CAPITULO 9: LA GUARIDA DEL MONO.

La lanzadera espacial seguía ganando altura, perdiéndose entre las enormes capas de nubes blanquecinas que no habían sido desintegradas por la bola de energía de tamaño colosal que había escupido las entrañas de la Guarida de los Caídos. Ya habían pasado más de diez minutos de aquel fenómeno y el silencio dentro de la cabina era atroz. Nadie sabía que decir, sobre todo los dos invitados, que pensaban que el asunto de Drenssen se les estaba yendo de las manos. Aron, quien aun seguía de pie observando el horizonte, salió de su ensimismamiento para acercarse al panel de control y pulsar un discreto botón, apagando instantáneamente los motores. El prototipo de lanzadera Theta 6-4 escondía dentro de sí misma una ultramoderna nave, que salió despedida repentinamente hacia adelante mientras el resto del cohete era presa de la gravedad y perdía altitud.

-¿No nos tienes preparada alguna otra… sorpresa? –preguntó una confundida Lena Oxton, con sus manos sobre los mandos. El joven se limitó a observar el pantalón brillante de la piloto, descubriendo que la profunda herida seguía abierta, deslizando delgadas líneas de sangre por su pierna.

-Sigues sangrando. –dijo, luego de un largo silencio. –Tendré que curártela antes de que se vuelva grave.

-¿Eres doctor?

-¿Importa acaso? –contestó molesto. Lena decidió no continuar. "Vale. Una ayuda es mejor que ninguna. "

La piloto asintió ligeramente e intentó ponerse de pie, pero el punzante dolor reapareció de inmediato y la obligó a detener sus movimientos. Aron no perdió más tiempo y la ayudó a reincorporarse tomándola del con fuerza. Caminando a muy duras penas, Lena pudo llegar al tercer asiento de la aeronave. El joven desplegó un compartimiento secreto del suelo y saco de su interior un enorme bolso blanco con una cruz roja en el centro.

-Abre tus piernas. –espetó, mientras abría el bolso y buscaba el kit de nanomedicina de emergencia que estaba dentro. Tracer no dudo en ponerse a la defensiva.

-¿Qué?

-Que te abras las piernas.

-Oye tengo novia, pervertido.

-¡Ábrelas, maldita estúpida! –exclamo iracundo Aron, fulminándola con la mirada. En su actitud parecía haber un deje de antipatía exagerada, como si el joven hiciese su mejor esfuerzo para que todos lo odiaran.

-Está bien, pero no tienes que ser tan imbécil. –bufó Oxton, frunciendo el ceño y abriendo sus piernas con dificultad. El joven encontró al fin el kit médico entre sus cosas y tomó unas pequeñas pinzas quirúrgicas. Luego, deslizó uno de sus dedos por su oreja y un pequeño lente transparente cubrió su ojo derecho. El visor de rayos X le permitiría encontrar el punto exacto en donde se encontraba la bala y quitarla, para luego cubrir la herida y dejarla descansar unas horas.

-Vaya, interesante… -susurró Aron, estudiando la herida a través de las nítidas imágenes que llegaban al visor. Decidió hacer caso omiso de la vista que tenia del útero de Lena, a solo unos pocos centímetros de donde se hallaba la esquirla. "Demasiados rayos X…"

-Espero que no estés mirando nada… extraño. –dijo Tracer, tapando su entrepierna con sus manos. Aron agradeció para sus adentros ese gesto. La imagen del aparato reproductor de Lena lo estaba poniendo nervioso.

-Tuviste suerte. La esquirla no quedó incrustada en el hueso. Puedo quitártela, pero te dolerá…

-Si no duele no sirve, ¿verdad? –contestó la piloto, con una mueca de desagrado dibujada en su rostro. Aron sonrió, recordando la frase que Angela Ziegler utilizaba de forma irónica cuando se encontraba con algún héroe que se había acercado demasiado a los ataques enemigos y acababa en la enfermería.

-Aguanta la respiración unos segundos.

