Nota de autora: Más sexo. Debo dejar de escribir estos capítulos tan largos...
Recuerden que nada de esto me lo saco de la manga y que para todo hay una razón, que van conociendo capítulo a capítulo. En mi mente tenía una nota de autor más larga, siempre me pasa esto...
Capítulo X: La paciencia es una virtud. O tal vez no.
El sudor recorría mi rostro, en una línea casi perfecta. Gruesas gotas resbalaban por todo mi cuerpo, en un vano intento de aplacar el calor que este emanaba. Me froté la frente con el dorso de la mano, aunque de poco sirvió.
— ¿Cómo es que aún después de haber estada alejada de la pista de atletismo, sigues dándonos una paliza cada que vienes?
Mary me imitaba, secándose el sudor con el dorso de la mano.
—No puedo creer que sean ustedes quienes vayan a representarnos en las nacionales. Son una vergüenza.
El resto del equipo frunció el gesto.
—Cállate, Abadeer. —me espetó ella. Era obvio que no estaba de humor para mis burlas. —Yo también llegaría a la meta con dos zancadas si tuviera las piernas tan largas como las tuyas.
—Una vez más, ¿sí? Y a lo mejor esta vez logran seguirme el ritmo. —dije rascándome la sien con el pulgar. Llevaba un tiempo sin haberme aparecido en las prácticas del equipo, y sin embargo seguía sintiéndome excelente. Me sentía de buen humor, pero este se tambaleó un poco cuando volteé y vi a dos personas pasear por el pasto con paso tranquilo y relajado.
Reconocí de inmediato el tono rosáceo de su cabello y el corazón me dio un vuelco. No esperaba verla sino hasta el lunes, y ahí estaba ella, paseando por los campos de entrenamiento un sábado por la mañana. Entonces noté que su acompañante era un chico.
Entorné los ojos para observarlos mejor… ¿iba ella tomada de su brazo? Así parecía ser.
—Yo… eh… creo que deberíamos tomarnos cinco. —balbuceé, tratando de que el equipo no notara a dónde se dirigía mi mirada, inútilmente. Ellas miraron hacia el mismo lugar que yo y cuando volvieron su vista hacia mí, portaban sendas sonrisas maliciosas en el rostro. —Paren ya.
—No hemos dicho nada. —dijo Mary alzando las manos en gesto de inocencia.
Solté un resoplido, puse los ojos en blanco y me fui corriendo hacia ellos.
—Hey. —dije cuando estuve frente a ella. Estaba jadeando copiosamente. No pretendía sonar molesta, pero creo que me delaté.
Bonnie parecía un poco incómoda.
—Hola. Pensé que habías dejado el equipo de atletismo.
—Sólo por un tiempo, pero estoy de vuelta.
— ¿Irás a las nacionales?
—No lo creo. Yo ya he hecho mi parte en años anteriores. Sólo estoy ayudándoles a entrenar, para que sepan a qué nivel se enfrentarán. Bueno, tal vez vaya en calidad de suplente.
—Entiendo. Ojalá yo pudiera hacer lo mismo, pero no quiero dañar la moral del equipo.
Me quedé ahí frente a ella, con los brazos en jarras, cuando el tipo junto a ella carraspeó. Volteé a verlo con el ceño tan fruncido que la cabeza comenzaba a martillarme. Era rubio y bien parecido, y al verlo de cerca noté que tenía un gran parecido a Bonnibel.
— ¡Ah! Lo siento. Marceline, te presento a mi hermano, Gustav.
Su hermano. Claro. Ahora recordaba que Bonnibel tenía un hermano gemelo que estudiaba fuera y que había llegado el día que la encontré empapada. El futuro heredero de Candy Kingdom.
—Gustav Prince, encantado. —dijo mientras me tendía la mano y me daba una sonrisa de comercial.
— ¡Ah! Ya veo. Así que este es tu hermano. —dije y entonces me relajé. Le estreché la mano. —Marceline Abadeer.
—Es mi último día aquí, así que le he pedido a Bonnie que paseáramos por el campo de su escuela. —tenía una expresión muy rara en el rostro, que lo hacía lucir como un bobo.
—Ya veo. Bueno, no hay mucho que ver, salvo gente sudada corriendo por doquier. —De verdad, ¿quién querría venir a ver a gente empapada en sudor y quemándose bajo el sol? Qué tipo tan extraño. Volví a centrar mi atención en Bonnie. —Te vi pasar y… vine porque recordé que esta semana tengo un examen de Historia, así que…
Y ahí estaba, inventándome un pretexto para volver a estar a solas con ella. Me reprendí mentalmente por sonar tan desesperada. Era obvio que notaría mis intenciones.
Para mí sorpresa, si las notó, me siguió el juego.
— ¿Cuándo estás libre?
—Cuando tú me digas. —le dije deprisa, sin creer mi suerte. —No he hecho planes para esta semana.
—Podría ser el martes. O el lunes, si esperas a que termine mi práctica de natación.
—No hay problema. —volteé a ver hacia la pista de atletismo. Era mejor retirarme antes de darle tiempo de cambiar de opinión. —Creo que debería volver. Ya estamos por terminar.
Ya estaba: ahora tenía otra oportunidad para estar con Bonnibel. Sentí un vacío en el estómago al pensar en esto y no pude evitar sonreír como idiota. Regresé junto al equipo y estaba tan emocionada que seguí corriendo y corriendo hasta que resollaba como un perro. La perspectiva del lunes me exaltaba.
El lunes siguiente apenas si presté atención en clases. Si compartía horario con Bonnibel, gastaba el tiempo en voltearla a ver de reojo de rato en rato. Ella estaba muy esmerada en tomar notas y responder las preguntas hechas en clase. De vez en cuanto cruzaba palabra con Lord, y reían juntas por lo bajo.
Apenas si pude contenerme en la última hora. Tamborileaba con los dedos y movía los pies, impaciente. Cuando sonó el timbre, salí disparada como bólido hacia la puerta. Seguro que Bonnibel estaba preparándose ya para entrar al agua. Cuando llegué a la piscina, su práctica ya había comenzado y tomé asiento en las gradas. Me plisé la falda y me arreglé el corbatín, estirándome las mangas del saco para tratar de deshacer alguna arruga. Me sentí tonta por fijarme en estos pequeños detalles, pero ayudaban a calmarme; pensaba en Bonnie y en el aspecto impecable que siempre ofrecía.
Suspiré. No, Marceline, recuerda que luce perfecta, pero no lo es. Deja de pensar esas tonterías.
Apoyé senté encorvada, con gesto aburrido. A diferencia del equipo de atletismo, el equipo de natación estaba en su mejor momento: era el último año de Bonnibel y ni esta, ni sus compañeros de último año, daban cuartel a los novatos del equipo. Fruncí el ceño; no me cabía en la cabeza que el señor Prince tuviese a una líder natural en casa y no lo notara por darle preferencia a un chico que más bien parecía material para una pasarela de modas.
Un ruido de agua salpicando me hizo voltear de nuevo. Unas chicas nadaban, veloces como saetas, mientras Bonnie y otras chicas avanzadas del equipo estaban de pie junto al entrenador, conversando. Todos asentían en gesto de aprobación y lucían satisfechos. Yo la observé a ella y sonreí. Era fácilmente reconocible; aunque tenía el cabello recogido en el gorro de baño, sus ojos refulgían como zafiros al sol y su dentadura perfecta los acompañaba cuando reía. Luego me fijé en sus labios. Esos labios ligeramente abultados que probé dos veces. Me sorprendí al sentir calor en mis mejillas: estaba sonrojada.
Sacudí la cabeza, riendo. Volteé de nuevo a verla y vi que escuchaba instrucciones de su entrenador. Noté como el agua le hacía brillar y observé su cuerpo.
Aparté la vista. No me convenía seguir por ese camino, en absoluto. Me froté un poco los ojos y suspiré. Me quedé sentada así durante un rato, e incluso me permití relajarme un poco en mi asiento. Tan cómoda estaba que me sobresalté al escuchar que alguien me hablaba.
—Hola.
