Castle y sus personajes son propiedad de A.W. Marlowe y ABC Studios.


CAPÍTULO X

Será mejor que al final del día nadie le pregunte de que se trataron las películas -piensa Rick mientras se esfuerza en poner atención a lo que sucede en la pantalla-, porque la verdad es que fallaría monumentalmente al intentar dar una respuesta. Su concentración parece estar cada vez menos en la película y más en su hermosa acompañante. No han pasado ni quince minutos desde que Kate encendió el televisor y la mente del escritor se ha negado desde entonces a desengancharse de la presencia de su esposa, quien se mantiene pegada a su costado y con la mejilla recargada en su pecho.

Se encuentran en el suelo, sobre la alfombra gruesa y rugosa; reclinados sobre almohadones que a su vez descansan en el sofá; con un tazón enorme de palomitas en medio de los dos y, encima de la mesa de centro, dos bebidas gaseosas por las que optaron al final en lugar del vino, en consideración a la medicación de Rick. Total, basta y sobra con la emoción de estar así de juntos para embriagarse hasta sentir mareos -piensa Kate con una sonrisa de la que no ha sido capaz de deshacerse desde la noche anterior-. Y realmente experimenta algo muy parecido al vértigo en estos momentos; las mariposas en su estómago revolotean, eufóricas y enloquecidas; hay instantes breves –cuando su marido gira ligeramente la cabeza y roza la piel de su frente con sus labios cálidos, o cuando presiona los dedos de su mano izquierda sobre el hombro por el que la tiene abrazada- en los que el pulso de Kate se acelera y su corazón late tan impetuoso como el de él, presos ambos de una emoción intensa, de una dicha que parecía perdida, y de una anticipación que se inflama con cada íntimo movimiento. El fuego de la chimenea dibuja garabatos caprichosos sobre los rostros sonrientes mientras que el resto de la estancia se ilumina a medias, creando una atmósfera de romance, de complicidad, de ganas contenidas y sueños a ojos abiertos.

Esto como la más dulce de las torturas para el enamorado que no es capaz de sustraerse al embrujo de esa beldad que se reclina sobre su costado y reposa la mejilla sobre su corazón desbocado. La seda de su cabello, la fragancia que desprende como un halo seductor, la tibieza de ese cuerpo acurrucado junto al suyo en perfecto acomodo, la caricia suave de sus labios y sus manos que, cada tantos minutos, recorren su mentón, su frente o sus pómulos con confianza y certidumbre; la mirada dulce y tímida que se encuentra con la suya siempre que no logran disimular su absoluto desinterés en una película que no ha sido sino un pretexto para pasar la tarde enredados uno en el otro. Todo eso está enloqueciéndolo; no es capaz de desenfocarse ni un minuto de esa poderosa presencia que grita en silencio con sus mismos anhelos. Han sido días tan duros los que ambos han pasado en la última semana, que lo único que desea es estrecharla en sus brazos, besarla hasta hacerla olvidar su propio nombre, decirle que la ama hasta que ninguna otra verdad quepa en su mente. La necesita, la desea, la extraña con desesperación. Estuvieron tan cerca de empañar indefinidamente el cielo de su precaria dicha que… No; no quiere ni pensar en lo que podría haber pasado si él no hubiera sido testigo -accidentalmente- de esas desgarradoras confesiones de Kate a su tía, una noche antes.

Ante la potencia del recuerdo, Rick –casi de forma inconsciente- la estrecha con más fuerza, besando otra vez su frente, ante lo cual ella sólo reacciona acurrucándose más íntimamente contra su torso. Todavía resuenan en la mente del escritor, con dolorosa precisión, las palabras desoladas y los sollozos de Kate que le partieron el alma. Casualmente pasaba por la entrada del dormitorio de su anfitriona, de camino hacia las escaleras para ir a buscar a su esposa, cuando los sonidos ahogados de un llanto bien conocido lo detuvieron en seco tras la puerta entornada, escuchando como hipnotizado cada palabra doliente que salía de boca de su mujer. Fue como un chorro de agua helada que lo despertó repentinamente de un letargo en el que llevaba sumido más tiempo del que debía haberse permitido. Durante los días inmediatos posteriores al desafortunado incidente del prado, era tal la molestia en el hombro y tan absorbentes los malos recuerdos de su tortura, que no era capaz de romper el círculo mórbido en que su mente se había encerrado; tan era así que no lograba imponerse ni esa parte resiliente y optimista de él que, aún bajo las peores circunstancias, solía ver el rayo de luz en medio de las más densas tinieblas. Parte de él estaba profundamente avergonzado, humillado casi, por haberse derrumbado de esa forma frente a ella y justo cuando todo empezaba a avanzar por buen camino; y fue en gran medida esa pena la que lo llevó a retraerse en un afán de lidiar con las consecuencias de tan embarazosa situación…por su propia cuenta. En otros tiempos y bajo otras circunstancias no le habría importado mostrarse débil y tan extremadamente vulnerable…al menos, no ante su mujer; al contrario, le habría permitido -de buen grado- que lo atendiera y lo ayudara a superar el percance, pero estando las cosas tan inciertas aún, la verdad es que los recuerdos funestos y los miedos tan arraigados se convirtieron en una mezcla desastrosa que no supo manejar de otra forma más que encerrándose en sí mismo y poniendo entre ellos toda la distancia posible.

