Capitulo 9

El amanecer se filtraba en la alcoba de Edward, los rayos de luz iluminaban su cabeza. Abrió los ojos borrando las imá genes de Tanya de su mente. Por un momento permaneció inmóvil recostado boca abajo. Nada se movía cuando la realidad se asentó sobre él. Parpadeó y miró a través de la columna de luz solar junto a su cama. ¿Por qué me traicionaste?Quería gritar lo. Quería que Tanya le dijera cómo había podido equivocarse tanto con ella. ¿Cómo se había permitido enceguecerse por el amor al punto de no ver sus propios pies encaminándose hacia las fauces del lobo? Siempre había confiado en sus instintos. Como guerrero, no podía equivocarse. El error más simple po día costarles a él o a sus hombres la vida. Le había costado a Alexander la suya.

Se sentó, agotado, y balanceó las piernas sobre el borde de la cama. Otra vez había soñado que caía desde el borde de un precipicio. Se pasó los dedos por los rizos y maldijo entre dientes. Se había sentido tan seguro de sus pasos, y, sin em bargo, había caído. ¿Cómo podía volver a confiar en sus instintos?

Fue hacia la silla donde colgaban sus calzas y sus pantalo nes de lino liviano, maldijo otra vez y los tomó. Golpearon a la puerta. Alice con su aguamiel, pensó Edward agradecido.

—Adelante.

La puerta se abrió de un golpe y la sonrisa burlona y ale gre de Jacob iluminó la habitación haciendo que Edward se echara para atrás.

—¡Buen día! —Jacob miró la cama, luego toda la alcoba. Su sonrisa se esfumó.

—¿Dónde está la muchacha?

—¿Qué muchacha? —dijo Edward somnoliento. No estaba de humor para su alegre amigo esta mañana.

—Alice.

—Con Jasper probablemente —dijo Edward frunciendo el ceño. Se ajustó las calzas de lana sobre los muslos fuertes y, musculosos y se prendió el pantalón corto en la cadera. Senta do en la cama se calzó las botas y levantó la vista para mirar las oscuras cejas de Jacob—. No debí haber dejado que se quedara con Jasper. Esta maldita habitación está congelada y se está demorando con mi aguamiel.

—¿Con Jasper? —repitió Jacob, los ojos bien abiertos y llenos de desdén—. ¿Se la diste a Jasper después de que yo la solicité?

Edward se puso de pie y buscó una túnica en su armario. Suspiró.

—No tenía intenciones de traerla a mi habitación. Sólo te lo dije porque le gusta Jasper y yo no quería que tú te acosta ras con ella.

Jacob cerró la puerta tras de sí y se desplomó en una si lla con un ruido seco y pesado y una expresión herida dibuja da en su rostro.

—Sólo me tenías que decir que Jasper la quería. No tenías que engañarme.

Edward cerró la puerta del armario con fuerza al no encon trar una túnica apropiada.

—Nadie puede "sólo" decirte algo. Eres un bastardo obsti nado que no sabe lo que es la palabra "no".

—Eso no te detuvo anoche.

Edward abriò bruscamente la tapa de un baúl traído desde Graycliff que todavía no había sido desempacado y miró brevemente a Jacob por encima del hombro.

—No debiste haberte involucrado. Éste es mi castillo y ese sucio inservible estaba forzando a mi prometida.

—Y habría sido el castillo del rey, y la prometida de otro la semana próxima, si no hubiera hablado con Dimitri en tu de fensa, Edward. Te guste o no, hay una ley que impide matar a la guardia del rey. Sir James era uno de los caballeros personales de Dimitri.

—Un hecho del que yo no me enorgullecería si fuera el rey Dimitri —dijo Edward secamente mientras examinaba una tú nica de terciopelo escarlata.

Una leve sonrisa complaciente se dibujó a un costado de la boca de Jacob.

—Eso es lo que me gusta de ti, Edward. No te importa en lo más mínimo si el rey amenaza arrojarte a las mazmorras. Co sa que no hará ahora que hemos tenido nuestra pequeña conversación. Aun así, te espera en la estancia para que le infor mes sobre lo que sucedió anoche.

