Disclaimer: los personajes de Fullmetal Alchemist le pertenecen a Hiromu Arakawa.


El Encargo

Ed no durmió mucho esa noche. Alphonse seguía diciéndole que dejara de preocuparse, pero Ed no podía evitarlo: la culpa había caído sobre sus hombros, una pesada carga que asaltaba su mente con imágenes del Coronel siendo golpeado, y torturado para mantener a su más joven subordinado a salvo. El poco sueño que lograba obtener, siempre se veía interrumpido por pesadillas de paredes cubiertas de sangre, y hombres con rostros oscurecidos.

No era necesario decir que Ed estaba exhausto para cuando encontró el valor de ir al apartamento de Mustang al día siguiente. No se molestó en llamar antes de ir al apartamento, aún cuando le había prometido al Mayor que lo haría: Ed estaba medio asustado de que Hughes le dijera que hoy no era un buen día, eso y el hecho de que Ed estaba completamente seguro de que no podría volver a reunir el valor para venir nuevamente al día siguiente. No quería pasar una noche más de pesadillas y preocupaciones. Solo quería superar esto, sin importar que Hughes creyera o no que Mustang estaba listo.

Ed levantó su mano y golpeó la puerta. Una buena parte de él sintió una urgencia inmediata de correr antes de que alguien atendiera, y él pudiera olvidarse de todo... pero Ed se mantuvo firme, jugueteando con sus dedos y deseando estar en cualquier otro lugar.

Soy perfectamente capaz de responder mi propia puerta, Maes —declaró la voz del Coronel, con tono irritado desde el otro lado de la puerta. Ed se sintió mejor inmediatamente, sobrecogido por la voz de Mustang: no era la voz del hombre en sí la que era reconfortante, sino la tan familiar irritación en ella la que le dio un poco de paz a la mente de Ed. Mustang sonaba perfectamente normal, muy diferente al confuso enredo que había sido la última vez que Ed lo había visto.

Luego de una larga pausa, la puerta finalmente se abrió, y Mustang se plantó en el umbral de la puerta, luciendo un poco desaliñado y soportando su cuerpo pesadamente en sus muletas; miró hacia abajo para observar a Ed con la mirada perdida, entonces sus ojos se agrandaron y el Coronel, ya de por sí pálido, palideció hasta tomar un tono mucho más blanco. Mustang soltó un lento y tembloroso jadeo, llevándose una mano a la frente, exhalando nuevamente en una incrédula y oscura risa.

—Sigo olvidando que estás vivo —afirmó el Coronel en un susurro desesperado, sonando como si estuviera hablando más consigo mismo, que con Ed.

Ed no sabía cómo se suponía que tenía que responder a eso, así que se mantuvo incómodamente callado mientras los ojos del Coronel lo observaban, casi como si estuviera buscando alguna herida en él. Aunque, luego de un momento, Mustang pareció recordar donde estaba y se enderezó, sus atormentados ojos recuperaron su mirada dura y profesional.

—Debiste haber llamado, Acero —dijo en el mismo tono condescendiente con el que Ed se había familiarizado en los últimos años—. Cuando te llamo, espero que vengas.

Mustang se giró, y alejándose de la puerta, cojeó de vuelta a la habitación sin poner atención a si Ed lo estaba siguiendo; luego de una muy corta pausa, Ed encontró el valor de ingresar al apartamento del Coronel, cerrando la puerta tras de él.

El Mayor Hughes estaba de pie junto a la ventana que estaba a un lado de la puerta, sus ojos yendo y viniendo de Ed hacia el Coronel: se veía dividido entre la preocupación, el alivio, la irritación y la exasperación. Probablemente no estaba feliz de que Ed hubiese aparecido sin llamar antes, pero aún así, el hecho de que Ed hubiese venido, hacía que le fuera difícil estar enojado de verdad.

Ed le ofreció al Mayor una sonrisa débil, y observó cómo Mustang desaparecía con rumbo a la otra habitación. Hughes exhaló a través de su larga nariz, y tomó a Ed del brazo con gentileza.

