~ Capítulo 10: Prisión helada

Incluso ella tenía que dormir, ya se lo habían dicho. Y más después de la conmoción reciente, todo aunado a las reuniones y deberes que había tenido que realizar durante el día.

Ser reina era duro, sin duda.

- Si así lo desea, su alteza, le acompañaré hasta sus aposentos - Decía Rasuka con amabilidad y seriedad a la vez -. Nada me haría más feliz.

- Muchas gracias, pero aún no - Respondió Zelda mientras caminaba velozmente por uno de los tantos corredores del castillo, Rasuka y otros dos miembros de la guardia real a sus espaldas.

- Si me perdona, lleva horas yendo de un lado a otro - Señaló el capitán de la guardia -. ¿Puedo preguntar si se le ha extraviado algo?

- No, no he extraviado nada - Contestó la reina sin mirarlo, concentrándose en el techo -. Pero lo estoy buscando.

Rasuka no entendió las palabras de su reina. De hecho, toda su atención parecía estar dirigida a otra cosa, no a sus labios. Solo pudo marchar tras de ella a toda prisa, regañando a uno que otro soldado que holgazaneaba durante su guardia.

Y gracias al súbito ataque de las guerreras gerudo, a Rasuka se le ponían los nervios de punta cada vez que la reina se acercaba mucho a una ventana. Sintió sus piernas temblar cuando ella ordenó que abrieran la puerta que conducía al exterior, casi a la cima del castillo y, posteriormente, a la sala del trono. Fue tanto el calor que invadió al capitán de la guardia real que ni siquiera pudo notar el aire helado del campo filtrándose bajo su careta. Solamente se precipitó hacia delante para quedar cerca de ella.

Y Zelda, totalmente expuesta, estaba de pie a mitad de la terraza, observando cuidadosamente el techo y cada una de los picos que coronaban las torres del castillo. Su más devoto guardaespaldas no podía estar más nervioso.

- Lamento molestarla, mi dama, pero ya es muy tarde, y no es prudente que usted esté aquí afuera, expuesta - Intervino Rasuka educadamente, dando un paso al frente e inclinando la cabeza.

Zelda, sin embargo, no respondió. Soltando un largo suspiro, dirigió su mirada a la ciudad que se extendía muchos metros más abajo de donde estaba ella. Estaba más oscura y silenciosa que de costumbre, sin duda gracias al escándalo ocasionado por el asalto al castillo.

Pero al fin dirigió su mirada a la de Rasuka, lo que tomó a éste un poco por sorpresa dado el inusual comportamiento de su protegida.

- Tienes razón, se hace tarde - Dijo ella con un tono más amistoso que el usado a lo largo del día -. Solo espero que lleguen con bien - Lanzó una última mirada al Este, más allá de las murallas de la capital.

- Nuestros soldados les protegerán valientemente de ser necesario - Le confortó Rasuka, aunque luego murmuró de forma que la reina no le oyera -. Aunque dudo que necesiten tal protección, son más duros de matar que un demonio…

- Que les bendigan las diosas - Respondió Zelda causando que el capitán se sobresaltara, pues no sabía si la reina le había escuchado y se refería a los soldados, o a los mercenarios y compañía -. ¿Me acompañarías a mi dormitorio, Rasuka?

- Un placer - Rasuka inclinó la cabeza y cedió el paso a la reina, gesto imitado por los otros dos guardias.

Regresaron al interior del blanco castillo con mayor calma y anduvieron solamente por un par de pasillos más para llegar a una puerta perfectamente barnizada. Y coronando la sencillez de ésta estaba la cresta de la familia real, esculpida en oro, colocada en la parte superior de la puerta. No estaba lejos de la sala del trono y estaba un poco retirada de algunos otros sitios de menor importancia. Era la habitación de la reina.

- Muchas gracias - Dijo Zelda a los tres soldados que le acompañaron, mismos que hicieron una reverencia -. Que tengan una buena noche.

Zelda deseó buenas noches a las mucamas que pasaron cerca y, finalmente, desapareció detrás de su puerta. Como no había nadie, Rasuka y sus dos subordinados se quitaron las caretas y adoptaron un porte más relajado. Uno de los acompañantes de Rasuka era un hombre de unos treinta años, fornido y de estatura media, con rubio cabello ondulado y un tupido bigote a juego. Y la otra era una mujer de estatura media, claramente joven aún, con cabello rojizo, rizado y no muy largo, pero sí frondoso.

- Gracias por ayudarme hoy, Jesse, Evelyn - Dijo Rasuka con una sonrisa, gesto inusual en él -. Esto ha estado muy agitado.

