Hola chicas, Aqui esta el ultimo capitulo de magnifica Historia.
La historia Original pertenece a Fiona Harper y se titula "Invitada al Baile", Yo solo cambie los personajes a los de Stephanie Meyer. No pude imaginarme a ningun otro cuando lei la historia.
Mis agradecimientos a Todas las que colocaron esta historia en sus favoritos, alertas y las que solo leyeron, pero sobre todo a las chicas que sin falta siempre dejaban un Review para darme sus impresiones: Umee-chan,ExodoOo,rumpelsinki,,bere-cullen,dukesisa, me encantaba leer sus reviews y la manera que se emocionaban, y tambien a Kathow16,Nekbhet,Elle cullen,eviita cullen,Bkpattz,Sele-Chan, y yasmin cullen.
Sin mas preambulo, les dejo el FINAL.
Capitulo 10
Tres semanas después del desfile de modas, Bella y Rosalie firmaron el contrato de alquiler de la primera boutique El ropero de Rosalie. Les interesaba instalarse cerca del mercado de Greenwich y una tienda quedó disponible. Por lo visto, la idea de Anna de vender ropa de bebé blanca y llena de encaje a treinta libras por pieza, que acabaría manchada de puré de zanahoria, no era negocio. Había cerrado pocos días después del baile de Soluciones Newmoon.
La subasta había tenido un éxito impresionante y Rosalie y Bella habían sido inundadas con correos y llamadas preguntando dónde iban a vender su mercancía. La gente parecía dispuesta a gastar cantidades obscenas de dinero si les convencía la marca o el tejido.
La tienda estaba en una de las calles del centro de Greenwich, llena de pequeñas boutiques de lo más chic y cerca del mercado. El plan era reservar una sección de la tienda para ropa retro a buen precio, que atrajera a sus leales clientes del mercado, pero tocar también la gama alta del negocio con prendas de diseño de época que atrajeran a coleccionistas y auténticos aficionados.
Tras acabar con el papeleo, Rosalie convenció a Bella para tomar algo en un café de la zona.
–¿Qué más da que sólo sea la una de la tarde? ¡Lo conseguimos! –dijo–. ¡Gladys y Glynis no volverán a sufrir la furia de los elementos!
Bella sonrió y aceptó, aunque no le apetecía. Todos sus sueños se habían hecho realidad. Había traspasado su consultoría informática a un amigo de un amigo, e iniciaba un nuevo capítulo en su vida. Uno en el que sería su propia jefa y cada día estaría lleno de ropa fabulosa, brillo y glamour. Eso se repetía hora tras hora. Antes o después daría resultado, se animaría y recodaría lo feliz que era.
El café estaba lleno, los oficinistas de la zona solían ir a almorzar allí los viernes. Entre el runrún de voces, oyó una que le sonó familiar. Estaban en la barra, esperando que les adjudicaran mesa; hizo girar el taburete y volteó a la sala. No tardó en encontrar un rostro conocido.
Hacía meses que no veía a Jacob y, aunque le había dolido mucho que la dejara, apenas había pensado en él las últimas semanas. Jacob sonrió con nerviosismo. Bella miró a su derecha y supo por qué. La chica morena que lo acompañaba debía de ser Leah. Era una situación incómoda.
Lo cierto era que no le molestaba.
Jacob se inclinó hacia su nueva novia, en realidad su antigua novia, y murmuró algo. Ella miró a Bella e hizo un gesto afirmativo a Jacob. Lo siguió con la mirada cuando se levantó y fue hacia la barra.
–Hola, Bells.
–Hola, Jacob. ¿Cómo te va? –le sonrió.
–Ah, ya sabes. Bien –lanzó una mirada nerviosa hacia la mesa.
Bella lo miró de arriba abajo. No recordaba qué había visto en él. Tenía buen aspecto, de lo más normal.–
-Se te ve distinta –dijo él–. Estás muy bien.