Conforme pasaban los días, el remordimiento por la forma en que estaba reaccionando iban sumándose a todo lo demás, a tal extremo que no encontraba ya la forma de revertir los efectos que su actitud iba causando en Kate y en su relación. No le resultaba nada agradable admitir que era él quien estaba poniéndole freno a su progreso y desperdiciando una oportunidad que ambos habían acordado darse. Ver cómo su esposa iba apagándose visiblemente al paso de cada hora en la que él la mantenía a distancia en todos los sentidos, sólo complicaba una situación que ya de por sí era compleja y que, evidentemente, ninguno de los dos sabía cómo contrarrestar a esas alturas.

Finalmente, los mecanismos de defensa de su mente y la propia naturaleza de su carácter acabaron por obrar a su favor, empezando a disipar gradualmente las sombras, los miedos, las dudas y los recuerdos; su mente se despejó hasta el punto en que la necesidad de ponerle un alto a esa locura, superar lo ocurrido y seguir adelante, se superpuso a la vergüenza, al temor y a su temporal cobardía, impulsándolo a buscar un acercamiento que no quería ni debía postergar más. Si quería conservar en su vida a una de las tres personas más amadas para él en este mundo, tenía que dejarse de contemplaciones y actuar…antes de que fuera demasiado tarde. Y como si el destino estuviera dispuesto también a darle una última advertencia, las amargas y desconsoladas confesiones de Kate, oídas furtivamente, fueron la gota que colmó el vaso y que lo empujaron a actuar.

-No quiero que te rindas, Kate… -Le suelta así, de pronto, llevado por sus reflexiones e ignorando descaradamente lo que ocurre en la pantalla-. Sé que no te he puesto las cosas fáciles últimamente pero…no quiero que nos demos por vencidos.

-Yo tampoco quiero eso y tú deberías saberlo bien, Rick.

Le responde mientras apaga el televisor con el control remoto, bien consciente de que no van a seguir viendo la película a la que, por cierto, le faltaban solo unos minutos para terminar y a la que ninguno de los dos estaba poniéndole atención; sabe que, a pesar de lo que hablaron la noche anterior, aún quedan cosas por decir… Y nada desea más Kate que aprovechar el momento para dar otro paso certero en la dirección que ambos tanto desean.

-Sí, lo sé, pero… -Continúa, deshaciendo el abrazo por un momento para, con cuidado, deshacerse del cabestrillo, volviéndola a estrechar luego con su brazo izquierdo al tiempo que con su mano derecha le acaricia la mandíbula sin dejar de mirarla a los ojos-. Sé también que con mi conducta estos días recientes prácticamente te he obligado a reconsiderar tu decisión de seguir intentándolo… Tengo temor de que en algún momento te canses y sientas que no vale la pena el esfuerzo.

-Shhh –Lo silencia poniendo con ternura sus dedos sobre los labios de él, resistiendo la tentación de callarlo con un beso-. No digas eso… No tienes por qué temer algo así, te lo prometo. Te lo he dicho muchas veces y te lo aseguro una más: a mí no me importa lo difíciles que puedan ponerse las cosas siempre y cuando tú estés dispuesto a seguir intentándolo… juntos. Si llegué al punto en el que te sugerí…rendirnos, fue sólo porque pensé que era lo que tú querías y lo mejor para ti. Nunca ha sido eso lo que yo quiero.

