Al día siguiente, Flynn y Rapunzel se dirigieron al Patito Frito. Los matones les recibieron con los brazos abiertos, incluyendo al joven bandido. El lobezno, a quien Rapunzel había decidido llamar Fisgón (por su aficción de curiosearlo todo), se convirtió en el centro de atención de los rufianes: jugaban con él, le daban de comer y hasta le permitieron que se subiera sobre sus cabezas. Mientras, Flynn y Rapunzel se encontraban sentados alrededor de una pequeña mesa junto a la pared, observando lo mucho que se divertían los matones con el animalillo.

-Fisgón tiene un don carismático, hay que reconocerlo-comentó el chico, para acto seguido beber otro sorbo de cerveza.

-Sólo está jugando, no lo hace para ser popular-le respondió Rapunzel.

El ladrón suspiró, y luego la miró con una sonrisa torcida.

-Para qué contradecirte, rubita.

De repente, Maximus entró súbitamente en el local, relinchando con tono de alerta.

-¿Qué ocurre, Max?-le preguntó Flynn, confundido.

El caballo, cada vez más nervioso, señaló a la salida con el hocico. Entonces, Eugene se acercó a una ventana y alcanzó a ver unos jinetes que se acercaban: ¡Los guardias! Inmediatamente corrió a avisar a los demás, y él y Rapunzel se escondieron tras la barra junto con los animales, mientras que los matones intentaban limpiar todo rastro que hubieran podido dejar.

El capitán irrumpió en el local con un sonoro portazo y se acercó a los bandidos, con un cartel en la mano. Eran los retratos de Flynn y Rapunzel, sólo que él tenía una nariz de patata, y ella tenía los ojos bizcos.

-¿Habéis visto a estos dos?-preguntó, señalando los rostros dibujados en el papel.

Los bandidos fingieron fijarse con detalle, pero todos negaron con la cabeza. Flynn observaba la escena, asomando la cabeza lo menos posible, y alcanzó a ver a dos enormes hombres con expresión severa: eran los hermanos Stabbington, que habían sido atrapados. El muchacho se acongojó, asustado. Ahora, para colmo, no sólo les buscaban los soldados, sino que aquellos ladrones iban con ellos y no dudarían en matarlo a la menor oportunidad; pero lo peor de todo era que Rapunzel también podía salir muy malparada si la capturaban con él, ya que podrían acusarla de ser su cómplice. En ese momento, sus pensamientos se nublaron por completo de terror al imaginarse a su amiga en una celda... o algo peor.

¡No! No lo permitiré mientras viva, se prometió mentalmente.

De pronto, el chico notó que algo frío y metálico se posaba sobre su hombro: Era Mano de Garfio. El hombretón les hizo a los fugitivos una señal con la mirada y éstos le siguieron los más sigilosamente posible. Mano de Garfio movió una palanca que habían junto a la barra y unas tablas del suelo se movieron, abriendo paso hacia un túnel subterráneo.

-Ve y vive tu sueño-dijo el enorme delincuente.

-Lo haré-le contestó Flynn.

-Tú te callas, se lo decía a Rapunzel.

El joven ladrón se internó en el pasadizo con el ceño fruncido, seguido por Maximus y Fisgón.

-Gracias por ayudarnos-le dijo con dulzura Rapunzel a Mano de Grafio para después besarle la mejilla, y el viejo bigotudo sonrió tiernamente mientras el grupo desaparecía en la oscuridad.


Un rato más tarde, Flynn y Rapunzel ya habían atravesado un buen trecho del túnel. De repente, la chica se dio cuenta de algo: Flynn lo sabía casi todo sobre ella, pero en cambio la rubia no tenía ni idea sobre la vida de su amigo, sólo que era un ladrón, pero eso sí, con buen corazón. La muchacha se recogió tímidamente el pelo tras una oreja y suspiró.

-Flynn.

-¿Qué?

-Bueno... Tú sabes muchas cosas sobre mí-preguntó con la voz entrecortada por la vergüenza.

-Sí, ¿a dónde quieres ir a parar?

-Es que yo... en fin, yo no sé mucho sobre ti y...

-¡Uoh, uoh! Echa el freno, amiga, ya te he dicho que hay cosas de mi vida que es mejor no contar.

-¿Por qué no?

-Pues... Pues porque... No me gusta hablar de ello-la voz de Flynn adoptó un leve tono de tristeza.

-Oh, lo siento. Si he sonsacado un tema delicado, yo...-Rapunzel no sabía cómo explicarse, no pretendía herirlo.

-Eh, tranquila. No tenías intención de hacer nada malo. De verdad, no me ha molestado-el bandido le dedicó su mejor sonrisa para calmarla.

La rubia le devolvió el gesto y ladeó la cabeza para ocultar su rubor, y Flynn hizo lo mismo. Rapunzel lo miró confusa, ¿qué era aquello tan desagradable que no le permitía conocerlo mejor? De pronto, los animales se pusieron tensos; Maximus pateaba el suelo y resoplaba, Fisgón se escondió entre las patas del corcel y Pascal cambió su piel de verde a azul. A los lejos, se empezaron a escuchar pasos a la carrera y gritos furiosos.

-¿Flynn?-dijo la muchacha, preocupada; esperaba que aquellas no fueran las personas que tenía en mente.

Mala suerte, sí lo eran. Los guardias corrían hacia ellos con antorchas y espadas en mano, con el capitán a la cabeza.

-¡Ahí están, a por ellos!-ordenó éste último.

-¡Corred!-dijo Flynn, empujando delicadamente a Rapunzel.

Los cinco huyeron tan rápido como podían. Sin embargo, el lobezno no podía seguir el ritmo y comenzó a rezagarse; pero Maximus lo agarró con la boca y lo cargó durante todo el trayecto. Cuando llegaron al final del camino subterráneo, se vieron obligados a detenerse en seco: El paso estaba cortado y el único medio por donde se podía escapar era bajando por una escalera que había apoyada contra la pared de roca. A pocos metros de ella, aparecieron los hermanos Stabbington por otra gruta, que habían conseguido librarse del guardia que los vigilaba mientras el resto del escuadrón se internaba en el pasadizo.

-¿Qué hacen aquí?-preguntó Rapunzel, perpleja y asustada.

-No creo que sea con intención de hacer las paces-respondió Flynn, tan acongojado como ella.

Enseguida llegaron los guardias.

-¿Y ellos?

