Hetalia pertenece a nuestro gran Hidekaz, ustedes saben~

Advertencias: Lovi, Lovi everywhere, es decir, palabras que los niños buenos no deben decir.

¡Que disfruten!


Gracias por sonreír

La tienda desencajaba de sobremanera con respecto a los edificios y sus alrededores. Tenía un aroma a cuero que se me hacía más familiar a lugares campestres y salvajes; la ciudad en las que nos habíamos adentrado tenía esos aires de urbanización que detestaba, era como si te aplastasen los pulmones. La pequeña tienda de música era un respiro dentro de tanto humo y viento viciado de algún bar de mala muerte, destilando alcohol por cada rendija. Allí dentro había un silencio profundo y respetado, que sólo se rompía con algún instrumento musical siendo probado por su próximo dueño, un piano, un bajo, una batería.

La sonrisa eufórica de Antonio a lo lejos, me resultó placentera. Sin embargo, antes de que notase mi mirada fija sobre él, la quité. No era como si algo hubiera cambiado desde ese día de intensa lluvia.

Me restregué los ojos, la noche anterior había recordado cada segundo de aquel encuentro tan extraño entre golpizas y besos fugitivos por lo que no había logrado conciliar el sueño. El bastardo me saludó desde un rincón, por lo que aparté la mirada mostrando un enfado fingido. Al ver que no conseguía mi atención, me jaló hasta donde estaba, mientras yo gruñía, a pesar de sentirme bien.

–¡Lovi mira!- me indicó una guitarra con una forma extraña en puntas, algo bastante poco convencional. Fruncí el ceño mientras me cruzaba de brazos con la mirada desaprobatoria.

–Bastardo, esa es una guitarra demasiado rara. Si no hubieses estropeado tu antigua guitarra no tendríamos que comprar otra.- lo regañé por enésima vez, a lo que él, nuevamente, respondería con una sonrisita floja y un extraño sonido que no entendía.

–Anda, con el dinero que estamos haciendo puedo permitirme comprar una nueva, además te tengo una sorpresa.- su sonrisa se hizo aún mas pronunciada en cuanto lo decía. –¡Oh, mira! ¡Ahí hay una guitarra eléctrica con un amplificador! ¡Está conectada!- Y desapareció de mi vista en cuanto hubo corrido tras su objetivo. Era peor que un niño en una juguetería. Era como un mono con cientos de bananas a su alrededor. Me aproveché de ese instante para no reprimir una risilla por lo bajo.

El vendedor miró con frustración a Antonio, el cual tocaba unas cuentas notas sueltas que resonaron con ese sonido metálico y poderoso que le confería el amplificador. El bastardo solo reía sin pillar el malhumor del encargado ni la pequeña alegría que se hacía presente en mi corazón. Volvía a ser el mismo de siempre, pero ¿yo quería que siguiéramos siendo lo mismo? La duda me asaltó de repente, como si hubiera caído en la cuenta sólo hasta ahora.

¿Qué era yo para él?

Allí me estaba saludando de nuevo, con los brazos en alto como si no pudiese verlo, con la ligereza de carácter con la que siempre actuaba. Me pedía atención en cada improvisación, con cuerdas de nylon, con las cuerdas metálicas, con una plumilla, sin ella. Se metió entre los platillos de una batería y los hizo sonar a su antojo, y antes de que fuera visto por los dependientes que atendían a otros clientes, se iba a tocar el impoluto teclado, paseándose por toda la escala musical sin llegar a entonar una bonita melodía.

–Esto es el paraíso.- exclamaba tomándome de las manos. –Gracias por traerme. ¡Gracias!- se paseó de un lado a otro por más de una hora sin que yo pudiese detenerlo con ningún insulto, ni los vendedores, que por más que deseaban echarlo a patadas del lugar, no podían negar que su talento para interpretar era tangible, casi irreal. Incluso lograba ponerme de buen humor.

Sobretodo, aquella sonrisa.

