Este fanfic participa en el reto de febrero "¿Quieres ser mi sangriento Valentín?" del foro I am Sherlocked.

Prompt: "Corazón Roto".

Disclamer.- Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de Arthur Conan Doyle, la BBC, Moffat, Gatiss y no sé quien más y aunque usted no lo crea, ni siquiera John es mío, así de injusto es el mundo Señoras y Señores.

Para Mactans y claro... sigue siendo para Violette Moore...


ROTO

por

Adrel Black


X

John estaba de pie mirando el atardecer. Siete días habían pasado. Hacía frío afuera, era el único loco que estaba sentado a aquella hora y con aquel frío en las mesas externas de Cross Keys.

—Gracias, Billy —dijo John sin apartar la mirada del vaso de whisky que le tendían, no quería volver a ver esa mirada de conmiseración que el tabernero le lanzaba cada vez que se acercaba a él.

Suponía que ambos hombres, Billy y Gary su pareja habían estado cotilleando sobre él.

Cuando estuvo en Dartmoor con Sherlock la vez anterior ambos hombres habían asumido que él y el detective eran pareja, suponía que ahora se preguntaban por qué estaba solo.

Aun así cuando necesitó huir fue el único lugar al que se le ocurrió alejarse. Después de asesinar a Mary y de vaciar el estómago simplemente había tomado un par de cambios, la tarjeta de débito y se había ido.

Podría haber escapado hacia algún lugar donde los recuerdos de Sherlock no plagaran las paredes, pero no estaba seguro que eso fuera posible, podría irse a Tombuctú y aun así lo recordaría.

El sol bajaba cada vez más, primero como si no quisiera irse, luego había convertido cielo y nubes en un mar de veleros rojos. Después era un disco incandescente que abandonaba su lugar, dejando el firmamento en la oscuridad absoluta. Estrellas y luna brillaban, claro, pero todas era insignificantes, frente al sol que les abandonaba. Ahora solo quedaba oscuridad.

Así era Sherlock, como un disco incandescente que ahogaba todo a su alrededor, para después abandonar.

Tomó el vaso de whisky que Billy le había dejado sobre la mesa, estaba oscureciendo y él ya había emprendido la carrera desaforada por perder la conciencia, cosa que no era fácil. Usualmente debía al final del día mezclar también alguna pastilla para el insomnio. Podría decirse que había dormido como un bebé desde que abandonó Londres y se hospedó en aquel hotel, pero las pesadillas no le permitían el descanso. Pesadillas plagadas de Marys armadas que disparaban a Sherlocks indefensos mientras bebés recién nacidos y aun cubiertos de sangre lloraban por el suelo, John no podía, en sus pesadillas, salvar a unos y otros. Sherlock eventualmente terminaba con la cabeza destrozada, Mary con la frente perforada y los bebés de pronto se sumían en mutismo, morían, se ahogaban de tanto llanto, mientras él impertérrito miraba como todo se iba al infierno.

Vació el vaso de un trago con las manos congeladas, pediría otro si Billy salía por algún motivo, si no salía, seguiría ahí sentado hasta que el frío fuera tan intenso que resultara insufrible, cuando eso ocurriera, quien sabe, quizás subiera a su habitación y a seguir bebiendo a solas, había otra botella de whisky allí, quizás caminara por el páramo. Quizás con la suficiente suerte se perdería en la llanura, quizás un perro monstruoso que sabía no existía, saltara de las sombras y lo asesinara, sería lo mejor, que le arrancara parte por parte, quizás en alguno de esos mordiscos se llevara también el dolor.

La respiración se le volvía vaho, mientras seguía mirando, estaba tan dolido, que había perdido el poder de querer. Ya no más, para qué intentar, había intentado una y otra vez con o sin Sherlock Holmes y la consecuencia siempre había sido la misma, él estaba roto, él salía lastimado, era él el que tenía que recoger los trozos una y otra vez y rearmarse en la soledad, para volver a intentar. ¡No más! ¡No de nuevo!

Billy se acercó a la mesa y le ofreció algo de cenar.

—Otro —murmuró John sosteniendo el vaso vacío y entregándoselo a Billy.

—Doctor Watson. Creo que no ha comido nada hoy, —John levantó la vista, el tabernero le miraba con ojos preocupados, había lástima en ellos, sintió la necesidad de estrellarle el vaso contra la estúpida cara. Nadie le había enseñado a ese pequeño pendejo que mirar a la gente con lástima se podía considerar como una ofensa.

