Capítulo 10


XXXI


Henry despertó de la anestesia pocos minutos después de que Killian llegara al hospital, aunque el médico les dijo que sólo podían entrar a verlo uno por uno, para no hostigarlo. La primera en ponerse de pie, por supuesto, fue Emma, que se movió, tambaleante, por el corredor hasta la habitación ocupada por el chico, una mano apoyada en la pared blanca para mantener el equilibrio.

Mary Margaret se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas y entrelazando los dedos frente a su rostro. David se apresuró a sentarse junto a ella, en la silla que su hija acababa de dejar libre, y a rodearle los hombros con los brazos: debido a la preocupación por su único nieto, las pequeñas arrugas alrededor de los ojos oscuros de la mujer eran más notorias que nunca, al igual que el despliegue plateado salpicado por su cabello corto y negro.

Neal se levantó de la silla también y, entrelazando los dedos por encima de su cabeza, comenzó a moverse de un lado a otro por la sala de espera, suspirando de vez en cuando. Killian se dio cuenta, a pesar de su cansancio físico, que lo tenía un poco embotado, de que los ojos del señor Gold siguieron cada uno de los movimientos del hombre, con algo parecido a la angustia frunciéndole el ceño; al parecer, juzgó mal su relación al principio: aunque nunca los vio juntos más que en ese momento, Carl parecía sentir verdadera preocupación por Neal y su hijo.

El oso de peluche con el que Gideon estaba jugando cayó al suelo, donde sus ojos de canica y nariz de plástico provocaron un sonido agudo al impactar contra las baldosas grises y, antes de percatarse de lo que su cuerpo estaba haciendo, Killian se empinó para recogerlo y devolvérselo. Gideon lo tomó con manos pegajosas y le dedicó una sonrisa pequeña y tímida.

Belle rió, aún envuelta en los brazos de su esposo.

—Le agradas, Killian —dijo, para desazón del señor Gold, que lo miró con ojos afilados y llenos de desconfianza. ¿Qué derecho tenía de verlo de esa forma? Era Killian quien desconfiaba de él y su aura siniestra.

Peter volvió a sonreír, antes de morderse el labio inferior y mirar a Belle:

—Tengo que irme —reveló—. Le dije a Ruby que llegaría a la cafetería alrededor de las diez.

El señor Gold abrió la boca para decir algo, pero Belle lo interrumpió, obligándolo a cerrarla con un clic de dientes:

—Sí, claro. Dale las gracias a la abuelita de mi parte por dejarte acompañarnos, por favor. Eres el único que consigue calmar a Gideon cuando hace berrinche —y, al parecer, tener que salir temprano de la cama para ir al hospital, que el niño relacionaba a malas experiencias con pediatras, hizo que Gideon hiciera la rabieta de su vida, motivo por el cual estaba aferrado a Peter y no a su madre, que tenía que obligarse a ser firme con él para educarlo.

—Está bien —respondió el muchacho, bajando al niño de su regazo para ponerse de pie: de inmediato, Gideon lo miró con ojos grandes y dejó el oso de peluche en la silla, alzando los brazos en el aire, pidiéndole que lo levantara.

Killian sintió algo cálido en el pecho.

Nunca conoció a sus sobrinas en persona, sólo por fotografías en las redes sociales —que ni siquiera vio porque Liam se las mostrara, sino porque estaba cuchicheando en el perfil de su cuñada, incitado por la curiosidad de Emma—, y ahora, viendo a Peter con su sobrino de escasos seis años, le dio curiosidad por saber cómo hubieran sido las cosas si se hubiera mantenido en contacto con Liam, si su hermano le hubiera permitido conocer a sus hijas.

—Vamos, Gideon, Peter debe ir al trabajo —reprendió Belle, yendo hacia el niño para tomarle la mano, pero este agitó la cabeza y se aferró a la pierna de Peter, que sólo sonrió, tocándole la cabeza.

Killian tuvo la impresión de que, si el niño comía de la palma de su mano, era porque Peter así lo quería.