Le molestó el leve deje de sorpresa de su voz. Era cierto que estaba guapa ese día. Desde que había empezado a vestirse mejor para ir a las oficinas de Edward, parecía haber descubierto su propio estilo: la ropa vieja y gastada que adoraba mezclada con prendas de época. Ese día incluso iba más elegante, por la firma del contrato. Llevaba una chaqueta verde bosque y una falda de vuelo hasta la rodilla, con estampado de flores.
Jacob frunció los ojos y se frotó la nariz. Ese gesto le había parecido adorable en otros tiempos.
–Eh… sólo quería asegurarme de que no me guardas rencor.
–¿Jacob? –Bella decidió que quería una última cosa de él–. ¿Puedo preguntarte algo?
–Depende de lo que sea –la miró con suspicacia.
–¿Por qué decidiste volver con Leah? Me gustaría saber la verdad.
Jacob se removió, inquieto, y ella supo que iba a decir algo neutral, para aplacarla.
–Venga, Jacob. Me debes al menos eso.
–Supongo que sí –miró a Leah por encima del hombro. Cuando miró a Bella de nuevo, ella percibió que iba a ser sincero.
–No sé bien cómo decirlo sin que suene mal.
–Tranquilo, no me importa. Escúpelo.
–No es sólo tu ropa lo que ha cambiado, ¿verdad? –la miró con sorpresa–. Bueno… Eres una gran chica, al, agradable y todo eso. Pero nunca me miraste como me mira ella.
–Oh –eso no era en absoluto lo que Bella esperaba oír–. ¿Cómo te mira ella?
Jacob volvió a mirar a su novia. Captó su mirada y, de inmediato, Bella vio cómo su rostro se suavizaba y se llenara de vida.
–Como si le importara de verdad –dijo él.
«Como si le importara de verdad».
Bella no podía dejar de pensar en las palabras de Jacob. Esa noche, en la cama, intentó sacarles sentido. Pensó en cómo había mirado Leah a Jacob. Se preguntó si ella no había resplandecido nunca así al mirarlo. Supo que no.
Porque nunca había sentido algo tan profundo por Jacob, no lo veía como su sol, su luna y sus estrellas, y era obvio que Leah sí. Ella nunca había sentido eso por un hombre. La devastaba que la dejaran por otra pero, en retrospectiva, le dolía más el rechazo que perder al hombre en sí.
Por primera vez, Bella se planteó la posibilidad de ser la culpable de que la dejaran. Tal vez, como Jacob, los hombres habían percibido que se conformaba con ellos. Era verdad, por más que lo negara. No eran su fantasía, eran hombres asequibles, o eso había creído. Se había dicho que era suficiente, que se parecía lo bastante al amor. Pero no había engañado a nadie, sólo a sí misma. Sin excepción, sus novios habían pasado a chicas que los consideraban «su hombre ideal». Algunos incluso estaban casados y tenían hijos.
Entonces ella había pensado que eran ratas que buscaban pastos más verdes, pero tal vez se había equivocado. Al menos, todos habían tenido la decencia de romper con ella antes de iniciar la nueva relación. Era muy posible que se hubieran enamorado y comprendido que la relación con Bella, segura y libre de exigencias, no bastaba. Ya no le dolía haberlos perdido.
Pero Edward era harina de otro costal.
Lo había amado y seguía amándolo. Él era el hombre al que miraba como si le importara de verdad. Y lo había echado de su lado. Por miedo a que él no sintiera lo mismo.
Mientras había estado en su burbuja de seguridad, siendo la Bella a quien nadie miraba dos veces, había tenido esperanza. La esperanza de tener el potencial de ser amada de verdad. Pero si hubiera bajado sus defensas y Edward la hubiera dejado, habría quedado destrozada, sin esperanzas de alcanzar el amor. Tal vez hubiera sido demasiado dura con él.
Si hubiera seguido enviándole desayunos, quizá habría tenido valor para llamarlo en ese instante, a pesar de la hora. Pero los cruasanes y el café habían dejado de llegar y no tenía ni idea de qué sentía o qué hacía él en la actualidad. Si quería descubrirlo iba a tener que sacar fuerzas de algún sitio.
«Estaré esperándote…». La frase de la nota de Edward resonó en su cabeza.
