Si alguien relee GG y nota algo raro a mediados de este capítulo es porque he modificado tres escenas del fic. Aquí va la segunda. Espero que no os disguste mucho el cambio ´u`


Mantén cerca a tus amigos, pero aún más cerca a tus enemigos

Jean Kirschtein no es, no fue y jamás será un nombre al azar. Es cristiano y lo lleva alguien que no habla con Dios ni con la virgen ni pollas en vinagre, tíos, pero tiene pensamientos aleatorios equiparables a revelaciones que brotan sin importar la humedad en el ambiente ni las horas de sol. ¡Paf! ¡Dios te ha tocado con su gracia, Kirschtein! con su halo de neblina celestial y la luz blanca y el espíritu santo mareándole la perdiz en arameo; Jean es un iluminado, un portento desaprovechado en artes adivinatorias, el sabueso policiaco en un concurso de mascotas con tutú.

El comedor está abarrotado pero al entrar solo lo ve a él, enfundado en ese abrigo de pico raído que acentúa su complexión enclenque, un abrigo con el que las polillas se han despachado a gusto, un abrigo que la señora Arlert le dejó tejido antes de asomarse al mundo con su marido, por si Armin crecía demasiado durante su ausencia. El Abrigo. En sus horas bajas, Armin cree que es por esa ausencia por la que se ha quedado así, bajito y desnutrido, debilucho y con un abrigo más grande de lo que él será jamás. Siente una atracción irremediable por todo aquello que esté viejo o descosido o en fin, en las últimas, y Jean va rumiando el dato antes de deslizarse a su lado en el banco. Armin inspecciona su cara, en busca de signos que delaten que ha dormido mal. Al otro lado de la ventana la mañana ha roto el cascarón en el cuartel y ya hay cadetes trazando líneas de tiza tras las que tendrán que salir para cronometrar las pruebas de velocidad.

¿Te gusto porque soy de segunda mano? Ese tío por el que no se pelea nadie, ¿te gusto porque no le gusto a nadie más?

Jean quiere saberlo. Se ha levantado con la duda o no, la duda lo ha levantado y sabe que no es el momento ni el lugar apropiado, que él no es el tío apropiado pero necesita saberlo. Necesita que alguien le diga cómo preguntárselo.

Armin se ha sentado en la mesa más astillada de todas, la de la pata coja y la marca aceitosa del candelabro. La mesa en la que no se sienta nadie si queda un hueco libre en otra. La de aquella noche de luna llena y besos que iban bien y se acabaron demasiado pronto. Ahuyenta el pensamiento, le echa sal y un exorcismo creativo, no está pensando en que Armin se ha sentado a leer la correspondencia justo ahí a conciencia, no está imaginando lo que podrían estar haciendo si el comedor no estuviera atestado de gente. Lo está imaginando. Un poco. Qué tendrá ese periódico que no tenga él. Echa un vistazo rápido y engulle medio bizcocho de moras que Armin tiene en la mano.

—¿Ha muerto alguien que conozcamos? —Armin lo mira por encima de las gafas. Jean traga el resto del bizcocho (parecía predispuesto a morderle los dedos y Armin lo ha soltado) y se lame entre el labio superior y la nariz. Es como darle de comer a un perro. No se ha peinado y sin el chaleco, la camisa le queda suelta sobre los hombros. Que nadie le pregunte cómo lo hace, servirse una cantidad generosa de zumo de calabaza y vaciar la jarra de leche de vaca simultáneamente es una técnica ancestral transmitida de generación en generación en el linaje de los Kirschtein y perfeccionada por Jean, que cabecea hacia Armin y le pregunta si quiere leche.

Tan temprano y ya estoy arrepintiéndome de que no me haya mordido.

—Hablar con la boca llena es de mala educación —cierra el periódico y se recrimina por la voz aguda. Le muestra un artículo en la segunda mitad de la primera plana, en la sección "Sociedad", antes de que Jean haga un comentario al respecto.

