Título: Breathing

Personajes: Harry y Draco.

Clasificación: No menores de 18 años.

Género: Romance/Drama.

Disclaimer: El universo de Harry Potter pertenece, claro está, a J.K. Rowling y a los otros que adquirieron sus derechos. No escribo con fines de lucro, sólo lo hago por puro gusto y obsesión. El argumento tampoco es mío, ya que la idea original es de FanFiker-FanFinal, quien muy amablemente aceptó mi petición de poder desarrollara. ¡Gracias querida! Espero de corazón que sea de tu agrado.

Advertencias: Slash/Lemon/EWE. Ésta es una historia que narra relaciones homosexuales y su contenido puede resultar ofensivo para algunas mentes. Si no te sientes a gusto con el tema, ruego abandones este fanfiction. Dicho está, sobre aviso no hay engaño.


Breathing

Por:

PukitChan

"...but you weren't happy the day I watched you go.

And all the things that I wished I had not said,

are played in loops till it's madness in my head…"

Capítulo 10. You could be happy

Ése lugar, el que Harry había evitado pisar desde hacía varios días por la cantidad de recuerdos que habían, el que también había llamado hogar, ahora se tornaba como una cruel y asfixiante prisión porque sencillamente no podía creer que él estuviera ahí, otra vez.

Sintió su cuerpo temblar lentamente, como si el escalofrío que se dispuso a recorrerlo por completo, lo estuviera haciendo de la manera más lenta posible, sólo para activar aquellos sentidos que creyó perdidos. No supo por qué, pero tuvo la necesidad de tragar saliva y dar un paso hacia atrás, dispuesto a huir; sin embargo, al mismo tiempo lo único que anhelaba hacer era avanzar, sujetarle y pedirle de rodillas perdón por todo lo que había hecho sufrir.

—Estás aquí.

Harry observó cómo aquellos ojos grises se estrechaban con calma y, por un instante, el moreno sintió la imperiosa necesidad de levantar su mano y cubrir su cuello, ahí donde los ojos de Draco se posaron, sin duda notando la marca rojiza que Cormac recién se había encargado de hacer.

No tenía caso ocultarlo y él lo sabía, pero aun así, Harry sobó su cuello y mordió su mejilla, suplicando que su boca no se abriera para, contra su voluntad, pronunciar una serie de palabras que el rubio consideraría estúpidas.

Incómodo, Potter miró la manera en la que Draco parpadeaba, desviando la atención de su cuello. Su rostro afilado mostraba tensión y por la forma en la que arrugaba la frente, Harry supo de inmediato que el otro estaba haciendo uso de su autocontrol para no maldecirle.

—No más. Ya no.

Aquellas palabras, frías, sinceras y que no presentaban rastro alguno de vacilación, le pusieron los nervios de punta. Por un instante, Harry se vio regresando al pasado, a aquella época casi olvidada donde Draco no hacía más que mirarle con rabia y odio, como si él fuera el causante de cada maldita desgracia que había caído sobre su vida. Donde el rubio no era más que un desconocido con el que más de una ocasión se empeño en pelear. Asaltado por la sorpresa, Harry se descubrió inclusive añorado esos momentos junto con Draco, donde no le era posible lastimarlo.

—¿Qué haces aquí? —Si bien no era necesario formular la pregunta, el moreno necesitaba hacerla. Así, sólo un minuto más con Draco, aún cuando le doliera hasta el alma tenerlo tan cerca.

—¿Asustado de que maldiga tu apartamento? —cuestionó el rubio, curvando una ceja en un gesto tan característico, pero vacio de la sorna que solía acompañarlo. Avanzó un paso más y sus movimientos fueron tan calculados que inclusive el mismo Draco parecía incómodo con ellos—. ¿O tal vez estás esperando a McLaggen y temes que me encuentre aquí? No te preocupes Potter, no planeo interrumpir sus sesiones sexuales.

Harry quiso argumentarle algo contrario y sacar a Draco de su error, pero lo cierta era que en realidad no había ningún error en esa situación; él se había acostado con Cormac, y realmente no sabía exactamente qué sentir al respecto. ¿No se suponía que, ahora que Draco había deducido todo, sería más fácil alejarle de su lado?

