Capitulo 9

Ver al bebé en brazos de Ginny había producido un efecto extraño e ilógico en el cerebro de Harry. Parecía tan dulce, maternal que por un momento imaginó que estaba sosteniendo a su propio hijo.

Era una suerte que ya hubiera decidido trasladarse a la cabaña con Ronald. No había visto otro modo de enfrentarse a la atracción que sentía por Ginny Black. En cuanto estaba cerca de ella, lo único que le apetecía hacer era tomarla en sus brazos, llevarla al dormitorio y hacerle al amor hasta el amanecer.

Era demasiado pronto para dar ese paso que el corazón le instaba a dar. Además, pasar unas semanas con Ronald podría venirles bien a ambos. Tal vez así podrían reparar la grieta que los mantenía separados desde que Ronald comenzó a seguir los pasos de su padre, mientras el permanecía junto a su madre.

Mientras conducía hacia la cabaña Harry trató en concentrarse en los trabajos que había que hacer esa semana en el rancho, pero, su imaginación no dejaba de volar hacia el cuarto de estar, donde había visto a Ginny Black con el bebé acunado contra sus pechos.

Comprendió que quería ser él el acunado. Anhelaba despertar junto a ella cada mañana, quedarse dormido a su lado cada noche. Estaba deseando dar rienda suelta a sus emociones, pero, la idea lo asustaba. De hecho, le aterrorizaba que Ginny pudiera volver a su antigua forma de vida, que incluía beber y jugar. No podía arriesgarse a liberar sus sentimientos. No basta que supiera qué oscuros secretos ocultaba Ginny tras aquellos helados ojos chocolates.

Y ya iba a tener suficientes problemas ayudando a Ronald a rehabilitarse; no necesitaba más cargas. Sólo el tiempo diría si Ginny tenía verdadera intención de dejar atrás su pasado. Apagó el motor frente a la cabaña y saludó con la mano a Ronald, que estaba colocando en su sitio la antepuerta.

-Hola, hermanito – Ronald dejó de trabajar y se acercó al vehículo, pasándose el dorso de la mano por la sudorosa frente - ¿Qué tal está Hermione?

-Está bien.

-¿Y el bebé?

-También – Harry sacó sus maletas de la parte trasera del coche.

-No me digas que vas a trasladarte aquí.

-Sí.

-Eso no es justo, Harry – protestó Ronald, apoyando las manos en las caderas -, no necesito una niñera. Prometí que dejaría de beber y lo hice en serio. La posibilidad real de perder a mi mujer me ha hecho recuperar el sentido. No quiero terminar como el viejo.

-Por una vez, Ronald, esto no tiene que ver contigo.

-¿De qué estás hablando?

-Necesito un lugar en que quedarme.

Ronald soltó un largo silbido.

-Es por esa pelirroja. ¿No?

Harry no contestó.

-¡Así que tengo razón! No puedo creerlo. Continuó Ronald -. Estás enamorado de ella.

-No estoy enamorado de ella – negó Harry, pero, su pulso se aceleró al pensar en ello.

-Nunca creí que Harry corazón de piedra llegara a enamorarse – dijo Ronald en tono burlón.

-¿Qué se supone que quiere decir eso?

-¿Tu qué crees? ¿Cuándo te has enamorado de alguna mujer que no fuera tu madre?

Harry miró a su hermano con cara de pocos amigos.

-Mantén a mamá al margen de esto. Sabes que siempre he estado demasiado ocupado con el rancho como para poder dedicar mi tiempo a las mujeres. A diferencia de otros a los que podría nombrar.

Ronald alzó ambas manos.

-Hey no buscó pelea.

-En ese caso deja de meterte conmigo.

-¿Seguro que no tienes resaca?

-Sabes que no bebo.

-¿Tiene eso algo que ver con lo que pasó ayer, cuando los niños y yo te pillamos con los pantalones abajo?

-¡Ya te conté lo que sucedió! – Espetó Harry – no hay nada entre Ginny Black y yo.

-Sí claro, solo el asunto del cactus. Entiendo.

Harry estuvo a punto de saltar, pero vio que Ronald sonreía, y se negó darle esa satisfacción.

-¿Por qué quieres darme la lata? Eres tú quien tiene problemas – dijo, pasando un brazo por los hombros de su hermano.