Baja la mirada que de pronto se ha impregnado de una tristeza serena y resignada bajo el aluvión de recuerdos grises. Y entonces Rick, ante la necesidad de decir tantas cosas y la urgencia de brindarle un poco de esa seguridad que se le ha ido escapando, opta por sujetarla de las mejillas con infinita ternura y besarla en los labios delicadamente, como si fuera un objeto fino que pudiera quebrarse por falta de cuidado. Es un beso suave con sabor a perdón, a promesas, a redención y a futuro; un beso en el que Rick vierte sin restricciones todo su amor, sus disculpas, una oferta de indulto y de olvido, y al que ella responde con ansias y anhelo acumulados, dejando que la esperanza renazca sin que su voluntad pueda hacer nada para contenerla. De su mente se borra todo lo que no sean ellos dos, el aquí, el ahora, su amor, su deseo y la intención firme de cristalizar un porvenir que ambos llegaron a creer imposible. Sin embargo, no pasan más de dos minutos antes de que lo que empezó como un beso inocente, escale gradualmente hasta volverse frenético, hambriento, desesperado… el preámbulo de lo que hay al otro lado de ese umbral que uno y otro están deseosos de poder cruzar al fin.

El tenue dolor remanente en el hombro de Rick pasa desapercibido entre la marejada de sensaciones que los labios intoxicantes de Kate y sus manos aventureras le están provocando. No sabe ni en qué momento cambió ella su posición hasta quedar sentada a horcajadas sobre él, aprisionando su pelvis entre sus muslos, sentada sobre las piernas de él, enlazando sus brazos esbeltos y firmes alrededor del cuello masculino para seguir besándolo como si la vida se le fuera en ello. Las manos del escritor sujetan la cintura breve de su musa, manteniéndola en ese sitio que les está proporcionando a los dos un placer tan indescriptible como insuficiente… más insuficiente con cada segundo que pasa. Porque una vez que los labios seductores de Kate abandonan los de su marido tan solo para emprender un lento y tortuoso descenso por la piel sensible del cuello, el sonido que escapa de la garganta de Rick no hace sino añadir combustible a la hoguera que amenaza con consumirlos sin clemencia. Los dedos delicados de la capitana se enhebran en el cabello de su escritor cuando no están viajando por los costados de ese cuerpo que se pega al de ella en un afán de no dejar entre los dos espacio alguno. Llega el turno a Kate de ser torturada por unos labios ávidos y tentadores que le recorren el cuello, diestros y conocedores, sabiendo dónde morder para arrancarle suspiros y gemidos ahogados que llenan el silencio, encendiéndoles la sangre.

Sin detenerse a pensarlo, sin siquiera considerar la posibilidad de ralentizar o detenerse, Rick comienza a desabotonar la blusa de Kate, apenas luchando contra el impulso de sólo arrancarla sin consideración alguna, desesperado como está por sentir la suavidad de esa piel aun escondida. Pero entonces la siente tensarse de pronto, como si algo la alertara, la atemorizara, rompiendo la magia del momento. No es la frustración o el desencanto lo que lo obligan a detenerse de inmediato ante la reacción de ella, sino su propio miedo... Miedo de haber intentado dar ese paso cuando aún no era tiempo; de haberla incomodado involuntariamente, asumiendo que podían retomar las cosas donde las habían dejado hacía una semana sin tomar en consideración el daño que le ha hecho con su indiferencia aparente. Ha bastado con esas posibilidades para que las alarmas salten y los frenos se activen de forma automática antes de provocar daños mayores. Armándose de valor, se anima Castle a elevar los párpados para enfocarse en ella, en esos ojos cafés, abiertos de par en par, observándolo con esos mismos recelos reflejados en la mirada cristalina que no intenta ocultarle nada. Lo que ahí encuentra Rick no es precisamente lo que esperaba. Lo que hay es una inseguridad evidente; un cúmulo de interrogantes para las cuales ella necesita respuesta antes de seguir; cautela y una chispa de esperanza ardiendo en el fondo de las pupilas castañas. Desconcertado y dispuesto a no dejar que las palabras no dichas se interpongan entre ellos, es Rick quien se atreve a romper el incómodo silencio.

-¿Estás bien? –Le pregunta con voz apenas audible, reclinando su frente contra la de ella dulcemente-. ¿Hice algo que no debía? Si es así…

El primer impulso en Kate es soltar el consabido "todo está bien" para apaciguar los ánimos, como tantas veces han hecho en el pasado, pero una voz que le nace desde lo más profundo del alma le indica que no es esa la estrategia a seguir si lo que quiere es pasar por encima de los viejos errores para trazar rutas nuevas y mejores. Minimizar las emociones y soslayar los obstáculos no va a llevarlos a ningún buen puerto; si algo le han dejado claro los últimos cinco días –y los últimos meses, para ser sincera-, es eso. De modo que toma aire y dejar ir las palabras cautivas.