—Draco…

El rubio levantó la mirada y por primera vez en la noche observó directamente sus ojos. Había tanto dolor en esos ojos que Harry no pudo ni siquiera hablar. Luego, Draco cambió su desolación por rabia e ira, aquellas emociones que había estado reprimiendo, porque no estaba en su educación mostrarlas. Porque era un Malfoy. Y porque no le daría el maldito gusto a Potter de verle sufrir por él; ya no.

No hubo palabra alguna, tal vez porque en realidad no había nada que decir. Ambos estaban agotados y ciertamente aquel no era el peor momento en el que habrían podido encontrarse. Harry inclusive aún sentía el dolor en su cuerpo luego de la sesión sexual que había compartido con Cormac y a su vez, Draco parecía estar envuelto en un lío de frustración y rabia que trataba de esconder tras una fría fachada de soledad y distancia.

—En realidad, pese a lo desagradable que pueda ser tu presencia, tal vez en esta ocasión resultes oportuno, Potter —siseó. Harry no supo a qué se refería exactamente Draco con aquellas palabras, pero estaba dispuesto a aceptar las consecuencias que vinieran con ellas.

Porque sabía que Draco había tomado una decisión; lo supo desde el momento en el que notó los pequeños objetos que descansaban entre esas níveas manos y que explicaban también la presencia del rubio en el lugar. Se iba. Estaba dispuesto a desaparecer de su vida tal y como se lo había pedido.

Por protegerle.

Escuchó las pisadas de Draco y se forzó a buscar su rostro. Encontró que el otro ya no lo miraba, pues estaba más interesado en sacar su varita, la misma que Harry le había devuelto hacía unos meses. Y el moreno encontró un triste consuelo en aquella escena, porque se sentía un poco más cercano a Draco al comprender que él no se había deshecho de aquel pequeño y ridículo lazo: la varita de espino, aquella que había aceptado a Harry y a Draco como sus únicos dueños.

El rubio, ajeno a las emociones de Harry, miró durante un rato la varita antes de acercarse a la ventana más cercana que pudo hallar. Con parsimonia y confianza, recorrió las persianas que los protegían de la mirada del mundo exterior. Esbozó una sonrisa irónica cuando contempló unas pequeñas gotas de agua ensuciar el cristal; llovía. Todo lo relacionado con su relación tenía que ver con una respiración lenta bajo una torrencial tormenta. Igual de doloroso y frío. Tan estremecedor. Tan enfermizo.

Entonces, Harry abrió la boca cuando descubrió lo que Draco pretendía hacer. Malfoy había dejado en el borde de la ventana una pluma casi deshecha, un pergamino usado y manchado por algo que Harry sabía era café y un trozo de una bufanda de color amarillo con negro. El auror tembló y avanzó hacia la ventana. Tenía que detenerlo. Necesitaba detener a Draco. No podía, realmente él no podía hacer eso. No podía estar apuntando con su varita aquellos objetos. No eso.

—¡Detente!

Incendio.

La flama que emergió de la punta de la varita provocó en Harry el efecto que su mente se había negado a ordenar: corrió. Sin que su mente y su cuerpo coordinasen, Harry corrió hacia la ventana, donde un mortalmente serio Draco miraba cómo esos objetos —que podrían parecer basura desde cualquier otro punto de vista—, se consumían con una rapidez tan abrumadora que cuando Harry llegó a su lado, aún alcanzó a ver ese destello de dolor brillando en sus ojos verdes. Y, satisfecho, Malfoy sonrió ante su sufrimiento, ante ese abnegado dolor que le provocó a Potter ver cómo todo era destruido y reducido a unas cuantas cenizas.

—Esto deja todo claro, ¿no crees, Potter?

No se miraron. Ni siquiera parecían haberse percatado de la cercanía en la que los había envuelto aquel momento. Draco, que era por unos cuántos centímetros más alto que Harry, bajó su mirada para analizar la expresión que el auror mostraba. Confusión, dolor, tristeza, enfado. Siempre le había impresionado el abanico de emociones que esos malditos ojos eran capaces de emitir y repentinamente se sintió conmovido de ese Harry al que estaba seguro que había acabado de hacer pedazos con algo tan simple como ese pequeño fuego que convocó y que casi se desvanecía, mostrando las oscuras cenizas.