Gruñendo, Ronald lo acompañó a la cabaña. Una sensación de alegría invadió a Harry. No recordaba cuando fue la última vez que se había sentido tan libre, tan optimista. Parecía que las cosas empezaban a arreglarse. Por fin su hermano había reconocido que tenía problemas y que necesitaba ayuda. Su padre le había dejado un magnifico rancho en herencia y una bella mujer estaba viviendo en su casa. Una mujer que podría convertirse en su esposa. Harry Potter estaba a punto de conseguir que sus sueños se hicieran realidad. Sólo necesitaba un poco de paciencia y perseverancia, pero estaba bien. Tenía todo el tiempo del mundo.

Mayo dio paso a junio y éste a julio. La temperatura subió, la hierba se secó. Los melocotones maduraron en el patio trasero. El bebé de Hermione engordó creció como era de esperar. Pero por cada día que pasaba, Ginny sentía su corazón más y más pesado.

Habían pasado seis semanas desde su llegada a la Madriguera. Seis semanas de mentiras y manipulaciones. Seis semanas de culpabilidad y temor a ser descubierta. Seis de las semanas más triste de su vida. Regresar a su hogar no le había servido para alcanzar la paz de espíritu que siempre había imaginado. Por mucho que lo intentaba no lograba borrar a Harry Potter de su mente… ni de su corazón. Y pensar que iba a romper el suyo la consumía.

Harry había confiado en ella. Le había abierto de par en par las puertas de su casa. Le había dado un trabajo y la había tratado como si fuera de la familia. Y ella le pagaba con engaños.

Una vez fue a la cabaña a visitarlo, pero Harry le dijo que sería mejor que no volviera a hacerlo, al menos hasta que Ronald estuviera preparado para presentarse ante Hermione. Sin saber que podía hacer. Ginny obedeció y mantuvo las distancias, a pesar de que el tiempo pasaba velozmente. No podía esperar para siempre. Antes o después Narcisa Malfoy descubriría su verdadera identidad y lo desvelaría todo.

-Un centavo por tus pensamientos. La voz de Hermione irrumpió en los pensamientos de Ginny.

-¿Eh?

Ginny alzó la mirada del recipiente en que estaba pelando unos guisantes, sobre la mesa de la cocina. El bebé estaba en su cuna, junto a ellas, mientras Rose y Hugo pintaban en el suelo, preparando las decoraciones para las fiestas del cuatro de julio.

-Últimamente te noto muy distraída – dijo Hermione - ¿Quieres hablarme de algo?

-No – murmuró Ginny.

Hermione permaneció pensativa unos segundos antes de volver a hablar.

-Ojalá llamara Ronald. No puedo creer que ni siquiera haya venido a ver al bebé.

-Puede que haya encontrado un trabajo fuera dijo Ginny, pretendiendo que Hermione tuviera una imagen positiva de su marido.

-No creo. Probablemente vivirá en el Caldero Chorreante. Sé que Ronald tiene sus defectos, pero siempre había creído que se preocupaba por mí y los niños.

-No renuncies a la esperanza – Ginny palmeó la mano de Hermione – puede que tu ultimátum lo asustara. Cualquiera puede cambiar si lo desea realmente.

A pesar de que resultaba duro mantener a Hermione sin noticias, Ginny, se alegraba de haber convencido con Harry y a los trabajadores del rancho para que no revelaran la verdad. Así se llevaría una agradable sorpresa cuando comprobara la transformación experimentada por Ronald.

Hermione se secó las lágrimas con el borde del delantal.

-¿El hijo de James Potter? Supongo que estás bromeando.

Ginny miró por la ventana y vio a Harry acercándose por el camino. Su corazón saltó de alegría. Estaba tan guapo, anhelaba abrazarlo, besarlo.

Llamó a la puerta antes de entrar.

-¡Hola! – saludó a todos, sonriente

-¡Hola!, desconocido – dijo Hermione- hace tiempo que no te veíamos. ¿Qué has estado haciendo?

-He arreglado un poco a cabaña.

-¿Cuándo piensas volver? Es una tontería que te ocultes en esa cabaña.

-Tal vez pronto – Harry echó una rápida mirada a Ginny y enseguida apartó la vista.

-¿Sabes algo de Ronald? – preguntó Hermione.

-Precisamente a eso he venido.

La cuñada de Harry se puso pálida y apoyó una mano sobre su pecho.

-¿Sucede algo malo? ¿Ronald se encuentra bien?

-Ronald está perfectamente, pero quiere que le des permiso para pasar las vacaciones contigo y los niños.

