Como Entrenar a tu Dragón y sus personajes, no me pertenecen, son propiedad de Cressida Cowell, y DreamWorks skg.

NOTA: Mis disculpas sinceras para todos ustedes, un pequeño, pero molesto accidente en mis manos, me impidió continuar con ésta historia de manera temporal, espero que ésto compense su espera, y su valiosa paciencia. Black Rose 223.


¨Si Quieres Conocer a un Hombre, Revístelo de un Gran Poder ¨


¨Heredero¨

"Pequeña Tramposa"

- (¡¿QUEEEEEEEEEEEÉ?!) - El colérico rugido del Furia Nocturna resonó a través de todos y cada uno de los pasillos y habitaciones de la mansión Haddock, luego de que Remy, el inseparable compañero de la pequeña Charlotte, y Chispas, le importunaran aquella mañana, al contarle sobre la más reciente noticia en todo Mandala...

- (Lottie decir que ellos estar comprometidos, si, si, eso decir ella, Remy escucharla muy bien)...

- (¡¿DESDE HACE CUANTO?!) - Gruñó el dragón fuera de sus cabales...

- (Chispas oír a Bonnie decir lo mismo hace un par de noches, Chispas oír que Lord Malcom arreglarlo todo, si, si)...

- (¿Chimuelo estar molesto con Chispas y Remy por algo?) - Preguntó Chispas, al ver el rostro del Furia nocturna deformado por la ira...

- (¡No Estoy Molesto, Estoy Furioso!...aunque no con ustedes...¡Se muy bien donde encontraré a la Pequeña Bruja Tramposa, con la que iré a ajustar cuentas en éste momento!) - Rugió Chimuelo, corriendo hacia el interior de la mansión en busca de la joven vikinga...

La encontró en el solar, estudiando un manoseado ejemplar sobre la crianza y el entrenamiento del Mortífero Nadder, y antes de que ella pudiera siquiera preguntarle que era lo que sucedía, se abalanzó sobre ella, intentando inmovilizarla bajo sus garras. Aunque para su mala suerte, no contó con que Tormenta, y Kay, el Nadder de Edmund, le saltarían encima, impidiéndole que alcanzara a tocar siquiera a la prometida de su jinete...

- (¡TÚ!) - Rugió su ira en el rostro de la desconcertada chica - (¡ME MENTISTE!, ¡HICISTE TRAMPA, PARA ASÍ NO TENER QUE CUMPLIR CON TU PARTE DEL TRATO!) - Le reclamó intentando liberarse del agarre de sus amigos...

- ¡Yo no te mentí! - Se defendió Astrid de inmediato - ¡Dije que me marcharía lejos si fracasaba, lo cual no está dentro de mis planes, ya que no importa a qué costo, haré volar a Tormenta!, ¡No sé porqué te molestas Chimuelo, igual no iba permitir que ganaras la apuesta!...

- (¡¿EN SERIO ME CREES TAN ESTÚPIDO?!, ¡TÚ NO PENSABAS CUMPLIR CON TU PARTE, POR ESO BUSCASTE LA FORMA DE PERMANECER AQUÍ, AÚN SI PERDÍAS!)...

- ¡Piensa lo que te dé la gana!, ¡Ya me encargaré de hacer que te tragues todas y cada una de tus palabras, cuando por fin consiga que Tormenta vuelva a volar otra vez!, ¡Te obligaré a cerrar ese hocico tan venenoso que tienes, lagartija envidiosa!, ¡Yo Amo a Hipo!, ¿Lo entiendes?, ¡LO AMO!...

Al escuchar todo el escándalo, Edmund, y algunos cuantos sirvientes, corrieron hasta el solar para ver lo que sucedía, saltando sobre Chimuelo, tan pronto notó que el Furia Nocturna, se revolvía y agitaba, intentando llegar hasta su señora, con la clara intención de hacerla pedazos...

- ¡Basta, Muchacho!, ¡Basta! - Lo reconvino el esclavo, rascando bajo su hocico, hasta asegurarse de que se quedaba totalmente inmóvil sobre el suelo - ¿Se encuentra usted bien, mi señora Astrid?...

- Estoy bien, Edmund - Respondió Astrid con aplomo. Ni aún inconsciente; ella jamás demostraría debilidad ante Chimuelo...

- Vamos, Milady - La llamó Heather, recogiendo del suelo el libro que la joven había soltado, a causa del susto - La acompañaré a sus aposentos - Le sonrió...

- Gracias, Heather - Le devolvió la joven todavía tratando de sobreponerse...

- No deberías tratar de molestar a Chimuelo todo el tiempo, Astrid - Le aconsejó Heather, mientras servía un vaso con agua para su amiga - Se nota que es capaz de lastimar seriamente a alguien si se lo propone...

- ¡¿Molestarlo?!, ¡Esa lagartija venenosa, está muerta de celos!, ¡no es mi culpa que no sepa controlarse a si mismo! - Se defendió airada la joven...

- Deberías tratar de acercarte más a él... tal vez no sea tan malo, una vez que llegues a conocerlo... tal vez hasta terminen siendo buenos amigos - Sugirió Heather...

- O tal vez le prenda fuego a mi vestido, y me corte en pedazos - Repuso Astrid sonriendo cándidamente de forma sarcástica..

- Astrid...

- ¡No!, ¡olvídalo, Heather!, ¡Chimuelo y yo no nos llevamos, y eso no cambiará nunca!...

- ¡Ay Astrid! - Suspiró Heather derrotada, volviendo después a sus quehaceres...


¨Despedidas¨

Oscurecía. Tristan se hallaba en su alcoba, sentado en un viejo y mullido sillón, que solía ser su preferido para sentarse a leer, mientras pasaba una a una, con minuciosa lentitud, las páginas de un viejo libro encuadernado en piel negra, que llevaba grabado en soberbias lineas de plata, el escudo de armas de la casa Haddock...

Frente a él; iluminada tan solo por la mortecina luz de las llamas, del casi extinto fuego de la chimenea, colgaba una pesada pintura de la mujer que años atrás fuera su madre. La reina Daphne había muerto quince años antes dándole a luz, y aún ahora le miraba desde la pared, con esos ojos fríos, tan azules y profundos, como las aguas del gélido océano del norte...

Sabía, por lo que lograba escuchar entre la servidumbre; que la reina había sido mientras vivía, una mujer frívola y voluble, un ser inconmovible incapaz de mostrar interés por nadie que no hubiera sido ella misma, al grado incluso, de aceptar su matrimonio con el rey Everard, como algo lógico, debido a su importante condición social, pero nada más...

Sabía, por chismes y habladurías, que su concepción y su nacimiento, habían sido considerados por sus padres, como una de sus tantas obligaciones como monarcas de Arcaibh; como algo necesario para garantizar la continuidad de su linaje; el cual según los nobles caballeros del consejo, se tambaleaba peligrosamente, al recaer sobre los hombros de un enclenque jovencito, que poco o nada sabía de política, que poseía la inteligencia de un caracol, y la valentía de un pollo...

Estaba harto de sentirse despreciado por los miembros de la corte real, que servían a su padre; debido a su juventud y su inexperiencia, además de verse rodeado de un sentimiento de inferioridad, que lo hacía sentirse inútil ante el resto del mundo, llevándolo a soñar día tras día con su tan ansiada libertad...

Pero todo eso estaba a punto de cambiar. Días atrás, su padre había solicitado su presencia en sus aposentos, para darle a su desgraciado muchacho, la primera buena noticia que el pobre chico había escuchado desde que nació. Su padre le permitiría abdicar al trono, y marchar a la academia Hofferson, en busca de cumplir su sueño de convertirse en jinete, como tanto había deseado desde su niñez, y nombraría en su lugar a un sucesor, el cual se ocuparía de deshacer su compromiso de bodas con Lady Tayra...

Si. su padre agonizaba lentamente, y en los últimos días de su existencia, había querido compensarle por los fríos y largos años de soledad y abandono, a los que negligentemente le había condenado; un gesto noble por su parte, si no fuera porque aún sin su consentimiento, el resultado habría sido el mismo...

Al dar la vuelta a una de las páginas del libro, detuvo su atención en la magnífica criatura que éstas le describían; el legendario Furia Gélida, una de las especies más raras, y casi extintas, que la academia Hofferson poseía, aunque sin duda alguna, o así lo creía Tristan, el Furia Gélida era por mucho, la especie más bella y fascinante de cuantas podía haber en el lugar...