Lena tomó un poco de aire y lo contuvo en sus pulmones mientras un concentrado Aron insertaba con cuidado la pinza en sus carnes. El dolor agudo y repentino la obligó a cerrar sus ojos con fuerza, sintiendo como la esquirla se deslizaba lentamente por su pierna hasta salir.

-Oxton, ya está.

La chica castaña abrió sus ojos y dejó escapar el aire contenido y un pequeño chillido de dolor. Aron guardó la pinza ensangrentada en un compartimiento especial dentro del botiquín y tomó un ungüento curativo, semejante al que Mercy utilizaba para sanar heridas menores. Con una delicadeza digna de la doctora suiza el joven de cabellos negruzcos cubrió la zona afectada y vendó su pierna. Para finalizar el tratamiento, Drenssen tomó una jeringa y le inyectó una capsula de nanorobots, los cuales se encargarían de regenerar el tejido dañado.

-Gracias… -susurró Lena esbozando una ligera sonrisa. El dolor se había aplacado bastante y con rapidez por la acción de los calmantes del ungüento. Aron guardó los utensilios médicos en el kit y se reincorporó, sin dirigirle la mirada ni un segundo.

-A ti. Por cubrirme allá atrás. –contestó finalmente. Tracer había sentido un mínimo de empatía en su tono de voz. Era un agradecimiento sincero.

-Aron, ¿acabaste con ella? –intervino Johnson, con un tono poco amistoso.

-Si, ¿por qué?

-Porque quiero saber qué demonios fue eso. –respondió tajante. Aron conocía muy bien ese tono, uno que obligaba a cualquiera a contar hasta sus secretos más íntimos. Era una de las "habilidades" de Warren: intimidar a los demás solo con su semblante. –Nanomateria. Quiero que me digas todo, ahora.

El suspiro que dejó escapar de su boca se oyó en toda la nave. No solo había perdido su laboratorio y a su amigo, sino a todas las muestras de ese componente misterioso, que ahora se hallaban bajo millones de toneladas de tierra y escombros.

"No todas…" se oyó repentinamente en su mente. Su mirada se dirigió casi por instinto al prototipo de rifle de asalto que Cion le había entregado a Warren para defender la Central que ahora se encontraba recostado junto a su alabarda medieval. Si quería seguir con vida, necesitaba con urgencia la ayuda del siniestro hombre de traje.

-Si voy a hablar, lo hare en un lugar seguro.

-Ah, ¿en serio?

-Ya viste el poder de la nanomateria, Johnson. Preferiría que la menor cantidad de personas posible sepan de su existencia.

-Estas hablando como yo.

-No te hagas ilusiones. –contestó Aron con seguridad. De niño su hogar fue el mismísimo cuartel general de Overwatch en Zúrich. Allí, Drenssen tuvo el honor (o la desgracia) de recibir las visitas diarias de Warren. Johnson veía en él a un futuro agente de inteligencia, un hombre que manejaría todo desde las sombras. "Algún día hablaras como yo, Aron, y cuando llegue ese día comenzaras a trabajar conmigo." le dijo una vez. En aquella época se había entusiasmado con la idea de trabajar junto al director de Contrainteligencia de la agencia. "Pero que ingenuo era… " –Te diré todo lo que quieras a cambio de mi seguridad y la de mis experimentos, además de que me digan la razón por la cual vinieron a buscarme.

-¿Quieres negociar conmigo?

-No tengo mucho con lo que negociar, pero veo que te importa.

Lena, por un momento, se sintió perdida por la extraña conversación entre ambos hombres. Era como si se quisiesen abrazar y asesinar al mismo tiempo, una especie de enemistad amistosa que Warren y Aron no ocultaban. Después de un silencio casi eterno en el que estudió sus opciones y las del científico, Johnson habló.

-Agente Oxton, venga aquí.

-Oh, ¡pero me duele!

-Si no vienes ahora te dolerá peor. –contestó, en un tono que no dejaba margen para la interpretación. La piloto gruño molesta y se levantó de su asiento, para luego caminar de regreso hasta el panel de control de la nave.

-¿Qué quieres?

