LECCIONES DE VUELO

Ojalá hubiera tenido una Semana Santa divertida, un viaje loco a Miami o aunque fuera un viaje por carretera con mis amigas. Pero Hotaru seguía sin hablarme (¡Jesús, vaya si estaba resentida!) y Angela estaba ocupada ayudando a su madre con la limpieza del teatro. Así que las vacaciones de Semana Santa consistieron en siete días divertidísimos encerrada en casa con Tsubasa, que estaba castigado porque había ganado el campeonato regional de lucha libre. Dos semanas sin televisión, sin teléfono, sin internet. Me parecía un poco excesivo. Tsubasa estaba furioso, mamá estaba de mal humor y ni todo el tiempo que yo dedicaba a tomar el sol en el porche alcanzaba para contrarrestar el ambiente frío de la casa.

Es un alivio regresar al colegio. A la hora del almuerzo me siento a esperar que Angela aparezca. Estoy absorbiendo con una servilleta la grasa extra de mi porción de pizza de pepperoni cuando Hotaru entra en la cafetería prácticamente dando saltos. Se coloca en la cola del pescado y saluda con un ademán un poco espasmódico a las chicas que están sentadas en la mesa de las Invisibles. Tiene esa expresión de me muero por contártelo. Supongo que tiene que ver con el baile de graduación.

Le doy un mordisco a la pizza empapada y me recuerdo a mí misma que no quiero ir al baile de graduación. Prefiero mil veces quedarme en casa con una tarrina de helado, viendo melodramas con mamá, que necesita relajarse y descansar de verdad.

¿Por qué me deprime tanto este plan?

El mensaje que capto de Hotaru cuando llega a la mesa de las Invisibles, a pocos metros de distancia, y se deja caer en la silla es: «Tú nunca sabrás lo que ocurrió.» Por un instante me mira a los ojos, y sé que las dos queremos dejar atrás nuestra estúpida pelea y reconciliarnos, y que ella me cuente sus excitantes novedades.

—¿Ya tienes con quién ir al baile? —pregunta Anna.

A Hotaru le brillan los ojos. Me pregunto si esta situación requiere un chillido eufórico de superamigas.

—No —dice ella—. Bueno, sí. Iré con Jason Lovett. Pero ésa no es la noticia. ¡Me aceptaron en el programa de prácticas!

—El programa de prácticas —repite Wakako inexpresiva.

¡Claro! ¡El programa de prácticas en Montana del que lleva hablando sin parar desde que recibió el folleto! ¡Ése donde están todos los veterinarios graduados en la Universidad de Wash-ington! ¡Venga, chicas! ¿Y vosotras os llamáis amigas?

—En el Hospital Veterinario All West —les explica Hotaru.

—Ah, sí —dice Wakako apáticamente—. ¿Uno que está en Bozeman?

—Sí —contesta Hotaru, casi sin aliento—. Habría matado para conseguir hacer esas prácticas. Están casi todos los veterinarios graduados en la Universidad de Washington, donde es mi sueño estudiar, como ya sabéis.

Me lanza otra mirada. Sonrío levemente. Aparta la vista.

—¡Enhorabuena! —dicen las chicas casi al unísono.

—Gracias. —Parece realmente feliz y orgullosa y excitada por su futuro, aun a falta del chillido eufórico.

—Espera, ¿eso significa que vas a estar fuera todo el verano? — pregunta Nonoko, frunciendo el entrecejo.

—Desde junio hasta agosto.

—Es genial —dice Anna—. Ahora cuéntanos cómo fue que te lo propuso Jason Lovett.

Casi puedo oír cómo Hotaru se sonroja.

—En realidad, yo se lo propuse.

Me inclino y apoyo la barbilla en mis manos, como quien se aburre mucho y no escucha nada de lo que se habla alrededor. Me alegro por Hotaru. Jason parece un buen chico, bajito, regordete, de ojos marrones esperanzados y una voz de tenor que espero por su bien se haga más grave con los años. Pero majo. Alguien que tratará bien a Hotaru.