Una y mil veces, desde que había puesto sus manos en aquel libro, había leído la información sobre su especie favorita de dragón; maravillándose con cada detalle, dejando volar a su imaginación, y fantaseando con el día en que por fin fuera libre de marchar a la academia, y convertirse en aquello, que siempre había deseado ser...

- Un día ya no podrás seguir congelando mi voluntad, entre éstos cuatro muros, con esa mirada tan despectiva, ¿sabes, madre? - Se burló Tristan, dirigiendo una sonrisa socarrona a la pintura de la reina - Muy pronto seré tan libre como tú jamas te atreviste a intentarlo - Dijo clavando sus ojos grises, en la fría luz de aquella tarde que moría, arrastrando con ella los recuerdos de un pasado que no volvería a agobiarlo jamas...


Mar Adentro...

Atrapados en aquella helada niebla, que bien podría servir de escenario a la más siniestra de las pesadillas; Bocón, Patapez, y los gemelos, comenzaban a evaluar sus posibilidades...

El herrero consideraba, que navegando a ese ritmo, para el amanecer del día siguiente, llegarían a una pequeña isla, situada no muy lejos del punto donde se encontraban en ese momento; donde podrían hacerse de provisiones, descansar, y reanudar el viaje a la mañana después...

Patapez se planteaba seriamente la idea de arrojar a los gemelos al mar, y con algo de suerte, el ingobernable par de calamidades, terminaría preso en las fauces de un hambriento tiburón; librándole así de la obligación impuesta por el vikingo mayor, de vigilar a ese par de impresentables, y evitar que hicieran alguna tontería que entorpeciera la misión de llegar a Mandala lo antes posible...

Sin enbargo, tal fantasía se desmoronaba al recordar a Astrid, y el terrible castigo que la joven vikinga había sufrido, cuando decidió apartar violentamente de su camino, a quien ella consideraba un estorbo...

Brutilda se quejaba a voz en grito del hambre que tenía, mientras que su hermano se dedicaba a molestarla, intentando hacerle sentir envidia del pez que milagrosamente había atrapado con sus propias manos, el cual desechó a la primera mordida, pues al no haber sido cocinado previamente, su carne tenía un sabor verdaderamente desagradable...

- ¡Ja ja ja!, ¡Eres un zoquete! - Se burló Brutilda...

- ¿Si?, ¡pues al menos yo pude atrapar un pez para comer, y tú no tienes nada! - Se defendió Brutacio...

- ¡Cállate! - Le ordenó la joven, tirándole de los cuernos de su casco, con brusquedad...

- ¡No!, ¡tú cállate! - Le atajó Brutacio, tirándole de una de sus trenzas...

- ¡¿Ya quieren estarse quietos los dos?! - Les reprendió Bocón, hartándose de sus pleitos...

- ¡Él empezó! - Acusó Brutilda, señalando inmediatamente a su hermano...

- ¡No es cierto!, ¡ella lo hizo! - Se defendió Brutacio nuevamente...

- ¡Ahhh!, ¡Por todos los dioses! - Se quejó el vikingo, completamente cansado de la situación - ¡Patapez!, ¡No me importa lo que hagas, pero quiero que mantengas a esos dos quietos y callados durante el resto del viaje!, ¿escuchaste bien? - Le ordenó al joven vikingo, antes de regresar su atención al control de la nave, dejando a Patapez con los gemelos al borde de un ataque de nervios...


Entre Amigas...

Lo primero que hizo Astrid, al abrir los ojos aquella mañana, fue admirar el bellísimo anillo de plata, que Hipo le había dado una semana antes, y que ahora resplandecía sobre su mano izquierda, mientras lo giraba releyendo una y otra vez, la promesa grabada en runas vikingas¨Desde Siempre, Para Siempre, Por Toda la Eternidad¨, lo cual, como era de esperarse, no consiguió pasar inadvertido para Heather, que conocía cada intimo detalle de la vida de su mejor amiga, y supo al instante lo que sucedía...

- ¿Y ese anillo?...

- Me lo dio Hipo, ¿verdad que es precioso?...

- No es un anillo cualquiera...

- No, Heather...es...un anillo... de compromiso...

- ¡¿Te Ofreció Matrimonio?!...

- Lo dices como si fuera algo malo...

- No lo haría, si supiera de sus intenciones hacia a ti...

- Él me ama, Heather...y yo a él...

- ¿Estás segura?...¿qué tal si busca otra cosa?...

- ¿Y qué podría buscar alguien que ha pagado una fortuna, por una esclava enferma, que de poco o nada puede servirle, y luego se desvive cuidándola, mimándola, malcriándola, tratándola más como a una reina, que como a una simple sierva?...si solo quisiera reclamar su derecho sobre mi, lo habría hecho, sin tener que molestarse para ello en pedirme que me convirtiera en su esposa...¿no lo crees, Heather?...

- No lo sé, Astrid...¿estás segura de que quieres hacer esto? - Preguntó Heather a su amiga con preocupación - Después de todo...¿qué tanto sabes sobre él?...

- Estás exagerando, Heather - Respondió Astrid, acariciando su anillo - Se todo lo que necesito saber sobre Hipo...además...crecimos juntos, ¿lo olvidas?...

- Si, y si mal no recuerdo, dijiste que lo odiabas...

- Creía que así era...pero...ahora que hemos pasado más tiempo juntos, me doy cuenta, de que lo único que realmente deseaba, era ganar la aprobación de mis padres, y demostrar frente a toda la tribu, que podía ser tan buena, o aún mejor que mis hermanos...y no iba a lograrlo nunca, si caminaba por la aldea en compañía de un chico como él...por eso me empeñaba tanto en insultarlo, en humillarlo, en alejarlo, en hacerle comprender que ni volviendo a nacer conseguiría estar a mi altura...irónico...porque al final resulta, que soy yo la que jamas conseguirá estar a su nivel...

- Astrid... - La llamó Heather, al ver la sombra de tristeza que opacaba la mirada celeste de su amiga - No vuelvas a decir eso jamas...tú eres lo bastante buena para cualquier hombre, sin importar que tan poderoso, atractivo, rico, o inteligente sea, ¿me has entendido?, incluso mejor que la celosa y malcriada hermana menor de Lord Duncan...y si en verdad quieres convertirte en la esposa de Sir Haddock...entonces te apoyaré si es tu decisión...

- Gracias... - Le sonrió Astrid, recuperando los ánimos...

- No es nada, amiga...ahora hay que darnos prisa, hace un rato que Gladys nos avisó que el desayuno estaba listo, ¡y ni siquiera te has vestido! - Le apresuró Heather, mientras sonreía a su amiga con cariño...


Tayra...

- Entonces...a ésto te referías, ¿verdad? - Dijo la joven, mientras dejaba caer sobre la borrosa superficie del agua, una más de las tantas lágrimas que había derramado, desde que recibió la amarga noticia del compromiso oficial de matrimonio de Hipo, con esa intrusa...

- En verdad lo siento, Tayra - Trató Lígia inútilmente de consolarla - Miranna te lo dijo miles de veces, pero tú jamas escuchaste...te empeñaste en robar aquello que ni siquiera le pertenecía a Hipo, sino a ella...Hipo le entregó su corazón a Astrid, mucho antes de saber que tenía uno, Tayra...te advertimos que un día el mar la traería hasta aquí, para reclamar ese corazón que tantas veces trataste de arrebatarle...pero tú no quisiste escuchar...ahora sin importar cuanto duela, debes enfrentarlo, cariño...

- Pero yo lo quiero...¿ella puede decir lo mismo, Lígia?...

- Eso, y más, Tayra...Astrid siempre ha estado enamorada de Hipo...no fue capaz de admitirlo antes, porque la educación y costumbres de su pueblo, la instaban a buscar a alguien completamente distinto a él, obligándola a esconder sus verdaderos sentimientos, hasta de si misma...yo habría preferido ocultártelo, porque no deseaba que sufrieras más de lo irremediablemente necesario...pero es la verdad - Le confesó la sirena, con la mayor delicadeza - ...Ya no llores, cariño...encontrarás tu destino un buen día; tan lejos y tan cerca de Hipo, que te asombrará la pequeñez de tu mundo, cuando te encuentres con aquel que robará literalmente tu corazón...

- ¡Eso Jamas! - Sentenció la joven, poniéndose de pie de forma repentina - ¡Escaparé lejos de Arcaibh, antes que aceptar convertirme en la esposa del príncipe Tristan!...

- Bueno... - Sonrió maliciosamente la sirena - Yo nunca dije que se trataba del príncipe - Canturreó Lígia, antes de saltar al agua, perdiéndose de prisa en las profundidades...

