Umh... siete meses sin actualizar esto yo creo que sí, que me merezco una paliza. =_=

Hola, siento haberlos hecho esperar tanto, pero la falta de inspiración, la escuela -que gracias a dios a terminado por este año-, la falta de optimismo de mi parte hacia esta historia y sus lectores, más el resto de los fics por actualizar han hecho que tarde demasiado. Y realmente me ha costado actualizar, la falta de costumbre en escribir en este fic, o sólo de escribir, que lo he estado dejando de lado todo el año, esto ha hecho que me fuera muy difícil retomar, aunque lo he logrado y me han dado ganas de escribir, así que estoy contenta.

RESPONDERÉ LOS REVIEWS (.w.):

Karu-suna: ¡Senpai!, siento abandonar este fic por tanto tiempo, ¡pero he vuelto! He intentaré seguir por estos rumbos :3 Espero que estés bien, ya nunca hablamos =n=U Ah, bueno, si tenías ganas de SasoDei... kukuku, he puesto, incluso creo que me he excedido y dejado las demás parejas de lado jajajaj gomen por eso xDDU Bueno~ espero te guste nwn Gracias por siempre pasarte a leer y comentar, me haces muy feliz :3

Kiiro-Dess: ¡Nya! Pequeña lectora :3 Muchas gracias por pasarte a comentar y me alegro de lo que cuentas, que te gusta este fic :3 Me haces feliz, aún más pensando que con esto estoy alegrando tu vida o3o Yo creo que con este fic comencé a amar también más el KakuHida, tienen algo, algo que nunca había encontrado en otra pareja, son tan enigmáticos, complicados, daghdajsda, no puedo dejar de usarlos =w= Pero bueno, de todas formas el SasoDei es la Ley, Dei-chan es la ley x3 Gracias por todo, y espero que te guste~

¡MUCHAS GRACIAS POR MOLESTARSE EN COMENTAR! Mi amarlas .3.

xDDU Ne, ne, realmente espero que les guste lo que he hecho de este cap, la verdad, me sorprende como llegué a amar este fic :3

Nos leemos abajo~


Bajo el mismo escenario

Invierno –Sexta entrada

~He escuchado decir que hay gente que no tiene un hogar para refugiarse del doloroso frío invernal, y lo creo, después de todo, yo no lo tenía hasta conocerlo a él.~

Al subir a su habitación no había podido saber en qué pensar, su padre se había convertido en una persona completamente desconocida para él, y no estaba seguro si le agradaba más esa nueva personalidad que, creía, era la real, ¿cómo podía explicarlo?, era demasiado… ¿irónico? Desde pequeño podía recordar a su padre como una persona cariñosa y buena en un principio, amable incluso, pero al irse su madre se había convertido en un hombre serio y de negocios que nunca le daría ni un poco de su atención, los típicos padres trabajadores, aunque también había logrado sentir que le guardaba rencor, cada vez que lo veía era como si le recordara a algo desagradable y claramente ese "algo" era su madre. Ahora se encontraba increíblemente desconcertado, ayer había sido primero cariñoso con él, aunque insolente también, luego se había vuelto una basura en la cena y por ultimo hoy le había pedido disculpas y hecho un puchero para que viajara con él, definitivamente no podía saber cuántas personalidades podía ocultar aquel hombre y mientras más lo pensaba más le molestaba, quería aceptarlo, quererlo, pero no era un niño tan idiota como para no darse cuenta de lo que estaba sucediendo, parecía que sólo quisiera que se pusiera de su lado; lo que aún no sabía era su propósito, ¿de qué le serviría a él?

La puerta de su habitación sonó y casi de forma automática se sentó con las piernas cruzadas en la cama.

—¿Quién es, h'm?

Nadie respondió, pero de todas formas la puerta se abrió dejándolo ver un rostro más que conocido.

—Hi… ¡Hidan, h'm! —Exclamó en un salto de emoción el menor.

—Ey, rubia, ¿qué onda? —Le sonrío el albino.

No pasaron más de tres segundos hasta que Hidan cayó con el rubio encima de él a la alfombra.

—¡Estás vivo, h'm! —Exclamó refregándose contra el otro el que tenía unos zafiros por ojos.

—¡Por supuesto que estoy vivo, qué te crees que soy! —Se desquició el abrazado mientras intentaba despegarse del menor.

—Es que… pensé que… —Los murmullos fueron detenidos cuando Hidan lo abrazó nuevamente al ver las lágrimas que comenzaban a acumulársele en los rabillos de sus ojos.

—No pienso pedir disculpas por esto —informó con el ceño levemente fruncido el albino, no podía creer que se hubiera preocupado tanto por él.

El rubio sólo asintió sobre su hombro.

—No esperaba que lo hicieras —masculló el otro que mantenía su rostro escondido en la ropa del mayor.

—¡Ah, espera! —Lo separó el albino casi al instante para mirarlo a los ojos, y el menor sólo comenzó a limpiarse las lágrimas, aunque hubiera sabido que estaba bien desde ayer, aún parecía como si fuera una especie de milagro —. Ese auto que está afuera no es de quien yo creo que es, ¿verdad? —Lo sostenía de los hombros, mirándolo directamente a los ojos para que no tuviera oportunidad de mentirle, pero cuando Deidara desvió la mirada supo que no podía negar lo que él creía —. ¡Ese hijo de puta!, ¿qué mierda hace aquí? —Reclamó enfurecido mirando a la puerta detrás suyo instintivamente—. No te ha hecho nada, ¿verdad? —Preguntó volteándose de pronto nuevamente al rubio.

Él simplemente negó con su cabeza, haciendo que sus cabellos bailaran, hasta ahora se daba cuenta de que había tenido el pelo desatado todo el tiempo.

Hidan lo miró preocupado, esa reacción no era exactamente la que hubiera esperado, Deidara, conociéndolo, estaría a punto de estallar en furia después de tanto tiempo que no veía a aquel hombre, después de tanto tiempo que lo había abandonado.

—¿Cuándo llegó? —preguntó acomodándose contra la cama a un lado del rubio.

—¿Ah? Fue ayer, h'm.

Deidara simplemente estaba recorriendo las arrugas de su jean con su dedo índice de la mano derecha, con la otra se abrazaba a sí mismo. Hidan no pudo evitar apretar sus puños con impotencia por unos segundos.

—Siento no haber estado aquí —le dijo mirando un anillo que tenía puesto en el dedo mayor de la misma mano con la cual jugaba el rubio.

El de ojos azulados no pudo evitar sonreír en forma costosa.

—No tienes que disculparte por eso, no es como si fuera tu deber, h'm.