Angela finalmente aparece. Arroja su bolsa de papel marrón con el almuerzo sobre la mesa y se sienta a horcajadas enfrente de mí. Intuitivamente lanza una mirada hacia la mesa de las Invisibles, donde Hotaru y sus amigas siguen hablando de su proposición a Jason.

—Deberías reconciliarte con ella —dice Angela—. Sea lo que sea, ella ya lo ha superado. Por cierto, ¿qué fue lo que le molestó tanto?

—Creo que estaba celosa porque pasaba mucho tiempo contigo — respondo sin rodeos.

—Ah, bueno, ahí ya no puedo hacer nada. Me sorprende, ¿sabes?

—Lo sé —digo con una sonrisa.

—Ah, y hablando de sorpresas, tengo noticias para ti. —Se inclina hacia delante, con un brillo diabólico en sus ojos—. He oído que Ruka y Luna han tenido problemas serios durante las vacaciones de Semana Santa —susurra de manera teatral.

Echo una rápida ojeada a la cafetería. Tardo algunos segundos, pero finalmente veo a Ruka sentado solo en el fondo. A Luna no se la ve por ningún lado. Tampoco a sus amigas. Interesante.

—¿Qué clase de problemas?

—Una discusión a gritos en una fiesta delante de un centenar de personas. Existe el desagradable rumor de que Ruka conoció a una chica del equipo de Cheyenne en el campeonato estatal de esquí.

—¿Y quién pondría a circular ese rumor?

Sonríe con esa mirada astuta, irritante.

—Te lo dije, ¿no? Con rumor o sin rumor, era cuestión de tiempo...

Es entonces cuando Luna Koisumi entra en la cafetería.

Lleva una falda que, estoy segura, infringe las normas de indumentaria del colegio, y más maquillaje de lo normal, los ojos, casi como un mapache, los labios, descaradamente rojos. Enseguida busca a Ruka con la mirada. Él parece estar totalmente concentrado en sus patatas, sin levantar la vista, pero por su postura puedo inferir que sabe que ella está allí. Y ella sabe que él lo sabe. Por un momento pienso que ella va a echarse a llorar. Entonces empieza a caminar, y se contonea hasta llegar a un grupo de deportistas novatos de primero y segundo año, que están sentados en una esquina. Toda la cafetería se da la vuelta para mirarla. Ella escoge a uno de los chicos, como al azar, y le dice algo suavemente, con voz de operadora de sexo telefónico, y le pasa la mano por el pelo.

Después se da la vuelta y se sienta en el regazo de Tsubasa.

Creo que en este momento todas las mandíbulas han echado a rodar.

Esto excede los problemas entre Ruka y Luna. Esto es Luna apoyándose en el pecho de Tsubasany diciéndole algo al oído tan de cerca que podría lamerlo. Los ojos azules de Tsubasa se agrandan un poco, pero es obvio que está tratando de no perder la calma. No se mueve.

Me pongo de pie.

—¿Me disculpas un momento? —le digo amablemente a Angela, como si fuera a empolvarme la nariz. Pero estoy hecha una furia. Tengo la firme intención de ir hasta allí y usar mi superfuerza angelical para darle un puñetazo a Luna Koisumi en su exquisita nariz respingona, por toda una serie de razones, en realidad, entre ellas que haya elegido a mi hermanito para su juego retorcido, porque nadie se mete con mi hermanito.

—Espera —dice Angela cogiéndome del brazo con fuerza—. Tranquila, Mik. Tsubasa no es un niño. Puede cuidar de sí mismo.

Da la impresión de que Tsubasa vaya a tragarse su nuez de Adán.

—¿Dónde está Ruka? —pregunta él con voz ronca.

—No sé dónde está Ruka—ronronea Luna como si le diera completamente igual—. ¿Tú lo sabes?

Aparto la mirada de la nueva Luna en versión putilla. Ruka ha dejado de comer y está juntando los restos en su bandeja. Se pone de pie y camina hacia el contenedor de bandejas, se gira y lanza una mirada de desprecio en la dirección de Kay, y se dirige a la puerta.