- ¡Lígia! - La llamó Tayra, tan pronto como comprendió el significado de aquellas palabras - ¡Regresa aquí!, ¡Lígia! - Le exigió la joven una vez más, pero el débil susurro de las olas, fue lo único que recibió como respuesta...


Obsequios...

Con el correr de los días, Astrid se sentía cada vez más cómoda viviendo en la mansión Haddock. Era raro al principio escuchar a cada sirviente y alumno de su prometido, dirigirse a ella como¨Milady¨, pero luego de unos pocos días, tan pronto como hubo asimilado el hecho de hallarse comprometida con el vikingo, terminó por decidir que le gustaba...

Era extraño, pero agradable, saber que todos en la mansión, desde su prometido, hasta el más insignificante de sus esclavos, vivían atentos incluso a la más trivial de sus necesidades. Gladys se levantaba temprano cada mañana, para recoger algunas de sus flores favoritas, las cuales ponía en su habitación, para que alegraran el lugar, y perfumaran el aire con su fragancia. Cordelia preparaba siempre algo especial, procurando hacerle disfrutar de cada platillo, en cada comida. Hazel, una joven esclava que su prometido había comprado a capricho suyo, una tarde mientras paseaban juntos por el puerto, cepillaba su cabello todas las noches, con tanto esmero y devoción, que la hacía sentirse especial, querida, en paz. Alec procuraba que cada chimenea en la mansión se mantuviera encendida; había escuchado en historias contadas por su propio amo, sobre los inviernos en Berk, por lo que siempre intentaba brindar a su señora un clima bastante más acogedor, y así evitar que otra vez enfermara. Vika le confeccionó una cálida y encantadora capa de lana, que la mantenía abrigada durante sus tardes de entrenamiento con Tormenta. Todos y cada uno se las ingeniaba para consentirla, y cubrirla de atenciones; sin embargo, había en la mansión un esclavo, que no recordaba haber visto anteriormente, el cual permanecía incluso más atento que los demás, observándola entre los árboles, durante las tardes de entrenamiento con su amiga. Había intentado acercarse para hablarle en un par de ocasiones, pero al llegar al sitio donde lo había visto, este desaparecía sin dejar rastro. Esto solía inquietarla un poco al principio, pero con el paso de los días, decidió que lo mejor sería dejar de pensar en ese esclavo tan extraño, y concentrarse en los preparativos para su boda con Hipo, de quien cada día se enamoraba más y más...

La noticia del compromiso de matrimonio de Sir Haddock, se esparció por todo Arcaibh, con gran rapidez. Desde señores, hasta los chismosos en la taberna de cada pueblo, sentían curiosidad por la dama que finalmente había logrado conquistar el corazón del inalcanzable caballero de Duncan...

Lord MacGregor, había enviado un precioso vestido confeccionado del más fino terciopelo rojo que había en sus tierras, como obsequio de bodas para la joven afortunada. Lord MacAndrews le ordenó a su herrero, que moldeara la más bella y valiosa gargantilla de plata y esmeraldas, que jamás se hubiera visto, para enviar con tan magnífica joya, sus más sinceras felicitaciones a la misteriosa joven que había conseguido lo que todo Arcaibh creía imposible. Lord MacKinnon decidió halagar a la joven prometida de Sir Haddock, obsequiándole una antigua reliquia familiar; una invaluable tiara de oro, con un diamante solitario en el centro, que había pertenecido a su linaje, durante seiscientos años, antes de ser entregada como regalo, a la futura esposa del vikingo. Lord MacLane le ofreció un fino brazalete de rubíes. Lord Carmichael, un par de peinetas de plata y zafiros, para adornar su cabello. Sin embargo, el obsequio de bodas más bello y valioso de cuantos recibió, llegó una noche hasta la mansión Haddock, en las manos de una joven de pálida piel y negros cabellos, quien decía ser una ninfa marina, enviada por orden de la reina Ankhiara, para ofrecer a Lady Astrid la más hermosa joya que el reino submarino poseía; un bello collar, hecho de alguna especie de extraño metal, que resplandecía sobre su pecho, cual pálido brillo de estrellas...

- Mi señora me envía - Explicó la joven - Desea dicha y prosperidad a la joven pareja, y ofrece un pequeño presente a la novia - Dijo inclinándose en suave reverencia frente a Astrid, a la vez que levantaba ambas manos, ofreciéndole el pequeño cofre tallado en coral que sostenía en ellas...

- Gracias... - Respondió Astrid, aceptando con timidez el obsequio que la joven le ofrecía, maravillándose ante la delicada belleza con la cual éste había sido creado - Por favor lleva mi agradecimiento hasta su majestad...es en verdad muy hermoso...

- Así lo haré - Le aseguró la joven - A la reina le complacerá saber que su obsequio ha sido del agrado de Milady - Le confió antes de retirarse y regresar a su hogar...

Astrid se quedó admirando la gran belleza y perfección de aquella alhaja. Era uno de los pocos aspectos que conllevaba la planeación de su boda, aparte de ver como Tayra se envenenaba con sus propios celos, que verdaderamente disfrutaba. Con delicadeza lo desprendió de su pecho, y lo devolvió al cofre que lo contenía, para luego sonreírle tiernamente a su prometido...

- ¿Estás contenta? - Le preguntó el vikingo, acariciando su mejilla...

- ¡Mucho! - Respondió la joven, antes de correr a sus brazos, y capturar sus labios en un beso impulsivo y descuidado - ¿Cuanto más falta para nuestra boda? - Se quejó emitiendo un infantil gemido de impaciencia...

- Le dijiste a Lord Malcom, que estabas de acuerdo en esperar todo un mes - Respondió sonriendo el vikingo, realmente satisfecho de saberse más que solo deseado por su prometida - Además necesitamos ese tiempo para prepararlo todo para nuestra boda, ¿no lo crees, mi amor?...

- Aún así, desearía poder casarme contigo, mañana mismo - Le expresó robándole un beso más...

- Lo sé mi vida, también yo...


Tormenta...

Uno a uno, los días pasaban, sin que hubiera en la academia más novedades, aparte de los constantes enfrentamientos entre Tayra y Astrid, los cuales terminaban casi siempre, con los fuertes brazos de Hipo conteniendo el bravo temperamento de su prometida, mientras llamaba la atención a Tayra por insistir en sus provocaciones...

- Tayra, por enésima vez, Astrid no está molestando a nadie. Yo le pedí que trabajara con Tormenta, para buscar la manera de ayudarla - Le aclaró Hipo a la joven, armándose de paciencia...

- Hipo... - Se quejaba la joven con voz cansina - Si en casi diez años de trabajar con ella, veinte entrenadores expertos, no han conseguido ayudar a Tormenta, dudo bastante que una chica torpe, de burdas costumbres, logre algo en unas cuantas semanas; además, está distrayendo a los estudiantes, y hace demasiado ruido, ella...

- Astrid no es torpe - Le cortó el vikingo - Y es tan educada como cualquiera en la fortaleza Duncan, así que te pediré por favor, que no le faltes al respeto; en cuanto a los estudiantes...tienes la suficiente experiencia, para saber como mantener su atención en tu clase, ¿no lo crees?...

Astrid sonreía con suficiencia, robaba un beso a los labios de su prometido, y le dejaba marchar, para luego volverse y disfrutar de la cómica imagen de Tayra siendo consumida por los celos; tal vez en otras circunstancias, la hubiera comprendido, habría sentido lástima por la situación de la joven, y haría un esfuerzo por consecuentarla; pero después de que deliberadamente la enviara a morir en manos de las tres arpías que habitaban en lo profundo del bosque negro, la chica no le inspiraba ni un poco de simpatía...

- ¡Disfrútalo mientras puedas, Hofferson! - Le previno Tayra, mirándola con desprecio - ¡Un día Hipo verá a la desagradable, vulgar, molesta, e insufrible criatura que eres en realidad, y será entonces mi turno de sonreír, y burlarme de tu suerte!...

- ¿De verdad? - Preguntó Astrid esbozando una mueca de falsa preocupación - Entonces sugiero que busques la mejor silla en todo Arcaibh, y te pongas cómoda, porque si esperas de pie, vas a morir de cansancio - Le advirtió a Tayra, antes de dar media vuelta y continuar con el entrenamiento de Tormenta...

- (Un día me las pagarás, Maldita Salvaje...) - Pensó Tayra furiosa de celos - (No olvides que quien ríe al último, ríe mejor)...