-Tampoco creo que vengan a dialogar de un modo civilizado.

-Ya os tenemos-les dijo el capitán con una sonrisa maliciosa en el rostro.

Los dos jóvenes miraron hacia todos los lados, buscando una vía de escape: En la parte inferior se encontraban los hermanos delincuentes; y en donde estaban ellos, los soldados les tenían acorralados. Éstos se abalanzaron sobre ellos, pero consiguieron reducirlos sin demasiada dificultad: Flynn luchaba con una espada que se le había caído a unos de los enemigos; Rapunzel golpeaba con su sartén; Maximus coceaba y mordía a diestro y siniestro; Pascal babeaba y mordía el oído y la nariz a quien osaba acercarse a su amiga; y Fisgón mordía el trasero de cuánto guardia tenía cerca. Finalmente, cuando los hubieron derrotado a todos, vieron cómo los Stabbington intentaban llegar hasta ellos trepando por la escalera.

-¡Estáis muertos!-les gritó Jack, encolerizado.

Pero Maximus, decidido a salvar a sus amigos, se arrojó sobre los pelirrojos y los aplastó con todo su peso, dejándolos inconscientes.

-¡Muy bien, muchacho!-le felicitó Flynn.

De repente, los guardias comenzaban a emitir gemidos y a moverse, señal de que estaban recuperando el sentido. Entonces, Rapunzel se fijó en un poste que sobresalía a pocos metros del grupo y se le ocurrió una idea. Lanzó una mata de su melena y la ató al madero, cogió en brazos a Fisgón y se balanceó hasta el otro lado. Una vez en tierra firme, la muchacha pasó su pelo por encima de otro poste con el objetivo de no perder el equilibrio en cuanto hiciera lo que tenía planeado, e hizo que el extremo de la cabellera llegase a las manos de Flynn.

-¡Agárrate!

-¿Crees que aguantará?-le preguntó el bandido mientras se sujetaba bien al mechón dorado.

-Sí, confía en mí, ¡salta!

Los guardias ya se estaban levantando cuando el bandido se precipitó al vacío. Rapunzel hizo uso de toda su fuerza que Flynn no llegase al suelo, pero por suerte el poste la ayudó a mantener el equilibrio. De pronto, la joven se fijó en que los hermanos Stabbington ya se habían recuperado también, y estaban esperando a su amigo con las espadas preparadas.

-¡Flynn, cuidado!-les advirtió, tensando más el pelo para elevarlo.

El chico estuvo a punto de ser alcanzado por los criminales cuando por fin consiguió alzarse unos centímetros, salvando la vida.

-¡Ja, ja! Deberíais veros la cara porque parecéis...-el chico chocó de repente contra un poste-...estúpidos.

Por su parte, Rapunzel, Pascal y Fisgón no tardaron en descubrir que los guardias habían reparado en ellos y que estaban cada vez más cerca.

-¡Atrapad a la chica!-ordenó el capitán a sus hombres.

Éstos obedecieron de inmediato y trataron de llegar hasta la rubia, agarrando un largo un tablón que servía de soporte para una zona de la presa que había allí y, utilizando éste como puente, se fueron acercando a la joven cada vez más.

-¡Deprisa, rubita!-oyó ésta decir a Flynn-¡Salta!

El chico había subido hasta un pequeño canal y tenía el mechón de cabello de su amiga bien agarrado entre sus manos. Entonces, ella no lo dudó, cogió a Fisgón de nuevo en el regazo y saltó justo cuando sus perseguidores se le echaban encima. Flynn la sujetó con todas sus fuerzas mientras ella descendía y caía sobre el lomo de Maximus, que se había colocado bajo el canal a la espera de echar una mano (o pata, en su caso) a sus amigos, haciendo que cayesen a salvo sobre su silla.

El caballo echó a correr en cuanto vió que los hermanos Stabbington iban hacia ellos. Flynn, al ver esto, se deslizó por el conducto de madera tan deprisa como pudo y aterrizó en la grupa de Max, justo detrás de Rapunzel, y ayudó a ésta a recoger el resto de la melena. En ese momento, las tablas y las vigas de la presa comenzaron a ceder, debido a la presión del agua que había provocado la falta del tablón que habían arrancado los soldados.

En pocos minutos la construcción se vino abajo y el agua inundó el lugar, llevándose consigo a los guardias y a los Stabbington. Mientras, Flynn y Rapunzel seguían avanzando a toda velocidad, intentado llegar a una cueva para librarse de la enorme ola que tenían detrás. Cuando por fin entraron en la caverna, una roca que el agua había derrumbado les taponó la entrada y pronto los amigos repararon en algo terrible. Estaban atrapados. El agua comenzó a entrar a raudales, inundando el refugio.

-¡Oh, no!-dijo Flynn.

Corrieron hacia un punto alto y buscaron cualquier brecha o agujero en la pared que les permitiera salir al exterior o, al menos, evacuar el agua. Pero las rocas eran muy duras y por muchos golpes y empujones que dieron, ninguna cedió. Flynn trató de apartar una piedra que parecía estar suelta, pero lo único que logró fue hacerse un corte en la mano. Rapunzel le asestó varios sartenazos a los muros, en vano, y Maximus los coceó una y otra vez, también sin éxito. Flynn saltó al profundo charco que iba llenándose cada vez más, esperando encontrar una salida en el fondo de éste, pero no hubo suerte y ascendió para respirar; tras un segundo intento, se dio por vencido y se apoyó contra la pared, al lado de su compañera.

-¡Nada, es inútil! ¡No se ve nada!-exclamó, asustado y dolido.

Rapunzel se negó admitir que aquel sería su fin y se sumergió, pero el bandido fue tras ella y la devolvió a la superficie.

-Eh, no se puede hacer nada más. Está demasiado oscuro.-el joven le acarició la mejilla para tranquilizarla, aunque no consiguió gran cosa.

La chica se echó hacia atrás todo lo que pudo mientras el agua les mojaba el vientre, y pronto sus ojos se llenaron de lágrimas. Flynn, por su parte, cerró los párpados con un agudo pesar y suspiró; aquello era el fin.

-Todo esto ha sido culpa mía-se lamentó su amiga-Mi madre tenía razón, nunca debí haber salido de la torre.

El ladrón la miró con los ojos entrecerrados, ella no tenía la culpa de nada, pero el nudo que el pánico había formado en su garganta le impidió hablar.