Bien por él, pienso mientras tira de la manija. Al salir se oye un portazo. Lo sigo con la mirada a través de la ventana mientras recorre el pasillo a grandes zancadas hacia la puerta principal, dejando una estela de furia a su paso tan nítida como una estela de humo en el aire. Finalmente desaparece.

—Éste es el momento —susurra Angela—. Ve tras él.

Podría decirle algo. ¿Pero qué?

—Ahora quiere estar solo —le digo a Angela—. ¿No te parece?

—Cobarde.

La miro con odio.

—No-Me-Llames-Cobarde —exclamo de repente, con tanta rabia que las palabras apenas pasan entre mis dientes apretados.

Me sacudo a Angela de encima y cruzo la cafetería con paso airado hacia donde está Luna. Le toco el hombro.

—Perdona —le digo—. ¿Se puede saber qué haces?

Levanta la mirada, una expresión calculadora en sus ojos.

—¿Tienes algún problema, Pippi?

Pippi. Como PippiCalzaslargas. Las risas se expanden por todo el comedor. Pero mamá tenía razón. No me perturba. Ya lo he oído antes.

—Vaya. Qué original. Ahora suelta a mi hermano, por favor.

Alguien me coge del brazo y me aprieta suavemente. Me giro y veo a Hotaru a mi lado.

—Tú no eres así, Luna—dice Hotaru.

Eso es cierto. Por más que quiera creer que Luna es el demonio en persona, por más que una parte de mí quiera ver en esta pequeña exhibición a la verdadera Luna asomando, Luna no es así. Es una fachada tan obvia y patética... Es la reacción típica de un animal herido. Visto así, ya casi no me quedan ganas de pegarle.

—Sé que estás disgustada, Luna, pero... —empiezo a decir.

—Tú no sabes nada. —Libera a Tsubasa de sus tentáculos y me mira con sus furiosos ojos de chocolate. Los ojos de Tsubasa dicen otra cosa: «No lo hagas. Me estás dejando en ridículo. Lárgate.»

—Ruka no está —continúo—. Se ha ido. Así que para qué babearte con los novios de otras. ¿Quieres hacernos perder el apetito o qué?

Si Luna parece avergonzada o dubitativa, será sólo por una fracción de segundo. Se vuelve hacia Tsubasa.

—¿Tienes novia? —le pregunta en tono meloso.

Él mira a Luna y sus peligrosos ojos negros, y luego mira a Misaki, que estaba en la cola de la pizza cuando todo esto se desmadró. Ella me recuerda al duende de las galletas Keebler, de pelo casi blanco trenzado y enrollado alrededor de la cabeza como la chica del chocolate negro Swiss Miss. Pero ella al parecer está muy, muy enfadada. Se ha puesto pálida, dos manchas rojas en las mejillas y los ojos que echan chispas.

Quizá no sea yo la que va a darle una paliza a Luna.

—Sí —contesta Tsubasa, insinuando una sonrisa—. Misaki Harada. Ella es mi chica.

La mirada que cruzan Tsubasa y Misaki en este instante exige un crescendo cursi como música de fondo. Oh, pienso, mi hermanito está enamorado. La verdad es que al mismo tiempo encuentro esto un poco burdo.

—Pues nada —añade Luna con impostada ligereza. Se levanta y se arregla la falda. Luego levanta la cabeza y lanza una risa forzada como si hubiera sido todo un juego, muy divertido, pero del que ya se ha aburrido—. Nos vemos —le dice a Tsubasa , y se marcha tranquilamente, seguida por su pequeño pelotón en el instante mismo en que se aleja de nosotros.

Salen de la cafetería, y enseguida se produce una explosión de voces mientras los demás estudiantes se lanzan a parlotear todos a la vez.

Hotaru me suelta el brazo.

—Eh —le digo—. Lamento todas las gilipolleces que te dije la última vez.

—Yo también.

—¿Quieres hacer algo después de clase?

Sonríe.

—Claro —dice—. Me encantaría.

Hotaru y yo nos encerramos en mi habitación y hacemos los deberes juntas y nos inclinamos sobre nuestros libros sin hablar demasiado, sólo levantando la vista de vez en cuando para sonreír o preguntar algo. Desde luego, no pienso en mis clases de Aerodinámica ni en las tres teorías físicas que supuestamente explican la propulsión. En las clases son todo números y ángulos, nada que se parezca a volar de verdad, pero curiosamente en eso sí que soy buena.