"[…] el rumor de que el único hijo de Denis Johnson, accionista principal de la industria textil y jefe de la Confederación de Comercio, ha sido recluido en una celda de aislamiento tras serle incautada la cuantía alarmante de por lo menos, una sustancia ilegal. Hemos hablado con Keith Shadis, instructor experimentado de la milicia, que se ha negado a hacer declaraciones y nos ha amenazado con convertirnos en gusanos de cebo si volvemos a cuestionar un posible soborno por parte de Johnson Sénior. Recordemos que este tipo de infracción está tipificada como grave y amerita la expulsión en el noventa por ciento de los casos y abrimos el debate: ¿cree usted que a la justicia es más fácil meterla en un bolsillo que en una sentencia? Por lo pronto, la suerte parece estar de parte del joven Dan, que acumula varias manchas en su expediente por problemas menores de conducta. Esta sería su primera falta grave. Dan Johnson se graduó sin honores el año pasado y […]"

Armin levanta la vista. Sospecha que Jean ha perdido el hilo desde "celda de aislamiento" y a saber desde cuándo está tocándose los colmillos con la lengua y regalando su sonrisa más gamberra a la mesa de enfrente. Los secuaces de Johnson le sostienen la mirada. Ninguno come. Ninguno habla. Oscilan entre el desdén y el respeto. Son tres y varios simpatizantes, peces pequeños a la sombra del grande. Armin le aprieta la rodilla con la mano para que reaccione. Sabe que le encantaría sacársela y orinarles a todos en la cara para marcar el territorio, zamparse sus bizcochos y sacudirse las babas en sus pantalones, gruñirles encima y presionarles el tendón del cuello con los dientes hasta que reconozcan al líder de la manada. Le mete la cabeza en el periódico.

—Deja de mirarlos así.

—¿Así cómo?

Como si fueran trozos de carne.

Armin resopla. Resiste el tono de niño bueno y la risa contagiosa.

—Dan no va a quedarse en esa celda para siempre. Saldrá dentro de tres días y querrá venganza y tú —wo-oh. Armin autoritario. Es buenísimo. Cómo se le ponen las cejas. Dan ganas de lamerle justo en medio. Debería meterlo en líos más a menudo— no vas a ser el que se la dé. Ayer lo subestimaste y hoy podrían haberte expulsado.

—Podrían habernos expulsado —remarca el nos, lo empuja dentro de un círculo en el que solo caben ellos dos, recuerda la mano de Armin en la rodilla más arriba y la sangre se le disuelve en el cerebro, se concentra mucho más abajo—, estabas conmigo. Conmigo y con mi habitación inundada de marihuana —trata de no divagar acerca de Armin y una cama llena de marihuana. Busca los horóscopos en el periódico para distraerse—. Todavía tengo que sacar el resto de mis cosas del altillo.

—Jean —Armin barre las migas de la mesa con la mano y las deja caer dentro del plato—. No te acerques a esa habitación. Tienes suerte de que los de alrededor no te hayan delatado.

—Y de caerles mejor que Dan.

—Lo cual tiene tanto mérito como mantener el equilibrio sobre el equipo de maniobras…

—Y de tener al tío con más principios en cien kilómetros a la redonda abriendo puertas con horquillas y cambiando cajas de sitio. Eso —Armin se ruboriza hasta las orejas, no quiere sentirse halagado pero Jean siempre se las arregla para hacerlo sentir de todo—, eso ha sido un puntazo.

Pregúntaselo. Que por qué te ha ayudado. Que si volvería a hacerlo. Que si es porque eres tú o porque es demasiado bueno como para no echarle una mano a cualquiera.

—Arlert, Leonhardt —Rivaille los llama desde la puerta, haciéndose oír por encima del bullicio de las charlas insustanciales y el ruido de cubiertos, que se evaporan antes de que prosiga— si habéis terminado de desayunar, a mi despacho. Y si no también.

Algunos miran a Annie de reojo pero casi todos los ojos están fijos en Armin. Por un momento, el pánico se apodera de él. Saben que ayudé a Jean. Que me llevé ese libro que el Pastor Nick iba a tirar. Me han visto. Van a expulsarme.

—¿Qué has hecho?


El mito de los hombres perspicaces

Para Reiner, Annie es una nariz superlativa en medio de una cara bonita, un tulipán en medio de un prado lamido por las llamas, un titán con buen culo. Para Bertholdt, Annie es esa cosita que te mira desde abajo y te da la señal para hacer pedazos la puerta de la muralla María, un duende con carácter que doblega bestias mayores que ella, un planeta enano que te hace orbitar a su alrededor hasta que la estrella eclosiona y arrasa con media constelación.