-Lo siento, no quería meteros en esto a ninguno-la voz Rapunzel era apenas audible a causa del llanto-Lo siento muchísimo, Flynn.

La joven se abrazó al pecho de su amigo sin dejar de llorar, necesitaba el sentir su agradable tacto por última vez. Él la rodeó con los brazos, sorprendido y a la vez reconfortado, y le devolvió el abrazo aún con más fuerza. Aquel gesto por parte de su protegida le dio ánimos para confesarle su (hasta entonces) mayor secreto antes de morir.

-Eugene-dijo.

-¿Cómo?-Rapunzel levantó la vista, confundida.

-Ése es mi verdadero nombre: Eugene Fitzherbert. Tenía que contártelo tarde o temprano.

La joven sonrió y se enjugó las lágrimas, él también debía conocer su secreto.

-Mi pelo es mágico y brilla cuando canto.

Hubo un breve e incómodo silencio.

-¿Qué?-respondió Flynn, perplejo.

De repente, a Rapunzel se le ocurrió una idea.

-¡Mi pelo brilla cuando canto!-repitió esperanzada.

En ese instante, el agua llegaba casi hasta el techo. Se les agotaba el tiempo.

-Brilla, linda flor, dame tu poder...

Tomaron aire antes de que el agua les cubriera por completo y no tardaron en fijarse en cómo el cabello de Rapunzel se ponía a resplandecer con un tono dorado. Flynn abrió la boca impresionado, pero en seguida la cerró.

Siguiendo la luz irradiada por la melena, descubrieron unas piedras sueltas en una esquina del fondo de la caverna. Bucearon hasta allí y los dos muchachos fueron apartando las rocas hasta que alcanzaron a ver la luz del exterior. Finalmente, Flynn logró agrandar la brecha lo suficiente y los cinco salieron de la caverna, cayendo a un río. Cuando llegaron a la orilla, respiraron aliviados.

-Nos salvamos-dijo Rapunzel mientras recuperaba el aliento.

Maximus aún seguía en el agua, sujetando a Fisgón con los dientes, ya que el lobezno aún no sabía nadar. El corcel fue hasta donde estaban los demás y dejó a Fisgón en el suelo. Éste se sacudió el pelaje mojado y Maximus le imitó.

-Le brilla el pelo...-comentó Eugene, incrédulo, tras respirar hondo varias veces.

-¡Estamos vivos!

-No me lo acabo de creer...-el bandido miró a Pascal con los ojos abiertos de par en par-¡Le resplandece el pelo!

-Eugene...

-¡¿Por qué le resplandece el pelo?!

-¡Eugene!

-¡¿Qué?!

-Brillar no es todo lo que hace.

El camaleón observó a Eugene con ojos pícaros.

-¿Por qué me mira así?-respondió el muchacho, todavía en estado de shock por lo que había visto hacía unos minutos.


El grupo decidió pasar la noche en un claro cercano al río. Tras encender una hoguera y cenar un buen puñado de frutos silvestres, se acomodaron alrededor del fuego para protegerse del frío nocturno. Rapunzel, de pronto, recordó que su amigo se había hecho un corte en la palma de la mano.

-Eugene-le dijo con un tono de preocupación en la voz.

-¿Sí?

-En la cueva, cuando intentabas apartar las rocas, te hiciste daño en la mano, ¿verdad?

-Sí, pero tranquila, no es más que un rasguño.

-¿Puedo verlo?

-Claro-respondió, algo confuso por aquella petición, pero le tendió la palma, confiado.

La muchacha observó el arañazo, que aún no había cicatrizado y parecía que empezaba a infectarse. Dudó un segundo, pero al final decidió curar a su compañero. Después de todo, él le había demostrado que era digno de su confianza, así que comenzó vendarle la herida con el cabello.

-Es un poquito misteriosa mientras me vendas la mano con tu melena-comentó Eugene, entre perplejo y sarcástico.

-Por favor, intenta no ponerte nervioso-le contestó la muchacha con ojos suplicantes.

El bandido miró su mano y luego a ella. En un principio, sintió que le invadía el miedo de nuevo, pero la mirada verde de su amiga le hizo tranquilizarse y asintió. Rapunzel suspiró y empezó a cantar, con la mano de Eugene entre las suyas.

-Brilla, linda flor, dame tu poder. Vuelve el tiempo atrás, torna lo que ya fue… -mientras cantaba, su melena se puso a brillar con un intenso resplandor dorado.

Eugene abrió los ojos de par en par, ¿era posible lo que estaba presenciando? Maximus y Fisgón también irguieron las orejas en señal de perplejidad. Miraron a Pascal, que se mostraba muy relajado pese a lo que estaba ocurriendo. El camaleón señaló la palma del ladrón y todos le imitaron. El pelo que envolvía el corte brilló con fuerza y el muchacho sintió una extraña sensación de calidez en la palma. Impresionado, miró a Rapunzel, que seguía cantando, y después a Pascal, que asintió con una sonrisa. Cuando la chica terminó la melodía, levantó la vista hacia el bandido. Éste, con los ojos como platos (si era posible que se abrieran más de lo que ya estaban), retiró el cabello de su mano y exhaló, medio aturdido y medio asustado. Posó su mirada en la muchacha y luego en la mano, cuya herida había desaparecido sin dejar rastro. Estuvo a punto de soltar un alarido de pánico.

-¡No te pongas histérico!-le pidió la rubia.

Eugene contuvo el grito y después le mostró una sonrisa forzada.

-¿Qué? ¿Yo… yo? ¿Ponerme histérico? ¡Qué va! Es que me interesa mucho tu melena y… y las incre…í…bles cosas que… que pu…puede hacer-el joven trató de calmarse abrazándose los costados-¿Cuánto tiempo hace que puedes hacer eso?

-Eh, pues desde siempre, creo.-dijo sonriente la chica, pero su expresión se volvió más seria en pocos segundos-Mi madre decía que, cuando era pequeña, hubo gente que quería cortármelo para utilizar sus poderes. Pero, al hacerlo, pierde toda su esencia mágica. Un don así… debe ser protegido.

Eugene escuchaba en silencio, ceñudo. Le enfurecía pensar en lo retorcidas que podían llegar a ser algunas personas, sin importarles el daño que podrían causar en los demás; y en lo que aquel tipo de gente era capaz de hacerle a su amiga con tal de conseguir aquel cabello mágico.