La semana faltante para celebrar la boda de Lord Malcom y Lady Yvaine, transcurrió con celeridad; lo cual dejaba a Astrid con un millón de cosas por hacer, y muy poco tiempo para ocuparse de ellas; comenzando por el delicado y romántico vestido de seda blanca, que debía probarse dos veces por semana, en el cual la señora Colville había estado trabajando, tan pronto se había hecho oficial el compromiso de bodas entre la joven dama y Sir Haddock; quien se encontraba igual, o más atareado aún que su prometida; hasta las largas e interminables tardes de prácticas en la academia, en las que intentaba en vano convencer a Tormenta, de que su miedo a volar, solo estaba en la mente, y que debía liberarse de él, antes de poder levantar el vuelo una vez más...

- ¡Por Odín, Tormenta!, ¡No está tan alto!, ¡Solo es el tejado de la cabaña de Harald!, ¡Tú solías alcanzar alturas mil veces mayores que ésta! - Le reprendía exasperada la joven...

- (¡Es sencillo para ti decirlo!, ¡Tú no eres quien se romperá el cuello, si no funciona!)...

- (¡Nadder Obstinada!) - Pensó la joven, perdiendo la paciencia - ¡No vas a romperte el cuello!, ¡Y claro que funcionará!, ¡Ahora salta! - Exigió poniendo los brazos en jarra, mientras daba un fuerte pisotón en el suelo...

Tormenta obedeció, lentamente abrió las alas, disponiéndose a abandonar el tejado de la cabaña del anciano, pero justo cuando estaba a punto de levantar el vuelo...

La horrible imagen del rostro de Dagur, mostrando su escalofriante sonrisa, apareció frente a ella, recordándole cuan peligroso era volar tan cerca de aquellos demonios de apariencia humana. Tormenta trastabilló, perdiendo el equilibrio, mientras batía inútilmente las alas, luchando por no caer al vacío, pero fue en vano. Había golpeado el piso con un ruido sordo, aterrizando a los pies de Astrid...

- (Te lo dije...) - Se quejó la Nadder, con un gruñido molesto, y un gesto resentido...

- ¿Así que eso es todo?, ¿solo te darás por vencida, y ya?...

- (¡¿Qué más quieres de mi, Astrid?!, ¡Lo he intentado un millón de veces!, ¡Y No Funciona!)...

¨No Funciona¨, Estas palabras taladraron los oídos de Astrid, como si fueran la peor de las ofensas, haciéndola palidecer de rabia e indignación. Caminó hasta Tormenta, y sujetó su cabeza obligándole a mirarla directamente a los ojos...

- Quiero que le demuestres a Dagur, que no es otra cosa, más que un humano demente - Le pidió Astrid, endureciendo su voz - ¡Quiero que recuerdes siempre, que hace falta más que una espada afilada, para doblegar a tu raza, y obligarla a permanecer atada al suelo, para siempre!, ¡Quiero que les demuestres a todos, Quien eres tú, Tormenta!...

Al escuchar sus palabras, Tormenta se levantó lentamente del suelo, clavando su aguda mirada sobre la joven. Astrid tenía razón; ella descendía de una raza imponente y orgullosa, no debía ser un humano el que le atara las alas a la espalda, y le obligara a permanecer en tierra firme, para siempre. En silencio caminó de vuelta hacia la cabaña del anciano jardinero, y poco a poco trepó hasta llegar al tejado - (A la cuenta de tres) - Dijo sonriendo a la joven, antes de intentarlo una vez más...


Para Siempre...

La tarde de aquel sábado; difícilmente había en todo Mandala, un lugar que no estuviera adornado con cintas y flores blancas, expresando de aquel modo la gran alegría que causaba a todos, la boda del joven señor de aquella región. El altar revestido de flores, y el gran salón donde se daría el magnífico baile de celebración, se hallaban ya listos, esperando tan solo que diera principio la ceremonia; mientras que poco a poco, el lugar se iba llenando con el eco de las voces de los invitados, que ataviados con sus mejores galas, conversaban entre ellos, mientras disfrutaban de la música y el exquisito banquete, aguardando la llegada de la novia al gran salón...

En un rincón, Lord Malcom paseaba nervioso de un lado a otro, como si de un Susurro Mortal enjaulado se tratara, logrando que Pyros, su dragón, un orgulloso Devastador Zafiro que permanecía sentado junto a Fiona, Keelia, Zephyro, y Chimuelo, comenzara a marearse a causa del perturbado paseo de su jinete...

- (¿Cuantas vueltas más creen que dará, antes de desmayarse?) - Preguntó Keelia a sus amigos, mientras observaba al joven Laird, ir y venir de un extremo al otro del gran salón...

- (Es el día en que mostrará su pareja al resto de los humanos que viven en la isla, ¿qué esperabas?) - Le recordó Pyros, intentando ocultar la creciente preocupación que el estado de su jinete le estaba ocasionando...

- (¡Ahhh!, ¡ya no lo soporto!) - Se quejó Chimuelo con fastidio - (¡Si sigo mirando, terminaré tan mareado, que devolveré mi desayuno!)...

- (¡¿En Serio?!) - Preguntaron sus amigos con emoción...

- (¡Chicos!) - Reprendió el Furia Nocturna, la reacción tan infantil de sus camaradas - (¡Háganme un favor, y concéntrense!, tenemos que hacer algo para lograr que se quede quieto en un solo lugar, ¡así que piensen!)...

- (¿Y si le saltamos encima?) - Propuso Keelia, ganándose una mirada de reproche por parte de sus amigos...

- (¿Qué desayunaste, Keelia?, ¿ensalada de hojas de Mandrágora Escarlata, por casualidad?) - Le preguntó Fiona, mirándole como si fuera un bicho raro...

- (Claro que no) - Se defendió Keelia - (Si lo hiciera, no diría otra cosa más que tonterías) - Explicó recordando la sustancia obtenida de dicha planta, que los humanos en la academia utilizaban para inmovilizar a los dragones, cada vez que Anabelle debía curarlos, o administrarles alguna infusión o remedio necesarios para recuperar su salud; ellos simplemente humedecían un pañuelo con jugo de Mandrágora Escarlata, y lo ponían en la nariz del pobre desafortunado que llegaba a precisar las atenciones de Anabelle, y ¡adiós mundo cruel!, no podían moverse, ni emitir sonido alguno, pero permanecían conscientes todo el tiempo, percibiendo todo cuanto ocurría a su alrededor...

- (Tal vez si bebiera un poco de esa cosa roja que tanto le agrada a los humanos) - Sugirió Zephyro - (Ian la bebe siempre, cuando está contento o preocupado por algo)...

- (Eso funcionaría si pudiéramos hablar con él, o por lo menos lograr que nos prestara atención, pero creo que está tan nervioso, que no notaría que estamos aquí, ni aún si lleváramos a cabo la tonta propuesta de Keelia) - Se preocupó Pyros...

- (Tal vez si algún otro humano se acercara a él para tranquilizarlo) - Aportó Fiona, mirando al joven Laird con recelo...

- (¡Eso es!) - Saltó Chimuelo, corriendo a escurrirse entre los invitados, sin dar a sus amigos ninguna explicación, para regresar minutos más tarde arrastrando a su jinete con él...

- ¡Espera, amigo!...Chimuelo, ¿qué sucede?... - Se quejaba el vikingo, mientras era llevado por su amigo, hasta Lord Malcom...

- (¡Habla con él, o Lady Yvaine se casará con un hombre inconsciente!)...

- ¿Te refieres a Lord Malcom?, ¿es eso, amigo? - Le preguntó el vikingo, interpretando la serie de gruñidos y gestos que el dragón empleaba al tratar de comunicarse con él...

- Quiere que trates de tranquilizarlo - Confirmó Astrid, apareciendo detrás de su prometido - Está preocupado por él...teme que pueda perder la consciencia, antes de desposar a su prometida...

- (¡Hipo es capaz de comprenderme sin ayuda!, tú solo desaparece, niña tonta) - Le gruñó el Furia Nocturna, mostrando sus filosos dientes...

- (Astrid no irá a ninguna parte, Chimuelo) - Le desafió Tormenta, enfrentando al dragón en defensa de su amiga - (Y si tanto te molesta su presencia, entonces vuelve a reunirte con tus amigos)...

- (Eso haré, y tú deberías hacer lo mismo, Tormenta) - Le aconsejó Chimuelo, mirando de reojo a Astrid - (Ya te lo dije, ella no es de fiar)...

- (Correré el riesgo) - Respondió Tormenta, sanjando de tal modo aquella incómoda conversación...

