9.- Sacramentum Honoris Causa…
El viento soplaba con violencia, los truenos sonaban a kilómetros de distancia, los relámpagos iluminaban de tal manera, que no se necesitaba de ninguna lámpara o linterna para iluminar el camino donde se encontraba. Cruzando la terracería adornada en piedra por las orillas, hacía a un lado ramas, hojas y arbustos para abrirse paso para acceder por el único atajo que conocía. La lluvia era tan fuerte y abundante que había formado pequeños riachuelos con una corriente tan violenta, que podía arrasar hasta con el mínimo trozo de tierra suelta que había. Mas seguía caminando, siempre adelante, luchando por llegar a su objetivo, hasta que por fin, después de traspasar el bosque pudo divisar aquella pequeña casa en la cima del monte junto a la cascada.
Las puertas se abrieron tan de golpe que temblaron sobre sus goznes. Al entrar, para no caerse se apoyó en el borde de la mesa que yacía junto a la salida. Tan solo un momento, tan solo un suspiro. Agitó un poco la cabeza para aclarar su mente. Luego, arrastró su mano a lo largo del mueble sin siquiera darse cuenta del vaso con agua que había tirado o del ruido que un florero había producido al caer al suelo y quebrase por su causa. Siguió adentrándose en aquella morada. Ignorando el dolor interno que sentía, tenía que saber que allí estaba, que se encontraba bien, que no le pasaba nada. Seguía respirando agitadamente y con dificultad mientras buscaba en el comedor, la sala, la biblioteca, habitaciones, todo, de arriba abajo, rastreando cualquier cosa, un sonido, un movimiento. Nada ni nadie se encontraba dentro. La angustia empezaba a invadirle las entrañas. Su vista comenzó a nublarse. "No. Todavía no", pensaba, mientras terminaba su recorrido donde había comenzado. De repente, una fría brisa le hizo temblar. Dio media vuelta, y en posición defensiva esperaba lo peor.
-¡Shiryu! – No importaba que hubiese dicho o no su nombre. Tan solo quería escuchar el sonido de su voz.
- ¡Shun… Shunrei! – Sonrió aliviado. Ella se encontraba enfrente suyo apoyada con la mano izquierda en el umbral de la misma puerta por la que momentos antes había entrado. La derecha siempre estaba en la misma posición en puño pegada a su pecho. Ya no podía mantenerse en pie, así que con un leve quejido se dejó caer de espaldas al suelo mientras oía sus pasos correr en su auxilio.
Después de ayudarlo a levantarse, lo hubo conducido hasta la recámara para después quitarle la armadura y tumbarle en la cama. Con un paño remojado en una bandeja con agua puesta en la mesa de noche, le limpió las múltiples heridas hechas en batalla. La sangre propia y la ajena, así como el sudor mezclado con el polvo seco hacían que el agua se tornara oscura. Se levantó con el único objetivo de cambiarla y traer vendas, tijeras y cinta adhesiva cuando sintió que jalaban su brazo izquierdo, el que sostenía el paño. Al dar media vuelta, se encontró con él de pie, mirándole fijamente.
-¡Shiryu, no te muevas o podrías…! – Pero era demasiado tarde. Haciendo caso omiso de sus advertencias, la jaló hacia sí para después abrazarla fuertemente.
- Lo lamento, no debí preocuparte de esta manera. – Pero no la soltó.
- No te preocupes, - se apartó un poco para mirarle el rostro. – Lo importante es que ya estás aquí. – Terminó por sonreírle.