-Por eso nunca has salido de aquella torre, ¿verdad?-le preguntó, a lo que ella asintió con pesar- ¿Y aún así, piensas volver a quedarte encerrada allí después de tu cumpleaños?

-¡No! Bueno… sí…-Rapunzel suspiró y enterró la cara entre las manos, confundida por varios sentimientos enfrentados- Es complicado.

Pascal trató de animar a su amiga posando su cabeza en el pie de ella, y Flynn la observó con pena, en realidad la joven estaba sufriendo mucho por verse obligada a esconderse del mundo en aquella torre. Poco después, la rubia se separó la melena del rostro y miró a su compañero con cierta picardía. Ahora le tocaba a él revelar sus secretos.

-En fin, así que te llamas Eugene Fitzherbert.

-Ah, sí-el joven rió con cierta ironía-Pero sería mejor que te ahorrase el drama del huerfanito Eugene Fitzherbert. Es algo… Es bastante deprimente.

El muchacho bajó la mirada hacia la hierba con tristeza, le dolía recordar aquellos amargos días en los que no era más que un niño indefenso y maltratado por algunos de sus compañeros. Pero Rapunzel reconoció aquel dolor en su rostro y se acercó a él para animarlo; el bandido al principio la miró sorprendido, pero luego sonrió: Ella siempre estaba dispuesta a escucharle. Al final, decidió contarle su pasado:

-Nunca he sabido de dónde vengo, ni quiénes son mis padres biológicos, lo único que conservo de ellos es el apellido. Desde que era un bebé me criaron en el orfanato de Corona. Nos atendían dos mujeres y el director del centro, aunque casi siempre lo hacían las primeras. Lo cierto es que el director nunca fue muy simpático con los nosotros, algo extraño en alguien que regenta un orfanato. En aquel lugar era muy difícil tener un amigo de verdad, ya que los pocos que hablaban y jugaban conmigo solían ser adoptados al poco tiempo, y el resto hacía de mí un saco de harina. Entre ellos estaban los hermanos Stabbington, que eran mucho mayores que yo y mucho más crueles que los otros matones: Me encerraban en el sótano, que siempre estaba a oscuras y con arañas por todas partes; me robaban el almuerzo cuando las cuidadoras no miraban; me rompían mis juguetes favoritos y hasta se meaban en mi cama. Si me hubieran dado una moneda por cada vez que me amenazaban cuando quería pedir ayuda a las comadronas, seguramente ahora sería rico. Nunca supe el por qué de aquellos golpes e insultos, pero pocas veces me sentía seguro.

Eugene hizo una pausa para recuperar el aliento, mordiéndose el labio a la vez que apretaba los puños. Estaba haciendo un gran esfuerzo por no soltar una maldición, o echarse a llorar. Rapunzel se fijó en ello y le acarició el brazo para que la mirase. En cuanto lo hizo, lo que el joven vio en sus ojos le dio fuerzas para continuar:

-Hasta que un día, vino al orfanato una nueva cuidadora, se llamaba Esperanza. Era la mujer más bondadosa y amable que había conocido en mi vida. No dudaba en ayudar a los más pequeños a comer o a vestirse; nos curaba las heridas; nos cantaba canciones y nos leía un cuento a la hora de dormir; a las niñas les ayudaba con sus peinados y jugaba con nosotros cuando le era posible. Además, cada vez que los Stabbington y sus compinches me hacían la vida imposible, ella siempre estaba ahí para defenderme y aliviarme los moratones, incluso me daba un beso después de hacerme las curas. Es la madre que nunca tuve.

Rapunzel observó que a Eugene le brillaban los ojos de felicidad mientras recordaba aquello; pero pronto su expresión se ensombreció:

-Cuando cumplí los catorce años, el director se quedó sin dinero debido a una mala apuesta y abandonó el orfanato, y las cuidadoras con él. Sin embargo, Esperanza no lo hizo. Aún quedábamos varios niños allí, de modo que se gastó todos sus ahorros para comprar el edificio, y lo logró, pero sólo en parte. Esperanza intentó por todos los medios pagar el resto de la adquisición, llegando incluso a trabajar por las noches como camarera en las tabernas y en alguna posada, pero no fue suficiente. Poco a poco fueron adoptando a todos los niños que quedaban… excepto a mí y a otro más pequeño que yo, Mike; pero a los pocos días continuaron viniendo más niños y Esperanza se vio en serias dificultades para atendernos a nosotros y a sus empleos al mismo tiempo. Me negaba a verla sufrir así, de manera que a los quince años decidí buscar trabajo para que ella pudiera descansar de tanto esfuerzo, y también para contribuír en el pago. Sin embargo, aquello no fue tan fácil como creía y siempre acaba en la calle con apenas unas monedas en el bolsillo. Entonces, al final, me vi obligado a robar para conseguir el dinero necesario para liquidar las deudas. Por supuesto, nunca robaba a los que necesitaban realmente el dinero, sólo a los ricachones. Cuando empecé a ser reconocido como bandido, decidí adquirir una nueva identidad para proteger a mi familia, ya que, si descubrían quién era yo en realidad, ellos corrían el riesgo de acabar en la cárcel por darme refugio. El nombre de Flynn Rider lo escogí gracias a un libro que me encantaba cuando era un crío: "Las hazañas de Flynnigan Rider". Aquel hombre era todo a cuanto cualquiera deseara aspirar: Aventurero, rico, astuto y muy afortunado en el amor; aunque, por supuesto, no era algo de lo que él fardase.

Eugene suspiró al terminar la historia y Rapunzel le miró con una mezcla de admiración y pena. Su amigo lo había pasado realmente mal en el pasado, además de haberse atrevido a convertirse en un delincuente para ayudar a su familia, arriesgándose a acabar muy mal en consecuencia de sus hurtos. Se fijó en que los ojos del chico se habían vuelto vidriosos, aguantando las lágrimas. Rapunzel se acercó aún más a él y le acarició la espalda para transmitirle su consuelo.

-Eres una persona con un gran corazón, Eugene. Seguro que Esperanza se siente orgullosa de tener un hijo como tú-le dijo con una sincera sonrisa.

El joven, agradecido, posó su palma sobre la de la rubia. Estuvieron unos segundos mirándose tiernamente hasta que el ulular de un búho les devolvió a la realidad y se apartaron, completamente sonrojados.

-¿Y cómo conociste a Maximus?-preguntó la chica con el fin de romper el hielo.