—En serio debiste haber llamado —dijo manteniendo su voz tan baja como para que Mustang no escuchara.

De repente, Ed notó la tensión que inundaba el apartamento; había estado tan distraído como para notarlo cuando había entrado al lugar, pero ahora era muy difícil de ignorar.

— ¿Han estado discutiendo...? —preguntó Ed.

—Se podría decir que sí. Ha estado difícil esta mañana... no me dejará darle su medicación para el dolor, y sé que la necesita —el hombre suspiró, frotándose el rostro—. Solo está siendo testarudo. Está enojado conmigo porque ayer yo... bueno, no importa. Solo se cuidadoso con él, ¿bien?

Ed no estaba muy seguro de a qué se refería Hughes con lo que acababa de decir, pero aún así asintió y siguió al Mayor hacia la habitación en la que Mustang había desaparecido.

El Coronel se estaba intentando sentar con torpeza en su sofá: el más pequeño gesto de dolor cruzó el rostro de Mustang mientras se sentaba, pero aparte de eso, su expresión era completamente profesional, como si todos estuvieran en su oficina en los Cuarteles Generales, en vez de estar en su sala de estar con los insumos médicos regados en la mesa de café.

—Siéntate —comandó Mustang, su tono de voz era tan normal a pesar de su débil apariencia, que Ed se entretuvo brevemente en la idea de desafiarlo como siempre solía hacerlo... pero una sola mirada por parte del mayor, le informó que solo debía hacer lo que le decía, y con rapidez se sentó en el otro extremo del sofá.

Mustang alzó su oscura mirada hacia Hughes, su mirada era fría.

—Eso es todo, Mayor.

— ¿Quieres tu medicina antes de que me vaya? —preguntó Hughes, señalando vagamente la bolsa de medicamentos que estaba en la mesa.

—Puedes retirarte —fue todo lo que Mustang dijo como fría respuesta.

Por un segundo, Hughes parecía querer protestar, pero entonces se movió para hacer el saludo militar, y presentó respetos a su Coronel.

—Sí, señor.

Con eso dicho, Hughes se giró sobre sí mismo con rigidez, y salió de la habitación sin mirar atrás. Mustang observó su partida con una expresión impecable, esperando hasta que escuchó que la puerta principal se cerró, antes de dirigir su atención nuevamente hacia Ed.

Al comienzo no dijo nada; de hecho, lucía como si no supiera qué decir, lo que era extraño considerando que, típicamente, era un Coronel con una buena fluidez verbal. La incomodidad de Ed se intensificó al dirigir su mirada dorada a esa mirada negro medianoche.

Algo tras esos ojos oscuros no estaba bien...

—Se ve bien —dijo Ed con ligereza, desesperado por romper el silencio—... comparado con la última vez que lo vio, eso creo.

— ¿Y cuándo sucedió eso? —preguntó Mustang, alzando las cejas.

—Cuando estaba en el hospital.

—Me... ¿Me visitaste cuando estaba en el hospital? —inquirió el hombre, sintiéndose un poco incómodo.

—Oh, bueno, creo que no recordaría... estaba fuera de sí... —comenzó a decir Ed con un ligero encogimiento de hombros— Pero lo estaba visitando el día que despertó.

Las cejas de Mustang se arrugaron. —Solo recuerdo a Hughes esa noche.

—Se despertó por unos instantes ese día, pero realmente usted no... era usted, creo. Solo balbuceaba, y repetía una y otra vez que tenía que huir, jurando que jamás les había dicho nada...

Ed comenzó a divagar, notando la repentina incomodidad reflejada en el rostro de Mustang; Ed maldijo internamente, preguntándose el por qué parecía no poder cerrar su grandísima bocota: Al le decía constantemente que necesitaba trabajar en su evidente falta de tacto...

Mustang salió de su ensimismamiento luego de un momento, y su expresión de incomodidad se transformó en una expresión de frío vacío.

—No estaba consciente de que eso había sucedido. Me disculpo si te asusté —dijo finalmente: su tono de voz era tan sombrío como su mirada.