A grandes rasgos, Annie es un frasco pequeño de veneno o perfume o perfume venenoso o veneno perfumado, pero hay algo que permanece en la frontera entre las múltiples apreciaciones. Annie es la última persona a la que querrían tener de enemigo, algo peor que un titán moribundo: una mujer dispuesta a sacrificarlo todo, la amenaza de la humanidad individualizada en un solo cuerpo.

—Tenemos que hablar con ella —Reiner empina la jarra hasta que solo queda un rastro dorado de espuma y burbujas en el fondo.

Bertholdt remueve su cerveza con un dedo. Lo mira ceñudo. Conoce sus límites y hablar con Annie no es uno de sus fuertes. Ni con nadie que no sea Reiner, realmente.

—Está enfadada.

No hay nadie en el comedor, solo ellos dos, que ya han acabado de colocar las sillas y de secar las mesas y ahora están ahí, afrontando el problema de los problemones, aquel que Reiner le aseguró que ya se le pasará, dale tiempo y cuya gravedad desconocían hasta que durante el desayuno, Annie se ha untado la tostada con toda la mermelada de albaricoque que quedaba y se ha disculpado con ellos batiendo las pestañas y arrastrando las erres con ese acento delator que conocen tan bien, ese que los tres borran de sus frases y que Annie tiene a flor de labios cuando está cabreada:

—No os importa ¿no? —y Reiner ha estado a punto de decirle que bueno, que pelearse por la mermelada es una gilipollez de las gordas, pero que si Annie se hubiera dosificado un poco Bertholdt y él no serían los únicos en toda la infantería que tienen que conformarse con ponerle mantequilla a sus tostadas—. Total, como lo compartimos tooodo.

Ay.

Podrían estar metiéndose mano ahora mismo, tachando la virginidad de la lista de cosas que quieren perder antes de cumplir dieciocho, confraternizando y puliendo los detalles antes de dar el próximo golpe. Están todos entrenando y nadie se enteraría. No es un especialista en esos temas pero Bertholdt se ha hecho la raya hacia el otro lado y Annie está usando un champú nuevo y no les queda mal. Podrían estar entrenando con ella, abusando de la cercanía del otro ocasionalmente y aterrizando con el culo en el suelo cada vez que Annie decide que alguien tiene que poner un límite.

—Deberíamos habérselo dicho —y Reiner lo sabe, lo sabe porque él también lo está pensando, sabe que la han jorobado a base de bien pero no le gusta cómo lo dice Bertholdt, como si la culpa fuera solo suya.

—¿El qué?

—Lo nuestro —y como "lo nuestro" suena a cosa de dos añade—. Es decir, lo nuestro, de nosotros tres.

Reiner entorna la mirada. Bertholdt es un fuera de serie. ¿Traicionar a unos amigos que no tienen desde Berik? ¿A los conocidos que les caen bien y a los que no también? ¿A sus superiores y, en esencia, a la gente que ha estado ahí por y para ellos durante los últimos tres años? ¿A su gente? Claro joder, ¿por qué no? Lo hacen todos los villanos con un mínimo de categoría y todos los vegetarianos incomprendidos. ¿Traicionar a Annie? No le des una birra al chaval después de decirle eso porque se deprime y encima no se la toma.

—Ahora lo sabe y mira cómo está.

—Yo también estaría así si…

—Si qué. ¿Si nos hubieras encontrado en mi habitación? Porque lo sabías —remarca las palabras "mi" y "habitación" para disipar todas las dudas—. Si qué, Berth. ¿Si hubieras sido una tía? Si hubieras sido una tía os estaríais tirando de los pelos ahora mismo y yo solo tendría que cogeros por separado y deciros que sois más guapas que la otra para quedar como un señor.

—Si yo fuera una tía tendrías dos problemas en vez de uno, así que concentrémonos en solucionar este antes de que…

Ninguno lo dice pero Reiner lo lee en sus labios fruncidos y en sus hombros encogidos bajo el peso de la culpabilidad.

antes de que le hagamos daño.

—Berth, es Annie —suaviza el tono porque lo que va a decir es algo que siempre han sabido pero nunca se han dicho, y hay que cogerlo con papel de fumar— si no ha acabado con nosotros todavía es porque estamos en el mismo bando que ella. Nada puede hacerle daño.