Abrí los ojos y me froté la cara. Bonnibel estaba frente a mí, con una toalla envuelta en torno a su delicada figura. Ya no tenía el gorro de baño y me daba una leve sonrisa.
Miré alrededor. Su equipo se había dispersado… ¿tanto tiempo me quedé con los ojos cerrados?
Me enderecé en mi asiento, azorada.
—Hola, ¿has terminado ya?
—Sí, fue una buena práctica. —sonaba agotada, pero feliz. —Sólo he venido a avisarte que no tardaré mucho, iré a cambiarme enseguida. A menos que quieras meterte otra vez en el vestidor mientras estoy desnuda.
Me quedé estupefacta al escucharla y ella resopló, riendo. Sus ojos chispeaban y noté un dejo de molestia en su voz. Seguro que todavía no me lo perdonaba.
—Es broma. —y de repente se puso seria. —Ni siquiera se te ocurra.
De seguro mi expresión era cómica. Sentí como enrojecí hasta las orejas y comencé a farfullar.
—Y-yo… acerca de esa ocasión, de verdad, quiero que sepas que… yo… de verdad, lo siento…
Bonnie negó con la cabeza, pero vi que no dejaba de sonreír con timidez.
—Está bien, ya pasó. Confío en que no lo harás.
— ¡Por supuesto que no! Yo…
—Está bien. —repitió. —Volveré enseguida.
Dio media vuelta y fue hacia las regaderas con paso apresurado. Yo sólo me quedé en mi asiento y hundí la cara en las manos, inspirando profundamente. Tenía tantos deseos de regresar el tiempo y deshacer la estúpida acción que cometí ese día, pero ya estaba hecho. Al menos ya no parecía tan enojada por eso, aunque si había sacado el tema a colación era porque aún lo tenía bien presente.
"Pues claro que lo tiene presente, Marceline. Una no va por la vida siendo acosada en el vestidor de la escuela."
Me di un par de palmaditas en la cara, tratando de calmar el calor que emanaba de esta. Miré hacia un lado, en dirección a la máquina expendedora que estaba en la esquina, junto a la puerta de acceso. Me puse de pie y fui hacia ella, sacando monedas de mi bolsillo. Compré un refresco sabor a fresa para mí, y después de pensarlo, un zumo de frutas para Bonnie. Ni siquiera sabía qué bebidas le gustaban, pero esperaba haber acertado. Para cuando ella regresó, llevaba la mochila al hombro y le tendí la lata.
—Gracias.
— ¿Te gusta ese sabor?
Ella le dio un traguito y me miró por el rabillo del ojo.
—Has acertado.
Le sonreí y caminamos en silencio en dirección a la biblioteca.
Un rato después, me encontraba escribiendo esmeradamente un ensayo para la clase de historia. Bonnie me hacía algunas correcciones por aquí y por allá, pero elogiándome por mi buen trabajo. Al parecer no era tan mala en esto del estudio, o algo así me estaba dando a entender.
Llevaba ya un rato escribiendo sin que ella hiciera observaciones, mientras buscaba alguna referencia en los libros que tenía ante mí. El silencio se había apoderado del entorno –sí, estábamos en la biblioteca, pero era demasiado silencio incluso para aquel lugar –así que decidí romperlo.
—Bonnibel, yo… acerca de la otra noche…
—No. —murmuró. Y se me encogió el estómago. Por supuesto que ella no quería hablar del tema y con seguridad quería olvidarlo. —No ahora.
Alcé una ceja ante esto último. "No ahora"… ¿significaba eso que hablaríamos de ello después, en otro lugar?
Pareció adivinar mis dudas, porque suspiró y se presionó el puente de la nariz con los dedos índice y pulgar.
—Yo también he pensado en ello, pero no creo que debamos conversarlo en este preciso momento. Yo hablaré del tema cuando me parezca pertinente, ¿sí?
Asentí. Volví a fijar mi atención en el ensayo frente a mí. Seguí garabateando unas cuantas palabras más y Bonnie volvió a lo suyo.
Pero claro: nunca hablamos del tema. Y de seguro ella también lo recordó cuando todo cruzó el punto sin retorno.
—Lo último lo dije solo para molestarte. Quería ver si por lo menos así me hacías caso. Discúlpame, no era en serio. Pero de verdad, quiero hablar contigo. Dime qué hice mal. El brazo y la cabeza ya están bien, por cierto.
Pulsé el pequeño teléfono rojo en la pantalla de mi celular, y apreté los ojos con fuerza. Era el sexto mensaje de voz que le dejaba a Bonnibel, y me sonrojaba al recordar lo que le había dicho en el quinto.
Me miré al espejo. Me alcé el flequillo para ver cómo lucía el golpe en mi cabeza. No estaba tan mal. El brazo era otra historia, pero al menos iba recuperándose de manera satisfactoria. Me apoyé por un segundo en el lavamanos, tratando de tranquilizarme.
— ¿Vienes, o qué?
Di un respingo. Había olvidado que ella estaba aquí.
—Sí, ya voy.
Salí y miré a Ash, quien seguía tendida en mi cama. La miré atentamente unos segundos y esto la hizo sonreír.
— ¿Se te olvidaba como luzco?
Solté una risita. En realidad, la comparaba con Bonnibel. Una de las peores cosas que podía hacerle a ambas, aun cuando fuese en silencio.
En definitiva, Ash tenía un cuerpo para morirse. Tenía busto grande de rubia, y un buen trasero de chica deportista. Me gustaba su cabello platinado y el tono ligeramente tostado de su piel. Por su parte, Bonnie tenía la piel blanca de alguien que permanece encerrado por mucho tiempo, pero siempre conservando el mismo color vivo en sus labios y mejillas. No tenía las mismas formas tan pronunciadas de Ash, pero definitivamente era más atractiva, en general. O al menos lo era para mí.
—Ven aquí. —alzó sus brazos hacia mí y obedecí. —Otra vez estás tensa.
—Te doy mucho trabajo, ¿verdad?
Me sonrió con malicia antes de retomarlo donde nos habíamos quedado.
La gente corría de aquí para allá y nosotras aprovechábamos el segundo en que nos dejaron solas, para ponernos al día. Keila era mi alma gemela y si alguien podía decirme algo útil, era ella.
—Digo, no es que yo sea la más indicada para decirte que no tengas sexo sin sentido con una rubia tonta, pero es obvio que ni siquiera tú estás a gusto con la situación. Tal parece que la única que se lo está pasando bomba, es ella.
Tomé un sorbo de mi café. Me escaldó la lengua, pero no me importó.
—Parte de mí se siente culpable. —externé, diciendo aquello que no le podía decir a cualquiera.
—Y no entiendo por qué. —respondió ella encogiéndose de hombros.
Había sido un día movido: primero, la prueba de lo que íbamos a vestir en la subasta, seguido de un poco de acción en el estudio. Había una actuación en puerta y debíamos estar preparados. Bongo y Guy habían salido a fumar un rato, cosa que yo detestaba y preferí quedarme dentro con Keila.
— ¿Crees que Bonnibel se enojaría?
—Por supuesto que sí. —respondió ella despreocupadamente. —Deberías usar eso a tu favor, ¿sabes? Arrinconarla. No debería ser problema para ti.
—Te sorprendería ver lo escurridiza que es.
—Estará ahí, ¿cierto? En la subasta, quiero decir.
Suspiré y seguí tomando mi café hirviente.
—Estará ahí. Junto con su novio y probablemente todos sus amigos.
—Excelente.
Alcé una ceja.
— ¿Qué tiene eso de 'excelente'?
—Podrías estudiar un poco a tu competencia, para variar.
Bufé.
— ¿Estudiar a mi competencia? ¿De qué hablas? Ya conozco al tipo.
—Sí, pero ahora los verás en su papel de pareja feliz. Quién sabe, a lo mejor no están tan bien como crees y te das cuenta esa noche.
—Como si fuera a hacer algo. —respondí tomando una barra de chocolate.
—Ese es el problema. —respondió ella arrebatándomela de las manos y dándole un mordisco. —Deberías hacer algo en vez de solo mirar.
