Capítulo 9:
Callejón Diagon (parte dos)
Después de la veloz trayectoria, salieron parpadeando a la luz del sol, fuera de Gringotts. Los mellizos no sabían adónde ir primero con su bolsa llena de dinero. No necesitaban saber cuántos galeones había en una libra, para darse cuenta de que tenían más dinero que nunca.
-Tendrían que comprarse el uniforme.-habló Hagrid, señalando hacia «Madame Malkin, túnicas para todas las ocasiones».-Oigan, chicos; ¿les importa que me dé una vuelta por el Caldero Chorreante? Detesto los carros de Gringotts.-todavía parecía mareado, así que ellos entraron solos en la tienda, sintiéndose algo nerviosos. La señora que atendía era una bruja sonriente y regordeta, vestida de color malva.
-¿Hogwarts, pequeñines?-preguntó, cuando los mellizos ingresaron.- Tengo muchos aquí... En realidad, otro muchacho se está probando ahora.-en el fondo de la tienda, un niño de rostro pálido y puntiagudo estaba de pie sobre un escabel, mientras otra bruja le ponía alfileres en la larga túnica negra. Madame Malkin puso a Harry y a Tabatha en dos escabeles al lado del otro, les deslizó por la cabeza una larga túnica y comenzó a marcarles el largo apropiado.
-Hola.-saludó el muchacho.- ¿También Hogwarts?
-Sí.-respondió Harry.
-Mi padre está en la tienda de al lado, comprando mis libros, y mi madre ha ido calle arriba para mirar las varitas.-murmuró el chico. Tenía voz de aburrido y arrastraba las palabras.- Luego voy a arrastrarlos a mirar escobas de carrera. No sé por qué los de primer año no pueden tener una propia. Creo que voy a fastidiar a mi padre hasta que me compre una y la meteré de contrabando de alguna manera.- de alguna forma, ese chico, les recordaba a Dudley.- ¿Ustedes tienen escobas propias?-continuó el muchacho.
-No.-respondió la pelirroja, alzando el brazo para que le colocasen otro alfiler.
-¿Juegan al menos al Quidditch?-
-No.-dijo de nuevo Harry, preguntándose qué sería el Quidditch.
-Yo sí. Papá dice que sería un crimen que no me eligieran para jugar por mi casa, y la verdad es que estoy de acuerdo. ¿Ya saben en qué casa van a estar?-
-No.-respondieron ambos, sintiéndose cada vez más tontos.
-Bueno, nadie lo sabrá realmente hasta que lleguemos allí, pero yo sé que seré de Slytherin, porque toda mi familia fue de allí. ¿Te imaginas estar en Hufflepuff? Yo creo que me iría, ¿no te parece?-la pelirroja hizo una mueca para salir de ese apuro, para luego encogerse de hombros.- ¡Oye, mira a ese hombre!-exclamó súbitamente el chico, señalando hacia la vidriera de delante. Hagrid estaba allí, sonriéndoles a los mellizos y señalando dos grandes helados, para que vieran por qué no entraba.
-Ése es Hagrid.-dijo Harry, contento de saber algo que el otro no sabía.-Trabaja en Hogwarts.
-Oh.-murmuró el muchacho.-He oído hablar de él. Es una especie de sirviente, ¿no?-
-Es el guardabosques.-repuso Tabatha, apretando los puños. Cada vez le caí peor ese chico.
-Sí, claro. He oído decir que es una especie de salvaje, que vive en una cabaña en los terrenos del colegio y que de vez en cuando se emborracha. Trata de hacer magia y termina prendiendo fuego a su cama.-
-Nosotros creemos que es estupendo.-replicó Harry con frialdad.
-¿Eso creen?-preguntó el chico en tono burlón.- ¿Por qué está aquí con ustedes? ¿Dónde están sus padres?-
-Están muertos.-respondió la pelirroja, con cierto nudo en el pecho.
-Oh, lo siento.-se disculpó, aunque no pareció que le importara.- Pero eran de nuestra clase, ¿no?