- Tranquilo, muchacho - Respondió Jesse en voz baja, recargando su lanza y su pesado escudo en el muro.

- Su alteza anda muy extraña desde eso con las gerudo, ¿no creen? - Dijo Evelyn con voz más alta, por lo que sus compañeros le pidieron, con señas, que bajara la voz.

- No es ella nada más… ¿No se sienten un poco extraños? - Inquirió Rasuka. Claramente tenía confianza con Jesse y Evelyn, pues les hablaba con tono más casual.

- Son ésas orejas tuyas, te digo - Dijo el hombre rubio -. Puedes percibir cosas que nosotros los hyrulianos inferiores no podemos - Siguió diciendo en tono sarcástico -. Creo que la reina también percibe algo, con eso de que se comporta extraña.

- Tú lo disimulas mejor - Agregó Evelyn -. ¿Y qué es eso que sientes?

- Siento… frío. Y también tengo esa sensación de que alguien me está mirando desde atrás - Declaró el capitán.

- Te digo que esas nalguitas tuyas son bonitas, por eso las chicas te miran la parte de atrás - Dijo Evelyn atrevidamente con una sonrisa de travesura.

- Bueno… yo tengo algo que hacer - Dijo Rasuka en un fallido intento de ocultar su nerviosismo, de pronto recobrando el tono formal y ocultando su rubor bajo la careta de metal -. Si me disculpan… Te encargo mucho a la reina, Jesse.

- Claro que sí - Respondió el otro con una gran sonrisa.

El capitán entonces hizo una leve reverencia con la cabeza y se dio media vuelta, alejándose a paso veloz por el oscuro y desierto pasillo.

- Por tu bien, espero que la reina ya se haya dormido. Eso que dijiste no da una buena imagen tuya - Señaló Jesse con severidad.

- ¿Qué tan viejo eres? - Evelyn se cruzó de brazos -. Con esos comentarios tan anticuados pareces… Bah, no importa - Dirigió su mirada al pasillo, el único rastro de Rasuka era el tintinear de su cota de malla -. No me importa que seas mi capitán, fuera de estas paredes vas a ser mío.

Obviamente Rasuka ya estaba demasiado lejos como para escuchar ese comentario. Se apresuraba escaleras abajo en la oscuridad y soledad de los numerosos corredores. Los dedos de su mano jugueteaban ansiosamente sobre la empuñadura de su espada envainada.

Se detuvo precipitadamente en la puerta principal, pues su destino se encontraba al otro lado. Rápidamente llamó la atención de un guardia cercano, el cual caminó hacia él instantáneamente en cuanto lo vio, como por inercia.

- Señor - Saludó con una inclinación.

- Necesito que alguien revise el techo del castillo, sobre la sala del trono - Indicó Rasuka -. No sé cómo puedan hacerlo, pero si puede hacerse durante la madrugada, antes de que su alteza despierte, mucho mejor. Por favor.

- Sí… señor - Dudó el guardia un poco en su respuesta, pues la solicitud del capitán era algo inusual.

- Gracias. Ahora déjame salir.

Los dos centinelas de la puerta principal hicieron uso de todas sus fuerzas para arrastrar la enorme pieza de madera y dejar al capitán salir a los jardines.

La cota de malla, el casco y la capa no le permitían sentirlo del todo bien, pero era una noche fresca y despejada. Sus pasos sobre el césped eran apresurados mientras bordeaba los muros del castillo por su lado Oeste. Se dirigía al campo de entrenamiento y la armería. No fue sino hasta que se vio totalmente solo que se quitó la coraza de metal que le tapaba la cabeza, y dirigió su mirada hacia el balcón que se alzaba a lo alto del mismo muro que bordeaba.

La reina aún no se había ido a dormir, ni siquiera se había despeinado o quitado el vestido. En vez de ello, su mirada seguía fija en la ciudad y en el vasto mar verde que se extendían a sus pies, su cabello ondeando gentilmente con el gélido aliento del viento. La bella monarca se perdió de la vista de Rasuka, brevemente, cuando éste pasó por debajo del túnel que le conducía a su destino.

Pero ya había alguien esperándole a mitad de la arena de duelos sobre la cual se habían disputado innumerables apuestas, peleas por honor, por práctica o, en algunos casos, por mera diversión. Blandiendo un largo y pesado bastón de madera, su armadura blanca centelleando con la luna, y, sacudidos por el viento, mechones desprendidos de su larga y majestuosa trenza carmín; Titania esperaba de pie al capitán Rasuka.

- ¿Por qué tardaste tanto? - Inquirió Titania al ver llegar al fin al joven capitán.