-Toma el mando. Traza rumbo hacia Gibraltar. El laboratorio de Winston es el único punto seguro que se me viene a la mente.

-No creo que reaccione bien cuando te vea. Ya sabes de sus arranques de ira…

-Tranquila, el mono tiene problemas más importantes que un tipo que volvió de la muerte. –contestó irónico, dejándole la silla de piloto a la joven británica. Confundida por el plan de Warren y agradecida por que pronto vería a su novia y a su mejor amigo, Tracer posó sus manos enguantadas sobre los mandos y aceleró rápidamente en dirección a Gibraltar. El hombre de traje no desaprovechó ni un segundo y sacó su teléfono del bolsillo interior del elegante saco. Al encenderlo y conectarse por primera vez en el día, todas las notificaciones de llamadas y mensajes de sus operadores y de Ann Williams aparecieron a la vez en la pantalla. Superaban las cien. "Algo anda mal… " pensó, abriendo el primer mensaje, que incluía un informe bastante largo de sus subordinados. El encabezado, ya de por sí, era muy poco alentador.

LA DOCTORA ANGELA ZIEGLER FUE CAPTURADA.

Leyó detenidamente el contenido del informe, que incluía mapas e imágenes satelitales de la zona en la que la antigua agente de Overwatch conocida como Mercy había sido vista por última vez. "Stalingrado, fue a meter las narices en la puta mitad de la Crisis Omnica". Otro asunto que debía arreglar…

Luego de terminar de leer el extenso informe, revisó los mensajes de Ann Williams, que le advertían sobre la captura de la doctora suiza. El hombre de traje no dudó en alejarse de Aron y Tracer, marcar su número y conectarse a la línea segura. Solo tuvo que esperar dos segundos para oír su voz.

-¡Señor Johnson! ¡Pon fin contestó! –exclamó una preocupada Ann desde el otro lado de la línea.

-Agente Williams, tenemos problemas.

-Lo sé, señor. La situación de la doctora Ziegler es crítica. Debemos…

-No hablaba de eso. Te necesito en la guarida del mono lo más pronto posible.

-¿Gibraltar? No entiendo, señor.

-No hace falta. –espetó, cortando la llamada.

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El teléfono de Katrina Underwood se encendió repentinamente, reproduciendo su canción favorita de Twenty One Pilots. La joven gruño molesta, terminó de masticar su ultimo churro y contestó.

-¿Curie?

-¡Señor Johnson, que agradable sorpresa! –exclamó de forma exagerada la patinadora. Le parecía sumamente extraño que no la hubiese llamado después de entregarle el "as en la manga" al extraño sujeto de Dorado.

-¿En dónde estás?

-Camino a Quebec. Pensaba que podía tomarme unas pequeñísimas vacaciones…

-Lamento arruinar tus planes, pero el piloto acaba de cambiar tu plan de vuelo.

-Fantástico. ¿En dónde diablos me quiere, señor?

-Gibraltar.

-¡¿Gibraltar?! ¿En el peñón de Gibraltar?

Pero Johnson ya había cortado.

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Gibraltar, el peñón causante de disputas de larga data entre Gran Bretaña y España ahora era el hogar de una de las mentes más preclaras del planeta. Las cruentas batallas entre omnicos y humanos obligaron a la población local a huir de la península hace tiempo, convirtiéndola en una auténtica ciudad fantasma. A la joven de cabello en punta le traía muy buenos recuerdos aquel sitio, sobre todo sus días de entrenamiento en la base aérea de las Fuerzas Armadas Británicas. Fue allí donde descubrió su pasión, fue allí donde Overwatch la descubrió, donde empezó todo para ella…

-Estamos llegando. –dijo, rompiendo un largo y tortuoso silencio. Warren Johnson estaba en el asiento de copiloto con su teléfono en sus manos y un rostro que mezclaba preocupación y severidad, como si hubiese recibido la peor de las noticias. Aron, en cambio, estaba en el rincón más alejado de la nave, planificando las que podían ser las últimas 19 horas de su vida y la de todos los que se encuentren a cien kilómetros a la redonda de su ubicación.