Se preguntó si sería demasiado tarde. Si seguiría esperándola. Necesitaba saberlo.
Rosalie hablaba tan alto que Bella tuvo que apartarse el móvil de la oreja.
–Tienes que ir al V&A, pronto. Tienen una nueva exposición en la colección de moda. Es fabulosa, y esta noche habrá un cóctel y un pase privado, antes de la inauguración de mañana. Sólo tienes que dar tu nombre y te dejarán pasar.
Bella se había preguntado dónde había estado Rosalie toda la tarde, y ya lo sabía. Hasta que abrieran la tienda, después de navidades, seguían en el mercado. El lunes era su día libre. Ella llevaba horas sin hacer nada, y le vendría bien una distracción que le impidiera pensar en Edward.
Le había escrito un mensaje electrónico más de diez veces. Y lo había borrado todas ellas.
Algunas cosas era mejor decirlas en persona. Tendría que esperar hasta el día siguiente e intentar que Jane le concediera una cita. Sólo pensarlo le aceleraba el corazón. Tal vez Edward hubiera conocido a otra mujer. Una incluso más elegante y bella que Jessica, si es que existía.
–Eh… ¿hola? ¡Tierra llamando a Bella!
–¡Perdona! –Bella dio un bote–. Me había distraído pensando en lo del V&A.
–Seguro que pensabas en eso –Rosalie no sonó nada convencida.
Bella decidió ignorar el sarcasmo y hablar de ropa. Habían hablado tanto de Edward que hasta Bella estaba harta de oírse.
–¿Cómo irá vestida la gente?
–¡Buf! La gente. ¿A quién le importa cómo vaya vestida? Pero sería buena idea ponerte algo de época, por la oportunidad de relacionarte con gente interesada en el tema.
Bella agarró un montón de las tarjetas de negocios que habían impreso para la tienda. Al menos su vida profesional iba bien; era sólo su vida amorosa la que se había ido al garete.
–Ponte el minivestido azul, el que tiene la chaqueta a juego –sugirió Rosalie.
Era una buena elección, pero Bella tenía otra idea. Ya era hora de escuchar a sus instintos y elegir conjuntos sin la ayuda de Rosalie. Al principio, tal vez se enfurruñara, pero luego la alegraría que su protegida hubiera abierto las alas y alzado el vuelo.
Las luces navideñas parpadeaban cuando Bella salió de la estación de metro de South Kensington. Había un paso subterráneo que conducía a los museos de Cromwell Road, pero decidió que prefería el aire libre. Eran las siete y la noche estaba despejada. Bella no necesitaba consultar un mapa. Cuando era niña, su abuela la había llevado al museo Victoria and Albert a menudo. le había encantado ver las fabulosas joyas, objetos y esculturas traídos de todas las partes del mundo.
Siempre la había atraído la colección de moda de alta costura de distintas décadas. Su abuela y ella habían pasado horas inspeccionando cada vestido, eligiendo el que se pondrían para un baile si alguna vez tenían la oportunidad.
Bella suspiró. Se había puesto un vestido de manga corta, con bandas de satén negro salpicado de rosas en la cintura y el bajo. Cuestionó su elección, tal vez fuera algo excesivo. Pero ya era tarde para arrepentirse.
Ignoró la entrada principal y fue a una lateral. Un guarda de seguridad, sonriente, la dejó entrar cuando le dijo para qué había ido.
Su destino estaba a pocos metros de la entrada, bajando por una escalera de mármol, al final de un pasillo lleno de esculturas.
En la amplia puerta que conducía a la exposición de moda sólo se veía un expositor horizontal lleno de zapatos de todas las épocas.
Mientras subía los escalones, se preguntó dónde estaba la gente. Se suponía que era un pase previo, con cócteles y canapés. No oía voces ni ruidos de copas, ni pasos. Tal vez Rosalie se había equivocado en la hora y llegaba pronto.
Debía de ser así porque, aparte de un guarda solitario en la entrada, no había ni un alma. Lo miró interrogante; él asintió y le guiñó un ojo.