-A él lo conocí hace unos cinco de años. Iba caminando por las calles de la ciudad, y de repente escuché unos gritos que provenían de un establo de venta de caballos. Sentí curiosidad y me aproximé, cuidando de que nadie me viese, y vi a Maximus, que aún no era más que un potro y estaba siendo maltratado por un par de mozos. Entonces, uno de ellos levantó un palo con intención de darle en la cabeza. No pude soportar más aquella crueldad, así que me lancé contra él y le asesté un puñetazo. El otro tipo me agarró por la camisa y, cuando me iba a golpear, Maximus se interpuso y le empujó. Aprovechamos la ocasión para huir y, en cuanto estuvimos lo suficientemente lejos de la ciudad, guié a Max hasta el río y le limpié el barro y los rasguños. Después de eso quise dejarlo en libertad, pero siempre me seguía, así que al final decidí quedarme con él.

-¿Y a Esperanza qué le pareció?

-Bueno, al principio no le pareció muy buena idea, pero al cabo de unos días fue cogiéndole cariño y cambió de opinión; con los demás niños no hubo problema y se alegraron mucho de que Max se quedase. Con el paso del tiempo, se convirtió en mi mejor amigo. No es por alardear, pero fui yo quien lo domó y lo montó por primera vez. Y él fue quien me convirtió en el magnífico jinete que soy ahora.

Ambos se giraron hacia el caballo y observaron cómo jugaba alegremente con Fisgón y Pascal, parecía que ya habían superado la impresión de haber visto el cabello mágico de Rapunzel.

Los muchachos estuvieron un buen rato hablando sobre sus vidas, sus gustos y sus sueños, querían saberlo todo el uno sobre el otro. No tardaron en darse cuenta de que tenían bastante cosas en común: A los dos se les había privado de una vida feliz, Eugene por su pasado difícil, y Rapunzel por la sobre protección de su madre debido a la cual apenas conocía el estilo de vida de las demás personas; ambos estaban dispuestos a ver cumplidos sus sueños, él de sacar a su familia de la pobreza y vivir sin complicaciones, y ella de saber todo lo posible sobre el mundo exterior y ver los hermosos farolillos; odiaban la injusticia, adoraban a los animales y los libros, y disfrutaban del contacto con la naturaleza. Al darse cuenta de lo tarde que debía ser y aunque deseaban continuar con la conversación, decidieron irse a dormir. Eugene se acostó de espaldas a la hoguera, con la cabeza apoyada sobre la silla de Maximus; Rapunzel se acurrucó en otro extremo, tapándose con la melena para protegerse del frío de la noche; Pascal y Fisgón se tumbaron junto a la rubia, también bajo su pelo; y Maximus se durmió cerca de Eugene.

Durante la velada, Eugene y Rapunzel volvieron a soñar lo mismo que durante los últimos días: Bailando bajo el cielo nocturno y rodeados por los farolillos, con los rostros tan cerca que casi podían besarse. La pareja sonrió sin darse cuenta y, en el fondo, desearon que aquel sueño fuera real.


A la mañana siguiente, Eugene se despertó al sentir un tacto frío y líquido en su mejilla. Decidió ignorarlo y acomodó de nuevo la cabeza sobre la montura, pero al segundo volvió a notar aquel húmedo roce sobre su piel. Extrañado, el joven abrió los ojos y se giró hacia el que le había apartado de su maravilloso sueño con Rapunzel. Era Fisgón, que se había acabado de despertar y se acercó a Eugene para animarle a levantarse.

-Déjame dormir, enano peludo.

Pero el cachorro continuó insistiendo, mordisqueando la camisa del ladrón y ladrándole al oído. Al final, éste se rindió y se levantó, mascullando con fastidio. Luego Fisgón se acercó a Rapunzel y la despertó de un modo más cariñoso, lamiéndole el carrillo.

-Buenos días, amiguito-la chica sonrió al lobezno y le acarició entre las orejas.

Pascal también saludó a Fisgón restregando su verde cabeza contra la pata de éste, que respondió moviendo la cola. Así mismo, Maximus dio los buenos días con un sonoro resoplido.

-¿Lista para visitar Corona, rubita?-le preguntó Eugene a Rapunzel; estaba ansioso por mostrarle la ciudad en todo su esplendor... y por verla sonreír y saltar de alegría en cuanto aquel nuevo mundo se abriera ante ella.

La aludida asintió lentamente, sintiendo cómo muchas sensaciones se entremezclaban y se enzarzaban en su interior: emoción, curiosidad, miedo, felicidad...

¿Es posible que quepan tantos sentimientos de una sola vez?, se preguntaba la joven mentalmente.

Unos minutos más tarde, el grupo llegaba al puente de la ciudad. Rapunzel exhaló un suspiro de admiración al contemplar aquel magnífico lugar, en cuyo centro se elevaba un impresionante palacio que tenía gravado un enorme escudo con el símbolo del reino, el sol, así como en sus múltiples banderines.

Rapunzel y Pascal observaban maravillados las animadas calles, llenas de alegres gentes y coloridos puestos de todo tipo. La rubia anhelaba visitar cada rincón de la ciudad, pero su larga cabellera estaba siendo pisoteada por los que pasaban detrás de ella, lo que le impedía moverse libremente. Eugene colocó el pelo en su regazo y giró la cabeza hacia todos los lados buscando una manera de solucionar aquel problema. Por suerte, unas niñas se encontraban peinando a sus muñecas junto a una fuente y tenían suficiente material para manejar cabello, de manera que el muchacho les pidió que recogieran la melena de su amiga, a lo que ellas accedieron encantadas.

Mientras las pequeñas acicalaban y trenzaban el cabello de Rapunzel, Eugene y Maximus vigilaban los alrededores cuidando que los guardias no les descubriesen. Una vez que las niñas terminaron, todos queradorn impresionados con el resultado: La dorada melena ahora estaba peinada en forma de una preciosa trenza que llegaba hasta la parte posterior de los muslos de la chica, adornada con flores de varios colores.

-Muchas gracias-agradeció dulcemente Rapunzel a las pequeñas.

Pascal chilló de contento y cambió de color varias veces, expresando a la joven lo guapa que estaba. Fisgón saltaba de un lado a otro mientras movía su continuamente su cola. Por su parte, Eugene había abierto los ojos como platos y mostraba una sonrisa de oreja a oreja. Cuando creía que Rapunzel no podía ser más hermosa, ahora ella estaba deslumbrante. Max se dio cuenta de la reacción de su amigo y le miró con picardía, a lo que éste respondió ocultando su ruborizado rostro.