Sin embargo, al mirar un poco más abajo, volvió a encontrarse con ese hematoma que ningún maldito golpe ocasionaría pues sólo unos labios estaban capacitados para marcar la piel de Harry. La triste ternura se nubló con sus celos, con el rencor y con la cruda certeza de que, no importaba cuanto quemara o destruyera, su maldita alma seguiría prendada de la Potter.

En realidad Draco no habría escogido enamorarse de alguien como Potter.

—Es lo que querías, Potter —masculló Draco, sintiendo sus labios resecos, como si el veneno que impregnaba sus palabras le estuviera ocasionado a él mismo también—. Aquí lo tienes.

Harry seguía sin pronunciar palabra alguna. Sólo miraba las cenizas, el vidrio que ahora era golpeado por unas grandes y pesadas gotas de lluvia. Asustado de lo que estaba sintiendo. Del dolor, de la rabia que provocaba que todo su cuerpo le pesara. De la necesidad de arrojarse, de dejarse caer y simplemente gritar hasta que algo lo callara para siempre. Quizás era eso. Tal vez Draco también lo había quemado hasta consumirlo y volverlo cenizas. Tal vez era odio lo sentía. O…

…amor. Tal vez Dumbledore lo llamaría amor.

El auror levantó la mirada y encontró a Draco contemplándole también. Estaban tan cerca que Harry pudo apreciar el color gris que en ese momento, ilógicamente le parecía negro.

—Te vas —articuló con dificultad. Tampoco preguntó. Sólo fue una certeza de algo que ya sabía pero que se negaba a aceptar.

Draco no emitió palabra alguna. Durante unos segundos escondió sus ojos tras sus párpados, mostrando silenciosamente la decepción que sacudía sus entrañas. Entonces, bajó su mano hacia el borde de la ventana una vez más y dejó la varita de espino en ese lugar.

Silenciosamente, dedicándole sólo una fría indiferencia, Draco giró su cuerpo y comenzó a caminar hacia la puerta. Harry no tenía chimenea y se había empeñado a hacerle usar las escaleras, argumentando que sólo era para no perder las viejas costumbres. Lo había logrado. Quizá algún día lo felicitaría por ello. Al llegar, Draco estiró la mano y sujetó el picaporte, notando de esa manera lo húmedas que se encontraban las palmas de sus manos.

No había quejas, ni gritos, ni reclamos, ni lágrimas. No eran unos críos. Eran dos hombres que sabían que estaban cometiendo la mayor estupidez de su vida y, a sabiendas de eso, no planeaban detenerse. Pero, ¿no fue también lo que pensaron el día que se besaron por primera vez? ¿No habían creído que aquello resultaría en un absoluto fracaso? Ah, por fin se estaba haciendo realidad.

—Draco…

—Adiós, Potter. Ojalá que tú y McLaggen se pudran en el averno.

Harry volteó a verlo. Draco le daba la espalda y abría la puerta. Se preguntó si ésa sería la última vez que lo vería. Tal vez así era. Conociendo a Draco como lo hacía, éste simplemente desaparecería o pondría a cientos de personas en medio de ellos para evitar cruzarse durante el resto de sus vidas. ¿Debería detenerlo? Tal vez, sólo tal vez… si estiraba la mano un poco y sujetaba el hombro de Draco, él querría mirarle. Y Harry, marcado por los labios y el semen de McLaggen, le diría que le hiciera el amor.

La puerta se cerró.

Los pasos retumbaron hasta desaparecer.

El silencio se extendió y pronto la lluvia comenzó a caer tan estrepitosamente que Harry se encontró preguntándose si Draco no se mojaría. Si estaría bien.

…tal vez la lluvia había traspasado las paredes y los vidrios de su apartamento porque, repentinamente, Harry sentía su rostro empapado, como siempre que la lluvia lo atrapaba en los momentos más inadecuados. Llovía. Harry sabía que llovía.