Una vez en la calle, para el alivio de las personas de la tienda, Antonio desenfundó su guitarra con cierta ceremonia, cerrando sus ojos un poco para sentir el sonido de las cuerdas resoplando. Era de un sobrio color caoba y una forma fresca que le confería un toque juvenil que ese bastardo lograba resaltar. Y sonaba de maravilla bajo el encanto de sus dedos. –Es perfecta.- proclamó, volviendo a enfundarla para no abollarla durante el camino. Me miró. –Como tú me trajiste aquí, tengo una recompensa para ti, querido subordinado.- dijo aquello con orgullo poco disimulado.

Antes de poder siquiera abrir la boca para reclamarle por ese "subordinado" o sonrojarme hasta las orejas por ese "querido", me jaló del brazo de forma descuidada, sin detenerse a ver si venían automóviles circulando por la calle, tropezando con tipos que tenían mala pinta e ignorado cualquier precaución que se debiese tener adentrándose en una ciudad. Apenas logré refunfuñar con su tararear alegre y su sonrisa sincera; sencillamente era un gesto que esperaba, luego de ver aquella tristeza imborrable en sus ojos. Casi había sentido que fueron espejos de mi propia carga. Decidí callar y disfrutar un poco más en cada paso, gruñir por lo bajo y ocultar la irremediable felicidad que me embargaba.

A ese paso llegamos a una extraña tienda, oscura, húmeda y olvidada, lejos de todo lo que parecía ser nuevo. Limpia, pero con ese aroma a años, se me hacía que era un escondite perfecto dentro de ese antro que era aquella ciudad atestada de personas en cada rincón. Era una pequeña tienda de ropa de segunda mano, disfraces y todo trapo viejo que aún tuviese utilidad. Antonio me la presentó como su gran tesoro y se zambulló a buscar entre los montones de ropajes, algo que le llamase la atención como todo el pirata que era, incluso sin su vestimenta de capitán y la falta de su largo cabello.

–Lovi, mira ¿Puedes probarte esto?- de entre el montón, sacó una especie de extraño traje de esos que usaban los antiguos gladiadores para luchar contra las más terribles fieras en los coliseos romanos. Por pura curiosidad, fui al probador y me atavié de la extraña vestimenta que me quedó bastante holgada. Ni siquiera me atreví a dar un vistazo rápido a mi figura en el espejo. Sólo salí, casi temblando.

Todo el extraño nerviosismo se esfumó al ver a Antonio; el bastardo tenía puesto un traje de payaso que me hizo soltar una risotada que me dejó sin aire. –Eres un payaso, literalmente.- me burlé, indicándolo mientras las lágrimas comenzaban a bordearme los ojos y los espasmos estomacales me llegaron a doler, todo ello por risa. Y él sólo se rió junto conmigo haciendo caretas chistosas para sacarme más de una carcajada. Nos reímos como idiotas mientras la dependienta comenzaba a mirarnos extrañada, y a vigilar más de cerca. Definitivamente, los vendedores tenían algo contra Antonio.

Me abrazó. –Por el contrario, tú te ves muy guapo.- declaró en mi oído. Me quedé estático, a pesar de mis ansias por empujar lejos para evitar un sonrojo indeseable. –Eres como un romano. El jefe y romano ¿Puedo llamarte así?- Finalmente lo empujé, sintiendo que mi rostro hervía de puro vergüenza. Su rostro entero resplandecía de felicidad, sus ojos se entrecerraban, y a veces abría la boca.

–Sólo si me dejas llamarte payaso por el resto de tu vida.- bromeé, intentando alejarme un poco de su presencia devastadora. Me dio una sonrisa llena de una especie de ternura que reconocí en su brillo especial.

–¿Significa eso que te quedarás conmigo para siempre?- preguntó de una forma tan sencilla, tan pura y tan directa, que no supe responder sino pasado varios segundos, luego de recuperado el aliento.

–N-no saques las cosas de contexto.- me crucé de brazos, intentando que la voz no me temblase. ¿Antonio quería que estuviera con él? Joder, mi corazón y sus brincos acabarían por darme un patatús.

–Tan lindo.- soltó en susurro al aire y sin demorar, desapareció tras una montaña de ropa ordenada por color, sin añadir nada más. Me quedé allí por unos minutos, sin atinar a hacer nada realmente, sintiéndome ridículo con esos ropajes, fuera de lugar con las mejillas ardiendo, y extrañado de ese sentimiento que se removía dentro. Me enfadé conmigo mismo y me fui a cambiar la vestimenta de "romano", a lo que Antonio llegó con un traje que me arrojó hacia adentro, en tanto me quitaba mi ropa normal, con una rapidez impresionante.

