Disclaimer:Los personajes de Twilight son propiedad de Stephanie Meyer, yo solo los ocupo para jugar un poco con ellos, esperando que les guste. La historia es de Sharon Kendrick.
Capítulo 9
-Y eso es lo que hay -terminó Edward encogiéndose de hombros.
-¡Guau! -exclamó su hermana mientras le tendía el bebé dormido.
Edward arqueó las cejas mientras agarraba automáticamente al bebé.
-¿Qué es esto? -preguntó secamente-. ¿Terapia de aversión?
-¡Tonterías! Eres estupendo con tu sobrino... siempre lo has sido. Tienes un talento innato para los niños, Edward.
El bebé se agitó y suspiró y Edward lo observó. Sus facciones se relajaron.
-Pero no parece que vaya a tener mucha práctica con el mío.
-¡Edward, por el amor de Dios! ¡No seas tan derrotista!
-¡No estoy siendo derrotista, Rose! -gritó, pero el bebé protestó y Edward bajó la voz-. Sólo soy práctico. Ella vive en Inglaterra y yo en Roma... y no estamos juntos. Los hechos hablan por sí mismos.
-Entonces, ¿por qué no estáis juntos? No puedes pasarte la vida huyendo del compromiso y buscando a la mujer perfecta. Tendrás que casarte con ella. Creo que no hay ninguna razón mejor para terminar tu soltería que un bebé.
Edward acarició pensativamente el cabello de su sobrino y miró a su hermana mayor con una expresión que la sorprendió.
-Le he pedido que se case conmigo.
-¿Lo hiciste?
Edward asintió con la cabeza.
-¿Y?
-Dijo que no -hubo un momento de silencio y después, para sorpresa de Edward, su hermana empezó a reírse-. Yo no le veo la gracia -dijo fríamente. Rose se limpió los ojos.
-¿Ah, no? ¡Yo creo que es para morirse de risa! ¡Por fin una mujer ha rechazado al gran Edward Cullen! Creo que me gusta esa mujer.
-¡No tiene gracia!
-No -contestó ella despacio-. Supongo que no la tiene. Bueno, vas a tener que hacer algo, Edward. -Ya lo sé -dijo con gravedad.
La luz roja del estudio se apagó, hubo un aplauso espontáneo y Bella miró a su alrededor sonriendo al ver al productor ejecutivo entrando en el estudio, con unos papeles en la mano.
-¿Ha ido bien?
-Bella, ¡ha sido brillante! -agitó los papeles como si fueran la medalla del ganador-. Aquí tengo los índices de audiencia, y puedo decirte que hemos batido el récord.
Ella lo sabía. Había trabajado en televisión el tiempo suficiente como para reconocer el éxito. Había sido muy optimista, pero nunca se estaba seguro hasta que llegaban los índices.
-Tenemos un saco lleno de cartas y correos electrónicos, la gente no ha dejado de llamar en toda la semana.
Todo había salido a la perfección. Era tan perfecto, que a veces ella sentía ganas de pellizcarse. Ni siquiera había tenido que decirle a Clare que estaba embarazada. La editora lo había adivinado ella sola, igual que la mayoría del equipo. Abandonar el estudio regularmente por sentir náuseas la había delatado.
Los mareos no habían dado señal de desaparecer, y eso precisamente había desencadenado que Bella dejara de hacer el programa y tuviera su propio espacio al mediodía. Como alguien había dicho, no era exactamente una pérdida para el mundo de la televisión si a primeras horas de la mañana reponían una serie que habían creado veinte años antes.
Las mañanas de Bella se iba a caracterizar por la participación de la audiencia, pero iba a tener algo más. Además de las discusiones en el estudio sobre temas como «Demasiado obeso para disfrutar del sexo» o «Mi marido no sabe que soy una stripper», había un espacio especial de cinco minutos cada semana con el que los televidentes podían estar al día del embarazo de Bella. A los telespectadores les gustaba implicarse. ¿Qué mejor manera de hacer que se implicaran?
-Eso es fantástico -Bella sonrió al productor ejecutivo y se puso una mano en su abultado vientre al sentir que el bebé le daba una patadita, como si dijera «concéntrate en mí ahora». Era hora de irse a casa y disfrutar de un merecido descanso. Agarró el bolso y encendió el móvil, que comenzó a sonar inmediatamente. Número desconocido. -¿Diga?
-¿Bella?-la voz era tan fría, que a Bella le extrañó que el auricular no se congelara.
El bebé se movió de nuevo. «Es tu papá», pensó ella, y su primera sensación fue de alivio. No había sabido nada de él desde que rechazó su propuesta de matrimonio. Se había preguntado muchas veces si Edward Cullen se habría desentendido del bebé.
Pero parecía que no.
-Hola, Edward. Ehh... ahora no puedo hablar.
