Aquí está el cap de esta semana como prometí, no os voy a abandonar

Mi favorito es el anterior, el de la paliza, llamadme masoca pero me encanta.


–Daiki, llévalo a mi oficina, ahora. Llama a los otros guardias. – Aomine asintió, también serio, acatando sus órdenes.

Los gritos habían cesado, todos atentos a la escena. Todo estaba ocurriendo muy rápido, pero a Takao se le estaba haciendo eterno, sentía la cabeza muy espesa. Estaba confuso, le costaba pensar, procesar toda la situación. Sintió como alguien le tiraba del brazo, levantándolo del suelo. Al ser de menor estatura, Daiki simplemente lo recogió en sus brazos y se lo llevó de allí.

Cada paso que daba el oficial provocaba dolor en Kazunari, pero no tardaron mucho en llegar a su destino. Sentía un continuo dolor lacerante por todo su torso y cara.

–Quédate aquí, en seguida vendrá Shintarõ. – Daiki abrió la puerta y le dejó dentro, comprobando si era capaz de mantenerse en pie. Al ver que sí, aunque de forma tambaleante, le soltó – Te llevaría a la enfermería, pero él dijo que te trajese aquí. Además no tardará, tenlo por seguro.

–Gracias oficial Aomine. – se giró a verlo, antes de que se fuese. El oficial le sonrió y Takao vio la pena en sus ojos, antes de cerrar la puerta y salir corriendo a la vez que llamaba a los otros guardias por walkie–talkie.

Kazunari caminó hasta el centro, observando la oficina de Midorima, nunca había estado allí sin él. Se sentía extrañamente vacía, con la silla del oficial desocupada. En un momento le invadieron los recuerdos de lo que allí había pasado, pero realmente ya no le producía asco, ninguno de ellos. Suspiró y el dolor le atacó las costillas. Contrajo la boca en una mueca y se dobló un poco, salpicando ligeramente el suelo de rojo. En ese momento escuchó la puerta y se giró, viendo como entraba el oficial Shintarõ.

–Siéntate en la mesa. – no llevaba sus gafas puestas y tenía el pelo un poco revuelto, su gorra desaparecida. Cerró tras de sí y caminó hacia el fondo, traía un pequeño cubo metálico.

–No es un buen momento para hacerlo ahora mismo, oficial. – a pesar de ello, se sentó en el borde, de igual forma que tantas otras veces, si continuaba de pie lo más probable es que se desplomase.

–Tampoco es un buen momento para bromas. – Midorima se acercó a él con un maletín y el cubo, que dejó a su lado en la mesa. Justo a su lado dejó las gafas con un cristal estallado y las patillas dobladas, probablemente alguien las había pisado. Abrió el maletín y sacó un poco un paño y desinfectante. Se remangó hasta los codos antes de proceder.

–Siento no estar muy visible ahora mismo. – Takao forzó una sonrisa, haciendo que la sangre de su labio roto se escurriese por la mandíbula. Quería que el oficial hablase, que no estuviese tan extremadamente tenso.

–No es un momento para bromas, Kazunari. – repitió Midorima, su mirada denotaba seriedad y preocupación.

El oficial metió el paño dentro del cubo, en el que había un poco de agua. Lo sacó y lo escurrió, después le sujetó con cuidado por la mejilla izquierda, que estaba menos afectada, y comenzó a limpiarle la cara sangrienta con mucha delicadeza, todo lo que se había deslizado de su nariz y su boca.

–El agua está fría porque la sangre sale mejor así. – aclaró mientras lo restregaba por la cara del preso. – Puedes escupir en el cubo si sigues teniendo en la boca.

La acción le produjo un sentimiento de ternura a Takao; se dejó hacer, observándole concentrado. El golpe que le habían dado a Midorima había sido cerca del pómulo, estaba comenzando a hinchársele. Era extraño verle sin sus habituales gafas, le restaban parte de su porte imponente. Se veía un poco más vulnerable, aunque quizás también era por el golpe que se había llevado al defenderle.