–¡Joder, bastardo, devuélveme mi ropa!- Mi vocabulario se rebajó a tal nivel, que realmente parecía un marinero borracho. Pero al parecer, el bastardo no atenderá a mi nivel de lenguaje. Escuché su risa no muy lejos.

Era de esos trajes de oficinista, con una corbata y una camisa blanca. Pero tenía una gran diferencia con ellos: éste tenía ese estilo que con el simple hecho de usarlo parecía un mafioso salido de alguna película barata; y en conjunto con un sombrero oscuro y unas gafas de sol que a saber dónde las había conseguido Antonio, me daban el aspecto de todo un mafioso italiano. ¡Si incluso el acento tenía! Me sonreí a mí mismo y salí nuevamente.

Me impacté al ver a Antonio con un traje similar, pero éste o tenía corbata, sino la camisa medio abierta de color escarlata y el gorro con una extraña cinta roja. Y no podía negarlo, el bastardo ese tenía un talante del típico conquistador mafioso que consigue todo lo que quiere con una sonrisita floja. –Acabo de pagarlo. Esta sólo será la primera nueva presentación, Lovi. ¿No te hace ilusión? Ahora somos mafiosos italianos.

Esta vez no pude reprimir una risita burlona. –Eres todo un niñato, bastardo. Supongo que por hoy está bien, pero no te acostumbres, te lo advierto.- Era un ambiente tan dulce y tierno que sentí el sabor adentrarse en mi paladar y empalagarme con todo el asunto. Antonio se veía feliz luego de muchos días sin regalar siquiera una sonrisa, sin mostrar interés; y, poco a poco, su alegría se había convertido en mi mayor capricho, en una pequeña nube en la que me acomodaba para descansar las heridas.

Con los extraños trajes en un día frío, nos instalamos a hacer nuestro trabajo, él con sus maravillosos dedos en los sonidos mágicos de la guitarra y yo con mi lastimera voz que era opacada por la genialidad del bastardo. Poco a poco Antonio había ido inventando acordes a los que yo le inventaba una letra improvisada que generalmente hablaban de cosas tan triviales como los tomates, el mar y las mañanas. Rasgueó el tema de "El padrino" y varias chicas se le acercaron, a lo que él les respondió con un guiño bastante inocente.

Fruncí el ceño. Por primera vez en su vida pareció entender la situación y fue a abrazarme murmurando algo como "qué lindo, qué lindo" a lo que yo lo apartaba poniendo mi mano en su cara. Cualquiera pensaría que Antonio tenía una malsana fijación en mí y que era una especie de extraño adicto a esos abrazos que quitaban el aire. El único que no se daba cuenta de nada era él mismo.

Luego de rendirse, volvió a tocar con su nueva guitarra. Desbordaba alegría, lo que atraía aún más gente, además no podía negar que se veía bien. Sólo bien. Había muchas jovencitas revoloteando cerca por eso; pero qué más daba, largaban los billetes como si realmente él fuera a invitarlas a comer luego. Quien siempre iba a comer con él con el dinero era yo. Lovino Vargas. Y no, no estaba celoso ni nada por el estilo. Sólo que esos grititos que soltaban me eran molestos, por eso las estaba fulminando con la mirada, por nada más. ¡Que quedase claro!

La gente de aquella gris cuidad fue bastante generosa a la hora de colaborar con un billete o una moneda, hechizados por el encanto natural de Antonio al sacarse el sombrero y hacer una pequeña reverencia. El sombrero pronto se llenaba, incluso de papeles con números telefónicos. La tarde se pasaba en apacible descanso, yo cantando un poco, descansando en la música del idiota y sus sorpresivos gestos de cariño, como un abrazo, una palmada, una de esas miradas cargadas de ternura. Me encontraba algo nervioso por ello.

