Capítulo diez
Durante las noches Jasper y yo nos quedábamos hasta las tres de la mañana intentando bajar la fiebre de los gemelos con compresas de agua fría. Ni siquiera queríamos acostarnos a dormir en nuestras respectivas camas, ya que teníamos miedo de aumentar su temperatura por el calor de nuestros cuerpos. En consecuencia nos quedábamos casi toda la noche despiertos, esperando un milagro, tratando de luchar contra un resfriado que parecía empeorar cada día y escuchando las incontables preguntas que Peter y Cynthia nos hacían en su delirio de enfermos.
-¿Crees que se recuperarán?-pregunté a Jasper mientras intentaba hacer que los niños bebieran algo de zumo de naranja.
-¡Claro que sí!-exclamó Jasper con una sonrisa llena de optimismo- Ya escuchaste a la abuela, nueve días y nuestros gemelos estarán como nuevos. En cuestión de días estarán corriendo, jugando y ayudándonos a decorar todo para Navidad.
Los pequeños se recuperaron como había dicho la abuela, pero el resfriado no se fue en nueve días si no que en diecinueve largos días. Durante todo ese tiempo los niños no fueron a médico ni recibieron algún medicamento que los ayudase a recuperarse, sólo se mejoraron de forma lenta por las pastillas, el zumo de naranja y las compresas de agua. Fue un verdadero milagro que Jazz y yo no nos hubiésemos contagiado, ya que con los cuatro enfermos la vida se nos dificultaba aún más.
Sin embargo, Cynthia y Peter ya no eran los mismos. Sus ojos estaban cubiertos por ojeras, sus piernas eran muy delgadas y ya no tenían ánimo de jugar a nada. Se habían debilitado por culpa de la maldita gripe, además me daba miedo mirarles ya que se habían vuelto muy sombríos como los niños en las películas de terror. Peter que antes era muy callado ya no hablaba prácticamente nada y Cynthia que siempre estaba alegre y hablando con todo lo que había a su paso, se volvió tanto o más sombría que su hermano.
Decidí comentarle aquella situación a mamá cuando volvió a visitarnos, pero ella parecía cada vez más lejana y me miró como si quisiese que dejara de agobiarla con mis problemas.
-Lo único que necesitan los gemelos son vitaminas- dijo con frialdad mientras se sentaba en la silla mecedora-. A partir de mañana ustedes cuatro comenzaran a tomar vitaminas y problema solucionado.
-¿Vitaminas?-pregunté cruzándome de brazos- ¿De verdad crees que unas vitaminas van a reemplazar el sol y el aire libre?
-Para que lo sepas Alice, para eso inventaron las vitaminas- me contestó mirándome con desdén-: para reemplazar las vitaminas que no se obtienen del sol.
-¿Al menos podrías venir a buscar a los gemelos y llevarlos a dar una vuelta en auto?-dije después de un minuto de incómodo silencio- Podrías llevarlos al parque mientras Jasper y yo podemos quedarnos aquí.
-Lo siento, pero no puedo-contestó de inmediato-, aquí trabajan muchas personas y se darían cuenta de inmediato si saco a los gemelos de esta casa.
-¡Entonces trae algunos plátanos para los niños! Sabes que a ellos les encanta comer plátanos y no hemos comido nada de eso desde que estamos aquí.
-A mi papá no le gustan, pero veré que puedo hacer.
La miré enfadada ¿cómo podía ser tan fría con unos niños inocentes? Decidí contar hasta mil para no decirle que era una mentirosa o algo aún peor, además Jasper estaba ahí mirando toda la escena y no quería volver a pelear con él otra vez por culpa de mamá. Me sentía terriblemente cansada, asustada y desesperada. No quería estar en ese ático ni un solo día más y la incomprensión de mi madre me exasperaba, sin embargo, aquel día nos había llevado un pequeño árbol de navidad y algunos adornos para decorar nuestra habitación.
Desde aquel día comenzamos a sentirnos muy emocionados por la fiesta de Navidad. Me decidí a tejer unos guantes para los gemelos y un gorro de lana para Jasper algunas noches en que me quedaba despierta hasta muy tarde, de todas formas creo que mi tejido está quedando bastante raro porque nunca aprendí bien a hacer un gorro y porque también está quedando demasiado grande.
