Claim: Davos Seaworth, Stannis Baratheon.
Notas: Pre-series.
Rating: T.
Género: Family.
Tabla de retos: Infancia.
Tema: 15. Amigo Imaginario.


Los ojos del joven señor refulgían en la penumbra, ayudados por el tenue resplandor proveniente de la luna, que de cuando en cuando se asomaba por entre bancos de nubes. Davos podía ver en ellos juventud, orgullo, deber y un poco de locura, que se translucía además en sus facciones carcomidas por el hambre, meros huesos sobresalientes sobre una piel muy delgada. Valor, agregó también a su juicio, arrodillado ante sus pies y sujeto por dos pares de brazos ingratos. Valor, insensatez y terquedad en los ojos del joven señor, tanto como para resistir un sitio por meses y meses.

—¿Dónde has conseguido esta comida? —preguntó el joven, cuyos ojos desconfiados no ocultaban del todo el hálito de esperanza y triunfo en su voz. Al observarlo, Davos no veía al señor que le daba órdenes y lo mantenía maniatado pese a ser su salvador, sino a un niño que había luchado por demasiado tiempo, un niño cansado que por fin había encontrado refugio en los brazos de un padre falso, él.

—Soy contrabandista, mi señor —se apresuró a responder Davos, pues no ganaba nada con mentiras—. Lo he robado. Y robado o no, es de ayuda para sus hombres, que se mueren de hambre.

—¡No seas insolente, estúpido! —dijo uno de los muertos de hambre, un mero saco de huesos del que Davos podría deshacerse con facilidad si quisiera. Sin embargo, no le importaba en lo más mínimo y lo dejó estar mientras su mirada seguía fija en el joven señor, el que tenía toda palabra en el lugar, el que, de alguna manera y pese a su juventud y agotamiento físico, también sostenía su vida entre sus manos de huesos prominentes.

—Muy bien, contrabandista —había cierto tono de satisfacción en su voz, aunque en ese momento Davos no supo decir por qué. Quizá porque por fin podrían comer y defender su castillo sin ningún problema, quizá porque un largo peso se había ido de sus hombros, quizá porque por fin tenía a alguien en quien confiar tras la muerte de su padre y el abandono de su hermano—. Dime tu nombre.

—Davos Seaworth, mi señor —aunque se esperaba de él, no apartó la vista de su interlocutor, que cada vez parecía más satisfecho, aunque era difícil decirlo en la escasa luz que bañaba las paredes, opaca y de silueta frágil.

—Bien, Davos —Stannis hizo un ademán para que lo soltaran y otro para ordenar que se pusiera de pie. Era extraño verlo ordenando a un adulto casi del doble de edad de él, pero nadie objetó nada al respecto—. Quiero que compartas conmigo esta comida que has traído. Y ya hablaremos del precio y del premio. Los demás retírense.

Cebollas y carne en salazón, era lo único que podía ofrecerle. Y sin embargo, con cuánto entusiasmo comió Stannis Baratheon esa noche, con cuánto sus hombres, que se burlaban y alardeaban de sus enemigos en el exterior, ajenos a su buena fortuna. Durante la velada, Davos contó su historia como contrabandista, así como la travesía hecha hasta Bastión de Tormentas protegido por la oscuridad. Luego escuchó con atención el relato de Stannis sobre sus días bajo asedio, sobre el deber de su hermano y la guerra que éste llevaba a cabo. No osó interrumpir a Stannis en ningún momento. No osó tratar de retirarse a pesar de que estaba cansado y no le apetecía la comida. Después de todo, se había dado cuenta nada más conocer a Stannis Baratheon, ese joven de ojos marchitos y calva incipiente, que no sólo le estaba dando comida al llegar a su castillo, sino también alguien que lo escuchara. Y eventualmente, sin que ambos lo supieran, un amigo leal y sincero. Un sustituto de padre para un chiquillo perdido en la oscuridad.