—¡Claro que lo es! —Exclamó el otro cerrando la mano, que había extendido para mirar su anillo, de forma brusca.

Deidara se sobresaltó al momento de escuchar la exclamación del mayor, pero luego sonrío.

—Gracias —susurró dejando de jugar con sus jeans y abrazando sus piernas para poner su mentón sobre estas.

Hubo unos largos segundos en los que se instaló el silencio. La tranquilidad que parecía rodear a Deidara le ponía los nervios de punta, estaba seguro que no se encontraba de la forma en la que se estaba mostrando, aunque también parecía algo triste, no podía descifrarlo bien.

—¿A qué vino?

Pudo ver como aquel rubio apretó sus labios antes de responderle.

—Esa… —Lo miró y el albino se sobresaltó, después de todo, lo había estado observando todo ese tiempo—, es una buena pregunta.

Deidara le sonrío, podía ver las lágrimas acumuladas en sus ojos y adivinó rápidamente que esas no eran por él, sin embargo, esas lágrimas nunca cayeron al vacío, se mantuvieron cristalizando esas esferas celestinas hasta que finalmente el mismo viento del invierno las secó.

Le dolía el pecho.

Al llegar a casa no había encontrado mucho para hacer y, claramente, comenzaba a creer que había sido una mala idea no aceptar la oferta de Kisame y quedarse a cenar, pero también tenía demasiadas cosas que le habían impedido permanecer con él, una de ellas era la culpa, otra la incomodidad, el mal humor y, por último, el increíblemente aplastante deseo de estar solo tirado en su cama, justo como ahora, sin hacer absolutamente nada. Aunque por otro lado, comenzaba a quejarse de que no tenía nada que hacer, sí, era tonto, pero estaba claro que no era de la clase de personas que perdían el tiempo de esa manera. Efectivamente, como lo había advertido el de cabellos azulados, algo le estaba sucediendo, estaba desanimado y enojado consigo mismo, aunque ahora, por sobre todas las cosas, se sentía culpable y avergonzado.

"Si quieres puedes venir conmigo, a mis padres les encantaría."

Las palabras hicieron eco en su mente y volvió a recordar la sonrisa del mayor cuando le preguntó si le había dicho a sus padres lo de su relación.

"Les dije que estaba enamorado de ti hace un par de años ya."

Se sentía increíblemente estúpido e inútil al darse cuenta que él no planeaba decírselo a su padre en toda una vida, bueno, supongamos que a su madre tampoco, ella se enteró por un descuido, un descuido en todos estos años de estar haciendo cosas peores que hablar con su hermanito sobre amor. Todavía no podía imaginarse haciéndolo, mirando a su padre a los ojos —que de por sí ya le costaba sin tener que decir algo importante—, y separando sus labios para pronunciar cualquier cosa que pudiera dar a entender que es homosexual, o peor aún, que ha sido una especie de playboy todos estos años a sus espaldas, o incluso algo más abominable, que estaba saliendo frente a sus narices con su mejor amigo de la infancia, y que lo había hecho igual en su infancia.

Y, después de todo, tal vez sería bueno que Kisame fuera de viaje, entonces, quizá podría aclarar esos pensamientos que lo torturaban cada vez que lo miraba, que hacían que sintiera que tenía kilos sobre los hombros. Pero tampoco quería separarse de él, había algo en su interior que no quería verlo subir a un avión, y comenzó a creer que podía ser miedo a que aquél nunca volviera, a que lo dejara otra vez. Pero, ¿quién era él para impedir algo así? Un estúpido niño que no puede aceptar lo que es, ¿alguien así cómo podía pedirle a cualquiera que permaneciera a su lado? No tenía derecho alguno sobre Kisame y eso empezaba a doler.

Poco a poco fue encogiéndose de costado sobre sus sabanas, sabía que algo como eso no iba a pasar, que lo abandonara. Pero ese dolor en su pecho se expandía, igual que el dolor de cabeza provocado por estar dándole demasiadas vueltas a ambos temas.

Hacía frío, pero no quería prender la calefacción de su habitación, tampoco quería terminar de vestirse y mucho menos taparse con las cobijas, suspiró mientras se dedicaba a convertirse en un pequeño ovillo, algo no muy digno de él.

¿Es que no podía aceptar lo que era?

—No es como si no pudiera —le replicó casi al instante a su mente—…, es sólo que sé que él sí no puede hacerlo —murmuró estirando sus brazos en la almohada, abrazándola.

Cualquiera podía decirle que él no sabía lo que su padre pensaba, pero era algo obvio, el hecho de que su padre lo repudiaría por el resto de sus días si se enteraba del "pequeño" secreto. Aunque también le sorprendía que no se hubiera enterado en todos esos años, después de todo, no era alguien demasiado discreto, aunque eso también hacía que se deprimiera un poco, digo, el hecho de que su padre no le prestara mucha atención, o más vale decir, prácticamente nada.

Escuchó la puerta principal cerrarse advirtiendo que alguien había llegado y debatió en su mente si fingir que estaba dormido o que hacía la tarea de verano, optó por hacerse el dormido y, como se imaginó, llamaron a su puerta. Él no contestó.

—¿Itachi? —Sonó una voz preocupada del otro lado de la madera, el aludido se quedó helado—, estás ahí, ¿verdad?

Ni su mente ni su cuerpo le respondían, y se alteró al escuchar que intentaban abrir la puerta que, como siempre, se encontraba con llave.

—Dejaste la puerta que da a la calle abierta, ¿puedes abrirme? —Preguntó, ahora de forma angustiada.

Y finalmente Itachi logró levantarse de la cama, aunque su cuerpo estuviera temblando.

Cuando creyó que estaba a punto de morir debido a un ataque nervioso, cuando creyó que había perdido, cuando creyó que era demasiado tarde para buscarlo, él apareció a su frente, como el ángel que era, simplemente apareció.

—Buen día, h'm —le dijo con una sonrisa de oreja a oreja, sus mejillas y nariz tenían un leve tono rojizo, y aquellos ojos celestes, esos enormes zafiros, volvían a devolverle el brillo cuando le miraba. Entonces no supo que decir e inquietud apareció en su pecho, porque quería abrazarlo y besarlo, obligarlo a que permaneciera a su lado, quería protegerlo, aunque sus actitudes egoístas fueran más fuertes, aunque él no quisiera que lo odiara por ayudar a que vuelvan a romper su corazón, porque si no estaba equivocado lo había hecho, aunque no intencionalmente.

Lo miró.

