Hace mucho que no escribo sobre esta historia, y ya va siendo hora de que la actualice. Pero bueno, la inspiración viene cuando le toca. Así que espero de verdad que os guste.
Tras luchar a muerte con el jefe Kum y vencerlo, Marshall se negó a quitarle la vida, así que el Capitán Rogers lo hizo. Rogers ofreció a Marshall vivir a cambio de unirse a su tripulación, pero le advirtió que debía obedecerlo siempre. Además, el Capitán está obsesionado con un collar de cuentas misterioso que ahora obra en posesión de Bahari, la traviesa bruja y "amiga" de Marshall.
Capítulo 9: La canción del pirata
Bien, el plan era muy simple. De hecho, casi era el más simple que Marshall había trazado desde el inicio de su increíble odisea; seguirles el rollo a los piratas de Rogers y trabajar en su barco hasta que llegasen a puerto. Una vez allí, coger y largarse lo más rápido posible. Comparado con escapar de la tormenta, burlar a los caníbales y vencer a Kum, iba a ser un juego de niños.
Pero para empezar, debía sobrevivir a su travesía en el Vorágine, y aquello sí que no era un juego de niños. Los piratas no eran precisamente una buena compañía, de hecho, estar entre ellos era como estar en una cárcel, rodeado de asesinos y criminales de la peor calaña, pero sin la protección de los vigilantes.
Marshall no tardó en conocerlos, y acostumbrarse a sus excentridades: Radan, quién le había atrapado y llevado al barco, era el contramaestre, y uno de los más agresivos. Pícaro y con ganas de provocar, siempre estaba lanzando comentarios desagradables a los demás, y metiéndose en peleas. Alardeaba mucho de su habilidad con las espadas, y tenía a muchos piratas de su lado. De hecho, Radan y sus más allegados eran los que más se dedicaban a fastidiar a Marshall, porque el pirata aún le tenía manía por haberse librado de los tiburones.
-Lo siento Marshy-se burló Radan una vez, pisando el suelo de cubierta que Marshall acababa de fregar-no te había visto.
-Acababa de limpiarlo-murmuró Marshall, furioso. Radan esperaba que cayera en su provocación.
-¿A sí?-dijo, agarrándole del cuello de la camisa y acercándoselo a su rostro-¿Y qué vas a hacer?
-Supongo que fregarlo otra vez-le contestó Marshall valientemente.
Radan le golpeó en la cintura y después le cogió del pelo de la nuca y le hizo asomarse por la cubierta, obligándole a mirar hacia el mar.
-Seguro que no tendrás que limpiar el fondo del mar si te tiro por la borda ¿no crees, Marshy?-le susurró al oído. El chico intentó zafarse de él, pero Radan le tenía bien cogido de las muñecas-no creas que he olvidado que fui yo quien te trajo aquí. Y aunque el Capitán te haya perdonado, aún no tengo muy claro por qué, no descansaré hasta que acabes nadando con los tiburones, que es donde deberías estar desde hace tiempo. ¿Me entiendes?
-C…claro-respondió Marshall, furioso.
-Chico listo, Marshy-Radan le soltó y le tiró al suelo, alejándose con sus compañeros y riendo.
A parte de las burlas y molestias que solía soportar por parte de Radan, Marshall también debía andarse con cuidado con los demás: Thron, el enorme pirata albino y tatuado, disfrutaba golpeando y pegando palizas al resto de la tripulación. Al ser dos veces más musculoso que el resto, y tres veces más grande, Thron era junto al Capitán Rogers el hombre más fuerte del barco, y utilizaba su fuerza para intimidar al resto. Marshall quizá hubiera podido manejarle mejor si hubiera sido solo músculo, pero a demás de eso, Thron era bastante inteligente, más que la media: una vez Marshall había tratado de engañarle para quedarse con su ración de comida, pues pasaba mucha hambre, y Thron no había tardado en descubrirlo. Al atrapar a Marshall tratando de comerse su parte, Thron le reventó el plato en la cabeza, y levantándole por encima de sus hombros, lo arrojó escaleras abajo hasta la bodega. Marshall estuvo sin poder sentarse una semana.
Además de ser un bestia y abusar de su fuerza sobre los demás, Thron tenía manías bastante raras: le gustaba cantar a altas horas de la noche antiguos cánticos de su pueblo del norte de Europa, y casi siempre se encontraba afilando sus armas (hachas, bolas de pinchos…), con las que asustaba a los demás. Le encantaba gastar bromas pesadas (y bastante macabras) en los momentos menos oportunos. Una vez, mientras Marshall se encontraba en el "asiento de alivio" del barco (esto es el baño), Thron le lanzó un esqueleto humano encima, dándole un susto de muerte.
Mario y Ernst tampoco eran muy buenas compañías. El primero era sucio y maloliente, tenía el pelo greñoso y fumaba y bebía durante todo el tiempo que estaba consciente. El segundo tenía la cara desfigurada por una enorme cicatriz con forma de tela de araña, y tendía a enfadarse por cualquier cosa que se le dijera. Los dos eran buenos guerreros, y solían discutir con Radan por cuál era el mejor espadachín.
Jeremias era un pirata muy anciano lleno de vendas, que cuando no trabajaba en la cubierta se pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo. Despertarle era algo muy peligroso, pues sacaba algunos de los puñales de su cinturón y los lanzaba a las partes más delicadas del responsable. Sin embargo, era de los más agradables con Marshall (en parte era por qué ya se había olvidado de quién era y le daba igual). Tampoco le trataban mal Tan-Tan, el pequeño pirata chino apasionado de la descuartización, que se encargaba de la cocina en el barco, y preparaba estofados bastante buenos, y los hermanos musulmanes Quamar y Hassan fueron también amables con él desde el principio, tal vez porque eran más o menos de su edad. Estos dos jóvenes acróbatas eran los vigías del barco, y hacían los trabajos más peligrosos en lo alto del palo mayor.
Entre el resto de piratas se encontraba Tibol, gordinflón y con un bigote muy atusado, que llevaba una peluca manchada de sangre, y que era íntimo amigo de Radan. Solía reírle las gracias cuando este se metía con Marshall, pero era menos molesto que él. Había muchos que eran tuertos, les faltaban dientes, tenían quemaduras por todo el cuerpo, rastas, y cicatrices de lo más desagradables. De hecho, la que mejor aspecto ofrecía de ellos era la propia Alexa, que desde el día en que Marshall ingresó en la tripulación no había vuelto a hablar con él.