Hasta ese momento él no se había fijado en su apariencia, pero por primera vez notó que su cabello ya no estaba sujeto y acomodado por una larga trenza. Sencillamente un broche sostenía su larga cabellera negra, que ahora se encontraba revuelta, hecha un desastre de lo mojada que estaba por haber estado bajo la lluvia. De su rostro destellaban pequeños rocíos que hacían que su piel brillara en un bello tono aperlado. Ella estaba completamente empapada, y de su ropa pegada más que nunca a su cuerpo, podía traslucirse su curvilínea figura. Estaban tan cerca uno del otro, que inclusive podían sentir el calor de sus alientos. Ella podía sentir su duro torso contra su pecho. Su rostro iba acercándose lentamente, cada vez más, hasta que él sintió el dulce rose de sus labios contra los suyos. El dulce néctar de su boca sabía a miel, mientras que, con el corazón latiéndole al mil por hora, pudo sentir como el pecho de ella subía y bajaba con una respiración agitada. Pronto rodeó su cintura con sus manos sintiendo que el calor húmedo que su cuerpo despedía tras la ropa mojada lo excitaba aún más. Los besos y las caricias fueron subiendo cada vez más de intensidad, y él simplemente la acercó más hacia sí quedando aún más juntos. Cuando ella sintió que sus manos bajaban lentamente a sus caderas, simplemente dejó caer el paño que sostenía para posar ambas manos sobre su pecho, el cuál recorrió para rodear su cuello y sostenerse de él quien, sin despegarse de ella la cargó para después dar media vuelta y depositarla delicadamente sobre la cama. De sus labios pasó a besar y lamer su cuello. Deslizó una mano de la cadera a arriba subiendo su camisa, luego con la otra desabrochó cada botón de arriba abajo, dejando revelar cada vez más la piel que detrás se escondía. Ella, sin dejar de rodear su cuello con los brazos, metió sus dedos entre su cabellera, mientras que él sentía como su cuerpo se relajaba aún más incitándole a continuar, completamente dispuesto. De pronto ella sintió una de sus manos acariciando sus senos, quitando la tela de su camisa, mientras que con la otra, deslizaba hacia abajo su pantalón, quitándole con gran maestría la ropa interior. Él se retiró solo un poco para mirarla. Ahora ya no tenía nada que ocultar, estaba completamente desnuda, al igual que él. Su blanca piel, su figura. Su cuerpo no era tan abundante, de hecho era delgado, menudo y delicado. Sus senos eran pequeños, pero redondos y proporcionados, los cuales subían y bajaban en señal de una respiración agitada. Sus pezones erectos eran pequeños y rosados, los cuales temblaban encima de un corazón lleno de adrenalina. Una delicada y tenue línea que nacía desde el diafragma recorría justo por en medio de su abdomen. Sus caderas, aunque también pequeñas, eran proporcionadas y perfectamente redondeadas. Su vientre era plano, su pubis estaba oculto gracias a que ella había flexionado su pierna izquierda en dirección y encima de la derecha. Sus manos acariciaban su espalda, y también miraba su amplio pecho encima suyo, su torso y abdomen marcado y atlético, aquellos brazos que no la dejaban escapar, y su virilidad ya despierta y endurecida que sentía encima de su pierna flexionada.
¿Por qué hacía esto, qué estaba pasando? Ese comportamiento no era digno de él. Jamás había actuado así. Por una maldita razón que aún desconocía había logrado llegar a casa después de la Guerra Santa. De milagro había sobrevivido. Era simplemente un absurdo hacer lo que ya estaba haciendo. Aprovecharse así de Shunrei. De ella, quien siempre rezaba a Dios para que volviera sano y salvo de cada enfrentamiento. Sin embargo, se asustó de sí mismo al descubrir, que en lo más profundo de su mente, tal vez era aquella situación donde se encontraban ambos lo que él más anhelaba. ¿En verdad era así de perverso?, ¿Era sólo su imaginación?, ¿Tan solo era la emoción del momento?, ¿O era acaso que, creía ver en su mirada un destello de lujuria, en lo que en realidad era el miedo y el nerviosismo en un rostro con las mejillas sonrojadas, al punto de la ebullición? No. Era deseo. El temblor de su cuerpo lo había confundido, pero pronto supo que este era causado por su excitación, al deslizar su mano hasta sus nalgas. Se enteró de que ella también quería hacerlo con tal frenesí, al acariciarle con la otra el rostro, y tallaba con la rodilla su ya endurecida y latente entrepierna. Lo quería, lo deseaba. En ningún universo paralelo hubiera cabido aquél acto. Era una locura aquello, ciertamente. Pero si no era hoy, ahora, ¿cuándo, cuándo tendría una oportunidad así? ¿Qué pasaría si acaso moría mañana?
