Holaaa!!!! Cómo estan? yo aca al fin subiendo un nuevo capítulo.

Espero lo disfruten y me dejen muchos comentarios.

Un besote!

Carito

Capitulo XIX

Capitulo beteado por Flor Carrizo para Élite fanfiction: www. facebook groups / elitefanfiction

Más allá del horizonte

Los días que quedaban para la carrera pasaron como un borrón. Edward había conocido a Emmett McCarthy y de inmediato habían congeniado. Ellos hicieron averiguaciones y rápidamente llegaron a la conclusión de que para lograr obtener las mejores tierras lo ideal sería participar solos con los caballos y que sus mujeres los siguieran en sus respectivas carretas. Las tierras cercanas al río eran las más preciadas y necesitaban asegurarse una de esas parcelas para tener acceso al agua.

Lo primero que hicieron fue enseñarles a Bella y a Rosalie cómo guiar la carreta. Y cuando finalmente llegó el día de la carrera ellos se posicionaron en primer lugar.

Un disparo al aire anunció que cada participante debía salir a pelear por sus terrenos y tanto Edward como Emmett rápidamente tomaron los primeros puestos. Por su parte, Bella y Rosalie siguieron las indicaciones de sus esposos y, en cuanto la gente empezó a moverse, tranquilamente guiaron las carretas al área más cercana al río. Tras unos cuantos kilómetros, finalmente encontraron a sus esposos quienes habían plantado un banderín para indicar la posesión de esas parcelas.

Edward de inmediato se acercó a la carreta y ayudó a Bella a descender.

—¡Es precioso! —dijo ella admirando el paisaje—. Podremos construir un hermoso hogar aquí, Edward.

—Así es, amor, nuestra estrategia fue buena y conseguimos excelentes tierras con acceso al río y lo suficientemente fértil como para cultivar nuestros propios vegetales. Hay que elegir el lugar donde construiremos nuestra casa y de inmediato trabajaré para tener un techo donde cobijarnos —explicó el cobrizo entusiasmado.

Ella solo lo abrazó y derramó algunas lágrimas de felicidad, por el primer gran logro obtenido en su matrimonio.

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A la mañana siguiente, Edward se despertó al alba y de inmediato empezó a delimitar el sitio donde montaría su casa. Debía ir al pueblo y comprar madera para construir su casa, por lo que, sin perder más tiempo, despertó a Bella y le comentó sus planes. La castaña de inmediato se puso en pie y empezó a preparar el desayuno. Cortó un poco de pan que habían guardado y utilizó el último trozo de jamón que conservaban. Calentó agua para preparar té.

—Debemos comprar algunos víveres —explicó Isabella mientras comían—. Ya casi no nos queda nada.

—Bien, veré qué puedo comprar. Quiero ir al pueblo en busca de madera para empezar a construir nuestra casa, además necesito buscar de inmediato un trabajo. No es mucho el dinero que nos queda —aclaró el hombre avergonzado.

—Escucha, cariño, tengo dinero y algunas joyas que podemos vender para construir nuestro hogar lo antes posible. Tenemos que tener un techo antes de que llegue el invierno.

—Isabella, no es necesario que gastes tu dinero o vendas tus joyas. Te prometo que trabajaré duro para darte lo que te mereces.

—Edward, hace solo unos días prometimos ante Dios compartir todos nuestros bienes. Por favor, recibe esto que te doy. Deja tu orgullo de lado y piensa que de nada sirve tener guardadas joyas que no volveré a usar. Lo mejor será invertir ese dinero en cosas mucho más útiles y que disfrutaremos juntos.

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Las primeras semanas no fueron fáciles, Edward había hecho innumerables viajes hasta el pueblo a buscar materiales para construir su casa. Habían decidido que, para abaratar costos, construirían la chimenea y parte de la casa con piedras del río. Isabella decidió empezar a recogerlas ella misma. No podía esperar que su marido hiciera todo por ella, no tenían empleados que pudiesen ayudar y no sabían cuánto tiempo les tomaría construir su hogar. Debían lograr hacerlo antes de que el invierno llegara y el dinero se acabara, porque cuando Edward empezara a trabajar sería menos el tiempo que dispondría para construir.

Completamente decidida, sujetó su sombrero de ala ancha y tomó un cubo donde cargaría las piedras. El espacio que separaba los toldos, que habían improvisado hasta que tuviesen un techo firme, y el río era largo. Con esfuerzo juntó cada pequeña roca y las llevó en varios viajes hasta el sitio que habían elegido. Para el mediodía, sus brazos dolían del peso cargado, pero estaba muy conforme con la gran pila de material que había logrado juntar. No sabía si sería suficiente, pero podía hacerlo. Por primera vez, se sintió una mujer fuerte.