—Tienes mi gratitud —sonrió Edward burlonamente miran do de reojo a Jacob antes de pasarse la túnica por la cabeza.

—Sabes —Jacob pasó la pierna sobre el brazo de la silla, su bota gastada en las batallas se balanceaba en el aire—, cuando sea rey, no voy a tolerar ninguna desobediencia, ni siquiera la tuya.

Los rizos coronaron la abertura de la túnica antes de que el rostro de Edward emergiera con su sonrisa sarcástica.

—No dictes normas tontas, y no tendrás que hacerlo.

Jacob suspiró y sacudió la cabeza, sabiendo que, tontas o no, Edward sólo obedecería las leyes que eligiera obedecer, sin importar de quién provinieran.

—Es inútil discutir contigo —concedió el duque, ignoran do la inocente expresión de victoria del muchacho.

Golpearon a la puerta.

—Adelante —dijo Jacob despreocupadamente por en cima del hombro.

Jasper entró en la habitación llevando una copa de cerámi ca. Estaba a punto de explicarle a Edward por qué traía él la be bida, en lugar de Alice, cuando vio a Jacob y juntó los la bios en un chasquido.

—¡Gracias a todos los santos! —gritó el duque levantándo se de su asiento. Tomó rápidamente la copa de la mano de Jasper y se la alcanzó a Edward—, tu aguamiel al fin ha llegado. Pero espera, ¿qué es esto? —Jacob estudió el rostro de Jasper—, tú no eres Alice. ¿Dónde está la hermosa doncella esta mañana, bribón?

Sin saber qué responder, Jasper miró a su hermano por en cima del hombro de Jacob, pero Edward sólo le sonrió. Libra do a sus propios medios, Jasper encogió los anchos hombros y encontró la mirada expectante de Jacob.

—Alice está... indispuesta.

—¡Ah, indispuesta! —exclamó Jacob preocupado, cayen do una vez más sobre la silla—, es perfectamente comprensi ble entonces por qué tú te haces cargo de sus deberes. Al me nos eres más honorable que tu mentiroso hermano. —Miró a Edward con severidad mientras refunfuñaba, luego volvió su atención a Jasper. — También explica por qué no estabas a mi lado anoche cuando tu hermano mató a Sir James.

—¿Lo mataste? —la expresión de Jasper pasó de divertida a incrédula.

—Estaba tratando de sobrepasarse con Bella.

Enfer!Te dije que no me gustaba el bastardo.

—No lo alientes, Jasper —Jacob sacudió la cabeza—. ¿Dònde aprendieron ustedes dos a ser tan deshonestos y se dientos de sangre?

—De ti —contestaron ambos al unísono.

Los rasgos severos de Jacob se relajaron en una sonrisa amplia y satisfecha.

—Entonces los he educado bien a los dos.

—Ahora dime —Jacob se inclinó adelante en su silla y ofreció a Jasper una mueca astuta— lo que quisiste decir con "indispuesta":

Jasper alzó sus ojos hacia su hermano buscando ayuda, cuando Jacob lo presionó para que le contestara. Edward le vantó las cejas y el humor curvó la comisura de su boca mien tras él también esperaba la respuesta de Jasper.

Edward salió de la habitación con Jacob y Jasper a su la do. Escuderos y doncellas ocupados en sus tareas matutinas se inclinaban al paso de los tres hombres, pero él casi no los no tó. Había recogido el leve aroma a jazmín en el aire y una ima gen de cabellos cobrizos inundó su mente. Ella había pasado por allí hacía apenas unos segundos. Menos mal, pensó agria mente, ya que la señora seguro se hubiera desmayado ante la presencia de una bestia tan desalmada como él.

Bella levantó la cabeza cuando los tres hombres ingresa ron a la estancia. El corazón le latía con fuerza en el pecho como siempre que veía a Edward. La rica túnica escarlata que llevaba puesta lo hacía ver especialmente apuesto esa mañana. El color rubí profundo del terciopelo le brindaba calidez a su mirada. Los rizos le caían desordenados sobre la frente y lo hacían pa recer encantador y divertido. Bella se recordó que tenía que respirar mientras evaluaba el andar confiado de su prometido. Era alto, mortalmente rápido, ancho de espaldas y fuerte. Poseía la gracia de un lobo que contrastaba con la musculosa densidad del tosco duque Jacob, que parecía un oso.