-¿Por qué?
-Porque estoy en el estudio y hay mucha gente. -Pues vete a algún sitio donde estés sola.
La voz de Edward tenía tal determinación, que eso fue exactamente lo que ella hizo.
-¿Cómo estás?
El ignoró la pregunta.
-Cara, es más importante saber cómo estás tú y cómo está mi bebé.
Esa expresión posesiva no la alteró, sino que sintió un orgullo maternal al ver que él reconocía a su hijo de esa manera. Suspiró. No se podía luchar contra la naturaleza.
-Estoy bien. Bueno, ahora. Me sacaron del programa matinal porque tenía muchas náuseas... y me dieron mi propio programa...
-Lo sé -interrumpió Edward fríamente.
-¿Lo sabes? Pero no emitimos en Italia.
-No estoy en Italia.
-¿Dó... dónde estás entonces? -preguntó, aunque sabía la respuesta.
-Estoy en Hamble.
-¿Qué estás haciendo ahí?
-Hablaremos de eso más tarde. Creo que deberíamos quedar para comer, ¿no crees?
No era exactamente una pregunta, y Bella sabía, que sólo había una respuesta apropiada para los dos. Para él porque lo había pedido y tenía el derecho a hacerlo, y para ella porque sentía curiosidad.
-Muy bien. ¿Dónde?
-En la Taberna del Pez a las dos menos cuarto.
-A las dos menos cuarto -repitió Bella.
El camino de vuelta se le hizo eterno. Bella miró el reloj. No había tiempo para ir a casa primero, y además, ¿para qué iba a ir a casa? No era una comida normal con un hombre normal; estaba embarazada y a punto de ver al padre reacio, no tenía ningún sentido arreglarse para él. De repente Bella sintió una punzada. Edward era un hombre extraordinario. ¿Por qué demonios estaba allí?
La Taberna del Pez era el mejor restaurante del pueblo. Estaba amueblado de manera sencilla, servía comida fresca y tenía unas vistas imponentes del puerto. La gente llegaba de todas partes para comer allí, y era imposible conseguir una mesa con tan poco tiempo, pero Edward lo había logrado.
Él ya estaba sentado cuando Bella llegó. Tenía el pelo alborotado y llevaba un suéter de cachemira de un color suave, como el de las nubes grisáceas, y el corazón le dio un vuelco cuando lo vio.
Edward se levantó. Estaba serio y ella se sintió algo inquieta. Edward la observó mientras se acercaba como si su vida dependiera de ello. Tenía un aspecto muy saludable y los ojos brillantes llenos de vida. Llevaba unos pantalones oscuros y un suéter grande y suave de color beige que ya no podía disimular su vientre abultado. Al verlo Edward sintió orgullo, dándose cuenta de que también era parte de él. Su hijo estaba en el vientre de Bella. Y, para su horror y sorpresa, sintió una oleada de deseo.
-Edward.
Habló con un tono agradable, pero como lo haría con cualquier otra persona. No la besó en las mejillas ni la llevó hasta su asiento. No la trató de ninguna manera especial, y Bella no supo muy bien por qué eso le dolió.
-Edward -contestó sin alterarse, y se sentó.
-Qué formales somos -bromeó él-. ¿Por qué hablamos como extraños, Bella? Al vernos nadie diría que hemos hecho el amor de una manera tan bella y que hemos creado un bebé que crece en tu vientre.
Bella sintió como si esa última frase se burlara de ella, mostrándole lo que podría haber sido si tuvieran una relación amorosa normal. Y al mismo tiempo le decía que lo que habían tenido había sido muy pequeño, algo sin importancia. ¿Estaba intentando herirla, vengarse de ella?
Edward estaba muy calmado, totalmente diferente del hombre que la había mirado con incredulidad cuando ella rechazó su proposición de matrimonio.
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-¡No quiero casarme contigo! -había dicho Bella-. ¡Sólo quieres usar el matrimonio para conseguirme, y para conseguir los derechos sobre el bebé! ¡Igual que harías con tus negocios!
Él no lo había negado ni confirmado. Sólo la había mirado largamente y había preguntado:
-¿Esa es tu decisión?
-Sí.
-Entonces no hay nada más que decir, ¿no?
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Y ella se había quedado preguntándose por qué no había dicho lo más sensato, algo como «Tengo que pensarlo» o «No descarto nada». Pero después se había dado cuenta de que había dicho lo correcto. No quería casarse con un hombre que no la amaba.
Con manos temblorosas, Bella desdobló su servilleta y se la puso sobre las rodillas, pensando que no podría comer nada con esos ojos verdes observándola. Pero pudo devolverle la mirada con tranquilidad.
-Ibas a decirme por qué estás aquí -dijo serenamente.