-¿Desde cuando necesita Ronald Potter mi permiso para hacer algo?

-Desde ahora.

Todos se volvieron para ver a Ronald de pie en la entrada con una expresión preocupada en el rostro.

-¡Papá! – gritaron Rose y Hugo al unísono, lanzándose hacia l puerta.

-¿Ronald? – Hermione se puso de pie, con la palma de la mano de la mano apoyada contra su garganta.

-Hola. Hermione – dijo Ronald emocionado.

Pasó a la cocina y tomó a un niño en cada brazo. Los besó sonoramente en lo alto de la cabeza, sin apartar la mirada del rostro de su esposa.

Algo se desmoronó dentro de Ginny, otro de sus muros de defensa dejándola vulnerable y expuesta. ¿Cómo había llegado a involucrarse tanto en la vida diaria de aquellas personas? Nunca tuvo la intención de conocerlas personalmente. Durante quince años, un solo sentimiento había dominado su mente: recuperar "La Madriguera".

Pero había descubierto que las cosas no eran sencillas desde el primer momento que entró en el Caldero Chorreante y descubrió que James Potter estaba muerto, sus planes empezaron a cambiar, obligándola a cuestionarse sus metas y a reexaminar sus motivos. ¿Merecía la pena recuperar su casa a costa de hacer daño a otras personas con las que se había encariñado tan profundamente? ¿Cuánto estaba dispuesta a sacrificar por obtener para obtener su venganza, y a qué precio? Contempló la escena que se desarrollaba entre marido y mujer, con los dedos enlazados y la espalda rígida de tensión

-¿Donde has estado? - preguntó Hermione a Ronald, temblorosa.

-Viviendo en la cabaña con Harry.

-¿Por qué no has venido a vernos?

-Temía que no quisieras verme – Ronald agachó la cabeza – no he sido un buen marido últimamente.

-Estábamos preocupados por ti – replicó su esposa con voz ronca.

-Tengo algo que decirte, Hermione – unas lágrimas humedecieron los ojos de Ronald.

-¿Sí? - Hermione dio un paso hacia él. Ninguno parecía fijarse en los niños. Sólo tenían ojos el uno para el otro.

-He estado tan equivocado...

-¿Qué quieres decir?

-Harry me ha ayudado a ver la luz.

-Ginny también me ha estado hablando a mí.

Había olvidado la suerte que tengo contando con una familia – Hermione dedicó a Ginny una agradecida sonrisa.

-Tú tenías toda la razón, cariño. No has hecho nada malo.

-Eso no es cierto, Ronald, he refunfuñado, he protestado, y he hecho que te sientas un inútil.

-Sí no me hubieras amenazado con divorciarte de mí, tal vez nunca me habría cuestionado mi forma de actuar, pero te juro que no he tocado una gota de licor en seis semanas. Ha acudido regularmente a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Estoy trabajando para Seamus Finnigan en el almacén de piensos. No es mucho, pero es un comienzo.

-Oh, Ronald – dijo Hermione

Él alzó una mano.

-Déjame terminar Harry quiere darnos la mitad del rancho. Podemos construir nuestra casa en el pasto de atrás. También va a darnos cien reses para que tengamos nuestro propio ganado.

-¿Es cierto? - susurró Hermione - ¿Has dejado tus malas costumbres por mí y los niños?

-Sí, nena ¿Podrás perdonarme? - Ronald alargó las manos hacia su esposa – Te quiero Hermione, siempre te he querido y siempre te querré.

-Yo también te quiero Ronald Potter. Te quise desde el momento en que te vi por primera vez – gimió Hermione disolviéndose entre los brazos de su marido.

No importaba los problemas que hubieran tenido Hermione y Ronald. El amor que sentía el uno por el otro era evidente en sus voces, en la forma en que se abrazaban, en las miradas que intercambiaban. El corazón de Ginny se hinchió. ¿La querría alguien a ella alguna vez así? ¿Habría algún hombre que pudiera perdonar sus faltas y pasar por alto sus pecados? Miró a Harry y contuvo la respiración.

Él la miraba intensamente. Sus verdes ojos brillaban contra la luz que entraba por la ventana.

El tiempo pareció suspenderse. Ginny supo que nunca olvidaría aquel momento. Siempre recordaría el instante exacto en que comprendió que había hecho lo impensable: enamorarse de Harry Potter.