Hasta que divisé entre el gentío que se había reunido una vez más, al patata andante, su hermano el pollo y la amiga de Emma, Elizaveta, la extraña chica que siempre me miraba de reojo cuando estaba cerca de Antonio. Inmediatamente paré de cantar y tosí como si algo me estuviese atravesando la garganta. No me los esperaba por ese lugar tan alejado del puerto.

–¿Estás bien, Lovi?- Antonio dejó a un lado la guitarra y se acercó sin notar a los intrusos allí. Levanté un dedo, indicándolos, mientras intentaba componerme de la primera impresión. –¡Oh! Gil.- chilló como una nenaza. Hice una mueca de desagrado.

–Toni…- ¿El pollo había titubeado? Pestañeé repetidas veces a lo que Gilbert intentaba esconder a la castaña en algún lugar. ¿Qué era eso? ¿el rey del egocentrismo intentando esconderse? –¡Qu-qué sorpresa! Mira, que encontrarnos por estos lugares. Yo…estaba paseando, eso.- Elizaveta le dio un buen golpe en la mejilla, él se quejó, molesto.

Antonio sonrió cómplice. –No es necesario que escondas a Eli, Gil. Todos sabemos lo que quieres.- le palmeó la espalda de esa forma en que lo hacen los amigos de años, los compañeros de toda una vida. Gilbert me miró unos segundos, disgustado todavía, y obviando los comentarios del español. Ludwig se veía incluso más rígido de lo común, acompañado de una chica que se colgaba de su brazo, como una bolsa de piel patética.

–No me metas en sus tonterías, Antonio, yo sólo vine porque me prometió un helado.- declaró su acompañante, a la cual se le notaba bastante frustrada con aquel show. Se quitó una flor del cabello y se la volvió a poner, le daba un toque inocente. –No debí haber venido.

–¡No!- negó Antonio. –Estábamos a la mitad de una presentación, ¡pueden quedarse a vernos! Será genial, Lovi tiene un talento innato para cantar.- con una sonrisa de oreja a oreja, dio una invitación extraña a los presentes. Abrí los ojos como platos al escuchar el estúpido mote al que ya me había acostumbrado.

–¿Quién dijo que yo cantaré con estos palurdos aquí, jodido Antonio?- indiqué a Ludwig. –Nunca frente a ese macho patatas y… ¿su novia?- me quedé boquiabierto al notar ese detalle, la forma en que esa extraña señorita apegaba sus atributos al cuerpo fornido del alemán. Él había estado con mi hermano… él amaba a mi hermano. ¿Quién era ella? Lo contemplé incrédulo.

–Lovino, no.- Ludwig intentó explicarse mientras yo me dedicaba a fulminarlo con la mirada, cargado de dudas y preguntas escritas en la frente. La chica soltó una risita desagradable, como si todo la pareciera muy gracioso. –Ella es sólo una amiga, es la amiga de Gilbert…

El español se acercó con lentos pasitos hasta donde yo estaba, con el semblante un poco más sombrío de lo común. Había dejado a Gilbert revisando su nueva guitarra, y a la castaña en un lugar no muy alejado, revisando el botín con la ropa usada que había comprado para las presentaciones. –¿Por qué te molesta tanto, Lovi?- ladeó la cabeza.

–No es tu asunto.- quité mi mirada de él y seguí vigilando la forma en que la indeseable muchachita hacía un par de comentarios sin gracia y se celebraba a sí misma por decirlos, también elogió los músculos bien trabajados de su acompañante. Casi me pongo a vomitar allí mismo.

–Lovi, ven a cantar conmigo.- tiró de mi manga, suplicante. No parecía querer callarse, así que decidí ignorarle mientras le sonsacaba la verdad a Ludwig ¿No era él que hasta hace poco me había confesado su amor incondicional por Feliciano? ¿Tan fácil le era olvidarse de ese amor? Sentí que los ojos se me aguaron solamente de rabia acumulada. Mis ojos eran unos traidores cuando me enojaba, comenzaba a lagrimear sin tener razón.

–Tienes que explicarme esto.- exigí, enarcando una ceja para detener el lento actuar de las lágrimas de frustración. Odiaba llorar de pura rabia, era vergonzoso. –Tú, baja del brazo del macho patatas ahora, furcia.- La chica, refunfuñando, me hizo a un lado, enseñando las uñas disimuladamente. Paré el impulso de sacarle la lengua de la forma más infantil posible.

