Capitulo X: Profanación y caída
Nada más empezar a besarle, Castiel cerró los ojos. Por eso no vio cómo los verdes del demonio se abrían a causa del asombro, ni cómo reflejaban amor por una vez en su larga existencia. Si no lo hubiera hecho, se habría perdido en aquella inmensidad esmeralda que tanto se parecía al parque de su cielo favorito, su lugar de descanso y tranquilidad.
Le extrañó sentir las manos cálidas de Crowley en sus costados, pero como lo hizo tan despacio, siguió besándole sin apartarse. No quería perder el contacto todavía ni romper ese instante mágico que, en su interior, sabía que nunca volvería a repetirse.
La caricia en el pelo le gustó y la correspondió de igual manera, él con más suavidad pero con igual sentimiento. Ni siquiera se preguntó si de verdad el demonio lo sentía o no, igual que tampoco pensó en si aquello estaba mal. Fergus era un hombre necesitado y él le estaba ayudando, no podía estar mal. "Darás de comer al hambriento y de beber al sediento" había dicho su Padre. Y existían muchas clases de sed.
Algo en el interior del otro debió cambiar porque, de repente, el beso se hizo más duro y exigente, ya no tan desesperado sino demandante, posesivo. Cass frunció el ceño. La incipiente barba del diablo le raspaba los labios cortados y le irritaba las mejillas. Sus dedos colándose entre su ropa le hicieron estremecer. Pero estaba decidido a mostrarle lo que era el amor y aquello, aunque rudas, seguían siendo caricias.
Pasó una mano por el pecho del demonio, quien se había desabrochado el cuello de la camisa en algún momento durante su rezo compartido, y eso hizo que las yemas del ángel rozaran directamente su piel. Aunque no había nadie, cubrió a ambos con las alas, que eran invisibles para todo el mundo menos para ellos.
Oculto bajo el dosel oscuro de las alas del ángel, Crowley sintió como todo el vello de su cuerpo se erizaba cuando notó el contacto de la mano de Castiel en su pecho. Sintió como se encogía el corazón de Fergus (pues era el único de los dos que aún conservaba algo de él) y rechazó con rudeza la pura y maravillosa sensación que el humano que quedaba en él experimentaba. Recurrió a su lujuria de nuevo para evitar que la situación se le fuera de las manos, pues notaba que estaba haciendo equilibrios en esa cuerda floja que es el amor, y el pecado capital dio nuevas fuerzas a su naturaleza demoníaca, las suficientes para descargar su ira contra el insignificante humano y permitir que el diablo continuara adelante con su plan tan largo tiempo meditado.
Con gula, empezó a devorar la boca de Castiel, mientras sus manos trabajaban rápidamente con su ropa. Abrió su camisa y su pantalón, y mientras con las manos le acariciaba febrilmente todo el cuerpo, sus labios dejaron los del ángel para lamer su cuello pasionalmente. Aún ocultas por las de Cass, sus alas membranosas se desplegaron, y la larga cola demoníaca hizo su aparición, para unirse a las manos que avariciosamente querían estar en todas partes, llenándose de las sólidas formas del ángel, envidiándose la una a la otra, airadas por los celos que se tenían.
Perezosamente, sus alas fueron extendiéndose en toda su longitud (cosa que el demonio no solía hacer por lo mucho que pesaban) y rodeando el cuerpo del ángel en un abrazo asfixiante, revistiéndole con ellas como si fuera un manto demoníaco. Aflojó su propio pantalón para poder liberar el objeto de su soberbia y, aún lamiendo el cuello de Castiel, sonrió.
Solo por un instante (tan breve que nunca llegó a saber si de verdad había ocurrido o si se trataba solamente de su imaginación) sintió el temblor del cuerpo del otro entre sus brazos y el deseo de consolarle floreció en su pecho. ¿Sería posible semejante milagro?, ¿Podría el demonio amar?
Pero, tan pronto como había llegado, desapareció. Sentía que había estado a punto de conseguir algo, pero ese algo se le escapó de entre los dedos antes de que ni siquiera supiese de qué se trataba. Y fue sustituido por un asalto tan voraz como el de una jauría de sabuesos infernales. El ángel jadeó en un intento por respirar, pero el abrazo de Crowley seguía asfixiándole y sus caricias desesperadas le robaban el poco que lograba llevar hasta sus ardientes pulmones. Agobiado, miró a su alrededor. Sin que fuera consciente de ello, las coriáceas alas del diablo habían ido cubriendo las suyas y encerando a ambos en un opresivo capullo de oscuridad. Al ser algo translucidas, sin embargo, dejaban pasar la luz en algunos puntos, pero era una luz sucia y ominosa, como los actos del Rey del Infierno. Y como ellos, estaba teñida por un filtro sangriento y no le dejaban ningún otro sitio al que ir.