Era todo, se había decidido, ya no existía la duda. Se abalanzó encima suyo solo para besarla apasionadamente una vez más. A continuación, empezó a lamer sus pechos y morder sus pezones mientras que con la mano derecha, quería retirar el muslo izquierdo que ocultaba su pubis. Pero este no lo dejaba actuar. Así que posó su nariz a unos pocos centímetros del espacio entre los senos y comenzó a bajar por la línea tenue de su abdomen, casi rozándola, por muy poco. Bajó más, cada vez más, sintiendo como ella le acariciaba la espalda.
Cada vez más abajo, guiándose por la línea redibujada de su abdomen hasta llegar a su vientre, sintió que su pierna le estorbaba. Así que también le besó y le acarició hasta que poco a poco se retiró, abriéndole paso hasta donde quería llegar. Allí estaba por fin, aquél objeto de sus deseos. Simplemente siguió bajando, y con ayuda de sus labios, apenas rozó solo un poco la piel. Cuando introdujo su lengua se sorprendió de sentir lo mojada que estaba ella. ¿Acaso era tan ardiente su deseo por él? Aquél néctar era tan dulce que no podía evitar seguir probando, satisfaciéndole, sintiendo cómo por culpa suya se retorcía de placer.
-¡Oh! ¡Ah! – Gimió ella. Se había mordido el puño izquierdo mientras que con la mano derecha se tapaba los ojos al sentir un poco de vergüenza. Pero inmediatamente después puso ambas a sus costados, agarrándose de las sábanas y jalándolas sin poder, no, sin querer hacer otra cosa. "Aún no". Pensó él mientras sentía cómo su intimidad seguía destilando, intoxicándolo, incitándole a seguir.
- ¡Ah! – Seguía ella, con el corazón casi estallándole en el pecho. - ¡Ah! – Suspiraba agitada. Ya no podía aguantar más. - ¡Shiryu! – Era todo. Solo esperaba a que dijera su nombre. A continuación comenzó a subir otra vez por su pubis, su vientre, besándolo todo, cada centímetro lo cubrió con sus manos y caricias, deslizándose y viajando por cada curva. Su boca; mordiendo solo un poco, apenas sus muslos, vientre, cadera, cintura, costillas, sus senos, sintiendo como sus piernas abiertas acariciaban su espalda. Su lengua; recorriendo su piel, toda ella, disfrutando de su sabor, su sensual aroma. Pasando por su línea desde su vientre plano hasta el espacio en medio de sus pechos. Llegando hasta su cuello y deteniéndose en su boca, se retiró para mirarla. Seguía sonrojada, sudando, con los labios entreabiertos, sus ojos tenían un brillo intenso.
- Shiryu, - dijo por fin. – No…
- Shunrei, - la interrumpió. – Yo nunca, jamás, - acarició su rostro. – Jamás pensaría en hacerte daño.
- Lo sé. – Le sonrió. – Sé que jamás serías capaz. – Se levantó un poco. – Yo confío completamente en ti.
Aquellas palabras lo conmovieron y lo hicieron sonreír. – Te amo. – Dijo finalmente.
-¿Qué? – Ella parpadeó.
- Te amo. – Repitió completamente seguro. Ahora sus ojos se habían tornado dos oscuros pozos de pasión.
Aquellas simples palabras habían sido como un detonante. Pues se abalanzó a besarlo con todo el deseo del que fue capaz. La fuerza con la que había avanzado lo obligó a levantarse posando las manos sobre sus caderas mientras lo abrazó, y siguió besándolo mientras lo empujaba ya completamente segura, contra la cama. Ahora era ella la que estaba montada encima, con los muslos abiertos contra los suyos, dominando la situación. Terminando por morder su labio inferior, le imitó, bajando por su cuello, pecho y abdomen. Hasta que por fin, había llegado el momento. Poco a poco le ayudó guiándolo a penetrarla. Adentrándose lentamente, él escuchaba, sentía y saboreaba ese delicioso placer húmedo que de ella venía, mojándolo también.