-Deberíamos hacer un regalo a nuestra abuela-dijo Jasper una vez mientras terminaba de servir el desayuno. Le miré con algo de curiosidad antes de llenar su taza con algo más de leche-, después de todo nos trae comida y deja que nos quedemos en su casa. Tal vez si le hacemos un regalo comience a ser más amable con nosotros.
-Tienes razón- susurré después de meditarlo un momento-, además ella se levanta de madrugada y va a la cocina antes que lleguen los empleados para traernos la comida todas las mañanas y es la única que siempre se acuerda de nosotros.
Aquella misma tarde nos pusimos a confeccionar el regalo para nuestra abuela, habíamos pensado hacer la representación de algún paisaje y todos comenzamos a ayudar. Los gemelos hicieron bellas mariposas con género mientras yo ayudaba a Jasper a pintar una casa sobre una montaña. Debo decir que pasamos días enteros tratando de hacer un trabajo perfecto y al final era nuestra mejor obra de arte. Todos teníamos la esperanza de poder ablandar en algo a nuestra abuela y hacer que nos quisiera aunque fuese un poquito.
Nuestra cena de Nochebuena fue la mejor comida que habíamos probado en mucho tiempo: el pavo era delicioso, la salsa sabía muy bien y las ensaladas parecían cocinadas por los mejores cocineros de todo el mundo. Por supuesto nuestra comida estaba fría, pero eso era lo de menos ya que me había dedicado durante todo aquel día a decorar nuestra mesa lo mejor posible mientras Jasper le leía a los niños algún cuento de Navidad.
Al día siguiente cuando desperté pude ver que el cuarto estaba lleno de regalos. Había dulces, juguetes, ropa nueva , adornos para el cabello y muchos regalos para Jasper y para los gemelos. La verdad es que me sentí algo triste, ya que había muy pocas cajas que tuviesen mi nombre escrito en ellas. Supuse que mamá había decidido comprar más regalos para Jazz porque no habíamos podido celebrar su cumpleaños y para los gemelos porque aún son pequeños y se merecen la magia de creer en Santa Claus.
Recogí las cuatro cajas que tenían mi nombre y me senté en un rincón apartado para abrirlas en completo silencio. Las cajas tenían una camisa nueva para dormir, algunos lazos y cintas para el cabello, perfumes y ropa muy fina y costosa. Me quedé un momento sentada en el suelo mientras miraba a los gemelos jugar con sus cosas nuevas, no me di cuenta cuando Jasper se acercó y se sentó a mi lado.
-Tal vez mamá traerá más regalos para ti en un rato- comentó tomando entre sus dedos uno de los lazos para el cabello.
-No importa-respondí con una sonrisa-, creo que papá era quien me llenaba de regalos pero estoy feliz, de verdad.
-Mentirosa... si quieres podemos compartir la cámara fotográfica aunque aquí no hay nada bonito que fotografiar- me miró un momento antes de tomar la cámara y apuntarme con ella-. Vamos, sonríe un poco.
Le hice caso, pero luego comenzó a tomarme fotografías a cada momento de un modo que me resultaba exasperante. Los minutos comenzaron a pasar hasta que la puerta comenzó a girar y la abuela entró en nuestra habitación. Estaba nerviosa, ya que yo era quien debía entregarle nuestro regalo básicamente porque los gemelos le tenían miedo y porque ella evitaba mirar a Jasper a toda costa.
No podía hablarle sin que ella me dirigiera primero la palabra, así que me limité a tomar el regalo y ofrecérselo antes de que abandonara la habitación. Sus ojos me miraron sorprendidos, incluso parecía tentada a aceptar nuestro regalo ya que algo de ternura afloró en su mirada.
-Todos hemos ayudado a hacer este regalo-susurré temblando-. Sólo queríamos desearle una feliz Navidad, abuela.