¿Acaso nada la conmovía?, se preguntó Edward furiosamente. ¿Qué estaba pensando? ¿Qué sentía? Pero ella llevaba su bebé, y aunque le hubiera gustado descargar su furia, sabía que no debía hacerlo.
-Te he visto en la televisión esta mañana -dijo de improviso.
Eso era lo último que Bella esperaba oír.
-¿Sí?
La camarera llegó con su bloc de notas, pero Edward la despidió con un gesto impaciente de la mano. Después, se inclinó hacia delante, quedándose tan cerca de Bella, que ella pudo sentir la calidez de su aliento y ver el iris verde de sus ojos.
-Como bien dicen, eres muy... telegénica, cara -dijo despacio haciendo que sonara como un insulto-. La cámara te quiere, ¿verdad, Bella? Hace que en tu cara sólo haya esos ojos cafés que son como un océano en el que un hombre podría ahogarse.
Las palabras eran pura poesía, pero las pronunció como un hombre que no quería creerlas.
-Si eso era un halago, creo que prefiero otros -dijo bruscamente. Miró a la camarera, le sonrió y, gracias a Dios, ella se acercó-. Quisiera el lenguado con patatas y guisantes. Para beber sólo agua. ¿Qué vas a comer tú, Edward?
-Tomaré lo mismo -dijo con tranquilidad, aunque por dentro echaba humo. Estaba acostumbrado a que las mujeres dejaran que eligiera por ellas.
¿Bella se estaba comportando así para demostrar superioridad? Durante un instante, se preguntó qué haría ella si se levantara y la besara. ¿Presionaría su cuerpo contra él y lo abrazaría con la pasión de la que era capaz?
-¿Edward? ¿Estás bien?
-No, Bella, no estoy bien. En realidad estoy muy enfadado, pero estoy haciendo grandes esfuerzos por controlarme.
-Lo estás haciendo muy bien -dijo Bella dulcemente.
-No lo seguiré haciendo tan bien a menos que me digas por qué estás haciendo ese nuevo programa.
-¿Las mañanas de Bella? -preguntó amablemente.
-Bella, quiero que me des una explicación.
Ella era una persona libre. Edward tenía ciertos derechos sobre el bebé, pero no sobre ella.
-Tenía demasiadas náuseas como para presentar el otro programa... Edward, ¿qué ocurre?
-¿Náuseas? ¡No me dijiste que te pasara eso!
-Por supuesto que no. Es muy normal en una embarazada.
-¿Y el bebé?
-Está bien, de verdad. He visitado a la doctora y dice que soy fuerte como un buey y que estoy muy sana -Edward se dio cuenta horrorizado de que se sentía satisfecho de que ella hubiera elegido a una doctora. Si él no podía ver su vientre desnudo, entonces tampoco quería que lo viera ningún otro hombre-. Así que crearon este nuevo programa especialmente para mí.
-¡Y así todo el país puede participar en tu embarazo! ¡Todos excepto el padre, claro!
-Es un programa regional, Edward, no nacional.
-Te estás olvidando de lo más importante -dijo él con furia.
En ese momento les sirvieron la comida.
-¿El qué?
Edward suspiró. Prefería no tenía que admitir sus sentimientos, y menos aún ante una mujer fuerte, orgullosa e independiente como Bella.
-¿Quién sabe que yo soy el padre? -preguntó repentinamente. Bella se quedó callada unos instantes-. ¿Bella?
-Sólo se lo he dicho a Alice. Ni siquiera lo sabe Jasper, aunque supongo que a estas alturas ella se lo habrá dicho.
Recordó la reacción de su amiga, que no se había sorprendido.
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-No puedo decir que te culpe -había murmurado-. ¿Y ahora?
-Se acabó.
Alice no había podido ocultar su desilusión.
-¿Y te sientes feliz?
-Muy feliz.
-Ah, bueno, entonces está bien. ¡Muy moderno! Probablemente sea lo mejor, ¿no?
-Jasper dice que es muy conocido en los medios de comunicación italianos, toda una personalidad. No me sorprende. No es el mejor hombre del que enamorarse, Bella.
-No, no lo es.
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Edward la estaba observando. ¡No había dicho quién era el padre!
-¿Te avergüenzas del padre del niño? -gruñó.
-¡No seas ridículo!
-¿Entonces?
-No estaba segura de sí ibas a participar o no en la educación del niño, y pensé que si no lo hacías sería mejor que nadie lo supiera. No quiero que nadie me apunte con el dedo y que me juzgue.
Edward pensó que el matrimonio habría solucionado todos esos problemas, pero ella lo había rechazado.
-Deberías hablar de ello. El bebé lo sabrá, así que será mejor que los demás también lo sepan.
-No es tan fácil. Debido a mi trabajo, mi vida personal se considera importante. Por eso he respondido «sin comentarios» cuando me han preguntado quién es el padre.
-¿Y te sientes feliz así?