-Eran un mago y una bruja, si es eso a lo que te refieres.-
-Realmente creo que no deberían dejar entrar a los otros ¿no les parece? No son como nosotros, no los educaron para conocer nuestras costumbres. Algunos nunca habían oído hablar de Hogwarts hasta que recibieron la carta, ya se imaginarán. Yo creo que debería quedar todo en las familias de antiguos magos. Y a propósito, ¿cuál es tu apellido?-
-Ya están listos lo tuyo, pequeños. Los interrumpió Madame Malkin. Y ellos, sin lamentar tener que dejar de hablar con el chico, bajaron de los escabeles.
-Bien, los veré en Hogwarts, supongo.-dijo el muchacho.
*.*.*
Los mellizos estaban muy silenciosos, mientras comía el helado que Hagrid les había comprado
-¿Qué sucede?-preguntó Hagrid.
-Nada.-mintió Harry. Se detuvieron a comprar pergamino y plumas. Tabatha se animó un poco cuando encontró un frasco de tinta que cambiaba de color al escribir.
-Hagrid, ¿qué es el Quidditch?-preguntó el azabache, cuando salían.
-Vaya, chicos; sigo olvidando lo poco que saben... ¡No saber qué es el Quidditch!
-No nos hagas sentir peor.-murmuró la pelirroja. Ellos le contaron a Hagrid lo del chico pálido de la tienda de Madame Malkin.
-... y dijo que la gente de familia de Muggles no deberían poder ir...-
-Ustedes no son de una familia Muggle. Si hubiera sabido quiénes son... Él ha crecido conociendo sus nombres, si sus padres son magos. Ya lo han visto en el Caldero Chorreante. De todos modos, qué sabe él, algunos de los mejores que he conocido eran los únicos con magia en una larga línea de Muggles. ¡Miren su madre! ¡Y miren la hermana que tuvo!
-Entonces ¿qué es el Quidditch?
-Es nuestro deporte. Deporte de magos. Es... como el fútbol en el mundo Muggle, todos lo siguen. Se juega en el aire, con escobas, y hay cuatro pelotas... Es difícil explicarles las reglas.-
-¿Y qué son Slytherin y Hufflepuff?-cuestionó la pelirroja.
-Casas del colegio. Hay cuatro. Todos dicen que en Hufflepuff son todos inútiles, pero...-
-Seguro que yo estaré en Hufflepuff.-dijo Harry desanimado.
-Es mejor Hufflepuff que Slytherin.-repuso el guardabosque con tono lúgubre.-Las brujas y los magos que se volvieron malos habían estado todos en Slytherin. Quien-tú-sabes fue uno.-
-¿Vol...perdón...Quien-tú-sabes estuvo en Hogwarts?-susurró Tabatha.
-Hace muchos años.-respondió Hagrid.
Compraron los libros que necesitaban los mellizos en la tienda de Flourish y Blotts, en donde los estantes estaban llenos de libros hasta el techo. Había unos grandiosos forrados en piel, otros del tamaño de un sello, con tapas de seda, otros llenos de símbolos raros y unos pocos sin nada impreso en sus páginas. Hasta Dudley, que nunca leía nada, habría deseado tener alguno de aquellos libros. Hagrid casi tuvo que arrastrarlos para que dejaran Hechizos y contra hechizos, del profesor Vindictus Viridian.
-Estaba tratando de averiguar cómo hechizar a Dudley.-reprochó Harry.
-No estoy diciendo que no sea una buena idea, pero no pueden utilizar la magia en el mundo Muggle, excepto en circunstancias muy especiales.-dijo Hagrid.-Y de todos modos, no podrían hacer ningún hechizo todavía, necesitarán mucho más estudio antes de llegar a ese nivel.-
Tampoco dejó que compraran un sólido caldero de oro, pero consiguieron dos bonitas balanzas para pesar los ingredientes de las pociones y dos telescopios plegables de cobre. Luego visitaron la droguería, tan fascinante como para hacer olvidar el horrible hedor, una mezcla de huevos pasados y repollo podrido. En el suelo había barriles llenos de una sustancia viscosa y botes con hierbas. Raíces secas y polvos brillantes llenaban las paredes, y manojos de plumas e hileras de colmillos y garras colgaban del techo. Mientras Hagrid preguntaba al hombre que estaba detrás del mostrador por un surtido de ingredientes básicos para pociones, los mellizos examinaban cuernos de unicornio plateados, a veintiún galeones cada uno, y minúsculos ojos negros y brillantes de escarabajos, cinco Knuts la cucharada. Fuera de la droguería, Hagrid miró otra vez la lista de Harry
-Sólo faltan las varitas...-murmuró.- Ah, sí, y todavía no les he buscado un regalo de cumpleaños. – los mellizos sintieron que se ruborizaban.