- Mis disculpas, pero la reina se demoró con su… investigación - Respondió Rasuka inseguro.

- No hay problema - Respondió Titania sin darle mucha importancia -. Así que, ¿estás listo?

- ¡Seguro! - Exclamó Rasuka con mucho entusiasmo, desprendiendo su espada de la vaina en un pestañeo y sosteniéndola a un lado, paralela al suelo. Pero entonces Titania bajó la guardia.

- ¿Es que quieres matarme? - Dijo con una sonrisa -. Ustedes tienen espadas de entrenamiento, ¿verdad?

- Ah… cierto - El capitán envainó su arma avergonzado, y se dirigió a un muro sobre el que descansaba una pesada espada de madera, casi tan pesada como una espada normal -. En guardia, pues - Dijo con vergüenza.

Titania blandió su bastón con ambas manos, a modo de lanza, y empezó a caminar hacia un lado, rodeando a su contrincante; Rasuka le imitó. Por varios segundos permanecieron sin atacarse, mirándose directamente a los ojos y observando los movimientos del otro. Bella en un instante, fiera en el otro, Titania parecía un cauteloso felino a la hora de pelear: su mirada helada bastaba para aterrar a muchos enemigos, y ella solo observaba cuidadosamente, esperando el momento ideal para atacar.

Ella hizo el primer movimiento, se lanzó al frente con velocidad casi felina y esquivó, inesperadamente, el golpe ataque horizontal que tiró el capitán. Cuando ella se alzó estaba a espaldas de su oponente, y entonces tiró una estocada como si su arma fuese una lanza. Sorprendentemente, Rasuka fue lo suficientemente rápido como para girarse y desviar el golpe con la espada, acto seguido de un contraataque vertical. Por cerca de un minuto uno avanzaba y el otro retrocedía en una serie de intercambios veloces, uno bloqueando o esquivando los ataques del contrario. Titania manejaba la "lanza" con una velocidad inusual, además de que todos sus movimientos eran fuertes pero agraciados, trazando fugaces círculos con su arma de forma que uno conducía al siguiente.

Después de un choque especialmente fuerte, ambos contendientes dieron un salto hacia atrás. Rasuka jadeaba, Titania seguía inafectada.

- Debo decirte… estoy agradecido - Dijo Rasuka entre jadeos, el único sonido que rompía el silencio.

- ¿Por qué lo dices? - Titania no perdía la seriedad de la pelea.

- Primero, porque nos ayudaste a pelear contra esas bandidas, los soldados comunes son tan inútiles que prácticamente las venciste tú sola - Señaló el capitán -. Y eso me lleva a lo segundo: cuando te vi pelear con tanto poder… parecías invencible. Y me acerqué a pedirte que me entrenaras, que me enseñaras lo que sabes… y accediste.

- Alguien hizo lo mismo por mí… hace un tiempo - Respondió la pelirroja con una breve sonrisa, recordando la grandeza de aquél maestro que conoció en Gallia: el comandante Greil.

- Como lo dije, los soldados del ejército son débiles y cobardes, en su mayoría - Siguió explicando Rasuka -. Los miembros de la guardia real somos los mejores, y solo el mejor llega a ser el capitán, sin importar la edad o el nombre que porte. Es por eso que no tengo muchas oportunidades de luchar con guerreros fuertes, pues no hay muchos por aquí. Por eso te estoy agradecido.

- Eres joven, encontrarás a muchos guerreros fuertes en el mundo con el paso de los años, incluso mejores que yo - Señaló Titania con amabilidad -. Pero ya estás perdiendo la concentración, ¡en guardia!

El golpe de maderas regresó a la noche cuando Titania atacó a un desprevenido Rasuka, casi dándole en la cara, volviendo a una serie de furiosos intercambios de golpes. No obstante, al joven soldado cada vez le costaba más trabajo seguirle el paso a la mercenaria, cuya dominio se notaba más con cada segundo que pasaba.

Titania no se tocaba el corazón en una batalla, ni siquiera tratándose de un aliado en entrenamiento, así que terminó en un instante. Cuando vio una abertura en la guardia de Rasuka, le dio un fuerte golpe en el abdomen con el canto de la lanza, y luego otro muy veloz en los tobillos para dejarlo de espaldas en el césped, con la lanza apuntándole directo al corazón. En una pelea real ya hubiera muerto.

- Eres poderoso para ser tan joven - Dijo Titania al final, sin dejar de apuntarle al pecho -. Pero necesitas aprender.

Y luego, como si nada hubiera pasado, la mujer le tendió la mano a un jadeante y sudoroso Rasuka, asistiéndole para levantarse.