—No acabó con Jean ni con Armin cuando tuvo ocasión de hacerlo.

No hay peor ciego que el que no quiere ver.

—Pero casi acaba conmigo.

Bertholdt se levanta. Reiner sabe que tienen que hablar. Lo ha propuesto él, maldita sea. No hay necesidad de que lo mire así. Es una invitación clara para beber cerveza directamente desde su ombligo, pero también es un eres el puto Titán Blindado, Reiner, es a ti a quien no se le puede hacer ni un rasguño y ah, Reiner no entiende por qué es tan jodido traicionar a Annie si ya han traicionado a la raza humana antes, pero lo es.

Es muy, muy jodido.


Las tropas enemigas

Hay un tío.

Tropa de reclutas 107, líder de escuadrón.

Tres años y medio en el puto ejército y viene a encendérsele la bombilla ahora. Para ser un perro que rastrea ha tardado en dar con la pista. Está perdiendo su fino olfato.

Hay un tío. Se llama Nigel Stone.

Jean no tiene muchos amigos ahí dentro y se esfuerza en no tenerlos. Aun así, hay gente que se le cuela por esas grietas de su muralla particular que intenta reparar enseguida, pero de nada sirve porque mientras echa cemento en el boquete ya los tiene dentro. Sus amigos. Y luego están sus compañeros. Verlos quedarse atrás en las expediciones con más bajas es demoledor, y si Jean viera en sus caras un amigo en lugar de un chico que le cae bien pero del que sabe poco más que el nombre y su aldea de procedencia haría tiempo ya que se habría vuelto loco. Nigel Stone es uno de esos compañeros. Agradable al oído y con los testículos lo bastante gordos para aguantarle la sonrisa a Shadis durante toda la ceremonia de iniciación. El puto Marco Bodt en cínico y sin pecas, rubio de bote, la versión de baja calidad. Alto, rozando lo pasable y tirando a guapo si no le pidiera siempre los apuntes a Armin.

Hay un tío.

Se sienta con Armin en todas las clases y a Jean le sorprende sacar una conclusión de algo que ha estado echando raíces desde hace meses, le pone de mal humor pasarse toda la clase de Retórica rasgando con la pluma en un trozo de pergamino (que pronto podrá escurrirse y usarse de escabeche para las conservas de mejillones) la misma pregunta escrita en varias gamas de despreocupación que van desde "no es que me importe, pero…" hasta "a ese tío le gustas tanto que como te siga mirando así voy a hacerme diabético" pasando por "¿tiene atrofiados los músculos de la cara o es gilipollas? De qué van él y su sonrisa, en serio" y espera que las oleadas de frustración no sean tan físicas como las está sintiendo porque podría provocar el primer maremoto terrestre del que se tiene constancia.

—¿Qué pone aquí? —Stone se toma la licencia de pasarle el brazo por encima. A Armin.

Jean olfatea en derredor.

¿Alguien tiene un matamoscas? ¿Nadie?

—¿Aquí? —inquiere Armin.

—Caray Armin, ¿eso es una palabra? Pensaba que era tu firma.

Se ríen. Ji ji, ja ja, hay tan buen rollo que es una maravilla de la convivencia militar. Alguien debería cortarlo.

Arrastran las sillas, guardan los lápices, se desperdigan rumbo al patio y al comedor y al llegar a él Jean saca los colmillos. Stone. Junto a Armin. En SU sitio. Warg.

Wargwargwarg.

Eren parece pensar algo parecido, pero es tan mal amigo de sus amigos que le hace una seña a Mikasa para sentarse en otra mesa. Lo abandona a su suerte, claro, como tiene a Mikasa qué le importa Armin. Egoísta. Pasan por detrás de él, alzando el plato como si fuera una ofrenda y con cuidado de no derramar la sopa de rabo de buey.

Eso sí que no. ¿Nunca has entrado en una carnicería? Pide número y a la cola. Pídele apuntes de los que no te vas a enterar una mierda a menos que seas Armin y sus anotaciones marginales y sus garabatos invasivos, monopolízalo todas las clases pero fuera de ellas me lo dejas a mí.

—Stone.

—Hola Jean ¿qué tal est…?

—Te he puesto conmigo en los entrenamientos cuerpo a cuerpo.