— ¿Te refieres a meterme entre una pareja estable para conseguir mis fines egoístas?
Keila se encogió de hombros.
—Bueno, no tan así, pero al menos sabrías si ella también te corresponde. No puede ser que seas tú la única que pierde el sueño con todo esto.
— ¿Y para qué quiero saber eso?
—Así podrías decidir entre no hacer nada… o hacer algo que no hayas hecho la primera vez.
Me quedé con la mirada perdida hacia el frente, mientras digería lo que Keila me decía. Ella suspiró con hastío, como si hubiera estado hablando con una niña tonta. Tal vez en cierta forma así era.
—Marcy, han pasado once años. Sí, sé que Bonnibel debe ser un poco… cerrada. Pero una segunda oportunidad es algo que poca gente obtiene en la vida.
— ¿Y eso significa…? —pregunté alzando una ceja.
—Podría ser que ella se lamente por haberte rechazado hace años. Ahora que estás de vuelta en su vida, podría ser diferente.
—No me rechazó, y eso fue peor. —respondí rápidamente después de soltar un suspiro cansado.
Keila rio, incrédula.
— ¡Tuviste sexo con ella! ¿En qué mundo eso es peor que ser rechazado?
—En un mundo en el que soy lo suficientemente estúpida como para enamorarme de ella.
Se quedó callada. Yo tenía los labios apretados. Ella me apretó el hombro en gesto condescendiente y me sentí como la persona más tonta.
—Estoy asqueada, pero Hunson cree que deberías volver a cenar con nosotros un día de estos.
Le solté eso, sin más, en medio de una de nuestras sesiones de estudio. Más o menos se habían vuelto periódicas, y me sentía mucho más relajada a su lado hasta que Hunson soltó el comentario de que debía invitarla a cenar de nuevo. Entonces recordé lo que pasó la última vez y sentí la expectativa crecer en mi interior. Ella sólo entrecerró los ojos, dubitativa.
— ¿Acaso estoy más cerca de convertirme en la señora Abadeer?
—Ya quisieras. Aunque quién sabe, a lo mejor a Hunson le ponen las colegialas y yo apenas me vengo a enterar.
Bonnibel apoyó el mentón en su mano, con expresión soñadora. Debió notar mi expresión de asco, porque enseguida se puso seria y me dijo:
—Qué te pasa, estoy bromeando.
Puse los ojos en blanco y resistí la tentación de ahorcarla.
—Me agrada tu padre. Pero tal vez debería ser equitativa, e invitarte un día de estos a mi casa.
Yo estaba tan sorprendida que de seguro mis cejas desaparecieron bajo mi flequillo.
—Pues sí. —repuse. —Tal vez deberías.
Lo que no esperaba, era que precisamente al día siguiente, Bonnibel me recibiera con gesto solemne fuera de la biblioteca, donde se supone que continuaríamos estudiando.
—Hoy vamos a comer en mi casa.
— ¿Eh? ¿Es en serio? ¿No vamos a estudiar?
—Podemos estudiar ahí.
—Pero… Hunson no…
—Ya le he llamado por ti. Parecía encantado, a decir verdad.
Bonnibel caminó hacia el estacionamiento, donde mi SUV estaba aparcada. La miré con gesto incrédulo, pero la seguí.
— ¿Es una broma? —pregunté mientras abría la portezuela.
—Si no quieres ir, solo dilo.
—Es sólo que suena tan irreal. — entonces, hice mi mejor invitación de un heraldo mientras encendía el vehículo. — "La Princesa Bonnibel Bubblegum tiene el honor de invitarle a un real festín en su palacio…"
—Cállate ya. —dándome un manotazo después de abrocharse el cinturón de seguridad, pero se estaba riendo. Me henchí de orgullo por dentro. Me gustaba molestarla, pero hacerla reír me daba el doble de satisfacción.
Llevaba un rato manejando, mientras tamborileaba con los dedos al ritmo de una canción de Placebo.
— ¿Sabes? Me siento nerviosa. —admití. —Y en desventaja, debo decir.
— ¿A qué te refieres?
—Esto es prácticamente una encerrona. Ni siquiera me has dado tiempo para ir a casa a cambiarme, o algo.
—Por favor. —respondió poniendo los ojos en blanco. —Mi hermano clama que eres la futura madre de sus hijos, y te conoció sudando.
Eso me tomó por sorpresa. Sonreí con malicia, ya estaba lista para molestarla un poco.
— ¿Ah sí? ¿Eso dice? Parece que terminaremos siendo familia de una forma u otra, Bon.
— ¿Quieres hacerle realidad ese deseo? —se encogió de hombros. —Por mí está bien, aunque eso significaría tener que verte en navidad, acción de gracias y todas las festividades.
—Mejor para ti, me verías mucho entonces. —respondí en tono juguetón.
—Qué mal que ya estamos por terminar las clases. —dijo después de suspirar melodramáticamente. —Así le diría al señor Abadeer que te mandara a un internado, o algo.
— ¿'El señor Abadeer'? —dije reprimiendo una risa, que Bonnibel notó y volvió a darme un manotazo. —Ni siquiera puedes decir su nombre de pila.
—Algunas personas tenemos educación, Marceline. —me dijo ella en tono amable y correctivo, como si hablara con una niña malcriada, y yo sólo pude reírme muy fuerte.
El señor Prince era un hombre de aspecto bonachón, de modales remilgados, y tan rubio que verlo directamente por mucho tiempo me daba dolor de cabeza, porque era como ver al sol. No dejó de sonreírme durante el transcurso del almuerzo, y se mostró muy sorprendido cuando le comenté que no pensaba hacerme cargo de la compañía de mi padre.
—Papá, —intervino Bonnibel. Se veía mucho más tímida que de costumbre. —Marcy quiere dedicarse a la música, como su madre.
El señor Prince abrió los ojos de manera cómica.
— ¿Es eso cierto?
—Bueno… sí. Ese es el plan.
— ¿Y está tu padre de acuerdo?
—Bueno, no está en contra, pero no le encanta la idea, ¿sabe?
—Puedo imaginarlo, sí. La música es… —entrecerró los ojos, tratando de encontrar manera de expresarse. —Bueno, no es algo seguro, ¿sí? Pero tienes talento natural en la sangre.
—Le he dicho que tú y mutti eran grandes admiradores de su madre.
Esta vez, el señor Prince se sonrojó y sonrió incómodamente.
—Sí… quería decirlo pero… no me pareció un tema apropiado.
Yo le lancé una sonrisa despreocupada.
—Siempre es bueno recordar que mi madre era una artista muy admirada.
—Bueno, si he de hablar del tema… —sus facciones se relajaron —Era una de mis intérpretes favoritas. Cada vez que estrenaba una obra era una lucha encarnizada por conseguir los mejores asientos.
Sonrió, pero no de manera amable y correcta como había hecho en toda la noche, sino de manera sincera. Yo también sonreí, porque vi que Bonnibel y su padre eran similares en muchas formas.
—Recuerdo cuando estrenó Mushroom Wars… vaya. Eso sí que fue un espectáculo. Me sentía como un niño pequeño de nuevo. Cuando terminó, la madre de Bonnibel y yo estuvimos de acuerdo en que seguramente no veríamos algo así en mucho tiempo. —de repente se veía triste. —Y así fue.
Ahí estaba de nuevo esa sensación. La sensación de pérdida, pero en el rostro de alguien más. Y me sentí triste por el señor Prince. Pero él borró esa expresión y volvió a su sonrisa amable y ensayada. Otra de sus similitudes con Bonnibel.
Volvió a hablarme de cualquier tema, y mientras más veía al padre de Bonnie, más me preguntaba cómo lucía su madre. Aparte del cabello rubio, no veía que fueran demasiado parecidos físicamente. Al final, Bonnibel anunció que debíamos estudiar ya, así que me despedí de la manera más educada que pude.
—Me llamaste Marcy. —le dije con una sonrisa y sentí un calor agradable en las mejillas. —Hace un rato.
Ella frunció la cara en gesto confundido.