—No lo hizo —mintió Ed.

La habitación se sumió en un largo silencio ensordecedor, que duró algunos segundos.

—Quiero que permanezcas en Central, Edward —dijo Mustang abruptamente, clavando su vista en el chico.

Ed parpadeó. — ¿Por cuánto tiempo?

—Hasta que yo diga que te puedes marchar. Un par de meses, por lo menos.

— ¿Qué? ¿Un par de meses? —farfulló Ed con incredulidad— ¡No puede esperar que me quede aquí por tanto tiempo!

—Eso es gracioso, porque es exactamente lo que espero que hagas —respondió Mustang con suavidad.

— ¡Tengo investigaciones qué hacer!

—Las investigaciones pueden esperar.

— ¡Es una estupidez! —gritó Ed, enojándose más con cada segundo que pasaba— ¡No es justo!

—La vida usualmente no lo es.

— ¿Por qué quiere que me quede? ¿Cuál puede ser la razón?

Mustang hizo una breve pausa, rompiendo el ritmo familiar de la discusión,

—Mucha gente te quiere muerto, Acero. Gente de Lior —dijo finalmente, su tono de voz demasiado era cuidadoso.

—Sí... bueno, ¿y? —Ed se recompuso luego de un momento, intentando contener su irritación, aunque se había distraído con una renovada incomodidad mientras observaba al Coronel— Siempre hay gente detrás de mí...

—No como ésta.

—...Además —continuó Ed, plasmando una sonrisa arrogante, que no sentía, en sus labios—, los archivos decían que todos los líderes fueron arrestados...

Mustang no dijo nada, pero Ed notó que sus enguantados dedos, pulgar y medio, se movían como si estuviera a punto de crear una llama.

—... Así que... Así que no hay nada de qué preocuparse...

De nuevo, los dedos se movieron.

—...Solo está siendo paranoico.

— ¡Maldita sea, Ed! —explotó el Coronel de repente, encarándolo — ¿No puedes escucharme solo unavez en tu vida? Quiero decir, por Dios, lo único que te estoy pidiendo es que te quedes aquí.

Inconscientemente, Ed retrocedió un poco, sorprendido e inquieto por la repentina explosión. Mustang estaba temblando y, lentamente, Ed comenzó a entender: la rígida tranquilidad del hombre se había evaporado, abriendo los ojos desmesuradamente, a la vez que el poco color que quedaba en su pálido rostro, se desvaneciera. Ed fue inundado repentinamente por una oleada de alarma, leyendo el abrupto y enfermizo terror en el rostro de Mustang. Había un leve dejo de histeria allí, una pequeña traza de locura que Ed había presenciado el día que el Coronel había despertado.

El Coronel se acercó, y tomó el rostro de Ed con su mano enguantada, más el muchacho no se atrevió a separarse.

— ¡No puedes imaginar siquiera lo que te haría se te llegan a atrapar...! —murmuró desesperadamente, pasando su dedo pulgar por la mejilla de Ed, y mirando al chico con tanta profundidad, que hacía que se quedara sin respiración— Sé que estoy siendo paranoico, lo sé, ¿está bien? ¡Pero no puedo evitarlo! No tienes... idea de lo que son capaces de hacer... Lo único que me mantuvo cuerdo en Lior, era saber que te estaba manteniendo a salvo, y si te atrapan ahora, Ed... Después de todo lo que sucedió, después de todas las vidas que se perdieron...

La voz de Mustang se quebró y tuvo que apretar los dientes para formar sus próximas palabras:

—Por favor... Solo no dejes que sea en vano.

Ed se quedó sin palabras por un momento, su interior se revolvía con fría ansiedad: esto era casi peor que aquél día en el hospital, porque la locura había sido totalmente comprensible; el hombre había estado alucinando en ese entonces, había estado totalmente medicado y sedado durante las dos semanas de catatonia. Ahora, en cambio, estaba consciente... estaba despierto y recuperándose, y sabía que lo que estaba diciendo... Sin embargo, y por más que intentara esconderlo, había algo que no estaba bien en él.