-¡Aah! – Se quejaba. Los gestos que hacía lo volvían loco. Era tan estrecha. Ya completamente adentro, comenzó a hacer movimientos pélvicos, lentos y rítmicos, observando cómo sus senos subían y bajaban mientras ella se balanceaba atrás y adelante, lenta, cautelosa. Ya completamente desinhibida comenzó a cambiar a un ritmo más agresivo, todavía lento, pero más duro. Él se había agarrado fuertemente de su cadera mientras con la otra mano tomaba uno de sus pechos.
- ¡Oh! ¡Aah! – Él por fin dejó escapar un fuerte suspiro acompañado de otro arremetimiento. La temperatura iba subiendo, y cada vez iban más rápido y más fuerte, subiendo y bajando más duro. Observó que gruesas gotas de sudor transpiraron por sus poros, bajando hasta oscilar en lo más pronunciado de esa curva, temblando al borde de la punta de su pezón, hasta caer al vacío y mezclarse con el suyo encima de su piel empapada. ¡Dios! cómo la deseaba. Estaba completamente aferrado a su delicioso cuerpo. Cada vez más duro, cada vez más fuerte, cada vez más y más rápido. Hasta que por fin, con un grito al unísono se dejaron venir en una explosión orgásmica que tuvieron al mismo tiempo. Ya no podía pensar en otra cosa que no fuera en eso. Se le iba la vida. Ya estaba. Si moría o no en ese momento no le importaba, pues ya había satisfecho sus deseos. Y lo mejor era que se encontraba a lado de la persona que más amaba, quien se había congelado en el espacio, sintiendo aquella explosión hasta en lo más profundo de su ser, hasta la punta de sus cabellos. Luego se dejó caer sin más, delicadamente con la cabeza sobre su pecho, escuchando cómo los latidos de su corazón se calmaban y recuperaban su ritmo natural. La abrazó tiernamente, y girando a su izquierda, la hizo bajar para depositarla sobre el colchón, mientras contemplaba su rostro. Una vez más la besó mientras ella subía su pierna sobre él, y lentamente se quedaran dormidos así, abrazados, con las piernas entrelazadas, y con las sábanas revueltas y hechas girones tapando tan solo hasta sus caderas y muslos. Mientras la tormenta seguía arreciando y los relámpagos iluminaban el exterior revelando la violencia con la que el viento movía los árboles, a través de los vidrios de la ventana se escuchaba el repiqueteo de la lluvia al caer y golpearlos.
…
Ambos habían bajado a la base donde el agua de una cascada muy conocida caía hasta llegar a la orilla del río. Era medio día cuando ella agarrada de sus manos, le condujo bajo donde el agua caía y los empapaba a ambos.
Ella rosó sus labios con su boca lenta y prolongadamente, disfrutando de cada centímetro de ellos. Se retiró solo un poco con el único propósito de morderle la parte inferior de estos obligándole a acercarse, a estar encima suyo mientras se quitaba la ropa y bajaba por su abdomen. Metió la mano en su pantalón por unos momentos, mientras le devolvía el favor oral que la noche anterior él le hiciera con tanto empeño. El agua fría caía mojándoles todo, cada espacio, a cada uno, haciendo que el líquido fuera un estimulante afrodisiaco. Allí le entregó su cuerpo por segunda ocasión. Le dice que lo desea, le susurra al oído que lo ama. Era suya, de nadie más que de él ese cuerpo, de nadie más el sabor de su sudor. El ritmo sigue subiendo mientras él se aferra fuertemente, y ella en un ataque de pasión le rasguña la espalda y ambos gritan salvajemente en medio de un festival de clímax mientras sus sonidos se confunden con el ruido de la cascada.
