía allí.
Verla fue peor que cualquier daño que los androides pudieran haberle provocado en toda su vida. El dolor le estrujó el corazón con punzantes dedos de hielo. Las lágrimas nublaban nuevamente su visión cuando echó a caminar, acercándose a paso lento, pesado. Cada centímetro que avanzaba, cada paso que lo acercaba más y más a ella, era como una gélida daga hundiéndose en su pecho.
Videl había cerrado los ojos.
Su piel, pálida como la cera, seguía siendo hermosa. Casi parecía dormida…salvo por un macabro detalle. Gohan no quiso verlo; intentó no mirar el amplio círculo rojo en el que yacía. Fue imposible.
Prácticamente derrumbándose, se arrodilló junto a ella. Con una delicadeza absoluta, como si temiera mancillarla con el tacto de sus dedos, la colocó en su regazo. Se quedó quieto, observándola durante un momento que pareció fundirse en la eternidad. Sin poder evitarlo, alzó su única mano, acariciándole con suavidad la mejilla. Gohan sintió que se ahogaba. Un dolor atroz, una agonía que nacía desde el fondo de su alma, lo desbordó, lo destrozó, consumiéndolo desde dentro. Rompió a llorar amargamente, apoyando su frente contra la de ella, abrazándola con la oscura desesperación que precede a la locura.
—Lo siento…—sollozó—Perdóname, Videl, perdóname… Gané, finalmente logré derrotarlos, pero el precio…el precio fue demasiado alto, demasiado… No quiero pagarlo… ¡me rehúso a pagarlo!—la atrajo más hacia él, alzando la voz, gritando de dolor—He salvado al mundo…luego de casi quince años en el infierno, he salvado al mundo. Pero tú… ¡tú eres más importante que el mundo, Videl! No tiene sentido haber ganado, ni siquiera haber salvado a la humanidad, si no te tengo aquí, conmigo. Videl, sin ti…sin el amor que descubrí a tu lado…yo no podré…ya no podré…
No pudo seguir hablando. Las palabras morían en el enorme nudo que estrujaba su garganta, asfixiándolo Apenas podía respirar. Cerró los ojos, incapaz de frenar el llanto. No podía. No quería.
Una mano se apoyó con suavidad en su mejilla.
—Gohan… ¿por qué lloras?
Gohan abrió los ojos hasta casi desorbitarlos.
Más adelante no dudaría en afirmar que, en ese instante, todas sus funciones corporales parecieron detenerse. Recordaría en retazos borrosos, convulsos, lo que sucedió a continuación, casi como si intentara reconstruir un sueño.
Y en cierta medida así era. Un sueño, el más anhelado e imposible de los sueños, hecho realidad.
Bajó la mirada, temeroso de que fuera un error, un desvarío de su mente destruida. Pero se equivocaba.
Los ojos de Videl, opacos, apagados, pero aun así llenos de vida, lo observaban cálidamente. Su mano, terriblemente blanca, le acariciaba débil el rostro.
Gohan llevó atropelladamente la mano hacia su cinto.
"El rayo…el rayo entró por el lado izquierdo…no por el derecho…no por el hígado…"
Esta vez encontró al instante el trozo de semilla del ermitaño. Esta vez la sujetó con firmeza entre los dedos.
"Limpiamente… Entró y salió limpiamente… ¡Entró y salió sin tocar los órganos!"
Gohan acercó rápidamente la mano al rostro de Videl. Presionó la semilla contra sus labios.
"Fue la sangre…perdió mucha. Demasiada. Se desvaneció. Perdió el conocimiento… Pero no estaba muerta… ¡No estaba muerta!"
—Videl…
Videl abrió la boca.
Gohan aguardó.
Aguardó con el corazón en un puño, observando como los ojos de la muchacha recuperaban su tan amado brillo…como la piel adquiría poco a poco color…como la carne roja y lacerada de la herida, visible a través del orificio en su camiseta, se cerraba lentamente.
Videl parpadeó varias veces. Se miró las manos, abriéndolas y cerrándolas con gesto sorprendido. Volvió la vista hacia él, sonriendo con los ojos muy abiertos.
—Gohan…yo…yo estoy…
Gohan la atrajo hacia él. La abrazó con desesperación, con fervor, con locura. Aún lloraba cuando enterró el rostro en su hombro. Aún lloraba cuando levantó nuevamente la cabeza, fundiendo sus labios con los suyos. Videl le devolvió el beso con la misma desesperación, con las mismas lágrimas corriendo por sus mejillas. No dijo nada. Él tampoco. No fue necesario. En ese momento, mientras se entregaban el uno al otro, las palabras sobraban.
Había mucho más entre ellos.
Mucho más que palabras.
Demasiado.
Y ambos lo sabían.
.
Continuará…
.