–Esta fue una idea de mi "genial" hermano.- indicó con algo de sarcasmo a la vez suspiraba hondo por verse libre de la mujer. –Una cita a ciegas y un poco de alcohol para hacerme olvidar la tristeza y la soledad en la que me encuentro. Ideas locas, tú lo conoces.- se excusó, avergonzado. Parecía incluso nervioso.

–Más te vale que sea así. Si hay algo que odio, son las mentiras.- siseé molesto aún. Con el traje de mafioso me sentí un poco más valiente a pesar de que la diferencia de fuerzas entre nosotros era evidente. Ludwig se veía realmente apenado; así que de alguna forma, logré perdonar esa infidelidad a mi fratello. Quien no se veía contento era el mismísimo Feliciano, quien miraba desde lejos todo eso, vigilando a la chica. Le guiñé un ojo a lo que él respondió con unos gruñidos más típicos de mí que de él. ¿Qué le sucedía? ¡Acababa de hacerle un favor!

–¿Lovino?- llamó Antonio una vez más, su voz apagada nuevamente. Me volteé a verlo un segundo y me impactó la que vi a continuación ¿acaso ese era un puchero? Pues si era así me estaba logrando convencer. ¿Por qué se le veía melancólico? ¿Por qué insistía tanto? –Lovi, ¿vamos? Ven conmigo. ¿Por qué le guiñaste un ojo a Lud? ¡A mí nunca me habías hecho ese gesto!- suplicó. Se sacó las gafas de sol, sus ojos verdes brillando.

–Bastardo.- murmuré sin poder contenerme. –¿Qu-quieres que te guiñe un ojo?- Estaba haciendo esa cara de nuevo tan conmovedoramente manipuladora. Debía reconocerle que sabía cómo manejarme. Contuve el aire un momento y me decidí. –Pues no.- me di media vuelta, usando toda la fuerza de voluntad que me quedaba y me fui a un rincón apartado, sin volver la cabeza. Necesitaba hablar con mi hermano mejor en ese mismo instante.

Me apoyé en un muro desgastado mientras contemplaba de reojo el desconcierto de Antonio, arrastrando los pies hasta su guitarra y los demás. El alemán menor habló un momento con la chica y ésta pareció molesta. –No debiste hacerlo.- suspiró en mi oído Feliciano, apareciendo de repente, como me lo esperaba. El español lanzaba miradas furtivas desde su lugar, ignorando olímpicamente la charla del pollo.

–Pero ya lo hice.- le resoplé de vuelta, un poco enojado con la sencillez con la que aceptaba que su "amado" (aunque la sola idea me revolviera el estomago) estuviera con alguien más, liándose frente a sus ojos. Él, todopoderoso, podía separarla de él sin hacer demasiado esfuerzo. Un par de jugarretas sencillas y ella huiría espantada.

–Yo no estoy vivo.- replicó con melancolía. El corazón se me contrajo de pronto. No tuve necesidad de verlo para saber que parecía estar conteniendo difícilmente las lágrimas. ¿Podía alguien muerto llorar con una pena tan profunda? ¿Podía sufrir a los vivos de esa forma tan real? Probablemente fuera porque Feliciano era real. –Ludwig puede salir con quien quiera, incluso con cualquier persona que le presente Gil. Él está triste, pero ya me amó, y yo le amé. Tiene derecho a reconstruir su vida sin mí, fratello.

–¡No lo entiendes!- le grité enojado, explotando de repente. ¿Por qué no era él quien lloraba? ¿Por qué me correspondía a mí cargar con su amor por el chico patata? ¡Ni siquiera me agradaba! –¡Estúpido hermano menor! No lo entiendes. Si tú lo amabas deberías hacer algo, luchar por él ¡Tienes la capacidad! Aún si es un hombre ¡Joder, que te ama!