Kazunari alzó la mano mientras Midorima seguía limpiándole la sangre y curándolo, limpiando el paño en el agua fría y llevándolo de nuevo a su cara; le acarició levemente la mejilla, apenas rozándole con la yema de los dedos la zona afectada. Midorima se estremeció, y sonrió apenas.

–No fue nada. – parecía tratar de tranquilizarle, pero la verdad es que el propio Takao también estaba preocupado. Bajó la mano y se inclinó lo mínimo en el cubo para escupir, si se inclinaba más le dolía demasiado.

–Ese estúpido. – le escocía el corte del al hablar y Midorima le había colocado una tirita justo debajo que le molestaba un poco – No tenía que haberte pegado.

Shintarõ terminó de limpiarle la sangre de la cara, aunque los golpes macerados continuarían allí por buen tiempo hasta que se curasen. Guardó las cosas dentro del maletín y dejó el paño flotando en el agua, completamente rojiza. Después le bajó la cremallera a Takao y con mucho cuidado el uniforme. El pelinegro estuvo a punto de hacer otra broma, pero se contuvo al ver lo concentrado que estaba el oficial. Le levantó la camiseta blanca y observó su torso, bastante magullado y con varios moratones en proceso.

–Sujeta la camiseta, Takao. – hizo lo que le ordenaban y emitió una pequeña queja en cuanto el más alto apretó un poco uno de sus costados. – Avísame si te duele mucho.

Midorima tanteó sus costillas con mucha delicadeza, atento a las reacciones del pelinegro. Después apretó un poco su esternón y sus clavículas, pero el recluso no se quejó demasiado. Separó las manos de Takao y colocó la camiseta en el sitio, cerrando de nuevo el uniforme.

–No tienes nada roto, puedes estar tranquilo. – abrió de nuevo el maletín y sacó dos pastillas, dejándolas al lado.

Midorima se irguió, porque a pesar de que Kazunari estaba encima de la mesa, debía inclinarse para atenderle bien por culpa de su altura. Colocó el pelo de Takao en su sitio y se quedó quieto unos segundos mirándole. El pelinegro tenía el labio roto justo en la esquina derecha, un ojo rojo e hinchado que en pocas horas sería de un morado casi negro, esparciendo ese color por todo el borde de la cuenca y el mismo tono por ambas mejillas, aparte del intenso púrpura en el puente de la nariz, aunque por suerte no se la había roto. Forzó una sonrisa a pesar del dolor, porque él también quería tranquilizar al oficial, que se veía afligido con la situación. Su expresión no cambió, al verle sonreír se volvió a agachar y le estrechó con fuerza entre sus brazos, sorprendiendo al más bajo, que reprimió expresar el dolor.

Le palmeó la espalda un par de veces, inseguro, pero el oficial no deshizo el abrazo, tan solo aflojó un poco el agarre. Kazunari le rodeó a su vez, devolviéndole el gesto y hundiendo su cabeza la unión entre el hombro y cuello, aspirando su aroma.

–Estoy bien, oficial. No ha sido para tanto. – el pelinegro quería calmarle, jamás le había visto así – Debería curar su propia herida.

Midorima se separó y volvió a observarle con avidez, por si acaso quedaba alguna herida sin tratar. Al ver que no, fijó sus ojos todavía afligidos de nuevo en los de Kazunari. Le sujetó la cara entre sus grandes manos, deslizando los dedos entre el cabello y echándoselo hacia atrás. Una vez despejada, se acercó más y le besó, con mucha dulzura, intentando hacerle el menor daño posible.

Takao abrió los ojos ampliamente, un ligero puntazo de dolor le atravesó la boca, pero no se echó hacia atrás. Puso sus manos en el pecho del oficial, aunque no llegaba a abarcarlo, era grande en comparación con sus palmas. Sujetó las solapas negras y ladeó la cabeza, correspondiendo al beso, evitando la zona cortada y saboreando los labios de Shintarõ, que tanto le gustaban.


Espero que os guste, de momento soy feliz con el resultado

Pero que mono que es mi oficial Midorima curando a Takao, lloro, ay

Notas, dudas, sugerencias, gritos, ya sabéis.