-Desciende, tengo que hablar con el mono.

-¡Que es científico! –remarcó Oxton.

-¿En serio discutiremos eso?

-Para él es importante.

-Solo baja esta cosa, ¿quieres?

La joven aterrizó la nave sobre la pista principal y desplegó la compuerta de salida. Cuando Lena, Warren y Aron descendieron el frio húmedo y la espesa neblina los recibieron con los brazos abiertos. La semejanza de la antigua base militar con la Guarida de los Caídos le provocó a Oxton una oleada de escalofríos y le hizo recordar como la gigantesca bola violeta de energía acababa con el monumento. "Aquí no va a pasar nada" dijo para tranquilizarse.

-Bonito lugar para vivir. –susurró Drenssen, intentando ver más allá de la niebla. -¿Esto es seguro?

-Sí, claro. –respondió Tracer confiada, obviando la mención del ataque de un escuadrón de Talon meses atrás. El joven de cabellos negruzcos estudió por un momento su respuesta y luego, asintió.

-Al menos hay espacio para experimentar. –dijo, volviendo a la nave para recoger su equipo.

–Lena, ve al frente. –ordenó Johnson, ni bien vio desaparecer la silueta de Aron. -Quiero saber si el gorila me está esperando con una sorpresa.

"¿Una sorpresa? Para ti no… "pensó Tracer, recordando el rostro cálido de su novia. Sus labios dibujaron al instante una animada sonrisa. "…pero para mí sí."

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-Intrusos detectados.

-Otra vez no…

-¿Qué pasa ahora?

-Talon, de nuevo. –rugió el simio enfadado, entregando sus lentes a Emily. Era una señal de que dejaba su lado científico de lado para sacar a la bestia que escondía muy bien en su interior. –Athena, sabes que hacer.

-Señorita, será mejor que se ponga a resguardo. Lo que vendrá ahora será muy violento. –indicó la inteligencia artificial. Emily no tardó en correr hacia un lugar seguro, esperando que los intrusos no fuesen miembros de aquella tan temida organización terrorista. Winston sacó a lucir su verdadera naturaleza animal y escaló ágilmente las paredes hasta quedar colgado del techo, para emboscar así a sus enemigos, igual que en la anterior vez, donde le tocó enfrentarse por segunda vez al enigmático asesino de Talon de nombre clave Reaper. Pocos segundos después de que las luces se apagaran y el laboratorio quedara en penumbras, el gorila oyó el inconfundible sonido de unos pasos. Ya estaban adentro, y estaban muy cerca. Y lo avistó…

Una silueta oscura y alargada subió lentamente las escalinatas y entró en el laboratorio con absoluta tranquilidad. Su andar arrogante y confiado le hizo recordar a Winston sus años trabajando para Overwatch. Solo había visto a un hombre moverse así, pero ese hombre…

-¿Dónde estás, monito? –preguntó la silueta, con un frio acento británico. Los gruesos pelos del científico se erizaron al oírlo. "¡No puede ser él!". Ante semejante desconcierto sus enormes manos perdieron agarre y Winston cayó estrepitosamente al piso, aterrizando justo frente al extraño sujeto. Cuando levantó su vista, notó como dos ojos grises lo estudiaban de pies a cabeza. –Auch, eso tuvo que haber dolido…

-Warren… -susurró sorprendido. Mientras se reincorporaba de la caída, las luces del laboratorio se volvían a encender e iluminaban la figura del mismísimo ex director de Contrainteligencia de Overwatch, vestido con un traje ejecutivo de corte ingles. Igual que en su suicidio… diez años atrás.

-No has cambiado ni un poco, colega. –dijo, esbozando una arrogante sonrisa, disfrutando del desconcierto del científico. Al instante, Winston sintió como un cuerpo pequeño en comparación al suyo lo abrazaba cariñosamente por detrás y apoyaba su cabeza junto a la suya.

-¡Sorpresa! –exclamó Lena alegre, abrazando con más fuerza a su amigo. El gorila dejó escapar una ligera carcajada y acarició con dulzura el cabello de la joven.

