Conociéndote
10.- Vivir contigo. Vivir con Granger.
Perfectamente podría haberse aparecido en su casa, pero no quiso, prefirió caminar y tomar algo de aire fresco, pues muchas cosas habían pasado aquella noche. Había recordado momentos difíciles de su vida, pero a la vez, se había reconfortado con una atenta y guapa oyente con la que compartió muchas risas. Definitivamente él no se equivocó; Hermione Granger era una chica especial y lamentaba con rencor que la velada terminara con la interrupción de Weasley cuando ella tan amablemente lo había invitado a su hogar.
Pero algo más dentro de su cabeza le picoteaba constantemente. Parecía artificial ese encuentro casual con Draco y Astoria, y si le daba un par de vueltas, era todavía más sospechoso que siempre que trataba de estar a solas con Hermione, él aparecía para interrumpirlo. La verdad no lo comprendía, aunque usualmente su amigo platinado le escapaba a la razón.
Solo se le ocurrían dos opciones: la primera, que aún le molestara el hecho del origen de su sangre, y por eso mismo no quería que su mejor amigo se involucrara con ella. Pero la segunda opción era más aterradora, que él pudiera estar atraído a la mujer. El sólo pensarlo le sonó tan estúpido que desechó la idea de inmediato, al menos hasta tener una base más concreta sobre la cual especular.
Tan absorto iba en sus cavilaciones que no se había percatado, hasta ese momento preciso, que un sonido de pasos lo seguía, para ser más específicos, un reconocible golpeteo de zapatos femeninos. No quiso mirar hacia atrás para no parecer paranoico, así que dobló en varias esquinas al azar, para comprobar que el sonido seguía a sus espaldas. A modo de prueba, se detuvo bruscamente, sin girarse y el golpeteo paró junto con él.
–¿Cuándo vas a enfrentarme? –dijo una voz demasiado conocida.
La piel del muchacho se erizó por completo. Sentía como sus pulsaciones iban aumentando de velocidad, y la cabeza súbitamente comenzaba a doler, ya que se estaba ahogando lentamente al serle dificultoso respirar.
–¿Y bien? –insistió la voz.
–Si mal no recuerdo, la que escapó fuiste tú –espetó Alex volteándose lentamente, enfocando de a poco la figura de la mujer que tenía al frente.
–Necesito que hablemos –se apresuró a decir, acercándose con cautela.
Pero Alexander retrocedió para mantener la distancia, percibiendo como nacía un odio infinito hacia la que antes con tanto ahínco amó.
–Yo no tengo nada que hablar contigo, Parkinson –replicó duramente.
–Pero yo sí.
–Ese es tu problema –soltó él, girando sobre sus talones para seguir su marcha.
–¡Escúchame! –exclamó ella, perdiendo la paciencia mientras volvía a perseguirlo–. ¡Por favor!
Pero su súplica se fue al aire, pues en ese mismo instante, Alexander desapareció del lugar, dejándola sola, en plena calle oscura, y lamentándose de su error.
.
.
–Y bien –esbozó Hermione, tratando de contener los nervios–. ¿De qué quieres hablar?
–¿Podríamos entrar a tu departamento? Acá se me hace un poco incómodo.
Ella cerró los ojos ante su torpeza. Probablemente, lo que sea que tuviera que decirle Ron, no lo iba a hacer en pleno pasillo. Además, no lo veía desde el incidente, por lo que la conversación se venia larga.
–Claro, adelante, adelante –dijo mientras abría la puerta y lo dejaba pasar.
Ron entró con las manos en los bolsillos y la siguió hasta la sala de estar.
–¿Quieres algo de comer? –preguntó incómoda.
No se sentía preparada para escucharlo, su instinto le gritaba "huye", "dilátalo".
–Ahora que lo mencionas, no he comido nada desde el almuerzo, me vendría bien algo –contestó avergonzado, rascándose la cabeza como si aún tuviera quince.
No supo porqué, pero ese gesto aumentó su nerviosismo. Se veía sumamente tierno colorado de vergüenza por su habitual hambre voraz. Sus ojos azules brillaban infantilmente como cuando se encontraban en el colegio, y sus pecas se habían difuminado un poco con el paso de los años. Sin duda, siempre había sido atractivo para ella, algo hacia que se le moviera el piso a su lado, sobretodo después de iniciar su noviazgo con él...
Sacudió la cabeza tratando de espantar las imágenes algo comprometedoras que bombardearon de súbito su mente y se dirigió a la cocina a preparar algo, así tendría tiempo para calmarse. Sin embargo, no contó con que el pelirrojo iría detrás de ella, probablemente para acompañarla."Maldición" pensó, mientras sacaba los ingredientes del refrigerador.