A Marshall le gustaba. Desde que vio su rostro la noche que intentó escapar del barco, se había sentido atraído por ella. Tenía el pelo largo, castaño y ondulado, con unos reflejos dorados preciosos. La piel morena, y unos enormes ojos color miel, que engatusaban a Marshall. De hecho, le tenía distraído todo el día. Desde que Bahari y las chicas caníbales no se encontraban allí para "entretenerle", Marshall comenzaba a sentir ansias de mantener relaciones con otra mujer, y si bien Alexa era la única que había en aquel barco, su figura estilizada y sus curvas de escándalo no ayudaban a reprimir ese deseo.
Pero Alexa le evitaba, y él no sabía el por qué. Observándola actuar en el barco se dio cuenta de que la actitud de ella frente al resto era fría y desagradable. La mayoría de piratas, sobretodo Radan, eran groseros con ella, y le hacían comentarios machistas, pretendiendo molestarla. Sin embargo, Alexa se mostraba indiferente, y se tomaba muy en serio su trabajo. Como no solía reunirse con los demás en los ratos libres, ni dormía en la bodega como la mayoría, Marshall nunca podía encontrarse con ella a solas, ni tratar de volver a entablar conversación. Y aquello era algo que le desesperaba.
A parte de Alexa, había otra "mujer" en el barco; Bellete, el pirata travestido, era quién más conversaba con Marshall. De hecho, era quién más conversaba con todos, pues le encantaba hablar y hablar, y tontear con sus compañeros. Según decía, había sido una drag queen famosa en un teatro de Francia, pero tras asesinar a su amante en un arrebato de celos, se había visto obligado a escapar y hacerse pirata. Bellete vestía ropas dramáticas: estolas y fulares rosas y rojas muy chillonas, y se adornaba el pelo y las manos con joyas. Pero desde luego no era subestimable; era un experto en venenos, y al parecer un espadachín del nivel de Radan.
Marshall disfrutaba conversando con Bellete, pero se sentía un poco incómodo por la actitud que él tenía: constantemente le tocaba el pecho y las piernas, y le hacía gestos provocativos.
-Oh Marshs, no sabes lo que me alegro de que te hayas unido a nuestra tripulación-le dijo una vez, acariciándole el cabello.
-Yo… yo también me alegro-respondió él, sin saber cómo quitárselo de encima.
-Tienes unos buenos abdominales Marshall-comentó Bellete, pasando su mano por el tórax del chico, que no pudo evitar temblar-¿Sabes qué? ¡Creo que tienes cuerpo de bailarín, como yo!
-¿Ah… sí?-Marshall no sabía si reír o gritar pidiendo ayuda.
-Sí, ¿no sabes bailar? ¡Yo podría enseñarte!-exclamó Bellete muy contento-¡Podríamos hacer un dúo de baile, y representar un vals delante de la tripulación!-sugirió.
Marshall no pudo evitar soltar una carcajada al imaginarlo, lo cual ofendió gravemente al divo.
Al Capitán Rogers Marshall tampoco lo había vuelto a ver desde el día de su ingreso en la tripulación, y lo cierto es que no tenía muchas ganas de hacerlo. Le intrigaba muchísimo, y además le daba miedo. La imagen del Capitán disparando a la cabeza de Kum y haciéndole saltar los sesos se había quedado grabada en la retina de Marshall, y solamente esperaba que no hicieran lo mismo con él. Era la primera persona que había visto morir… y había sido para salvarse él. Rogers había admitido a Marshall en la tripulación, y le había salvado el pellejo, pero eso no quitaba que fuese un asesino y un villano. Marshall solamente podía esperar el momento de llegar a tierra y echar a correr lo más lejos posible de él.
Al loro de Rogers, Huaco, Marshall si había acabado harto de verlo. Resultó que el animalito era uno de los miembros más reputados de la tripulación. Efectivamente, se trataba de un loro inteligente, y tan vil y despiadado como el resto de piratas, si no más. Le gustaba revolotear por la cubierta y chillar en el oído de los marineros, herirles con sus zarpas, e imitar sus voces con burla. Huaco vigilaba que todo fuera bien en el barco, y si algo no le gustaba armaba un jaleo espantoso. Especialmente parecía haberle cogido tirria a Marshall, y le gustaba insultarle y estropear sus tareas, como hacía Radan. Por ejemplo, una vez mandaron al chico atar unos cabos de las velas, y Huaco los cortó con su pico para fastidiarle.
-No puedes tocar al loro-explicó Quamar a Marshall, una vez que él estuvo tentado de estrangular al pajarraco-¡Lo que hagas al loro, Rogers te lo hará a ti! Es su favorito.
-¿No podríamos guisarlo?-preguntó Marshall, con humor, y Quamar rió.
-Marshall es idiota ¡Marshall es un cara-mono!-graznó el loro, desquiciando a Teague.
-¿Te quieres ir a la…?-comenzó Marshall, pero una mano se posó en su brazo, y le hizo callarse en el acto.
-No es usted muy educado, señor Teague-dijo André Leonne, el segundo de abordo. Al contrario que Rogers, que pasaba la mayor parte del tiempo en su camarote, Leonne siempre estaba en el puesto de mando, y era la autoridad a la que todos respetaban.
-¡Oh, señor!-se sorprendió Marshall-pensaba que era Rogers…
-¿Qué alivio, verdad?-ironizó Leonne.
-Quiero decir… a usted no le importará si me cargo al loro-dijo Marshall, sonriendo con su encanto habitual.
-Huaco es un buen marinero. Mejor que usted en cualquier caso-dijo Leonne, dejando que el pájaro se posara en su brazo y acariciándolo-cuando tenga la mitad de sus méritos, podrá pensar en matarlo.
-Ya… gracias-Marshall observó los profundos ojos de Leonne, tan atrayentes como los de su hija, pero más cansados y ojerosos.
-Señor Teague-le volvió a llamar Leonne cuando Marshall se alejaba. Él lanzó un hondo suspiro.
-¿Sí, señor?-preguntó, mirándole con recelo.
-Va a tener que hacerlo mucho mejor si quiere seguir en nuestro navío-dijo Leonne. Huaco lanzó una risita, y comenzó a volar de nuevo en círculos por el cielo.
-¿Mejor? Sí… claro-Marshall no pudo evitar pensar si aquel hombre era tan imbécil de creer que él quería quedarse en aquel barco. Aunque obviamente a lo que el segundo de abordo se refería era a que sí no mejoraba su actitud en breve, probablemente al que liquidarían sería a él-no sé cómo quiere que mejore… es decir, hago todo lo que me ordenan.
-Hace todas las tareas que le mandan. Muy bien-Leonne asintió lentamente, pero su tono era de nuevo irónico-le recuerdo que esto no es la Marina. A los piratas no nos gustan las órdenes.