Finalmente, después de un largo rato por fin salieron. Ella se adelanta a la orilla sin darse cuenta que él se ha quedado atrás, mirando por encima suyo. Aquél punto conocido era la saliente donde su viejo maestro, Dohko, el antiguo Caballero Dorado de Libra se había quedado tantos años siempre en el mismo lugar, a vigilar la Torre Sagrada. Sintió tanta nostalgia al recordar en memoria de aquél hombre que lo había acogido como su alumno. Él, prácticamente lo había criado como si fuera su hijo. Y ahora estaba allí, el alumno recordando aquella figura, en el vacío espacio dejado, como lo más cercano a un padre que había tenido. Su corazón dio un vuelco justo en el momento que Shunrei le hablaba: - ¡Shiryu! Vamos. – Agitaba sus manos a lo lejos, ya en tierra firme. – Te prepararé una buena comida. ¡Ven, vamos!
-Sí. – Le sonrió. – ¡Allá voy! – Se aproximó a la orilla a su encuentro.
…
Durante los próximos días que pasaron, él la hacía suya una y otra vez, en diferentes lugares del terreno, y en todas las posiciones que conocía, día y noche, haciéndole el amor con tal frenesí, como si cada oportunidad fuese la última en vida, no desperdiciaba ninguna a su alcance. ¿Cuánto tiempo había pasado? Lo ignoraba, pero sabía que apenas eran días. ¿Acaso le importaba? Claro que no. Se sentía como en el cielo a lado de Shunrei, aquella a quien amaba, a esa chica tan dulce e inocente que siempre rezaba por su seguridad, su gran consuelo. Solo quería quedarse allí para siempre, y estar a su lado.
Sin embargo cada noche, a altas horas de la madrugada, cuando se aseguraba que ella dormía tranquila y profundamente en el mismo lecho que él, se levantaba, recorría la casa hasta llegar a la puerta principal, y salía mostrando su cuerpo completamente desnudo a la clara luz de la luna, para bajar al bosque y adentrarse en un conocido claro. Allí comenzó a entrenar, como antes lo hiciera de niño. Se alegró de enterarse que aún conservaba su cosmos, y de que podía seguir haciendo sus técnicas. Cada noche entrenaba desde la madrugada, y volvía justo antes del amanecer para despertar a lado de Shunrei. Con el correr del tiempo, y al ir pasando los días, no pudo evitar preguntarse si como él, sus compañeros y amigos habían vuelto del Inframundo a la Tierra. Y de ser así, ¿cómo y cuándo lo habían hecho?
Con ayuda del cosmos de Athena era una alta probabilidad. Pero, ¿todos se encontrarían bien, sanos y salvos? Había perdido completo contacto con ellos desde aquél día. ¿Acaso estarían con Athena en este momento? Y más importante, ¿Qué habría pasado con su mejor amigo? Aquél quien había arriesgado la vida varias veces para ayudarlo.
…
Una mañana Shunrei se encontraba felizmente ocupada en la cocina preparando una deliciosa comida, junto con algo de medicina tradicional para Shiryu quien, a pesar de haber pasado tan poco tiempo, sorprendentemente ya había sanado de sus múltiples heridas. Sin embargo, aún se encontraba convaleciente. Los rayos solares entraban por los marcos de las ventanas abiertas de par en par dejando escapar el humo y el aroma de aquél festín recién hecho. Ya había preparado la mesa poniendo mantel, florero, platos, vasos, cubiertos y servilletas. Estaba todo listo. Con una mirada y sonrisa radiantes dio media vuelta caminando en dirección a la habitación principal con el objetivo de avisarle que ya podía venir a la mesa. Cuando de repente se detuvo en seco. Frente a ella se encontraba Shiryu con la gran caja de la armadura colgada a los hombros. Sostenía en una mano un sombrero chino para sol hecho de paja, y en la otra una gran y vieja capa de viaje. Ambos se miraron fijamente y en silencio durante unos segundos que parecieron una eternidad. Él notó como su amplia sonrisa se había desvanecido de golpe, y como si no quisiera seguir viendo, caminó en su dirección. Al llegar a su lado simplemente pasó de largo, tratando de ignorar el tan conocido gesto nervioso que le caracterizaba; su mano derecha cerrada en puño y apoyada en su pecho, a la altura del corazón. Ya se estaba alejando, siempre en silencio, cuando escuchó que su voz rompía la tensa atmósfera.