Para mi sorpresa, Feliciano respondió con una sonrisa calmada y triste. No había resentimiento en su gesto simple y puro, era un estado de gracia que pude envidiar antes de que abriera su gran boca. –Hermanito, si tanto te gusta Antonio no deberías negarlo ni proyectarlo en Lud.- Posó su mano sobre la mía. Yo sólo sentí un roce suave del viento. –Deberías perdonarte para seguir adelante. Ludwig siempre fue mi gran amor, pero yo ya no estoy para él. Antonio si está para ti.

–No sabes nada ¡nada!- con un par de sollozos pude retener el vergonzoso llanto que amenazaba con salir. –Vete de aquí. No me perdonaré nunca, ni te perdonaré por esto. El bastardo…Antonio, no me importa.- Cerré los ojos, deseando con todas mis fuerzas que aquel Feliciano tan alejado, tan inhumano, se alejara de mí y me trajese de vuelta a mi hermanito menor, el de los ruidos raros y sonrisas alegres. ¿Dónde estaba? Se había muerto. ¡Y yo estaba celando a su novio! ¿Qué leches tenía que ver el pirata idiota en todo ese asunto? Los besos del otro día no significaban nada.

–Lovi.- me susurró aquella conocida voz, poniendo su mano sobre mi cabeza gacha. –Lovi.- replicó nuevamente, al no hallar respuesta de mi parte. Luego, tomándose todas las libertades que quiso, me abrazó. –Mi romano, si no quieres guiñarme el ojo no tienes por qué hacerlo. No tienes por qué apartarte.

–¿Qué?- pregunté confuso, sin atreverme a abrir los ojos, ni siquiera a levantar la cabeza. Temía estar lagrimeando, y era demasiado orgulloso como para mostrarme así.

–No debías sentirte mal por algo como eso… ¡Sé que Ludwig es un tipo genial ¡ Y yo soy tu jefe, así que no debo pedirte cosas así. Además, puedo guiñarte el ojo yo hasta que sientas ganas de hacerlo tú. ¡Mírame, mírame!- Me tomó por los hombros a la vez abría los ojos, los cuales sentía hinchados. Como un maníaco, comenzó a guiñarme el ojo repetidas veces, hasta que se detuvo ante mi rostro de desconcierto total. Abrí la boca sin saber qué gesto poner.

Sin embargo no debí forzarme, nuevamente me carcajeaba por las ocurrencias del despistado de mi autodenominado "jefe" ¿Realmente se había creído que estaba llorando por no haberle guiñado un ojo? ¿Era así de inocente o simplemente un idiota con ganas de serlo? De cualquier manera había logrado hacerme reír otra vez, aun si siempre era a costa de sus payasadas inventadas y extrañas. Siempre me reía de él.

Al ver que conseguía alegrarme siguió haciendo guiños alternando el ojo derecho y el ojo izquierdo, casi pareciendo que pestañeaba mal y rápido, un poco retrasado. Sólo pude seguir riéndome un poco más de aquél improvisado circo. Pronto se unieron los demás, Gilbert le dio una palmada en la espalda y Ludwig sonrió brevemente, su acompañante había desaparecido en algún momento, y sin razón aparente. Elizaveta tenía esa sonrisita suspicaz que ocultaba una extraña chispa de sagacidad, la cual me asustaba un tanto; y la cual no cesó durante el resto de la tarde, con el mediocre canto del albino y la guitarra con un sonido más grunge. El ego del pollo aumentó más aún. Y entre las presentaciones, esa sonrisa no hacía más que aumentar, volverse más cómplice. ¿Qué era lo que tanto veía?

Sentí las mejillas arder al pensar que me miraba a mí, y volvía a sonreír. No era como que me sintiese feliz por eso. Porque no significaba demasiado.

Las horas se pasaron sumergidas en un baño cálido que era estar entre las risas de Antonio y la compañía, alguna indeseable como los hermanos bebedores de cerveza, de personas distintas, de otras palabras, de otras historias. Siempre resaltando esos gestos bobos, esos roces disimuladas, los guiños que no dejó de dar. Antonio borrando todo lo demás. Casi me sentía un idiota. Y de hecho lo era totalmente, pero poco me importaba.