—Solo el whisky —el hombre se mordió los labios y se fue.

Al paso de un rato volvió, John probó y sonrió, habían diluido el whisky con agua. Desvió la vista hacia la taberna solo para descubrir a los taberneros mirándole desde la ventana de la trastienda. No pudo evitar medio sonreír, a ellos qué les importaba. Qué le importaba a nadie.

John vació de nuevo el vaso, mientras su teléfono sonaba, puntual, como cada día a las siete de la mañana y cada noche a las diez. Asumía que Sherlock había elegido esos horarios porque sabía que eran las horas en las que John acostumbraba levantarse e irse a dormir cuando no tenía trabajo.

El primer mensaje había sido más bien escueto e iban aumentando en desesperación conforme los días pasaban.

"Mycroft lo ha solucionado, no hay cargos para nadie, Lestrade ha dado carpetazo al asunto de los cadáveres, en lo que a los archivos concierne esto nunca paso. SH."

John había sonreído entonces, y claro, todo lo demás tampoco había sucedido, aquella noche en la cama de John, las ideas, la desesperación. Nada. Tu siempre te sientes culpable, había dicho Mary y tenía razón se sentía culpable, de todo lo que había ocurrido y ya no podía más.

Dejó el vaso sobre la mesa y se retiró rumbo a su habitación. Con una simple inclinación dio las buenas noches a Billy y a Gary cuando cruzó el área de la taberna encaminándose hasta la puerta número 20.

Se dejó caer en la cama, el dinero no iba a durarle eternamente, y el ánimo tampoco, dentro de unos días la tarjeta de débito se quedaría sin fondos y tendría que salir de aquel hotel. Ya no tenía trabajo en el hospital ni tampoco lo deseaba, ya no tenía nada.

"John, Por qué no vienes a Baker Street. SH"

Aquel mensaje había sido el de la primera noche. John rebuscó en la bandeja de entrada el mensaje de aquel día.

"La gente habla del infierno sin tener ni puta idea. SH"

John se sonrió. "Empezando por ti" había escrito, para enviar el mensaje a borradores inmediatamente después.

Debía tomar una decisión. Sacó la botella de whisky, otro whisky le vendría bien, luego el pequeño frasco con somníferos, que ya estaba medio vacío, por último la SIG del cajón del buró y se quedó mirándolos. Qué sería mejor, ahogarse en alcohol, volarse la cabeza o dormirse y ya no despertar.

Se imaginó a Sherlock de pie frente a una de las frías mesas de la morgue teniendo que reconocerlo.

La primera opción seguramente haría que se ahogara en su propio vómito, se lo pensó. Los ojos hinchados, los labios morados aun cubiertos de bilis, pues no había comido nada aquel día.

Luego la segunda, un tiro en la boca. No, demasiado Moriarty, sería muy capaz de encontrar su propio corazón, aunque si le encontraban demasiado pronto corría el riesgo de que le salvaran, o de pasar un rato más en agonía, con sangre corriendo de su boca y su nariz. Tal vez en la sien, tal y como Mary había amenazado de acabar con Sherlock.

De nuevo pensó en Sherlock allí de pie, mirando su cuerpo roto, por fin reflejando su interior, masa encefálica aun expuesta y a una horrible mueca en el rostro. No.

Las pastillas, tomar las suficientes y ya no despertar, era una forma cobarde de irse, nada propia de un soldado, pero le daría una sensación de calma a Sherlock, parecería que simplemente se había dormido, las drogas lo noquearían y mientras estuviera dormido el corazón fallaría, dejaría de bombear y el cerebro eventualmente moriría.

Sherlock podría con eso, sería limpio, no traumaría a nadie, si no hubiera estado bebiendo tanto incluso podría haber pasado por un accidente.

Abrió el frasco, doce pastillas, eran suficientes. Él no era muy alto, ni pesaba mucho de modo que serían más que suficientes.

La puerta de la habitación se abrió mientras John tomaba las pastillas en un puñado listo para llevárselas a la boca. Sherlock de pie en el umbral le veía con una mueca de espanto en el rostro.

—No lo hagas John.

Silencio. Luego John preguntó:

— ¿Cuidarías de Harry?

—No, si lo haces, lo haré también.

John levantó la vista, el detective se acercaba.

— ¿Cómo me encontraste? —Sherlock hizo una mueca petulante —Claro eres Sherlock Holmes.

—Y mi hermano es el Gobierno Británico.

— ¿Cuidarás de Harry?

—No, si no sales conmigo de está habitación John, no saldrá ninguno de los dos.