~•~

En el pasado, muchas veces se planteó irse de ahí. De hecho, en su infancia estaba clavado en su mente aprovecharse de la fortuna de los Malfoy para viajar a cualquier lado del mundo. Podría irse muy lejos, escapar y tener una buena vida. Podría crearse fama y extender los negocios de su familia; inclusive podría reconciliarse con apellido y levantarlo, tal y como miles de veces le habían sugerido sus padres que lo hicieran. Podría hacerlo, podría armar revuelo. Podría demostrarle que no lo había derrotado.

Sin embargo, lo único que tenía en su mano era unas gafas destrozadas y viejas que funcionarían como un traslador directo hacia Francia, y que le hicieron sonreír con ironía. Hasta en eso Potter aparecía para joderle la existencia.

—Siempre serás bienvenido, hijo.

Draco levantó el rostro y durante unos segundos se encontró reflejado en unos ojos igual de profundos que los suyos. Su madre, Narcissa, le miraba con serenidad y altivez. No le detenía, ni tampoco estaba perdida en un mar de lágrimas. Sólo hacía eso: mirarlo. Se preguntó si aquella era la misma mujer que se había negado a dejar que asistiera a Drumstang cuando era sólo un niño, argumentando que aquel instituto se encontraba demasiado lejos. Y por primera vez en su vida, Draco cuestionó los motivos de su madre y su forma de actuar. Justo como ahora lo hacía. Ella no tenía interés en juzgar su decisión de huir de ese lugar, de Potter, aunque tampoco es como si mostrara aceptación en sus decisiones. Se limitaba a permanecer callada y mirar, como quien espera que el destino haga de las suyas. Como si de otra cosa no se tratara la vida más que de esperar.

—Gracias, madre.

Pocos segundos después, cerró los ojos. Mentalmente contó hacia atrás, pensando en Harry, en la vida que habrían tenido. En las cenizas de su pasado, esas que aún quemaban su cuerpo. Pensó en la Sala de Menesteres, en el fuego maldito y en lo definitiva que hubiera sido su muerte si el estúpido y noble corazón de Harry no lo hubiera motivado a regresar por él.

10… 9…

No es como si ahora mismo estuviese muriendo. Sólo quería pensar en ello por última vez. Porque se presionaría a sí mismo a olvidar todo. Incluso se hechizaría a sí mismo de ser necesario. Pero ¿valía la pena tomarse tantas molestias por Potter? No debería ser así, sobre todo cuando el imbécil del auror ahora tenía a McLaggen…

8… 7…

Cormac McLaggen había ganado. ¿A qué se dedicaba el idiota? A Draco le pareció escuchar alguna vez que trabajaba con Bill Weasley, siendo rompedor de maldiciones. ¿No inclusive el profeta había tenido el desagradable gusto de dedicarle la portada aquella vez cuando fue premiado por deshacer alguna estúpida maldición?

Una maldición. Tal como la que se suponía que casi lo había matado.

6… 5…

Abrió los ojos, sorprendido.

—¡Madre! ¿Quién rompió la maldición que cayó sobre mi cuerpo?

4… 3…

Narcissa sonrió.

—Cormac McLaggen.

2… 1…

Y Draco, instantáneamente después, desapareció, arrastrado por el traslador.


~•~

Despacio, abrió los ojos. Acostumbrado a que su visión fuese borrosa, no se sorprendió de que no pudiese distinguir nada a su alrededor más que la luz que entraba por alguna ventana que al parecer había olvidado cerrar. Sentía una extraña mezcla de calma mezclada con resignación. Fue cuando recordó todo; el fuego, las cenizas, el dolor, Draco diciéndole adiós y la última visión de él. Se había ido. De verdad lo había hecho.

Descuidadamente, Harry hundió su rostro en la pequeña cama. Aún conservaba el aroma de Draco, de tantas veces que le había hecho el amor. Y Harry, que podría haberse quedado ahí siempre, se sobresaltó cuando escuchó algo caer en la habitación de al lado; específicamente, se escuchó como un vaso siendo destrozado.

De inmediato el auror se incorporó y buscó sus lentes y su varita. Al hallarlos, se incorporó de la cama y salió de ésta, caminando silenciosamente por el suelo, esperando que sus pies descalzos no emitieran ningún sonido que lo delatase. A muy pocas personas las protecciones cedían paso. ¿Quién demonios estaba invadiendo su apartamento?