—Gideon —siseó el señor Gold por lo bajo y, en vez de hacer que el niño obedeciera, sólo logró que se aferrara más a Peter (Killian no pudo culparlo: si alguien le hubiera hablado con ese tono de voz a los seis años, también se hubiera ocultado detrás de alguien de confianza).

—O puedo llevarlo conmigo —propuso el adolescente, encogiéndose de hombros—. Puedo pasar a la tienda y dejarlo con Bella —planteó y Belle frunció el ceño, indecisa.

—Oh, no —interrumpió Regina, hablando por primera vez desde que Killian llegó a la sala de espera—. La llamé hace un rato para que vaya a la alcaldía a hacerse cargo de algunos pendientes en mi nombre, lo siento —dijo, pero sin remordimiento aparente.

Emma había comentado hace días que Tink había tomado el puesto de asistente personal de Regina. Si la Tinker Bell de sus sueños ya era una persona de armas tomar que tuvo una participación importante en la destrucción de Nunca Jamás, no quiso saber en qué se convertiría la chica, de escasos veinte años, bajo la tutela de una mujer sanguinaria como Regina, la Reina Malvada —y qué suerte que Emma no estuviera ahí para reprenderlo por usar ese mote, aunque Killian sabía que oírlo llamar así a su amiga la divertía por lo bajo—.

Belle frunció los labios tras mirar por encima del hombro a la alcaldesa y volvió a hacer el intento de tomar al niño en brazos, pero este se quejó, haciendo que se arrepintiera de inmediato. Todos los Gold parecían ser igual de tiquismiquis con algo y el pequeño Gideon no parecía la excepción a la regla.

— ¡Gideon! —Protestó la mujer, golpeando el suelo con el tacón de una forma que no hubiera intimidado ni a un conejo—. ¿Qué te he dicho de las rabietas?

Peter hizo una mueca, por primera vez incómodo, y se inclinó para levantar al niño, cargándolo con una facilidad que revelaba que estaba acostumbrado a hacerlo, y el chico de inmediato le rodeó el cuello con los brazos y la cintura, con las piernas, apoyando la frente en el hombro de Peter.

—O quizá pueda llevarlo al café. No creo que a Ruby le importe —aunque la Abuelita sería otra historia, seguramente.

Belle intercambió una mirada con su esposo, que volvía a tener los ojos entornados.

—De acuerdo —decidió ella finalmente, sin esperar a que Carl dijera algo al respecto—. Es que en verdad quiero ver a Henry, pero, en cuanto pueda hacerlo, iré a buscarlo para llevarlo a casa, ¿está bien?

Peter asintió.

Belle le acarició el cabello a su hijo antes de que Peter se despidiera de todos con un gesto flojo de la mano y caminara por el corredor del hospital hacia los elevadores. Killian tuvo que hacer un esfuerzo inhumano para no verlo partir…

—Luces terrible —le dijo Regina, pasado un momento, desde el otro lado de la habitación, donde estaba sentada con brazos y piernas cruzados y, de pronto, todas las miradas estuvieron fijas en él, a excepción de la de Neal.

—Disculpe, su alteza —dijo con sarcasmo—. Acabo de volver de un viaje de pesca de tres días y lo primero de lo que me enteré al llegar a casa —los hombros de Neal se tensaron; pudo notar el movimiento por el rabillo del ojo, aunque procuró no prestarle atención— fue que el hijo de mi novia estaba en el hospital, así que perdona si ofendí tus susceptibilidades viniendo aquí a toda velocidad.

Regina enarcó una ceja, algo que, en ella, sería el equivalente a hacerle un gesto grosero con el dedo.

Mary Margaret se tocó la nariz distraídamente.

—Pero es cierto, Killian, te ves agotado. Deberías ir a casa a descansar un rato. Es decir, Henry estará en observación un tiempo. Puedes ir a dormir y luego volver —dijo, con todas las buenas intenciones del mundo impregnando sus palabras, pero Killian no pudo evitar sentirse como si lo estuvieran echando del lugar.

—No quiero dejar sola a Emma —defendió. Entonces, Neal dejó de moverse de un lado a otro y lo miró.