—A lo Romeo y Julieta —se burló John.

—Tú ya lo tienes todo listo, casi diría que me esperabas —John sintió las pastillas remojarse en el sudor de su mano, mientras Sherlock señalaba el arma con la mirada.

El detective se acercó a la ventana, miró el páramo, era bellísimo a la luz de la luna, tétrico y sombrío, lúgubre, triste. Tal y como ellos lo eran.

—Es un lugar hermoso para terminar —susurró Sherlock, —preferiría nuestro salón en Baker Street, pero si no se puede, este lugar es hermoso. Incluso las estrellas, tú que sabes sobre constelaciones y esas cosas; lo aprecias ¿no, John?

—Entiende, Sherlock, ya no puedo más. Si te lo permito, lo harás de nuevo, mentirás, lastimarás, te aburrirás y yo no puedo pasar por todo esto otra vez.

—Merezco un milagro, John, por mí merezco que tú obres un milagro..., por mi John.

—Tú no obraste un milagro, tú lo dijiste, un truco de magia.

—Si ese fue un truco, el milagro fue aquel día en el hospital, después de que Mary me disparara, estaba muerto, clínicamente muerto, los doctores te lo dijeron.

—Durante casi tres minutos lo estuviste.

—Sí.

Ambos se quedaron en silencio, nada se movía, ni dentro ni fuera de la habitación.

— ¿Sabes que me hizo volver? —John negó —yo sabía que estaba muriendo, pero la simple idea del peligro que corrías, no podía solo morir y dejarte aquí, tenía que asegurarme de haber hecho hasta lo imposible. Y ahora también.

— ¿De qué hablas?

—Si decides que este es el fin del camino, que sea el fin de ambos, es todo lo que puedo hacer. Rogar por un milagro, pero si no soy digno de uno John, me conformo con que me dejes seguir contigo.

Sherlock se acercó, tomó la mano de John, donde las pastillas se habían convertido en una masa. Besó los nudillos del hombre, que estaban blancos, la mano se fue abriendo y los medicamentos cayeron. Besó las marcas rojas y sanguinolentas que las uñas de habían dejado en la palma, sabía amargo a sudor y a medicamento.

John le miraba en silencio.

—No puedo confiar de nuevo.

—No lo hagas, no importa, desconfía de mi cada momento, de cada día. No importa, seguiré intentando, todos los días.

—Estoy roto.

—Te sostendré.

Sherlock le besó, de pronto lágrimas corrían por el rostro de John.

El moreno tomo mil años para desnudarlo, no había en aquel momento nada del fuego que había quemado sus cuerpos la ocasión anterior.

Había más frío, dolor, era como el páramo, bello pero sombrío, hermoso y triste.

Sherlock besó las mejillas de John, su barba incipiente, sus lágrimas, sus pestañas que sabían a sal. Besó su cuello varonil, beso su pecho, marcado por las cicatrices de la guerra, beso su espalda y sus piernas desnudas, besó su hombría y cada centímetro aledaño. Luego se desvistió y tomó al otro, despacio, con tiento, si este era el preludio del fin, no parecía tan malo.

—John —susurró al oído del que fue su colega, su mejor amigo y que sin saber se convirtió en el amor de su vida. — ¿Lo sientes?

—Siento muchas cosas —ambos hablaban entre murmullos.

—Sientes que esto es lo correcto, que siempre lo ha sido.

—Si —respondió John antes de correrse en un suspiro.

Sherlock le siguió un momento después para tumbarse a su lado.

Cuando al día siguiente John despertó, Sherlock le abrazaba como si temiera que John se esfumara, sería imposible escapar de aquel abrazo.

Sobre el buró un rayo de sol descansaba iluminando la botella de whisky, y la SIG con tonos rojos. Miró a Sherlock, un solo rizo rebelde le caía sobre la frente. Quizás amanecer un nuevo día fuera lo correcto. Imposible saberlo, como imposible negarlo.


Y fin.

Érase una vez que existía una historia (algo así como una precuela) que era pareja de esta historia.

Tal vez luego que me anime a darle una revisada la suba también. Es la historia de quien cometió los asesinatos de 1800.

En fin. Ojalá les haya gustado, a mi me deja y siempre lo ha hecho, un sabor medio amargo. Aun así nunca he querido cambiar el final.

Por último no se olviden que esta historia está participando en un reto y son bienvenidos a votar por ella -o por cualquiera de las otras historias que participan- en el foro IamSherlocked.

Nos leemos pronto.

Adrel Black