No puedo parar de pensar en Ruka. Hoy faltó a la clase de Historia.

—He oído que irás al baile con Jason Lovett —le digo a Hotaru cerrando el libro. No soporto un segundo más estar atrapada en mi cabeza—. ¿Estás contenta o qué?

—Sí —responde con una sonrisa.

—¿Qué te vas a poner?

Se muerde el labio. Está claro que hay un problema de armario.

—¿Todavía no tienes vestido? —pregunto.

—Tengo algo —contesta, tratando de parecer satisfecha—. Es el que llevo a la iglesia, pero creo que puedo retocarlo un poco.

—Oh, no. Ni hablar de un vestido para la iglesia. —Me levanto de un salto y corro hasta el armario, de donde saco dos vestidos de etiqueta que llevé en los bailes de California, y regreso junto a Hotaru. Le enseño los dos vestidos, uno a cada lado—. Elige el que más te guste.

De repente Wendy tiene problemas para mirarme a los ojos.

—Pero, ¿y tú qué? —tartamudea.

—Yo no voy a ir.

—No puedo creer que hasta ahora nadie te haya invitado.

Me encojo de hombros.

—Bueno, ¿por qué no se lo propones a alguien? Digo yo, ¿de qué sirve la liberación femenina si no podemos invitar a los hombres a los bailes? Yo se lo propuse a Jason.

—No hay nadie con quien quiera ir.

—Sí, sí.

—¿Qué?

—Lo dejaré pasar.

—Volviendo al tema, la noche del baile Jason Lovett será tu Príncipe Azul y tú necesitarás sí o sí un vestido de Cenicienta. Así que escoge uno.

Ya le está echando el ojo con avidez al rosa claro que tengo en la mano izquierda.

—Creo que te quedará bien —digo ofreciéndoselo.

—¿De verdad? ¿No me hará parecer ridícula?

—Pruébatelo.

Me lo arrebata y corre al lavabo para probárselo.

—Eres demasiado alta —se lamenta desde el otro lado de la puerta.

—Para eso están los tacones.

—Tienes más pecho que yo.

—Imposible.

La puerta se abre. Ella posa indecisa, el pelo largo y castaño que cae sobre su cuello y hombros. El bajo del vestido le queda largo, pero no es nada que un dobladillo no pueda arreglar.

—Estás estupenda. —Hurgo en mi joyero en busca de un collar que haga juego—. Mañana tendremos que ir a Jackson y comprarte unos pendientes. Qué pena que el centro comercial más cercano esté en Idaho Falls. Claire's tiene lo mejor para el baile de graduación. ¿A cuánto está eso, dos horas?

—Dos horas y media —responde Wendy—. Pero no tengo las orejas perforadas.

—Creo que tengo una patata y una aguja puntiaguda.

Me mira boquiabierta y levanta las manos para protegerse los lóbulos.

—Dime, ¿cómo te divertías antes de que yo llegara? —le pregunto.

—Tirando de la cola a las vacas.

Llaman a la puerta y mi madre asoma la cabeza. Hotaru inmediatamente se pone colorada hasta las cejas y enfila hacia el lavabo, pero mamá entra en la habitación para verla.

—¿Qué? ¿De desfile? ¿Cómo no me habéis invitado?

—El baile de graduación es el próximo sábado. Te lo dije, ¿recuerdas?

—Ah, es cierto —reconoce—. Y tú no irás. —Parece decepcionada.

—¿Querías decirme algo, mamá?

—Sí, quería recordarte que tú y yo hemos quedado para practicar tus ejercicios de yoga.

Me cuesta pillarlo. Y durante un instante alucino.

—¿Podemos dejarlo para otro momento? Estoy ocupada...

—Ya sé, chicas, que os lo estáis pasando bomba, pero tengo que secuestrarte para uno de esos momentos madre-hija.

—Yo igual ya me iba —murmura Hotaru—. Tengo que terminar los deberes.

