Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenecen, solo la estoy adaptando con los algunos personajes de la saga de stephenie meyer.


CAPITULO 9

El polvo del mediodía formaba remolinos mientras Isabella observaba el entrenamiento de los guerreros bereberes. Parecía que estuvieran practicando algún deporte pero, ahora que conocía los planes de su líder, los juegos tomaban un cariz muy distinto. Se preparaban para la guerra y la muerte.

Desde el refugio de la tienda de Edward, Isabella los contemplaba aturdida, con una mezcla de horror y fascinación, incapaz de apartar su mirada. Pero en cuanto Edward dirigió su montura hacia ella, se retiró a la habitación interior. Llevaba dos días sin dirigirle la palabra, desde que él le había contado su plan para atraer a Garret y al ejército francés.

Llevaba dos días tremendamente agitada, sin dormir y comiendo apenas. La tensión, el miedo y la sensación de impotencia no hacían más que atenazar el nudo de su estómago porque ahora sabía que no era sólo su vida la que corría peligro. Había oído decir que era imposible vencer a los bereberes en combate. Si el plan de Edward funcionaba, cientos de soldados franceses morirían, entre ellos, Garret, el hombre que la amaba, y su tío Honoré.

Tenía muy claro que Honoré no permitiría que Garret fuera a buscarla sin él. Aunque no estaba preparado para soportar los rigores del desierto, estaba segura de que insistiría en acompañarlo y lo más probable era que acabara muerto.

—¡Lo impediré! —murmuró desafiante.

Si alguien moría, sería culpa suya. Tendría las manos manchadas de sangre, puesto que ella era la única responsable de esa situación. Si no hubiera insistido en acompañar a su tío, no la habrían capturado y Edward no habría podido usarla como señuelo.

Ojalá tuviera la posibilidad de hacerle llegar a Honoré un mensaje, para explicarle que estaba sana y salva. Tal vez así se quedaría más tranquilo y no insistiría en acompañar a las tropas. Al menos Garret era un oficial valiente y experimentado, lo que aumentaba sus posibilidades de sobrevivir a un combate contra el caudillo bereber y superar el terrible destino que Edward había planeado para él.

Llevaba dos días y dos noches preguntándose qué tipo de venganza tenía Edward en mente. ¿Qué habría hecho Garret para ganarse su enemistad? ¿Por qué Edward había dicho de él que era «un coronel que lleva la sangre sucia de un asesino en sus venas»?

Una venganza implicaba un conocimiento previo, así que ambos hombres habían tenido algún tipo de relación antes o, al menos, eso se deducía de las palabras de Edward. Él le había dicho con claridad que su secuestro había sido un medio para conseguir un fin.

Ella era el instrumento para llevar a cabo su venganza.

Debía haberlo imaginado al ver que la respetaba, que no la golpeaba ni la violaba. Tanta amabilidad debía haberla hecho sospechar. Casi prefería que la hubiera mancillado y maltratado para humillar a su prometido. Puesto que su propia reputación nunca le había preocupado demasiado, hubiera ofrecido gustosamente su honra a cambio de la vida de Garret. Incluso se habría rendido de forma voluntaria a su captor, tal como éste parecía desear. Pero era consciente de que su capitulación no sería suficiente para salvar la vida de su amigo.

No le cabía ninguna duda de que Edward quería verlo muerto y sabía que nada que ella dijera o hiciera le haría cambiar de opinión. Edward no se dejaba conmover por lágrimas o súplicas. Y, puesto que no estaban en Inglaterra, tampoco podía apelar a su moral o a su sentido del honor. Eso era el desierto, un lugar donde las normas de conducta civilizadas no tenían ningún valor y donde los códigos de honor eran distintos a los de su patria. En Berbería, las mujeres eran una posesión y, como tales, se compraban, se vendían y se usaban. Allí los hombres como Edward el-Cullen tomaban lo que deseaban y establecían sus propias leyes.

—Buenas tardes, ma belle.

Isabella se tensó al oír el saludo de Edward que entraba en la tienda. Con parsimonia, se volvió y le dio la espalda. Él maldijo tras ella. Durante los dos últimos días, su hermosa cautiva lo había tratado como si él fuera una víbora. Su desdén y su silencio lo enfurecían, ¡sobre todo porque venían de una mujer! Edward sólo había mostrado deferencia ante su abuelo inglés y únicamente había jurado lealtad al sultán, y ambas cosas de forma voluntaria. Sin embargo, no podía librarse de la sensación de que Isabella Swan se merecía una explicación. Tenía derecho a saber por qué la había involucrado en sus venganzas personales. Había tratado de hacerle comprender las razones de su odio hacia los franceses, pero era demasiado testaruda como para aceptar una explicación general.