Mirando a los ojos a Ginny, Harry se sintió como si por fin hubiera encontrado lo que toda su vida había buscado: alguien a quien amar. Tal vez eran emociones exacerbadas por el lloroso reencuentro de Ronald y Hermione, pero eso no cambiaba los sentimientos que se agitaban en su interior mientras miraba los ojos color chocolate de Ginny Black.

-Será mejor que vaya al patio a ver qué tal va la carne – dijo Ginny, tras aclararse la garganta. Hermione y Ronald permanecían ajenos a lo que sucedía a su alrededor.

-¿Qué te parece si los niños y yo te echamos una mano? - ofreció Harry, ansioso en dar a su hermano tiempo para estar a solas con su esposa. Y también para él poder estar a solas con Ginny, aunque esto último iba a resultar complicado teniendo a Rose y a Hugo tomados de la mano.

-Vamos tropa – dijo Ginny tomando un trapo y un par de tenacilla de la cocina.

Harry y los niños la siguieron al exterior. Contemplando la larga la larga y pelirroja melena de Ginny, Harry tragó con esfuerzo. Las seis semanas que había pasado sin ella se le habían hecho muy largas. Anhelaba acariciar su suave piel, saborear sus dulces labios, enterrar la nariz en su largo y pálido cuello e inhalar su intenso aroma a flores silvestre.

-¿Por qué no vais a columpiaros? - preguntó Harry a los niños – mientras, yo ayudaré a tía Ginny.

Tía Ginny

¿De dónde había salido eso? A Ginny no se le pasó por alto aquel desliz de Harry. Sus hombros se pusieron rígidos y tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la mirada centrada en la barbacoa.

-Ha sido realmente maravilloso lo que has hecho por Ronald y Hermione – dijo.

-Ronald es mi hermano. Nada me hace más feliz que ver que la paz vuelve a la familia. Ambos hemos comprendido que era papá el que mantenía la rivalidad entre nosotros – Harry no supo si era su imaginación pero creyó percibir que los hombros de Ginny se ponían rígidos – ahora que James no está, hemos podido hablar y liberarnos de un montón de malos sentimientos.

-Eso está muy bien – murmuró Ginny.

-Estos últimos días he tenido mucho tiempo para pensar.

-¿Sí? ¿Sobre qué?

Harry deseó que Ginny se volviera a mirarlo.

-Sobre nosotros

-¿Sobre nosotros? - repitió ella.

¿Era miedo lo que detectaba en su voz? Harry la tomó por la barbilla y le hizo volverse.

Ginny mantuvo la mirada baja.

-Ya sabes – dijo él, roncamente -nosotros. Tú y yo.

-Harry... yo...

-Sé que te dije que esperaríamos tres meses antes de hablar de nuestra relación, pero estas seis semanas pasadas sinti han sido una auténtica tortura. Te he echado de menos más de lo que puedas imaginar.

Ginny no dijo nada. Se limitó a esperar con las tenacillas en la mano.

-Mírame – dijo Harry.

Ella agitó las pestañas y tragó con esfuerzo. Miró brevemente a los ojos a Harry, pero apartó enseguida la vista, como si quisiera ocultar algo.

-Pensaba que tenías muchas reservas respecto a mi pasado.

-No pretendo que nos precipitemos. Sólo quiero que sepas que voy a trasladarme aquí de nuevo.

-Gracias por decírmelo – Ginny se apartó – ahora tengo que ocuparme de la comida.

Harry se sintió confundido. ¿Lo quería o no lo quería? Aquella mujer enviaba mensajes contradictorios, y no sabía que conclusión sacar.

¿Ocultaba algo? ¿Eran sus secretos más oscuros de lo que pensaba? Pero comprendió que daba lo mismo. Fueran cuales fuesen los secretos de Ginny, se enfrentarían a ellos juntos. De momento la dejaría tranquila, pero pronto mantendrían una larga charla. Pues si alguna conclusión había sacado del reencuentro de Hermione y Ronald, era que el amor podía triunfar sobre cualquier obstáculo.

Tenía que irse. Cuanto antes, mejor. Antes de que Harry hiciera aquello que ella había pretendido desde que simuló una avería en el coche: pedirle que se casara con él.

Porque una vez que lo hiciera, sabía que no habría marcha atrás. No tendría el coraje necesario para decirle que no. Tenía que salir de allí antes de que Harry le hiciera una oferta que no podría rechazar.