-Crowley, espera… –Su intención era mostrarle lo que era el amor, no la lujuria. Quería que experimentase el cariño, no la posesividad y el deseo de saciarse con él.
Claro que podría haberse librado fácilmente de él gracias a su poder, considerablemente mayor que el del otro, pero ni siquiera pensó en ello, solo trató de apartarse como quien trata de no caer a un abismo que le mantiene hipnotizado.
La visión de la cola apuntada del demonio le puso aún más nervioso, pero aquello no fue nada con lo que sintió al ver lo que, hasta ese momento, había estado oculto bajo sus pantalones.
-Esto no está bien. Tiene que haber otra manera…
En el Infierno nunca hay otra manera…-susurró Crowley contra su cuello, mientras seguía devorándole
De improviso, la larga y flexible cola se enroscó en torno al tórax del ángel, aprisionando sus cuatro extremidades superiores y, aún encerrados ambos en la crisálida negra de las alas demoníacas, desaparecieron de allí.
Castiel escuchó el aire silbar a su alrededor y su recipiente supo que el aire a su alrededor estaba helado, pero dentro de la burbuja en la que se encontraba prisionero con Crowley saciando su lujuria con él el calor del Infierno le abrasaba. La sensación de ingravidez que no entendió en principio se vio súbitamente sustituida por la pavorosa sensación de estar cayendo a plomo en una sima sin fondo. Mientras las alas provistas de afiladas garras le arrancaban la ropa con ansia, las manos tocaban, apretaban, manoseaban obscenamente todo su pulcro recipiente; su lengua recorría sin permiso los lugares más íntimos de su cuerpo y su demoníaco miembro buscaba entrar en su casto interior como si tuviera vida propia, todo esto mientras caían en barrena al vacío, girando sobre si mismos como dragones suicidas en una última y frenética danza nupcial.
El ángel se ahogaba en la caída y en el pecado.
Las alas del demonio se abrieron en forma de flecha, más no para remontar sino para acelerar aún más la caída, y Castiel divisó en el fondo un punto rojo, que se hacía más y mas grande a una velocidad pavorosa. Era la boca de un gigantesco volcán en erupción, la Antesala de los Fuegos del Infierno, e iban directos a él. El cuerpo de Crowley se había unido al suyo de una forma casi imposible, como si ambas pieles se hubieran fundido con el calor abrasador que aguardaba abajo, como si fuesen uno, y su esencia de demonio parecía ocupar todo el espacio a su alrededor y tratar de devorar la pura esencia angelical a la que impedía todo movimiento.
Ya estaba sintiendo Castiel su piel dañarse con la flama del volcán cuando las alas del demonio se estiraron por completo e impulsadas con el aire caliente, hicieron remontar el vuelo a la pareja en el último momento.
En ese mismo instante, el demonio se introdujo carnal y repentinamente en el cuerpo del ángel.
Pero ahora no estaban en el Infierno sino en la casa de Dios, su Padre. O eso es lo que habría dicho hacía solo un segundo, antes de que Crowley abriera las alas y él pudiera ver dónde se encontraban. Aunque aquella expresión no era del todo acertada en su caso, ya que no "estaban" ni medio segundo en cada lugar antes de que el paisaje pasara veloz y borroso ante sus ojos. No, no era el paisaje. Eran ellos los que se movían. Estaban cayendo.
Castiel ahogó un jadeo y trató de abrir las alas para no estrellarse, pero aún las tenía fuertemente asidas por la cola del demonio.
A la angustiosa sensación de estar descendiendo a toda velocidad se unió la que le provocaban las manos de Crowley, su lengua, sus dientes y sus alas, que le tocaban sin permiso y en lugares donde nadie más lo había hecho, le asediaban, marcaban su piel blanca y le arrancaban la luz y la inocencia con la misma ansia salvaje con la que lo hacían con sus ropas. De nuevo trató de resistirse, pero fue en vano. Estaban cayendo y no había nada que pudiera hacer. O tal vez ya había caído, porque cuando alzó la mirada y vio hacia dónde se dirigían, se replanteó lo de no estar en el Infierno. Ahora veía fuego y humo por todas partes. Los vapores sulfurosos del azufre le rodeaban, asfixiándole y haciéndole llorar los ojos mientras el Demonio le obligaba a ser suyo quisiera o no. ¿Acaso no era eso el castigo eterno?