Pero ninguna tela lujosa pudo suavizar los severos ángulos de sus rasgos cuando la mirada de Edward pasó de Lord Charlie al rey, que estaba sentado en una silla forrada en terciopelo do rado. Su mirada abatida se posó allí un momento antes de que sus ojos se desplazaran como un incendio forestal desde Dimitri a Bella.

El rey Dimitri se puso de pie. Estudió al caballero norman do frunciendo el ceño ante la leve reverencia que le ofreció, un gesto que parecía más de sorna que de respeto. Dimitri se arrepintió de haber escuchado a Jacob y no haber apresado al caballero bribón la noche anterior.

—Por favor siéntese, Lord Edward —dijo el rey con los labios tensos.

Jacob gruñó por lo bajo y le lanzó a Dimitri una mira da mortífera cuando pasó a su lado y tomó asiento junto a Lord Charlie. Edward eligió la silla más próxima a Bella.

—Señora —la saludó tranquilo antes de sentarse, sus ojos ardían y las aletas de su nariz se agitaban levemente. ¿Acaso ella estaba allí para acusarlo ante el rey? Se arrepentiría de su decisión de quedarse en Forks si era así.

Bella podía sentir la fuerza de Edward a su lado como si fuera un escudo de acero fundido que lo cubría. Asintió cor tésmente, retorciéndose inquieta en su silla. Cruzó las pier nas y se llevó la gruesa trenza cobriza a la espalda. Incapaz de ignorar su imponente presencia, llevó los ojos verdes que se asomaban bajo sus espesas pestañas hacia el suave lino negro que cubría los gruesos muslos de él. La pierna doblada se ex tendìa màs allà de la suya, que parecìa fràgil y diminuta en comparacìon. Él es un hombre, le dijo una vocecita dentro su cabeza. Puro poder, firmeza de guerrero. Su cuerpo, un arma ca paz de matar a cualquier cosa que amenace lo que le pertene ce. Pero Bella no podía evitar el recuerdo de su caricia cuan do se aferrò a él luego de haber sido descubierta por el duque normando el primer día en Forks. La protección de su pro metido también podía tomar la forma de un abrazo fuerte pe ro tierno.

—Lord Edward —la voz del rey regresó a Bella al presen te—, ¿quétiene que decir en su defensa ante sus acciones de la noche pasada?

La sonrisa perezosa de Edward era de alguna manera más pe ligrosa que un gruñido.

— Estaba poseído por demonios, Señoría.

Junto a él, Bella cerró los ojos ahogando un suspiro. La ira de Edward le punzó el corazón.

—Quiero la verdad, no una explicación surgida del temor —advirtió Dimitri, despidiendo con un gesto rápido de la mano a un criado que había entrado a la estancia con una ban deja de cerveza. El criado miró a Edward, y el señor del castillo de Forks sacudió la cabeza en un gesto gentil para indicar le que se retirara.

—Quiero saber lo que sucedió con la dama, Lord Edward —demandó el rey.

Edward se sentó despreocupadamente con los codos sobre los brazos de la silla, con las manos entrecruzadas. Parpadeó lentamente, como un gato que observa a un ratón sabiendo que tiene todo el día para matarlo.

—No hablo por temor —una oscura neblina cubrió el azul verdoso de su mirada, pero su voz era calma—. Después de comer en mi castillo, el hombre atacó a mi prometida. Tuvo suerte de que le cortara la garganta con tanta rapidez.

El rey Dimitri simplemente miró a Edward, luego volvió la mirada hacia Jacob.

—Este hombre es un monstruo. Un monstruo con el que tendrás que lidiar algún día.

—Así sea —respondió Jacob secamente.

—Y yo también soy un monstruo —se interpuso Lord Charlie—, pues si hubiera atrapado a su caballero intentando forzar a mi hija, lo habría aniquilado con mis propias manos.

