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Arthur había dejado de dormir bien desde aquel último encuentro con Francis. Cuando intentaba cerrar los ojos y dejarse llevar, la imagen de Francis pasando la noche al aire libre, en un friolento parque rodeado de vagabundos, le quitaba toda gota de tranquilidad para abrirle paso a la incertidumbre, preguntándose si estaría a salvo en algún lugar seguro y acogedor. Incluso no le importaba tanto que fuera en casa de alguna de sus conquistas. Lo prefería al hecho de peligrar su vida. Podía enfermarse, pero también sufrir un accidente y resultar herido.

La única razón por la que todavía no había ido detrás de él, sin importarle su poca disponibilidad para oír a alguien coherente y no solo a él mismo, era que no tenía idea de dónde pudiera encontrarse ahora. Después de dejarle ese día, Francis desapareció de la ciudad sin dejar un rastro para poder ser ubicado. Ni siquiera Matthew conocía su paradero. No había vuelto a la universidad. Arthur sabía tan poco sobre él que no tenía idea de en cuál otro sitio buscarlo.

En un principio pensó que no era su problema lo que le ocurriera, habiendo rechazado su proposición. Lo normal sería desligarse de aquella carga inútil, de la que no había sacado ningún provecho sino puros disgustos y... lo admitía, un placer efímero (pero bestial y adictivo, de una fuerza hipnótica que guiaba sus pensamientos, entre cavilaciones, a recrearlos una y otra vez) y vulgar (vulgares eran, en efecto, lo que le gustaba imaginar después, en encuentros cuya culminación se vislumbraban inciertos).

Al transcurrir la primera semana admitió que el problema le concernía mas de lo que quisiera y de seguir en lo mismo acabaría muerto por la incertidumbre, pero ¿cómo remediar lo que estaba más allá de sus capacidades? Preguntaba con voz disimulada en la universidad, en las calles prestaba atención a su alrededor, en la búsqueda febril de su figura mil veces repasada por sus manos en los momentos íntimos que se obligaron a tener (u obligó, pero Francis nunca se opuso a nada. Además, el fue quien lo inició todo, esa primera vez ya lejana).

Para su mal humor, la gente se daba cuenta que él no estaba bien. Sus padres, sus hermanos, su prima y sus amigos. Tenía una preocupación que le comía el sueño y el orgullo y Gilbert y Sakura tenían una idea de la causa de su pesar. Era vergonzoso pensar en Francis. O no dormir por él. ¿Qué era de su vida? ¿Dónde se había metido, maldita sea todo?

Cuando lo vio, después de un mes, salir de un edificio que Arthur conocía como corporativo, en donde varias empresas tenían sus oficinas, pensó que se lo estaría imaginando: que era un fantasma, que aquello no podía ser real. ¿Tan repentino? De la nada y a él, como si fueran sus ansias que lo trajeran a su mundo. Pero no se trataba de un engaño de su deseo, era él, ¡efectivamente era él! ¡Francis!

Apresuró su paso para salir a su encuentro, sin pensar en nada más que tomarle del brazo, torcérselo y pedirle explicaciones. Lo alcanzó cuando llegó al final de la manzana y se disponía a cruzar la calle.

-Tú -dijo, agarrándolo de la chaqueta.

Francis se sobresaltó menos de lo que hubiera esperado.

-Arthur, qué sorpresa.

Lo miró de pies a cabeza. En si lucía como siempre, sin dar la impresión de haber pasado penalidades al encontrarse pobre y sin hogar, solo lo delataba unas ojeras poco pronunciadas, la barba de mas de tres días que se apoderaba de su rostro y la sospechada delgadez que la ropa intentaba disimular. La ropa se encontraba en mejor estado, lucía de diseñador, lo cual era imposible al menos que se trataran de imitaciones.

Arthur se encontró sin saber qué decir una vez comprobado que no se lo había tragado un agujero negro y que no demostraba la misma aprehensión que él al verlo. Se sentía humillado, ¿tan rápido fue olvidado? ¿Quien era el que casi había suplicado la primera vez?

-¿A donde vas? -preguntó Francis.

-A mi casa, vengo de almorzar con... -¿Y por qué tenía que darle explicaciones?-. ¿A dónde vas tú?

-A ninguna parte, en verdad.

-Acompáñame -se encontró pidiendo antes de darse cuenta de lo que parecía: Un desesperado, ¿por qué no se controlaba más? No valía la pena. Seguramente ahora Francis se reiría y dijera que prefería seguir vagando sin rumbo fijo.

-Encantado -dijo, contra todo lo que hubiera esperado.

-¿De verdad?

-Sí.

Caminaron hombro con hombro hasta donde Arthur había dejado aparcado su automóvil. Le gustaba verlo allí, reluciendo entre los demás vehículos, porque era el mejor, el más caro y rápido que los de su alrededor. Decía sin posibilidad de error que estaba más allá que todos los demás propietarios. Examinó la expresión de Francis, quien no parecía en lo absoluto sorprendido por su auto. Nunca había dado la impresión de estarlo, cuando él ni siquiera tenía para utilizar el metro.

Encendió el auto, también el reproductor. Lo había dejado con The Dark Side of the Moon de Pink Floyd. Francis observó la pantalla con interés, y luego descubrió que lo miraba disimuladamente. Aquel escrutinio cuidadoso lo ponía nervioso sin razón aparente.

-¿Que hacías aquí? -preguntó.

-Ya te dije, iba sin rumbo fijo.