—...Coronel, ¿está bien? —se las arregló Ed para preguntar en un susurro lleno de dolor, sus ojos ámbar dilatados.

Mustang lo observó por un instante, luego lanzó suspiro aterrado y retiró su mano de la mejilla de Edward como si éste le estuviera quemando.

—No me toques —murmuró con suavidad, rompiendo el contacto visual y luciendo como si hasta ahora entendiera con quién estaba hablando. Se enderezó y respiró profundamente, cerrando los ojos como si intentara recomponerse. En cuestión de segundos el hombre reemplazó su escudo sin expresión, convirtiéndose nuevamente en el frío líder militar, y ocultando su terror.

—Harás lo que te digo —dijo Mustang llanamente y sin abrir los ojos, incapaz de mantener un ligero estremecimiento en su poderosa voz.

—...Sí, señor —prometió Ed tranquilamente, sintiéndose enfermo y vacilante.

Mustang abrió sus agotados ojos, y observó a su subordinado con una mirada difícil de leer, luego el hombre dejó caer sus hombros, frotándose el rostro con las manos.

—Lo siento —suspiró, intentando valientemente el hacer sonar como si estuviera exasperado, en vez de desesperado—, solo estoy cansado y con mucho dolor esta mañana... No estoy pensando correctamente.

Ed mordió su labio y luchó por mantenerse calmado: sentía que debía decir algo, pero su mente demasiado conmocionada por la fragilidad de Mustang, como para poder colocar sus pensamientos en palabras.

—Hay... ¿Hay algo que pueda hacer...? —logró decir Ed tentativamente luego de unos largos instantes de silencio.

Mustang lo observó pensativamente durante un momento, y entonces la comisura de su boca se contrajo en una sorprendentemente cálida –aunque triste– sonrisa.

—De hecho... —dijo el hombre con un suspiro cansino, alcanzando la bolsa de medicinas que estaba sobre la mesa; rebuscó en ésta y sacó una jeringa hipodérmica— puedes sedarme. Mi hombro dislocado no ha sanado completamente aún, así que es incómodo inyectarme en el brazo como se supone que debería hacerlo y en serio... en serio lo necesito ahora mismo.

Ed se tensó al ver la jeringa. La única razón que no lo hacía rehusarse de inmediato era el hecho de que sabía que Mustang no hubiese pedido su ayuda de no ser porque de verdad necesitaba ayuda; aún así, un incómodo quejido surgió de la garganta de Ed antes de que pudiera detenerlo, y Mustang arqueó una ceja mirándolo inquisitivamente, deteniendo su tarea de llenar la jeringa con el líquido de una pequeña ampolla, la cual había tomado de la bolsa.

—No me gustan las agujas... —admitió Ed, un poco avergonzado pero más que dispuesto a desviar el tema de la debilidad de Mustang hacia la suya. Por alguna razón, era un terreno más seguro.

— ¿...Oh? —preguntó Mustang lentamente, luciendo un tanto sorprendido a la vez que le daba un par de golpecitos a un lado de la jeringa para forzar cualquier burbuja fuera del contenido— Había asumido que no tendrías problemas con las agujas dado tu colorido historial médico...

—Sí, bueno... solo porque necesitaba inyecciones todo el tiempo cuando me estaban colocando mi automail, no significa que mágicamente me hayan dejado de molestar... —balbuceó Ed, tomando vacilante la jeringa ofrecida mientras el Coronel se enrollaba la manga de la camisa.

—...Supongo que existen ciertas cosas a las que jamás puedes acostumbrarte, sin importar cuantas veces las hayas experimentado —concordó Mustang luego de un momento.

Ed se mordió el interior del labio, dolorosamente consciente de que el hombre no estaba hablando acerca de las agujas. Tomó el brazo del Coronel, y pretendió no mirar las heridas que aún estaban sanando, y las quemaduras que estropeaban su pálida piel.

