En el inesperado boom tecnológico que vivía el planeta entero, la apuesta de los inversionistas por las vanguardistas empresas consagradas a la investigación y el desarrollo de productos electrónicos de consumo masivo, era notoria y tremendamente redituable; en muchos de los casos, tales empresas surgían a raíz de la genialidad de sus creadores, quienes, por lo general, no solían ser avezados economistas, sino verdaderos genios, inventores de patentes indispensables a gran escala en el competido campo de la innovación tecnológica, cuyos bolsillos se beneficiaban del talento de los inversionistas aplicado magistralmente a la comercialización de los productos que consumía vorazmente el gran público. Genios e inversionistas era una conjugación que, invariablemente, producía resultados extraordinarios en el terreno económico.
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─Dicen que este último fin de semana lo pasó en compañía de Kaori Daikoki, en ese balneario exclusivo en la Isla Tsushima ─susurró una voz femenina, bastante aniñada.
─¿La modelo que es la nueva imagen de Beauty Fair? ─inquirió otra voz, femenina también, aunque su tono pronto se volvió decididamente malicioso al agregar─: Pues no lo dudo, porque se rumora que él fue quien le consiguió ese contrato con la casa AsciA ¿Crees que ahora sí va en serio?
─Pues si están hablando del jefe ─terció una voz masculina─. Lo dudo mucho. Bien saben que Lord Saffron es más del tipo de "usar y tirar". Aunque, si he de ser franco, quisiera poder recoger lo que él tira...
─¡Eres repugnante, Herb! ─exclamó la primera voz, que Mariko, quien recién llegaba del almuerzo, identificó como perteneciente a Yuka, la asistente personal del mencionado Lord Saffron. Yuka era una notoria chismosa del departamento administrativo; aunque suponía que debía ser extremadamente eficiente, dado que llevaba en su puesto por lo menos cuatro años, justo desde que Lord Saffron, en persona, la ascendiera de recepcionista a asistente.
─Pues ustedes dirán lo que quieran ─opinó la otra mujer que, Mariko supuso, era Sayuri, la secretaria de miss Hinako Hinomiya, la gerente general de la empresa─; pero confieso que a mí si me gustaría ser "usada y tirada", aunque sea por una sola vez.
─¡Sayuri! ─exclamó Yuka, francamente escandalizada.
─¿Qué? ─preguntó esta con inocencia─. ¿Es que no has visto bien a tu jefe? Lord Saffron es un bombón, y además es tan misterioso...
─Pues ahí sí yo no tengo nada qué opinar, porque se vería sospechoso ─declaró Herb de buen humor y luego, volviéndose hacia ella, preguntó─: ¡Eh! ¡Mariko! ¿Tú que dices?
─¿Yo? ─ante la comprometedora pregunta, Mariko sintió un perturbador sonrojo asomar a sus mejillas. No sabía cómo responder a algo así.
─¡Sí! ─secundó Sayuri emocionada─. ¡Vamos! ¡Tú lo ves casi a diario! No me digas que no te has fijado bien en él.
Mariko enrojeció aún más, de ser posible; porque tenía que admitir que lo último era la verdad:
Jamás observaba a ningún hombre; es más, siempre se cuidaba de evitarlos en lo posible.
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No se había equivocado.
El número de serie era el mismo que estaba registrado en la lista de verificación. Ahora estaba completamente segura de que las piezas ocultas en la bodega correspondían al pedido que ella había registrado semanas atrás.
Recordó la ubicación de la mercancía y el extraño embalaje, que en ninguna manera era el utilizado habitualmente por la corporación Saotome. El corporativo Saotome no realizaba una entrega sin el debido sello de garantía. Peor aún: E & E jamás admitiría un descuido de esa magnitud, sobre todo considerando los altos estándares, que Lord Saffron había estipulado tiempo atrás, en lo que a piezas de ensamblaje se refería.
─¿Todo en orden, Unryuu? ─inquirió repentinamene Hinako Hinomiya. Ella levantó la mirada, sobresaltada y descubrió la gerente general a sus espaldas, que la observaba no sólo a ella, sino a la pantalla del ordenador que mostraba el pedido realizado a la corporación Saotome. Un escalofrío de alarma la recorrió, pero consiguió mantener la calma.