-Cállate-susurró con fastidio mientras el caballo se reía a carcajadas.

Durante gran parte del día el grupo se dedicó a pasear por Corona explorando todas y cada una de las tiendas y los puestos. Eugene y Rapunzel disfrutaban entrando en las pastelerías, los jardines públicos, las librerías y los comercios de arte.

En una de sus visitas al mercado, el muchacho le compró a su amiga un pañuelo morado con el sol emblemático del reino, y ésta se lo agradeció abrazándole el cuello con entusiasmo.

Estuvieron un rato abrazados hasta que un relincho de Maximus les advirtió que unos soldados se aproximaban, y corrieron a ocultarse tras un establo enorme. Pero a los pocos minutos repararon en su terrible equivocación, habían ido a parar a uno de los peores escondites de la ciudad: el establo del palacio.

-¡Maldición!-dijo Eugene por lo bajo.

-¿Qué hacemos ahora?-susurró Rapunzel con la voz acentuada por el miedo.

El ladrón miró hacia todos los lados, buscando una vía de escape sin correr el riesgo de ser descubiertos, y entonces se fijó en una callejuela que daba al puente, que estaba sin vigilancia. El joven le estaba explicando su plan de huida a Rapunzel, cuando entonces se dieron cuenta de que Max había desaparecido. Desesperados, buscaron al corcel por todas partes, evitando que los guardias y a los mozos de cuadra los vieran.

Cuando se temían lo peor, Fisgón mordisqueó el vestido de Rapunzel para llamar su atención y señaló hacia el corral con el hocico. La pareja miró hacia el lugar y descubrieron que Maximus estaba allí, cortejando a una yegua.

-¡La madre que lo trajo!-masculló Flynn.

Maximus olfateaba el cuello de la hembra con una sonrisa seductora, a lo que ésta respondió con un dulce relincho. Eugene cogió una piedrecilla del suelo y la lanzó a la grupa del caballo, consiguiendo que reparara en ellos. El chico le hizo un gesto con las manos para que regresase con ellos. Max, a regañadientes, obedeció.

-Serás rufián-le medio regañó su amo en cuanto lo tuvo a su lado, rascándole las orejas.

-Nos tenías preocupados-acompañó Rapunzel al muchacho al tiempo que acariciaba el hocico del equino.

En ese momento, una voz familiar retumbó en el ambiente.

-¡Eh, vosotros!-gritó el capitán de la guardia, que los había descubierto mientras abrevaba a su caballo-¡Estáis detenidos!

-¡Mierda, vámonos!-dijo Eugene a sus compañeros.

Rapunzel subió rápidamente a la espalda de Maximus, con Fisgón en brazos, y luego lo hizo el ladrón saltando sobre las ancas del corcel. Por su parte, Pascal se sujetó al hombro de la muchacha lo mejor que pudo. El capitán y varios de sus hombres ya casi los tenían rodeados cuando lograron escapar por los pelos del establo real, y se dirigieron hacia el puente como una exhalación. Los soldados no dudaron en perseguirles a lomos de sus caballos y con las ballestas preparadas.

Una vez en el bosque, los fugitivos hacían todo lo posible por esquivar las mortales flechas que amenazaban con derribarles. Pero una de ellas, por desgracia, rozó el antebrazo de Eugene, que se desequilibró por un segundo mientras dejaba escapar un quejido entre dientes. Rapunzel, al ver lo que le habían hecho a su amigo, decidió hacer algo para que sus perseguidores les dejaran en paz de una vez por todas. A pocos metros más adelante, la chica se fijó en una vieja y larga rama que se encontraba medio rota y tuvo una idea. En cuanto estuvieron lo suficientemente cerca, la rubia lanzó su melena, agarró con ella el madero y tiró con fuerza justo cuando pasaron por debajo de éste. La rama cayó y quedó atascada entre dos árboles, quedando a la altura de los guardias. Algunos, entre ellos el capitán, chocaron contra la vara y cayeron al suelo. Los que se detuvieron a tiempo desmontaron para acudir en ayuda de sus compañeros.


Eugene y Rapunzel no se detuvieron hasta llegar a la entrada del valle secreto. Mientras Maximus recuperaba el aliento, Eugene se miró el tajo que tenía en el brazo.

-Joder-espetó, al ver que la herida era algo profunda y empezaba a infectarse.

-¿Estás bien? Estás sangrando mucho-dijo Rapunzel, preocupada por el estado del bandido.

-Tranquila, he pasado por cosas peores.

-Ven-la joven agarró delicadamente el brazo de Eugene y lo atrajo hasta sí.

Tras asegurarse de que no había nadie más por los alrededores, la rubia vendó el antebrazo del chico con su cabello y comenzó a cantar. Una vez que la herida desapareció, la joven mantuvo sus palmas posadas sobre la piel de su amigo un poco más, la cual encontró cálida, reconfortante y… ¿deseable? Ella no sabía con exactitud lo que le llevó a hacer lo siguiente, pero se inclinó hacia la zona curada y la besó tiernamente. Eugene notó cómo su corazón daba un gran vuelco y su interior ardía de alegría. Rapunzel no se ruborizó hasta que se dio cuenta de que llevaba más de un minuto saboreando el tacto de su compañero, y se separó a la velocidad del rayo.

-Eh… Lo… Lo siento, yo no pretendía…-la chica trató de disculparse por su inesperado acto.

Tras notar cómo su amiga se separaba de él con las mejillas sonrojadas y le miraba como sintiéndose culpable; Eugene se fijó en esto, le cogió delicadamente el mentón con los dedos y le hizo girar la cabeza hacia él.

-Eh-le susurró con dulzura- No me ha molestado en absoluto.

El joven dedicó a su amiga su mejor sonrisa y ella se la devolvió. Los muchachos volvieron a perderse en los ojos del otro, sin dejar de sonreír, con el corazón latiéndoles a cien por hora a causa del gesto anterior. Casi sin darse cuenta, ambos bajaron mutuamente la mirada hasta los labios y sintieron una enorme descarga eléctrica por todo el cuerpo, aunque nada desagradable. Sentían como si flotaran en una nube de felicidad y emoción, y cada uno escuchó en su cabeza una voz que repetía lo mismo:

-Bésale… bésale…

Ambos jóvenes comenzaron a acercar los rostros lentamente cuando de repente, el agudo relincho de Maximus les advirtió de la proximidad de los guardias e hizo que apartasen con un sentimiento de frustración en el pecho. Los fugitivos se internaron de inmediato en el pasadizo y no se sintieron completamente a salvo hasta que estuvieron en el valle.