—Te he estado llamando toda la mañana —le reprochó intentando obligarse a pensar en otra cosa que no fuera el padre del menor, pero aquello sólo le recordó a la desesperación por la que había estado pasando hasta hace sólo unos segundos y le costó fruncirle el ceño, como si no fuera culpa de aquel chico, como cuando ni tú mismo quieres admitir que uno de tus amigos ha hecho trampa, porque no puedes separar tu afecto para juzgarlo.

—Ah, sí, creo que me lo dejé en el otro pantalón, me di cuenta mientras caminaba para acá, h'm —el rubio puso una mueca inocente y él no podía no aceptarla. —¿No quieres ir a almorzar? ¡Tengo mucha hambre, h'm!

El pelirrojo se quedó inmóvil unos segundos, sintiendo que algo no iba bien, pero la falta de pistas lo venció y simplemente aceptó cerrando la puerta por detrás de él, de pronto la idea de preguntar por la nota del rubio desapareció y caminaron por las veredas, blancas, rellenas de nieve que no parecía querer deshacerse, la gente afuera no era mucha, pero tampoco poca y no se sintió como la única persona en el mundo una vez más, después de todo, había tomado prestado el calor de la mano del rubio y parecía que así sí podían verlo, o quizá era al revés, así él podía ver a los demás, no tan distintos a sí mismo.

La extraña costumbre del rubio por dirigirse al centro comercial antes de siquiera notarlo y la falta de atención que él estaba prestando al camino los dejó ahí, daban vueltas por las tiendas que parecían no querer descansar en el día festivo y hablaban de cosas banales, parecía que ambos estaban intentando ignorar el serio problema que era el padre de Deidara, tenían aquella vacía conversación que siguió su rumbo hasta convertirse en algo real.

Estaban dentro de una tienda de recuerdos, ninguno de los dos parecía muy consciente de que fuera navidad, pues a decir verdad no les importaba, ni parecía agradarles demasiado esa realidad.

—Hace tiempo que tengo ganas de cambiar el aro de mi oreja y este me gusta…, pero los venden en pares, sería una molestia tener dos iguales, h'm —repasó el rubio en voz alta. El mayor miraba el objeto al cual iban dirigidos esos pensamientos.

Deidara, en su oreja derecha, siempre había tenido un extraño arete que era como una ala de oro, parecía de algún pájaro majestuoso que él nunca podría obtener; de aquella ala, dibujada con detalle, dejando agujeros donde no había contorno de más plumas para ver la tersa piel del menor, salía una línea que contorneaba toda su oreja hasta llegar a la parte superior. Le parecía una obra de arte, pero de pronto el menor se la quitó para mirarla, justo frente a sus ojos, y le pareció simplemente un trozo de oro, sin nada especial, aquel sólo podía lucirse en el rubio. Entonces, observó lo que aquellos zafiros deseaban; era completamente distinto, plateado, pero no de plata, una pequeña cadeneta que al final tenía una pluma blanca, se preguntó si él menor tendría algún interés por las aves y esas cosas, pero se decidió a pensar que era una simple coincidencia.

—Pruébatelo —le alentó mirando sobre el hombro del menor que se estremeció al tenerlo demasiado cerca. No pudo evitar sonreír cuando vio como aquellos ojos se fijaban en él una vez más.

El rubio ahora observó a su frente en forma de súplica y la vendedora, pareciendo embelesada por la mirada de aquellos dos ahora sobre sí, olvidó completamente la regla de salubridad que prohibía que se probaran los aretes y asintió.

Como el pelirrojo lo había imaginado, era completamente distinto a mirarlo en aquel empaque a un lado de uno igual pero con la pluma color negro; en el rubio, aquellas cadenas parecían envolver el alma de éste y la pluma representaba la libertad deseada haciendo de aquel estúpido adorno un sentimiento profundo que encajaba por completo con el menor.

Bajo la mirada inquisitiva de Sasori, Deidara no estaba seguro de cómo reaccionar y el sonrojo en sus mejillas comenzaba a crecer sin siquiera poder pensar en mirarse al espejo a un costado de él. Finalmente el pelirrojo se volteó a la mesa donde se encontraba el empaque junto con el arete par y lo tomó.

—Los llevo —declaró escurriendo su mano al bolsillo trasero de sus jeans y sacando la billetera.

Deidara no logró comprender hasta que vio que los billetes eran entregados a la mujer del otro lado del mostrador.

—Espera, ¿por qué?, yo lo pagaré, h'm —desesperó el menor esperando que el pelirrojo siquiera volteara a verlo, pero éste sólo lo hizo cuando finalizó la compra para entregarle en una pequeña caja de regalo el resto de su obsequio.

—¿"Por qué"? Simplemente quería comprártelo, además, no es como si fuera la gran cosa —expresó el pelirrojo mientras dejaba caer la pequeña cajita en las manos del otro.

—Entonces… —El de orbes zafiro volteó hacía otra mesa y tomo una cadena igual de plata que la pequeña cadeneta del aro y le indicó a la cajera que la llevaría, Sasori sólo lo seguía con la mirada.

Cuando el rubio terminó de pagar sacó de la cajita de regalo la cadena y también sacó el arete sobrante y utilizó la punta que se enganchaba en la parte superior de la oreja del arete para unir ambas partes de la cadena y que la pluma quedara colgando desde la cadena más fina como una especie de dije, incluso la empleada se sorprendió por la creatividad y rapidez del menor, entonces aquél se volteó al pelirrojo que lo había estado observando todo ese tiempo y pasó aquella cadena por sobre su cabeza para dejar el collar alrededor del pálido cuello.

Los ojos ceniza miraron al rubio y aquél simplemente le sonrió.

—Tonto, si querías que yo llevara el otro podrías habérmelo dicho, no tenías que comprar la cadena para hacer esto —le hizo ver el mayor mientras sonreía, sosteniendo la pluma negra en su mano derecha, le gustaba la idea que el rubio había tenido para unirlos a través de aquel objeto.

Los hilos dorados volaron haciéndole ver como el menor se negaba a su anterior idea.

—Nunca haría que hicieras dolorosos agujeros en tu cuerpo por mí, y menos teniendo un motivo tan egoísta como el querer atarte a través de un simple objeto, h'm.

"Un motivo egoísta", pensó al ver la sonrisa del menor y se quedó atontado unos segundos simplemente observándolo con ternura.

—Ah, espera, ¿puede ser que no te guste, h'm? —Se preocupó el rubio al ver que el otro no le devolvía palabras y su mueca se volvió una con mescla de angustia y nervios—, ahora que lo pienso nunca te vi usar algo así, posiblemente te desagrade, no tienes porque usarlo si no quieres —se apresuró a decir moviendo sus manos para restarle importancia.