–Disculpa –soltó Ron de pronto–. Todo es mi fruto de mi irresponsabilidad, no se qué me pasó. Al verte con Malfoy, recordé lo que nos hizo durante todo el colegio y me sentí traicionado sin motivo. Ya somos grandes y tú decides con quien te relacionas y con quien no. Sinceramente espero que puedas perdonarme, no podría soportar que decidieras alejarte. Aunque supongo que gracias a mí has pasado un día horrible igual que yo. Parecía animal de zoológico, todos me observaban.
Ella suspiró aliviada. Tenía miedo de que Ron se hubiera plantado en su departamento para increparla, pero afortunadamente, la madurez había hecho presencia en su amigo.
–No voy negar que me molestó mucho lo que hiciste, pero te perdono -contestó de espaldas a él, mientras preparaba la comida–. Se que eres explosivo y que las cosas se te van de madre, pero no te lo soportaré otra vez, ¿Está claro?
–Como el agua –respondió sonriente, abrazándola por la espalda con ternura.
Hermione dio un respingo. Se puso tan nerviosa con el repentino contacto del pelirrojo que casi se corta el dedo rebanando un tomate, y a pesar de que el abrazo estaba durando más de lo presupuestado para su salud mental, no quería separarlo. Se sentía bien, tranquila, como si se hubiera medicado con un relajante muscular.
–Ahora viene la segunda parte... –esbozó él, separándose.
–¿Segunda parte? –repitió extrañada.
Él la volteó suavemente por los hombros para poder enfrentarla. Su expresión era contenida, y tardó unos segundos en formular lo que tenía en la cabeza.
–Tengo que pedirte un favor –ella lo miró desconfiada, pero continuó-. ¿Podría mudarme unos días contigo.
–¡¿Qué?! –chilló ella más alto de lo que hubiese querido-. ¿Por qué?
Él se separó para darle espacio. Se esperaba que el asunto no fuera sencillo.
–Después del "incidente" no han ido muy bien las cosas con Gabrielle, y decidimos darnos un tiempo para pensarlo. Ella se quedó en nuestro departamento y yo, la verdad no tengo donde ir.
–¿Harry y Ginny? –trató de zafar.
–Él encantado, pero Ginny no quiso.
–¿Tus padres?
–Salieron de viaje y la madriguera tiene un escudo mágico para evitar que alguien se acerque en su ausencia –explicó.
–¿George?
–Dice que está muy ocupado con la tienda para tener otro estorbo más.
–¿Y Bill y Fleur?
–¡Viven en Francia! –exclamó–. Por Merlín, Hermione. Si te hace tanto problema puedes decir que no. No me voy a enojar.
Hermione se acarició el puente de la nariz, pensativa.
–No, no es eso. ¿Crees que sea prudente? Después de todo, tengo algo de culpa en tus problemas maritales.
–Aún no me caso –puntualizó él con rapidez–. Y ¿Por qué no habría de ser prudente? Eres mi mejor amiga y eso no lo cambia nadie, ni siquiera un estúpido titular.
Ante tamaño argumento la mujer se quedó sin ideas. Lo miró en silencio un rato armándose de valor para su siguiente frase.
–Está bien, Ron. Puedes mudarte por un tiempo.
.
.
Martes.
Mientras caminaba, las mandíbulas de sus compañeros de trabajo se desencajaban como un efecto dominó, y no era para menos. Venía entrando al ministerio acompañada por Ronald Weasley, uno de sus mejores amigos, ex novio y actualmente comprometido mago –aunque no con ella–. La situación para más de alguno era sospechosa, reprobable, poco decente, especialmente después de aquél bendito reportaje de la perversa Skeeter.
El pelirrojo caminaba como si fuese ciego, sin importarle al resto, sonriéndole y hablándole como si nada. Definitivamente había madurado, pero ella no tenía esa altura de miras. Estaba nerviosa, tenía miedo y no quería ocasionar más problemas, tampoco tenerlos.
No pudo evitar sentirse amedrentada por unos orbes grises que comenzaron a observarla atentamente desde el otro lado del pasillo, como si le estuviera pidiendo explicaciones.
–Hermione, me voy al departamento de aurores. ¿Almorzamos juntos? –preguntó a la vez que depositaba un beso de despedida en su mejilla.
Ella se tensó ante su familiaridad. Antes eso no hubiese significado nada. Hoy era un mundo aparte.
–No sé Ron, tengo mucho trabajo pendiente –respondió, sintiendo crucios mentales en su espalda.
Un halo de decepción cruzó el rostro del muchacho, pero pronto lo disfrazó con una sonrisa.
–Bueno, no importa, después de todo nos vemos a la noche. Que tengas un buen día, Hermione.