No se lo dice a él. Puede considerarse un privilegiado porque Jean haya reconocido su presencia. Armin baja la cuchara y lo reprocha en silencio por interrumpir su conversación. Algo en su manera de decir cuerpo a cuerpo hace que agradezca estar sentado.

—No he firmado el acta.

—Ya lo he hecho yo por ti.

—¿Has falsificado mi firma?

—Deberías darle las gracias —interviene Nigel con suavidad—, sé que querías ponerte con Eren, pero Jean solo está un puesto por debajo de él.

¡Auuuuuuuuu! ¡Gwa gwa gwa! ¡Shadis, falta grave, dónde estás cuando te necesitan!

El muy cabrón le ha dado donde más le duele. Es imposible que no haya sido a propósito.

—No se trata de… —empieza Armin, pero Jean se le adelanta.

—¿Tú eres monitor de acrobacias con el equipo de maniobras, no? —le pregunta a Nigel.

—Se hace lo que se puede —concede él. Hace un gesto bastante creíble con la mano, le resta importancia—, pero no soy tan bueno como tú.

Qué ricura de chaval. Qué humilde. Cuánto se nota lo mucho que quiere llevarse a Armin al huerto.

Y a Jean ese huerto no le gusta.

—Y que lo digas. Te he visto entrenar.

Armin no da crédito. Lo mira con los ojos como platos. Si tuviera el periódico lo enrollaría y le atizaría en la cabeza hasta dejarlo tonto. Jean intercepta a Eren por el brazo y lo sienta junto a él. La bandeja aterrizando forzosamente contra la madera hace enmudecer al resto de las mesas. Por fin Stone se da por aludido y se larga con viento fresco, no sin musitar antes un "te veo en Astronomía" y saludar a los recién llegados con un rápido "Eren, Mikasa" que Jean corresponde con un "un placer, Stone" que vuelve más severa aún la expresión de Armin.

—Te hace un cumplido y se lo pagas así.

—¿Debería haberle dicho algo peor? He visto viejas con más agilidad.

—Podrías haberte cortado un poco y no despreciarlo. Los que no te conocen no tienen por qué ganarse tu respeto aguantando tus impertinencias.

Blablabla. Ni lo escucha. ¿Qué habrá de postre?

—¿Para qué te llamaron antes? —el bueno de Eren intenta romper el momento de incomodidad. Desmigaja el pan y lo hunde en la sopa con la cuchara. Aficionado.

Armin está tan acostumbrado a mentir que es automático. No estoy mintiendo, se convence, es una verdad a medias. Le sale natural, una respuesta inofensiva, una más. No está mintiendo.

—Quieren que transcriba unas runas.

—¿Y Annie?

—Son muchas runas.

Parecen conformes.

—No irás a saltarte el entrenamiento de mañana, ¿no? —los ojos le relampaguean a Eren al sorber la sopa del cuenco—. Empezamos con el nuevo ciclo de combate cuerpo a cuerpo.

Armin se muerde el labio, que el invierno incipiente está secando.

—¿Puedes ponerte con Mikasa? Jean me ha puesto con él —son cosas distintas, que Jean lo traiga de cabeza y que se meta en su terreno para escarbarlo con las patas son cosas incompatibles, una conducta que Armin no aprueba, intolerable del todo.

—Podría haber sido peor. Deberías darme las gracias —parodia el tono afable de Nigel— porque no te haya tocado con el monitor. Se apuñalaría con el cuchillo de madera antes de cogerlo.

¿Por qué eres así?

—Eres un desconsiderado.

—Soy mejor que él —se encoge de hombros, lo saborea antes de decirlo, se olvida de Mikasa y de Eren, que intercambian extrañeza por encima de los panes partidos y los vasos de agua—, Nigel puede ser el puto jefe en Aritmética —lame la cuchara. Cabeza inclinada, iris en el hemisferio superior del globo ocular. Es tan provocativo que deberían mandarlo a la perrera antes de que haya heridos— pero en el cuerpo a cuerpo yo soy mucho mejor—oh. Dios. Mío— y si soy muy duro contigo eres libre de ponerte con él o con Yeager. Pero creo que duro —juguetea con la frase, la retoma justo cuando parece que va a perderla. Se echa encima de la mesaes como mejor se aprende. Y si no quieres acabar conmigo encima—Jean encima. Encima de él. Siendo duro con él. Quiere—pá-ra-me.