Arthur estaba impaciente. Muchas veces Francis hablaba sin parar, sin ocurrírsele que fuera cansino o lo que dijera tuviera sentido. Desearía que esta fuera una de esas veces.

-Hoy me botaron del apartamento que compartía con otros chicos -siguió-. Les caía mal porque soy demasiado bello.

-Grandiosa razón para justificar que no te aguante nadie.

-Es verdad. Me tenían envidia. Y con la menor tontería..., igual no me gustaba estar allí.

-¿Te habías quedado allí todo este tiempo?

-No. Solo una semana.

-¿Y las demás?

-Por ahí. Ah, Arthur, todavía no he almorzado. ¿Podrías detenerte en algún café? Podría desmayarme.

-Me da igual, desmáyate si quieres, el que conduce soy yo -le repuso, pero lo miró de reojo-. Parece que no hubieras comido por una temporada. ¿Dieta?

-Sí, me has atrapado. Estoy a dieta.

-La dieta del pobre.

Arthur no pensaba detenerse por ningún motivo. Le daba la impresión que si lo hacia, Francis volvería a escapársele y eso no lo pensaba permitir. Lo había encontrado, no lo dejaría libre otra vez. Estaba bajo el control de las situación, nadie iba a exigirle que no hiciera su voluntad.

Al llegar a la casa, probó el sabor de la completa turbación de Francis. Seguramente no se esperaba que viviera en un lugar enorme. Estacionó el auto y dejó que Francis admirara un poco más la fachada exterior. Se trataba de un placer estúpido, como si volviera a ser el chiquillo menor de edad que traía a sus novias a su casa cuando quería impresionarlas con su riqueza.

-Vamos -le instó a Francis y ambos entraron.

Lo dejó en el comedor, mientras iba a la cocina y llamaba al cocinero. Cuando este acudió le ordenó que preparara un almuerzo rápido y abundante, pero no le dijo que no sería para él. Volvió con Francis y siguieron hacia su habitación.

-Esto te lo ha decorado tu madre -observó Francis, sonriendo cuando se sentó en la cama-. Vives bastante bien.

-Sí -asintió Arthur y pensó en sentarse a su lado. En su lugar fue a la ventana, que daba al jardín. Tiempo después Francis se le acercó. Volvía a estar maravillado.

-¿Te gusta?

-Sí.

-A mí también.

-Siempre me han encantado los jardines. Una de las razones por la que no se me hace difícil dormir en un parque, es porque lo imagino mío. Poseer un jardín inmenso, únicamente mío.

-Es un consuelo miserable, pero va contigo.

-Gracias, mon ami.

-¿Dormiste en parques antes de estar en ese apartamento...?

-Solo tres días, luego me fui con un amigo. Este me presentó a otro amigo, y me fui con él a Nueva York.

-Y ni avisaste a nadie.

-No se me ocurrió. ¿Los he preocupado?

-No.

Francis lo miró a los ojos, con una intensidad que se le hacía incómoda. Parecía leer a través de él, y tal vez lo hubiera hecho, porque por su semblante apareció la primera y única pizca de arrepentimiento que supo reconocer, antes de acercarse a sus labios y besarle brevemente. No tenia intención de convertirlo en un beso profundo, pero Arthur no pensó siquiera en lo que le estaba permitiendo. Con un apetito voraz, le correspondió, desesperado por tener lo que no se cansaba de soñar.

¿Estaría arrepentido por haberse ido? ¿Le besaba ahora porque lo había extrañado también? ¿Qué era ahora para él después de tan larga ausencia? No tenía idea de la respuesta a sus incertidumbres, y mucho menos el valor para planteárselas y escuchar lo que Francis tuviera que decir.

Una de sus criadas vino a avisarle que ya el almuerzo estaba listo. Arthur se separó a tiempo, avergonzado por ser descubiertos. Por suerte, si bien los sirvientes chismoseaban entre ellos, casi nunca hablaban con sus padres y sus hermanos. No tendría problemas por lo pronto.

Francis comió como si tuviera días que no lo hacía, algo que era fácil imaginar dado su aspecto y las pocas luces que había soltado sobre sus andadas. Después volvieron a la habitación.

-Si no sabes dónde quedarte... -Aquello era difícil de decir, porque podría tomárselo mal. Francis podría creer que le importaba de verdad-..., puedes quedarte aquí, hay suficientes habitaciones.

Creyó que lo rechazaría. Recordaba que anteriormente declinaba sus ofertas monetarias, su obra de caridad, gracias a una insensatez odiosa que podría llamarse orgullo. Un orgullo imbécil que lo obligaría a dormir en lugares horribles y a no comer. Pero estaba equivocado.

-Bien. Me quedo contigo -aceptó Francis-. Pero todavía tengo mis cosas en el apartamento, ni siquiera pude guardarlas todas... ¿me ayudas a traerlas?

-Vaya que molestas, pero no tengo nada que hacer -repuso Arthur, omitiendo la cantidad de lecturas para la universidad. Estas podían esperar.

En la puerta de entrada se consiguieron con Manon, quien miró a Francis con curiosidad. Arthur evitó que preguntara algo dándole una mirada de advertencia, y ambos salieron, dejando a la chica bastante desorientada. Temiendo que pudiera esparcir la noticia, le envió un mensaje de texto prohibiéndole comentar nada al respecto de Francis.


N/A: ¡Feliz año! Espero poder actualizar más seguido, por lo pronto la historia irá yendo más rápido al siguiente paso en su relación. Nos vemos n.n