─Sí, miss Hinomiya ─respondió, rogando porque su voz sonara normal─. Sólo estaba verificando la lista de las piezas que arribarán pasado mañana antes de enviarla al jefe de bodega.
─Dime, Unryuu ─indicó Hinomiya con un tono tremendamente cínico que le hizo temer─. ¿No te aburres de tanto lío? La perfección no existe ¿Sabes? Me pregunto porqué insistes en conservar ese obsoleto protocolo de supervisión, más propio de la Era de las Cavernas. El escaneo electrónico es una mejor opción: más rápida y menos susceptible a confusiones. Toma en cuenta mi sugerencia para el futuro, sub-gerente de Embarques.
─Yo... ─Akari permaneció indecisa sobre lo que debía decir; sin embargo, Hinomiya parecía estar de buen humor, porque se limitó a encogerse de hombros antes de continuar su camino rumbo a las oficinas de gerencia.
La sensación de que algo fuera de lo normal había acontecido permaneció en Akari por poco más de treinta segundos; luego, su atención volvió a concentrarse en el pedido sospechoso.
La pantalla mostraba que la fecha de recepción estaba fijada para el día siguiente en la tarde ¿Cómo era posible que esa mercancía hubiera llegado dos días antes? La corporación Saotome se distinguía por la precisión. Además, esa entrega era el preludio a otra más importante: la de las nuevas piezas fabricadas en base a la patente 0578909DM-00098-1, que formaban el núcleo del nuevo lanzamiento de la empresa. Tal cosa, más que ningún otro detalle, la convenció de que algo grave ocurria:
¿Porqué alguien se tomaría la molestia de sustraer un pedido que, pese a ser valioso en términos monetarios, no representaba ni siquiera el diez por ciento del valor que había sido estipulado para el cargamento que estaba programado para arribar, en el más absoluto secreto, la semana entrante?
Resultaba ilógico. Ilógico y demasiado inquietante para ignorarlo.
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Akane escuchó el sonido del despertador y con un gruñido de pereza saltó de la cama, lista para iniciar el día.
Para su sorpresa el sol estaba demasiado alto ¿Qué rayos...? ¡Relámpagos! ¡Se había olvidado de ajustar la alarma! A toda prisa se vistió, enfundándose en un traje deportivo bastante deslucido, que era lo único que tenía al alcance. Después se miró al espejo y, satisfecha con su apariencia, bajó a la cocina.
La inmaculada habitación le dio la bienvenida, provocándole una extraña sensación de nostalgia. Ese era el territorio de su hermana mayor, desde siempre, desde la muerte de su madre. Por su parte ella odiaba cocinar; no que no supiera hacerlo, pero detestaba la sola idea de ser la típica chica con delantal ante una estufa caliente preparando deliciosos manjares para el idiota de turno.
─Buenos días ─dijo la ya conocida y detestable voz masculina del prometido de Kasumi, entrando a la casa desde el jardín lateral, junto con su dueño.
─Buenos días ─respondió, mientras se sentaba en una de las bancas altas que rodeaban el gabinete central; continuaba sintiendo cierta incomodidad en ese espacio, pues tampoco se acostumbraba aún a la remodelación de la cocina─. Kasumi no está ─dijo, en lo que parecía haberse convertido en la única frase que podía pronuncia ante ese tipo ¡Rayos! ¿Cómo y cuándo se atrevería a decirle todo?
─¿Porqué será que eso no me sorprende? ─inquirió entonces él, descontrolándola un poco debido al tono divertido en su voz, preludio de la sonrisa que asomó a su rostro de duros rasgos. Sin saber qué hacer, permaneció mirando la superficie de formaica mientras percibía como él tomaba asiento en otra banca, justo frente a ella.
─¿Qué tal su viaje a Hong Kong? ─preguntó ella, mostrando sus modales de conversación social; pese a que no estaba de humor para practicarlos justo ahora, mucho menos con ese tipo.
─Bastante... ─por un momento, le pareció que él consideraba la cuestión seriamente, y sus palabras siguientes le demostraron lo cierto del pensamiento─: lleno de sorpresas ─la seguridad en su voz y un extraño timbre de añoranza que viajó a través del reducido espacio entre ellos, le hizo mirarle, genuinamente confundida.