Entonces el pelirrojo no pudo evitar reírse de él y el tiempo pareció congelarse mientras lo hacía, no tuvo fuerzas para reclamarle su risa y mientras apaciguaba a aquella el mayor comenzó a negar con su cabeza. Finalmente Sasori, calmado, lo miró, sonriendo suavemente.

Te amo, quiso decirle, pero tuvo miedo a que el menor no lo creyera y cambió sus palabras:

—Me encanta.

Al volver a aquella casa una vez más, instintivamente, miró el reloj en la pared del recibidor, era la hora del almuerzo, pero el estomago se le había cerrado en cuanto había visto el rostro del rubio angustiado e, igual así, había comido frituras con aquél a la fuerza, para intentar formar un ambiente familiar, después de todo, sería raro que él no estuviera comiendo alguna porquería.

Deidara había sido lo único real que había tenido en su vida por mucho tiempo, o quizá lo único bueno y real al mismo tiempo, después de todo, era una realidad que toda su familia había sido masacrada, lo sabía, era una realidad que la gente le tenía lástima, era una realidad que había quienes lo querían muerto y era una realidad que él había sido un juguete de Kakuzu por mucho tiempo, bueno, aún dudaba un poco que eso último hubiera dejado de ser así.

Entonces miró el número escrito en un papel al lado del teléfono, esperando ser marcado, siempre había sabido que no era alguien que lo quisiera, en el que pudiera confiar o que se preocupara por él, aquel hombre siempre sería lo que había sido en el pasado, y claro que lo odiaba por eso, le repugnaba que hubiera podido matar a toda aquella gente, o que, simplemente, fuera él el que lo había dejado sin nada, pero en algún momento había comenzado a desear a alguien, una persona que se molestara por él, que todos los años le diera regalos, que le escribiera cartas, lo que sea. Entonces aquél hombre tomo ese lugar poco a poco, porque no le importaba que fuera falso, simplemente lo había querido, sí, lo había querido, pero no ahora, ahora, él tenía alguien a quién dejarle aquello, Deidara se había vuelto una persona muy atenta a él, pero también parecía tener sus cosas, no era alguien que sólo estaría para él, y acá aparece el azabache de ojos de esmeraldas, él había dejado todo y lo reemplazaría todo, él era quien "se haría cargo" de ahora en más. Porque había dicho que lo amaba, porque quería creer que esa era su nueva realidad.

Al levantar el tubo del teléfono no sintió ninguna clase de pesadez, ni temor, apretó los botones como si fuera algo banal y espero en silencio, sin mover un solo musculo, simplemente escuchando el tono, habría sonado unas seis veces antes de que lo atendieran, antes de que se enterara.

—Hola, ¿se encuentra el Sr. Bauer? —Preguntó al escuchar el saludo de la otra línea.

—Oh, ¿es usted el joven Hidan?

—Eh.., sí —respondió repasando las palabras del señor, "joven Hidan".

—Ah, lo siento mucho, pero hoy, ha ocurrido algo terrible, el Señor ha tenido un accidente, ha fallecido.

Cuando vio aquel rostro en frente de sí deseó desaparecer al instante, aquellos ojos negros preocupados, la falta de la sonrisa, el sudor en la frente, las cejas, todo lo había provocado él, lo sabía y odiaba tener que hacerse cargo de ello, después de todo, siempre había cometido incontables errores a lo largo de su camino, pedir perdón, aceptar equívocos, asumir la culpa, era algo que iba bien con él, quizá incluso era lo que hacía que muchos pensaran que él era alguien perfecto. Las cosas estaban hechas y no había nada que pudiera hacer más que aceptarlas, y entonces, si él tenía esto planteado en su mente, por qué sería que nunca podría aceptar el error que le significaba amar a Kisame, desear ese cuerpo y velar por sus ojos.

Kisame apretó sus labios al ver que el moreno lo miraba sin decir absolutamente nada, y es que en realidad no parecía estar viéndolo.

—¿Seguro que estás bien? —Preguntó aquél, con esa voz que parecía la de un padre, uno de esos de verdad.

Y de pronto su cuerpo se inundó de un incontenible miedo y volvió a temblar como la había hecho hacía unos instantes, sus labios no quisieron pronunciar palabra y sus ojos simplemente quisieron estallar. Entonces dejó caer su frente sobre aquel imponente pecho que se extendía a su frente.

—No puedo —sollozó sin lágrimas en sus ojos, todas en su garganta.

Cuando sintió esas manos en su espalda, entonces sintió dar un salto, como si se tratara del hipo que le había provocado atragantarse con dolor, los ojos se cristalizaron y no supo qué hacer para evitarlo.

—No puedo aceptar que haberme enamorado de ti sea un error.

Pudo percibir aquello dedos enredándose con las largas hebras negras que hacían a su cabello, le había sacado la coleta, Kisame lo separó de él y entonces sus miradas chocaron, apenándose por culpa de una lágrima que se había escapado de uno de sus ojos para que pudiera verla el mayor, casi gritándole que lo ayudara a deshacerse de todo aquel dolor. Los dedos llegaron a sus mejillas proporcionándole una caricia, la sonrisa que le dirigía Kisame le transmitía ternura y cariño, el amor por aquel chico creció en su interior y quiso besarlo, pero cuando llegó a creer que el mayor lo haría aquel apoyó su sien sobre su cabeza, pudo sentir como su sonrisa se ensanchaba.

—Eso es porque no lo es, Itachi... Un error sería incapaz de hacerme tan feliz.

Permaneció incrédulo unos momentos y entonces sintió que el otro le besaba la frente con nada más que amor.

Esos orbes negros, que parecían siempre haber estado encima de él, ahí seguían, destinados a chocar con sus rubíes desde la creación de los mismos, destinados al amor. Sus labios se unieron como lo hicieron incontables veces y el dolor desapareció poco a poco reapareciendo algo que también era usual sentir, la pasión.

Comenzaron a caminar hacia atrás sin siquiera separarse, al chocar con la cama se lanzaron sobre ella e Itachi pensó que se habían separado para respirar, pero el mayor le arrancó su camiseta.

—Te amo —soltó al comenzar a besarlo de nuevo.

Los besos comenzaron a correr por el cuello del moreno y aquel no se resistió mientras repetía aquella frase en su mente. Sintió como aquel rostro volvía sobre él para seguir robándole besos y lo miró profundamente a los ojos.

—También te amo.

Allí fue su último aliento.