— ¿Y eso qué tiene de raro?
—Nunca me habías dicho así. Casi nadie lo hace, en realidad.
—Bueno, después de un tiempo se hace cansado decir 'Marceline', pero puedo parar si te molesta.
—No, así está bien. —le dije con sinceridad. —Es sólo que no lo esperaba.
Comenzó a subir por las amplias escaleras y la seguí, quedándome un par de escalones detrás. Por un momento pensé en alzar la vista de manera "inocente" para echar un vistazo, ya que su falda quedaba algo corta. Me había comportado bastante bien por mucho tiempo, después de todo. Pero cuando reaccioné, ya estábamos frente a su puerta. Cuando volteé a verla, noté que tenía las orejas rojas y parecía bastante azorada. Yo traté de disimular mi sonrisa al recordar la última vez que estuve frente a esta misma puerta.
—Veo que ya arreglaron tu puerta. —dije después de un silencio incómodo.
—Sí, la necesitaba para ver porno sin que me interrumpan. —me respondió poniendo los ojos en blanco.
—Oye, no te interrumpí. Me marché en silencio para dejar que continuaras con tu momento especial del día.
Frunció la boca hacia un lado, y pensé que comenzaría a salirle vapor por las orejas de tan roja que tenía la cara, pero abrió la puerta y entré. Miré a mi alrededor y lo primero que vi, además de la computadora con un enorme monitor, fue la gran cantidad de libros prolijamente acomodados en estanterías y otros más sobre la mesa.
—Papá siempre está usando el estudio, así que mejor me traje todos los libros que necesito. —dijo, encogiéndose de hombros. Entonces, entró en algo que me gusta llamar "modo Bonnibel" y se sentó y sacó sus libros, indicándome con un gesto que tomara asiento a su lado. Yo obedecí, pues después de tantas sesiones de estudio, había aprendido por las malas que lo mejor era no llevarle la contraria cuando estaba en ese plan.
— ¿En serio? —le pregunté tomando un libro que vi en la mesa, separado de los demás, como si hubiese sido leído hacía poco. — ¿Necesitabas tener a la mano Diario de una pasión?
Ella me lo quitó de las manos tan rápido que pareció un movimiento de artes marciales. Se había vuelto a sonrojar.
—A veces necesito leer algo ligero para poderme dormir. —me dijo a modo de explicación y yo solo sonreí, pero ella decidió ignorarme.
Tal vez, si hubiera tenido una tutora como Bonnibel desde un inicio, no tendría tan malas notas. Una vez que te acostumbrabas a su aire de superioridad, era muy amable y se hacía evidente que le gustaba ayudar. Creo que lo más difícil era percibir el aroma de su perfume y poderse concentrar al mismo tiempo.
Cerré el libro de golpe y me estiré un poco. A mi lado, Bonnie lucía complacida.
—No es que quiera librarme de ti, pero creo que has estado bastante bien. Dentro de nada, los exámenes y trabajos finales serán pan comido para ti.
— ¿De qué hablas? Sin ti, seguro que vuelvo a necesitar un tutor.
— ¿A tan poco tiempo del fin de curso? Lo dudo.
Yo seguía reclinada en la silla.
— ¿Significa eso que ya no te veré?
—Supongo que me verás. En la escuela, por los pasillos y tal vez en el comedor. —dijo ella tratando de fingir indiferencia, pero había aprendido a leer algunas de sus expresiones.
Apoyé mi mejilla en una de mis manos y la observé fijamente.
Ella guardaba sus libros con calma, mientras yo la seguía observando. Comencé a guardar mis cosas también y hubo silencio, pero no uno incómodo. Estaba nerviosa y noté que a ella le temblaba la mano en la que sostenía un pesado libro de química que estaba por acomodar en el estante más alto.
Me puse de pie enseguida. Ella seguía parada de puntitas, y yo acomodé el libro con facilidad. La mirada que me dio fue mitad curiosa, mitad alarmada al ver que estaba tan cerca de ella.
—G-gracias.
Y tenía razón en estar alarmada, porque la miré fijamente, con la mano aún sobre el lomo del libro. Si Bonnibel no quería hablar acerca de lo que pasaba entre nosotras cada que estábamos solas, que así fuera. Tal vez, precisamente eso debíamos hacer. No hablar.
Sin darle tiempo de reaccionar, la abracé por la cintura, pero si la tomé por sorpresa, lo disimuló bien. Creo que en realidad ya sabía lo que iba a pasar, pues solo dio un respingo. Me quedé en esa posición, con su cuerpo haciendo contacto con el mío, dándole tiempo para negarse si así lo deseaba.
Ella puso una de sus manos sobre mi hombro, con timidez y cerró los ojos antes de que me atreviera a besarla. Inspiró profundamente antes de que comenzara a besarla con brío, estrechándola aún más contra mí. Me gustaba sentir su calor, y ella metió sus manos en mi cabello, erizándome la piel. Después de unos segundos, se apartó de mí, y me miró como si me estudiara. Tenía los ojos muy abiertos y por un momento vi miedo, pero entonces fue ella quien me atrajo hacia sí, y esta vez mordisqueó mi labio inferior. Suspiré y perdí la lucha que estaba manteniendo conmigo misma, cuando mi mente se plagó de imágenes de ella nadando, o de cómo se veía cuando fue a cenar a mi casa, o de aquel beso que le di en la enfermería…
Y no era la única. Si Bonnibel estaba teniendo una lucha interna también, la perdió, pues sus manos dejaron mi cabello para comenzar a tirarme del saco. Captando la orden implícita, me lo quité y ella comenzó a desabotonarme la blusa. Sentí ganas de hacer algún comentario mordaz, pero era mejor no tentar mi suerte. Bonnie me estaba desnudando. Era algo totalmente irreal.
Me quedé totalmente quieta mientras ella me deslizaba la blusa por los hombros y quedó tendida en el suelo. Me observó una vez… seguía estudiándome. Por primera vez en mi vida, me sentía cohibida ante alguien. No era como si hubiera tenido mucho sexo a esas alturas, pero estaba lejos de ser primeriza, y aun así sentía como si lo fuera. Tímidamente, recorrió mi abdomen con la yema de los dedos y comencé a temblar, conteniéndome. Debía dejarla tener el control.
Cerró los ojos y me dio un solo beso en la clavícula. Fue un beso superficial, pero se quedó ahí unos segundos mientras sus manos acariciaban mis costados y cerré los ojos con fuerza. Tenía tantas ganas de desnudarla en el acto y dejar de controlarme. Todo este tiempo había controlado incluso mis miradas –una verdadera injusticia hacia su belleza –y ya no podía soportarlo. Fue como si todo lo que había reprimido, estuviera luchando por salir de golpe.
Cuando creí que me volvería loca, comenzó a bajar, sin dejar de hacer contacto con mi piel en ningún momento. Mis manos estaban aferradas al estante.
La sentí bajar la cremallera de mi falda y cuando esta se unió a la creciente pila de ropa que había sido descartada, sus manos recorrieron mis piernas. Yo no me atrevía a mirarla, pues no quería ver su expresión. Y a ella no parecía importarle. Me recorrió con las manos, dejando un calor abrasador donde quiera que estuvieran.
Ahora tenía las manos en mi espalda, quitándome el sujetador y una vez que lo hizo, la tomé de las muñecas y la besé de manera mucho más agresiva que antes, pero ella se zafó y se quitó el saco propio.
A partir de ahí, todo fue muy rápido. La desvestí a como pude, mientras ella acariciaba mi espalda e iba tocándola mientras lo hacía. Se aferró a mi cuello, como si estuviese a punto de caer y solté un improperio cuando uno de sus muslos hizo presión en mi entrepierna. Apreté con fuerza sus glúteos, instándola a continuar, y ella gimió. El movimiento continuó por algún tiempo hasta que tuve un orgasmo. Entonces ella se quedó muy quieta, pero cuando comenzó a moverse de nuevo, la abracé para que no se alejara.