Mustang se recostó, observando como Ed introducía la aguja en su brazo; el estómago de Ed se revolvió y se encogió de dolor mientras oprimía el embolo, pero el Coronel no dio señales de molestarse con eso. Al contrario, el hombre cerró los ojos con algo parecido al alivio, a la vez que Ed retiraba la aguja, los músculos en su cuello y su hombros se relajaron cuando la droga comenzó a hacer efecto en él; Ed no había notado que Mustang estaba tan incómodo hasta que vio el rigor del dolor dejar su rostro, relajando su apretado mentón, y suavizando las líneas de su entrecejo.

— ¿Por qué no dejó que el Mayor lo sedara si tenía tanto dolor? —preguntó Ed con un dejo de preocupada curiosidad, dejando la jeringa en la mesa, y alejándose de ésta deliberadamente con un estremecimiento reprimido.

—...No importa —murmuró Mustang, abriendo sus ojos vidriosos y mirando a Ed.

Ed sabía que era mejor no continuar buscando la respuesta. El silencia se hizo un poco más incómodo entre ellos, hasta que Mustang habló:

—Entonces, ¿te quedarás en Central? —preguntó, el cansancio parecía suavizar sus palabras.

—Sí.

—Promételo.

—Lo prometo, Coronel.

Mustang asintió, satisfecho con la respuesta. Se irguió nuevamente y alcanzó un sobre lleno de papel que estaba en la mesa.

—Sé que estoy pidiendo mucho de ti al pedirte que te quedes en un solo lugar por tanto tiempo, así que tengo una misión local para ti —le entregó los papeles a Ed y esperó a que el muchacho restablecieran el contacto visual para continuar—. No es nada demasiado difícil, los materiales ya han sido pagados, solo tienes que ir a recogerlos. Podrías terminarlo en un par de horas si eso quieres pero... si te toma tu tiempo, y en serio espero que lo hagas, entonces te tomaría una semana, más o menos. Tal vez hasta lo disfrutes. Esta misión permite mayor libertad y... creatividad de lo que normalmente te permitiría, pero confío en que no te aproveches de ello.

Ed comenzó a desdoblar los papeles con curiosidad, sin embargo Mustang lo interrumpió:

—Léelo después, esta misión no es estrictamente militar, Ed, así que no tienes obligación de comprometerte si no quieres hacerlo. Lo entenderé.

Ed le lanzó una mirada dubitativa. El Coronel jamás le había dado opciones cuando se trataba de completar misiones... Bien, pensaría en eso después. Ed guardó los papeles en su bolsillo y, luego de una corta pausa, se levantó de su sitio; debería irse, Ed podía ver que Mustang estaba cansado, y probablemente aún estaba adolorido a pesar de la inyección.

— ¿Eso es todo, señor? —preguntó Ed, ladeando su cabeza para mirar a su superior. Mustang levantó la mirada con una expresión de dolor, pero la escondió tras su máscara de frialdad de nuevo: no quería que se fuera, comprendió el muchacho; algo dentro del pecho de Edward se contrajo dolorosamente, dificultando su respiración, y lo llenó con un extraño sentimiento de compasión. El hombre no se quería quedar solo...

—Eso es todo, Acero. Te puedes retirar —entonó Mustang, con un tono de voz sorprendentemente fuerte.

—Yo... Yo me iré, entonces... —trastabilló Ed, manejando hacer una reverencia. Casi consideró quedarse con el hombre por más tiempo pero, sinceramente, no sabía si tendría el coraje suficiente; para ser honesto, Ed quería salir corriendo de la habitación tan rápido como pudiera, quería regresar al mundo exterior… lejos del Coronel, donde la atmósfera no fuera tan tensa. Era egoísta y un acto de debilidad pero Ed quería poner la mayor distancia que fuera posible entre él y Mustang, así dejaría de ver la atormentada mirada de aquellos ojos, o escuchar como su poderosa voz se había convertido en un susurro sofocado debido al abuso.