Aún peor que su enfado, era el tormento que veía en los expresivos ojos de su prisionera. Su sufrimiento era tan palpable que su corazón de guerrero se retorcía de remordimiento. Nunca hubiera imaginado que su angustia le afectaría tanto. Deseaba acercarse a ella y abrazarla y le costaba un esfuerzo enorme no hacerlo. Quería besarla hasta borrar todo rastro de dolor en su cara. Anhelaba librarla del odio y llenar su vacío con pasión. Pasión hacia él.

Pero no podía permitir que la desesperación de una mujer se interpusiera en sus planes. Había demasiadas cosas en juego. Decidido a ignorar esa muestra de debilidad, Edward se cruzó de brazos.

—Alá es misericordioso —la provocó—. Me ha concedido una cautiva modelo.

Ella se limitó a mirarlo por encima del hombro.

—Una mujer silenciosa es muy difícil de encontrar. —Isabella se puso furiosa con su tono burlón y le dirigió una mirada de odio que podría haber encendido una hoguera.

Como respuesta, Edward se acercó a ella muy despacio. Cuando levantó una mano para acariciarle la mejilla, ella se apartó bruscamente.

—Si me toca, juro que lo mataré.

Él la miró con dureza.

—¿Me desafía? —preguntó con una voz dulce y letal al mismo tiempo.

—Sí, lo estoy desafiando, bárbaro.

Con un movimiento preciso, él la agarró por la barbilla y Isabella se encogió.

Edward recorrió con la vista su rostro encendido, su expresión asustada.

—No sería muy prudente por su parte, chérie. Si me desafía, tendré que castigarla.

Isabella contuvo el aliento y tembló de rabia, miedo y algo más que no quería nombrar.

—Tal vez —siguió él con suavidad, bajando la mirada hacia sus labios trémulos— debería castigarla con besos, ya que afirma que le disgustan tanto.

El deseo que se había negado a reconocer provocó que se le disparara el pulso y subiera la temperatura de todo su cuerpo.

—No… no —susurró, pero él simuló no oírla y le acarició el labio inferior con el pulgar.

Temellal —murmuró—, preciosa.

«Seré su amante.» No lo había dicho en voz alta, aunque Isabella lo oyó igualmente. Y lo que era aún más grave: deseaba creerlo. Lo miró, confundida por las emociones que luchaban en su interior. No entendía cómo podía atraerle tanto un hombre al que odiaba. ¿Cómo podía sentirse tan vulnerable, femenina y temblorosa? ¿Por qué flaqueaban sus rodillas y se le aceleraba el corazón? ¿Qué le otorgaba el poder de hacer añicos su determinación con una sola mirada?

Era incapaz de resistirse al efecto que le provocaba su cercanía. Su sola presencia despertaba el recuerdo de sus besos: el calor de su boca, su sabor masculino, las caricias de sus hábiles manos. Edward la abrumaba con sensaciones y se olvidaba de quién era y de dónde estaba. Su propio cuerpo la traicionaba porque en ese mismo instante Isabella deseaba que volviera a besarla, que la tocara, que la abrazara…

—No —volvió a susurrar, con la fuerza de la desesperación.

Edward siguió acariciándole el labio mientras susurraba con voz ronca:

—Debería darme las gracias, Temellal, por haberla apartado de Bourmont. No está a la altura de su inteligencia ni de su carácter. El coronel no es lo bastante hombre para usted.

El recuerdo de Garret y del peligro que corría volvió a llenarla de culpabilidad. Se sentía mal por desear a Edward; por haber olvidado, aunque fuera por un solo momento, la responsabilidad que tenía con su prometido, con su tío y con su país. Se dio cuenta de lo cerca que había estado de sucumbir a las caricias de Edward y se apartó de él bruscamente.

—No me hable de Garret —exclamó—. ¡Usted no es digno ni de lustrarle las suelas de sus zapatos!

Edward tensó la mandíbula, la fulminó con la mirada durante unos segundos, se volvió y salió de la tienda.

Aliviada, Isabella soltó el aire que había estado conteniendo. No podía permitir que la usara como un peón para sus planes, ni que la abrumara con su poderosa presencia. Debía mantener la calma. Y necesitaba un plan. Tenía que volver a alimentarse bien para conservar las fuerzas y obligarse a dormir para recuperar energías. Quería escapar de ese monstruo que amenazaba su vida y la de sus seres queridos. Se propuso descubrir todo lo que pudiera sobre sus carceleros. Cualquier detalle, por insignificante que fuera, podía ayudarla.

Con ese objetivo en mente, interrogó a Mahmoud cuando el niño fue por la tarde. Le preguntó por Edward y por su conflicto con los franceses.

La conversación no fue fácil. En cuanto nombró a los colonizadores, Mahmoud empezó a maldecir.

—¡Que esos hijos del chacal vivan en la miseria y el desprecio que se merecen!