-Así que ya te vas. – También él se detuvo en seco. Su tono era tan sombrío, pero no suplicante, sino frío y desconocido a su presencia.
- Así es. – Pero no se atrevió a girar y mirarla. Simplemente se quedó allí, en la misma posición. – Regreso al Santuario. A lado de Athena.
- ¡Mh! – Oyó su pequeña risa en tono sarcástico. – "A lado de Athena". – Repitió. Notó que aquello no era natural en ella. – Siempre, "a lado de Athena". – Era tan fría. Lentamente giró en su dirección, y miró como de espaldas, ella alzaba su cabeza al techo mientras suspiraba.
- ¿Shun…?
- ¿Sabes? – Lo interrumpió sin voltear. – Siempre conocí las obligaciones de un Caballero de Athena a su servicio. Lo sé porque yo misma fui adoptada por uno de ellos. El viejo maestro Dohko me crió como si fuera su hija, junto contigo. "El deber de un Santo es proteger a Athena", me decía, "jurar fidelidad a su causa. Estar preparados para morir entregándolo todo por ella siempre es un honor", me repetía siempre. Y yo siempre rezaba en la saliente junto a la cascada para que regresaras con bien. Sano y salvo. – Él solo la miraba en silencio. – Aunque al principio no entendía del porqué peleabas sabiendo que en cualquier momento ibas a morir, pronto comprendí que el protegerla a ella era mucho muy importante no solo para ellos, sino también para ti. Aunque no me molestara que lucharas, sí me irritaba el hecho de que se me dijera que esa sería la última batalla tan solo para tranquilizarme a sabiendas de que no era cierto en ninguno de los casos.
- Shunrei. – No podía creer lo que oía. – ¿Pero qué estás…?
- En verdad no lo entendía. Tantas batallas, tanta violencia, destrucción y la muerte del viejo maestro. Y tú en medio de todo aquello. Inclusive, - continuaba sin siquiera fingir que lo había escuchado. – ¡Inclusive pensé que tus heridas, tu ceguera, todo lo que había pasado era su culpa! ¿Qué clase de dios deja que los humanos, a quienes se supone protege, sufran y mueran en "honor de la paz y la justicia"? – Para entonces ya había girado para mirarle y caminaba en su dirección, mientras él fruncía el ceño y apretaba los labios y el puño. Esperaba que su voz se quebrara en llanto y las lágrimas enjugaran su rostro, pero no, todo lo contrario, sus ojos se habían encendido, y en su voz sonaba el resentimiento. – Sí. Así es, ¡llegué hasta el punto de perjurar en contra de los dioses y hasta maldecirles en mis pensamientos. No voy a negarlo! – Ya estaban ambos junto a la puerta principal, ella había recorrido aquella mesa que se encontraba junto a aquella, y ahora acomodaba las flores de aquél jarrón que días antes había reemplazado por el roto. - ¿Sabes? Ya no voy a rezar por ti para que regreses vivo y dejes de pelear en tantas guerras. – Continuó bajando la voz. – Siempre lo he hecho, y ya no quiero más. Ya me cansé de que en vano se escuchen mis súplicas y mis ruegos.
- No. – Simplemente no podía creer lo que escuchaba. Ella lo hería con cada palabra dicha. Sentía que la perdía a cada momento. Simplemente alzó la mano con la intención de acariciarle. – ¡Por favor! Shunrei no…
- ¡No! – Lo rechazó con un manotazo. – Ya no más, ¡Vete Dragón. Tan solo vete como siempre lo haces! – Ese nombre le sonaba tan extraño en los labios. – Cumple tu deber como Caballero de Athena, como siempre lo has hecho. – Ya estaba, eso era todo. Ella había puesto ambas manos en la mesa para apoyarse, y mantenía la vista clavada en esta. Sin una esperanza en el corazón, él abrió la puerta, lo que la hizo rechinar sobre sus goznes, y una leve brisa pasó levantándole los cabellos. Puso un pie afuera cuando escuchó que lo llamaba.