Después de aquel emocionante y agotador día, Rapunzel decidió subir a la torre y descansar. Pero cuando la chica estuvo a punto de ascender hasta la ventana con la ayuda de su pelo, se viró hacia el ladrón, que había desensillado a Maximus tras comprobar que éste no había sufrido ningún daño durante la carrera por el bosque, y recordó que él no había comido nada durante gran parte de la tarde salvo unos bollos junto a ella, en la ciudad; y que tampoco habían comprado provisiones para él. Dudó un rato hasta que, por fin, se decidió.

-Eugene.

-Dime, rubita.

-¿Te gustaría cenar conmigo esta noche?

El joven abrió los párpados, sorprendido. Hacía mucho tiempo que no comía con Rapunzel, ya que la presencia de Gothel lo había impedido; pero ahora que no estaba, nada impediría poder compartir aquel nuevo momento con la dulce rubia, que continuaba mirándolo a la espera de su respuesta, con el rostro únicamente iluminado por la luz del fuego de la chimenea. Pero tampoco quería ser descortés y menos herir los sentimientos de su protegida, así que asintió y ambos escalaron el edificio. Una vez dentro, disfrutaron de la velada contándose nuevas cosas sobre lo que habían hecho mientras que no se habían visto.

-¿A dónde fuiste durante las tardes en que no subías a la torre?-le preguntó Rapunzel al bandido.

-Iba a la ciudad para comprar alimento y para solucionar…-el rostro del muchacho se ensombreció de pronto-…unos asuntos.

-¿Qué clase de asuntos?-dijo la joven, preocupada por el cambio de humor de su amigo.

-Son cosas complicadas.

-¿Tienen que ver con que seas ladrón?

-No exactamente. Es por… eh…

-¿Qué ocurre?

-Es que… no sé si...

-¿Aún no confías en mí?

-No es eso, pero… no… no son temas de los que me gusta hablar.

-Por favor, Eugene.- Rapunzel posó su mano sobre la de su protector, no quería verle triste y deseaba ayudarle- A lo mejor puedo hacer algo.

-Muchas gracias, rubita. Pero no creo que tú o cualquier otra persona pueda hacer algo. Es el banquero de Corona, hace pocos días le dijo a Esperanza que el dinero que le hemos pagado no es suficiente y ha aumentado la cantidad exigida en las facturas. He tratado por todos los medios conseguir más dinero, pero no lo he logrado. Cada vez tenemos más dificultades para darles a mis hermanos el sustento diario y…-Eugene entrecerró los ojos y apretó los puños, con el fin de aguantar el dolor que le provocaba ver a los niños hambrientos.

Rapunzel sintió pena por el ladrón y apartó su palma para posarla en la mejilla de éste. Sintió el deseo de reconfortarle acariciándosela y así lo hizo, cosa que le agradeció el muchacho cogiéndole la mano y frotándosela con cariño. Un momento más tarde cayeron en la cuenta de lo que estaban haciendo y se detuvieron, completamente sonrojados.

-No sabía que tuvieses hermanos.-comentó al fin la chica.

-Bueno, no son hermanos de sangre, pero los quiero como tal. Son siete: Los mayores se llaman Mike y Amanda, después están los gemelos George y Ben, y por último los pequeños John, Herman y Emily.

-Una gran familia.

-Sí, y no voy a mentirte, son bastante traviesos. Pero en el fondo son muy buenos chicos.

Rapunzel rió suavemente y Eugene la acompañó. Luego, la rubia miró fijamente a su amigo con una amplia sonrisa al imaginarle rodeado de los niños, jugando con ellos y cuidándolos con mimo. Sin duda él, a pesar de ser un delincuente, era un buen hombre. Por su parte, Eugene volvía a observar embelesado los ojos verdes de su compañera, jamás había conocido a nadie como ella y le gustaba estar a su lado, compartiendo sus secretos y aspiraciones. Los dos notaron cómo el corazón se les desbocaba de alegría: Por fin habían encontrado a alguien que les comprendiera.

La magia se rompió cuando Eugene se levantó con la intención de marcharse.

-¿A dónde vas?-le preguntó Rapunzel; no quería que aquel instante maravilloso terminara.

-Afuera. Me parece que ya es hora de que me vaya a dormir.

-Espera.

-¿Qué?

La muchacha apretó los labios, no estaba segura de si el bandido aceptaría o no lo que estaba a punto de proponerle, pero decidió intentarlo de todas formas.

-¿Quieres subir al tejado a ver las estrellas?

Eugene se lo pensó unos minutos; por una parte, debía regresar con Maximus para descansar después de una jornada tan ajetreada, pero en realidad no quería perderse una nueva experiencia con aquella emocionante mujer.

-De acuerdo.

Ambos se sentaron sobre las tejas moradas del alto edificio y observaron el hermoso cielo nocturno, salpicado por brillantes estrellas. Pasaron el tiempo buscando constelaciones y estrellas famosas, como Casiopea o la Osa Mayor, respectivamente.

-Me lo paso muy bien haciendo estas cosas contigo, rubita-confesó el chico sin mirarla para ocultar el rubor.

-Gracias, lo mismo te digo-contestó la muchacha, también colorada.

Eugene bajó la vista hacia la mano de Rapunzel, que estaba justo a su lado. Sintió el deseo de tomarla, pero su conciencia no se lo permitió.

-No, Eugene-le decía su conciencia-Es tu amiga, no puedes hacerle eso.

Luchando contra su instinto, el chico respiró hondo, intentando que su compañera no se diera cuenta. Por su parte, la joven notaba cómo la sangre le bombeaba el corazón con la misma rapidez que las alas de un colibrí al vuelo. Se giró hacia su protector y le fascinaron sus hermosos ojos castaños a la luz de la luna, que parecía que cambiaban de tonalidad según la intensidad de la claridad. En su mente se estaba librando una batalla: Por un lado, deseaba acariciar de nuevo la suave y reconfortante piel de Eugene; pero la otra mitad le decía que el muchacho era su mejor amigo (aparte de Pascal) y que, por lo tanto, no era lo correcto. De pronto, el cielo se cubrió de una gruesa capa de nubes de color gris. En poco tiempo estallaría una tormenta.