No iba a dejar que ese momento pasara. De inmediato bajé mi mano hasta que sentí su humedad y su mano se cerró tan fuerte en torno a mi hombro que sentí dolor, pero daba igual. Dijo algo ininteligible que seguramente era alemán, y seguí. Vi que cerró los ojos y su pelvis comenzó a moverse al ritmo de mi mano. Una de las suyas me acarició los senos y su boca besaba mi cuello. Aún había timidez en ella y eso me hizo excitar aún más. La sentí cerca del clímax y casi lo alcanzo yo también al ver sus reacciones.
Al verla jadeante, con los ojos entrecerrados, temblorosa y desorientada, resolví que eso no iba a para ahí, en ese momento. Debía seguir. No podía saber si Bonnibel se arrepentiría después de eso (seguramente así sería) y por tanto debía extender cada segundo que estuviera con ella. Era un despertar violento e instantáneo.
—Ven. —le tomé la mano con suavidad y ella se dejó guiar. Se recostó sobre la cama y evitó mi mirada. —Mírame.
Le tomé el rostro y le hice mirarme. Estaba muy equivocada si pensaba que esto sería así.
Para mi sorpresa ella me besó y se colocó encima de mí, revirtiendo la posición. Me estremecí y comencé a revolverme cuando fue descendiendo más y más.
—No, espe… oh, Glob. —no me dio tiempo de terminar. Su boca ya había llegado a donde quería. Quería decirle que no tenía que hacer eso si no quería, aunque, ¿a quién quería engañar? Yo lo deseaba. —Oh, Glob…
No le fue tan fácil. Me moví mucho y mantenerme en mi lugar le estaba costando.
— ¿Q-qué fue eso? —dije sentándome abruptamente, cuando todo lo que sentía que era placer con anterioridad, había quedado en segundo plano.
— ¿Qué cosa?
— ¡Eso! ¡Lo que acabas de hacer!
Entornó los ojos, confundida.
—Sexo oral. Creo que así se llama.
La miré como si no pudiera creerlo.
—Ya sabes, hay muchas terminaciones nerviosas ahí, ¿no? O algo así. Glob, Marceline, tal vez también deba darte clases de biología.
— ¿Te estás burlando de mí?
—Casi siempre eres tú quien se burla de mí, así que no debería extrañarte.
— ¿Cómo es que haces eso tan bien? —demandé saber.
—Mi familia vende golosinas. —respondió como si fuera lo más obvio del planeta. — ¿Crees que los caramelos se comen solos?
—Por Glob, es como si tu lengua hubiera estado entrenando toda la vida. —un nuevo pensamiento me asaltó. — ¿Esta no es la primera vez, cierto?
—Bueno… no. —respondió con timidez. Se bajó de la cama y comenzó a buscar su ropa. Me reprendí por haber hablado, pero no me cabía en la cabeza que Bonnibel tuviera tanta habilidad. —Quiero decir, es la primera vez que lo hago con una mujer pero…
Dejó el resto de la frase en el aire. Yo también me levanté y comencé a vestirme. Ninguna de las dos dijo palabra, aunque por dentro me moría por hacerle tantas preguntas.
—Sólo tenía ganas de hacerlo, y ya. Fue cosa del momento. —dijo de espaldas a mí, respondiendo una de mis preguntas sin que yo la formulara.
—Ya veo.
—Ni se te ocurra decirle a alguno de tus amiguitos. Esos con los que te dedicas a observarme a la hora de la comida.
—De todas formas no es como si alguien fuera a creerme. Pero descuida, no lo haré.
—Y tampoco pienses que volverá a pasar. Como dije, fue algo espontáneo.
—Está bien. —dije encogiéndome de hombros, aunque ella no pudo verlo. Me acomodé el saco y me miré en el espejo. Tenía el cabello revuelto, pero poco pude hacer para acomodarlo. —Hey, Bonnie.
— ¿Mmm? —preguntó, aun pretendiendo ignorarme, mientras deshacía las arrugas de la cama.
— ¿Te gustó? —pregunté poniendo mi mejor cara de inocencia. Tuvo el efecto esperado, me volteó a ver, y aunque apartó la mirada enseguida, pude ver que mi pregunta le incomodaba.
—Bien sabes que sí. —contestó a regañadientes. Mi corazón dio un vuelco y sonreí.
Tomé mi mochila, me di un último vistazo en el espejo y abrí la puerta.
—A mí también me gustó mucho. —dije antes de salir, y la expresión que puso se convirtió en lo segundo mejor del día.
Salí corriendo sin detenerme hasta que llegué a donde había dejado mi vehículo. Aventé las cosas dentro sin mirar y cuando estaba de nuevo en el camino, tuve suerte de no estamparme contra algo. Me sentía eufórica, y no era para menos.
—Me acosté con Bonnibel Prince… —dije en voz alta, sin poder creerlo aún. —Me… cogí… a… la… dulce… princesa.
Comencé a reírme como loca. Recordaba su tacto, y su cuerpo, y volvía a calentarme. Canté cada canción que salía en la radio; no cabía en mí misma de tanta felicidad. Era algo que ni siquiera había soñado. Sí, me había acercado más a Bonnibel con la esperanza de que sucediera algo, pero al pasar de los días, ese objetivo inicial se apartaba de mi mente al comenzar a disfrutar de su compañía. Había pasado de "inalcanzable" a "casi inalcanzable" cuando la encontré en su situación comprometedora, y ahora era "alcanzable", sin siquiera proponérmelo.
Eso tenía que volver a pasar. Ya no podía hacer como si nada hubiera sucedido, eso era un hecho. La Marceline paciente que se portaba políticamente correcta con tal de no incomodar a Bonnibel o ponerla en una situación difícil, era historia. Quería más de ella.
Debí hacerle caso cuando dijo que no se repetiría, y dejarlo por la paz. Tal vez eso me habría ahorrado mucho, pero si algo he aprendido con el paso de los años, es que sin importar lo que hagas, siempre terminarás donde se supone que debes estar.
Bonnibel había estado muy rara desde la vez que recibí la llamada de Ashley. Mi mente trataba de meterse la idea de que era imaginación suya, pero una pequeña parte de mi corazón rogaba que eso fuera un indicio de celos. Pero yo trataba de imponerme a ambos, ignorando el asunto. Tenía la creencia de que Bonnie me hablaría cuando tuviera que hacerlo… aun cuando hubiese ignorado todos los mensajes de voz que le había dejado hasta el momento.
Por eso fue una sorpresa recibir una invitación de Bonnibel para pasar por el pent house en cuanto tuviera la oportunidad. Y aún más sorpresivo fue recibir una disculpa de su parte por haber estado ausente todos esos días. Yo traté de restarle importancia, mientras me esforzaba por controlar los latidos de mi corazón, que dio un vuelco cuando la vi. Mientras ella me hablaba, yo no dejaba de pensar en lo que Keila me había dicho.
¿Podría tener razón?
La noche de la subasta llegó, y con ello, todo lo que ser la hija del organizador conllevaba. Mis deberes básicamente se reducían a caminar tomada de su brazo toda la noche, y sonreír con amabilidad, así como flirtear con los posibles pujantes. A unos metros de distancia, Keila alzó los pulgares en señal positiva y se puso a coquetearle a mi primo. Yo ya estaba lista para darme un tiro, cuando Hunson me dio una mirada evaluadora y sonrió pronunciadamente.
—Aún no te he dicho lo hermosa que te ves.
—Acabas de hacerlo. —respondí con voz inexpresiva.
—Eso no cuenta. —entonces se puso serio. —Te ves muy hermosa. ¿Lo ves? Hay diferencia.
Puse los ojos en blanco, pero mantuve la sonrisa en su lugar. La cara me habría dolido si no lo tuviera tan practicado ya.
—Hace tiempo que no conversamos, Marceline.
—Ya sabes, cada uno tiene un imperio qué mantener. Tú eres el rey de los gadgets y yo soy la reina de los gritos.
—Esperaba que esta noche pudiésemos reconectar, hija. Sé que nunca fui el padre más cercano, pero…
— ¿Reconectar? Haz pasado mucho tiempo con tus aparatos electrónicos.