- ¿Quieres continuar? - Inquirió Titania cuando el joven logro ponerse de pie.

Pero la atención de Rasuka estaba en otro lado. Algo estaba mal, y no se trataba de Titania o de los golpes que ésta le había propinado. Era algo en el aire, que súbitamente se había vuelto descomunalmente frío con la llegada de nubes increíblemente oscuras. Rasuka miró alrededor y vio que las nubes solo tapaban el castillo, las estrellas aún podían verse más allá de las murallas de la ciudadela. Entonces comenzó a llover a cántaros en menos de diez segundos de llegada la oscuridad. Aunque Titania no tenía el don de percibir lo sobrenatural como los hylianos, también se sintió incómoda ante el inusual espectáculo de la naturaleza.

Rasuka sintió un enorme impulso de dirigir su mirada hacia el balcón de la reina. Ella también parecía mirar a su cuidador con desconcierto e incomodidad, misma que demostraban los soldados hyrulianos que se juntaban en los jardínes, para mirar el remolino de nubes que se formaba sobre el castillo.

- ¿Pero qué es eso? - Dijo uno en voz alta, sin preocuparse de ocultar su terror.

- ¿Qué ocurre, Rasuka? - Inquirió Titania. En Hyrule había visto muchas cosas extrañas, aunque ninguna como esa, así que creyó que el capitán de la guardia real tendría alguna idea.

- Ni idea - Musitó el joven capitán, pero cuando el rugir de las nubes cesó y solo quedó el ruido de la lluvia, dijo -. Ve a buscar tu hacha, por favor.

Pero lo que ocurrió después impresionó a la mujer y no fue en busca de su arma. Un espacio circular se abrió a mitad del remolino de nubes, y de ahí salió disparado un potente rayo de color púrpura que iluminó toda la zona de alrededor como un relámpago, conectando con algo en el techo del castillo. Los soldados se deslumbraron, a algunos le empujó el viento hacia atrás, y los que no se quedaron firmes en sus posiciones salieron corriendo despavoridos. Los ciudadanos también parecían presenciar el espectáculo, pues el aire se llenó de alaridos aterrorizados a lo lejos.

Del extremo opuesto del jardín al que estaban Rasuka y Titania, llegaron unos cincuenta soldados hyrulianos liderados por un hombre muy alto y gordo, colorado y calvo, que blandía una gran lanza. Empezó a dar órdenes en voz alta, pero se quedó callado cuando, en un sobrenatural silencio, el rayo que caía del cielo se apagó. Una vez más, permaneció el tintineo de la lluvia en los árboles y en las armaduras, pero solo por unos segundos.

Del mismo sitio en el que había aterrizado el rayo, comenzaron a emerger monstruos de diversas y grotescas apariencias, casi todos ellos armados con espadas, escudos, arcos, lanzas y hachas. Los que podían volar comenzaron a rondar los alrededores del castillo por el aire, mientras que las demás criaturas descendían del techo colgándose de las cornisas, balcones, o simplemente dando un gran salto desde la cima. En medio del caos y el pánico, Rasuka miró hacia el balcón de la reina.

Pero Zelda ya no estaba.

- ¡Contrólense todos, montón de cobardes! - Bramaba el gordo general -. ¡Dejen de chillar y peleen!

- ¡Rasuka! ¿A dónde vas? - Inquirió Titania cuando el capitán echo a correr.

- ¡La reina ha desaparecido, tengo que ir a buscarla! - Respondió él sin titubear.

Titania no dijo nada más y le dio en la cabeza a la primera bestia que se le acercó, una especie de hombre lagarto que blandía escudo y espada corta. Rasuka se precipitó en dirección a la puerta principal y la empujó con todas sus fuerzas, derribando a un esqueleto andante con una embestida. Antes de cerrar el enorme portón tras de sí, Rasuka vio que varias figuras femeninas aparecían de pie sobre las murallas del castillo. Al parecer las habían escalado con ayuda de ganchos y cuerdas. Pero él no tenía tiempo que perder, así que corrió escaleras arriba, escurriéndose fugazmente entre las bestias que ya invadían el vestíbulo entrando por las ventanas, derribando a una o dos en el camino.

- ¡Jesse! ¡Evelyn! - Llamó el joven capitán cuando estuvo lo suficientemente arriba.

- ¡Capitán! - Gritó un soldado unos metros adelante en el estrecho pasillo. Estaba tumbado en el suelo con la espalda recargada en el muro, tenía una gran herida sangrante en el abdomen.

- ¿Dónde está la reina? ¿Y el resto de la guardia? - Cuestionó apresuradamente Rasuka.