-No tienes que...-
-Sé que no tengo que hacerlo. Les diré qué será, les compraré un animal. No un sapo, los sapos pasaron de moda hace años, se burlarán... y no me gustan los gatos, me hacen estornudar. Les voy a regalar una lechuza. Todos los chicos quieren tener una lechuza. Son muy útiles, llevan tu correspondencia y todo lo demás.
Veinte minutos más tarde, salieron del Emporio de la Lechuza, que era oscuro y lleno de ojos brillantes, susurros y aleteos. Harry llevaba una gran jaula con una hermosa lechuza blanca, medio dormida, con la cabeza debajo de un ala y Tabatha una lechuza parda de ojos ambarinos, que estaba bien despierta, acomodándose las plumas. Ambos no dejaban de agradecer el regalo, tartamudeando como el profesor Quirrell.
-Ni lo mencionen.-dijo Hagrid con aspereza.- No creo que los Dursley les hagan muchos regalos. Ahora nos queda solamente Ollivander, el único lugar donde venden varitas, y tendrán las mejores.-eso era lo que los hermanos Potter, habían estado esperando desde que llegaron al Callejón.
La última tienda era estrecha y de mal aspecto. Sobre la puerta, en letras doradas, se leía: «Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.». En el polvoriento escaparate, sobre un cojín de desteñido color púrpura, se veía una única varita. Cuando entraron, una campanilla resonó en el fondo de la tienda. Era un lugar pequeño y vacío, salvo por una silla larguirucha donde Hagrid se sentó a esperar. Ellos se sentían algo extraños, como si hubieran entrado en una biblioteca muy estricta. Se tragaron una cantidad de preguntas que se les acababan de ocurrir, y en lugar de eso, miraron las miles de estrechas cajas, amontonadas cuidadosamente hasta el techo. Por alguna razón, sintió una comezón en la nuca. El polvo y el silencio parecían hacer que le picara por alguna magia secreta.
-Buenas tardes.-saludó una voz amable, haciendo que ellos, diesen un respingo. Hagrid también debió de sobresaltarse porque se oyó un crujido y se levantó rápidamente de la silla. Un anciano estaba ante ellos; sus ojos, grandes y pálidos, brillaban como lunas en la penumbra del local.
-Hola.-
-Ah, sí.-dijo el hombre.- Sí, sí, pensaba que iba a verlos pronto. Harry y Tabatha Potter.-no era una pregunta.- Tienes los ojos de tu madre.-habló, refiriéndose al azabache.- Parece que fue ayer el día en que ella vino aquí, a comprar su primera varita. Veintiséis centímetros de largo, elástica, de sauce. Una preciosa varita para encantamientos.- el señor Ollivander se acercó a la pelirroja. Ella deseó que el hombre parpadeara. Aquellos ojos plateados eran un poco lúgubres.-En cambio, tú, tienes los ojos de tu padre. Él, por otra parte, prefirió una varita de caoba. Veintiocho centímetros y medio. Flexible. Un poquito más poderosa y excelente para transformaciones. Bueno, he dicho que tu padre la prefirió, pero en realidad es la varita la que elige al mago.- el rostro del mago estaba un palmo de el de los mellizos.-Y aquí es donde...-Ollivander tocó la luminosa cicatriz de la frente de Harry, con un largo dedo blanco. -Lamento decirles que yo vendí la varita que hizo eso.-dijo amablemente.-Treinta y cuatro centímetros y cuarto. Una varita poderosa, muy poderosa, y en las manos equivocadas... Bueno, si hubiera sabido lo que esa varita iba a hacer en el mundo...- negó con la cabeza y entonces, para alivio de los niños, fijó su atención en el guardabosques.- ¡Rubeus! ¡Rubeus Hagrid! Me alegro de verlo otra vez... Roble, cuarenta centímetros y medio, flexible... ¿Era así?-
-Así era, sí, señor.-respondió él.