—No estará sola: yo estoy aquí —sentenció y el aire en la habitación pareció calentarse en un segundo.

Killian lo miró, con la vista borrosa por la falta de sueño y el exceso de trabajo en un entorno salado y soleado los últimos días, y procuró no mostrar emoción alguna, aunque, por dentro, sentía revoloteando un montón de confusión y afrenta.

Neal era un buen tipo, pero los últimos años había insistido tanto en reinsertarse en la vida de Emma y Henry, que Killian aprendió a verlo como un posible enemigo, por lo que todas sus interacciones eran tensas, aunque había algo notoriamente diferente en ésta: siempre lograban contenerse para no llegar a una pelea, pero esta vez tuvo la sensación de que sería distinto y se preparó mentalmente para ello.

—Ella es mi prometida —dijo, con tranquilidad, simplemente porque era cierto.

—Y es la madre de hijo —replicó Neal, dando un paso hacia él. Killian se obligó a ponerse de pie y encararlo.

Entonces, el ruido de los altos tacones de Regina repicando contra el piso al ponerse de pie los distrajo. Y también las manos de la mujer impactando contra los pechos de ambos para obligarlos a alejarse.

— ¡Ay, por favor, ustedes dos! ¡La testosterona de ambos me está asfixiando! —Exclamó, irritada, mirándolos con ojos encendidos. Killian dio un paso atrás para alejarse de su contacto y Neal, cruzando los brazos, volvió a sentarse junto a David, enfurruñado—. Henry está en el hospital y no permitiré que dos idiotas hagan un escándalo a pocos pasos de su habitación, así que si no quieren que obligue a David a arrestarlos, más les vale comportarse.

»—Jones, te ves a punto de desfallecer, así que si no quieres terminar en la morgue del sótano, más te vale ir a dormir un poco. Me comprometo a mantenerte al tanto de todo lo que ocurra —siguió ella, viéndolo a los ojos con firmeza—. Y tú —dijo, dando media vuelta para ver a Neal, que evitó su mirada a toda costa—, Emma y Killian están comprometidos y más te vale recordarlo si no quieres empezar más desacuerdos como este. Tu parentesco con Henry no influye en las relaciones sentimentales de su madre.

Neal frunció los labios y su mirada se volvió dura, pero no protestó ante las palabras de la alcaldesa y, por supuesto, Killian tampoco, porque, desgraciadamente, Regina solía tener razón.

Se pasó una mano por el rostro y, avergonzado, terminó despidiéndose de todos, yéndose por el mismo camino que Peter, sintiéndose, con cada paso, como si caminara sobre nubes.

La adrenalina de la carrera hasta el hospital, sumada al miedo que sintió por Henry hasta saber que estaba fuera de peligro, terminaron con gran parte de las energías que le quedaban, así que, sí, lo más conveniente sería tirarse en una cama y dormir cuanto pudiera… sin embargo, no pudo dejar de cuestionarse: ¿qué vería ésta vez?: ¿Más fragmentos de la vida de su contraparte con Peter en Nunca Jamás?

Y, hablando del diablo, se encontró con Peter y Gideon en la recepción, donde el primero estaba acuclillado junto a una planta decorativa, atando, pacientemente, las agujetas de los zapatos deportivos del infante, que lo miraba con ese tipo de atención que sólo un niño pequeño puede profesar.

—Y ya está —terminó Peter, sonriéndole a Gideon, que devolvió el gesto con fascinación.

Killian sonrió, con el corazón fundido en el pecho: otra diferencia entre éste Peter y el de Nunca Jamás, era que el que tenía delante parecía tener una tendencia a preocuparse por los más indefensos, como esos animales en peligro de los que le habló la vez en que se encontraron en el muelle por la noche y Gideon. Nunca tuvo la oportunidad de presenciar la vida de Peter Pan junto a los Niños Perdidos que Tinker Bell lo convenció de llevar a la isla y, ahora, se preguntaba si habría sido algo similar a esto. Hubiera sido agradable conocer esa faceta de él, quitarle de encima la careta de monstruo insensible que Killian Jones no pudo evitar colgarle injustamente tras la muerte de Liam…

Y, de nuevo, estaba pensando en ellos como si tuviera alguna clase de injerencia en sus vidas, cuando no era así: él no era ese Killian Jones y Peter Gold no tenía nada que ver con Peter Pan, por más que las vidas de esos otros individuos se reprodujeran en sus cabezas al dormir.