- (Como quieras) - Le devolvió Chimuelo, antes de dar media vuelta para ir a reunirse con el resto de los dragones...

- Lo siento por eso - Se disculpó el vikingo con su prometida - Creo que solo está un poco celoso de ti...

- No... yo lo siento...Chimuelo estaba acostumbrado a tener parte de tu atención y cariño, antes de mi llegada...y sin querer yo termine robándole un poco de los mismos...

- Tú no le robaste nada que no te perteneciera desde antes - Le confesó el vikingo, acariciando su mejilla - Aprenderá a quererte, igual que todos...pero tendremos que ser pacientes...¿estarás bien si te dejo sola un momento?...

- No me quedaré sola, tengo a Tormenta - Sonrió la joven, acariciando las alas de su amiga - Tal vez no consiga volar aún, pero es bastante capaz si se trata de protegerme...

- De acuerdo, tan solo quédense aquí, y no se muevan...yo regresaré en un momento - Prometió el vikingo robando un beso a los labios de su prometida...

- Está bien - Convino la joven, sonriendo a su prometido con ternura...

Ambas le observaron caminar en dirección al sitio donde se encontraba Lord Malcom, quien pareció recuperar aquella habitual confianza en si mismo, bajo la influencia de las amables palabras de animo de su mejor amigo, el cual irónicamente, se hallaba a pocas semanas de enfrentarse a esa misma situación...

Lady Yvaine llegó unos cuantos minutos después, aún más bella y elegante de lo que su prometido recordaba, vistiendo un hermoso vestido blanco, y llevando entre sus manos un ramo de lilis y blancas florecillas de brezo, adornaba sus rojos cabellos una corona de azahares, y lucía sobre su pecho una gota de diamante, que Lord Malcom le había dado como regalo de bodas, el primero de los muchos presentes que recibiría de él, al convertirse en su esposa. La ceremonia transcurrió bella, memorable, y sin contratiempos. Chimuelo, Keelia, Chispas, Remy, el pequeño Terror Terrible de la pequeña Charlotte, y hasta la propia Bonnie, se abstuvieron de hacer travesuras, Tayra y Nerea, se mantuvieron a una distancia prudente de Astrid, intentando no armar un solo escándalo; e incluso Helio consiguió milagrosamente, dominar sus celos, y su tendencia a lanzar incisivos comentarios, dirigidos a Hipo, y a cualquiera que se encontrara cerca de él. Contrario a lo que se esperaba, Lord Malcom recitó sus votos a la perfección, sin titubeos, ni la más leve señal del nerviosismo del que había sido victima, momentos antes; y así, una vez declarados marido y mujer, se dispusieron a compartir con su pueblo, la gran alegría de su unión, abriendo las puertas de la fortaleza Duncan, a los invitados al gran baile de celebración...

- ¿Le ofrezco más vino Milady? - Preguntó uno de los sirvientes a Astrid, que reía divertida de los chistes que Ian les estaba contando...

- No, gracias - Respondió la joven entre risas - Creo que ya bebí suficiente...

- ¡Oh, vamos, Astrid!, ¡es una boda!, ¡se supone que los invitados beban a la salud de los novios! - Bromeó Arianna, mientras alzaba su copa...

- Si, Ari tiene razón - Le animó Ian - En ocasiones como ésta, Tayra y Nerea beben hasta de los floreros; una copa más de vino, no va a hacerte ningún daño - Se mofó el joven, arrancando más risas a sus amigos...

- ¿Te sientes mareada, Milady? - Preguntó el vikingo, acariciando los cabellos dorados de su prometida...

- No es nada, mi amor, creo que solo necesito un poco de aire fresco - Respondió la joven, reposando su cabeza contra el pecho de su prometido...

- Tal vez sea hora de que vayamos a casa, para que descanses - Le sugirió el vikingo besando su frente, para después despedirse de sus amigos, y retirarse de la fiesta con su prometida...


Una vez que Tormenta, Keelia, y Chimuelo, se hubieron reunido en la entrada de la fortaleza, Hipo y Astrid se acercaron hacia los recién casados, para agradecer la invitación, y despedirse, deseándoles dicha y prosperidad en su matrimonio, antes de regresar a la mansión Haddock, su hogar - No sabes como agradezco que me hayas brindado el placer de tu compañía, y más tratándose de una ocasión tan especial, como ésta, querido amigo - Confesó el joven Laird, despidiéndose con un fuerte abrazo del vikingo - A ti, y a tu hermosa prometida, por supuesto...

- Ha sido un honor, mi señor - Correspondió Hipo - Pero ahora debemos regresar a casa, para que mi preciosa dama, pueda descansar...

- Comprendo - Concedió Lord Malcom - Vengan a visitarnos otro día, será agradable saludarlos otra vez...

- Con gusto, Milord - Accedió el vikingo, para después retirarse de la fortaleza...


La noche era fría, y en el aire podía percibirse la sutil insinuación de la llegada del otoño. Astrid se amarró con fuerza a la cintura de su prometido, buscando la protectora calidez de sus brazos, la cual no le fue difícil encontrar; era tan agradable poder refugiarse ahí, cuando trataba de escapar del frío, o de cualquier cosa que le atemorizara, sin escuchar ningún otro sonido, mas que el suave y cadencioso latir de su corazón, tanto, que su ausencia realmente dolía, cada vez que alguna importante misión, lo arrancaba de su lado, reclamando su presencia fuera de Mandala...

- ¿Estás dormida, Milady? - Preguntó Hipo, estrechándola más cerca de su pecho...

- No - Respondió Astrid, acariciando con sus labios, la pequeña porción de piel, que quedaba expuesta en el cuello del vikingo - Es extraño - Confesó con una pequeña risa - Pero a pesar de haber bebido más de la cuenta, no me siento tan indispuesta, como parecía en el castillo Duncan...

- Solo bebiste tres copas, Milady - Rió el vikingo, desestimando la exageración de su prometida...

- ¿En serio?... parecieron más...aún así, me alegra que hayas tomado la decisión de volver a casa...llevaba un buen rato deseando poder encontrarme a solas contigo... - Le confesó intentando esconder el cálido rubor, que se extendió en un segundo, por sus mejillas...

Hipo cerró los ojos, y apretó con fuerza la mandíbula; soportando en silencio el ardiente deseo que había estado reprimiendo desde aquella vez, en la que al pasar frente a la habitación de la joven, donde la puerta se había quedado entreabierta; la vio salir de la tina donde acababa de bañarse, quedando en ese instante hipnotizado ante la pálida belleza de su piel, muriendo de envidia y de celos, de las diminutas gotas de agua que resbalaban libremente y sin pudor por su hermoso cuerpo. "A solas contigo", le había dicho ella - Definitivamente, Milady, no tienes ni la más pálida idea de lo que desatas en mi - Dijo, mientras comenzaban el suave descenso frente a la mansión...


Astrid dormía tranquilamente, hasta que el rugido estremecedor, y la tenebrosa luz del relámpago que iluminó fugazmente su habitación, la hicieron despertarse, completamente exaltada. Durante varios minutos, consideró atravesar los corredores, y bajar corriendo hasta el vestíbulo, para buscar la habitación de Heather, pero ésta se encontraba demasiado lejos, y aquella horrible tormenta que se desató de pronto, le asustaba tanto, que el solo pensarlo, hacía que se le erizara la piel...

"La habitación de Hipo está más cerca"...

Susurró una traviesa vocecilla en su consciencia, trayendo consigo un sinnúmero de ideas poco decentes para una joven de su clase, que de inmediato se colaron en su mente sin permiso - ¡Por todos los dioses! - Se reprendió a si misma, reprobando el aire infantil de su conducta - Es tan solo una tormenta, es ridículo que pienses en salir huyendo como una chiquilla asustada, ¡Vuelve a la cama, Hofferson! - Iba a dar la vuelta, para volver a meterse bajo las mantas, cuando otro rayo, aún más largo que el anterior, estalló con fuerza, llenando su habitación de aquella siniestra luminosidad, mostrándole sombrías formas, en donde no las había...

Un agudo chillido de espanto, abandonó sus labios; y acto seguido, abrió la puerta para escapar hacia la recámara del vikingo, el cual despertó sobresaltado, al escuchar el fuerte azote, con el que la joven cerraba la puerta tras de si - ¿Astrid? - Dijo, sorprendiéndose al ver a su prometida saltando a su cama, para buscar refugio entre sus brazos - Cariño, ¿está todo bien?...