-No entiendo…-dijo Marshall, perplejo.
-Los piratas somos individuales, no obedecemos órdenes ni nos ceñimos a un programa-dijo Leonne. Marshall se dio cuenta de que le llevaba mirando fijamente todo aquel rato sin pestañear. Era un tipo bastante raro también.
-No entiendo, señor… ¿Quiere que desobedezca entonces?-preguntó Marshall. "No es aconsejable que te hagas el gracioso con esta gente-pensó para sus adentros-es obvio que no están bien de la cabeza".
-Creía que era usted inteligente-Leonne se encendió un cigarro mientras se acercaba un poco a Marshall, y lo rodeaba con el humo-quiero que me impresione ¿entiende? Este es un barco excepcional, donde solo aceptamos a personas excepcionales. No admito a segundones ni incompetentes ¿entiende ahora, señor Teague?
-No del todo…-respondió él, aunque sí que lo estaba empezando a comprender.
-Si de aquí a una semana no me demuestra que es usted una persona excepcional, no podré seguir admitiéndole en nuestro barco. Y le aseguro que a mí Rogers no me va a impedir matarle ¿Entendido?-dijo Leonne implacable, soltando una enorme nube de humo al dar una calada de su cigarro.
-Sí… entendido-Marshall observó unos instantes más al inexpresivo pirata. Leonne asintió, y se dispuso a marcharse-Pero… ¿cómo quiere que se lo demuestre?
Leonne miró a Marshall de arriba abajo, con un gesto impertérrito, y después le hizo un gesto para que le siguiera.
-¿Señor?-Marshall no comprendía. Pero Leonne descendió hacia la bodega, y no tuvo más remedio que ir detrás de él-¿A dónde vamos ahora…?
Tal vez le estuviese guiando hacia otra prueba como las que le gustaban al Capitán Rogers: enfrentamientos a muerte entre dos personas, no era el plan que más le atraía al pobre chico.
Pero Leonne guió a Marshall hasta la sala del botín, donde el chico nunca había estado. Abriendo la puerta, desveló una estancia llena de cofres y cajas, de las que Marshall pudo imaginar su contenido. De hecho, al final de la sala había un enorme espejo veneciano y una gran montaña de doblones de oro, por lo que el contenido de los cofres no podía ser muy distinto del de aquel tesoro. El chico no creía que Leonne fuese a regalarle nada del botín, y esperaba que no le ordenase ponerse a contar las monedas.
"Sí que soy una persona excepcional-pensó Marshall para sus adentros, mientras el segundo de abordo rebuscaba algo entre los cofres-no pienso entrar en su juego, pero pensándolo, lo soy. Quiero decir, ¿quién más habría sobrevivido a una tormenta? ¿Y Pelegosto? ¿Y la pelea con Kum? ¡Tengo diecisiete años y ya tengo más que contar que todos los habitantes de Bristol!" Pero una vocecilla en su cabeza le contradijo "Pues si tú tienes tanto que contar con tan poca edad, imagínate esta gente ¿No crees que deben haber vivido muchas más experiencias que tú? Eres un poco vanidoso. Además, tú todo se lo debes a Bahari. Sin ella no serías nada". Escuchar aquellos comentarios en su cabeza enfadaron a Marshall. "Obviamente-pensó, rebatiendo a su otra voz-no se lo debo todo a Bahari. Yo la salvé de la tormenta, y he conseguido que Rogers me acepte en el barco yo solito".
-¡Teague!-llamó Leonne, sacándole de su particular batalla mental.
-Perdone…-se disculpó él, volviendo a la realidad.
Al ver lo que el segundo de abordo sujetaba en sus manos, Marshall no pudo evitar sonreír, por primera vez de verdad desde que había ingresado en el Vorágine.
-Creía que… pensaba que lo había perdido en la isla-dijo, sin poder disimular su emoción.
-Los chicos lo encontraron y me lo trajeron. Les fascinaba. Y a mí también-dijo Leonne, dándoselo a Marshall.
Era el kytar, el instrumento musical que los caníbales de Pelegosto le habían enseñado a tocar. Marshall lo había echado muchísimo de menos. De hecho, pensaba que se había quedado tirado en la playa de Pelegosto, o que uno de los cañonazos del Vorágine lo habían destrozado. Pero no. Ahí estaba. Y al poner sus dedos en sus cuerdas, Marshall sintió vibrar en su interior una llama de esperanza que creía que no existía ya.
Aquellos días pasados en el barco pirata habían sido un verdadero infierno. Él se había resignado, y había trabajado en el barco como si fuese un muerto, esperando el momento de escapar, pero sin ninguna esperanza, deprimido y agotado.
El reencuentro con su amada kytar sin embargo hizo que la esperanza y las ganas de seguir viviendo regresaran al cuerpo de Marshall. No podía creer que hubiera estado tan pasivo aquel tiempo, como si fuese un vegetal.
Hizo sonar las cuerdas, tocando una de las melodías que le habían enseñado los indígenas. La alegría y el placer del tiempo que pasó en la isla siendo tratado como un rey regresaron a su cuerpo, y fue también como si Bahari estuviera a su lado de nuevo, reconfortándolo.
-¿Cómo… cómo supo que era mía?-preguntó Marshall, mirando a Leonne.
-Intuición-respondió él, secamente-si estaba entre los restos de la barca en la que te ibas a marchar de la isla, solamente podía ser tuyo o de la mujer que se iba a ir contigo.
El rostro de Leonne permanecía oculto en las sombras, y Marshall le dirigió una mirada de agradecimiento.
-No sabe cuánto… significa para mí-dijo Marshall, agarrando el kytar con afecto.
-Y no me importa además-replicó Leonne, abriendo la puerta de la sala del tesoro, e indicándole que saliera-ahora te recuerdo Marshall Teague que debes demostrar lo que vales, o mi paciencia se acabará pronto.
-¿Espera que se lo demuestre… con esto?-preguntó Marshall, inseguro.
-Sorpréndeme-respondió Leonne, y tras cerrar la puerta de la sala del botín, se marchó hacia la cubierta.
Marshall le observó marcharse, fascinado e intrigado. Leonne era sin duda una persona formidable. Tanto como su bella hija, Alexa.
Al pensar en la chica, Marshall hizo sonar las cuerdas del kytar, y una hermosa melodía resonó por los pasillos. Se sentía inspirado, la verdad. Podría dar un concierto como los daba en la isla en ese mismo momento.
Y entonces lo supo.