—Estás preciosa, Hotaru—dice mamá con una sonrisa—. ¿Has pensado en los zapatos?

—Creo que con unos zapatos cualquiera ya está bien.

Mamá niega con la cabeza.

—Nada de llevar unos zapatos cualquiera con ese vestido.

—Mañana iremos a mirar pendientes —me ofrezco—. También podríamos mirar zapatos.

Hotaru no parece muy convencida. En Jackson las tiendas sólo tienen precios para turistas.

—O mejor —dice mamá— podríamos saltarnos Jackson y asaltar el centro comercial. Este fin de semana, ¿paseo en coche hasta Idaho Falls?

No sé si ha estado escuchando detrás de la puerta o si estamos en la misma onda.

—A veces es como si pudieras leerme la mente —le digo con una sonrisa.

—Hotaru no tiene mucho dinero, ¿sabes? —le digo a mamá cuando mi amiga se ha ido. El sol empieza a ponerse detrás de las montañas. Estoy en chándal y camiseta de tirantes en el jardín trasero, temblando, tratando de envolverme el cuello con una bufanda de lana—. Así que cuando vayamos a Idaho Falls no nos lleves a una tienda muy cara. Se sentirá incómoda.

—Había pensado en Payless —dice mamá con remilgo—. Había pensado que sería agradable organizar un día de chicas. Tú no lo has hecho desde que nos mudamos.

—Vale.

—También había pensado que podrías traer a Angela. ¿Ya tiene un compañero para el baile?

Dejo de pelearme con la bufanda y la miro fijamente.

—Sí, ya tiene.

—Entonces que venga.

—¿Para qué?

—Quiero conocer a tus amigas, Mikan. Siempre traes a Hotaru a casa, pero nunca traes a Angela. Así que quiero conocerla. Creo que ya es hora.

—Sí, pero...

—Sé que te pone nerviosa, pero no debería ser así —dice mamá—. Sabré comportarme.

No es mamá la que me preocupa. O tal vez sí.

—Le preguntaré si quiere venir.

—Estupendo. Quítate la bufanda —dice mamá.

—¡Hace frío!

—Podría engancharse.

Tiene razón. Fuera bufanda.

—¿Tenemos que hacer esto ahora? Estoy asistiendo a clases de Aerodinámica en el instituto, ya sabes. Por cierto, soy un as.

—Eso te sirve para pilotar un avión. Aquí se trata de tu cuerpo. Tienes que entrenar, Mikan. Te he dado todo el invierno para que te adaptes. Ahora tienes que concentrarte en tu misión pa-ra que estés preparada cuando empiece la temporada de incendios. Faltan sólo unos meses.

—Lo sé —digo con tristeza.

—Ahora, por favor.

—Vale, lo que tú digas.

Despliego mis alas. Pasa un rato hasta que consigo sacarlas. Al menos ha sido más fácil invocarlas, ya no tengo que pronunciar esas palabras en angélico. Sigo pensando que mis alas son preciosas, suaves y blancas, perfectas como las de una lechuza. Pero de momento parecen grandes y torpes, como el atrezo de una película cutre.

—Bien, extiéndelas —dice mamá.

Las extiendo todo lo posible, hasta que se me empiezan a cargar los hombros por el peso.

—Para despegar tienes que relajarte. —No para de decírmelo y yo no tengo ni idea de cómo se hace.

—¿Por qué no me rocías con un polvo mágico y me haces pensar en cosas bonitas? —digo quejosa.

—Despeja tu mente.

—Ya está.

—Empieza por la actitud.

Suspiro.

—Intenta relajarte.

La miro con un gesto de impotencia.

—Intenta cerrar los ojos —propone—. Toma aire por la nariz y suéltalo por la boca. Imagina que te vuelves más radiante, que tus huesos se tornan más ligeros.

Cierro los ojos.

—Sí que parece yoga —digo.

—Tienes que vaciarte, liberarte de todas las cosas que abruman tu espíritu.