Era una sala circular con cúpula, con un círculo central reservado para exposiciones especiales. Nunca había estado allí por la noche, pero la oscuridad hacía que los expositores de cristal, iluminados por suaves focos, tuvieran aún más brillantez y fuerza. Estar allí sola, sin que nadie le quitara la vista ni la azuzara, era casi demasiado bueno para ser verdad.
Ya que había llegado pronto, iba a sacar el mayor partido posible de su tiempo. No volvería a tener una oportunidad igual. Empezó a rodear la sala, deteniéndose de vez en cuando para prestar atención especial a alguna de sus piezas favoritas. Por ejemplo, un traje de noche de los cincuenta, rosa, o un vestido de los años veinte, de seda bordada con lentejuelas y joyas.
En cada «esquina» de la sala circular había una alcoba curvada con expositores en forma de C. En el centro había un octógono de cristal. El primero contenía un vestido de boda bordado, estilo Regencia. Llegó al segundo y pensó que debía de ser nuevo, porque las luces estaban apagadas. Se acercó para ver qué contenía.
Un vestido de tela oscura y brillante. Cuando estuvo a unos pasos, los focos del expositor se encendieron. Era su vestido. El Elsa Schiaparelli verde esmeralda y cortado al bies. la tarjeta lo dejaba claro, incluso mencionaba su nombre como persona que lo había donado.
Junto al vestido, estaba uno de sus zapatos en un soporte iluminado para que los tacones de plexiglás brillaran. Se agachó e inspeccionó el zapato, se preguntaba donde estaba el otro, podría imaginarse que no tuvo reparación, pero por que estaba solo uno allí. Bella contuvo el aliento y se enderezó. Había alguien allí con ella. Sólo podía ser una persona, era la única explicación… De repente, un reflejo apareció en el expositor de cristal.
Edward. Detrás de ella. Mirándola como si le importara de verdad.
Giró en redondo, incapaz de respirar. Él no se movió, siguió mirándola. No parecía el Edward de las últimas semanas, sino el que recordaba del pasado. Ni siquiera llevaba traje. Sólo vaqueros y una camiseta de manga larga.
La ropa no era más que un síntoma. Se obligó a respirar y, al mirarlo de nuevo, vio la transformación real. Parecía más joven y vulnerable. Sus ojos, en vez de inescrutables, le decían cosas. Cosas que no se atrevía a creer.
–Dijiste que querías un tipo normal –encogió los hombros–. Te he encontrado uno.
Ella movió la cabeza. Él nunca sería normal, ni quería que lo fuera. Era Edward. Su Edward. Pero tenía razón en cierto sentido. No era un dios intocable, ni un príncipe fuera de su alcance. Sólo era un hombre con sus defectos y sus miedos.
Y lo quería con locura.
Él debió de verlo en sus ojos, porque avanzó y deslizó las manos por sus brazos. Tras semanas sin sentir su contacto, eso bastó para derrumbar todas las defensas de Bella.
–No eres perfecta –dijo él, sonriendo.
–Eso no es nada romántico, Edward.
Él rió suavemente y la besó entre las cejas.
–No quiero que seas perfecta. Quiero que seas tú –siguió depositando besos por su frente, sus sienes, sus pómulos–. Porque yo tampoco soy perfecto, y lo acepto. Ya no necesito demostrarle a nadie que soy lo mejor.
Ella rodeó su cintura con los brazos y lo atrajo. No necesitaba oír más. Ambos eran incompletos, estúpidos y muy humanos, gracias a Dios.
–Me da igual si eres perfecto o no. al final resulta que eres mi Gilbert.
–¿Tu qué?
–Da igual. Calla y bésame –dijo ella.
Decidió que le gustaba mucho que el poderoso Edward la obedeciera sin protestar. Era tan maravilloso estar allí con él que sintió que las lágrimas afloraban a sus ojos.
–Siento haberte alejado de mí –gimió–. No entendía por qué precisamente tú ibas a querer estar conmigo, cuando siempre he sido la novia de segunda mano que todos desechaban.
–Pues yo pienso quedarme contigo mucho tiempo, siempre que prometas quedarte conmigo. Eres lo mejor de mi vida, Bella, porque me haces ser mejor hombre. Porque me exiges que lo sea. Hasta ahora, me había dado miedo ser ese hombre.