—Hey —saludó Peter, feliz, al ladear el rostro, posiblemente al sentirse observado, y encontrarse con él.

De nuevo, había un brillo anómalo en sus ojos, pero Killian culpó al cansancio de lo que estaba distinguiendo.

Peter se levantó y sujetó la mano de Gideon, que se dedicó a mirar a Killian con grandes ojos castaños. Su rostro tenía más similitud con el de Belle que con el de Gold, pero sus ojos poseían la misma profundidad que los de éste. Era extraño que un niño pequeño pudiera provocar semejante pesadez en un adulto, pero, otra vez, prefirió culpar un factor externo, como la animadversión que sentía por el señor Gold.

—Hey —repitió Killian, reflejando la jovialidad del otro.

Extrañó a Peter estando en altamar, más de lo que extrañó a Emma, sobre todo por el hecho de que alguien con su rostro rondó todas las noches su cabeza.

— ¿Vas a casa? —Preguntó Peter, dando media vuelta para ir hacia las grandes puertas automáticas que componían la entrada al hospital.

—Por órdenes de Regina —contestó y, pronto, sus palabras cobraron significado cuando no pudo contener un bostezo y tuvo que cubrirse la boca con el dorso del brazo.

Peter volvió a sonreír.

La luz del sol era brillante y amarillenta, arrancando destellos de colores vivos a los árboles de los alrededores, y el viento tenía un aroma fresco que picaba un poco en la nariz, pero era agradable de respirar.

Peter se aseguró de que Gideon tuviera la chaqueta bien puesta y, mientras le colocaba la capucha sobre la cabeza para protegerlo del frío matutino —de lo que el niño se quejó—, murmuró por lo bajo:

—Te extrañé.

Y, si el corazón de Killian decidió convertirse en clavadista y hacer un salto de gran altura desde su pecho hasta el piso tras escucharlo, no pudo culparlo, porque las palabras de Peter le pesaron demasiado y, al mismo tiempo, le provocaron un cosquilleo placentero en el estómago, algo que resultaba peligroso, dada la situación de ambos.

Y, con todo y eso…

—Yo igual —porque era cierto.

Peter pareció complacido con su respuesta y, mientras los tres caminaban por la calle, Killian se sintió más tranquilo que nunca, como si algo dentro de su pecho intentara decirle que esta era la forma correcta de alcanzar la paz en una vida con un comienzo turbulento: estando cerca de la persona que le hacía latir el corazón con fuerza, quien le provocaba sensaciones serenas como esta.

Pensó en Emma, en la habitación de un delicado Henry, muerta de la preocupación por su hijo, y se sintió culpable, porque él estaba aquí, sintiéndose enamorado de un chico menor que él por casi diez años…

Peter lo observó y enarcó una ceja. Killian casi tuvo la impresión de que le había leído el pensamiento, pero eso era ridículo… y, como cierta parte de su vida le había demostrado que todo era posible, le devolvió la mirada, con el ceño fruncido, sintiéndose profundamente avergonzado.

—No sabes lo que estoy pensando, ¿cierto? No eres telépata o algo por el estilo —inmediatamente después de que las palabras salieron de su boca, se sintió estúpido, por más tinte de broma que tuvieran.

Peter se rió, burlesco, y negó con la cabeza.

—No —respondió, extrañado por la pregunta—. Si pudiera leer mentes, creo que me hubieran encerrado en un psiquiátrico hace mucho tiempo. Pero conozco tú cara… y sé que te estás preocupando por cosas innecesarias.

Killian agachó la cabeza, contemplándose los zapatos al caminar: la atracción que sentía por Peter y el remordimiento en torno a su relación con Emma eran angustias válidas, porque no quería que alguien resultara herido por causa suya.