"Esa es la clave"-pensó, y sentándose en el suelo de la bodega, comenzó a tocar las cuerdas, pero sin hacerlas sonar, para que nadie le descubriera.
Pasaron cinco días desde que Leonne le devolvió a Marshall su kytar, y el chico había estado sin poder parar un segundo en todo aquel tiempo. Si se saltaba las tareas que le habían asignado en el barco, Radan le castigaría severamente, y tenía las formas más sádicas reservadas para él. Así que tenía que trabajar lo más rápido posible, y en cuánto tenía un rato libre, bajaba a la bodega, se escondía en los pasillos del fondo, cerca del calabozo donde lo habían encerrado con Kum, y se dedicaba a probar acordes y composiciones con el kytar, a la espera de la música perfecta. Notas, compases, silencios y escalas, Marshall probó y probó, anotando en unos viejos pergaminos sus avances diarios. Perfeccionó el instrumento añadiéndole una cuerda más, fabricada con un alambre improvisado, lo que descubrió que ayudaba a aportar más sonidos al instrumento, y multiplicaba las posibilidades de la composición.
Recordó el tiempo en el que había estado atrapado en una cabaña en Pelegosto, y había tenido que aprender el idioma de los nativos para intentar engañarlos. Aquella composición significaba mucho. ¡Nuevamente, se jugaba su vida en ella!
Finalmente, la noche del quinto día, un grito alocado de Marshall resonó por todo el barco:
-¡LA TENGO! ¡POR FIIIIIINNNNN!-exclamó, eufórico.
-¡Cállate ya, Teague, imbécil, o te sacaré las tripas!-gritó Radan desde su cama, mientras los demás también protestaban.
Y Marshall sonrió, mientras se tumbaba en el estrecho rincón que le había servido de estudio musical y se quedaba profundamente dormido.
-En cuatro días habremos llegado a Bienvenido, y podremos recargar provisiones-comentó Leonne, examinando el mapa de rutas.
Ya era de día, y el sol bañaba la cubierta de madera rojiza del Vorágine, dándole un extraño brillo que la embellecía, aunque la hacía parecer que estaba en llamas. El segundo de abordo y su hija se encontraban en el timón, discutiendo el rumbo.
-Muchos barcos paran últimamente en la Isla Bienvenido, sobre todo los que siguen la ruta del Pacífico al Caribe, y esos suelen ser los piratas más fuertes-comentó Alexa, con seriedad.
-¿Qué sugieres con eso?-preguntó Leonne, arqueando una de sus pobladas cejas.
-Si el Capitán no quiere problemas, debería detenerse en otra isla, tal vez en Bahuana o Trksa-dijo Alexa, desviando la mirada de su padre. Ella sabía mentir, pero él sabía detectar las mentiras.
-No es esa la razón. Es mucho más simple. Y fútil-dijo Leonne, guardándose el mapa en su chaleco, y acercándose a su hija-nuestro comando especial de asesinos, a los que Rogers envió a matar a Rackjham, nos espera en Bienvenido. Y tú no quieres verles. Mejor dicho, no quieres ver a su jefe.
Alexa lanzó un hondo suspiro, y volvió a enfrentar su mirada con la de su padre.
-Estoy harta ¿sabes? Siempre tengo que soportar a estos imbéciles metiéndose conmigo e insultándome, no quiero tener que soportarle también a él-dijo, furiosa-siempre me esfuerzo, y nunca se me da nada.
-¿Y?-Leonne la miró con desdén-¿Qué es lo que esperas? Ya sabes que la vida es así. No hay recompensas. Y tú elegiste esta vida.
-No tengas el valor de decirme eso-respondió ella, furiosa, antes de marcharse.
-Hola, pimpollo. Que provocativa me vienes hoy vestida…-la saludó Radan, que justo en ese instante subía al timón.
Ella le propinó un puñetazo en el estómago, tirándole al suelo, y se fue sin decir nada más.
-¿Pero… qué le pasa hoy?-preguntó Radan a Leonne, mientras se retorcía de dolor.
-Es la edad. Las vuelve idiotas…-comentó Leonne con aburrimiento, mientras movía el timón para mantener el rumbo.
Cada semana, la tripulación estaba autorizada a hacer una fiesta un solo día, pero lo cierto es que lo raro era que no tuviesen fiesta. Todas las noches los piratas celebraban bacanales, emborrachándose como bestias, cantando sus típicas canciones del mar y organizando peleas y competiciones (como la de quién escupía más lejos, combates de pulso…).
Aquella noche, hubo un botellón más grande de lo habitual. Los piratas se habían enterado de que no tardarían en llegar a tierra y recargar provisiones, así que habían aprovechado para agotar todas las que les quedaban en una súper fiesta: Bellete llenó la cubierta de adornos y el resto encendieron hogueras y subieron de la bodega enormes pedazos de carne, pescado y por supuesto el ron.
Durante su tiempo en el Liberty, Marshall había disfrutado de algunas fiestas y se había cogido algunas borracheras con sus compañeros de embarcación, y también en sus cenas en el poblado caníbal, pero lo que hacían aquellos bucaneros era otro nivel: Thron era capaz de beberse cuatro botellas seguidas, sin apenas dejarse tiempo para respirar entre un trago y otro, y el resto solía beber tanto que acababan rojos, tirados por el suelo y vomitando como locos.
-¡Venga colegas! ¡Que corra el ron!-exclamó Radan, alzando su botella, y echando un buen trago.
-¡SIIIIIIIIII!-le vitoreó el resto, y comenzaron a beber y a gritar de nuevo.
Quince hombres van…
Sobre el cofre de un muerto
¡Jo-ho!
¡Y una botella de ron!
Todos cantaban, bailaban y reían, enloquecidos por el febril licor. Huaco el loro revoloteaba entre los animados piratas, lanzando graznidos y atrapando pedazos de comida. En el puesto del timón, Leonne fumaba un cigarro y estudiaba el mapa, sin prestar demasiada atención a lo que hacían sus hombres, aunque lo suficientemente alerta para actuar si fuese necesario.
-¡Oh sí! ¡Baila chico baila!-chilló Bellete girando por la cubierta dando piruetas de ballet.
-¡Por la mejor tripulación que jamás haya existido!-rugió Thron, mientras vaciaba su quinta botella, y rompía el recipiente en la cabeza del minúsculo Tan-Tan.
-¡Por el Capitán!-gritó Mario, el del pelo greñoso y maloliente.
-¡Por el tesoro!-gritaron todos, y rompieron a reír.
-Imbéciles…-murmuró Leonne, sonriendo para sus adentros.