- ¡Es una tormenta! - Lloriqueó ocultando su rostro en el pecho desnudo de su prometido - ¡Detesto las tormentas!...

- Ya veo... - Dijo, mientras reía divertido, estrechándola entre sus brazos, y acariciando su espalda, tratando de hacer que se tranquilizara...

- ¿Crees que...crees...que...podría quedarme...contigo, ésta noche?...

- Ésta, y todas las que tú quieras, Milady - Dijo, besando su frente, antes de reclamar sus labios en un beso suave, lleno de ternura...

Poco a poco, Astrid fue recobrando la calma, sosegada por las cálidas caricias que las manos de su prometido esparcían sobre su cabello y su espalda; y mientras que afuera, la tormenta rugía y se alzaba implacable sobre Mandala, el furioso tronar de rayos y relámpagos, se había reducido tan solo, a un molesto sonido de fondo, que la joven prefería ignorar, si comparaba aquello, con los suaves y confortantes latidos del corazón del vikingo...

Aún así, le había sido imposible volver a conciliar el sueño, por lo que pronto, y casi de manera inconsciente, se encontró buscando algo que le ayudara a sobrellevar lo que por lo visto sería una larga y fastidiosa noche de insomnio. ¿Pero qué puedes hacer cuando no puedes dormir, porque el cielo se está cayendo a pedazos, y la única persona que puede hacerte ignorar esas siniestras sombras que se dibujan en la ventana, está profundamente dormida?...

Una traviesa idea se escurrió de pronto entre sus pensamientos; mientras acariciaba distraídamente los músculos del pecho y el abdomen de su prometido, preguntándose si el resto de su anatomía, sería tan impresionante como aquello que su pequeño ataque de histeria, le había dado la oportunidad de poder observar - ¿Y porqué no? - Susurró de nuevo la bulliciosa voz de su consciencia - Está profundamente dormido...si no ha despertado con todo ese escándalo, mucho menos va a enterarse nunca de lo que le haces...

Lentamente fue desatando el nudo que ceñía el delgado pantalón de lino a las caderas del vikingo; para después, con dedos temblorosos, despojarlo cuidadosamente de aquella prenda, lanzándola hacia cualquier parte de la habitación, antes de armarse del valor suficiente para comenzar su inspección...

Con calma, apreció con lentitud cada detalle de su cuerpo; la dura linea de su mandíbula, el tono de bronce y la textura de su piel, los consistentes músculos de sus brazos, la dureza de su pecho y abdomen, sus fuertes piernas, su complexión delgada, aunque sin duda resistente, resultado de los largos años que había pasado entrenando dragones...hasta que se topó con la parte más interesante de aquel cuerpo tan masculino...

Astrid dejó vagar su mirada, deleitándose con la magnífica imagen del miembro en reposo de su prometido - Si te asombra su tamaño, mientras está dormido, imagina como luce cuando está excitado - Allí estirado en la cama, exhibiendo toda su magnificencia, su cara relajada por el sueño, tenía una apariencia de vulnerabilidad, que la atrajo de un modo irremediable, mientras que muchas de las cosas que le gustaría hacerle a ese hombre, comenzaban a pasear de manera sugerente por su cabeza...

El creciente sonrojo en sus mejillas, le sorprendió momentos después, al darse cuenta de que se había pasado varios minutos mirándolo mientras estaba completamente desnudo, dándose cuenta de lo mucho que le gustaba su cuerpo. Se había quedado ahí, completamente hipnotizada por las perfectas formas del cuerpo de su prometido, que no se percató del momento en el cual el vikingo había despertado, ni de cuanto tiempo hacía que la observaba, en la penumbra de su habitación...

- ¿Ves algo que te guste, Milady? - La sorprendió de pronto el vikingo, haciendo que retrocediera, como una niña asustada, a la que han descubierto en plena travesura...

- ¡No!...yo...yo...bueno...yo...yo estaba...creí que tal vez tendrías "mucho" calor - Se excusó sin éxito la joven, sonrojándose hasta la nuca, mientras que una dulce risa escapaba de los labios del vikingo, que se incorporó tomando una de sus manos, para colocarla sobre su pecho desnudo...

- Te lo agradezco Milady - Le devolvió con voz ronca el vikingo, mientras sembraba con besos húmedos, la suave piel de su garganta - Ahora creo que debo devolverte el "favor" - Anunció aferrando la cintura de la joven, mientras apartaba con suavidad uno de los tirantes del ligero camisón de seda, que apenas si lograba cubrir sus encantos...

Ella gimió, y suspiró enredando sus dedos en el cabello del vikingo - ¿Cu...cual favor? - Preguntó sin darse cuenta de que ella también correspondía a las caricias de su prometido...

- Pues... - Le respondió con una suave risa filtrándose en el tono de su voz - Ya que tú decidiste compensar tu noche de insomnio, despojándome de mi ropa para regalarte la vista, con los pobres atributos de éste humilde vikingo - Dijo, mientras hacía resbalar la suave tela del camisón, descubriendo a su paso las generosas formas del cuerpo de su prometida - Entonces yo también reclamaré un poco de "alegría visual"...

El suave brillo de los agonizantes rescoldos de la chimenea, iluminó el cuerpo desnudo de la joven, en toda su gloria; llevando al vikingo a creer seriamente, que había muerto, e ido directamente al Valhalla. Tan hermosa como imposible era la visión del cuerpo desnudo de la mujer que amaba, que incluso había estado a punto de derramar su semilla, con solo mirarla...

- Tan hermosa - Suspiró acariciando una de sus mejillas - Eres la mujer más hermosa de todas, mi amor...

- Hipo... - Se estremeció la joven, al verse atrapada en el delicioso calor de aquel abrazo, en el que el vikingo la sostenía, sintiendo su femineidad chocando contra el pecho desnudo de su prometido - Yo nunca...nunca antes...había...

- Shhhh... - La tranquilizó acariciando sus labios dulcemente con los suyos - Yo jamas te obligaría a hacer nada que tu no quieras hacer, Milady...aún cuando sería capaz de dar todo lo que tengo por hacerte mía...

Las palabras del vikingo le atravesaron el pecho, dulces, y afiladas como puñales, estudiando en silencio su significado, antes de convencerse a si misma, de que no podría protestar, ni aunque quisiera. Su propio cuerpo, ya no le pertenecía - ¿Obligarte?...¡Como si realmente lo necesitara para recordarte que es dueño de cada parte de tu ser...de cada pensamiento...cada suspiro...como si no prefirieras morir, antes que permitirle a otro, tocarte del modo en que solo él puede hacerlo! - Le recriminó con descaro su consciencia...

- ¿Y si eso es precisamente lo que quiero? - Le provocó acariciando dulcemente con sus labios, el oído de su prometido...

Aquello fue suficiente para que Hipo supiera que no podría mantener el control de la situación, que no podría apartarse de ella con tanta facilidad como había imaginado. ¡Por todos los dioses!, ¡La amaba!, y el no era de piedra, la deseaba, deseaba tomarla, hacerla suya, y moriría si después de todo se veía obligado a dejarla marchar. Con unas cuantas palabras le había confirmado aquello que su cuerpo le decía; que ella lo deseaba tanto como él a ella...

Lentamente, la recostó con delicadeza sobre su lecho, mientras le devoraba los labios en un beso hambriento, y sus manos se arrastraban codiciosas explorando las suaves formas de su cuerpo, intentando convencerse por si solo, de que la hermosa Valkiria que estrechaba tan posesivamente entre sus brazos, era real, y no la bella ilusión con la que el cínico Loki, acostumbraba torturarle en sueños, cada noche...

Astrid acarició el cuerpo desnudo de su hombre, sin recato y sin pudor alguno, grabando su nombre a fuego en cada parte de su ser, marcando al vikingo con cada beso y caricia como suyo. Completamente suyo - ¡A...Astrid! - Gimió el vikingo, al sentir la traviesa mano de su prometida aprisionando su hombría, frotando provocativamente la punta de su miembro contra su húmeda intimidad...

Las placenteras caricias de su novia le fueron arrebatando de a poco la cordura; volviéndolo incapaz de pensar en ninguna otra cosa, a menos que fuera en la dureza de su miembro frotándose deliciosamente contra la carne virgen de su prometida. Oleadas de placer iban y venían, lanzándolo irremediablemente hacia la locura; no iba a poder soportarlo mucho más, podía sentirlo. Con cuidado apartó la mano de la joven, antes de comenzar a hundirse en su cálido interior...