Así pasó el día, sin dinero, pues el talento del pollo era nulo, aunque debía reconocerle el entusiasmo que muchas veces a mí me hacía falta. En el camino a casa lo único que me inquietó de la paz que sentía al no tener al bastardo encima, fueron las miradas que seguía lanzando la acompañante del prusiano. Yo estaba algo nervioso ¿es que acaso veía a Feliciano, caminando a mi lado?, si era así ¿por qué no preguntaba nada? Pronto me daría cuenta de que mis pensamientos estaban muy lejos de la realidad.

–No sabía que te llevabas tan bien con Lovino.- Interrumpió la conversación sobre amplificadores y guitarras que sostenían los hermanos Beilschmidt y Antonio. Éste último sonrió un poco al sentirse aludido, sin esconder su felicidad al oír aquellas palabras. Feliciano se había quedado en silencio para escucharla.

–¡Claro que sí!- exclamó contento, mas con las mejillas coloradas. Me dirigió una mirada cómplice. –Es una muy buena persona, aunque no lo demuestre muy a menudo. También es amable y sensible.- declaró con toda facilidad, como si yo no estuviese escuchando cada palabra. Como si no nos hubiéramos besado.

–Que no me describas como a una chica, joder.- le reclamé sin ganas, pues de uno u otro modo, me había sentido algo halagado por sus bonitas palabras. Era la primera persona que realmente se adentraba a ese sector oculto, ese que deseaba mantener escondido de miradas ajenas. Se había permitido apartar muchas barreras, incluso algunas físicas. Me sonrojé ante ese último pensamiento.

–Ya veo.- Elizaveta se rió sola, sin que nadie entendiese la gracia de su descubrimiento. Tenía un brillo especial, como si realmente estuviese feliz por lo expresado por el bastardo. –¿Entonces te gusta?- volvió a preguntar, como si fuera lo más normal del mundo. Todos se volvieron hacia Antonio, incluido yo, con los ojos abiertos como platos. ¿Qué mierda de pregunta era esa?

–¡Ya empezaste con tus preguntas raras!- le espetó Gilbert con cierto enfado un tanto fingido, parecía hacerlo más por su amigo que por otra cosa. –Por eso es que no te invito a salir.- se cruzó de brazos teatralmente. –Esto es lo que me temo siempre. No eres tan genial como yo.

La muchacha resopló, poco convencida. –Siempre me arruinas todo lo divertido.- Dicho eso, el ambiento volvió a la normalidad, y los demás retomaron su conversación, sobre el repertorio que podríamos ensayar, los solos de guitarra, la batería, el bajo. Parecían animados y excitados por una pronta presentación en el carnaval que recibía la llegada del otoño. Yo había estado tan feliz que había decidido olvidar el dolor de mi hermanito revoloteando sin alas alrededor mío.

El cariño de Antonio era tan profundo como el de él; y yo no merecía ninguno.

Pasadas varias calles, el grupo de la cita se despidió para irse cada uno a su casa. Feliciano me dijo adiós con la mano a la vez seguía nuevamente a Ludwig, con una sonrisa que no se le borró, rozó su mano y suspiró a lo lejos. Su aura de armonía y equilibrio cuando se encontraba cerca de ese macho patatas era increíble, y bastante cursi. Me era imposible dimensionar realmente lo resignado que estaba mi fratello a perder a aquel extraño ser de nombre Ludwig. Sentí una breve punzada en el corazón. Él se conformaba con un pequeño toque, que para el alemán era el viento fresco de la tarde con un breve sol. Me acongojaba el corazón de una forma que no conocía. Quizá fuera la culpa que aún se negaba a desaparecer.

Antonio tocó mi hombro suavemente. –Tengo algo que servirá para relajarte.- Rebuscó en su bolso con la mirada seria. ¿Algo para relajarme? ¿pensaba darme cigarrillos? No pude sobreponerme a la primera impresión, ¿acaso ese paleto fumaba? Luego de unos segundos dijo algo como "eureka" y me extendió su mano. Grande fue mi sorpresa al ver que tenía en ella un caramelo de anís, a la vez su sonrisa se extendía una vez.

De un cigarrillo a un dulce. De una aflicción constante a un rebalse de alegría que me sobrecogió una vez más. Tomé el dulce y lo puse en mi boca sin pensarlo dos veces.