Desde lo alto del palo mayor, Marshall observaba la escena. Le había costado mucho subir hasta allí, pero todo serviría para lo que tenía planeado. Aún recordaba como Bahari había conseguido engañar a los caníbales utilizando sus truquitos, y ellos les habían idolatrado creyendo que eran casi divinos. Como ella le había dicho una vez "un buen espectáculo basta para convencer a cualquiera de cualquier cosa".
Marshall acarició el kytar despacio, revisando la tensión de sus cuerdas. Había trabajado mucho en aquello. Simplemente no podía fallar. No podía permitirse ese lujo.
-¿Qué, vas a saltar?-preguntó una voz conocida desde atrás.
Marshall se volvió sorprendido. Alexa sonreía con incredulidad. Se había puesto un chaleco negro y unos pantalones de cuero muy elegantes, que realzaban aún más su figura. Marshall recordó las ganas que había tenido de hablar con ella todo aquel tiempo. Le atraía mucho. Pero ahora no era el momento.
-¿Qué es eso? No es un arma…-comentó Alexa, señalando el kytar, más con curiosidad que con precaución.
-Depende de cómo lo mires-Teague hizo sonar dos acordes, y ella levantó una ceja, intrigada.
-¿Crees que con eso bastará? Porque no te queda mucho tiempo para convencerles-preguntó con suavidad.
-¿Por qué no me has hablado hasta ahora?-dijo Marshall, secamente. Si iba a tocar ante los piratas, y jugárselo todo a una carta, quería saber la respuesta a aquello antes.
-¿Y por qué me preguntas eso?-el cabello de Alexa se agitaba con el viento de la noche, dándole un aspecto misterioso y exótico. Ella ya no sonreía con burla, su semblante se había vuelto serio. Observaba a Marshall confundida.
-Cuando termine, quiero saberlo-Marshall se ató una cuerda a la cintura, y se dispuso a saltar desde el palo mayor. Podría estar asustado, pero ya había caído antes de allí, cuando había conocido al Capitán Rogers, así que no le asustaba tanto. Pero tenía el estómago destrozado por la tensión. ¿Y si no les gustaba? ¿Y si ni siquiera le dejaban terminar? Podía imaginárselos burlándose de él e incluso abucheándole. En Pelegosto a todos les fascinaba como tocaba ese instrumento. Pero los piratas no eran como los indígenas… ¿o sí? Al menos ambos parecían tener la misma manía de dejar vivir a Marshall pero queriendo matarlo…
-Es tú única oportunidad-susurró Alexa, con gravedad.
-Eso ya lo había oído antes-Marshall sonrió. Y entonces sacó una cerilla, la encendió y la arrojó a una pequeña pira que había subido con él. La madera de la pira le iluminó, como si fuera el foco de un teatro.
Marshall cerró los ojos. Tragó saliva. Respiró profundamente y se acordó de cuando Kum le había acorralado en el tablón del barco y había estado a punto de caer a los tiburones. ¡Por Dios, tenía que conseguirlo!
Y comenzó a tocar. Deslizó sus dedos por las cuerdas del kytar, primero de forma delicada, después a un ritmo rápido y fuerte. Recordó todo lo que Vylud, el músico de la tribu caníbal, le había enseñado: como ir de acuerdo con un tiempo musical, como proyectar el sonido de manera que todos lo pudieran escuchar bien en un escenario al aire libre…
El sonido de la música de Marshall hizo que los piratas dejasen de beber y gritar poco a poco y girasen su cabeza hacia arriba. El chico, iluminado por la luz de la hoguera, parecía una estrella que se hubiese acercado al barco.
-¿Qué es esto? ¿Está de coña?-preguntó Radan, mirando a Marshall con aversión.
-¡Esta es la historia de un joven aventurero, que dejando el hogar, salió en busca de una nueva vida, atravesando tierras y mares lejanos, esperando encontrar su verdad!-gritó Marshall, mientras hacía sonar una melodía misteriosa y atrayente.
"-He descubierto las claves para atraer al público-había anotado Marshall en su hoja de composiciones-en primer lugar, debes intrigarles, para captar su atención."
-La vida de aquel chico había sido un asco. Rodeado de lujos y placer, pero en el fondo, le faltaba lo que todos necesitamos más…-continuó Marshall, haciendo sonar una melodía triste y lenta.
-Que bonito-sollozó Bellete.
-Menuda payasada. ¡Bájate chico, nos aguas la fiesta!-le gritó Radan, y muchos le apoyaron.
-Menudo panoli-le insultó uno.
-¡Que alguien suba y le tire!-gritó otro.
-Lo que aquel chico necesitaba era algo que todos buscamos, y que no siempre podemos encontrar…-continuó Marshall, cerrando los ojos, ignorándolos.
Al oír aquella frase todos se echaron a reír con maldad.
-Vaya poeta-dijo Radan, burlándose de su canción.
-No tengo ganas de escuchar más cursiladas, niño-gruñó Thron, que empezaba a enfadarse.
-¿Te refieres al amor?-preguntó Bellete a Marshall, pues el travesti era el único que escuchaba sus palabras con atención.
-No, no me refiero al amor-la respuesta de Marshall hizo que todos enmudecieran, y le mirasen con sorpresa-me refiero a la aventura. Todos queremos vivir una aventura. La aventura de nuestras vidas. El amor es solo un daño colateral.
Muchos rieron al escuchar aquello. Leonne, apoyado en la barandilla del timón, observaba a Marshall en silencio. Se mantenía impasible, pero parecía estar efectuando un análisis en profundidad del comportamiento del chico. Eso ponía a Marshall más nervioso que cualquier otra cosa.
-Así que buscaba una aventura-dijo Thron, olvidándose de su botella-¿y qué esperaba exactamente?
-¿Oye, en serio? ¡Que alguien le pegue un tiro!-se quejó Radan, pero Thron le agarró del cuello y le hizo callar.
-Esperaba todo lo que se puede esperar de una aventura-dijo Marshall, sin olvidarse nunca de la melodía. Había supuesto que tendría interrupciones, por lo que había practicado varias improvisaciones en su instrumento-esperaba correr peligros, y superarlos. Esperaba enfrentarse al mal, conocer lugares lejanos y fantásticos, encontrar tesoros, y besar a una princesa o dos…
-Yo he besado a varias princesas…-comentó Thron, y todos rieron.
-Sssssh, no interrumpáis-se quejó Bellete.
-Pero más que cualquier otra cosa, el joven esperaba sentirse libre. Esperaba encontrar su camino, ser el dueño de su destino, y saber que realmente era él quien había elegido su vida, y no otros. No quería reglas, ni ataduras. Solo quería brillar-conforme decía aquello, la música iba aumentando en velocidad y pasión. Marshall pensó que ya era el momento de pasar a la segunda fase de su plan. Todos le miraban y escuchaban con atención. Alexa tampoco perdía detalle, y hasta el loro se había callado y posado sobre una de las jarcias-¿y sabéis lo que encontró en su aventura?