Pero, a pesar de las interrupciones, logró obtener algunos datos. Al parecer, Edward era un poderoso amghar, el administrador de una gran tribu bereber, y tenía también el título de caíd, es decir, que el sultán lo había elegido como representante local del gobierno árabe, aunque en esos momentos no estuviera aún bien organizado.

Las orgullosas palabras de Mahmoud no hicieron más que confirmar lo que Isabella ya sospechaba. Edward el-Cullen era un monolito, una figura audaz y autoritaria, un caudillo bereber que defendía la causa de la libertad y la independencia de Argelia. Si era honesta consigo misma, no podía reprochar a Edward que desafiara a sus enemigos, los franceses. Podía entenderlo e, incluso, admirar su valor ante sus pocas posibilidades de triunfo. Luchaba por sus convicciones, contra la opresión y los conquistadores de su patria. Pero su deseo implacable de venganza la atormentaba. No podía soportar la idea de convertirse en un instrumento para acabar con la vida de Garret o de su amado tío.

Tenía que detener a Edward de algún modo, pero ¿cómo? La lealtad de su tribu era tan inquebrantable que nadie se dejaría sobornar o convencer para ayudarla.

Tras la descorazonadora conversación con Mahmoud, Isabella empezó a temer que no sería capaz de evitar que Edward llevara a cabo su plan demoníaco. En contra de su optimismo habitual, se encontró invadida por una abrumadora sensación de desesperanza.

Pero eso fue antes de robar la daga, durante su paseo diario alrededor del campamento al día siguiente. Se había pasado la mañana haciéndole preguntas a Mahmoud sobre la lengua bereber y pidiéndole que le enseñara algunas palabras. Si aprendía lo suficiente como para poder entender lo que decían, tal vez descubriera algo que la ayudara a escapar.

Tenía facilidad para los idiomas, que asimilaba con rapidez. Cuando el guardia de ojos azules vino a buscarla para su paseo diario, lo sorprendió al saludarlo en bereber. Y durante la visita a la tienda donde Tahar cocinaba con las demás mujeres, también practicó sus nuevos conocimientos.

Tahar la había visitado un par de veces durante los dos últimos días, suponía que por deseo de Edward, pero ella había estado demasiado preocupada con la amenaza contra Garret como para disfrutar de su naciente amistad. Aceptó el puñado de garbanzos secos que Tahar le ofreció y le fue haciendo preguntas mientras cocinaba, decidida a aprender cuantas más palabras mejor. Sus esfuerzos se ganaron tanto las risas bienintencionadas como el respeto de las mujeres, pero pronto vio que Saful se impacientaba en la puerta. Estaba a punto de marcharse de la tienda cuando vio la daga, un cuchillo pequeño y curvado, con la que habían cortado carne en una bandeja. Su corazón se desbocó. ¿Era ésa la oportunidad que esperaba? Con disimulo y mientras fingía admirar un plato, Isabella se hizo con la daga y la escondió entre los pliegues de su túnica. Miró de reojo al guardia de ojos azules y descubrió, aliviada, que no se había dado cuenta. Se vio obligada a ocultar el nerviosismo y el sentimiento de victoria, al despedirse de Tahar y continuar con su paseo. Cuando por fin llegaron a la tienda de Edward, casi no podía disimular su ansiedad, que aumentó al ver que Edward no se reunía con ella a la hora de comer. Había conseguido una arma, pero aún no había decidido cómo usarla.

La posesión de aquella daga podía suponer su libertad. Si la usaba para reducir al guardia y robar una montura, su huida no tardaría en ser descubierta. Quizá tuviera más posibilidades si esperaba a que el campamento estuviera dormido. Entonces sólo debería enfrentarse a Edward.

¿Y luego qué?

Se sentó frente a la puerta para contemplar el douar y vio que una sombra se extendía sobre las tiendas. Levantó la vista hacia el cielo y se dio cuenta de que una nube de tormenta había tapado el sol.

Poco después, descubrió lo que era la lluvia en el desierto, un fiero diluvio que amenazaba con desmontar el campamento. Pero, tan de repente como había llegado, la nube desapareció y el sol volvió a brillar. La humedad de la arena mojada formaba nubes de vapor y, media hora más tarde, los riachuelos creados por la tormenta se habían esfumado y la superficie del desierto volvía a estar seca. Sin embargo, tras el calor asfixiante de la mañana, el aire se había vuelto fresco. Isabella tocó la daga que ocultaba bajo la túnica y sintió un escalofrío.

La auténtica pregunta que debía responderse era: ¿sería capaz de usarla contra otro ser humano? ¿Se atrevería a matar a Edward?

.

.

La oportunidad de comprobarlo llegó esa misma noche, cuando el caudillo regresó a la tienda. Los nervios de Isabella estaban al límite, pero todavía no había logrado tomar una decisión.

Observó a Edward con disimulo mientras él leía uno de los periódicos franceses antes de la cena.