Gideon parecía feliz con sujetar la mano de Peter y salirse del asfalto para caminar sobre las brillantes briznas de pasto del parque junto al hospital. Palomas grises se movían entre las hojas caídas de los árboles, buscando alimento, y una chica corría por la pista de tierra, sujetando la correa de un afelpado y pequeño pomerano.

—Conoces al Killian Jones de tus sueños, no a mí —respondió, tal vez con un dejo de amargura demasiado pronunciado, pero Peter no pareció sentirse atacado por sus palabras, al contrario: la sonrisa se volvió más amplia, confiriéndole luz a su cara.

—Es cierto y, a pesar de eso, sé que te sientes culpable por haber dejado a Emma en el hospital. Pero, créeme, ella está bien, así que deja de lloriquear, ¿quieres?

Killian enarcó las cejas, más por sorpresa que por ofensa ante la crudeza de la petición.

¿Cómo…?

Peter puso los ojos en blanco, mirando el cielo claro un instante antes de volver a encararlo.

—Es que cuando te concentras mucho en algo, frunces el ceño de una forma en particular, ¡sí, justo así! —exclamó, haciendo aspavientos con la mano libre, cuando Killian contorsionó la cara sin poder hacer nada al respecto.

Se detuvo y se tocó la frente con dedos fríos, intentando alizar las arrugas que, sabía, estaban ahí.

— ¿Estás seguro de que…?

—Muy seguro. Nada de telepatía aquí. Sólo conozco muy bien a Killian Jones —afirmó, sin avergonzarse por ello.

Gideon saltó sobre un charco y salpicó los pantalones de todos, pero no prestaron atención —aunque Peter le sujetó la otra mano y, levantándolo en el aire con un tirón que lo hizo reír, lo obligó a pararse de nuevo en la acera para que dejara de juguetear sobre el pasto húmedo—.

—Diablos —masculló Killian, porque saber que Peter podía leerlo (o, al menos, su cara) como un libro abierto era ligeramente escalofriante.

Pensó en todas esas veces en las que creyó distinguir un dejo malicioso en los ojos de este individuo y se preguntó si había tenido razón al creer que había algo detrás de sus miradas, pero Killian, el Pirata, nunca fue demasiado bueno descifrando a Peter, simplemente porque siempre lo vio como un jovencito, atrapado en una desoladora isla desierta, sin un panorama más amplio detrás.

Recordó, de pronto, la idea que tenía ese Killian al marcharse de Nunca Jamás tras descubrir el Tormento —tiempo antes de que encontraran el condenado matorral y Liam decidiera cortarse el brazo con una rama—: iba a abandonar Nunca Jamás para volver a Inglaterra y olvidarse de Peter, de lo que vivieron juntos y también de esos impulsos que, por años, le arañaron las entrañas y que, por fin, había podido satisfacer sin verse juzgado por nadie, oculto en la selva espesa de la isla. Pero, antes de que pudiera seguir elucubrando de esa manera, vinieron los sentimientos, unos muy fuertes que apenas tuvo tiempo de analizar antes de que Liam muriera en sus brazos…

Pasándose una mano por el cabello, pensó en las últimas palabras de Peter Pan —Eres mío, ¿lo sabes, cierto?— y se preguntó qué tan ciertas eran, en aquella y en ésta realidad…

Cerró los ojos un segundo y procuró dejar de pensar en eso, porque no tenía la suficiente presencia de mente para hacerlo en ese momento. Cruzaron la calle tras esperar a que un auto negro circulara junto a ellos a toda velocidad, y llegaron a la intersección donde sus caminos tendrían que separarse.

Peter volvió a mirarlo y, ¿era su impresión o parecía más feliz que nunca? Había estado así desde que Killian llegó al hospital y, hasta ese instante, comenzó a sentirse desconcertado enserio.

— ¿Qué te hace tan feliz? —Preguntó, con la confusión tatuada en la cara.

Peter lo meditó un instante, murmurando por lo bajo.