Sin embargo, lo peor de tener estos sentimientos era el hecho de que Ed no tenía duda alguna de que Mustang sabía sobre la existencia de éstos: el hombre era consciente de la incomodidad de Ed, pero no parecía culparlo por ello; incluso parecía entender, como se estuviese acostumbrando a esto… Ed podía ver que Mustang no lo culpaba por nada. No había acusación en él cuando le hablaba a Ed sobre Lior, perecía que ni siquiera había cruzado por la mente del Coronel el culpar a Ed por la tortura sufrida…

De alguna manera, eso era mucho más desgarrador que si el Coronel culpara a Ed.

Ed dio otra rígida y cortés inclinación, sintiéndose enfermo y odiándose a sí mismo mientras se giraba para irse del lugar.

—Edward… —le llamó Mustang repentinamente.

El muchacho se dio la vuelta, parpadeando rápidamente para eliminar el vago comienzo de las lágrimas que amenazaban sus ojos antes de que pudiera notarlo.

— ¿Señor?

—Yo… Quiero preguntarte algo…

— ¿…Si?

El Coronel dudó por un segundo, como si intentara ordenar lo que quería decir, entonces respiró profundamente y dijo:

—Maes… El Mayor Hughes me dijo que él piensa que estoy… enfermo —comenzó a decir el Coronel con suavidad—. Dice que ve que hay algo mal conmigo. Necesito saberlo… Tú también lo ves, ¿no es así?

La boca de Ed se secó de inmediato mientras observaba fijamente a su comandante, su corazón palpitaba con intensidad; Mustang estaba divagando a propósito gracias a la manera en la había planteado la pregunta, dando a Ed un forma de omitir la respuesta. El Coronel le estaba dando a Ed la oportunidad de responder la pregunta como si estuviese siendo interrogado acerca del bienestar físico de Mustang… Pero Ed sabía que la verdadera pregunta se centraba en las inestabilidades mentales del hombre.

Lo que Mustang estaba preguntando en realidad era '¿Crees que estoy demente, Edward? ¿Te das cuenta que me he vuelto loco?'

—…Sí —dijo Ed con voz ronca, odiándose aún más cuando la sílaba dejó sus labios—, si lo veo.

Los oscuros ojos de Mustang se abrieron un poco más, mirando a Ed como si el muchacho lo acabara de apuñalar, luego cerró los ojos y asintió con resignación.

—Gracias por ser honesto. Te puedes ir —dijo suavemente, como si envejeciera ante los ojos de Edward. El hombre inclinó su cabeza y colocó su enguantada mano sobre su frente, un sentimiento de derrota emanando desde su golpeada figura.

—Coronel… —empezó Ed a decir con suavidad, dando un paso hacia él. Ed no era una persona físicamente afectiva, pero nunca había creído que quisiera abrazar a alguien con tanta intensidad en su vida.

—Solo vete, Ed. Por favor —susurró Mustang.

Con el corazón en la garganta, Ed se movió para obedecer y salió de la habitación: no necesitaba que se lo repitieran. Salió por la puerta, cerrándola tras de sí, tomó una bocana de aire matutino, pero su enérgico movimiento no hacía nada para hacerlo sentir menos asfixiado.

Ed se detuvo y se giró hacia la puerta.

¿Cómo podría dejar a Mustang solo de esa manera…? Sabiendo lo frágil que estaba… Viendo su profundo dolor y luego confirmando las sospechas del hombre acerca de su propia falta de cordura… ¿Cómo podía Ed siquiera pensar en darle la espalda ahora, especialmente después de que Mustang hubiese dado todo por Ed sin pedir nada a cambio…?

Ed levantó su mano y la posó sobre la manija de la puerta, el frío latón tintineando contra los enguantados dedos de su automail; sin embargo, tragó saliva y dejó caer su mano hacia su lado nuevamente: simplemente no podía obligarse a entrar allí.

—Cobarde —murmuró para sí mismo, su trémula voz llevaba un tono de autodesprecio.

Roy abrió un poco la cortina y miró hacia afuera.

El chico aún estaba allí.