–Shh –Bella le puso un dedo en los labios.
–Es verdad –la miró con dulzura–. Voy a quedarme contigo porque me quieres, Bella Swan.
Bella pensó que era cierto y no iba a cambiar.
–Me quieres como yo te quiero a ti. Con todo lo que puedo dar, lo bueno, lo malo y lo regular. Soy todo tuyo –dijo él.
Se inclinó para darle un beso tan dulce que la habitación empezó a dar vueltas. Bella se lo devolvió. Por fin podía entregarse del todo en un beso, sin miedo a no ser correspondida.
Consiguieron resolver muchas cosas sin decir una sola palabra. Bella suspiró, feliz.
El retrocedió unos pasos y regreso con una caja en las manos, se inclino colocando una rodilla en el piso y la otra flexionándola, de la caja saco el otro zapato de Bella, ella lo miraba con ojos de sorpresa y emocionada.
-Si yo soy tu Gilbert, o lo que sea, tu eres mi princesa, la princesa que rescato a este hombre de la amargura y oscuridad en que vivía.- Colocándole en uno de sus pies el zapato reparado.
Bella contuvo el aliento y se recordó de respirar, era su cuento, su cuento hecho realidad.
Abrazo a Edward y lo beso como si en ello se le fuera la vida.
–Me alegra que rescataras mis zapatos –dijo, sacándose el zapato y colocándolo en el expositor–. Estarán felices ahí dentro. No creo que hubieran sobrevivido al ajetreo del siglo XXI. Odiaría verlos arruinados.
–¿Y el vestido? ¿Lo quieres? Sólo tienes que decirlo y yo…
Ella negó con la cabeza y besó su cuello.
–Verlo ahí también me alegra –le sonrió–. Además, creo que ya no lo necesito.
–Tenía la esperanza de que dijeras eso, porque tengo otro vestido en mente. No me importa de qué estilo sea, viejo o nuevo, pero tengo una condición…
–¿Vas a ponerte en plan Edward ejecutivo ahora que tienes lo que quieres? –bromeó ella.
–Claro que sí –afirmó él–. Te gusta eso de mí.
Tenía razón. Adoraba a ese maravilloso, persistente, romántico y testarudo hombre. Se puso de puntillas y lo besó. De repente, se dio cuenta de que se había despistado.
–¿Qué clase de condición? –preguntó.
Había esperado que él se riera, pero en cambio la atrajo hacia sí y acercó los labios a su oreja.
–Como he dicho, puede ser largo o corto, sencillo o recargado, viejo o nuevo. Siempre que sea blanco. Y te aviso de que irá acompañado de joyas a juego –tomó aire un par de veces–. Eso significa que te estoy pidiendo que te cases conmigo, por si no te habías dado cuenta.
Ella echó la cabeza hacia atrás y se rió. Ese hombre suyo no era nada sutil. Cuando dejó de reírse, vio que la miraba con desconcierto.
–Eso es un «sí», por si no te habías dado cuenta –le pasó los pulgares por la frente, alisándola. -Pero yo también tengo una condición.
Vio un destello de miedo en sus ojos.
–No pongas esa cara –lo besó–. ¿Es que no ves cómo te miro? –lo devoró con los ojos–. Como una chica que se ha enamorado y piensa seguir así para siempre. Te quiero, Edward Cullen –le susurró al oído–. Pero respecto a las joyas… tengo que dejarte algo claro: no me pondré una tiara por nadie. Ni siquiera por ti.
Él se echó a reír, la alzó en volandas y recorrió toda la galería bailando con ella. Como su baile de Cenicienta.
F I N
Snif, Snif, Sueño cumplido para Bella.
Bueno chicas, esta historia termino, y si esta historia les encanto creanme, que la siguiente esta mucho mejor, es romantica y alegre, Bella no es de las que se deja. Se las recomiendo ampliamente, se encuentra en mi perfil y se titula EL DESEO DE UN AMOR.
Espero verlas por alla. Besos...