Mirando de reojo, contempló su perfil, y el corazón se le contrajo. Era tan atractivo, tan agradable, tan sincero... Nunca se le ocurrió pensar que un Potter pudiera tener aquellas cualidades. Pero Harry las tenía. Y en cantidad.

Tras la comida, Ronald y Hermione habían tomado al bebé y habían subido a su dormitorio, dejando a Rose y a Hugo al cuidado de Ginny y Harry.

Rose estaba en el regazo de Ginny, Hugo en el de Harry. Los niños ya se habían bañado y llevaban el pijama puesto. Remus Lupin se había reunido con ellos mientras esperaban que los trabajadores del rancho dispararan los juegos artificiales para la celebración del cuatro de julio.

Las estrellas fueron apoderándose del cielo mientras el sol se retiraba tras el horizonte. Los grillos cantaban.

Los ojos de Ginny se llenaron de lágrimas. Rose se apoyó contra su pecho y ella le besó la frente, la niña olía a sales de baño y champú de fresa.

Se iría esa noche, decidió, cuando los niños estuvieran acostados. Era la única forma.

-¿Estáis listos?- gritó Neville desde el otro lado de la valla de uno de los corrales.

-¡Sí! - gritaron Rose y Hugo al unísono.

Harry río. El alegre sonido de su risa invadió los oídos de Ginny, tensándola aún más.

-Era una tortura estar allí sentada, disfrutando de la plácida tarde, esperando los fuegos artificiales, con los niños en su regazos. La ilusión atormentaba a Ginny. En el fondo, aquello era lo que había anhelado recuperar toda su vida. La Madriguera. Una unidad familiar intacta. Un hombre de verdad que la amara.

Cerrando los ojos, tragó su dolor. Casi había conseguido su meta, pero la victoria tenía sabor amargo. No podía aceptarla. Había manipulado y engañado. Había mentido. Cuando Harry supiera la verdad, dejaría de quererla.

La primera explosión la sobresaltó. Abrió los ojos justo cuando el primer cohete estallaba en el cielo, inundándolo de brillantes colores.

-¡Guau! - exclamó Hugo, aplaudiendo.

El olor a pólvora invadió el olfato de todos. Neville encendió otra mecha y el segundo cohete dejó al segundo en el olvido.

-Ah – dijo Remus Lupin – me encanta el olor del cuatro de julio. Es agradable volver a tener chiquillos en el rancho.

Ginny acarició con suavidad el brazo de Rose y se esforzó por escuchar a Remus, que hablaba con suavidad junto a Harry.

-Sí – susurró el viejo capataz con gesto melancólico – aún recuerdo a la niña de Arthur Weasley riendo y saltando mientras yo disparaba los cohetes.

Ginny se quedó helada y su corazón latió con más fuerza. ¿Sospecharía algo Remus? Con más motivo debía irse de La Madriguera antes de que sus sospechas se confirmaran. Quería desaparecer sin que Harry llegara a saber cómo había planeado engañarlo y echarlo de su casa.

-Me duele la cabeza – dijo, frotándose una sien. No era mentira - ¿Puedes ocuparte de acostar a los niños por mí, Harry?

-¿Te encuentras bien? - preguntó él, palmeándole la mano.

-Sólo necesito tumbarme un rato.

-Claro, claro. Sube a tu dormitorio – dijo Harry – Ven, Rose, siéntate en mi regazo.

Ginny le entregó a la niña y casi corrió a la casa, desesperada por escapar a la compasiva mirada de Harry. Voló hasta su cuarto, donde las lágrimas contenidas empezaron a correr a raudales.

Poniéndose de rodillas, sacó su bolsa de viaje de debajo de la cama y empezó a llenarla con su ropa. Tenía que irse. Sería demasiado fácil quedarse, simular que nunca había tenido un afán de venganza. Enamorarse perdidamente de Harry Potter. Casarse con él, tener hijos suyos, permanecer con él el resto de su vida y llevarse el secreto a la tumba.

¿Pero cómo iba a hacer algo así? ¿Cómo iban a construir una vida juntos sin verdadera confianza mutua? ¿Cómo iba a pasarse la vida engañando al hombre que había llegado a querer más que a nada en el mundo? Incluso más que La Madriguera y al recuerdo de la vergüenza sufrida por su padre.

Lista y con la bolsa preparada, se tumbó en la cama y esperó. Pasó una hora antes de que dejaran de oírse ruidos en el exterior. Finalmente, oyó las botas de Harry resonando en las escaleras y el murmullo de su voz mientras acostaba a los niños. Entonces oyó cómo se acercaba a su puerta.