Bella se encogió de hombros.
-Así son las cosas.
Pero seguramente él podría cambiarlas, pensó Edward.
-¡Come! -dijo, y después frunció el ceño-. ¿Estás comiendo bien, Bella? ¿Comes adecuadamente?
-¿Por qué?
-No pareces muy... embarazada.
-No, algunas mujeres no lo parecen -pensó en lo reconfortante que era hablar de esas cosas con alguien a quien le importaba. Y si ella no le importaba a Edward, parecía que sí se preocupaba por el bebé.
-Bueno, pero ¿comes bien? -insistió.
Pinchó con el tenedor algo de pescado y unos guisantes y empezó a masticar como una niña obediente.
-Como muy bien. Pescado, fruta, verduras, arroz integral... y un poco de helado de cereza. ¿Estás contento?
¿Contento? No recordaba haber estado más descontento en su vida, tanto física como emocionalmente. La miró y Bella pudo ver que en sus ojos se reflejaba el respeto, aunque sus labios se curvaban en una sonrisa irónica. Edward estaba irresistible y Bella sintió ganas de decirle que todo iba a salir bien.
Pero ni lo sabía ni podía decírselo. Tuvo que luchar contra el impulso de pedirle que olvidaran el pasado y que comenzaran de nuevo. Sin embargo, tampoco podía hacer eso. Habían pasado muchas cosas y había un bebé en camino. Tenía que protegerse contra el dolor, tanto por ella como por el bebé. Una madre con el corazón destrozado no podría hacer bien las cosas y, ante todo, ella quería enseñarle a su hijo las cosas más importantes, especialmente la sinceridad.
-No me has dicho cómo te sientes con esto del embarazo -dijo ella-. Aparte del enfado, claro.
-Ya no estoy enfadado. No debería haber reaccionado así.
-Supongo que fue una reacción normal. ¿Qué sientes ahora?
Edward no estaba acostumbrado a transformar los sentimientos en palabras, era muy difícil para él. Pero esto era muy importante, y además se lo debía a Bella.
-Orgullo -dijo sencillamente-. Y emoción -Bella lo miró-. Pareces sorprendida.
-Es que lo estoy.
Sintió una oleada de calor al darse cuenta de que valoraba el orgullo y la emoción de Edward. Por el bien del bebé.
-¿Y tú, Bella? ¿Qué sientes? -se sintió como si estuviera en terreno desconocido al hacer una pregunta como esa a una mujer. Además le importaba cuál sería la respuesta.
-Yo también estoy emocionada. Mucho -y también estaba asustada, pero eso no se lo iba a decir. Era una mujer adulta que se hacía cargo de sus responsabilidades.
El asintió con la cabeza, pero necesitaba saber algo más.
-¿No estás enfadada?
Bella sacudió la cabeza.
-No, nunca he estado enfadada. Creo que en las mujeres es diferente. Me sentí estúpida. Atrapada.
-No quiero que te sientas atrapada.
-Entonces, ¿qué es lo que quieres, Edward?
La primera vez que Bella le hizo esa pregunta no había sabido qué contestar, pero en ese momento sí lo sabía.
-Quiero formar parte de tu embarazo. Quiero estar contigo cuando vayas al médico. Quiero ver cómo late el corazoncito de mi bebé cuando te hagan una ecografía.
Emocionada, Bella dejó el tenedor en la mesa y miró fijamente su plato. Se sentía conmovida y necesitó un minuto para serenarse. Cuando levantó de nuevo la mirada, deseó que Edward no se diera cuenta de que tenía los ojos brillantes.
-¿Pero cómo vas a hacer eso? Vivimos muy lejos el uno del otro. Puedo enviarte las ecografías, escribirte por correo electrónico... ese tipo de cosas.
Edward negó con la cabeza.
-No quiero nada de segunda mano -dijo con firmeza.
-¿Cómo?
-Si me das algo de tiempo, puedo tomar un avión y estar aquí para tus citas médicas.
-¿Y tu trabajo?
La miró y se dio cuenta de que Bella no tenía ni idea de la naturaleza de su trabajo. Sabía que poseía un banco, pero no sabía hasta dónde llegaban su poder e influencia. Y ya que no parecía que le fuera a pedir nada, no había ninguna razón para no decírselo.
-Soy lo suficientemente rico como para no tener que trabajar nunca más, Bella. Puedo ir y venir siempre que quiera. Puedo estar ahí. Por el bebé.
Bella no estaba segura de lo que sintió al oír esas palabras.
Hola yo de nuevo robandoles un poquitin de su valioso tiempo, espero que les haya gustado el cap y esto cada vez se pone mejor.
Saben que espero con ansias sus rr y agradezco sus favoritos y alertas ya saben que me hacen el dia.
Mil gracias y hasta el proximo viernes.
Besos Ana Lau
