¡Continua! Ya queda menos para terminarla x3x
Tabla Ropa
—Falda—
Ryosakukin.
Kintarou era demasiado pesado algunas veces. Muchas más bien. Pero no le quedaba más que soportarlo la gran mayoría hasta que terminaba harto y se marchaba.
Pero cuando Ryuzaki estaba por medio, el pelirrojo se excitaba más. Más chillaba y más se sacudía, llamativo.
La chica era tan inocente que no notaba que los intentos del pelirrojo iban más por otros mundos. Aunque él tampoco se diera cuenta especialmente.
Ese día, Kintarou estaba demasiado insistente con querer jugar un partido de tenis. Ryoma estaba harto de cargar con él todo el tiempo. Estaba a punto de aceptar, cuando la castaña entró en su campo de visión. Parecía ir con prisa, meneando la cabeza y las trenzas a un lado y otro de su cabeza. Incluso empezaba a ponerse pálida.
Ryoma conocía sus dotes para perderse mejor que nadie, así que pensó que sería buena idea detenerla antes de que se metiera en algún berenjenal. Pero Kintarou se le adelantó.
—¡La chica de las bolas de arroz!
Ryoma se golpeó la frente, incrédulo. Que recordara a una persona por su comida y no por su nombre, era peor que él. Al menos Ryoma la recordó por sus trenzas. Algo era algo.
Ryuzaki se volvió, preocupada y al verle, suspiró con alivio.
—Ryoma-kun— saludó tras inclinar la cabeza hacia Kintarou—. Eres el chico de la otra vez.
—¡Tooyama! ¡Tooyama Kintarou! — se presentó enérgico. La cogió de la mano y casi la sacudió entera.
—¿Te has perdido de nuevo? — interrumpió.
Ella infló los mofletes, sonrojándose, pero tuvo que admitir que sí.
—Estaba con Tomoka aquí, pero ahora no veo por donde esta.
Se dio la vuelta para mirar a su alrededor. Y entonces la vio.
La falda, levantada y dentro de la ropa interior. Kintarou se había puesto junto a ella y miraba concentrado, como si reconociera a la chica a la que nunca había visto.
—Ositos.
Ambos volvieron la cabeza hacia él.
—¿Eh? — cuestionó Ryuzaki.
—Ositos— repitió y señaló con su mirada.
Kintarou continuó sin entenderlo, pero Ryuzaki empezó a ponerse colorada en cuestión de segundos. Se llevó la mano hacia atrás, tirándose de la falda rápidamente y bajándola.
Ryoma miró hacia otro lado.
—Mada mada dane, Ryuzaki.
Ryoma se alejó con cierta satisfacción por haberla ayudado. Porque la chica estuviera demasiado tímida como para quedarse junto al molesto pelirrojo y especialmente, con una visión clara que se repetía una y otra vez, de sus nalgas cubiertas por esa pequeña figurita de oso y la falda metida dentro de la ropa interior.
Continuará...