¿Por qué eres así?

Esos tres días van a ser como unas vacaciones que hace mucho que no pide y que estaría dispuesto a regalar. Como una tortura. Van a ser treinta y seis horas y dos mil ciento sesenta horas pensando en esas palabras y menos mal que va a tener la mente ocupada pero Dios, no es justo que lo haga sudar de anticipación antes de irse. Tres días.

Ven conmigo. Hazme lo que quieras. Lo que tú quieras. Pero no me digas estas cosas si vas a dejar que me vaya.

Tres días.

Van a ser lo mejor Jean, porque como me quede aquí contigo lo único que no voy a hacer va a ser pararte.


Yo no te pido la luna

Armin es el primero en llegar a los telescopios. Hay uno con los engranajes de plata que le gusta más que el resto, ligeramente desviado a la izquierda, apuntando por defecto a la constelación del Can Mayor, la conjunción estelar del gran cazador, la más brillante del cielo nocturno gracias a Sirio, la estrella perro, que es invisible durante el verano y ahora, con el invierno a la vuelta de la esquina, ha salido a husmear desde la negrura más lejana.

Eren le pide que vigile su telescopio. Será solo un momento, va a buscar a Mikasa y enseguida suben los dos. En su favor, hay que decir que nunca ha pensado en ella como en la Vía Láctea; un misterio a años luz de todo lo que conoce. Si Mikasa le dice a Carla Yeager que Eren quiere unirse a la Legión de Reconocimiento es porque es una chivata, si le mete un pan entero en la boca es porque es una bruta, si llega tarde a clase de Astronomía es porque se ha quedado dormida y como siempre, los genes de hermano mayor laten en sus venas y es su deber despertarla. Desciende la escalera de caracol en penumbra, barajando la posibilidad de ponerle un cojín en la cara y sobrevivir sin necesidad de regenerarse.

La encuentra en el último escalón. Da un respingo al verlo. Eren se queda uno por encima de ella para sentirse más alto, esperando a que pase ella primero sin oponer resistencia ni salirse por la tangente con un "ve tú delante, si te caes te cogeré al vuelo".

—Eren. —Va a pedirle algo. Lo hace siempre que dice su nombre y no continúa hasta que la mira—. Ven conmigo al baile de la Corte.

Eren parpadea. Tropieza con el filo del peldaño de atrás. Mikasa tira de él y lo endereza. Eren se la sacude de encima y se coloca la camisa. La encara enfadado, de brazos cruzados, sin darle las gracias. Por qué debería de hacerlo. Es su hermana, los hermanos no se dan las gracias. Los hermanos no van juntos a los bailes. No hablan en susurros en escaleras estrechas.

— ¿El baile de primavera? —quiere asegurarse antes de bufar como un toro. Mikasa asiente con determinación—, ¿el baile para el que faltan cinco meses?

—Sí.

—¡Faltan CINCO meses! ¿Cómo puedes pensar en bailar mientras…!

—Sé cómo funcionas, Eren. Sé que no le das importancia a estas cosas porque opinas que es una vergüenza que se esquilmen las arcas públicas para contratar músicos, montar mesas repletas de comida y llenar canastas de confeti y pétalos de rosa. Sé que crees que es una estrategia del Rey para tenernos contentos por un día, porque con ron el desencanto mejor y el pueblo piensa que no estamos tan mal. Y entiendo que te indigne que se despilfarre tanto dinero cuando tenemos dos épocas de hambruna anuales a las que hacer frente.

—¿Y si lo sabes por qué me pides que forme parte de esa farsa?

—Porque necesitamos recuerdos bonitos para no torturarnos tanto cuando nos desvelamos de madrugada. Y porque eres orgulloso y aunque el tema del baile te parezca una chorrada tienes quince años. Y no quiero que llegue la última semana y te sientas raro y fuera de lugar cuando te des cuenta de que todo el mundo tiene pareja menos tú y yo, porque entonces recordarás esta conversación y te negarás a darme la razón pidiéndome que te acompañe. O puede que empiecen a llamarte la atención las chicas. O los chicos. Puede que cuando eso suceda, alguien te lo pida. Y puede que le digas que sí. Y será injusto, porque yo te lo habré pedido antes.

—¿Pero por qué me lo pides... tan antes?