Hunson pareció reconocer a alguien, porque sonrió y cambió la dirección en la que caminábamos. Volteé para ver a dónde nos dirigíamos y quise zafarme de su agarre.
— ¡No! —dije en voz baja para no atraer la atención.
— ¿Qué pasa, Marceline? Sólo vamos a saludar al presidente de Watchdog y a su bella novia, Bonnibel. Eran amigas en la escuela, ¿no?
—No creas que no sé lo que quieres hacer. —dije tratando de ir por otro lado, pero él me llevaba a la fuerza.
—No creas que no sé que ahora son amigas de nuevo e incluso le harás una campaña publicitaria.
—Sí, pero no quiero ir a saludarla ahora, ¿de acuerdo?
— ¿Y tú crees que me quiero pasar la noche viendo la cara que pondrás cuando la veas con Weimar? Será la misma cara que ponías cuando estabas enamorada de ella hace años.
No supe qué decir. ¿Hunson sabía lo que había pasado años atrás?
—Estaré bien, solo necesito ponerme muy ebria y…
—Oh, por Glob, si no te parecieras tanto a mí, pensaría que me dieron al bebé incorrecto en el hospital. —dijo perdiendo la paciencia, cosa bastante rara. —Estoy harto de verte hacer nada, Marceline. Eres una Abadeer, y podrás no haber seguido con el negocio familiar, pero hay más de mí en ti de lo que crees… ¿o acaso que conquisté a tu madre con dinero?
— ¿No hacer nada? ¿De qué rayos hablas, Hunson? Hice todo lo que pude en ese entonces, y…
—Sí, sí, sí… hiciste todo lo que pudiste, y aun así no te quedaste con la chica. Eran muy jóvenes, suele pasar. Pero ahora eres mayor. Ambas lo son.
—Hunson, ella tiene novio, y…
— ¿Y? No es su esposo. Pero lo será algún día si no haces algo de una maldita vez.
Y con esto, me dio un tirón para que siguiéramos caminando. Yo le seguí el paso, aun aferrada a su brazo, manteniendo nuestras sonrisas falsas.
— ¿Y según tú, qué es lo que tengo que hacer? —le pregunté entre dientes después de que nos tomaran una fotografía juntos.
—Tú solo has lo que yo te diga, hijita. Con eso, y con lo bella que te ves hoy, el marcador quedará a tu favor. —la amiga de Bonnibel notó que nos acercábamos. —En primera, procura caerle bien a su amiguita.
—Eso es imposible, ella me odia.
—Esa mujer odia a todo el mundo, qué más da. Tienes un segundo para volverte su nueva mejor amiga.
Bonnibel por fin volteó, después de que la escritora le hiciera un gesto con la mano para que lo hiciera.
En cuanto me vio, por primera vez, vi que Keila y Hunson tenían razón: tenía oportunidad. Ella se quedó con la boca abierta, como si no supiera qué decir, o qué pensar, incluso, y cómo no, si el rojo era mi color. Su mirada me recordaba a la que tenía esa tarde después de estudiar en su cuarto y mi cuerpo reaccionó al recordar aquella ocasión, la primera vez que la había tocado.
Ella tampoco se veía mal: llevaba un vestido dorado que reconocí como un diseño de su hermano; su estilo era inconfundible, y sin duda era quien mejor podía hacer lucir a su hermana. Llevaba un maquillaje muy ligero, con el cabello recogido en un bonito peinado y mi piel se erizó. Amaba ver su cuello. Amaba verla a ella. A ella, no a Ashley, ni a ninguna otra.
Aun así, no iba a dejar que lo notara. Hunson mantenía ocupado a Braco, seguramente hablándole de cosas aburridas que a mí no me interesaban pero de que sin duda a él sí.
Le di una pequeña sonrisa inocente. A su lado, la escritora me tendió la mano.
—Hola, mucho gusto. Laurel Samantha Pierce.
—La escritora. —asentí. Ella me miraba con algo parecido al respeto y la admiración. Bueno, al menos ya no me miraba con odio. Incluso parecía atraída hacia mí.
—En persona.
—Hace poco estuve en el programa de su novio. —dije evitando fruncir los labios al recordar que Bradley Hayes me había pedido que le presentara a Bonnie.
—Discúlpalo si fue un idiota, él es así. —vaya. Me agradaba.
—Pude notarlo. —tal vez Laurel y yo habíamos comenzado con el pie izquierdo. Bonnie, por su parte, no dejaba de mirarme, embelesada. —Bonnie, puedes tomarme una foto si quieres. No es que no me guste tu mirada sobre mí, pero comienza a ser incómodo.
—Sí, Bonnibel. —secundó Laurel, sorprendiéndome. —Sé que la… señorita Abadeer…
—Puedes llamarme Marceline. —le dije amablemente.
—… Marceline, es indiscutiblemente guapa, pero al menos sé discreta, ¡tu novio está al lado! —Vaya, Hunson tenía razón. Ganarme a Laurel parecía algo muy útil.
—Bueno, a él no parece importarle. —dije fingiendo indiferencia, pero por dentro celebraba que mi padre estuviera robándose la atención de Braco.
En ese momento llegaron los hermanos Mertens. Recordé que uno de ellos era el prometido de Rania Lord.
Rania Lord… tal vez debí ganarme su confianza años atrás. Podría haber sido distinto.
Vi que Bonnibel iba dispuesta a seguirlos, pero me interpuse y la invité a caminar a mi lado. Ella cedió casi instantáneamente.
—Me agrada Laurel. —le confesé. —Más que tu amiga Rainy.
—Eso es porque Rainy nunca haría esa clase de comentarios. ¿Dónde está Keila?
—Laurel dice lo que piensa. Y lo que observa. —dijo, mirándola por el rabillo del ojo, manteniendo cara de póquer. —Keila está tratando de llevarse a la cama a uno de mis primos.
— ¿Te pasa algo? Te noto rara. —me preguntó, visiblemente preocupada.
— ¿Rara?
—Sí. Diferente.
"Hunson y Keila me dijeron que me deje de tonterías, y creo que tienen razón".
No, no podía decir eso, de modo que alcé una ceja, pretendiendo pensar.
—Hunson me pidió que fuera una buena hija. Debe ser eso. Y que me veo tan guapa que ni siquiera tú puedes dejar de verme. —le respondí, guiñándole un ojo. Era hora de molestarla un poco.
—Ahora ya suenas como tú misma. —dijo, pero no dejó de mirarme en ningún momento.
— ¿Me extrañaste?
—Eso quisieras.
Volteó a ver hacia donde Braco conversaba con Hunson. Nos observaba muy serio.
—Creo que tu novio se está desesperando. Vamos, antes de que comience a llorar, o algo. —le dije a Bonnibel, encaminándola
—Disfruten la subasta. —dijo Hunson antes de que los volviéramos a dejar solos. Braco me dio una mirada inquisitiva que atrajo mi atención. Aun así, les di mi mejor sonrisa ensayada antes de que me marchara, volviendo a tomar el brazo de mi papá.
— ¿Qué le dijiste? Me mira raro desde que comenzaste a platicar con él.
— ¿Puedes creer que la señorita Prince nunca le habló a su novio de ti? De cuando eran amigas, quiero decir. —me preguntó con una sorpresa más falsa que un billete de tres dólares.
—Sí, sí puedo. Supongo que no fui relevante para ella.
Hunson me miró, muy serio. Y comenzó a reírse. Muy a mi pesar, yo también me reí.
— ¿Eso crees, después de ver cómo te miraba? Suena más bien a que no quiere recordar esa parte de su vida, pero ¿por qué será?
Suspiré.
—Tal vez tengas razón.
Él besó el dorso de mi mano.
—Auguro que la gran ganadora de la subasta de la noche, serás tú, hija.
La subasta inició y me preparé para toda una noche de aburrimiento. A mi lado, papá parecía estar pasando el momento de su vida. Yo ni siquiera prestaba atención, pero de vez en cuando escuchaba las cantidades pujadas por botella y comprendía por qué él lucía así. El momento más emocionante fue cuando Braco pujó por una botella cuyo nombre no me interesaba, hasta alcanzar la cifra de $150,000. Silbé por lo bajo. Weimar lucía como un niño que acaba de recibir el regalo que esperaba, y papá alzó su copa hacia él.