-¿Un balazo en la cabeza?-dijo Radan entre dientes.
-Cállate ya-chistó Bellete.
-¿Qué encontró?-preguntaron varios piratas.
Marshall sonrió, y dando una fuerte sacudida al kytar saltó desde el palo, descolgándose con la cuerda que se había atado a la cintura, y sobrevolando las cabezas de su público.
-¡Encontró mucho más de lo que se esperaba!-exclamó Marshall, lanzando otras dos cerillas a los lados, donde había preparado más piras en secreto para la iluminación.
Al encenderse las antorchas en la posición que Marshall las había colocado, crearon una figura de luz con el aspecto de un delfín. Marshall se descolgó hasta el suelo, y continuó con su actuación. Lo había planeado todo al milímetro, observando el barco en el que había tenido que trabajar aquellas semanas y descubriendo secretos que muchos tripulantes más veteranos desconocían.
La música de Marshall envolvió a los piratas, fascinándolos. Era un sonido salvaje, animado, que impulsaba a bailar y moverse como si la melodía poseyera el cuerpo y lo volviera loco. Así, el chico siguió, relatando las aventuras del protagonista de la historia, de su historia.
A una isla fue a parar, lejos todo lo demás
Una tormenta atravesó, lluvia y fuego, perdición
¡Y una botella de rooooon!
Entre todo lo que vio
No hubo explicación,
¡Los piratas que encontró!
Los piratas le vitorearon y aclamaron, mientras Marshall tiraba de otra de las cuerdas y volvía a elevarse sobre su público. La música era cada vez más frenética.
Unos delfines ayudar, atravesando el ancho mar,
Caníbales en una isla, tratando de sacrificar,
Hubo incluso arañas, en serio, ¡un montón!
¡Más nuestro amigo en nada, salvó la situacióooon!
¡Y una botella de rooooon!
Entre todo lo que vio
No hubo explicación,
¡Mas piratas encontró!
¡Mas piratas encontró!
Todos corearon el estribillo, mientras Marshall giraba las cuerdas y hacía aparecer unas figuras en las velas, que él mismo había colocado. Estas figuras, movidas por los cabos, al reflejarse con la luz de las antorchas parecían gigantes, e ilustraban el relato de Marshall. Era un auténtico show.
Hubo amor también, verdad
Mas nunca supo bien si fue
Algo sentido, algo real, o solo una ilusión.
Y entonces al final, lo sé
Cuando todo se acabó
El chico creyó que ya sin más, su aventura terminó
Y todo se acababa, cuando entonces comprendió
¡que si una aventura ayer acaba
Otra empieza hooooy!
La música llegó al punto álgido de la canción, y el barco se agitó del bullicio que reinaba en él. Verdaderamente, a los piratas les había encantado; estaban fascinados con el chico. Dando una voltereta colgado en las cuerdas (cosa que le habían enseñado los gemelos), y saltando varias veces para el gran final, Marshall tocó un último acorde que resonó por toda la nave, y tirando de un último mecanismo que había instalado en secreto, hizo que todos los fuegos se apagasen.
Piratas encontroooo
La última frase se quedó flotando en el aire, mientras el silencio reinaba en el barco. Todos se habían quedado estupefactos. Era realmente extraño. Es decir, era increíble. Aquel chico nuevo e indefenso, al que solo hace unos días habían intentado echar a los tiburones, que ya les había sorprendido luchando contra Kum, los había puesto a bailar como a adolescentes quinceañeras, y los había fascinado con su música.
Quizás los piratas eran criaturas demasiado simples como para lidiar con sentimientos tan complejos. Pero acababan de escuchar una canción nueva, que daba cien mil vueltas a cualquier otra que hubiesen escuchado nunca, y les había apasionado. La música había emocionado a los peores asesinos y criminales del mar.
Un aplauso rompió el silencio.
-¡Bravo!¡Bravo! ¡Ha sido la mejor pieza que he oído en mi vida!-chilló Bellete, mientras una lagrimilla asomaba por sus maquillados ojos. Estaba visiblemente afectado.
-¡Sí, es cierto, ha sido bestial!-exclamó otro pirata desde el fondo.
-¡Radical!-dijo Quamar.
-¡Brutal!-añadió Hassan.
-Tienes un don-dijo el chino, Tan-Tan.
-No ha estado mal…-reconoció Radan, que por primera vez parecía no querer asesinar a Marshall.
-¿No ha estado mal? ¿Cómo es qué no nos has dicho que tocabas así?-exclamó Thron, que hasta entonces había callado-¡Eres un máquina, chico! ¡Tócala otra vez!
Marshall sonrió, algo cohibido, y también un poco intimidado. Thron había avanzado hacia él y lo había levantado con sus enormes brazos llenos de tatuajes.
-¡Tú aquí vas a ser el jefe! ¡El amo! ¡Al que todos respeten!-gritó Thron, mirándole con admiración.
-Bueno… gracias-Marshall no sabía que decir.
-Bueno, no es como tus canciones regionales, la verdad-comentó Radan insidioso.
-¡Mis canciones son una porquería en comparación con esto! ¿Tienes más? ¿Puedes enseñarme?-preguntó Thron a Marshall, fuera de sí.
-¡Yo también quiero aprender! ¡Podemos hacer un trío… musical!-intervino Bellete.
Los piratas rodearon a Marshall, hablando todos a la vez. La borrachera y las ganas de bronca se les habían pasado de golpe. Parecían unos niños pequeños. Y al igual que le había pasado cuando había visto el lado más humano de los Pelegostos, Marshall les perdió miedo al comprender que ellos también tenían su corazoncito, por podrido y malvado que fuera.
-Buena música Marshall-comentó Alexa, que lo había visto todo desde el palo mayor y sonreía-no sabía que tuvieras talento.
-Hay mucho que no sabes sobre mí-le dijo Marshall, con su habitual encanto.
-¡Marshall, tienes que tocar otra vez!-dijo Tibol, al que al bailar se le había descolocado la peluca.
-¡Sí, toca otra, Marshall! ¡Venga!-insistieron todos-¡Otra, otra…!
-¡Saluden al Capitán!-graznó el loro, y en ese instante las puertas del camarote se abrieron de golpe.
Al oírlo, todos se giraron sorprendidos, y volvió a reinar el silencio.