Ella lo vio alejarse, y cuando lo perdió de su campo visual, en un acto de valentía se volteó en dirección al rubio, pero ya no se encontraba ahí. Suspiró aliviada aunque un mal presentimiento se albergó en su pecho. Decidió dejar de perder el tiempo y enfiló a su oficina, después de todo, el trabajo siempre era una excelente distracción.
Tanto trabajo tenía que sintió que las horas se le escapaban entre los dedos. Ni siquiera tuvo tiempo de comer algo. Frustrada, y ya cayendo la noche, decidió volver a casa para descansar, después de todo, no estaba de ánimos para cumplir horas extras. Fue en ese instante que su sentido del olfato le advirtió la llegada de él.
–No sabía que cambiabas de opinión tan rápido, Granger –siseó detrás de su oreja, sobresaltándola.
–¡Malfoy! No vuelvas a hacer eso, me asustaste -recriminó agarrándose el pecho, sintiendo su corazón palpitar con descaro–. Y no sé a qué te refieres –agregó, colocando su mano derecha en la cadera.
Él le dedicó una sonrisa mordaz.
–A tu renovada relación con Weasley.
Hermione se atoró con su propia saliva y comenzó a toser para despejar su garganta.
–¡No seas insólito! –logró articular–. Que esté viviendo conmigo no quiere decir nada.
Supo que había metido la patas con tamaña revelación al ver el brillo mortal en sus ojos grises, sus manos empuñadas y como una pequeña vena de indignación aparecía en su frente.
–¿Está viviendo contigo? –esbozó arrastrando las palabras, casi escupiéndolas.
Hermione retrocedió instintivamente, pero su coraje gryffindoriano le dio las agallas suficientes como para mantener su mentón altivo y el espíritu intacto.
–Es un favor de amigos. Nada más. Por otro lado, no tengo nada que explicarte a ti.
No esperó respuesta, simplemente se marchó en exceso perturbada. Primero, por verlo tan molesto por el asunto, y segundo, por la extraña sensación de culpabilidad que le sobrevino cuando él se enteró de su nuevo cohabitante.
.
.
Abrió la puerta con su copia de la llave. Antes tocaba por respeto, ya que nunca se sabía si podía estar "interrumpiendo" algo. Sin embargo, con el pasar de los meses se había dado cuenta que la vida amorosa de su amiga era tan escasa que era más probable cazar un unicornio que pillarla con las manos en la masa.
–¡Hermione, llegué! –anunció tras cerrar la puerta-. ¿Dónde te metiste?
–¡En la cocina!
Theodore caminó en dirección a la voz, no obstante, algo en el camino le llamó la atención; una presencia ajena sentada en el sillón que él solía usar, una que prefirió pasar de largo.
–¡Hola Theo! No te esperaba tan temprano –dijo Hermione sonriente, mientras le ofrecía un vaso de zumo de naranja.
–¿Te compraste muebles nuevos? –murmuró mirando significativamente al pelirrojo, tomando un sorbo del liquido.
–Bueno, él se quedara unos días conmigo, hasta que encuentre donde alojar.
El hombre escupió brutalmente el zumo que estaba tomando, y empezó a toser desesperadamente con los ojos acuosos.
–¡Dioses! ¿Estás bien? –preguntó preocupada, dándole pequeñas palmaditas en la espalda.
–Creo que me salió un poco por la nariz... –musitó sacando un pañuelo de su bolsillo para limpiarse–. Me puedes explicar en qué demonios estabas pensando. Sabes que es un error, ¿Cierto?
Él no necesitaba decir más, pues ella misma tenía la voz de su conciencia chillándole justo detrás de la oreja lo estúpida que era como para vivir con su ex, el que se encontraba comprometido para colmo de males. Era el ejemplo clásico de una mala decisión, especialmente después de haber sido la comidilla del mundo mágico y la prensa rosa.
Por más que se trataba de auto-convencer que no había nada malo en ello, que solo eran amigos apoyándose, habían más contras que beneficios en esa convivencia temporal, eso sin contar que estaban tentando la suerte ya que entre ambos siempre había existido una fricción atrayente, que podía derivar en graves consecuencias.
–Lo sé -murmuró avergonzada.
–¡Y después te quejas!
–¡Lo sé! ¡Lo sé! –repitió–. No necesito que me regañes. Ya tuve suficientes comentarios al respecto por hoy –comentó, recordando la mirada asesina de Malfoy.
Desde la cocina, ambos trataron de mirar disimuladamente al sujeto de su conversación, el que a su vez, aparentaba desinterés por ellos.
–Tu intruso nos mira de reojo. Deben dolerle las orejas de tanto pararlas –bromeó bajito–. Claramente no le agrado.
–Ron siempre ha sido muy celoso de mí. Cree que me estás apartando de él y de Harry.
Theodore resopló.