-No, Rick. No hiciste nada malo… Es sólo que… tengo miedo.

-¿De mí? –Se percibe el dolor potencial apretado entre las dos palabras.

-No exactamente… Es decir –titubea, intentando encontrar la manera de hablar sin estropear una tarde que hasta hace unos minutos había sido perfecta-, no quiero llegar al punto en el que me rechaces. No estoy segura de poder soportarlo, Rick… No en este extremo al que nos hemos permitido llegar. Dolería demasiado.

Y entonces queda todo claro para Rick; los miedos se disipan, siendo reemplazados por un brote de comprensión y ternura. Entiende, sin necesidad de más, las razones que la han llevado a detenerse aun en medio del ardiente escarceo. No ha sido más que el instinto de protegerse contra lo que no deja de lastimar sin importar cuantas veces y de cuantas formas te hayas expuesto a ello: el rechazo. No se trata de dudas ni indecisiones; desde luego no es falta de amor ni de deseo; es sólo la falta de disposición a someterse a un desprecio más de los muchos que ha debido enfrentar recientemente.

-Perdóname, cariño… de verdad, perdóname –le ruega con sinceridad y vehemencia.

-Rick… Bien sabe Dios que no tienes por qué pedir perdón cuando eso y más es lo que me tengo bien merecido –le responde entre besos breves que no puede contener-. Es sólo que…no por merecerlo duele menos. No sabes lo que ha sido ver cómo me rehúyes, como evitas llegar a la cama mientras estoy despierta, como si la sola posibilidad de que me acerque a ti te causara repudio; cómo he tenido que luchar contra el llanto cuando al ofrecerte mi ayuda para que no lastimaras tu hombro con las tareas más elementales, tu rostro me dejaba ver tu desagrado ante mi compañía… Yo sé que no tengo ningún derecho a quejarme ni a impacientarme cuando lo único que siempre he recibido de ti ha sido tiempo y paciencia, pero…no puedo evitarlo.

Parpadea con rapidez en un intento fútil de contener las lágrimas que igual se escapan, rebeldes, por las mejillas encendidas; con trabajos logra mantener la voz medianamente firme cuando los sollozos aprisionados pugnan por quebrársela… Se niega a permitir a que sus inseguridades les arruinen un momento que había sido perfecto, pero exponerse al último de sus rechazos es algo de lo que está segura no podría reponerse. Agacha la mirada, siente el corazón en un puño mientras espera el último veredicto. No tiene idea de qué esperar de su marido; teme y anhela a partes iguales, pero no se atreve ya a soñar con que caiga esa última barrera que, lejos de derrumbarse, parece solidificarse día a día.

-¿Confías en mí, Kate? –Le pregunta por segunda ocasión en lo que va de la tarde, forzándola a levantar la vista, colocándole un dedo bajo el mentón.

-Sí –le responde con más seguridad de la que en realidad siente; no por desconfianza de él, sino como resultado de sus propias culpas.

-Entonces movámonos de aquí –le indica al tiempo que la insta a ponerse de pie para luego hacerlo él, quedando frente a frente, enlazando sus brazos en la cintura de su mujer; dispuesto a guiarla fuera de la sala, escaleras arriba-. Hay mucho que quisiera decirte, Kate…pero ésta es una de esas ocasiones en que los hechos dicen más que mil palabras. Si cuando volvamos a salir de la habitación, tú sigues teniendo esos mismos miedos de los que me has hablado, entonces prometo gastarme la voz en convencerte de que ya no tienen razón de ser. ¿Vamos?

-Sabes que contigo iría al fin del mundo sin pensarlo siquiera. Sólo necesito que me digas algo –le pide, mordiéndose el labio inferior, con los ojos brillantes de anticipación y anhelo-. A pesar de todo, ¿aún me amas?

-A pesar de todo, nunca he dejado de amarte –responde sin titubeos, acunándole la cara entre sus manos.

-Entonces, demuéstramelo. –Le echa los brazos al cuello, besándolo con pasión y abandono como preludio de lo que está por venir, para luego llevarlo de la mano con rumbo a su habitación.

Continuará…


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Val.