Apretó los labios disgustada al comprobar que estaba más atractivo que nunca, vestido con una chilaba —una túnica larga de lana fina, con capucha— y reclinado en los cojines con su seguridad y gracia masculina. Como de costumbre, la luz de la lámpara jugaba con los reflejos ambarinos de sus ojos y su pelo. Sus rasgos arrogantes y nobles al mismo tiempo, salvajes y decididos, la hipnotizaban en contra de su voluntad, pero anunciaban que Edward sería capaz de llevar a cabo su plan si no lo detenía.

Al tocar la daga con sus dedos, la mano le tembló, pero necesitaba sentir el frío acero contra su piel. Tocar la hoja le daba seguridad. ¿Podría hacerlo? ¿Se atrevería a usar la daga para detener a Edward?

Se sintió aliviada al ver a Mahmoud con la cena, aunque la tensión le había quitado el apetito por completo. Consciente de que Edward la observaba, se limitó a juguetear con la comida.

—Me preocupa su falta de apetito, ma belle —dijo él al final—. No puede permitirse perder mucho más peso.

Isabella no estaba de humor para soportar sus bromas.

—¿Por qué no se va al infierno y me deja en paz?

Él la miró con serenidad.

—Acábese la cena. Tal vez así mejorará su humor.

Pero la comida no sirvió para animarla. Consiguió tragar unos cuantos bocados, que se le atravesaron en el estómago. Apartó el plato sin acabar y Edward le hizo un gesto al criado para que recogiera la mesa.

Mahmoud efectuó una profunda reverencia y se retiró a dormir.

—Tengo entendido que Mahmoud desatendió sus obligaciones esta mañana para entretenerla — comentó Edward, mientras bebía el café a sorbos.

El tono inquisitivo de su voz provocó que Isabella lo mirara con desconfianza. ¿La acusaba de algo? ¿Le interesaba su respuesta o ya estaba al corriente de todo lo que había pasado esa mañana? Nada de lo que sucedía en el campamento parecía pasársele por alto.

—Yo no hablaría de entretenimiento —respondió con cautela—. Mahmoud me ha enseñado unas cuantas palabras.

—No imaginaba que estuviera interesada en la lengua de los salvajes.

Isabella se encogió de hombros e intentó ocultar su creciente inquietud.

—Estaba aburrida.

—Tal vez. O quizá trataba de mejorar su situación aprovechándose de unos salvajes ignorantes.

—¿Y si así fuera? ¿Podría echármelo en cara? Usted mismo dijo que el hombre sabio aprende el idioma de sus enemigos.

—Así es —corroboró él y la miró con dureza—. Es una estrategia inteligente, aunque en su caso no servirá. No podrá huir y será mejor que no lo intente.

Su amenaza resonó en las paredes de la tienda. Isabella lo observó con el pulso agitado. ¿Sabría lo de la daga?

El silencio incómodo se alargó tanto que Isabella pensó que iba a estallar. Pero para su sorpresa, Edward se reclinó de nuevo para leer el periódico, vuelto hacia la pared y ofreciéndole la espalda. Su vulnerabilidad era total. Ella se quedó inmóvil, mirándolo por atrás y luchando consigo misma.

Con la boca seca, sujetó el mango de la daga. Si lograba acercarse lo suficiente a él, tal vez con la excusa de coger un libro, sería fácil clavársela entre los hombros. Su mano se volvió resbaladiza por el sudor y se mareó al pensar en lo sencillo que sería deslizar la hoja dentro de su carne.

Isabella cerró los ojos y se reprendió. ¿Desde cuándo era tan cobarde? Había matado animales anteriormente, había participado en la caza del tigre en la India y cazado jabalíes en Rusia. Una vez, incluso, había derribado a un lobo rabioso.

Ese caudillo del desierto no era mejor que un lobo. No debía compadecerse de él, puesto que su capacidad para sentir emociones humanas había desaparecido hacía mucho tiempo, consumida por su deseo de venganza.

Pero ni siquiera así logró hacerlo. Desesperada, admitió que era incapaz de matarlo. No podía asesinar a un hombre a sangre fría. Al menos no a ése. Soltó la daga e intentó calmar el ritmo de su respiración entrecortada. Iba a tener que pensar en otra solución. Esperaría a que Edward se durmiera y cortaría la cuerda que la ataba a él durante la noche. Si tenía suerte, podría salir de la tienda, robar un caballo y alejarse unos cuantos kilómetros antes de que Edward despertara. Si no…

No, no podía plantearse la posibilidad de fracasar. Con parsimonia, Isabella secó la humedad de la palma de su mano en la túnica. Haber tomado una decisión hizo que se tranquilizara un poco.

Ahora ya sólo podía rezar.

.

.

Tumbada en la oscuridad, con el suave sonido de la respiración de Edward de fondo, Isabella contemplaba el reflejo de la luz rojiza del brasero sobre las paredes de la tienda.