Intento despejar mi mente. Pero en cambio veo el rostro de Ruka. No es la visión. Está rodeado de fuego y humo, pero está a un aliento de distancia, como cuando estaba inclinado sobre mí en la pista de esquí. Sus pestañas oscuras y gruesas. Sus ojos con motas doradas. Cálidos. Las arrugas en las comisuras de sus ojos al sonreír.

Ahora mis alas ya no pesan tanto.

—Bien, Mikan—dice mamá—. Ahora, intenta elevarte.

—¿Cómo?

—Agita las alas.

Imagino mis alas remontando el vuelo como las suyas en Buzzards Roost. Me imagino saliendo disparada como un cohete, atravesando las nubes, rozando las copas de los árboles. ¿No sería maravilloso echar a volar así, responder a la llamada del cielo?

Apenas siento contracciones.

—Estaría bien que abrieras los ojos —dice mamá riendo.

Abro los ojos. «A volar», le ordeno a mis alas en silencio.

—No puedo —digo jadeante al cabo de un rato. Estoy sudando, a pesar del frío.

—Estás pensando demasiado. Recuerda, tus alas son como tus brazos. No tienes que pensar para mover los brazos, sólo los mueves.

La miro con rabia. Los dientes apretados de frustración. Entonces mis alas empiezan a flexionarse lentamente

—Eso es —dice mamá—. ¡Lo estás haciendo!

Sólo lo estoy haciendo. Porque mis pies siguen firmemente plantados en el suelo. Mis alas se mueven, abanican, agitan mi pelo, pero no me elevo.

—Peso demasiado.

—Tienes que volverte más ligera.

—¡Lo sé!

Intento pensar otra vez en Ruka, sus ojos, su sonrisa, cualquier cosa tangible, pero de pronto sólo puedo imaginármelo como en la visión, de espaldas a mí. El fuego que se acerca.

¿Y si no puedo hacerlo?, pienso. ¿Y si todo depende de mi habilidad para volar? ¿Y si muere?

—¡Venga! —grito, haciendo fuerza con cada parte de mi cuerpo—. ¡A volar!

Doblo las rodillas, salto, y me elevo a casi un metro del suelo. Por un instante creo que lo he conseguido. Luego caigo pesadamente, pisando mal, y me tuerzo un tobillo. Pierdo el equilibrio y acabo en la hierba, un embrollo de miembros y alas.

Por un momento me quedo tumbada sobre la hierba mojada, luchando por respirar.

—Mikan—dice mamá.

—No.

—¿Te has hecho daño?

Sí, me he hecho daño. Ojalá mis alas desaparecieran.

—Sigue intentándolo. Lo conseguirás —me ordena.

—No, no lo conseguiré. Hoy no. —Me levanto con cuidado y me sacudo la hierba y la tierra de mis pantalones, negándome a mirarla a los ojos.

—Estás acostumbrada a que todo te resulte fácil. Para esto tendrás que esforzarte.

Ojalá dejara de decir eso. Siempre que lo intentamos su rostro adopta esa mirada como si la hubiese defraudado, como si esperara más de mí. Eso me hace sentir como una tremenda fracasada, tanto en la categoría humana, en la que debería destacar (por mi belleza, mi fuerza, mi rapidez, mi seguridad y mi capacidad para hacer cualquier cosa que se me pida), como en la de ángel. Como chica normal no estoy demostrando ser nada magnífico. Y como ángel soy pésima.

—Mikan. —Mamá se acerca con los brazos abiertos, como si ahora fuéramos a abrazarnos y todo solucionado—. Tienes que intentarlo de nuevo. Tú puedes.

—Deja de hablar como un entrenador, mamá. Déjame en paz, ¿vale?

—Cariño...

—¡Déjame en paz! —chillo. Veo sus ojos espantados.

—Muy bien —dice. Da media vuelta y camina a paso raudo hacia la casa. La puerta se cierra de un portazo.

Oigo la voz de Tsubasa en la cocina, y la voz de mamá, suave y paciente, que le responde. Me froto los ojos irritados. Quiero irme corriendo pero no tengo adónde ir. Así que aquí me quedo, con mis dolores de cuello, hombros y tobillo, compadeciéndome a mí misma hasta que el jardín se oscurece y no queda más remedio que entrar cojeando en casa.