–No veo a Potter viviendo en tu casa –ironizó alzando una ceja–. Además, ¿Te digo la verdad? Creo que Weasley se trae algo entre manos. Llámalo sexto sentido, pero el hecho de que te haya pedido alojamiento no es en plan de amigos. Marca mis palabras. Ahora, me retiro antes de que ese ente me atraviese con la mirada. Es escalofriante.
Dejó el vaso en la encimera y luego de un breve abrazo, se dirigió hasta la puerta acompañado por Hermione, ignorando nuevamente al habitante que lo seguía con atención.
–¡Por cierto! –exclamó antes de salir–.Tengo una inmensa duda que solo tú puedes solucionar. Esos muertos vivientes de las películas muggle, los que parecen infieri, ¿Se llaman zumbies o zombies?
–Zombies, ¿Por qué la pregunta? –inquirió extrañada.
–Me había quedado con la duda. Le diré a Luna la próxima ver que la vea...
–Espera –lo interrumpió alarmada–. ¿Ese día vieron películas de terror? ¡Luna detesta esa clase de películas!
–¿En serio? –esbozó sorprendido.
–Si. Su imaginación es muy prolífica. Probablemente anda viendo zombies por todos lados.
El cargo de conciencia no se hizo esperar en el hombre, reflejándose en todo su rostro.
–Creo que le debo una disculpa –lamentó.
Hermione rió de buena gana.
–Querido amigo, entre los dos no hacemos uno –aseveró, observando a distancia como el pelirrojo engullía un gran emparedado con violencia frente al televisor, probablemente frustrado por algo que escapaba a su razón.
.
.
"¡Inconsecuente! ¡Hipócrita! ¡Mentirosa!" reclamaba en su cabeza mientras atravesaba su departamento una y otra vez. "¡Claro! ¡Yo estoy muerto pero el zanahorio no!" No sabía porqué le había molestado tanto el hecho de que la comadreja se hubiera mudado "temporalmente" con Granger, pero lo enfurecía hasta espantarle el sueño, a pesar de que la muchacha le había asegurado –con todo el desprecio posible– que "era solo un favor de amigos". Bufó, a él no le vendían cuentos chinos. Quizás ella lo viera de ese modo, pero él no, y claramente Weasley tampoco.
Se pasó las manos por la cara con frustración. No podía decidir si Granger era muy inocente o derechamente tonta.
–Draco, ¿Podrías dejar de pasearte al frente de la cama? –gimió desde las sábanas Astoria–. Me estás mareando, mejor acuéstate.
–No. Si quieres duérmete –respondió secamente, sin dejar de caminar, ahora de forma más frenética.
–Pero es que yo no quiero dormir... –soltó seductoramente, mientras se tomaba el pelo para dejarlo sobre el hombro izquierdo.
Él paró y la fulminó con sus orbes grises.
–Hoy no –contestó glacial.
–¿Seguro? –insistió ella, colocándose al frente de él, recorriendo con su índice su pálido cuello en toda su extensión.
Pero su recorrido se detuvo pronto, ya que Draco la tomó por la muñeca para alejarla.
–Mejor anda a dormir a tu casa –ordenó ceñudo.
–Pero...
–Estoy cansado y me apetece estar solo. ¿Puedes respetar eso? Después que nos casemos me tendrás todos los días –dijo con un dejo de rencor en la voz.
Ella parpadeó dolida.
–Lo dices como si fuera malo –musitó cabeza gacha.
Draco se mantuvo en silencio. No pudo responderle, no pudo mentirle, pero tampoco pudo decirle la verdad. Y la verdad era que no quería casarse todavía, y menos con ella.
La vio marcharse como un alma en pena, dando pequeños y dramáticos pasitos a la salida del departamento para luego desaparecer de su vista. No tuvo la más mínima intención de detenerla, de hecho, una parte de él estaba aliviado, mientras la otra se torturaba pensando en qué "actividades" se encontraba la castaña con la comadreja.
Se acostó y trató de dormir, pero cualquier intento de conciliar el sueño o invocar a morfeo fue inútil. Tenía que hacer algo, tenía que quitarse la duda de encima, tenía que asegurarse. Se vistió con lo primero que pilló en su armario y salió. Gracias a los despistados comentarios de Alexander sabía donde vivía la chica y le haría una visita inesperada. Por ultimo, para joder los planes de Weasley.
Llegó a la puerta en un dos por tres, pero cuando su mano se cerraba en un puño para golpearla, a mitad de camino unas risas estruendosas llegaron del otro lado, deteniéndolo. Podía reconocer a los dueños de ellas en cualquier situación.
–¡Ron basta!
–¡Oblígame!
Sintió como cada carcajada era un balde de agua fría en pleno invierno, y algo dentro de él, algo que ni siquiera sabia que existía, se rompió.
.