Yo comencé a bostezar hacia el final de la subasta. Hunson me miró con desaprobación.
—Espabila. —murmuró.
—A continuación, el último artículo en subasta de la noche. La estrella del evento, es este rarísimo Leacock's, Terrantez Madeira 1864. Iniciaremos la subasta con la modesta cantidad de quince mil dólares.
—Quince mil.
—Gracias, ¿alguien ofrece veinte? Veinte por aquí.
— ¿Qué más da si me duermo? —le reclamé. —Esto es aburrido.
—Treinta. —dijo Braco
—Tenemos treinta, ¿escuché cincuenta mil? ¿Alguien ofrece cincuenta mil? Tenemos una oferta por cincuenta mil. ¿Sesenta mil, alguien?
—Quiero que ofertes. —me dijo Hunson al oído.
— ¿Estás ebrio? —pregunté, incrédula.
—Oferta por sesenta mil.
—Anda, hazlo.
—Maldita sea. —murmuré lo más bajo que pude para que no me escuchara. — ¡Cien mil!
No tenía idea de a dónde quería llegar Hunson con eso, pero decidí hacerle caso.
Los asistentes comenzaron a murmurar, emocionados. Tal parece que mi oferta le agregó suspenso a esta cosa tan aburrida.
—Cien mil, por la señorita Abadeer, ¿alguien ofrece $150,000?
—Doscientos mil. —dijo Braco. Vaya, a ese sujeto sí que debía gustarle el vino, o las subastas, o ambos.
—Doscientos mil, por parte del señor Weimar.
—Medio millón. —dije, más por curiosidad de ver su reacción, que por verdadero interés.
— ¿Seiscientos mil? —preguntó el subastador.
Vi que hacía una seña en dirección a Braco, y asumí que ofertó la cantidad mencionada.
—Setecientos. —dije. Esto comenzaba a volverse interesante.
—Tenemos setecientos mil, ¿escuché…?
—Un millón.
Casi me atraganto con lo que estaba bebiendo. ¿En serio ese tipo acababa de ofertar un millón de dólares por una estúpida botella de vino? Las personas presentes ahogaron una exclamación.
—Al diablo con esto, ¿estás loco? Yo no voy a ofertar más de un millón por esa botella.
—Y no tendrás que hacerlo, Marcy. Tú sólo espera, y verás.
—El señor Weimar ha ofrecido un millón, ¿alguien desea subir el monto? Un millón a la una… un millón a las dos… —se escuchó el golpe seco del mazo de madera. —Vendido al señor Braco Weimar. Felicitaciones.
La gente se arremolinaba en torno a Braco, para felicitarlo. Bonnibel estaba a su lado, tomándole del brazo y se veía enfadada, pero él no le prestaba atención.
Hunson caminó hacia ellos, seguramente para besarle un poco el trasero a Weimar después de haberse gastado semejante cantidad en su subasta. Braco conversaba con mi papá y Bonnie parecía a punto de explotar. Me froté las sienes, y decidí que lo mejor era buscar un tocador para estar a solas un momento. Me escabullí por una de las puertas que tenía la propiedad; al ser esta la sede favorita de Hunson para ofrecer sus galas benéficas, la conocía bastante bien. Me fui a un tocador que poca gente conocía, que estaba en una suerte de estudio o sala de conferencias.
Me retoqué el maquillaje, observándome un rato en el espejo. Me preguntaba cuál era la intención de Hunson para hacerme entrar en la puja. Dudo que quisiera que de verdad comprara la botella, entonces…
—Eso fue infantil.
Di un respingo. Bonnibel estaba frente a mí, con los brazos cruzados y se veía furiosa. Miré alrededor. Estábamos solas.
— ¿Dejaste a tu novio, y me seguiste hasta acá, solo para decirme eso? —le pregunté para burlarme.
— ¿Te dio satisfacción? Mi novio terminó pagando un millón de dólares por una botella de vino.
— ¿Crees que lo hice a propósito? —le pregunté alzando una ceja. Detestaba la manera en que había dicho "mi novio". —Yo no lo obligué a hacerlo.
— ¿De verdad te crees eso?
— ¿Y de verdad te crees que me voy a creer tu cuentecito de la 'Dulce Princesa' que es feliz con su príncipe? —le pregunté. Ahora ella me había hecho enojar y me erguí en toda mi estatura. Logré intimidarla. — ¿Con ese que prefirió pagar un millón de dólares, a perder algo que clama como suyo?
Me enojaba haber visto a su novio prestándole más atención al futuro de una botella de vino, que a su propia novia, pero eso no era algo que le fuera a decir a ella. Bonnie debía notarlo sola.
—Estoy con él. Es lo que necesito. —me dijo, pero parecía querer convencerse más a ella misma que a mí.
— ¿Y es lo que quieres? —insistí
— ¿Crees que tú lo eres?
Lo pensé por un segundo y, ¿honestamente?
—Sí.
Estaba harta de ser paciente. No importaba cuánto me estuviera pagando Bonnibel por hacer su maldita campaña, yo había aceptado para estar con ella una vez más, incluso si significaba revivir todo lo de once años atrás, pero eso era una mierda.
De ninguna manera iba a repetir la historia, suficiente había sido una vez y ahora era mi turno. Ya no tenía dieciocho años, esta vez sería distinto.
Le tomé la cara con ambas manos, besándola. Ella trató de zafarse, pero sus manos dejaron de forcejear y comenzamos a pelear por el control. Tras tantos años sin besarla, sentí que perdía el control a raudales. Me mordió los labios, me abrazó y me dio un mordisco en el cuello. Dolió, pero llevaba tanto tiempo sin sentir su piel contra la mía, que no me importó.
—Te detesto. —me dijo, respirando agitadamente. A mí me sonó como a una broma.
—Yo te he odiado cada día de los últimos once años. —le repliqué. Era mitad mentira, mitad verdad, pero solo supe que sentí un enojo terrible.
Así, enojada, volví a besarla. Ella quería hacerse con el control, pero por nada en el mundo iba a dejar que eso pasara. Percibiendo su derrota, comenzó a bajar por mi cuello y sentí un escalofrío recorrerme, pero no iba a perder frente a ella. La tomé por los muslos, alzándola y me senté en un escritorio que había detrás de nosotras, con ella encima de mí. Recorrí la totalidad de sus piernas, mientras besaba su clavícula, como hiciera ella la primera vez que tuvimos sexo. Llegué a sus senos y suspiré. Le bajé el escote y fui directa, dedicándome a lamer tan suavemente que sabía que solo la estaba sacando de quicio. El pensamiento me hizo sonreír. Notaba que se moría por gritarme, o algo. La conocía muy bien.
—Tranquila, Bonnibel. —le dije a modo de burla. Yo tenía el control e iba a usarlo. —Cualquiera diría que esto te está gustando. Si sigues así, voy a pensar que te gusta más esto que estar con Braco.
Pareció ofenderse, y comenzó a forcejear conmigo, pero no dejé que se marchara. La agarré con fuerza por el trasero, algo que siempre me había encantado, pero ahora me daba el doble de satisfacción. Ella seguía resistiéndose, pero volví a lamer sus senos hasta que se calmó. A veces volvía a revolverse, tratando de que la soltara, pero yo la sujetaba con firmeza. La sentía temblar bajo mi tacto.
Yo acariciaba la parte interna de sus piernas. La suavidad de estas siempre era suficiente para excitarme, si no lo estaba ya, pero en este caso solo incrementó mi deseo. Poco a poco fui subiendo, tentativamente, hasta que uno de mis dedos se aventuró por dentro de su ropa interior. Estaba increíblemente mojada y me relamí los labios. Bonnibel buscaba mi tacto, pero yo no le di gusto: iba a tomarme mi tiempo.