-Buena varita. Pero supongo que la partieron en dos cuando lo expulsaron.-prosiguió el señor Ollivander, súbitamente severo.
-Eh..., sí, eso hicieron, sí.-balbuceo Hagrid, arrastrando los pies.-Sin embargo, todavía tengo los pedazos.-añadió con vivacidad.
-Pero no los utiliza, ¿verdad?-preguntó en tono severo.
-Oh, no, señor.-dijo Hagrid rápidamente, apretando con fuerza su paragua rosa. El señor Ollivander, lanzando una mirada inquisidora al gigante, para luego volver con los mellizos.
-Bueno, ahora,... Déjenme ver.-sacó de su bolsillo una cinta métrica, con marcas plateadas.- ¿Con qué brazo toman la varita?
-Eh... bien, soy diestro.-respondió Harry.
-Y yo soy zurda.-agregó la pelirroja.
-Extiendan sus brazos. Eso es.-midió a Harry del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza, para luego realizar los mismo con Tabatha.-Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica, niños. Utilizamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y nervios de corazón de dragón. No hay dos varitas Ollivander iguales, como no hay dos unicornios, dragones o aves fénix iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrás tan buenos resultados con la varita de otro mago.- de pronto, Harry se dio cuenta de que la cinta métrica, que en aquel momento le medía entre las fosas nasales de su hermana, lo hacía sola. El señor Ollivander estaba revoloteando entre los estantes, sacando cajas. -Esto ya está.-dijo, y la cinta métrica se enrolló en el suelo.-Bien, Harry Prueba ésta. Madera de haya y nervios de corazón de dragón. Veintitrés centímetros. Bonita y flexible. Tómala y agítala.-él la tomó y la agitó a su alrededor, pero el señor Ollivander se la quitó casi de inmediato.-Tabatha, Arce y pluma de fénix. Diecisiete centímetros y cuarto. Muy elástica. Prueba... -ella probó, pero tan pronto como levantó el brazo el señor Ollivander se la quitó.-No, no... Ésta, Harry. Ébano y pelo de unicornio, veintiún centímetros y medio. Elástica. Vamos, vamos, inténtalo.- el azabache lo intentó. No tenía ni idea de lo que estaba buscando el señor Ollivander. Las varitas ya probadas, que estaban sobre la silla, aumentaban por momentos, pero cuantas más varitas sacaba el señor Ollivander, más contento parecía estar.-Qué clientes tan difíciles, ¿no? No se preocupen, encontraremos a sus pareja perfecta por aquí, en algún lado. Me pregunto... sí, por qué no, una combinación poco usual, acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible. Y para usted, señorita, Roble, 28 cm, núcleo de Fibra de Corazón de Dragón.-ambos tomaron sus varitas. Sintieron un súbito calor en los dedos. Las levantaron sobre sus cabezas, haciéndolas bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas rojas y doradas estallaron en las puntas como fuegos artificiales, arrojando manchas de luz que bailaban en las paredes. Hagrid los vitoreo y aplaudió.- ¡Oh, bravo! Oh, sí, oh, muy bien. Bien, bien, bien... Qué curioso... Realmente qué curioso...-puso la varitas las cajas y las envolvió en papel de embalar, todavía murmurando.
-Perdón.-interrumpió Tabatha.-Pero ¿qué es tan curioso?-el señor Ollivander fijó en ella.
-Recuerdo cada varita que he vendido, señorita Potter. Cada una de las varitas. Y resulta que la cola de fénix de donde salió la pluma que está en la varita de su hermano, dio otra pluma, sólo una más. Y realmente es muy curioso que estuvieras destinado a esa varita, cuando fue su hermana la que le hizo esa cicatriz.- Harry tragó, sin poder hablar. -Sí, veintiocho centímetros. Ajá. Realmente curioso cómo suceden estas cosas. La varita escoge al mago, recuérdelo... Creo que debemos esperar grandes cosas de ustedes, Harry y Tabatha Potter... Después de todo, El-que-no-debe-ser-nombrado hizo grandes cosas... Terribles, sí, pero grandiosas.-ellos se estremecieron. No estaban seguros de que el señor Ollivander le gustara mucho. Pagaron los siete galeones de oro por sus varita y el señor Ollivander los acompañó hasta la puerta de su tienda.