Cuando Edward llegó se mostró orgulloso del logro de su mujer y, luego de comer un poco de pan y jamón que había comprado, se dispuso a cavar los cimientos para empezar con la construcción.

—Cariño, estuve pensado que sería buena idea empezar con un huerto —dijo Bella mientras le acercaba un vaso de agua—, de esa forma podríamos asegurarnos tener siempre vegetales frescos.

—Es una excelente idea, Bella, deberíamos hacerlo allí. —Señaló al sur de la propiedad—. Ahí hay tierra húmeda pese a la sequía, lo cual favorecerá a que crezca correctamente lo que sembremos. Pero recién podré preparar la tierra una vez que termine con esto —explicó.

—Yo puedo preparar la tierra. He visto como se hace y no parece tan complicado.

—Es un trabajo pesado, amor, no deberías hacerlo —dijo mientras se limpiaba el sudor de su frente con la manga de su camisa.

—Lo intentaré, si no lo logro lo harás tú cuando tengas tiempo. Sin embargo, déjame intentarlo al menos —pidió insistentemente.

—¡Está bien, mujer! Lo haremos a tu modo. —Se acercó a ella y le tendió una pala y un pico—. Toma esto, te será de mucha ayuda —indicó y dejó un beso en sus labios.

Ella los tomó sonriendo y caminó hasta el área donde debía empezar a preparar la tierra.

Lo primero que hizo Bella fue delimitar el terreno y luego, con el pico, empezó a ablandar la tierra tal como lo había visto al jardinero del rancho de su padre cada año. Recordaba muy bien al hombre rechoncho que primero picaba bien el área a sembrar y luego movía la tierra para airearla lo suficiente para que fuera apta para hacer los surcos y sembrar.

Al anochecer, ambos estaban completamente agotados. Sus ropas cubiertas de tierra y cada uno de sus músculos adoloridos por el trabajo realizado. Cenaron un poco de pan y jamón, se higienizaron y se acostaron en la improvisada cama que tenían cerca de la fogata. Durmieron abrazados, sin ni siquiera tener intenciones de intimar.

Al día siguiente la rutina fue muy similar. Bella decidió que ese día debía cocinar y lavar la ropa del día anterior que estaba muy sucia, por lo que se quedó la mayor parte del tiempo bajo los toldos, que constituían su actual hogar.

Sus brazos, aún adoloridos por el trabajo del día anterior, se resintieron mucho más al refregar una y otra vez la ropa manchada. Tuvo que colocar a hervir la camisa de Edward para poder dejarla nuevamente blanca. Hizo varios viajes con dos baldes repletos de agua desde el río solo para lavar la ropa, y luego tuvo que hacer otros viajes para garantizar que no les faltara agua fresca durante el día.

Luego almorzar una sopa, con varias verduras que Edward había conseguido en el pueblo, Bella se dispuso a lavar los trastes y guardarlos en el baúl en el que los almacenaba. Tomó algunas semillas, que había obtenido de las verduras y las hizo secar al sol, mientras que, en la improvisada cocina, tenía el tallo de una zanahoria y una papa en remojo para lograr una raíz y poder plantarlas en su huerto.

Edward, por su parte, había progresado mucho en cuanto a los cimientos de su hogar, los había cavado por completo y esperaba con ansias que le entregaran el pedido de madera que había solicitado para empezar a construir. Estaba admirado del trabajo que Bella había realizado al cargar tantas piedras del río y, si bien todavía faltaba una buena cantidad, saber que contaba con su ayuda lo hacía sentir feliz.

Tomó dos grandes recipientes antes de partir hasta el río en busca de más piedras, sin embargo, buscó a su esposa y la encontró trabajando en el huerto. Se dirigió hasta allí y nuevamente se dio con la sorpresa de que su mujer estaba haciendo un excelente trabajo.

—¡Cariño, este huerto está quedando muy bien! —elogió, mientras miraba el trabajo que hacía.

—Gracias, cariño —respondió dejando de lado el pico que cargaba en sus manos.

—¿Es la primera vez que hacer esto? —preguntó.

—Sí, aunque debo confesar que durante años observé a los diferentes empleados del rancho preparar la tierra. —Pensó unos minutos, y luego agregó—: Mi padre no me dejaba hacer tareas pesadas ni estar bajo el sol mucho tiempo, pero siempre me escabullía y convencía a las chicas para que me enseñaran a plantar y a cosechar —explicó entre risas.