-Si, Winston. –espetó Johnson, con los brazos cruzados tras su espalda. —Sorpresa, sorpresa…

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-¡¿Qué diablos pasó en Sídney?!

Aquella fue la primera pregunta que un furibundo Winston le hizo a Johnson. Ambos estaban frente a la computadora principal del laboratorio, observando el collage de imágenes que resumían el estado de desesperación de la ciudad australiana tras el incidente en la Guarida de los Caídos.

-Te extrañe mucho, colega. –contestó irónico, mientras leía para sus adentros el titular de la BBC de Londres. "Atentado terrorista en Sídney. El mundo en alerta roja.". No pudo evitar esbozar una ligera sonrisa.

-¡¿Crees que esto es gracioso?! ¡¿Crees que puedes seguir jugando con las vidas de los demás?!

-Sí, claro. No tengo ningún problema…

-¡¿Tienes alguna idea de lo que causaste en Sídney, Johnson?!

-¿Crees que fui yo el de la esfera gigante?

El simio bufó enojado y alargó su mano hacia la pantalla holográfica, donde los periodistas ya hablaban de un momento de crisis global inédito en más de treinta años, sumado a lo que parecía ser la prueba piloto de un arma de destrucción masiva. Los fantasmas de la sangrienta Primera Crisis volvían a resurgir de las sombras.

-Allí dice que fue Talon.

-¡Pero estuviste allí! ¡Lena te acompaño! –gritó con más fuerza Winston, sin inmutar ni un poco al hombre de traje. -¡¿Qué encontraste, Johnson?! ¡Dímelo!

-Esa, amigo mío, era la pregunta que estaba esperando. –contestó el hombre de traje, con una tranquilidad casi fingida. –Ahora sígueme. Quiero que conozcas a alguien.

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En la sala contigua al laboratorio, Aron Drenssen trabajaba a toda velocidad y con absoluta discreción para recuperar tanto su investigación de la nanomateria como a su amigo robótico. Y el segundo proceso era tan complicado como colocar un chip dentro de una carcasa de metal.

El joven abrió su bolso de viaje y tomó el nuevo "cuerpo" de Cion en sus manos. La carcasa era de un rojo brillante, con la letra griega Alfa dibujada en uno de sus lados. "Cion Alfa… menudo nombre te han puesto." pensó, dejando escapar una leve sonrisa. Aron solo tenía que insertar el chip, encender la batería auto recargable del núcleo de personalidad y esperar unos diez o quince minutos. El asunto que aún estaba sin resolver era el de encontrar una manera de crear un ionizador de nanomateria improvisado en menos de 16 horas, una misión casi imposible. "Pero nada es imposible, Aron. "

Drenssen sintió un extraño ruido y despegó los ojos de su trabajo por un momento. Ese milisegundo de distracción alcanzó para notar los cuatro pares de ojos que lo estaban estudiando detenidamente. Warren Johnson y Winston estaban a un metro de él, manteniendo un silencio sepulcral, mientras que las curiosas miradas y los susurros inentendibles de Lena Oxton y su novia Emily se encontraban a una distancia prudencial del joven. Dejando a un desactivado Cion sobre el escritorio, Aron se preguntó qué clase de interrogatorio iba a afrontar.

-Winston, él es Aron Drenssen, el hijo de Selina Drenssen. –lo presentó Johnson.

-No hacía falta. –dijo el gorila, dedicándole una sonrisa al joven. –Reconocí esos ojos de inmediato. Son idénticos a los de tu madre.

-Gracias… -susurró Aron sorprendido. La voz del científico, aunque grave, estaba cargada de amabilidad y cortesía.

-¿Recuerdas lo que hablamos, Drenssen? –espetó el hombre de traje, dejando de lado la calidez del simio. –Este es un lugar seguro para hablar.

-¿Hablar de qué? –preguntó confundido Winston, sabiendo que le faltaba la mayor parte del rompecabezas.

-Nanomateria. –indicó Aron con frialdad académica. –Les diré todo sobre ella, pero no va a ser mi culpa si no entienden ni la mitad de lo que digo.