Dos horas antes, cuando Edward le había dejado un poco de intimidad para prepararse para dormir, había escondido la daga debajo del camastro. No le había resultado fácil fingir indiferencia mientras Edward le ataba el tobillo con la cuerda, ni aparentar estar dormida, con todos los músculos y los nervios del cuerpo en tensión. Pero tenía que esperar a que su sueño fuera profundo si quería tener alguna posibilidad.

Dejó pasar una hora más. Cada minuto parecía una eternidad. Finalmente, se decidió y se hizo con la daga.

El suave mango de madera estaba frío al tacto. Edward no se movió.

Esperó un poco más, respiró hondo y se sentó. Deseaba que su corazón dejara de latir de esa manera. Miró furtivamente a Edward, pero éste no se había movido. Su pecho desnudo subía y bajaba acompasado.

Sin atreverse ni a respirar, Isabella se inclinó hacia adelante y apartó la manta. Con movimientos cuidadosos, logró cortar la cuerda que unía sus tobillos.

El instinto la advirtió instantes antes de que él reaccionara. El vello de su nuca se erizó y, presa del pánico, trató de huir, pero su rápido movimiento no pudo salvarla. Con la agilidad de un felino, Edward le rodeó la cintura con un brazo y la devolvió a la cama. En un instante, Isabella se encontró debajo de Edward sin tiempo siquiera de gritar. El cuerpo fuerte y esbelto del bereber la aprisionaba y sus dedos le forzaron la mano hasta que soltó la daga.

Demasiado sorprendida para decir nada, lo miró a los ojos, que brillaban como los de un animal nocturno. A la escasa luz de la lámpara, vio que tenía las aletas de la nariz muy abiertas y que los dientes le brillaban.

Lo que leyó en su mirada la horrorizó tanto como las palabras que le susurró:

—Ha cometido un grave error, chérie.

Le sujetó el cuello con una mano y sintió su pulso errático. Sabía que si apretaba lo suficiente, podía matarla con facilidad. Con la otra mano, se apoderó de la daga y la lanzó al otro extremo de la tienda.

—No debió dudar cuando tuvo la oportunidad de matarme.

Su tono, duro y despiadado, le provocó un escalofrío.

—No… no pensaba usar la daga para matarlo —murmuró ella, con la voz temblorosa.

Edward entornó mucho los ojos antes de replicar:

—¿Ah, no? Me pregunto por qué razón. Le di múltiples oportunidades a lo largo de toda la noche. Llevo horas esperando su ataque.

Isabella ahogó una exclamación. No sabía cómo, pero Edward había sabido durante todo el tiempo que tenía la daga. Y había esperado a ver cómo reaccionaba. Intentó ocultar el miedo que sentía y alzó la barbilla. Nunca admitiría que le había faltado valor para matarlo.

—¡A diferencia de usted, no soy una asesina! —Inmediatamente supo que había sido un error decirle eso. Edward le soltó el cuello y bajó su mano por encima del fino hilo de su camisola hasta llegar a la curva de su pecho.

—Qué imprudente por tu parte, querida, ignorar mis advertencias —dijo, tuteándola. El roce de su mano era delicado, como una caricia, pero le provocó un escalofrío. Notaba su enfado bajo la aparente calma de la superficie—. A estas alturas ya deberías conocer las consecuencias de desobedecer a tu señor.

—Usted no es mi señor —se defendió ella con los dientes apretados.

—Tutéame, preciosa —replicó él, con tanta fiereza como ella—. Soy tu amo y señor, mi bella orgullosa. Y creo que ya es hora de que te lo demuestre.

Isabella abrió mucho los ojos. Un tipo distinto de miedo se abrió paso en su mente confusa.

—¿Qué… qué vas a hacer?

Sus ojos la atraparon en la oscuridad.

—¿No eres lo bastante mujer para saberlo?

Su murmullo, duro pero sensual, le provocó un estremecimiento que le recorrió la espalda. Las brasas ardientes de sus ojos y la dureza de su erección no dejaban lugar a las dudas. Esa noche se convertiría en su amante. Sería su castigo por haberlo desafiado. Isabella palideció pero trató de resistirse.

—No —rogó, luchando en vano.

Él le aprisionó los brazos y apoyó el peso sobre ella con más decisión.

—Sí, mi fiera tigresa. Vas a aprender a hacerme caso. Esta noche. Ahora. —Edward se quedó inmóvil mientras la miraba—. Antes de que salga el sol, sabrás lo que es el placer.

—¡No! —repitió ella, justo antes de que él le atrapara los labios con un beso apasionado.

Fue un asalto contundente destinado a conquistar su boca con la daga caliente y sensual de su lengua, que invadió todos sus rincones y la apretó con fuerza para forzar su rendición.