- Están… están - Sangre le escurría por el cuello desde la boca, por debajo de la careta -. Están peleando frente a la habitación… de la reina. Su majestad también está combatiendo, pero son demasiados - Soltó una arcada de dolor y más sangre se filtró por la careta -. Lo siento… capitán. No fuimos lo suficientemente…

El soldado no terminó la frase, solamente soltó una áspera y prolongada exhalación, y luego su cabeza quedó colgando sobre su hombro.

- Paz, soldado. Peleaste con valentía - Musitó Rasuka con solemnidad, pero echó a correr de nuevo en menos de dos segundos.

Por un momento lo único que escuchó fue el rumor de su capa y su espada cortando el aire con el movimiento de sus brazos. Pero solamente tuvo que doblar dos esquinas para toparse con la batalla. Jesse, Evelyn y otros tres soldados protegían a la reina de unos diez monstruos, entre ellos una especie que Rasuka jamás había visto: brazos y torso de hombre, pero patas, alas y cabeza de águila, había dos de ellos armados con escudos y lanzas. El resto eran hombres lagarto y esqueletos andantes, lizalfos y stalfos respectivamente.

Rasuka se abalanzó hacia el grupo de criaturas con la espada en alto, cortando en dos a un lizalfos antes de que éste asesinara a uno de los guardias. Jesse detenía todos los ataques, inamovible, gracias a su pesado escudo y bultosa armadura. Evelyn peleaba con su lanza y escudo redondo a un lado de la reina, quien se movía elegantemente dando estoques con su espadín. Al único arquero de la guardia le cercenaron un brazo y luego la cabeza, y uno de los lanzeros sucumbió ante la mordida al cuello de un lizalfos. Lo peor era que los monstruos no dejaban de llegar, siempre aparecía uno nuevo por cada uno que caía.

- ¡Rasuka! - Llamó Jesse tras derribar a uno de los misteriosos hombres águila -. ¡Evelyn y yo podemos detener a éstas cosas por un rato, saca a la reina de aquí rápido!

El capitán sabía que las oportunidades de supervivencia de sus compañeros eran casi nulas con números tan reducidos, peor aún porque el último espadachín de la guardia real había caído. Jesse y Evelyn se quedarían solos mientras Rasuka intentaba escapar con la reina. Zelda se negó y forcejeó al principio, pero tuvo que resignarse cuando su protector tiró fuertemente de su muñeca, aprovechando el espacio que Jesse y Evelyn les habían abierto. Se libraban de la captura y la muerte tirando espadazos y esferas de luz a diestra y siniestra. Sin embargo, resultaba extraño que los monstruos que entraban por las ventanas, habían dejado de atacar a Evelyn y Jesse, concentrando todos sus ataques en la pareja que atacaba y huía.

- Abre la puerta, rápido - Pidió Zelda cuando estuvieron a punto de llegar a la planta baja-. Los detendré por unos segundos.

Sin chistar, Rasuka se lanzó sobre el portón y empujó con todas sus fuerzas mientras Zelda creaba una esfera de fuego entre sus manos. Hacia ella, por el aire, se acercaban lizalfos con alas y hechiceros con túnicas rojas y capuchas, al parecer sin rostros. La reina entonces liberó la esfera de fuego como si la empujara con su palma derecha, y ésta explotó cerca de las criaturas, reduciéndolas a cenizas.

- ¡Ya está! - Declaró Rasuka, tomando de nuevo a la reina por la muñeca.

Lo que vieron en el exterior les dejó fríos: en tan corto tiempo, la mayoría de los guerreros hyrulianos habían sido asesinados, a pesar de que éstos salían a la batalla casi con la misma rapidez que sus oponentes aparecían, además de que las guerreras gerudo que habían invadido tampoco eran muchas. Sin tiempo de lamentarse o ayudarlos, Rasuka y su protegida corrieron con todas sus fuerzas hacia la puerta de la muralla. Ya faltaba poco…

Pero estando a tan solo unos metros de su meta, un viento tan helado como el hielo les derribó, llegando desde su izquierda. Súbitamente se hizo el silencio, solamente roto por los chillidos de muerte de algunas bestias y los alaridos de agonía de los soldados de Hyrule. Rasuka y Zelda alzaron la cabeza del suelo y miraron hacia su derecha.

Allí, salida de la nada, estaba de pie una mujer alta y atlética. Su cabello color azul rey era lacio y muy largo, acariciando su espalda baja con el viento. Sus ojos, a juego con su cabello, resaltaban mucho en un bellísimo rostro caucásico. Vestía una especie de toga negra y una capa azul, de un tono similar al de su cabello. Y con su mano derecha blandía un tridente blanco y resplandeciente, con una joya roja brillando en la base del diente medio.