Eren no se molesta en renegar de su orgullo. Prefiere pensar en él como una fidelidad a sus principios, pero ya tienen una discusión entre manos y si añaden otra la conversación puede prolongarse horas.

Y Eren solo quiere chasquear los dedos y desaparecer durante un rato, hasta que a Mikasa se le pase la paranoia.

—Porque así reduzco al máximo las posibilidades de que se me adelanten. Me gusta ser previsora.

Es increíble.

Está loca de remate. Que le gusta ser previsora, como si llevara días aguantándose la…

Un momento.

—Llevas días pensando en cómo decírmelo, ¿no?

—Semanas —lo corrige. Cambia el peso de una pierna a otra para huir de sus ojos incrédulos, verdes, abrasadores—. Sasha ya se lo ha pedido a Connie.

—¿Y qué ha dicho Connie?

—Que faltan cinco meses —y no le da la posibilidad de solidarizarse con Connie—, pero después le ha dicho que sí.

La clase ya ha empezado. Riko Brzenska y su voz autoritaria reparten órdenes y enseñanzas, los invita a considerar la vida en otros planetas y lo insignificantes que son. Nadie está pendiente de ellos pero es como si el mismo sol y la misma luna estuvieran esperando por su respuesta. El bosque calla, Eren se indigna y se siente atrapado.

—Tendrás que ponerte vestido.

—Sasha me prestará uno.

—Tendré que comprarme otra corbata.

—Te ayudaré a escogerla.

—¡No sabes bailar!

—Puedo aprender.

Eren se sienta y se lleva una mano a la cabeza. Toma aire. Se bebe la noche y se traga un cometa. Mikasa es lista. Demasiado para ser las diez y media de la noche y tener que levantarse a las cinco. Escucha el frufrú de la falda al ponerse en cuclillas. Apenas caben los dos en el escalón y Eren presiente que nada de lo que diga la moverá de ahí hasta conseguir el sí que anda buscando.

—¿Es muy importante para ti?

—¿El qué?

—El baile.

—El baile es lo de menos.

Y ahí está. Ese pitido en los oídos y la sensación de estar encerrados al vacío y no oír ni a Riko ni a los grillos que frotan sus patas en el jardín trasero. Eren quiere salir corriendo y esconderse dentro de su telescopio hasta que pase el baile de la Corte, decirle a Mikasa que se lo pensará y soltarle un no contundente el día antes.

—Me lo pensar…

—Lo suponía —lo interrumpe abruptamente. Se vuelve hacia él y Eren nunca había mirado dentro de esos túneles, nunca se había preguntado si habría una salida al otro lado o estarían cegados. Ahora se lo pregunta. Se pregunta si la bufanda seguirá oliendo a él o si el tiempo habrá hecho de las suyas. Se pregunta qué hace preguntándoselo—, por eso quería avisarte.

—Pues hazlo —se encuentra diciendo—, no te tengo miedo.

Se está portando como un crío. Es un mecanismo natural. Mikasa es rara. Es rara y sabe dónde estrujar para hacerlo sentir raro. Lo odia y por eso lo hace. Levanta la barbilla, la desafía con la mirada. Verde esmeralda contra negro obsidiana. Están otra vez en la exhibición de Eren con el equipo de maniobras oxidado, inflándose como un pavo a unos centímetros del suelo, muy pagado de sí mismo, contento de que Mikasa esté equivocada y él no.

—Voy a preguntártelo todos los días. No se me va a pasar ni uno. Incluso si tenemos una misión, te lo preguntaré mientras le corto el cuello a un titán. Te lo preguntaré estando o no transformado, consciente o inconsciente, y no me cansaré de hacerlo. Si me matan será lo último que diga. Faltan cinco meses, lo cual significa que tengo ciento cincuenta días y ciento cincuenta oportunidades para que me digas que sí —Mikasa se sacude el polvo de la falda, le cae un mechón que aterriza en la punta de la nariz, a un lado—. Hay batallas que se ganan por convicción y batallas que se ganan por agotamiento. La paciencia no es una de tus virtudes, así que tengo esperanzas.

Eren se lanza detrás de ella antes de que eche a andar. La sujeta por los hombros, con la impotencia restallando en cada curva de su anatomía. Jamás le pondría la mano encima. Se ha vuelto más estricto en ese aspecto desde que lo intentó siendo un titán.