—Estás muy impaciente. —le dije y ella no respondió, seguramente por vergüenza. La idea me dio una punzada de placer culposo. Bonnie acercó su pecho a mi cara y yo suspiré de gusto, volviéndolo a llenar de besos. — ¿Sabes? Yo ya esperé once años. No tiene nada de malo esperar un poco más.
Le sonreí de manera encantadora. Eso solo la hizo enojar.
— ¿Hablas en serio?
Fingí inocencia.
— ¿Estás molesta? Bonnibel, no pensé que te fuera a molestar tanto.
Y así, de la nada, introduje un dedo en ella, haciéndole soltar un grito que acallé con mi mano. Por mucho que disfrutara sus gemidos, seguíamos en un lugar en el que podíamos ser descubiertas en cualquier momento. Se abrazó a mi cuello para evitar emitir más sonidos, y yo comencé a mover mi dedo, muy despacio al principio, pero aumentando la velocidad.
—No seas escandalosa. —la regañé. — ¿Quieres que tu novio venga al escuchar algo raro?
Le quité la mano de la boca. Estaba totalmente enojada, pero no dijo nada mientras continuaba dándole estímulos. Ella estaba más impaciente que yo, pues me daba a entender que quería más, pero yo me iba a divertir con ella.
— ¿Te divierte hacerme esto? —me preguntó. Parecía a punto de echarse a llorar
— ¿Te parece que estoy tardando demasiado? Puede que sí. Cualquiera podría llegar y vernos… ¿te imaginas el escándalo? Pero después de tanto tiempo, quiero prolongar esto. Quién sabe, tal vez me tarde otros once años.
—Ni se te ocurra.
—Era broma. Por supuesto que no voy a tardar tanto. —la levanté una vez más, dejándola sentada en el escritorio. Yo me coloqué de rodillas, le bajé la ropa interior y en su expresión veía que ya sabía lo que iba a pasar. Su respiración se agitó aún más. Yo tomé su prenda íntima, pero ella me la quitó enseguida. Sentí su calor mientras besaba la parte interna de sus muslos, con calma. La sentía impacientarse, y eso era precisamente lo que quería lograr. Se trataba de hacerla desearlo tanto, o incluso más que yo. De hacer que su cuerpo rogara por mí.
Hundí mi lengua en ella. Yo la dominaba. Por sus reacciones, dudaba que Braco le hiciera sentir ni la mitad de esto. Ella experimentaba la impaciencia que solo una persona que no ha sentido algo parecido en mucho tiempo, comprende.
Una de sus manos se acomodó tímidamente sobre mi cabeza, mientras la otra la ponía sobre el escritorio. Hice todo lo que había deseado hacerle de nuevo por años, hasta que la sentí llegar al orgasmo.
— ¿Qué parte de "no hagas ruido", no entendiste? —le pregunté fingiendo enojo, pero la verdad es que me sentía feliz como no me sentía en mucho tiempo. —Te daré una verdadera razón para gritar.
Tomé uno de mis pezones entre mis dedos y lo pellizqué. Ella lanzó un quejido de dolor.
— ¿Lo ves? Te dije. —la besé, deseosa de hacerla sentir su sabor en mi boca. Ella estaba muy sumisa, y obedeció. Al final, le había quedado clara su posición, y eso era algo que siempre lograba ponerme en marcha otra vez. Decidí compensarla por estarse comportando. Una vez más, la estimulé y esta vez introduje dos dedos. Sentí cómo daba un respingo y la besé. Era un beso lento, que nada tenía que ver con el ritmo que llevaba mi mano, pero esos eran los besos que más me gustaba darle.
Me di cuenta de que estaba conteniendo sus gemidos, así que dejé que hiciera el ruido que quisiera al llegar a su segundo orgasmo de la noche. Yo me lamía los dedos, no queriendo perder ningún detalle. Quería sentir su sabor tanto como pudiera.
—No hagas eso. —me dijo en voz baja y somnolienta. Estaba abrazada a mi cuello.
—Qué aburrida eres.
Nos apartamos y observé su cara, parcialmente iluminada por la tenue luz que se colaba por la puerta entreabierta del tocador. Podía ver en sus ojos la misma incertidumbre que vi años atrás. Nos dimos un último beso, uno muy corto, pero que me aceleró el corazón. El más mínimo roce con sus labios bastaba para hacerlo.
Me dejó tres pequeñas marcas rojas, producto de sus uñas, al enterrarme la mano en el hombro con demasiada fuerza. Seguramente se hincharía un rato después, pero me daba igual. Lo había valido.
Nos separamos al salir y ella se fue con su novio, mientras sus amigas la miraban con extrañeza y se retiraron al poco rato. Yo dejé salir un suspiro. La noche era más larga de lo que había pensado.
— ¿Me vas a decir qué pasó?
Me sobresalté. Keila estaba a mi lado, bebiendo un Martini.
— ¿Dónde está Marshall?
Se encogió de hombros.
—Creo que tu primo es gay. O tal vez es otra especie de hombre, quién sabe. —se llevó a la boca la aceituna de su Martini y entornó los ojos. —Te hice una pregunta. Estaba por hablarte y de repente te desapareciste y no volviste sino hasta una hora después. Lo raro es que Prince tampoco estaba por ninguna parte.
Dijo esto último muy despacio y cerré los ojos, inhalando profundamente.
— ¿Crees que alguien más lo haya notado?
—Bueno, su novio parecía un cachorrito perdido, pero se distrajo cuando una masa de gente se acercó para elogiar su actitud de macho alfa al no dejar que le ganaras en la subasta. —me sonrió con complicidad. —Marcy, Marcy, Marcy…
Se tapó la boca como si fuese una adolescente que acaba de escuchar el mejor chisme de su vida.
—Esto no era lo que tenía en mente cuando te dije que hicieras algo, ¡es mucho mejor!
—Baja la voz, Keila.
—Dime, ¿cómo fue? Apuesto que fue sobre una mesa.
Me miró expectante y fruncí los labios antes de responder.
—Sobre un escritorio, en realidad.
Soltó una risita tonta y me rodeó con un brazo, cosa que le costó bastante, dada nuestra diferencia de estatura.
Hunson estaba tomando el desayuno cuando llegué a verlo, tan circunspecto en sus maneras como siempre, aun cuando no hubiese nadie que lo observara. Estaba viendo una tableta, con los anteojos puestos y masticaba una rebanada de pan tostado. Debió sentir mi presencia, porque alzó la vista y me sonrió, dejando la tableta a un lado.
—Hija, llegas justo a tiempo para el desayuno. —dijo, sirviéndome un vaso de jugo de naranja. —Aquí hay unas fresas, qué bueno que las pedí.
Tomé una fresa y la observé por un momento, antes de preguntar:
— ¿Qué fue lo de ayer?
Él embadurnaba una segunda rebanada de pan con mantequilla.
— ¿Qué cosa, Marcy?
—Toda esa… —gesticulé, tratando de encontrar las palabras —cháchara motivacional acerca de conseguir lo que quiero.
—Bueno, no. —me corrigió. —Fue un regaño paterno para ayudarte a tener a la mujer por la que no has podido pasar página todos estos años. Quiero decir… cualquiera te diría que te olvidaras del asunto, ¿sí? Digo, se terminó y todo eso, pero…
Se llevó otro trozo de pan a la boca y masticó mientras pensaba en sus palabras.
—Tú misma debes saber que después de tanto tiempo, ya deberías haberte olvidado de ella. Pero si no lo has hecho, ¿qué se le puede hacer? Sólo te queda asegurarte de que no vuelvas a perder. —se quedó unos segundos con la mirada perdida, pero volteó a verme con una expresión afable que rara vez le había visto. —Contrario a lo que piensas, te quiero. Y si tengo que hacer que le pases por encima a un payaso como Weimar para que seas feliz, lo haré. Puedes ser mayor, y estar a punto de cumplir treinta, pero siempre es bueno tener un consejo de papá, ¿no?
En ocasiones, Hunson daba miedo. Y era en esas ocasiones, que me sentía muy afortunada de ser su hija.
N/A2: Por un momento pensé en suprimir la escena repetida de la subasta, pero ya saben que no me gusta escatimar detalles.