Volvieron a ir a aquel restaurant familiar al cual habían concurrido la primera vez que habían salido, se sentaron en la misma mesa inconscientemente, atraídos nuevamente por aquel cuadro del ave enjaulada. El pelirrojo miraba directamente al menor mientras este husmeaba en la carta del local qué pediría; no estaba seguro de querer decirle que había visto a aquel hombre que se hacía llamar su padre la noche pasada, no quería decirle que aquel hombre no le guardaba afecto, no quería decirle que era una basura, no quería deshacer la ilusión que había creado en él sin darse cuenta.

El rubio levanto la vista algo intimidado por la mirada del otro, la había sentido todo el tiempo.

—¿Pasa algo, h'm? —Preguntó aún escondiendo algo de su rostro tras el pequeño libreto.

—¿Ah? —Ahora el pelirrojo levanto su mentón de su mano y se sentó derecho, no estaba seguro de poder hacerlo, sacar el brillo de esos ojos, entonces recordó una pregunta que había querido hacer antes, pero cuando se decidió a hacerla la mesera apareció frente a ellos, o más bien a su lado.

—¿Ya decidieron? —Preguntó amablemente la mujer mientras preparaba una pequeña libreta en sus manos junto con una pluma.

El menor la miró y asintió volviéndose al menú una última vez.

—Quiero el plato la casa y agua mineral, por favor.

La mesera sonrío y ahora miró al pelirrojo.

—Lo mismo —dijo restándole importancia a la presencia de aquella chica que rápidamente desapareció.

El rubio ahora se volteó al mayor que aún seguía con las dudas en su mente.

—Deidara, ¿cómo te fue cuando volviste a casa?

El de ojos color cielo suspiró casi de forma automática al escuchar aquella pregunta y se volvió a sus manos que hacían que sus dedos se pelearan entre ellos debido al nerviosismo.

—Bien…, mi padre me… me pidió disculpas por lo de ayer —comentó no tan seguro de lo que decía—, creo que ha entendido que nuestra relación no mejorará si me lleva a Estados Unidos a vivir con él.

Sasori ahora se quedó estático, entonces no había sido sólo para asustarlo, realmente quería llevar al rubio a Estados Unidos.

—Podrías haberme contado antes lo de Estados Unidos, pensé que él vendría a vivir aquí —soltó el pelirrojo con algo de molestia—. Es diferente si es así, dado a que él quiere arrastrarte y no permanecer a tu lado.

—Lo siento, no sé porque no lo mencioné así desde un principio, h'm.

Entre esto la chica volvió a acercarse para dejar las dos botellas de agua.

—De todas formas —comenzó a decir el pelirrojo restándole importancia a lo anterior—, dices que él desistió de llevarte, ¿verdad?

El menor torció la boca.

—No sé si se podría decir que desistió… —Murmuró recordando lo que habían acordado con su padre. — El me pidió que lo acompañe a Estados Unidos como en un viaje familiar, con mis primos también, h'm.

—¿Un viaje familiar? —Repitió el mayor, le sonaba mal.

—Sí, no sé porque se le ha dado por eso ahora, tengo entendido que nos iremos mañana, h'm.

Hubo unos minutos de silencio en los que el pelirrojo meditó lo que estaba a punto de decir.

—Estuve con tu padre ayer a la noche, cuando llamé a tu casa para avisar que estabas en la mía me pidió hablar cara a cara —confesó repentinamente aquél.

—¿Lo conociste, h'm? —Se sorprendió el menor—. ¿Hizo algo extraño?

—No es alguien que me agrade, después de todo, no podía agradarme luego de lo que me contaste de él —se encogió de hombros intentando restarle importancia.

Cuando la comida llegó, ambos lo ignoraron por completo.

—Prefiero que olvides lo que dije ayer, y no digo que no intentes llevarte bien con él, me refiero a que no quiero que le des oportunidad de lastimarte, ya que a aquel hombre sólo le preocupa sí mismo.

—Lo sé, h'm.

El pelirrojo quedó mirando unos segundos al menor que ahora picaba su comida con los palillos.

—Sé perfectamente que no le importo en lo más mínimo —dijo esta vez levantando la mirada, sonriéndole.

El pelirrojo pudo sentir como algo se había roto dentro de él, como también se había roto dentro del rubio hace mucho tiempo.

—Deidara. —Tomó la mano con la que el rubio sostenía los utensilios, parecía que esta temblaba. El rubio lo miró, tenía los ojos a punto estallar. — A mí sí me importas, así que por favor, ten cuidado, llegaré a ir si es que me necesitas a tu lado.

La cálida lluvia que caía sobre su espalda hacía que comenzara a relajarse luego de haber hablado por teléfono con aquel tipo, todo había sido tan repentino y rápido que aún no lograba creérselo. Aún no entraba en su cerebro toda aquella información, ¡y que ni se hablara de procesarla! Eso era demasiado para él, el simple hecho de ahora saber que la persona con la que creía había hablado la última vez en realidad no era y se trataba de un traductor, que en realidad, el Sr. Bauer al que él quería dirigirse había muerto hace tiempo, que su hijo era el que siempre lo había consentido por la culpa que sentía por los actos de su padre. Que ahora él había heredado todo el dinero de aquella familia por la muerte del joven Friedrich, que aquel hombre era una persona de buen corazón, que había anhelado conocerlo, que había muerto camino a una tienda para tener todo listo para su llegada, que había guardado una carta de disculpas para él en la caja fuerte.

Al salir de la ducha, limpió el espejo con la palma de su mano y se quedó mirando su reflejo allí, ese chico albino, con rasgos europeos que no pegaban con su estilo, esos ojos color lila brilloso heredados de algún dios extinto, en su sonrisa los sobresaliente colmillos, amenazantes. Comenzó a secarse el cabello mientras veía las gotas resbalar por su tersa y empapada piel, su toalla en su cintura sólo cubría lo mínimo indispensable y pensó en que debía cambiar aquellos maltratados trapos, entonces, antes de decirse que no tenía dinero lo recordó, todo lo que había dejado aquel tipo para él, ese del que ni siquiera conocía su voz.

Una vez que terminó de vestirse caminó directo a la puerta de salida de la casa, con un rumbo completamente desconocido, con su cerebro completamente desconectado y sus piernas cansadas por haber corrido todo ese tiempo, se sintió levitar momentáneamente e intentó no pensar en la culpa que tenía él de todo aquello, recordó vagamente una de las cartas de aquél chico sólo unos diez años mayor que él. Nunca hubiera sospechado que fuera tan joven, la persona que le escribía con tal sabiduría, prolijidad, dedicación y dulzura que pensó era falsa. Mientras sentía la brisa chocar contra su rostro rememoraba lo que le había dicho el mayordomo de aquella mansión, Friedrich llevaba cuatro años intentando aprender completamente japonés para poder hablar con él de forma que le entendiera.