─¿Sorpresas? ─preguntó, muy a su pesar, notando cómo el extraño tono de los ojos masculinos, se tornaba aún más raro al oscurecerse. Sin poder evitarlo, pensó en Okinawa y la manera en que las nubes, que se arremolinaban preludiando al tifón, solían lucir con un tono sospechosamente similar al de la mirada de Saotome. Evocó también el mar embravecido, estrellándose inmisericorde contra la costa y recordó algo más: a la vista esas aguas tropicales parecían frías, pero al tocarlas te dabas cuenta de su calor...
─Así es ─asintió él a su pregunta, sin dejar de mirarla con la tormenta reflejada en sus ojos─: me asalta la absurda impresión de que mi vida está por dar un giro drástico ¿Usted nunca se ha sentido de esa forma, miss Tendo? ─preguntó a su vez, sin apartar la mirada y capturándola con el hechizo del lejano océano evocado─. Como si todo aquello que le rodea se hubiera hundido en un remolino y lo único que queda es un espacio en blanco para empezar a llenar de nuevo... ─ante sus palabras, demasiado certeras, sintió que la asaltaba un mareo ¿Porqué ese tipo tenía que ser tan perceptivo? Incapaz de encontrar una respuesta satisfactoria, permaneció en silencio e inmóvil, atrapada por el magnetismo de los ojos azul grisáceos.
─¡Señorita Tendo! ─exclamó él repentinamente, su voz teñida con preocupación─. ¿Ocurre algo?
─¿Señorita? ─la voz se escuchó de nuevo, como un eco en su cabeza, y también percibió por primera vez el toque en la puerta─. ¡Señorita despierte! ─dijo una voz desconocida al tiempo que resonaba un nuevo llamado─. ¡Ya son las diez! ─ante la mención de la hora sus ojos se abrieron, trayéndola a la realidad. Comprendió entonces que era la señora de la limpieza quien llamaba.
─Gracias ─dijo a la puerta cerrada, mientras sus neuronas volvían a funcionar, comprendiendo aliviada que todo había sido un sueño.
Con pesadez se levantó y se dirigió al tocador, observó su imagen en el espejo con una mueca. Pues bien: hoy era el día. Saotome, con toda seguridad, estaba a punto de regresar de su viaje a Hong Kong y pronto se aparecería por ahí para ver a su prometida.
Dejándose llevar por un impulso de furia, aventó con la mano los artículos que se encontraban sobre el tocador enviándolos al suelo ¡Empezaba a odiar a ese sujeto!
Si Ranma Saotome no hubiera sido tan arrogante como para tomar en serio un acuerdo tan fuera de moda ella no estaría en semejante aprieto, su hermana no habría tenido que actuar de esa absurda manera y la salud de su padre no estaría en la cuerda floja.
¡Maldito engreído!
¡Maldito!
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─Ya llegamos, señor Saotome ─sintió que alguien le tocaba el hombro para despertarlo. En realidad no dormía, pero prefería mantener los ojos cerrados los ojos para evitar la conversación con la tripulación y concentrarse mejor. En el transcurso del viaje había formulado un plan para contrarrestar los efectos del fuerte desembolso a los activos de la empresa.
─Gracias ─respondió, e inmediatamente se levantó de su lugar y buscó el portátil. Colocó la computadora en el portafolios y tomó su chaqueta. Antes de abandonar el jet se permitió observar el interior; definitivamente Kumon tenía un gusto excelente en lo que a lujos se refería.
Al salir, notó que Mu Tsu estaba esperándolo, como habían acordado durante su última llamada.
─Señor Saotome ─hizo una reverencia antes de abrirle la puerta. Era una actitud servil que lo mortificaba, pero el chino insistía en ella. Cuando fue nombrado presidente de la compañía debido a que era el heredero universal de Genma Saotome, quien había muerto en un trágico accidente, la mayoría de los socios se mostró renuente a creer en su capacidad. Les resultó difícil cambiar el concepto de instructor de dojo, por el de ejecutivo millonario. El único que lo trató con la debida formalidad a partir de ese momento fue Mu Tsu. Juntos le habían demostrado a todos lo equivocados que estaban.
Mu Tsu era más que un amigo, casi un hermano para él. Un compañero en el difícil estigma de la miseria, y en muchas cosas más.