—Al igual que yo, mi nuevo amigo —Jacob le sonrió jo vialmente a Charlie.

—Son tres locos desalmados —dijo Dimitri con desprecio.

—Y es por eso que nosotros peleamos las batallas mientras usted simplemente observa y da órdenes desde una posición bien protegida —agregó Edward impaciente. Luego con un con trol apenas medido:— este castillo me pertenece, como usted mismo lo ha decretado por su propia mano. Protegeré a to dos en él con mi vida y sin temor a las consecuencias.

—Y él no tiene por qué estar dando cuenta de sus actos, Dimitri —agregó a su vez Jacob seriamente.

Dimitri ignoró a Jacob, viendo que la presencia del du que allí era inútil. Se maldijo por pensar siquiera que este pri mo normando estaría alguna vez de su lado contra Lord Edward Cullen. El rey se volvió al fin hacia Bella, esperando que la dama le diera un informe civilizado de lo que había sucedido.

—¿Se hallaba usted en peligro en presencia de Sir James, señora?

Edward se puso rígido esperando su respuesta. Bella sabía que ésta podía ser su oportunidad de recuperar Forks. ¿Pe ro cuánto tiempo pasaría hasta que el rey se librara de su padre, esta vez sin piedad? Los ojos severos del rey no expresa ban màs que odio por Edward, si ella decía lo que él quería escuchar, su prometido sería encarcelado. Recordó cómo se habla ofendido Edward cuando lo llamó "bárbaro", luego de ha ber evitado que fuera violada. No comprendía las actitudes de los hombres, pero sí comprendía lo que era el honor, y aun que la furia de Edward la asustaba, sabía que nunca más lo cues tionaría cuando la estuviera protegiendo.

—Sí, Señoría, temía por mi vida —Bella comenzó con calma su relato—. Sir James rasgó mi vestido y me estaba estran gulando cuando Lord Cullen nos encontró. Sir James dijo que me ultrajaría, y que todos los caballeros a vuestro servicio que rían hacerlo... excepto mi prometido.

La sala fue invadida por un silencio tan grande que podía escu charse el crepitar de las llamas sobre la cera de las velas. Bella gi ró la cabeza para mirar a Edward. No había sido su intención de cirlo, pero ahora que estaba dicho se alegraba. Ya no tenía sentido ocultarlo. Todos sabían que Lord Cullen hubiera preferido una batalla antes que casarse con ella. Probablemente todos también sabían que se había acostado con su doncella Alice la noche an terior. Los ojos de Bella recayeron sobre sus manos, que se afe rraban a los pliegues de la falda de su vestido de color azafrán.

—Aunque él no lo desee, seré la esposa de Lord Cullen, Se noría —afirmó ella, intentando ignorar el hielo que emanaba de su prometido al mirarla—. Él sólo estaba protegiendo lo que le pertenece—se permitió mirar a Edward a los ojos— como lo haría cualquier guerrero.

Su hombre sirena sonrió, pero estaba lejos de sentirse com placido con su respuesta. Más aún, parecía a punto de cortar le el cuello. No, pensó Bella rápidamente, captando algo más en la leve curva de sus labios. No estaba enfadado con su res puesta porque pensaba que ella estaba jugando de modo inocente con él, y él se estaba preparando para aceptar el desafio.

—Su Majestad —continuó Bella con más cuidado ahora, esperando convencer a Edward de su sinceridad—, le estos agradecida a mi prometido por salvarme de su caballero, y me ofenden estas acusaciones hoy aquí. Tal vez en lugar de repren derlo a él, Su Majestad se cuestione el honor de sus hombres.

Los ojos del rey se suavizaron con resignación, sabía que acababa de perder esta batalla. ¿Cómo podía castigar al desa fiante caballero sin parecer que no le importaba la seguridad de su propia gente?

—Muy bien —suspiró—, dado que usted será su esposa, y porque Sir Jacob me lo ha solicitado— le lanzó al duque una mirada significativa — no seguiré interrogando a Lord Cullen.