Soltó un suspiro en busca de dejar ir toda la culpabilidad y levantó su frente para admirar donde se encontraba, nunca hubiera pensado que llegaría a aquella casa, ¿tan acostumbradas estaban sus piernas a dirigirse allí?

Se encogió de hombros restando importancia al hecho y tocó la puerta, después de todo, no era como si tuviera otro lugar al cual ir, al cual deseara ir.

El crepúsculo a punto de terminar iluminaba su figura haciendo que despidiera una aura rojiza, haciéndole sobresalir aunque vistiera completamente de negro; aquel traje, era algo usual usarlo todas las navidades, los pantalones de vestir, los zapatos, la camisa, y el bléiser sobre esta, todo el vestuario hacía que su cuerpo pareciera más adulto y el aura de elegancia melancólica que siempre había conservado se había expandido. Las rosas rojas en sus manos, aquel ramo podría tener unas veinte, incluso más, con olor a frescura y renacimiento. Su suave sonrisa mientras miraba aquellas tres lápidas, una a un lado de la otra, y ¿por qué no mirar el resto? La de su abuelo, la de los viejos parientes que nunca había tenido el gusto de conocer, todos estaban ahí con él, el sobrante de aquella familia de muertos vivientes, porque sí, estaban vivos ahí, en ese lugar que era sólo para conmemorarlos a ellos, los que tenían suerte permanecían en recuerdos de otros y los olvidados, podían ser vueltos a conocer por alguien como él, la única alma de aquel árbol biológico en ese mundo.

Porque si hablamos de la familia de Pain, en realidad, aquella estaba formada por alguien que había sido su tío por contener matrimonio con la hermana de su padre, pero esta había muerto y él vuelto a casar. Agradecía el amor y aprecio que aquellos le tenían, pero su verdadera familia estaba mucho más lejos que eso, sus restos ahí enterrados, para su eterno recuerdo.

Sintió la briza remover sus rizos manzana y un par de pétalos volar de aquel enorme ramo que aún mantenía entre sus brazos, trayendo lejanas memorias de su madre, de su padre, de su abuela, todas esas personas que habían cuidado de él cuando no podía hacerlo él mismo, y quizá se habían ido demasiado pronto, pues aún sentía que necesitaba su ayuda. Aún así él no lo reclamaría, porque habían hecho todo lo posible por él, vivos, muertos, perdidos, olvidados, encontrados, recordados. Siempre habían estado para él, en algún lugar, ahí mismo.

Se puso en cuclillas frente a ellos, con el ramo de flores en su mano derecha rozando el suelo, sí, quizá lo habían dejado demasiado pronto. Sonrío con pena al sentir que un nudo se formaba en su garganta. Aunque había sido así, se estaba esforzando por ellos, por no quebrarse a mitad de camino. Quizá, si cuando ellos estaban vivos hubiera sido más fuerte, entonces podrían haberse marchado con más tranquilidad.

Siento eso, pensó mientras se tomaba de la nunca, reverenciándolos siquiera un poco.

Por mucho tiempo no había encontrado forma de vivir sin ellos, por mucho tiempo no había encontrado forma de ser feliz sin ellos, pero ahora creía que quizá ellos podrían descansar en paz, porque no dejaría que nada ni nadie volviera a arrebatarle su felicidad. Porque sabía que había encontrado una buena persona a la que proteger.

Dejó el ramo de rosas sobre el suelo, posiblemente había estado mirando ahí todo ese tiempo.

—No tienes que aguantarlo solo, h'm —escuchó decir a una dulce voz por detrás de él.

Entonces volvió su cabeza enfrente y sus labios se curvaron en una fina y dulce línea. Quizá era él al que estaban protegiendo.

Sus piernas volvieron a extenderse y se volteó a mirar a aquel rubio, ése lo observaba no del todo apenado por la interrupción.

—¿Qué haces aquí? —Preguntó tranquilamente el pelirrojo, con sus manos metidas en los bolsillos del pantalón.

—Sabía que no era mentira —soltó el menor con un pequeño sonrojo bajo las mejillas, apenas dando algo más de color a su rostro—, el que vendrías aquí en navidad, h'm.

La luz del crepúsculo que alumbraba al rubio desde atrás hacía que fuera demasiado brillante para él, como una estrella más del cielo. Entonces le sonrío y caminó hacia él, quedando a su lado pero mirando hacia el horizonte.

—Vamos.

Cuando despertó caminó por la casa silenciosamente, eran las siete de la mañana, no parecía haber nadie en pie a excepción de él y sintió culpa al darse cuenta de que aquello lo aliviaba, el que no estuviera su familia a los alrededores. Llevaba una camiseta manga larga completamente negra y unos jeans azules, en sus pies sólo estaban sus usuales medias blancas. Las hebras negras que eran sus cabellos descansaban pacíficamente sobre su espalda, no se había molestado en atárselas como lo hacía normalmente.

De la heladera sacó una botella de leche y comenzó a calentar agua, la tranquilidad mañanera había comenzado a llevarse sus suspiros; ayer, luego de ver a Kisame, lo había pensado seriamente, debía confesarse frente a su padre de alguna forma, pero con sólo quince años a dónde huiría si aquello no salía bien, no paraba de preguntárselo y le aterraba, le aterraba que su padre pudiera ponerse en su contra y obligarlo a cambiar su vida.

Recordó vagamente que su primo viviría con ellos mientras efectuara sus estudios y sintió caer más pesos sobre sus hombros, odiaba que aquello significara que una persona más podría descubrir su secreto e intervenir en la relación con el de ojos carbón.

Revolvía su té con leche y miel mientras miraba algún punto vacío en la pared, realmente era un problema aquella familia que tenía, todo debía ser perfecto para ellos y para él estaba bien pero, ¿acaso el amor mutuo no era perfecto sólo por ser así, mutuo? Sabía que su padre no creía algo así, y se preguntó si aquel hombre se compadecería de él sólo por ser su hijo o todo lo contrario, sería estricto con él sobre eso por serlo, por tener el deber de dejar descendientes de aquel añejo clan.

Se levantó de su silla pensando en que llegaría tarde y caminó hacia el baño a buscar su coleta para atarse el cabello, luego de eso, con la casa aún en completa tranquilidad, escribió una nota en la mesa, para advertir a los miembros de la familia a qué había salido y calzándose sus zapatillas y tapándose con una chaqueta petróleo, además de un gorro negro; salió al frío invernal.