-Será mejor que vaya a buscarle refugio-informó el ladrón a la chica a la vez que señalaba a Maximus, que comenzaba a ponerse nervioso con el sonido de los truenos.

El ladrón descendió y guió al caballo hasta una pequeña cueva resguardada del frío y húmedo vendaval. En cuanto el animal estuvo bien acomodado, Eugene volvió a la torre, ya que Rapunzel le había pedido que pasase la noche allí para que el joven no tuviera que dormir a la intemperie. De nuevo en el interior del edificio, el chico se sacudió las ropas mojadas y fue con su amiga, que ya estaba metida en su cama y, aparentemente, durmiendo. A los pies de la cama, la rubia le había preparado unas mantas y una almohada que parecían muy cómodas, de manera que el bandido no tardó en quitarse las botas y el chaleco y se tumbó, envolviéndose en las cálidas prendas.

Una hora más tarde, Eugene despertó al oír el gran estruendo de un rayo. La lluvia y el viento golpeaban con fuerza la fachada y sacudían las ventanas, aunque el muchacho no se preocupó: Ya había pasado muchas noches en el orfanato con tormentas como aquella, y gracias a las tranquilizadoras palabras y abrazos de Esperanza, había conseguido superar aquel miedo desde hacía mucho tiempo.

Se dispuso a cerrar los ojos cuando escuchó lo que parecía un sollozo, e irguió la cabeza con el objetivo de detectar de dónde provenía. No tardó en descubrir que la que lloraba era Rapunzel, que estaba de espaldas a él y temblaba de manera notable bajo el edredón. ¿Qué le pasaba? ¿Le dolía algo? ¿O tal vez estaba teniendo una pesadilla? El bandido, preocupado, se levantó y rodeó la cama para ver la expresión de la chica. No dormía, estaba despierta pero con los párpados totalmente cerrados, de los cuales salían abundantes lágrimas. Eugene miró a Pascal, que también había despertado al oír el llanto de Rapunzel y la observaba con preocupación, tratando de animarla tocándole la mejilla con su cabecita.

-Rubita-la voz del joven hizo que ella se sobresaltase; no esperaba que la hubiera escuchado.

-Oh, Eugene-Rapunzel se enjugó las lágrimas y luego se volvió hacia su amigo-Lo siento, te he despertado.

-No te preocupes, no has sido tú. En realidad el culpable ha sido un rayo.-respondió el ladrón con una sonrisa apaciguadora.

En ese instante otro rayo iluminó la estancia y un trueno retumbó en el valle. Rapunzel, al oírlo, soltó un grito aterrado y se escondió bajo las sábanas, temblando intensamente. Aquello despejó todas las dudas de Eugene: Ella tenía pánico a las tormentas, y su madre no estaba allí para calmarla.

Tras observar cómo la joven se encogía de miedo cada vez que las nubes chocaban, decidió hacer algo que, aunque no pareciese en absoluto bien visto, sí le pareció lo más sensato que podía hacer por su amiga en ese momento. Rodeó de nuevo la cama, de modo que la chica estuviera de espaldas a él, y se acostó junto a ella, rodeándole la cintura con una mano para reconfortarla. Rapunzel dejó de temblar y giró la cabeza hacia él, que ya había cerrado los ojos para dormir, y ella, agradecida aunque no la viese, le sonrió y se pegó aún más a él, quedando sus cuerpos a escasos centímetros el uno del otro.

-Gracias-susurró la chica con dulzura.

Eugene, en respuesta, abrió los párpados y le sonrió con dulzura, para luego ver cómo la joven le devolvía el gesto y recostaba la cabeza en la almohada de nuevo. Pero su felicidad se esfumó al ver cómo el camaleón se colocaba entre ambos y le lanzaba una mirada amenazante, como si dijera: "Ni lo pienses siquiera, que te estoy vigilando". Frunciendo el ceño, Eugene cerró los ojos para dormirse de una vez por todas.

Minutos más tarde, el dulce aroma de Rapunzel y la peligrosa proximidad a la que se encontraban hicieron que el cuerpo del joven se fuera encendiendo casi al máximo, sin que él apenas se percatase. Entonces Rapunzel, que ya casi había conciliado por fin el sueño, notó una extraña y dura presión contra su nalga.

-Eugene-murmuró la joven, confundida.

-¿Hmm?

-¿Qué es eso?

-¿El qué?

-Hay algo en la cama, justo entre nosotros...

Eugene no se dio cuenta de a lo que se refería su amiga hasta que sintió un agobiante calor entre sus piernas, y bajó discretamente la mirada, donde en la oscuridad pudo apreciar un delatador bulto bajo sus pantalones. El joven ahogó un grito al tiempo que retrocedía y trataba de ocultar a su traicionero miembro. Grave error: su sexo se había inflamado tanto que, al hacer aquel movimiento, le produjo un terrible dolor.

-¡Ouch!

-Eugene, ¿te encuentras bien?-Rapunzel se volvió, preocupada.

-Sí, claro…. Estoy mu… muy bien.-contestó el aludido, aguantando el punzante dolor.

-¿Qué era lo que había en la cama?

-Eh... Una bolsita de... monedas que me había olvidado de quitar del bolsillo antes de acostarme.

-¿Una bolsita?-Rapunzel no daba crédito de que una bolsa llena de monedas pudera ser tan dura.

La chica terminó quitándole importancia y miró medio preocupada a Eugene, que parecía ahogar gemidos, sin saber que él se había dado la vuelta para esconder a su estúpido miembro, que parecía no querer olvidarse de la presencia de Rapunzel. Afortunadamente, su erección fue bajando poco a poco y, al final, Eugene pudo descansar. Rapunzel, al ver que su amigo parecía encontrarse mejor, se acomodó otra vez sobre el colchón, decidida a dormirse.

Esa vez el sueño de las veces anteriores se repitió en la mente de ambos, pero esta vez más intenso y vivo, hasta el punto en que los dos, atraídos por la cercanía real en la que se encontraban, se rodearon el cuerpo con los brazos el uno al otro sin darse cuenta (Pascal había cambiado de lugar hasta el extremo opuesto de la almohada, justo al lado de Rapunzel). Mientras duró el sueño, los dos muchachos sonrieron felizmente y una chispa de emoción les recorrió la espina dorsal. Por primera vez, no solo compartían el mismo sueño, sino que también lo sentían en la piel del otro al tocarse.