Bella asintió con una leve sonrisa. Ansiaba saber si to davía había dolor en la mirada azul marino de Edward. No fue necesario.

Él se puso de pie abruptamente empujando hacia atrás la silla en la que estaba sentado.

—Hemos terminado, Señoría? Tengo otros asuntos que atender.

El rey Dimitri hizo un gesto de despedida con la mano y antes de que Bella pudiera levantar la vista, Edward ya se ha bía ido. Miró a Jacob en su lugar. El duque se dirigía hacia ella con pasos largos y elásticos y una sonrisa amplia dibuja da en el rostro. Detrás de él, Dimitri y Charlie se levantaron para abandonar la estancia.

—Lady Bella —Jacob se inclinó sobre su silla y le to mó la mano—, usted en verdad es una digna esposa para Edward. —Le plantó un áspero beso en la mano delicada, le pro digó una perlada sonrisa blanca y abandonó la sala.

Bella suspiro profundamente. Había dicho lo correcto para proteger a Edward, y Jacob estaba encantado. Pero al mismo tiempo tenía que admitir que había estado jugando un juego peligroso con su prometido, y había fracasado.

Jasper se levantó de la silla, pero en lugar de seguir a Edward tomò el asiento de su hermano junto a su futura cuñada. Su bocacarnosa dibujaba una sonrisa fácil que suavizaba su mi rada cristalina.

—Mi hermano puede ser odioso y altanero a veces.

Bella asintió.

—Y no olvide malhumorado e insensible —exhaló un sonorosuspiro que hizo reír a Jasper.

Oui, él puede ser así —le dijo, ahora serio—. Pero él es mucho más que eso. Me temo que se ha olvidado, o tal vez tie ne miedo de ser quien era antes.

Bella recordó al hombre del lago.

—¿Me puede decir que le sucedió, Jasper? —le preguntó gentilmente, posando su mano sobre la de él.

Jasper miró sus largos, elegantes dedos y luego levantó la vista para mirarla.

—Él la amaba, madarne. Pero su amor fue traicionado —comenzó.

—¡Lord Edward! —el padre de Bella alcanzó al oscuro ca ballero en el corredor—, por favor permítame expresarle mi gratitud por rescatar a mi hija de ese bastardo, y por proteger su honor. Ella sigue intacta.

Edward apretó la mandíbula. Su prometida era virgen. ¿Y por qué debería sorprenderse? No todas las mujeres en Inglaterra abrían las piernas tan fácilmente como lo había hecho Tanya.

—Él murió demasiado rápido —respondió con voz helada.

Charlie asintió.

—Debo admitir que me preocupaba que usted no fuera a tratar a mi hija con amabilidad.

—Nunca le haría daño —arguyó Edward, su irritación ante el insulto era evidente en el tono de su voz.

—Pero nunca la querrá tampoco.

Edward frunció el ceño, sus ojos se tornaron sombríos.

—Sé lo que le dije, señor, no hay necesidad de recordarme mis propias palabras. Bella será mi esposa, y como su hija misma lo ha declarado, protegeré lo que es mío como lo haría cualquier guerrero. De eso tiene mi palabra. Eso es todo lo que debe preocuparle.

—Sí, dijo eso, por cierto. —Charlie lo miró con los ojos en trecerrados. Recordó el frío brillo en la mirada de este hombre cuando Bella sugirió que la única razón por la que él la había protegido fue porque ella le pertenecía—, y usted pareció enfadarse, ¿por qué?

Inquieto, Edward le ofreció a Charlie una sonrisa irónica.

—No me interesa lo que ella piense de mí. Lo que sea que usted creyó ver, se equivoca.

—¿En verdad? —preguntó Charlie dudoso.

—En verdad —respondió Edward casi gruñendo.

—Muy bien. Me equivoqué, entonces —le sonrió y procedió cautelosamente—. Pero no me equivoco cuando digo que mi hija necesita amor además de protección.

Edward gruñó, bajó la vista un segundo y luego volvió a le vantarla.

—Entonces tal vez ella no pertenezca a Forks después de todo.

Muchas gracias a CullMonster-JocelyN'Annie por su comentario!