Conmocionada, aturdida, Isabella se quedó sin fuerzas para resistirse. Si era posible ser violada con un solo beso, eso era lo que le estaba pasando en ese momento. Edward la reclamaba completa e irrevocablemente. Su invasión era tan íntima que hasta le costaba respirar. Él no parecía afectado mientras la dominaba con práctica y maestría. Se notaba que estaba enfadado por la tensión de sus músculos, pero Isabella sabía que su beso no era sólo un castigo. Le estaba haciendo conocer el sabor de su boca porque la deseaba.

Isabella gimió, tanto de miedo ante las poderosas sensaciones que él despertaba en su cuerpo como para protestar por su rudo tratamiento y Edward suavizó el asalto. Con más delicadeza, como si quisiera curar el daño causado, deslizó la boca sobre sus labios en una muestra de pasión más controlada. La tentó y la provocó hasta que su cuerpo empezó a responder. La mente de Isabella se resistía, pero su organismo traidor reaccionaba sin hacerle caso.

Cuando Edward finalmente levantó la cabeza, Isabella jadeaba.

Ehuresh —susurró él, con los ojos brillantes de deseo—. Mi preciosa rebelde. —Ella quiso protestar cuando él empezó a aflojarle las cintas de la camisola, pero él la interrumpió tapándole los labios con los dedos.

—No te resistas. No puedes ganar —le ordenó con la voz ronca, mientras dejaba sus pechos al descubierto.

Isabella cerró los ojos, avergonzada tanto por su mirada posesiva como por el anhelo que sus ojos provocaban en ella, y obedeció. Sin resistirse, dejó que sus manos recorrieran su cuerpo libremente.

Con movimientos lentos y seductores, Edward le capturó un pecho. Isabella ahogó una exclamación y se arqueó mientras él le masajeaba el pezón con el pulgar y el índice. Su atrevida caricia le hizo sofocar otro grito provocado por la brutal sensación que descendió desde su pecho hasta sus muslos temblorosos.

Debía rechazarlo, se dijo mientras él le moldeaba los senos con sus grandes manos. Debía luchar con todas sus fuerzas. Debía tratar de huir de su venganza erótica, pero no podía. Aparte de que él era mucho más corpulento y fuerte, tenía la sensación de que lo que estaba ocurriendo era inevitable. Estaba escrito que acabarían siendo amantes. Él se lo había advertido y ella, que Dios la perdonara, había querido creérselo.

Permaneció quieta y temblorosa mientras él le quitaba la camisola y la tiraba lejos. Con el corazón desbocado se quedó inmóvil, desnuda ante sus ojos y sus manos. La mirada de Edward la recorrió de arriba abajo con lentitud.

—Preciosa —murmuró. Isabella tembló ante la sensual promesa de su voz.

Sin alejarse, ni volverse, Edward se quitó los pantalones y volvió a abrazarla. En la penumbra, Isabella adivinó la perfección de su cuerpo masculino. Sus músculos eran esbeltos y poderosos como los de su semental favorito.

Isabella parecía tener los sentidos más despiertos de lo normal. Cada uno de sus ángulos encajaba a la perfección con los de ella. Notaba el calor de la piel desnuda de Edward; el vello de sus muslos haciéndole cosquillas en las piernas; el sólido muro de su pecho al chocar contra los suyos; la evidencia de su deseo presionándole el vientre. Al percibir la dureza de su miembro, se tensó, sorprendida por su enorme tamaño. El miedo y un anhelo inexplicable se turnaban para estremecerla. Santo Dios, ¿qué le estaba ocurriendo? No podía tolerar que continuara.

—No… No puedo permitirlo… —murmuró.

Los ojos de Edward se iluminaron.

—Oh, sí. Sí puedes, ma belle —replicó, con un tono que no dejaba espacio a la negociación.

Isabella observó el juego de luces y sombras en los ojos de Edward cuando éste volvió a acariciarla. Sus movimientos eran muy lentos, pero le causaban un gran efecto. Atrapada en la magia de las nuevas sensaciones, permaneció quieta hasta que él deslizó los dedos entre sus muslos.

—¡No! —volvió a protestar ella y le sujetó los brazos para impedir que avanzara.

—Sí —insistió él y se inclinó para besarle la comisura de los labios—. Ábrete a mí, Ehuresh. Deja que te lleve al paraíso. —Mientras sus dedos se enredaban en los rizos que ocultaban su feminidad, volvió a capturarla con sus labios ardientes.

Isabella hizo un último intento por liberarse, pero su boca la mantuvo cautiva. Sin soltarla, el beso se tornó profundo, caliente, largo, mientras sus dedos la excitaban de un modo que nunca antes habría podido imaginar. Luchó desesperadamente contra la tensión que se apoderaba de sus músculos e intentó mantener la mente apartada de la experiencia física, pero él no lo permitió. Pronto se encontró abrazada a sus hombros, con la boca abierta a su lengua y la espalda arqueada para dar la bienvenida a sus dedos.