Ginny apretó los ojos y contuvo el aliento. La puerta crujió, abriéndose ligeramente. Pudo sentir a Harry en el umbral, mirándola.

-Buenas noches, Ginny – dijo él con suavidad y luego cerró la puerta.

Ella permaneció quieta una hora más, escuchando cómo se iban acallando los sonidos de la vieja casa. Finalmente cuando estuvo convencida de que todo el mundo estaba dormido, salió de la cama, recogió su bolsa de viaje, respiró profundamente y salió del dormitorio.

Una tenue luz iluminaba el pasillo. Las puertas de todos los dormitorios estaban cerradas. Empezó a bajar las escaleras.

Un escalón crujió y Ginny contuvo el aliento, su pulso rugió en sus oídos como el motor de un coche de carreras, pero sabía que el ruido sólo había resonado con tanta fuerza en sus culpabilizados oídos.

El viaje a través de la silenciosa casa pareció llevar una eternidad. Los recuerdos la asaltaban a cada paso.

Allí en las escaleras, Harry y ella ayudaron a Ronald la noche que éste llegó borracho y en busca de ayuda.

En el cuarto de estar fue donde estuvo sentada con Hermione, sosteniendo al bebé y escuchando los problemas de su amiga.

En la cocina había aprendido a cocinar preparando las comidas para los trabajadores del rancho. Sus mejillas estaban llenas de lágrimas cuando alcanzó la puerta trasera. ¡Cuánto deseaba quedarse! Dejar atrás su triste pasado y abrirse al futuro. Pero hacerlo habría sido vivir una mentira y no se sentía capaz de ello.

Salió al cálido aire de la noche con las llaves del coche firmemente sujetas en la mano. Una media luna colgaba del cielo, iluminando el sendero. Mantuvo la cabeza gacha, demasiado dolida como para mirar atrás.

-Ginny.

La voz de Harry surgió en la oscuridad, envolviéndola. Sus botas crujieron sobre la gravilla. Ginny no tuvo que volverse para saber que había estado sentado en las sombras del porche y ahora se hallaba tras ella.

-¿A dónde vas? Preguntó él con un inconfundible tono de pesar - ¿Te escapabas en medio de la noche sin ni siquiera decir adiós?

Ginny permaneció quieta como una estatua, incapaz de moverse, incapaz de contestar.

-Ginny – Harry apoyó una mano en su antebrazo y le hizo volverse.

Ella enfrentó su sombría mirada y toda resistencia abandonó su cuerpo. ¿Cómo podía dejar a ese hombre? No lo merecía... ¡Pero cuánto lo quería!

-Harry... yo...

-¿A dónde vas? - repitió él con los ojos brillantes

-Es lo mejor – dijo ella.

-¿De qué estás hablando? Hay algo entre nosotros.

Llevo seis semanas tratando de negármelo, pero, no es posible. He aprendido a no luchar contra este sentimiento, corazón. Tú también debes permitir que se manifieste.

Ginny respiró quedamente.

-No puedo.

-Sé que estás asustada. Sé que hay algo en tu pasado que te impide liberarte, pero, por favor, Ginny, no me dejes fuera. Deja que busquemos juntos una solución a tus problemas.

¡Qué tentador resultaba aceptar la generosa oferta de Harry! Arrojarse en sus brazos y confesarlo todo. Pero Ginny sabía que una vez que se descubriera la verdad, una vez que supiera que lo había planeado todo con el oscuro propósito de robarle La Madriguera, el amor que brillaba en sus ojos se esfumaría.

-No comprendes – dijo.

-Creo que sí – los dedos de Harry acariciaron la piel del brazo de Ginny en un provocador círculo – necesitas algo más de mí que meras promesas vacías sobre lo que podría ser en el futuro. Necesitas un compromiso.

-Oh, Harry – Ginny quiso negar sus palabras, rogarle que no dijera lo que estaba pensando, pues sabía que carecía del coraje necesario para negarse.

Pero, ya era demasiado tarde.

Harry Potter respiró profundamente y pronunció las palabras que Ginny había estado esperando oír, las palabras que pondrían a su alcance todo lo que siempre había querido. Las palabras que se sentía incapaz de rechazar.

-Te amo, Ginny Black. ¿Quieres casarte conmigo?