—En primer lugar, que regresaras —dijo y a Killian se le puso la cara roja. ¿No era eso demasiado pasivo-agresivo? —. Y en segundo… ya te darás cuenta —terminó, con un tono de voz que, en definitiva, era demasiado parecido al de Peter Pan, que siempre se salía con la suya, simplemente porque no conocía otra forma de hacer las cosas.

Killian sintió la garganta apretada.

Misma cara, mismas emociones. El mismo estremecimiento que recorría la espalda del capitán Garfio cada vez que veía a Peter Pan, deslizándose por la suya, aquí, al contemplar a este Peter…

— ¿A qué te refieres? —Preguntó, ansioso por obtener respuestas, porque no podría soportar más actitudes crípticas: bastante tenía con la noción de que el señor Gold sabía más de lo que dejaba ver.

Peter se encogió de hombros, obviamente no interesado en aclararle las cosas. Killian casi pudo maldecirlo por lo bajo.

—Si regresas más tarde a ver a Henry, puedes pasar primero por el café a comer algo —dijo, cambiando de tema hábilmente, porque la mención de Henry en el hospital fue suficiente para resetear su tren de ideas— y a contarme cómo estuvo el viaje de pesca, ¿quieres? —Y lo dijo de una forma que dejó en claro que, aunque no fuera así, sí, sí querría. Porque era Peter y Killian necesitaba pasar tiempo con él. Con la espalda adolorida y el cuello tenso, asintió con la cabeza y Peter sonrió, satisfecho—. Entonces te veré luego —se despidió, dando media vuelta y arrastrando a Gideon calle abajo.

Ésta vez, Killian lo contempló hasta que desapareció y la sensación de culpa volvió, pero, en esta ocasión, fue más sencillo ignorarla.


XXXII


Tratándose de mujeres, Killian Jones siempre procuró ser un caballero, siguiendo el ejemplo de su hermano mayor, tratándolas como si fueran las personas más valiosas sobre la faz de la tierra, ante lo que ellas parecían someterse sin tapujos para revelarle todos sus secretos, y, a decir verdad, ese fue su modus operandi durante mucho tiempo, sin que hubiera tenido la oportunidad de experimentar con otro, por lo que no se sorprendió cuando descubrió que las cosas con Peter Pan tendrían que funcionar de forma distinta… porque tal vez ese era todo el punto de tener una relación con un hombre.

Después de ese primer beso, todo comenzó a doler un poco entre ellos, a cobrar un tinte salvaje cada vez que estaban juntos y a solas, ante el cual Killian no sabía cómo reaccionar, pero al que se sometía, porque, en Nunca Jamás, tenía la impresión de que podía hacer cualquier cosa sin temer represalias. Era una percepción de libertad abrumadora, pero bienvenida.

Todo en Peter se sentía como la explosión de pólvora que se acumuló durante mucho tiempo, como haber llegado a la Hora Cero de una situación que pudo haber encarado antes, pero que prefirió ignorar por el bien de la moral que lo rodeaba y, ahora, habiéndose entregado por completo a esto que rechazó por tanto tiempo, no había forma de volver atrás.

Peter aprendía rápido y tenía una lista de cosas que quería explorar por su cuenta y a las que Killian decía que sí porque no tenía otra opción. No necesitaba tener otra elección sobre la mesa.

Estaba demasiado eufórico, feliz, con todo lo que estaban viviendo y, a pesar de que una voz baja dentro de su cabeza le decía que toda esa algarabía sería equilibrada después con pesar, se esforzó por ignorarla, porque no había tiempo que perder prestándole atención.

La primera vez que estuvieron juntos, fue tras escaparse de Liam, ocultándose en la Cueva de los Secretos, que no les exigió uno a cambio de mantenerlos a salvo de la mirada llena de reproche del capitán —¿sería su amorío un secreto lo suficientemente grande para no necesitar uno dicho en voz alta?—.