—Creo que sé por qué tu padre no te dejaba estar mucho tiempo al sol —dijo serio, mientras observaba el rostro de su mujer muy colorado—. Tu rostro está muy rojo, tu piel se está quemando, cariño. —La acarició y ella hizo una mueca de dolor al sentir sus ásperas manos sobre su maltratada piel—. Yo haré más tarde este trabajo. Mira tus manos, cariño, están lastimadas —añadió mientras observaba las manos ampolladas y hasta con algunos pequeños tajos.

—Por favor, Edward, me estoy sintiendo sumamente útil pudiendo hacer nuestro propio huerto, mi rostro seguirá de este color unos días más y luego mi piel se acostumbrará tanto al sol que no tendré estos problemas. Aparte no puedes hacer todo, tú debes construir nuestra casa.

—Tiene razón, señora Cullen, tengo que construir nuestro hogar. —Tomó los cubos que había traído y los cargó—. Iré a recoger piedras al río.

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Un mes después de la carrera, Edward estaba finalmente terminando el techo de su casa. Isabella, estaba sumamente feliz, no creyó que verlo clavar los últimos tablones sobre el tejado le diera tanta felicidad. Pero estar allí, tan lejos de todos, y haber logrado tener su hogar sin más ayuda que la de sus manos y esfuerzo para ella fue algo inexplicable.

—¡Señora Cullen, finalmente hemos terminado nuestra casa! —dijo con emoción, bajando del tejado y tomándola en brazos.

—¡Es usted muy habilidoso, señor Cullen! Hizo una casa maravillosa —expresó mientras lo abrazaba y dejaba un beso en sus labios.

Él la cargó en sus brazos y juntos cruzaron el umbral de su nueva morada y, luego de dedicarse unas suaves caricias, metieron las pocas pertenencias que tenían en ella.

Ese domingo, por primera vez, concurrieron a la iglesia del pueblo. En el viaje habían acordado que pasarían por la tienda de abarrotes y encargarían los cristales para las ventanas de su hogar, además que Isabella había logrado convencerlo de comprar una cocina, algunos muebles y animales pequeños. Tener unas gallinas y un gallo les permitiría tener siempre huevos frescos y carne para alimentarse.

Ataviada con un hermoso y sencillo vestido celeste, unos zapatos blancos y un gran sombrero con un moño a tono del vestido, llegaron al pueblo. Su esposo, quien también tenía sus mejores ropas, la tomó de su mano enguantada y la ayudo a bajar de la carreta. Y luego, tomados del brazo, entraron en la humilde iglesia.

El sermón fue ameno y, al finalizar, ambos se acercaron a presentarse ante el pastor Webber. Tras hacer una parada en la tienda y hacerse de lo necesario, volvieron a su hogar.

El señor Newton, el dueño del negocio, les garantizó que a la mañana siguiente les haría llegar la cocina que habían encargado, junto con la cama que Isabella insistió en adquirir.

Por la tarde, Bella decidió invitar a sus vecinos a tomar el té. Edward estaba ayudando a Emmett a terminar su hogar, pero los McCarthy no tenían los mismos recursos con los que contaban los Cullen y, realmente, Rosalie encargándose de dos pequeños no podía ayudar tanto a su esposo como quisiera. Por esa razón, la castaña pensó que cuidando un poco de los niños podría darle un respiro a quien ya consideraba una amiga.

Rose llegó con los chiquillos cerca de las cuatro de la tarde. Justo para la hora del té. Isabella había colocado sobre un baúl un mantel bordado y la vajilla. Había comprado en la tienda unas galletas y las tenía separadas a la espera de que sus invitados las degustaran.

—¡Bienvenidos! —saludó Bella, mientras recibía a sus invitados.

—Muchas gracias por la invitación, Isabella. Tu casa quedó preciosa —alagó la rubia.

—Muchas gracias, Rose, pasen por aquí —indicó la muchacha mientras les indicaba los lugares que ocuparían para tomar el té.

Las mujeres se pusieron a conversar mientras Emmett jugaba en un rincón con un carrito de madera. Isabella tomó a la bebé para que su amiga pudiese disfrutar de la merienda.

La tarde pasó rápidamente, pero ambas mujeres disfrutaron del momento y se conocieron un poco más.

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Edward había conseguido un trabajo en el pueblo, por lo que volvía a casa al anochecer.

La llegada de octubre, trajo los primeros fríos y también fue cuando Bella recogió sus primeros vegetales del huerto. Se sentía tan feliz de haber logrado cultivar su propia comida que decidió preparar una rica sopa para la cena.

Esa noche su esposo le anunció que con su primer sueldo comprarían una pareja de cerdos para agrandar su corral, que contaba ya con un gallo y dos gallinas.

Finalmente se acostaron y volvieron a amarse como lo hacían cada noche desde que habitaban su nuevo hogar.