En unos días que llevaba sin verlo desde que lo conoció, Marshall había olvidado lo impresionante que era Rogers. Si bien Thron era el tripulante más alto del barco, el Capitán le sacaba al menos una cabeza. Su chaqueta roja y su sombrero pirata le hacían aún más imponente.
Rogers dio unos golpecitos con su enorme garfio oxidado en la pared del barco, y miró con su único y viejo ojo a sus tripulantes.
-¡Capitán, a que no adivina que ha pasado!-exclamó Bellete, corriendo hacia él muy animado. Rogers le sacudió un golpe con el garfio, tirándole al suelo y dejándole inconsciente. Todos retrocedieron, asustados.
-Radan-llamó Rogers, con su ronca voz.
El pobre pirata avanzó hacia él temblando hasta los bigotes.
-¿Sí… Capitán?-preguntó, pálido como un cadáver.
-¿Qué os dije acerca de las fiestas en el barco?-preguntó Rogers, dando otro golpecito, esta vez en el suelo con su pata de palo.
-Eeee… que solo podíamos hacer una a la semana, señor-murmuró Radan, sin atreverse si quiera a mirarle.
-¿Y bien?-preguntó Rogers, con alarmante tranquilidad.
-Bueno… hemos hecho alguna fiesta más-reconoció Radan, que temblaba tanto como una hoja al viento.
Rogers avanzó, y todos menos Radan retrocedieron. El Capitán puso su garfio sobre el cuello de Radan, y el pirata tragó saliva, horrorizado.
-Habéis hecho fiesta todos los días. Eso no es lo que te pedí. ¿A qué no, Radan?-dijo Rogers, en un susurro que se escuchó en todo el barco.
-¡Rebánale el pescuezo! ¡Rebánale el pescuezo!-graznó Huaco.
-Chsssst-le mandó callar Leonne, que había bajado del puesto de mando a donde estaban los demás.
-Por una desobediencia así, bien podría cortarte el cuello-admitió Rogers, pensativo.
Radan solo cerró los ojos y tembló un poco más.
-Y hoy, ya raya lo indecible. Estoy intentando dormir para reposar mi viejo y gastado cuerpo, y vosotros, malditos hijos del demonio y una cerda de granja, os dedicáis a hacer un ruido insufrible ¡No había oído tal estruendo desde la batalla del Corso! ¿A QUÉ OS CREÉIS QUE ESTÁIS JUGANDO?-el berrido de Rogers ensordeció a los marineros, que temblaron. Marshall estaba aún más asustado que Radan. En cuanto le señalaran como el causante del alboroto, Rogers probablemente le volaría los sesos como a Kum. Se había condenado.
-¿Qué significa esto, chicos? ¿Qué clase de diversión?-preguntó Rogers, clavando su garfio en la madera del barco y rayándola.
-Ha sido culpa mía-todos se giraron al oír la voz de Marshall, y le miraron con sorpresa-yo fui el causante. De no ser por mí, no se habría despertado.
-¿Así que fuiste tú?-Rogers avanzó hacia Marshall, cubriéndole con su enorme sombra. El chico se acordó de cuando le había obligado a prometer que le obedecería, a cambio de no matarlo-¿Cómo llamas a eso?
Marshall no supo que decir. Podía odiar a Radan, que solamente le había hecho la vida imposible desde que le había conocido, pero no podía dejar que muriera por su culpa. Eso no estaba bien. Era una cuestión de principios.
-¿Cómo lo llamas?-repitió Rogers. Alexa quería hablar, pero su padre la detuvo.
Marshall se encogió de hombros, y bajó la cabeza, igual que Radan. Su mente había dejado de funcionar.
-Yo lo llamo música-dijo Rogers. Marshall tardó unos segundos en entender lo que el viejo pirata había dicho. Levantó la mirada, perplejo, y observó el mutilado rostro del Capitán: Rogers sonreía, y parecía orgulloso del chico-hacía años que no escuchaba una canción tan buena. ¡Eres realmente un trovador!-exclamó Rogers, dando una fortísima palmada en el hombro de Marshall y casi derribándolo.
-¡Es el mejor Capitán, se lo aseguro!-volvió a intervenir Bellete, y Rogers volvió a darle con el garfio en la cabeza, dejándolo K.O.
-¿E-entonces no está enojado?-se atrevió a preguntar Radan.
-No, claro que no-Rogers lanzó una estruendosa carcajada-y me alegra que hayas ayudado a Marshall a encontrar su talento.
-Oh, sí… claro-Radan sonrió nervioso, y miró a Marshall con súplica.
-Nunca lo habría conseguido sin la ayuda de Radan-intervino Marshall, aprovechándose de la situación-él me ha ayudado mucho… y más que me va a ayudar.
Radan asintió, mirando a Marshall con furia y agradecimiento a la vez.
-¡Bien, muy bien!-Rogers volvió a reír, mientras Huaco se posaba en su hombro y lanzaba un graznido triunfal-¿Sabéis? ¡Hace tiempo que no me divierto con mi querida tripulación de idiotas! ¿Por qué no sacáis el ron que queda, y seguimos con la fiesta?
Todos le aclamaron, muy contentos, pero Tibol interrumpió.
-Capitán, lo cierto es que apenas nos queda ya ron…-dijo, compungido.
-¿No os queda ron en la bodega? ¡Sacad el que hay en mi camarote, por mil diablos!-gritó Rogers, lanzando un disparo al aire, y todos prorrumpieron en gritos de emoción.
Rogers dio otra palmada a Marshall, y pronto comenzó la verdadera fiesta. El ron y la comida corrió por todas partes, todos eran amigos, se abrazaban y cantaban juntos. Marshall interpretó de nuevo su canción pirata e improvisó otros dos temas más. Fue aclamado y felicitado por todos, desde los piratas más amenazantes hasta los que se habían reído de él antes. Todos le miraron con admiración e incluso respeto.
-Cuando tienes un don, tienes un tesoro-dijo Alexa, que era la única que se mantenía sobria.
-¿Sabes? Me gustas mucho-dijo Marshall, que no veía tres en un burro de la borrachera que llevaba encima.
-Sí, me lo figuraba-Alexa sonrió. Marshall trató de besarla, pero ella le frenó, divertida, y le dio un pequeño beso en la frente- buenas noches, aventurero-dijo, mientras se alejaba entre la multitud.
-Está bien, Marshy-reconoció Radan. Marshall quería seguir a Alexa, pero el pirata le frenó-te agradezco lo que has hecho antes por mí. Pero te recuerdo que yo te perdoné la vida en Pelegosto…
-Porque querías matarme después-rebatió Marshall.