Ese día, la forma en que Peter lo besó en la oscuridad, dio paso a algo más y Killian se dio cuenta, mientras lo sostenía contra la arena que cubría el suelo de la cueva, de que nunca en su vida le abrió su corazón a alguien de la misma forma que a Peter Pan…


XXXIII


Entró al Café de la Abuela al mismo tiempo que el reloj en la pared, al otro lado del mostrador, marcó las tres de la tarde, todavía sintiéndose cansado aunque, después de soñar con Nunca Jamás —y todo lo que ese desgraciado lugar envolvía dentro de su mente—, era más algo emocional que físico.

Apenas sus ojos se cruzaron con los de Peter, que le sonrió a manera de recibimiento, sintió un rubor espeso escalándole por el pecho hasta las mejillas, porque, ¿enserio? ¿Aún estaba en edad de tener sueños eróticos con un ser que nunca existió, pero que, para su desgracia, compartía cara con una persona de su vida diaria?

Tomó asiento frente a la barra, plenamente consciente de lo que Peter le dijo esa mañana acerca de poder leer sus expresiones como si estuvieran dispuestas en un menú, por lo que intentó mantenerse impávido, aunque, por la ceja enarcada y la cabeza ladeada del muchacho, supo que no estaba logrando engañarlo, pero, al menos, no hizo preguntas.

¿Sabría el motivo de su vergüenza? Se aventuró a mirarlo por la comisura del ojo mientras Peter se encargaba de cobrarle a un comensal que se marchaba y supuso que sí, porque era la otra mitad de esa dupla formada en Quien Sabe Dónde y que se veían obligados a contemplar todas las noches. Dios, si todo esto era incómodo para Killian, que estaba por alcanzar las tres décadas de vida, debió ser todo un infierno para Peter entrando en la pubertad…

Se golpeó la frente con la palma de la mano, intentando mantener su mente lejos de esas ideas porque ya tenía suficiente con pensar en Peter de forma normal: no quería inmiscuirse en zonas más íntimas… por más que el jodido capitán Garfio lo orillara con sus acciones y decisiones.

Peter se plantó frente a él, apoyándose en la barra, y se inclinó hacia adelante, hasta que sus rostros estuvieron a pocos centímetros de distancia. ¿Estaba loco? Se preguntó Killian, mirando en todas direcciones, porque el local estaba lleno de personas a esa hora. Notó la mirada de advertencia de Ruby, ocupando una mesa al otro lado del local con su pareja, Dorothy, y sintió náuseas ante la forma en que los ojos de la mujer se entornaron.

Ella iba a destriparlo como a un pescado si Peter seguía haciendo cosas como estas… en público.

— ¿Dormiste bien? —Le preguntó el muchacho, prestando poca atención al hecho de que Killian prácticamente estaba a punto de irse de espaldas al suelo para mantener distancia de por medio.

— ¿Belle se llevó a Gideon? —preguntó, tratando de evadir la pregunta.

Habló por teléfono con Emma apenas despertó —con la culpa aporreándole la cabeza como un mazo, claro está— y ella le dijo que Henry estaba estable y tranquilo. Eso era bueno.

Peter rodó los ojos y se alejó para ir a buscar una cartilla, que le colocó delante con un golpe seco para después cruzarse de brazos, ésta vez, manteniéndose a la distancia correcta.

—Mi hermano vino por él hace un rato —respondió, bajando la mirada—. Belle se quedó acompañando a Emma —hubo algo áspero en su forma de decir el nombre de la mujer…

Killian sintió frío ante la mención del señor Gold y lo único que pudo hacer fue mover la cabeza, despacio, de arriba abajo en señal de entendimiento. Volvió a pensar en hablarle a Peter sobre su idea de que su hermano mayor estaba inmiscuido en los sueños y, tal vez, Tink también, pero, por más que trató, no consiguió abrir la boca y un escalofrío le sacudió el cuerpo al recordar el hechizo que Rumplestiltskin usó en la isla para evitar que le dijera a Peter que estaba ahí para matarlo…

Y, de nuevo, estaba pensando las cosas como si fuera el pirata Killian Jones. ¡No lo era, por todos los cielos!