Un agudo gemido de dolor, y las uñas de su amante clavándose desesperadas en su espalda, le indicaron que se encontraba cerca; que había llegado a la fina y delicada barrera, que separaba a la chica, de la mujer, y se preparó a reclamarla como suya. Con un medido empujón, terminó de hundirse completamente dentro de ella - Toma mi mano, Milady - Le ordenó el vikingo - Apriétala bien - Dijo sintiendo la mano de su novia, aferrando la suya con fuerza, regodeándose en el hecho de saber que era él quien tenía la fortuna de reclamar la virginidad de la joven, y no Patán Jorgenson, su primo y eterno rival...

Lentamente, tan pronto como tuvo la certeza de que su cuerpo se había acostumbrado a tenerlo en su interior, Hipo comenzó a embestirla con suavidad, poco a poco, hasta convertir el más mínimo rastro de dolor, en placer, tomándola y entregándose a ella, en medio de aquella salvaje tempestad de pasión desenfrenada...

Atrapó los labios de su prometida, y los besó sin misericordia. ¡Por Odín!, sus venas ardían de deseo. La tenía justo donde quería, con su corazón latiendo desbocado, y sus pezones, duros, rozándole el pecho; y durante unos instantes, le pareció increíble que una mujer tan maravillosa como Astrid, hubiera puesto los ojos en él. Deseaba hundirse en el calor húmedo de su sexo, sin más juegos preliminares, pero se contuvo, acababa de empezar; quería ver la pasión en sus ojos, quería observarla mientras alcanzaba su propia liberación...

Poco a poco aceleró el ritmo de sus acometidas, embriagado y dominado por el calor del cuerpo de su prometida, hasta que finalmente sintió su sexo apretándose deliciosamente alrededor del suyo, y supo que había llegado a su límite. Sus uñas se clavaron con fiereza en su espalda, clamando su derecho y su dominio sobre él, sacando el lado más salvaje y primitivo de su amante, que aferraba su cuerpo en un abrazo posesivo mientras continuaba embistiéndola con una fuerza casi salvaje...

- Te amo, Astrid - Le susurró en el oído, antes de derramarse dentro de ella, inundando su interior con su semilla...

Astrid cerró los ojos, inclinando la cabeza hacia atrás, mientras sus piernas se envolvían con fuerza alrededor de las caderas del vikingo, y su cuerpo se arqueaba, temblando a causa de la violenta sacudida de placer que le recorrió entera, antes de derrumbarse deliciosamente aturdida, entre los brazos de su prometido...

- Yo también te amo, mi amor - Le confesó la joven, con voz entrecortada, mientras intentaba recuperar la respiración...

Hipo la abrazó con fuerza y la hizo acurrucarse sobre su pecho, depositando un casto beso sobre su frente - Intenta descansar, Milady - Le sugirió acariciando su espalda de forma distraída - Mañana será un largo día para los dos, mi amor - Astrid simplemente obedeció; estaba tan felizmente cansada, que no le costaría conciliar el sueño, así se desataran mil tormentas en el exterior, no con los brazos de su amado vikingo, estrechándola tan protectoramente contra su pecho...


"Última Voluntad"...

Habían pasado unos cuantos días, desde aquella implacable tormenta, que irónicamente había sido la causante de la mejor noche de su vida. Astrid se escurría desde entonces, de manera ocasional hasta el dormitorio de su prometido, esperando que aquello se repitiera otra vez; pero el no dejaba de rehusarse,diciendo que no habría una"segunda vez", hasta su noche de bodas, pues ya era demasiado riesgoso dejarla dormir con él en su cama, pues aquello podría convertir a la joven en objeto de chismes y habladurías, aunque eso a Astrid no podría importarle menos...

Faltaba tan solo una semana, y tres días, para celebrar su boda, la cual tendría lugar, tan pronto como su prometido volviera del viaje que haría esa misma mañana. Astrid bajó llevando un entallado vestido de color verde intenso, y su cabello rubio recogido en una hermosa trenza, que caía por encima de su hombro izquierdo; arrancando silenciosos suspiros a cuanto sirviente osaba mirar aquello que sabía de sobra, le pertenecía a su amo...

- Buenos días - Saludó la joven a su prometido, el cual se hallaba en el salón de estar, calificando el desempeño de algunos de sus estudiantes; yendo hasta él para sentarse en su regazo, y depositar un dulce beso sobre sus labios...

- Buenos días, Milady - Sonrió el vikingo, aferrando de inmediato la cintura de la joven entre sus brazos - ¿Has dormido bien?...

- Si... - Le respondió besando su sien, mientras le acariciaba el rostro - Aunque no puedo decir lo mismo de ti, ¿De nuevo has pasado la noche trabajando? - Le preguntó tras notar las leves marcas oscuras bajo sus ojos...

- No sé cuanto tiempo me quedaré en Caledonia - Explicó Hipo, recordando la reciente solicitud de audiencia que había recibido de parte del rey, un par de noches atrás, en la cual les convocaba a él, y a Lord Duncan, a comparecer en su castillo, en una semana - No quiero dejar a Arianna , y a Ian, hasta el cuello de pendientes en la academia, mientras regreso...

- Promete que volverás pronto - Le pidió la joven, acariciando su pecho...

- Tranquila, Milady - Le consoló el vikingo, besando su nariz - Regresaré antes de que tengas tiempo de extrañarme...

- No eres tan rápido, Haddock - Rió Astrid con amargura - Tan solo vuelve a mi, tan pronto como sea posible, ¿de acuerdo?...

- De acuerdo - Prometió capturando sus labios en un beso, mientras deseaba secretamente poder postergar sus obligaciones para después; sin embargo había jurado lealtad ante su rey, y no tenía más opción que responder a su llamado, por lo que a regañadientes, liberó la breve cintura de su amor, de la prisión de sus brazos, y comenzó a prepararse para partir...

- Lamento ésto - Se disculpó la joven sosteniendo el casco de su prometido mientras le veía montar a lomos de Hanna, una hembra de Pesadilla Monstruosa, que Linus, el mayor de los tres hijos de Lord MacGregor, y el mejor de los estudiantes de la clase del vikingo, había tenido que traer de la academia, para que su mentor pudiera volar hasta el castillo del rey, en Caledonia, ya que Chimuelo había elegido precisamente aquel día, para hacer patente su desagrado hacia la pareja de su amigo, escondiéndose Odín sabrá dónde, para lidiar a solas con su enojo...

- Descuida, mi amor, ya volverá a casa cuando le apetezca - La tranquilizó el vikingo restándole importancia al comportamiento de su dragón - Cuando se le haya pasado el coraje...

- Si...pero ésto no habría sucedido, si a mi no se me hubiera ocurrido provocarle hablando frente a él sobre lo mucho que ansío el día de nuestra boda...

- Tranquila, mi amor; Chimuelo puede ser un poco testarudo, pero tarde o temprano acaba por acostumbrarse a lo que sea que le incomode, verás que con el tiempo te aceptará, como una más de las personas a su alrededor...

- Eso espero... - Suspiró la joven, entregándole el casco al vikingo, para después alzarse de puntillas para recibir un último beso de despedida...

- Por favor ten mucho cuidado mientras no estoy - Le pidió con gesto preocupado - Jamas dejes la protección de éstas murallas, sin la compañía de Heather y Edmund, si tienes que ir más allá de la plaza, pide a Arianna y a Ian que te acompañen, no te arriesgues a ir tú sola más allá de...

- ¡Hipo! - Le interrumpió la joven, besando sorpresivamente sus labios - No te preocupes tanto por mi, amor, voy a estar bien...anda vete ya...cuanto más pronto te marches, más pronto regresarás...

- Te veré en unos cuantos días, Milady - Se despidió de su novia, acariciando su mejilla con ternura - ¿Me extrañarás, amor?...

- Cada instante, hasta que vuelvas - Respondió la joven, antes de verle desaparecer entre las nubes, a lomos del Pesadilla Monstruosa...


Como cada mañana, de las dos últimas semanas; Bonnie y Lottie, no tardaron en aparecer en los jardines de la mansión. Se habían enterado de que Tormenta, tenía una nueva entrenadora, que posiblemente lograría convencerla de volar de nuevo, la cual curiosamente, resultaba ser la prometida de Hipo, y desde entonces merodeaban cerca del sitio que ambas amigas utilizaban para llevar a cabo el entrenamiento, hasta el día en que finalmente Astrid las descubrió...