Itachi siempre había sido una persona retraída, calmada, formal e inteligente, si es que lo mirabas de afuera era un buen partido al estilo empresario, pero el realmente pensó, al comenzar su secundaria, que se trataba de alguien aburrido, al ver al resto de los chicos de su edad, realmente comenzó a pensar que él no era una persona a la cual amar. Con su personalidad parecía ignorar aquel hecho, nunca se había interesado demasiado en esa clase de cosas, en el amor. Pero cuando Kisame se encontró frente a él, había podido sentir como algo en él se despertaba, esa locura suya que había escondido tanto tiempo. Y cuando Kisame se alejó, cuando la persona en donde depositaba aquella locura desapareció esta se empezó a esparcir sobre él, cambiándolo junto a las demás personas a las cuales el había conocido, volviéndose alguien cínico, con una personalidad más bien retorcida y un vacío increíblemente grande. Sonrío al pensar que ese comportamiento no era digno de él, pero siempre que estuviera controlándolo igual que ahora, aquello lo haría alguien interesante, alguien digno de amar.

Con sus manos en el bolsillo, siguió caminando, hundiéndose en la niebla de calle y la de su mente.

Observó a sus primos, lejanos a él ellos corrían hacia las escaleras mecánicas, riendo. Sonrío para sí mismo, parecía que estuvieran bien… sí, parecía. Mientras sus pasos le pesaban, caminaba con su maleta a un lado, arrastrándola con aquellas rueditas suyas, el bullicio de aquel lugar le traía a la memoria la desesperación y tristeza que había sufrido hacía dos días mientras buscaba al albino, que por cierto, acababa de despedir en su casa; aquél había estado tan en contra de que fuera al viaje que le había hecho sentir feliz, se preocupaba demasiado por él, aquel hombre no lo mataría, simplemente, podría destruirlo por dentro.

Recordó a Sasori que no se había presentado en su casa y sintió la gran necesidad de mirar hacia atrás antes de subir por aquellas escaleras, antes de dejar aquel lugar. Aunque no era como si no fuese a volver, sentía que para entonces no sería lo mismo, sabía que algo cambiaría.

Entonces colocó su maleta en el primer escalón y mientras se decidía a subir, en aquella milésima de segundo creyó ser llamado, pero le había sonado tan lejano que no quiso voltear, entonces, escuchó una exclamación desde la punta de arriba de las escaleras, su prima le indicaba que volteara, que no subiera aún.

Cuando se giró, logró ver como la aparente carrera del pelirrojo terminaba a los pies de aquella escalera y lo observaba con esos acaramelados ojos, casi preguntándole si lo abandonaría en ese mismo momento, entonces sus pies saltaron de aquel escalón y bajó a aquel mármol blanco, tambaleándose.

Había podido presenciarla por unos minutos, aquella mirada preocupada del pelirrojo cuando lo vio saltar, cuando creyó que caería.

—Deidara —soltó con lo que pareció ser aire contenido.

—Pensé que no vendrías, h'm —confesó el menor y volvió a mirar hacia atrás para ver como su prima atajaba el equipaje que había abandonado en las escaleras.

—Se me hizo tarde, lo siento —. El pelirrojo torció la boca, realmente había pensando que no llegaría.

El rubio se encogió de hombros y le sonrío al ver que llevaba el collar que había hecho para él sobre su chaqueta de cuero, instintivamente llevó su mano a la oreja para sentir el tacto de aquella cadeneta y su suave pluma.

—Por cierto, te habías olvidado esto en casa la otra noche —mencionó el pelirrojo levantando un juego de llaves que el menor había dado por perdido.

—Ah, pensé que habían muerto, h'm —se sorprendió el rubio mientras las tomaba entre sus manos.

Cuando el chico volvió la miraba al mayor aquel tenía la sonrisa más suave y dulce que podría haber apreciado jamás, se quedó hipnotizado unos segundos, sintiendo su corazón golpearlo en el pecho. Pero aquello se deshizo rápidamente al escuchar como una mujer, por medio de altavoces, anunciaba que su partida sería pronto.

—Entonces, ¿hasta cuándo estarás allá? —Preguntó el pelirrojo volviendo a meter sus manos en los bolsillos de su jean.

—Ah, creo que volveremos luego de año nuevo, como el dos de enero, h'm —divagó el rubio colocando uno de sus dedos sobre su barbilla.

—Ya veo…

—Bueno, tengo que irme ya, h'm —dijo volteándose de forma apresurada hacia las escaleras para ver si sus primos seguían allí. Pero cuando estuvo por subir sintió como el pelirrojo le tomo del brazo para voltearlo hacia él nuevamente.

—Espera —. Aquella palabra se había perdido en el aire, entonces aquel chico le planto un beso en los labios. Todas las personas grises a su alrededor, ninguna de ellas lo notó.

El rubio ahora miró aquellos ojos, con las mejillas rosadas.

—Vamos, vete —le soltó el mayor haciendo un ademán con su cabeza de que siguiera adelante.

Cuando el pelirrojo soltó su brazo, aquel mantuvo su calidez unos segundos y luego lo sintió frío, aunque no la hubiera tenido en un principio.

Se subió a las escaleras mirando hacia adelante, pero cuando llegó hasta arriba las ganas de voltear explotaron en su interior y lo miró.

—¡Te escribiré! —le gritó. Entonces, logró ver como la sonrisa del mayor se ensanchaba al mismo tiempo en que volteaba para retirarse, aquél chico, no tenía idea de que le había hecho para que comenzara a amarlo.

Se había sentado una vez más frente a su escritorio a repasar los trabajos de orientación, después de todo, no había logrado concentrarse por demasiado tiempo, incluso había comenzado a ignorar la existencia de estos. Todo era culpa de aquel chico, pero más de él por haberse enamorado de alguien en esta etapa de su vida, cuando tenía tan poco tiempo que pudiera entregarle. Comenzó a resolver las actividades de aquel módulo que le habían entregado, ahora con nada de dificultad, él siempre había sido una persona inteligente, pero no había podido con aquellos sentimientos, lo habían acorralado.

Recordó vagamente la cara del menor en ese momento, "No vas a usar mi cuerpo para despojarte de tus estúpidos sentimientos", la recordaba a la perfección, en ese momento, el chico se sentía no sólo enojado sino que también estaba triste, esa tristeza, lo había sabido, era por él. Era lástima. Se sonrío a sí mismo, apenado, que Hidan hubiera sentido lástima por él, por ellos, por su relación; era doloroso ¿Cómo era que había dejado que aquello pasara?

Antes de que pudiera responder aquella pregunta, recordó vagamente que él lo había hecho una vez, sentir lástima por él, por ellos e incluso por su relación, y entonces lo entendió, era por el amor que sentía hacia él, porque no quería que sufriera. En aquel entonces se había estado preguntando por qué aquel chico se mantenía a su lado, por qué lo amaba.