Peter lo contempló con la misma fijación de un gato con un ratón y, sí, Killian se sentía como uno cuando se trataba de los Gold…

—No sabía que tu hermano se preocupara tanto por Neal —comentó, moviendo el menú sobre la barra y apuntando con el dedo el especial del día, recordando la forma en que el señor Gold se había mantenido atento a la preocupación de Neal en el hospital.

Peter, por un segundo, abrió mucho los ojos y bufó, casi con fastidio, arrancándole la cartilla para dejarla junto a la registradora y entregarle, por la ventanilla, la nueva orden a la Abuelita, que refunfuñaba sobre la estufa mientras procesaba pedidos —y, aun así, era la mejor cocinera de la ciudad—.

—Es raro, ¿cierto? —Comentó, sentándose en el banquillo alto detrás de la barra, juntando las manos sobre la superficie lustrada de esta. Las bocinas dispuestas en la pared contraria a la puerta del establecimiento despedían música baja y las conversaciones de otros clientes bastaban para ocultar la suya de oídos curiosos, pero Peter parecía preferir hablar en voz baja sobre eso, por lo que Killian se concentró en aguzar el oído—. Incluso Belle y mi hermana lo piensan y Belle está entrenada en el arte de ignorar las fallas más grandes de Carl y a mi hermana simplemente no le importa… pero con Neal siempre se ha portado de forma extraña.

— ¿Cómo extraño? —Preguntó Killian, sintiendo verdadero interés, porque este podía ser el talón de Aquiles del señor Gold y creía necesario y conveniente descubrir uno.

Peter ladeó la cabeza, inquieto por su interés, pero se forzó a responder.

—Neal es hijo de un primo, pariente de nuestro padre. Nunca nos relacionamos mucho con ese lado de la familia, pero, por algún motivo, Carl siempre estuvo al pendiente de Neal. Sólo de Neal. Bella a veces bromeaba acerca de que tal vez lo consideraba más su hermano que a nosotros —se encogió de hombros, como si no importara, pero Killian fue capaz de percibir algo amargo en su mirada. Peter se rascó el dorso de los dedos distraídamente, mirando un punto fijo en la barra—. Hace un tiempo, antes del accidente de nuestros padres, los escuché hablar por teléfono y Carl lo llamó hijo… es raro, ¿no? Porque Carl es algo mayor que él, pero no tanto para ser una figura paterna. Y Neal debió pensarlo también, porque Carl intentó excusarse y luego le colgó.

Killian no supo qué decir sobre eso, porque Peter tenía razón: era extraño, casi tanto como lo que pasaba con ellos, y la nueva información sólo sirvió para reafirmar su creencia de que había algo turbio alrededor del señor Gold.

Peter se tocó el cuello, incómodo, y se removió en el asiento, apenas prestando atención cuando una persona se acercó a la barra para pedir más servilletas.

—Me sorprendió verlo en el hospital —fue lo primero que pudo comentar.

—Ya sé —respondió Peter—. Cuando Neal lo llamó para decirle lo que pasó con Henry, entró en pánico. Es decir, el tipo de pánico en el que puede entrar un sujeto como él: se puso pálido y tembloroso y Belle tuvo que calmarlo. Es… extraño. Trata a Henry y Neal como si fueran… Gideon —Killian lo vio sacudir la cabeza, con la incredulidad plasmada en el rostro.

Una parte de sí se preguntó si estaba viendo cosas donde no las había, sólo por la mala fe que le tenía al señor Gold, pero otra, se mostró segura de que había encontrado una aguja en el pajar y de que debía volver a encarar al hombre, buscando respuestas.

Peter suspiró y apoyó el codo en la barra para después descansar la mejilla en la palma de su mano. Miró a Killian, atento, obligándolo a perderse en el verde de sus irises y, de nuevo, fue imposible no recordar lo que soñó, lo que vivió y sintió, como si no lo hubiera experimentado en carne propia.

Y había algo en Peter, desde que volvió a Storybrooke después de pasar esos tres días lejos, que le decía que el chico tenía a Peter Pan rasguñándole la piel desde adentro, pidiendo, a gritos, salir.


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