Es Mikasa, blanca como la leche, leal como un animal no racional, un bicho raro, parte de su vida. Y lo está poniendo a prueba.

—¿Y si te digo que no ciento cincuenta veces?

¿Por qué quieres ir conmigo, Mikasa?

—Entonces te lo preguntaré ciento cincuenta y una.

Porque no quiero ir con otro, Eren.

Eren la suelta como si quemara y sube volando por la escalera. Le lanza miradas radioactivas sobre el hombro. Hay dardos con menos veneno. Se da ánimos, se convence de que será fácil, de que solo tiene que decirle que no ciento cincuenta y dos veces.

La brisa nocturna es como un bálsamo y todos los telescopios están cogidos menos el suyo. De mala gana, Eren le gruñe para que se acerque a compartirlo.


Hola caracola

Armin vuelve a su habitación con los pies y la nariz fríos y una lección aprendida. Sirio brilla más que nunca esa noche. Le da un beso en la mejilla a Mikasa, que le dice que tenga cuidado. Le da otro y le hace jurar por sexta vez que hará como que no lo sabía cuando Eren acuda a ella hecho un basilisco. No quiere llegar y encontrarlos distanciados. Le promete que les traerá algo, un escarabajo pelotero, un frasco de arena dorada, un gato embalsamado, un sarcófago. Deja las cosas preparadas y vuelve a doblar las camisas con arrugas. Se mete en la cama cansado pero sin sueño. Después de tres horas sacando y metiendo la pierna de la colcha coge su ejemplar de Cuentos de Disney. Recopilatorio del baúl metálico y saca de la funda un paquetito marrón algo manoseado.

Se dirige a la habitación de Jean. ¿Estará despierto? Ignora lo que va a decirle. Camina más rápido.

Arlert, Leonhardt, buscad a Reiss y decidle que mañana nos vamos de misión al Flava Serpento.

Que se va. Que se muere de ganas por ver el interior de la Sema´ y anidar donde vivió una de las civilizaciones más prósperas de la historia. Que no sabe si lo echa más de menos cuando se tiran semanas sin hablar y se sientan juntos a cenar o cuando pasan página y vuelven a hablar pero él tiene que salir de los muros y estar tres días fuera. Que lo quiere.

Oye los ronquidos tras la puerta cerrada. Debería grabarlo y descifrar esa cacofonía animalizada, como de oso pardo. Entra y a pesar de que Jean lleva poco más de un día alí su olor es como el fuego, consume los huecos oxigenados y te mata o te salva con su calor. Huele a madera quemada, al postre de la cena y a su colonia. La luz de la luna llega atenuada por las persianas, opacada por las nubes frías cargadas de lluvia.

Deja la bolsa a los pies de su cama. Se sienta sin cuidado. Podría pasarle un tanque por encima y berrearía por cinco minutos más. En el fondo es mejor así.

—Te he traído tus cosas del altillo. Aprovecha que mañana tienes el día libre y lávalas en el río.

Extrae la pulsera del bolsillo y la retiene contra sus labios un momento, como hace Jean con sus espadas, como hacía Marco con las suyas.

—Procura no revolucionar mucho el cuartel mientras estoy fuera y pórtate bien con Nigel; es un buen chico, te admira y no se merece que de repente le hables exclusivamente para resultarle desagradable.

Medita pasársela por la muñeca y ajustar el nudo, pero prefiere ahorrarle a Jean el mal trago de tener que deshacerlo en caso de que no le gusten las caracolas. Le aparta el pelo de la cara para memorizarla antes de irse y descubre que será una de esas cosas que no olvidará aunque le obliguen a hacerlo. La nariz recta. Los ojos almendrados, la línea del mentón. La coronilla hecha un remolino. Armin no sabría decir si le gusta más durmiendo que despierto.

—Sé un buen chico. Cuida a tu rebaño.

Jean cierra la mano y tiene algo dentro. Se le cae la baba por la boca abierta, se rasca la barriga por debajo del pijama. Lo abraza por la cintura, como si el instinto perruno le ladrara que Armin no tiene correa y que va a irse sin decirle nada. Llama a alguien en sueños.

A Armin se le gasta el corazón de tanto golpetear y emite un ruido errático y fatal como de bomba de relojería. Se queda hasta que Jean vuelve a girarse.

Para entonces ya son las cuatro de la mañana.