Al sentir su rendición, Edward separó sus muslos con suavidad para seguir con sus caricias. Al notar que la humedad brotaba de su interior, Isabella contuvo una exclamación.

—¿Lo ves? —susurró él—. Tu miel fluye para mí. —Sus palabras le provocaban el mismo efecto que sus tocamientos. Una oleada de vergonzoso placer la recorrió de arriba abajo.

La mente de Isabella quería apartarse de él, pero sus manos parecían haber adquirido voluntad propia porque se aferraban a él cada vez con más fuerza. En algún rincón de su cabeza, Isabella tomó nota de que los músculos de Edward también se tensaban. Su cuerpo, forjado en metal, la abrazaba con una fuerza implacable. El apetito voraz de su boca, el adictivo calor que desprendía, todo se unía para hacerle perder el juicio. Ahora sí que estaba realmente prisionera, cautiva de sus sentidos.

Isabella se estremeció bajo la embriagadora influencia de sus manos y sus labios. Durante largos minutos su lengua la penetró imitando los movimientos y el ritmo de sus dedos. Como respuesta, ella sólo podía pronunciar pequeños gemidos sensuales mientras se retorcía contra su cuerpo. La intensidad de las sensaciones que crecían en su interior la asustaba.

—No —jadeó, en inglés.

—Sí —respondió él, en el mismo idioma, y aumentó el ritmo de sus caricias.

En ese momento, las cosas increíbles que le hacía con la boca y con los dedos la llevaron hasta la frontera entre la locura y la cordura. Un grito de placer y de vergüenza al mismo tiempo le rasgó la garganta. Sintió que una llamarada de fuego le cruzaba todo el cuerpo y tuvo la impresión de que la realidad se rompía en mil fragmentos.

Disfrutando de su apasionada respuesta, Edward la sostuvo entre sus brazos y susurró su nombre triunfalmente contra su boca. Su intenso clímax le había proporcionado una gran satisfacción. Dominada por el deseo, Isabella se había rendido al asalto de Edward. La había llevado hasta un estado de excitación sexual total y le había dado placer aun en contra de su voluntad.

Cuando sus jadeos se calmaron, Edward se quedó quieto con la frente apoyada en la de ella. Su cara era una mueca de placer y dolor al mismo tiempo. Deseaba enterrarse en su ardiente canal, penetrarla una y otra vez, pero aunque le había arrebatado la inocencia; aunque la había convertido en una mujer y le había mostrado los placeres de la carne, no pensaba arrebatarle la virginidad. Edward se obligó a separarse del cuerpo tembloroso de Isabella y anheló gritar de frustración. La deseaba tanto que le dolía, pero no la forzaría. Se había convertido en una cuestión de honor. Quería que ella fuera a él por voluntad propia.

Por voluntad propia.

La imagen de Isabella entregándose a él, yaciendo bajo su cuerpo, salvaje y ansiosa, era más de lo que podía soportar en ese momento. Incapaz de controlarse por más tiempo, Edward emitió un gruñido ronco y primitivo.

—¡Alá misericordioso! —exclamó, justo antes de derramar su semilla sobre la colcha. Cuando terminó, se quedó quieto, sudoroso e intentó recuperar el aliento.

Isabella estaba tumbada, sin fuerzas y con la mirada perdida. No entendía qué le había pasado, aunque no quería pensar mucho para no tener que enfrentarse a la vergüenza de admitir que había permitido a Edward jugar con su cuerpo. Deseaba poder olvidarlo, borrar la última media hora de su mente, pero sabía que sería imposible con Edward, masculino y vital, tumbado desnudo a su lado. Tampoco podría olvidar que había fracasado en su intento de huida y dudaba que él fuera a olvidarlo.

—¿Cómo lo has sabido? —preguntó con una voz casi inaudible.

Sin necesidad de que se lo explicara, Edward supo que le hablaba de la daga. Suspiró y lamentó que la realidad se interpusiera en ese paréntesis erótico.

—No sabes ocultar tus sentimientos, chérie. Cada vez que me dirigías la mirada esta noche, calculabas tus posibilidades de huir. Me he enfrentado a demasiados hombres como para malinterpretar determinados gestos.

Isabella no dijo nada y Edward imaginó que se maldecía a sí misma por no haber sido más cuidadosa. Lo que no admitió fue que no habían sido sólo sus miradas y su nerviosismo los que la habían delatado. Había pasado media vida bajo la amenaza de ser asesinado y su sentido de la supervivencia estaba muy desarrollado. En un país tan implacable, violento y traicionero como el suyo, un hombre no vivía mucho tiempo si no estaba siempre en guardia.

Había esperado que su joven cautiva utilizara la daga para acabar con su vida. Él habría hecho lo mismo en su posición, aunque Isabella aseguraba que no se le había pasado por la cabeza. Su corazón era tierno, sin embargo, el de Edward se había vuelto de piedra diecisiete años atrás.