Desvió la mirada de mi figura hacia donde estaban mis tres hermanos y se dio la vuelta para dejarnos nuevamente encerrados. Me quedé de pie con el regalo en las manos y mirando aquella puerta con los ojos llenos de lágrimas hasta que me decidí a arrojar aquel estúpido obsequio al suelo. Me sentía tan enfadada y dolida que comencé a destrozarlo sin siquiera pensar en que tal vez podríamos conservarlo nosotros. Lo único que rescaté fueron las mariposas que los gemelos habían hecho y me juré guardarlas por el resto de mi vida.
Horas más tarde mamá vino a vernos, se había hecho un peinado muy hermoso en su cabello y llevaba una ligera capa de maquillaje. Estaba usando una bata lo que me indicaba que tendría que cambiarse pronto de ropa. Con ella traía una casa de muñecas muy hermosa y un pequeño televisor que puso en nuestra habitación.
-La casa de muñecas es para que los gemelos jueguen como yo lo hacía cuando era pequeña- nos explicó y luego tomando mi mano se dirigió a mí- y la televisión, princesa, es para ti. Mi padre me la ha dado, pero de inmediato pensé que tú siempre haz querido una ventana al mundo exterior y ahí la tienes.
-¡¿Tu padre ya te ha perdonado?!-pregunté casi de inmediato.
-Sí, la próxima semana el abogado vendrá a colocar mi nombre en el testamento de mi padre-me sonrió antes de abrazarme-, además quería contarles que papá ha organizado una gran fiesta en mi honor esta noche.
-¿Podemos ir?-preguntamos Jasper y yo de inmediato.
-Hay un lugar en el que yo me escondía de pequeña para ver las fiestas de mis padres. Estarán algo apretados ahí, pero podrán mirar todo lo que pase en la fiesta.
Mamá prometió que vendría a buscarnos en cuanto los gemelos se quedasen dormidos, dijo que teníamos que regresar temprano pero no importaba ¡Por fin mis ojos iban a ver algo más que la habitación y el ático! Durante las horas restantes Jasper y yo compartimos algunos chocolates y esperamos ansiosamente a que nuestros pequeños se metiesen a la cama y por fin decidieran dormir un poco.
Nuestra madre llegó a la habitación a eso de las diez de la noche. Llevaba un vestido de color verde esmeralda, largo, ligero y con un escote que dejaba ver una buena parte de sus grandes pechos. Jasper se quedó mirando su escote un rato bastante sorprendido, mientras por mi parte yo no podía evitar pensar que también me gustaría tener unas curvas como las de mi madre para hacer que todos los hombres se enamoren de mí con tan solo mirarme.
Recorrimos apresuradamente el pasillo de esa ala de la casa y llegamos al lado de las escaleras que daban al primer piso. Mamá nos metió en el interior de una enorme mesa oscura y alargada, con una puertecilla debajo. El lugar el incómodo y hacía mucho calor, pero se podía ver bastante bien a través de una rejilla de malla que había en la parte trasera.
Mamá se alejó lentamente y pudimos ver todo lo que pasaba en el piso de abajo. Sin lugar a dudas mamá era la más bella de toda la fiesta y caminaba como si fuese un verdadero ángel flotando entre los invitados. Después de un rato la orquesta dejó de tocar y un hombre en silla de ruedas se acercó al salón acompañado de un par de enfermeras ¡Aquel hombre era nuestro cruel abuelo! Lo supe de inmediato por el color azul de sus ojos y la forma en que miraba a nuestra madre. Por un momento pensé que él sabía que nosotros estábamos allí, ya que alzó la mirada y miró directamente a nuestro escondite con una sonrisa en sus labios.
Ella se acercó para besar su mano y él le ofreció una caja de terciopelo rojo que contenía un collar de diamantes muy brillantes, luego le abrazó y la fiesta continúo como en un principio. Yo no perdía de vista a mi madre, por eso me sorprendí cuando comenzó a bailar con un hombre muy atractivo de cabello negro y algunos años menor que ella. Él no podía dejar de tocarla, ya que incluso cuando bailaban estaban tan cerca el uno del otro que sus mejillas se rozaban. Cada vez que terminaba la música aquel tipo rodeaba a mamá por la cintura, o la tomaba del brazo ¡También se atrevió a apretar uno de sus pechos! La verdad pensé que ella iba a darle una bofetada, yo lo haría en su lugar, pero se limitó a reír y darle un pequeño empujoncito para susurrarle algo al oído.