-Sí, bueno. Pero digamos que estamos en paz-le dijo Radan, ofreciéndole la mano.
-Muy bien-Marshall se la estrechó como pudo-pero no me pegues. Y no me llames Marshy.
Radan sonrió, y le ofreció de su botella, amistoso. Al ver más ron, Marshall no pudo evitar vomitar en las botas del pirata.
-¡Oh, vaya!-se quejó Radan, horrorizado, corriendo a lavarse.
-Puagh… nunca más-dijo Marshall, dando tumbos. Quería bajar a la bodega y tumbarse a dormir hasta dentro de mil años, pero alguien más le detuvo-¿y ahora quién es?-gruñó el borracho Marshall.
-Creo que no es el momento-dijo Leonne, mirándole con tranquilidad. Al reconocerle, Marshall se puso un poco más serio-pero que sepas que me has impresionado. A partir de ahora, puede decirse que eres miembro oficial de la banda de piratas del Capitán Rogers. Enhorabuena.
Marshall sonrió encantado. Le debía mucho a Leonne. Nunca tanta gente le había mostrado tanto aprecio, ni había sido tan cercana con él. Pero entonces la última frase que había dicho resonó de nuevo en su cabeza, y la sonrisa desapareció "eres miembro oficial de la banda de piratas del Capitán Rogers"… miembro oficial… piratas. Él no quería ser pirata. Ese sí que no era su plan. Estaba en un buen lío.
-¡Brindad! ¡POR NUESTRO NUEVO MÚSICO!-bramó Rogers, y todos le corearon, cogiendo a Marshall en hombros y lanzándolo por los aires.
El chico solo pudo vomitar otra vez.
-La tripulación de Rogers era muy numerosa, y su barco muy superior en todos los aspectos. No pudimos hacer nada-explicó Culpepper, el veterano capitán al que Rogers había hundido su navío no hacía mucho-perdimos todas las mercancías.
-¡Inutilidad! ¡Incompetencia!-bramó John Watts, furioso.
Se encontraban en una reunión excepcional en el despacho de la sede de la Compañía de Comercio de las Indias Orientales. A parte del oficial Culpepper y del viejo fundador de la Compañía, John Watts, solamente estaban Samuel Norton, el burlón administrador de Londres, y Lord Barton, el frío director actual de la empresa.
-Miles de libras esterlinas perdidas por esos bastardos ¡Yo los maldigo!-tronó Watts, que pese a su vejez conservaba su vigor.
-Yo perdí mucho más una vez en un casino-comentó , Norton, con humor.
-Cállese ya-gruñó Watts, mirándole con fastidio.
-Basta caballeros-intervino Barton, que había estado observando la lluvia del exterior con una siniestra mirada en sus ojos-Capitán Culpepper, gracias por su informe. Ya le llamaremos si es necesario.
-Pero… creía que la Compañía me asignaría otro barco de comercio-dijo el anciano militar, desconcertado.
-Ya. Pero la Compañía creía que usted no dejaría hundirse uno de sus barcos más preciados. Revisaremos su caso, y ya veremos lo que podemos hacer-replicó Barton, secamente. Culpepper quiso replicar, pero Barton no le dejó-buenas noches, Capitán Culpepper.
El marine observó a Barton unos instantes, y finalmente se marchó, murmurando indignado. Sus muchos años de intachable trayectoria se habían visto manchados por el vil Rogers y su barco de neófitos.
Cuando Culpepper hubo cerrado la puerta, Barton se volvió hacia sus dos compañeros de negocios, con escepticismo. Watts dio otro bastonazo en la mesa, destrozando varias tazas de té.
-¡Esto es inaceptable! ¡Hablaré personalmente con el Rey!-dijo, rabioso.
-Sabéis que la Corona no nos tiene en gran estima. Somos una empresa burguesa, y él favorece a los nobles. Además, hemos perdido muchos beneficios recientemente. Eso no le moverá a ayudarnos contra los ataques piratas-reflexionó Barton.
-No solo se trata de piratas. De hecho, eso es lo que menos me preocupa, señor Barton-comentó Norton, sacando una lista de finanzas-según me han informado recientemente, el Liberty, que si recuerdan vimos zarpar de Brighton hace ya cuatro meses, se hundió en una tormenta las costas de la India, perdiendo un importante cargamento. ¡Parece que ya no se necesitan ni piratas para que nuestros barcos se vayan a pique!
-¡Es una vergüenza! ¡Barton, estoy muy decepcionado con usted! ¿Cómo piensa arreglar todo esto?-se quejó Watts, encarándose con el director.
-¿Qué es lo que quiere exactamente, señor Watts?-preguntó Barton, sin inmutarse.
-Quiero a Rogers muerto. A todos los piratas, a ser posible-dijo el viejo, y sus ojitos se arrugaron por el odio.
-Bien, porque estoy en ello. Como ya les dije hace unos meses, de hecho fue cuando nos encontrábamos en Brighton viendo zarpar al Liberty, he buscado nuevas estrategias para borrar del mapa a esos desdichados. Y he encontrado ayudas. Aliados. Posibles… inversores.
-¿Ah, sí?-se sorprendió Norton, que no se fiaba ni de Watts ni de Barton.
-Señores, seguro que ya se conocen-Barton descorrió una cortina, y en la estancia entraron un hombre y una mujer de aspecto opulento. Estaba claro que eran ricos, y tenían poder-estos son el señor y la señora Teague, importantes empresarios, de gran renombre. Tienen interés en invertir en nuestra Compañía.
-Un placer-dijo Samuel Norton, aunque desde luego, no lo era.
-¿Qué van a ofrecernos?-preguntó groseramente Watts.
-Caballeros-dijo el señor Teague, mirándoles con seriedad-estamos aquí por el mismo motivo que ustedes. Para acabar con los piratas. Con todos ellos. Y lo conseguiremos.
El matrimonio había hecho pública hacía poco tiempo la desaparición de su único hijo, Marshall. Y por supuesto, no podían ni imaginar lo que le ocurría en ese momento, ni que se había convertido en lo que ellos estaban dispuestos a aniquilar…
Para quien no recuerde el asunto relacionado con Lord Barton y la Compañía de las Indias Orientales recomiendo volver a leer el capítulo 1. Para quién no recuerde la historia de Marshall, recomiendo releer el capítulo 4.
Espero que os gustase. Las cosas van a seguir evolucionando, y cambiando cada vez más. Me gusta mucho leer los comentarios de los lectores, es una de las cosas más interesantes de fanfiction, así que todo lo que os llame la atención o queráis analizar, no dudéis en ponerlo. Eso sí, que sean críticas constructivas.