No la culpaba por tratar de escapar, al revés, la respetaba más por intentarlo. Se volvió hacia ella despacio. Aunque ya no estaba tan furioso, y el orgasmo lo había dejado saciado, su sangre ardía y seguía frustrado.

Pero la noche no había acabado.

Antes de que llegara a su fin, su prisionera sabría lo que él había tenido claro desde el primer día: que la atracción entre ellos era demasiado fuerte para ser ignorada. Iba a tener que darle una nueva lección de deseo. Le acarició el hombro con delicadeza y Isabella se encogió, pero Edward no se apartó. Le rozó el brazo como el amante experto que era e, instantes después, ella volvía a temblar.

Lentamente pero con decisión, la obligó a volverse hacia él. Mientras la sujetaba y la acercaba a su cuerpo, los ojos de Edward brillaban como volcanes en erupción. Su miembro encajó entre sus muslos como si supiera que ése era su sitio y Isabella ahogó un gemido.

—No… no lo hagas —le rogó sin aliento.

—No haré nada que tú no quieras, ma belle —replicó él, divertido, a sabiendas de que podía someter la voluntad de su prisionera a su antojo.

«Seré su señor y su amante. Llegará un día en que me rogará que la acaricie.»

Las promesas de Edward resonaban en la memoria de Isabella mientras él se inclinaba sobre sus pechos e iniciaba una nueva acometida, lenta, indolente, parsimoniosa.

—Tengo previsto besarte aquí —murmuró, con la boca pegada a su cuerpo— y aquí. Voy a probarte —añadió mientras movía su caliente boca por todo su cuerpo, provocándola, convenciéndola, excitándola—. No me niegues este placer, chérie. No te lo niegues a ti tampoco.

Isabella se estremeció. Consternada, se dio cuenta de que no quería que se detuviera. Deseaba que la tocara más y que volviera a besarla como un salvaje. Cerró los ojos y se rindió a las sensaciones.

Cuando los dedos de Edward volvieron a alcanzar el punto que la había hecho enloquecer hacía un rato, gimió y dejó caer su cabeza hacia atrás. Después él recorrió su torso y su vientre con un reguero de besos y llegó con la boca al lugar que habían ocupado sus dedos.

Era algo tan escandaloso que Isabella gritó de sorpresa y de bochorno. Con las mejillas encendidas, saltó en la cama y trató de huir.

—Quieta, tigresa —le ordenó Edward con la voz ronca, mientras le aprisionaba las manos. Le sujetó los brazos a los lados, volvió a inclinarse sobre ella y la invadió con sus labios, explorando su carne femenina con maestría. Segundos más tarde, Isabella gemía. Con lentitud, él le abrió las piernas y penetró con la lengua hasta sus rincones más profundos.

Isabella pensó que iba a morir de placer.

—No… —repitió, antes de perder por completo el control de sus actos—. No… quiero…

Edward la ignoró. A Isabella le pareció oírlo reír con arrogante satisfacción, como si supiera que sus protestas no eran más que una fachada para proteger su orgullo.


Ohhhh bueno, señoras y señoritas, aunque no sé si por aquí haya algún caballero leyendo, pero bueno. Que tal esta pruebita tan sabrosa de como ha dicho nuestro querido y amado Edward del momento cuando él sea su señor y su amante….. Yo sí que lo quiero a él como mi señor y mi amante pero lastimosamente no lo tengo para mí :/

Entonces mis chicas que tal les pareció haber presenciado el momento en el cual Edward le ha robado su inocencia y ha vuelto mujer a bella? Pues a mí me encanta jijjiji pero como él es todo un caballero y su orgullo también está en medio, esperara ansioso hasta que sea bella quien le pida que le arrebate su virginidad…. Y se que hablo mucho mucho pero me dejo hecha agua ese "Sí" en ingles que se le ha escapado a Edward ahhhh…

Bueno dejando eso de lado, discúlpenme por la tardanza, es que como les digo, estoy leyendo la saga de Hush Hush, y voy por la mitad del tercer libro, y estoy muerta, me muero, de la ansiedad, de la emoción, de la curiosidad, de todo… Es realmente atrapante, y pues no quería ser tan mala y dejar esperando por este capítulo, porque principalmente, esencialmente yo soy una lectora acá en fanfic y también estoy esperando a que las autoras publiquen un nuevo capítulo de ellas…

Y bueno, ahora sí, gracias a todas las chicas que siempre me dejan en los rr saber qué es lo que piensan de cada capítulo, Un hola muy grande y también un Bienvenidas a las nuevas lectoras, espero que disfruten de esta historia tanto como yo lo hice la primera vez que la leí…

Y sin más molestias y palabras me despido de ustedes, un beso y un gran abrazo, nos leemos en el próximo capitulo.