Al aparecer ella, todos los monstruos dejaron de pelear, pero las gerudo que quedaban en pie dieron un paso al frente e inclinaron la cabeza en salutación. La recién llegada parecía ser la líder, a pesar de que, usualmente, todas las gerudo eran pelirrojas y de piel oscura.

Rasuka y Zelda la miraron fijamente, desconcertados, pero luego un escalofrío les recorrió la espalda. La cercanía de esa mujer era como tocar un gran bloque de hielo. Y su mirada, que se acababa de posar en el capitán y en la reina, penetraba tanto como hiela los huesos el viento invernal matutino de las montañas.

- Están aquí - Dijo la mujer con la boca torcida en una malvada sonrisa, y a continuación, apuntando a los aludidos con el tridente, ordenó -. Mátenlos.

Ni el poder de Zelda podía manejar a la horda de bestias que se les vino encima. Rasuka logró derrotar a unas tres gerudo y a varios monstruos, pero una lanza le alcanzó a rasgar el muslo. Titania apareció en medio del alboroto blandiendo un hacha y atacó con todas sus fuerzas, enviando a bolar a las bestias por parejas, disolviéndose éstas en humo negro. Zelda cortaba con el espadín y conjuraba magia de luz, aunque a veces le alcanzaban las garras de sus enemigos. Los soldados que habían quedado en pie también se lanzaron en su defensa, pero eran cortados uno por uno.

Fue entonces que la dama de cabello azul brindó una exhibición de su poder: diez soldados se lanzaron sobre ella desde su derecha con sus armas en alto, y fueron diez los que murieron empalados por las estalactitas de hielo que la mujer invocó con un movimiento del tridente. Otros siete soldados la atacaron de frente y todos quedaron congelados con otro conjuro de la mujer, y ella procedió a hacerlos pedazos con un giro del magnífico tridente que blandía como si se tratase de una rama.

Bastó eso para reducir a escombros la moral de los soldados hyrulianos, pues cuando alguno reunía la osadía para acercarse y atacar, retrocedía cuando miraba a su alrededor y se hallaba desacompañado. Zelda, Rasuka y Titania, sin embargo, habían logrado defenderse como para poder reiniciar la huída. El capitán empujaba a la reina hacia la ruta de escape mientras le rogaba que no se preocuparan por él, pero la reina no quería abandonarle con la herida que tenía en la pierna. Y mientras tanto, la mujer de cabello azul se les acercaba a paso lento pero seguro, atemorizando a todo ser vivo cercano con su frígida imponencia. Aún no estaba ni a una distancia de cinco metros de sus presas cuando apuntó su tridente hacia Rasuka… entonces un haz de tenue luz azul, casi blanca, voló directo al pecho del joven capitán.

Todos se volvió aún más confuso, pues ocurrieron muchas cosas a la vez: hubo una explosión, un hombre águila envió a Titania volando al césped, y la espada de Rasuka quedó reducida a fragmentos de hielo al bloquear con ella el ataque de la comandante enemiga. Entonces Zelda giró su atención hacia la fuente de la explosión y del humo, y descubrió que se trataba de la gran puerta de las murallas: estaba hecha pedazos. La reina no supo hacia donde correr, pero la solución al dilema llegó en forma de una flecha que le pasó zumbando por el oído derecho… aunque no iba dirigida a ella. Zelda volteó justo a tiempo para ver a la mujer de cabello azul interceptar la flecha con un giro del tridente. Aunque Rasuka cayó sobre una rodilla a un lado de su protegida, Zelda sintió alivio al saber que las personas al otro lado de la cortina de humo iban a ayudarla.

- ¿Link? - Musitó con esperanza.

Del humo se desprendieron unas diez figuras montando a caballo, la mayoría caballeros hyrulianos, aunque Zelda pudo vislumbrar entre ellos a uno de los mercenarios de cabello verde. En seguida emergieron el más joven de los mercenarios y el hombre de largo cabello rojo, los dos arqueros. Tercero, a toda velocidad y dando un salto de sorprendente altura (pues cargaba una hacha en las manos y otra más grande en la espalda), llegó otro de los mercenarios de pelo verde aplastando a dos bestias con un solo golpe. Tras él aparecieron el rubio de armadura azul, una chica de cabello morado, Mist, Rusl, Shad, Auru, Ashei y Link, todos dispersándose en la caótica batalla.

- ¡Zelda! - Gritó Link abriéndose paso entre las bestias enemigas.