Con el consentimiento de la joven; las dos pequeñas y sus dragones, permanecían en el jardín observando el entrenamiento de Tormenta, fascinadas con el modo en que Astrid parecía comunicarse realmente con el dragón, y los evidentes progresos que juntas habían obtenido, como resultado del arduo trabajo y entrenamiento. Tormenta aún no era capaz de alzarse sobre las nubes como los otros dragones, pero ya era capaz de planear muy cerca de las copas de los árboles, y era tan solo cuestión de tiempo, para que llegara a volar tan alto, como lo hacían los demás...

- ¡Astrid! - Gritó Lottie a modo de saludo, mientras corría con los bracitos abiertos, para abrazarse a la cintura de la joven...

- Hola, nena - Le devolvió el saludo a la niña, mientras colocaba un pequeño mechón de cabellos rojos detrás de la oreja de la pequeña...

- ¡Hola, Astrid! - Saludó Bonnie, un segundo después, mientras depositaba en el suelo una gran cesta, llena de algo que hizo que Tormenta se acercara para olfatear con algo más que solo curiosidad...

- Hola, Bonnie...¿qué llevas ahí, pequeña?...

- Hipo dijo que los Nadder suelen volar mejor cuando se alimentan de ciertas cosas, así que le trajimos un poco de pollo a Tormenta...¿quien sabe?...tal vez con ésto se anime a volar derecho hasta las nubes - Explicó la pequeña encogiéndose de hombros...

- ¿Que dices, Tormenta?, ¿te apetecería cambiar un poco el menú?...

- (¿Porqué no?) - Respondió el Nadder, hundiendo el rostro en la cesta, para disfrutar del delicioso almuerzo que las pequeñas habían traído para ella...

La idea de alimentar a Tormenta con pollo, había resultado mejor de lo que la propia Astrid, había imaginado. Poco a poco, con el transcurso de los días, el dragón iba ganando altura, durante sus sesiones de vuelo, y ya casi no demostraba el temor que le amedrentaba, y le mantenía en tierra al principio - Sonríes como si supieras algo que nosotras no, Astrid - Le reprochó Bonnie, sonriendo con suspicacia...

- Tan solo quiero ver la cara de Chimuelo, cuando vea que gané la apuesta...

- Tú...¿le hiciste una apuesta a Chimuelo? - Preguntó la niña con extrañeza...

- Créeme, nena...te sorprenderías de todo lo que puede ser capaz, ese bribón escamoso - Respondió Astrid sin apartar la mirada de su amiga, que continuaba allá arriba, sobrevolando los jardines de la mansión...


Por otro lado, las cosas para Hipo, desde el día de su llegada al castillo del rey, no habían sido precisamente un motivo de celebración; aunque cada señor y caballero convocado a aquella importante reunión del consejo de su majestad, parecía creer todo lo contrario. Finalmente el rey había decidido; y frente a todo el consejo, anunció la dimisión de su hijo al trono, y su deseo de coronar a Sir Haddock, como el alto príncipe de Arcaibh, y su futuro rey, decisión con la cual todos se habían mostrado realmente de acuerdo...excepto Lord MacIntyre...

- Si lo que su majestad deseaba, era suceder la corona, bien pudo elegir a alguien mejor, y mucho más preparado para llevar la corona de Arcaibh - Se quejaba Lord MacIntyre, a voz en grito...

- ¿Usted lo cree, Milord? - Preguntó Lord MacKinnon con gesto burlón...

- ¡Pues claro! - Respondió airado Lord MacIntyre - Alguien con más clase, una mejor posición, y más...

- ¡Más necio, codicioso, y arrogante que los demás! - Se mofó Linus MacGregor - Sin embargo el resto de los caballeros del consejo han mostrado su aprobación, a la decisión tomada por su majestad; y lastimosamente, Milord, el rey no ha visto en usted, un sucesor digno de la corona de Arcaibh...

- ¡¿Pero como te atreves, muchacho?! - Le reclamó Lord MacIntyre...

- ¡Basta ya, MacIntyre! - Bramó Lord MacAndrews - El joven MacGregor, habla con una sabiduría mayor que su edad; solo un hombre honesto, prudente, sabio, y justo, es digno de suceder a su majestad, como el heredero de la corona de Arcaibh...y el único que muestra entre nosotros dichas cualidades, es curiosamente ese joven, quien dentro de poco se convertirá en nuestro nuevo rey...¡Por su alteza!, ¡el alto príncipe de Arcaibh! - Brindó Lord MacAndrews, alzando su copa en honor del joven vikingo - ¡Por Hipo!...

- ¡Por Hipo! - Le secundaron todos en el gran salón...


Mientras tanto, Hipo se hallaba en el enorme patio de entrenamiento, a punto de hacerle otro foso al castillo, con su incesante ir y venir, de un lado a otro; mientras se preguntaba, ¿como es que había terminado atrapado en aquella situación. ¿Él?, ¿rey de Arcaibh?. ¡Se había marchado de Berk por su evidente falta de aptitudes para el puesto!; si no era capaz de gobernar a una pequeña tribu, ¿como esperaban que reinara sobre toda una nación?...

- ¿Nervioso? - Le preguntó Lord Duncan, parado a sus espaldas...

- ¡Mi señor!, le ruego me disculpe, no le he escuchado llegar...

- Hipo... - Sonrió Lord Malcom con indulgencia - Hace tiempo que insisto en que me llames por mi nombre...creo que éste es un buen momento, para dejar a un lado las formalidades, y hablar como los buenos amigos que siempre hemos sido...vamos, amigo...dime que es lo que te preocupa...

- Es...¡Todo Ésto!, mi señ...Malcom - Se corrigió el vikingo, al ver la mirada de reproche que su amigo le dedicaba - ¡No me siento preparado para ésto!, ¡No me siento capaz de hacer ésto!...¿y...si fracaso?...

- No lo harás - Le aseguró Lord Malcom, posando su mano sobre el hombro del vikingo en señal de apoyo - Eres un hombre maduro, Hipo, prudente y sagaz. Ante todos era el rey Everard, quien gobernaba Arcaibh, pero eran tus sabios consejos, los que le guiaban, y mantenían a ésta tierra en pie...todos estamos satisfechos con el plebiscito de su alteza, porque sabemos que sin importar cuales sean las decisiones que tomes, siempre será lo mejor para Arcaibh...el rey ha hecho la elección correcta...¿y tú, amigo?...¿que es lo que eliges?...¿demostrarás de que estás hecho?, ¿o dejarás el destino de Arcaibh, a carroñeros, y usurpadores? - Le retó el joven Laird, sabiendo de antemano la respuesta...

- Lo haré... - Respondió el vikingo - cumpliré con mi deber...con Arcaibh...con Mandala...con todos ustedes...

- Así se habla, amigo mio...ahora trata de calmarte; la coronación tendrá lugar al anochecer, y a la mañana siguiente...regresaremos a casa...

- Y será ahí dónde me quedaré, ¿sabes?...

- ¿De que hablas?...

- He visto y recorrido todas las tierras de Arcaibh, desde hace años...y entre todas ellas, ninguna me parece tan bella, ni tan llena de vida como Mandala...no se qué es lo que sucederá de ahora en adelante, pero sé que rey o no, jamas conseguirán apartarme del sitio al que considero mi hogar...

- Bueno... - Rió divertido Lord Malcom - Serás el rey, puedes vivir donde se te pegue tu real gana; sin embargo creo que, pensando en la seguridad de tu futura reina, deberías añadirle algunas mejoras a tu palacio, mi amigo...

- ¡Astrid!...

- Con tantos líos, olvidaste pensar en su papel en todo ésto, ¿verdad?...

- ¿Como tomará ella, éstas nuevas noticias?...

- Conociendo a tu dama, seguro que lo tomará con más calma, y serenidad de la que piensas, amigo...

- Si... - Suspiró ostensiblemente el vikingo - Supongo que es parte de lo que hizo que me enamorara de ella...Aún más bella que la propia luna...y casi tan fuerte, como el mismo Thor...

- Ahh, ya veo, ¡te gustan fuertes, aunque te peguen! - Le bromeó el joven Laird a su amigo...

- ¡Bah!, ¡Cállate ya!... mejor entremos, antes de que vengan a buscarnos...

- Como su alteza lo ordene...

- Malcom...

- Será mejor que te acostumbres, querido amigo, escucharás a todos dirigirse a ti, con la misma formalidad, de ahora en adelante...

- Lo sé... - Respondió abrumado el vikingo - Aunque eso no lo vuelve más sencillo, para mi - Confesó entrando de vuelta al castillo en compañía de su amigo, para enfrentarse a la última voluntad del rey...