-¿Haz visto lo que hace mamá?-le pregunté a Jasper en susurros.
-Sólo está bailando Alice- respondió a mi lado-, además es normal que los hombres comiencen a acercarse a ella. Piensa que es una viuda joven, bella y que pronto heredará una verdadera fortuna.
Nos quedamos mirando a mamá durante horas mientras nos susurrábamos al oído que Cupido dispara mal sus flechas, ya que el amor llega en el momento más inesperado y con la persona inesperada. Decidimos quedarnos unos quince minutos hasta que nos dieron ganas de ir al baño, entonces Jazz abrió con cuidado la puerta de la mesa y corrimos a nuestro cuarto lo más rápido posible. Una vez dentro comprobamos que nuestros gemelos estaban profundamente dormidos.
Comenzamos a discutir por quien debía ser el primero en ocupar el baño, hasta que la discusión se dio por zanjada porque Jasper me empujó sobre una de las camas y corrió para encerrarse en el baño. Era demasiado injusto, además él tarda mucho rato en vaciar su vejiga y se supone que siempre las mujeres deben pasar o ir primero a cualquier lugar.
Cuando por fin salió, tomé mi camisa nueva de dormir y un cepillo para el cabello. Mi camisa nueva era de color blanco, larga y con encajes con forma de flores. De algún modo me hacía sentir mucho más bella que antes y me gustaba mucho la forma en que caía elegante y delicada por mi cuerpo. Fuera, los ojos de Jasper me miraron de la cabeza a los pies de un modo que nunca antes lo habían hecho, parecía realmente embelesado tal como había pasado cuando vio el escote de mamá hace algunas horas.
No sabía como interpretar aquello, pero él pasó largos minutos mirándome de una forma que para mí era muy extraña. Sus ojos parecían querer traspasar el fino encaje y ver que había debajo. Nerviosa me di la vuelta para sentarme sobre mi cama y crear una cortina con mi largo cabello que llegaba a mi cintura mientras fingía cepillarlo. No quería que Jasper viese el rubor en mis mejillas ni mi nuevo estado de agitación, nunca sus ojos azules me habían hecho sentir de aquella forma y no sabía si me gustaba o no aquel sentimiento.
-¿Sabes? - me preguntó ubicándose en mi campo de visión- Esta es nuestra gran oportunidad para explorar la casa.
-¡No!-exclamé asustada- Si la abuela nos descubre nos azotará hasta matarnos y me da mucho miedo que pase eso.
-Entonces tú quédate aquí, así si me descubren sólo me castigarán a mí y asumiré las consecuencias.
-¿Qué harás para que no te reconozcan?-pregunté preocupada.
En respuesta Jasper se puso un feo abrigo que encontró en uno de los armarios del ropero y un sombrero de copa que se veía realmente ridículo.
-Listo, mi bella dama-murmuró haciendo una pequeña reverencia frente a mí-. Así nadie logrará reconocer a tu valiente caballero en caso de peligro.
-¡Sólo te falta un caballo blanco y la armadura!-contesté riendo a lo que él me guiñó un ojo-... Por favor, vuelve pronto. No me gusta estar aquí sin ti.
-No tienes de que preocuparte, prometo que estaré de vuelta muy pronto.
Me miró por un segundo antes de tomar mi mano y atraerme hacia sí para besar mi mejilla y apoyar su frente sobre la mía por un segundo. En cuanto desapareció por la puerta me acosté junto a Cynthia y mirando el anillo de rubí que papá me había regalado cuando tenía siete años y pensando en él pude conciliar el sueño.
Hola, primero que nada quiero aclarar que no me iré de esta página al menos no por ahora y segundo agradecer todo el apoyo y bueno el capítulo es algo extraño, pero creo que la historia va bien. De todas formas pueden dejar su opinión, sugerencia o comentario todo es bienvenido y bueno gracias por leer y por el apoyo c: les quiero mucho