- ¡Espera Dragón! – Se detuvo en seco. Oyó un suspiro. – Por ningún motivo te atrevas a morir, ¿entendiste?
Aquellas palabras le sorprendieron tanto que le hicieron girar una vez más y tan de golpe que el peso de la caja de la armadura casi lo hizo caer. - ¿Qué?, ¿Cómo?
-Ya me oíste. – Se había enderezado en el mismo lugar donde se encontraba parada. Ya no tenía el puño sobre su pecho. Ahora sus brazos estaban cruzados con una pose de lo que parecía orgullo. – Regresa con vida. – En su mirada había fuego. Aquella amplia sonrisa y su determinación la habían hecho tan hermosa y excitante, que a él le dieron ganas de hacerle otra vez el amor sobre aquél mueble, sin importarle nada. – Y si por alguna razón llegaras a morir, – Continuó sintiendo la intensidad con la que le miraba desnudándola toda. – Hazlo acabando con todos ellos. Báñate en su sangre. Obtén la victoria a como dé lugar. De otro modo, nunca voy a perdonártelo, ¿me oíste?
Él sonrió aliviado. – Shunrei, tú…
- ¡Vamos Caballero de Bronce Shiryu del Dragón! – Exclamó señalando la puerta. – Tan solo márchate, siempre adelante, ¡sin mirar atrás!
Así sin más, se echó encima la vieja capa de viaje. Y mirándola por el rabillo del ojo mientras se ponía el sombrero le dijo: - Así sea. Por Sacramentum Honoris Causa. – Y terminando con esto cruzó el umbral, salió y marchó hacia el horizonte, cada vez alejándose más y más, con el viento soplando en su contra siempre.
Se quedó unos instantes allí plantada, en la misma posición, hasta que por fin, lentamente, dejó caer sus brazos a sus costados. Se deslizó a la silla más cercana, dejándose caer. Su respiración se volvió más y más agitada. Apoyó ambos brazos cruzándolos sobre la mesa hundiendo el rostro entre ellos, y rompió en llanto. No pasó mucho tiempo cuando sintió la cálida luz del sol colarse por la ventana y llegar hasta sus brazos, cuando de repente se enderezó. Había parado de llorar, pero las lágrimas aún corrían por sus mejillas, cuando de golpe se puso en pie escuchando el sonido de la silla al caer. Aún la puerta seguía abierta. Salió divisando a un lado y a otro. Siguió caminado, cada vez más rápido, hasta que terminó corriendo, oyendo cómo la tierra crujía a sus pies. Solo se detuvo hasta llegar a un risco. Oculta entre los árboles pudo ver a lo lejos la figura de Shiryu alejándose por los difíciles terrenos de los Cinco Picos. Se percató que él miraba atrás. Ambos se observaron fijamente. Y ella volvió a poner su puño sobre su pecho, solo una vez más, apoyada en el árbol con la otra mano en señal de despedida. Él repitió el mismo gesto. A continuación, volvió a su camino, desapareciendo dentro del bosque. Aún respiraba agitada cuando una radiante sonrisa se dibujó en ella al darse cuenta que ya no lloraba. Ya estaba hecho. Ya no pediría a Dios que Shiryu regresara sano y salvo a casa. Ya no había ninguna necesidad. Por fin se había liberado a sí misma. Ahora tan solo desearía, de ahora en adelante tan solo pensaría que vivo o muerto, él debía obtener la victoria a cualquier costo. Tenía que alcanzar la gloria, jamás dejarse vencer. Ganar o morir, no había otra opción. Ese sería el espíritu que le acompañaría siempre.