Unos fuertes latidos empezaron a resonar en su pecho mientras sus dedos se aferraban con fuerza a la varita, misma que mantenía en alto, listo para atacar. Había aprendido a no confiar sólo porque se encontraba en un lugar que creía seguro. Al atravesar el pequeño pasillo, un escalofrío recorrió su columna cuando recordó que muy cerca de ahí estaba la abandonada varita de Draco. Reuniendo de toda su voluntad, procuró no desviar la mirada hacia esa escena mientras se dirigía a la cocina, lugar de donde había provenido el sonido. Su ritmo cardiaco aumentó. ¿Y si Draco había regresado? ¿Estaría ahí? Maldita sea, tenía que dejar de crearse castillos en el aire. No necesitaba pensar en Malfoy en momentos como ése. Pero ¿y si…?

—¡Maldita sea, Harry, baja tu varita, soy yo!

Harry permaneció quieto, mirando la pequeña cocina. En ella, un hombre pálido que mostraba descaradamente su abdomen desnudo, estaba recargado en la mesa mientras sus manos llevaban a su boca una taza de café. Harry supo que era ése su contenido porque ése era el embriagante el aroma que flotaba hasta él. Suspirando, bajó la varita y con su mano libre se frotó el rostro mientras resoplaba fastidiado.

—Demonios, Cormac. ¿Te importaría avisar cuando vienes? ¡Pude haberte hechizado!

—No lo hubieras hecho —exclamó confiado el hombre, dejando a un lado su taza y llevando ahora una galleta hasta su boca—. Tenía cosas que hacer, pero mandé todo a la mierda cuando me di cuenta de que en el Ministerio, ningún auror se había presentado. —Luego, como si aquello le diese particular risa, continuó—. ¿Por qué te fuiste anoche con esa excusa tan ridícula?

Harry, que aún seguía en la entrada de la cocina, sintió palpitante dolor retumbando en su cabeza.

—Cormac, no quiero…

—Después decidí que vendría a verte —informó tranquilamente, bebiendo otra vez del líquido y relamiéndose los labios mientras su mirada se posaba en el auror—. Tal vez deberíamos continuar con lo de anoche.

Draco se había ido.

—¿Por qué?

El hombre le lanzó una sonrisa divertida y satisfecha, propia de alguien que después de mucho tiempo, finalmente había conseguido lo que deseaba.

—…porque ahora sólo estamos tú y yo.


~•~

Despacio, el hombre recargó su barbilla en la palma de su mano mientras doblaba el diario El Profeta, exactamente por la mitad. A su alrededor habían notas, imágenes, más reportajes, todos ellos sobre la familia Malfoy. Esbozó una sonrisa helada mientras tensaba los músculos de sus brazos para estirarse y tomar entre sus manos una torcida varita de color oscuro.

—Volverá —emitió en un susurro que arrastró cada una de sus palabras—. Estoy seguro de que Draco Malfoy regresará.

"Lo único que podemos hacer cuando cae la lluvia, es dejarla caer…"

—Henry Longfellow.


Autora al habla:

¡Hola! ¿Cómo están? Después de escribir este capítulo con un bote de helado a la mano, supe que sería diferente. Creo que llegó un punto en el que Draco y Harry se cansaron de su situación. ¿Quién no ha dicho "Basta. Me rindo. No puedo más."? Siento que es algo así este capítulo. Divago.

¡En fin! Tenemos de canción de fondo You could be Happy, de Snow Patrol. Espero que el capítulo haya sido de su agrado.

¡OMG, hemos llegado a los 100 reviews en esta historia *0*! ¡Qué emoción! Muchísimas gracias por todo su apoyo, saben que no sería lo mismo sin ustedes. Gracias a FanFiker por estar siempre aquí y permitir que esta historia llegara hasta este punto. Igualmente, este fic no sería absolutamente nada sin ella. Abrazo ^O^!

Gracias a FanFiker-FanFinal, Acantha-27, kim-angel251995, Yuu Scarlet, Gabriela Cruz, Cannelle Vert, meyamoadriytu, Violet Stwy, goanago, jessyriddle, xonyaa11, Shirokyandi. Gracias especiales a DarkPotterMalfoy, quien ha comenzado a leer esta historia. ¡Estoy muy feliz! ¡Los quiero, lo saben!