Y pensar que ahora eran novios hacía que se sintiera repentinamente extraño, nunca había tenido uno, nunca había tenido tales sentimientos, nunca había tenido la necesidad de ver a alguien todo el tiempo.

Se levantó de su silla dispuesto a prepararse un café, tendría que ponerse a estudiar de nuevo arduamente. Pensó en el albino, no quería tener que descuidarlo de nuevo, menos es esta etapa de su relación, debía "asegurarlo", aunque bien creía que aquel nunca se alejaría de él, no quería correr el más mínimo riesgo, después de todo, si llegaba a perderlo, no sabía si sobreviviría.

Al escuchar que tocaban la puerta sintió a su cerebro decirle que debía trabajar, pero había otro órgano que le estaba dando órdenes más apetecibles. Entonces caminó hacia la puerta, era casi la hora de preparar la cena.

Cuando abrió sus ojos se deleitaron con observar aquella figura y sus labios formaron una dulce línea sin siquiera preguntárselo.

—Hidan.

Al llegar a la puerta de aquel horrible lugar, que tanto había detestado, se encontró, una vez más, con el rostro de su amante, aquel chico le sonreía amenamente, tanto así, que comenzaba a molestarle menos la situación.

—¿Te hice esperar? —Preguntó el moreno, al mismo tiempo levantó un poco la manga de su campera para observar su muñeca, cayó a la cuenta de que había olvidado su reloj.

—Aún es temprano —le sonrió el mayor al mismo tiempo que volteaba y hacía que las puertas de aquel lugar abrieran de forma automática.

El moreno hizo un pequeño trote para alcanzar al otro y ubicarse a su lado.

—¿Ya has sacado el boleto? —preguntó estirando su cuello, para observar su casi inalcanzable rostro.

El otro se volteó a mirarlo y le sonrío por apenas centésimas de segundos.

—Sólo lo reservé, vamos a retirarlo.

Aunque fuera muy temprano, el aeropuerto de aquella ciudad parecía nunca descansar, bueno, aquella era una ciudad que nunca parecía dormir. La gente iba de acá para allá y ya no podía contar cuantas veces lo había chocado o empujado gente que corría apresurada, gente que se resignaba a pedir perdón o siquiera mirarle.

Decidió tomar la mano del mayor y aquél apretó la suya como muestra de afecto. A medida que caminaban recuerdos comenzaban a llegar a su mente, recuerdos dolorosos. Como él subiendo eternas escaleras, alejándose cada vez más. Cuando habían sido más pequeños había sido tan horrible que los separaran, y ahora, cuando creyó que tendría la suficiente madurez para dejarlo ir, además de que sólo serían unos días, ni siquiera una semana, conservaba el temor a que desapareciera de su vida.

Presionó el agarre que tenía a él, queriendo ahora abrazarlo y aferrarse aún más luego si era posible.

—Espérame aquí —pidió el mayor a unos metros de la ventanilla para los boletos.

Realmente no había querido hacerle caso, y Kisame estaba consciente de aquello, de todas formas, lo dejó ir. Sabía perfectamente que se estaba comportando como un crío pero no le importaba, el temor había crecido dentro de sí, tanto que no tenía el valor para ocultarlo.

Cuando regresó, éste le dirigió una sonrisa, sólo para él, parecía intentar que se sintiera más seguro, pero no creía que hubiera forma de lograr eso.

Caminaron, nuevamente tomados de la mano, hasta la entrada para los viajeros e Itachi quedó mirando aquellas largas escaleras del horror, que aún recordaba muy bien. Kisame lo miraba con la boca torcida, no había creído que el moreno se pusiera así por algo como eso, después de todo sólo era un viaje corto, incluso le había ofrecido ir.

—Itachi —le llamó haciendo que el menor perdiera el atontamiento y lo mirara.

El moreno pareció estar a punto de preguntarle algo, pero entonces los altavoces sonaron dando la respuesta a su pregunta, tenía que subir ya.

—Debo irme ya —susurró el mayor con una sonrisa apenada.

El otro no quiso, pero asintió.

Kisame quedó mirando como el menor observaba el suelo, parecía hacerlo inconscientemente, con tristeza. Entonces le levanto el rostro sosteniéndolo de una de sus mejillas, le sonrió suavemente. No iba a decirle algo como "volveré pronto", sabía que aquel chico no quería que lo tratara como a un niño, aunque estuviera actuando como tal.

—Te llamaré cuando llegué allá, ¿sí? —Advirtió el mayor volviendo a ver como el otro asentía suavemente, entonces lo besó.

Cuando se separaron del tierno beso, el de cabellos azulados se agachó a recoger su equipaje, Itachi no logró hacer más que observarlo, aquellos ojos se mantenían más tranquilos que lo normal, tristes.

—Ten cuidado de vuelta a casa —le dijo al mismo tiempo en que subía al primer escalón de aquella escalera.

Entonces aquel chico se volteó dejándole ver su amplia espalda y como se alejaba de él, nuevamente, dejándole el gusto de su saliva en su boca. Aquello parecía ser algo que nunca podría superar, el dolor de verlo partir por segunda vez, aunque supiera que volvería a él como la última vez.

Miró a su lado silenciosamente, el albino descansaba pacíficamente sin emitir un solo sonido. Se escurrió entre las sabanas hasta llegar a salir finalmente de la cama, descalzo se paró frente a esta y volvió echar una mirada sobre el chico, le tiró un par más de cobijas por encima y se retiró de la habitación sintiendo sus párpados pesarle, quizá no hubiera sido mala idea dormir un poco. Bah, lo haría después.

Puso a calentar agua y se sentó una vez más frente a aquel escritorio, era cierto que no podía dejar a Hidan de lado, pero tampoco al estudio.

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CONTINUARÁ


¡Hola a todos de nuevo!, ¿cómo estuvo?, ¿les gustó? .w.

Saben, recordé que debo compartir mi felicidad con el mundo porque si no estaré alterada por el resto de mis días... Y quiero contarles que... ¡quedé en un concurso de una editorial! dvagsdcfgsahdas Tenía que decirlo. ¡Me publicaran!, sniff, sniff, felicidad ;w; Es en un libro de cuentos, no piensen que es algo grande, pero de todas formas me he quedado super feliz, me inspira a seguir con mi sueño de convertirme en autora x3 Les dije, los milagros sí existen (?) xD

Bueno, ya, dejando mi felicidad de lado *se limpia las lágrimas*, espero hayan disfrutado de la actualización, y me gustaría leerlos pronto, ya debo irme así que me piro de aquí, ¡matta~ne!

Cuídense .3.