- ¡Link, volviste! - Zelda sonrió y tomó a Link por los hombros en cuanto le tuvo cerca, con una alegría inusual para ella.

- ¡Salgan de aquí, nosotros podremos controlarlos! - Pidió Link sobre todo el escándalo: los recién llegados estaban causando un alboroto -. ¿Dónde está el resto de la guardia, Rasuka?

Rasuka se puso de pie con dificultad y, antes de responder, miró sobre su hombro al presentir algo extraño. La guardia real acababa de salir del castillo, pero la fortuna les había hecho toparse con la comandante de cabello azul.

- ¡No! - Bramó Rasuka intentando correr hacia sus compañeros, pero el dolor de la pierna lo volvió a someter.

- ¡Mist! - Llamó Boyd caminando de espaldas hacia Link, Zelda y Rasuka, habiendo visto a éste último herido. La comandante de los mercenarios apareció casi enseguida, y luego usó su bastón para curar al capitán de la guardia.

- ¡Saca a Zelda de aquí, Rasuka, los demás te alcanzarán después! - Pidió Link para luego correr hacia la mujer de cabello azul.

- ¡Espera! ¿Qué haces? - Gritó Rasuka cuando Link pasó como cometa por su izquierda.

- ¡Link, no! - Llamó Zelda con desesperación. Tenía mucha fe en Link, pero también sabía que el muchacho tenía límites.

- ¡Salgan de aquí, nosotros nos encargaremos por mientras! - Dijo Mist alzando la voz. Rasuka no quería abandonar a sus compañeros, pero la reina era primero.

- Lo van a matar - Musitó el joven capitán antes de tomar a Zelda de nuevo por la muñeca para luego emprender la huída. Recogió una espada que estaba hundida en el suelo, abandonada, y reinició el escape con la reina. Tres hombres águila trataron de perseguirles por aire, pero Shad, Rolf y Shinon lograron derribarlos a tiempo.

Nadie supo, sin embargo, que la mujer de cabello azul sí se había dado cuenta de la huída…

Giró sobre sí misma para crear con el tridente una corriente de viento suficientemente fuerte como para enviar a todos sus atacantes de espaldas al suelo. Luego apuntó su arma hacia la espalda de Zelda, quien ya se creía más segura entre el humo de la explosión. Y Link no llegó a tiempo para frenar el rayo azul que pasó zumbando a tan solo un metro de él.

No hubo un grito ni alguna otra señal de dolor. En un instante, Rasuka halló su mano pegada a un grande y pesado bloque de hielo que contenía a la bella reina de Hyrule con el mismo rostro de angustia que mostraba escasos segundos antes.

- ¡No! - Exclamó con terror al ver a su protegida en esa prisión helada, y volvió su mirada furiosa hacia la hechicera de hielo. Entonces vio a Link dando un gran salto con la espada en alto, preparando un poderoso ataque hacia la mujer.

La bruja, sin embargo, detuvo la arremetida fácilmente atrapando la espada de Link entre los dientes de su arma, con la que luego lo empujó y lo mandó de espaldas al césped.

- Vaya, vaya - Habló la hechicera por segunda ocasión desde su llegada. Su voz era fuerte e imponente, casi tan fría como sus poderes -. El granjero espadachín… No esperaba que tú y tus amigos llegaran tan pronto, Link.

- ¿Quién eres tú? - Dijo Link con ira al ponerse de pie, pero luego le invadió el desconcierto -… ¿Cómo es que sabes mi nombre?

- Mi nombre es Kotake - Respondió ella con serenidad -, y sé muchas cosas sobre ti, Link.

- ¡No te conozco, y tú no sabes nada de mí! - Soltó el rubio.

- Oh, pero vaya que estamos algo irritables últimamente, ¿verdad? - Dijo Kotake con tono burlón -. Y me temo que cada vez estás más confundido, porque esa ira que sientes es súbita e inexplicada, ¿me equivoco?

Link permaneció en silencio al no saber qué decir, y aunque se le hubiera ocurrido algo, no se habría atrevido a demostrar su desconcierto. Así era exactamente como se sentía, ¿por qué lo sabía aquella mujer?

No era tiempo de detenerse a pensarlo, y hacer que Kotake le resolviera las dudas era extraordinariamente egoísta. No podía permitirle escapar después de lo que había hecho. Alzó el escudo y dio un giro a la mano de la espada, preparado para una nueva arremetida.

- ¿No deseas saber qué es lo que te ocurre? - Cuestionó Kotake con una tranquilidad odiosa.

- ¡No te perdonaré por lo que le hiciste a Zelda! - Bramó el muchacho corriendo hacia Kotake.