-No te preocupes por eso, Drenssen. –acotó Warren con superioridad. -¿Por qué crees que te traje hasta aquí? ¿Por seguridad?

El joven cayó en la cuenta de inmediato y no pudo evitar sentirse un idiota una vez más. El hombre de traje demostró una vez más su astucia al llevarlo con una de las mentes más preclaras del mundo. ¿Quién, si no, podía entender la espectacularidad y complejidad de una invención tan reciente y poderosa como la nanomateria? Quizás solo tres personas: él, Winston y Angela Ziegler.

"¿Qué será de la vida de Mercy?" se preguntó Aron, antes de comenzar a hablar de su creación.

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Stalingrado, Rusia.

La puerta oxidada del depósito se abrió de par en par. Cuatro soldados con rifles pesados en sus manos custodiaban a otros dos más que arrastraban por el piso a una mujer. Atada de pies y manos y amordazada, la doctora Angela Ziegler no quería ni siquiera imaginar que atrocidades sufriría por parte de aquellos sujetos. A pesar de las miradas lascivas y los gestos vulgares, ninguno se había sobrepasado con ella, todavía…

-Déjenla aquí. –ordeno una voz, con un acento ruso que era difícil de esconder. Los soldados soltaron a Mercy y se retiraron rápidamente. Con sus ojos inundados de lágrimas, la mujer pudo observar a la silueta que se acercó a ella y la estudió con detenimiento, como un depredador hambriento que estaba a punto de disfrutar de la mejor de las presas. –Es toda una puta, doctora Ziegler.

El hombre comenzó a recorrer el exuberante cuerpo de la mujer con sus gruesas y arrugadas manos, conteniendo las ganas de adentrarse más en sus partes privadas. Sollozando en silencio, Angela cerró sus ojos con fuerza e intentó alejarse de su captor, sin éxito alguno. El traje de respuesta Valkyrie no disimulaba ni un poco su espectacular estado físico, y eso excitaba aún más al sujeto ruso.

-Ni se imagina las cosas que yo y mis hombres le haríamos. –susurró, apretando vulgarmente los pechos de la mujer. –Cosas que harían que cambiara su maldita elección sexual.

"Por favor… ¡que alguien me ayude!" gritó para sus adentros Ziegler, rezando por su integridad física. La operación de ayuda humanitaria que ella misma coordinó con el gobierno de Rusia se estaba convirtiendo en un auténtico infierno. En pocos días, el escuadrón de más de cincuenta soldados entusiastas que no dejaban de presentar sus respetos a la doctora por su magnífico trabajo medico terminó reduciéndose a media docena de hombres mal alimentados y desesperados. Ni siquiera su bastón caduceo y su capacidad de resucitar a los caídos alcanzó para evitar muchas de las muertes. Y ahora se encontraba sola, en medio de la gélida y devastada Stalingrado, sin ningún apoyo externo que velara por su seguridad y en manos de mercenarios despiadados y pervertidos.

-Pero… -prosiguió el hombre, alejando repentinamente de ella mientras lamentaba para sus adentros el no poder disfrutar aún más del cuerpo de la doctora. –vale mucho dinero. Demasiado, a mi parecer. Y me darán una buena tajada por mantenerla entera y vestida. Tiene suerte de que mi jefe sea tan cuidadoso con las mujeres hermosas. Yo, en cambio…

El sujeto tomó con violencia el cabello de Angela y le asestó un puñetazo en su rostro que la dejó inconsciente en el piso. Los dos guardias que cuidaban la bodega tomaron a la doctora y la arrastraron nuevamente para cargarla dentro de un camión de suministros, en el que media docena de soldados la escoltarían. El motor del vehículo se encendió con rapidez y salió de la fábrica abandonada de Industrias Volskaya, dejando atrás una enorme pila de mecas del Omnium destruidos y una fila casi interminable de cruces en las que yacían omnicos, hasta perderse en las caóticas calles de Stalingrado, la "Zona Cero" de la Segunda Crisis.