Me tomó del brazo y comenzó a caminar sin apresurarse, la guitarra en su nueva funda se movía al vaivén de sus pequeños pasos. –Hoy vi a un chico muy parecido a ti. Tenía ese mismo rulito tan gracioso.- declaró. –Me quedó mirando un buen rato, me pareció que tenía una sonrisa muy tierna. Luego me dio las gracias y me indicó dónde te habías ido. Cuando volví la mirada hacia él, ya no estaba ¿No te parece curioso?

–Mucho…- lo consideré unos segundos, hasta que llegué a una conclusión nada esperada. –¿Me dejas ver tu guitarra un instante?- Confundido, me pasó el instrumento musical sin preguntar nada. En cuanto lo tuve en mis manos, rebusqué algún indicio del idiota de mi fratello hurgando en mi nueva vida, lo conocía lo suficientemente bien como para saber que estaba intentando hacer algo. Pronto lo encontré. Un rayón muy pequeño en la parte posterior que rezaba una sola palabra: "grazie". Volví a poner la preciada guitarra con cuidado en el estuche, y miré al bastardo con una melancolía que se mezclaba con la alegría, en una extraña combinación. Me devolvió la mirada.

No hizo ningún comentario al respecto, como siempre. Muchas veces sentía que ambos teníamos secretos inconfesables y dolores palpables, con los cuales nos entendíamos muy bien. Él ya no sonreía, sino que se mantenía con esa expresión calma, los músculos relajados y los ojos llenos de una expectación incontenible. –Tú me gustas mucho, Lovi. No tengo miedo de decirlo. Eres mi preciado romano.- Ahora si me dedicó una nueva sonrisa, de medio lado. Era una nueva que no conocía, una especial solo para mí. Aquél hombre era tan extraño como fascinante. ¿Sería acaso que…él también me gustaba? Quizá eran distintos modos de "gustar".

Mi corazón dio un salto, espantado y emocionado al ver que Antonio se acercaba lentamente a mi rostro coloreado, con la seriedad plasmada en su cara. Cerré los ojos y esperé que pasara lo que debía pasar. Se apoderó de mis mejillas con especial delicadez, sus manos chocaron frías contra mi acalorada piel. Y jaló de mis mofletes sin cuidado. –¡Siempre quise hacer eso!- se rió con ganas, escapando antes de que yo reaccionara del todo. Abrí los ojos con rapidez, él ya se encontraba huyendo a toda velocidad.

Me atraganté con el dulce.

–¡Imbécil, vuelve aquí, que patearé tu trasero!- Me lancé a correr tras él, sin embargo no pude enojarme realmente por sus niñerías y estupideces, ¡yo le gustaba! No sabía de qué forma, ni cómo, ni siquiera si era de la misma forma en la que me gustaba él, mas no me importaba. No pude más que aguantarme una nueva sonrisa tonta y alzar mi puño para amenazarlo, además de seguir corriendo. Lo alcanzaría y se las vería conmigo, ¡nadie podía hacerme sonreír así sin mi autorización! ¡No dejaría que Feliciano le agradeciera una segunda vez por ese gesto! Ya vería, sonreiría por mí mismo, viviría mis días. Quizá un poquito cerca de aquel bastardo con complejo de payaso. Quizá un poco más cerca de su corazón.

Porque de alguna forma intuía que Antonio, efectivamente, se quedaría conmigo.


N/A: Hello, people~ Vuelvo con la actualización semanal~ Debo reconocer que la edición no fue la gran cosa, nuevamente xD Toño es un conquistador nato, y Lovi un tipo celoso y muy tierno. Me gusta cómo se relaciona ese par.

Quizá la próxima semana demore, con todo lo de la PSU (xD pero a saber quién la conoce por estos lares) Estoy jodidamente nerviosa por la jodida prueba... sí, estoy jodida. Si muero, me encargaré de que alguien suba los capítulos restantes (y que ya están escritos, yay por mí)

Gracias por los comentarios, y por agregar esta historia a favoritos~ (Camilla, don't worry. Me alegra que simplemente te guste el fic~)

Espero que no hayan llorado con ese capítulo (en serio, no pretendo hacerlas llorar) Hasta pronto~