Ed había estado sentado en el umbral de la puerta de la casa del Coronel por los últimos quince minutos, su mirada en la lejanía y su ceño fruncido en actitud pensativa a la vez que miraba al espacio vacío en frente de él. No estaba haciendo nada en particular… Solo estaba sentado allí como un vigilante perro guardián protegiendo a su dueño.

Roy sonrió a pesar de sí mismo. Ed era un buen chico cuando quería serlo: era leal y honesto…

Sobre todas las cosas, era honesto.

"Sí, si lo veo."

Las palabras hicieron eco en la cabeza de Roy, acompañando a las otras voces que habían estado allí por semanas.

¿Dónde está?

No te lo llevarás de mi lado.

No puedes detenerme.

Cállate.

¡Me PERTENECES, pedazo de mierda!

— ¡Cállate!

La ronca voz de Roy resonó en la habitación vacía, temblando y respirando profundamente. Afuera, Ed levantó un poco la cabeza como si hubiera escuchado la exaltación del Coronel; Roy se alejó de la ventana levemente murmurando una maldición, pero la atención de Ed ya estaba en otro lugar.

El chico sacó de su bolsillo los papeles plegados que detallaban su misión, los desdobló, y comenzó a leerlos; los ojos de Ed escanearon los papeles, cambiando las páginas de notas y bosquejos que Roy había dibujado meticulosamente con las manos fracturadas mientras aún estaba en el hospital. Roy contuvo la respiración, esperando la reacción de Ed ante lo que estaba leyendo.

Finalmente, Ed volvió a la primera página y la leyó nuevamente, casi como si estuviera cerciorándose de lo que su Coronel le estaba pidiendo hacer; entonces sus hombros bajaron e inclinó la cabeza, presionando su frente contra la página.

—Oh, Mustang… —dijo Ed asfixiadamente para sí mismo, sus palabras eran tan suaves que Roy casi no las pudo escuchar— Por supuesto que lo haré…

Parte de la tensión en el corazón de Roy se disipó, emigrando para constreñir su garganta y nublar sus ojos con gratitud; Roy apretó los dientes ante una, casi, dolorosa oleada de afecto paternal que le cruzó el cuerpo, aliviado de que Ed estuviera vivo, de que Ed sintiera la necesidad de quedarse allí para velar por él durante horas…

En vez de eso, se limpió los ojos y se alejó de una de las únicas razones por las qué vivir, dejando que la cortina cayera en su sitio, y cojeando de regreso a su habitación tenuemente iluminada.

Tenía algunas llamadas por hacer.


Notas de la traductora:

I'm back, bitches!

Sí, estoy de vuelta, y sí, ya sé que me tardé demasiado traduciendo, y sí, también estoy al tanto –yeah, bitches, I know– de que pensaron que había abandonado la traducción, pero… no es cierto \m/

Bueno, escucho (?) 'Bla, bla, bla, traducción', 'Bla, bla, bla, demora', 'Bla, bla, bla, abandono', pero como pueden ver, no es así. Aquí tienen un nuevo capítulo, esperemos que el siguiente no se demore demasiado (tal vez tres años fue excesivo, who knows?), y eso dependerá de qué tantas ganas tenga de traducir :D

Por el momento, y no siendo más, les agradezco su espera, me pueden contactar a la página de Facebook 'Yuzuki Kuro' (este es el medio que más utilizó), al email yuzuki . kuro arroba gmail . com (recuerden que deben eliminar los espacios, y cambiar el 'arroba' por el símbolo que todos conocemos), por PM en esta misma página o, en última instancia, a través de los reviews ^_^

Se despide,

Yuzuki Kuro :3

P.S: A los lectores que han dejado reviews como anónimos o como usuarios no registrados, es una pena no poder responderles como es debido, pero no puedo contactarlos sin tener una cuenta en FF . net.

A mishato: ¡Sorpresa! Si hay continuación de la traducción.

A guest: Vaya, de Francia? Espero que me sigas leyendo.

A Beyond: No, no está abandonada, y sí, si leí tu "pequeño" review, y te aseguro que no estás hablando a la nada, y sí, si retomé la traducción de este Fic ;)