Link tiró un poderoso mandoble hacia el rostro de Kotake, pero ella lo detuvo de la misma manera que antes. Sin embargo, Link liberó su espada del tridente y siguió lanzando tajos y estocadas hacia el pecho, brazos y piernas de la hechicera, aunque ella los bloqueaba o esquivaba con mucha facilidad haciéndose a un lado, moviendo el cuello, con bloqueos simples y hasta saltos sobre la cabeza del joven hyliano. Luego Link tiró otro poderoso mandoble que Kotake detuvo de nueva cuenta, ambos forcejearon mirándose frente a frente.

- Me dijeron que eras más fuerte… creo que se han equivocado - Musitó Kotake mirando a Link directamente a los ojos. Su mirada le dejó helado, literalmente, y no pudo defenderse de lo que vino después.

Kotake retiró el tridente y se hizo a un lado, así que Link trastabilló hacia el frente gracias a su inercia. La hechicera de cabello azul entonces dio un giro y golpeó a Link en la espalda con el canto de su magnífica arma, enviándolo de bruces al suelo, lo que le causó una cortada en el labio.

Sin embargo, Kotake no terminó el trabajo. En vez de eso, se quedó observando al hyliano de pie frente a él, inmóvil y sin decir nada. Pero la pelea aún no terminaba, un grito femenino llegó desde la izquierda de Kotake.

Apenas pudo detener la estocada de Mist, su nueva contrincante. Tuvo suficiente tiempo como para hacerse a un lado e interponer el tridente a muy poca distancia, sacando de balance a Mist con su propia inercia. La muchacha, sin embargo, era mucho más rápida que Link, así que a Kotake le costaba salvarse de los espadazos, rápidos estoques y extraños tajos burdos. Link estaba por ponerse de pie cuando, con un giro y un mismo ataque, la enemiga golpeó a Link en el pecho y barrió a Mist con un golpe a los tobillos.

- Sabía que eras de voluntad débil como para liderar a unos mercenarios baratos - Dijo Kotake al tener a la muchacha en el suelo -. Pero veo que también eres muy débil físicamente, no podías esperar derrotarme. Creo que ya no serás útil… para nadie. Adiós.

Aturdida por el golpe que se había dado en la cabeza, Mist no pudo reaccionar, y Link estaba demasiado lejos para ayudarla. El tridente caía en picada a toda velocidad y directo a su pecho, no tenía forma de defenderse o esquivar…

- ¡Ahora pelearás conmigo! - Gritó una voz detrás de ella.

Y a ése no lo vio venir Kotake. Detuvo su ataque a tiempo para cubrirse con el tridente, pero la fuerza de Boyd era tan inmensa que no pudo evitar irse de espaldas… pero ni eso fue suficiente. Apenas tocó el suelo, Kotake se enderezó y apuntó hacia Boyd con su tridente.

- ¡Boyd, no! - Dijo la voz de Titania a lo lejos, al unísono con la de Mist.

Boyd había atacado con un salto otra vez, y se encontraba en el aire cuando un rayo de luz blanca le pegó en el pecho y lo empujó con brutal fuerza hasta estrellarlo con la muralla del castillo, produciendo un denso y frío vapor blanco que lo rodeó. Cuando éste se disipó, Mist y Link pudieron ver a Boyd inconsciente, pegado a la pared a casi dos metros de altura, con su torso, brazo derecho y hacha aprisionados en hielo.

Sin embargo, Kotake se vio rodeada de enemigos súbitamente. Miró a su alrededor y vio a Titania, Ashei, Rusl, Oscar, Rasuka, Link y Mist, acompañados de varios soldados comunes y de los sobrevivientes de la guardia real, todos dispuestos a atacarla. Luego le llegaron una lluvia de flechas desde la izquierda y un rayo desde arriba, éste último enviado por Shad. Mientras, la mayoría de su ejército de monstruos emprendía una retirada desesperada.

- ¡No tienen el poder para derrotarnos! - Bramó furiosa Kotake al ver huir a sus soldados, a la vez que alzaba el tridente sobre su cabeza en perfecta línea vertical.

Un vapor blanco la rodeó, y cuando el rayo y las flechas impactaron, ya se había formado un gran trozo de hielo alrededor de la mujer. Shad detuvo su ataque, dejaron de llover flechas, y el vapor se dispersó.

No había nada dentro del gran trozo de hielo recién formado, el cual se desbarató en mil pedazos segundos después. Kotake había escapado. Solamente quedaron cadáveres, sangre, escombros, y un silencio de ultratumba…

Y la reina Zelda, contenida dentro de su prisión helada, había desaparecido…