Cerró los ojos, pues empezaba a sentir que se le abrasaban y ni siquiera las lágrimas conseguían aliviarle, porque se evaporaban nada más abandonarle. Había fracasado. Había caído y había fallado a todo el mundo; a sus hermanos, a los hombres, y a sus amigos. Había fallado a Dean. Y por eso ardería durante el resto de la eternidad, torturado por el mismísimo Rey del Infierno para siempre por ser el ángel que se atrevió a pensar que podría salvar a los humanos de la sentencia que había dictado su Padre tantos siglos atrás.
Pero algo pasó de repente. Algo inesperado y que le devolvió una pequeña parte de su casi inagotable esperanza; estaban remontando. ¿Crowley iba a…?
-¡AHHH! –Un dolor punzante e insoportable hasta para un ángel le rompió la mente y el cuerpo y le unió por completo al demonio. Estaba hecho. El ritual ya podía completarse.
Castiel gritó y, de nuevo, fue incapaz de contener las lágrimas.
Con una carcajada de feroz alegría, el demonio remontó el vuelo casi con la misma velocidad a la que un instante antes estaban cayendo. Por fin había logrado su propósito de mancillar a un ángel, a ese ángel, al que por fin tenía entre sus garras escamosas a su merced y por fin estaban completas las exigencias del ritual, con lo cual durante el eclipse de esa noche las almas del purgatorio serían suyas. Ahora toda su monstruosa naturaleza se manifestaba sin pudor mientras poseía al blanco Castiel, siendo su aspecto real tan abominable como sus acciones; las alas coriáceas tachonadas de garras rojas, la cola flexible y apuntada, los tres pares de cuernos negros similares a los de los machos cabríos, las filas dobles de colmillos que llenaban su hocico semejante al de un dragón, su aliento sulfuroso, las pezuñas de bordes afilados de sus extremidades traseras, su piel negruzca que parecía reflejar nombres de blasfemia y sufrimiento de almas robadas y martirizadas por los siglos de los siglos…A la sensación de triunfo del Rey del Abismo se unió el goce físico del éxtasis, mientras cabalgaba al guerrero celestial como un jinete de Pegaso, y su cuerpo culminó arrojando con un ímpetu casi despreciativo su semilla estéril en el puro interior del ángel mientras los recuerdos de su vida pasada irrumpían con la misma violencia en la mente del Castiel. A través de Crowley, el siervo de Dios vio a los aldeanos que habían amenazado con quemar al abandonado niño retorcerse de dolor en sus lechos, pues habían bebido agua envenenada, así como vomitar sangre a todos los soldados de la guarnición a la que pertenecían los que alguna vez le habían molestado porque había escondido puntas de alfileres en sus raciones de pan… Y mientras los gemidos de gozo y las carcajadas de triunfo del demonio resonaban en los oídos de Castiel dentro, muy dentro, Fergus lloraba por la perdición del ángel y por la suya propia.
Entre la rojiza niebla que embotaba su mente y empañaba sus ojos, le pareció escuchar que Crowley se reía triunfal. No era para menos; acababa de corromper a un ángel del Señor.
También le dio la impresión de que estaban ascendiendo, pero eso ya no importaba, porque él jamás podría volver a hacerlo.
Cuando consiguió que su mirada se aclarara, Crowley se había convertido en la abominación que era en realidad, pero Castiel no le veía a él sino al humano que una vez fuera. Había creído que aquel hombre era solo una víctima de sus circunstancias, una persona buena que se había visto obligada a firmar un trato con el Mal. No era tan extraño que eso ocurriera. Incuso sus amigos los Winchester, y el amigo de éstos, Bobby Singer, habían intentado pactar con el Diablo para salvar la vida de alguien.
Pero Fergus ya era malvado antes de eso. Él solo había causado tantas muertes como aquellos que le habían perseguido e invadido su país. Había envenenado, mentido, abusado y difamado hasta cubrirse a sí mismo de oprobio y blasfemia. Y solo entonces había invocado a un monstruo para unirse con él. Pero ni siquiera había sido por una buena causa como estaba haciendo el ángel; estaba borracho en una taberna de mala muerte a las afueras de Newcastle, Inglaterra* No era la primera vez que practicaba la brujería. Tambaleándose, se agachó sobre el suelo estéril de una enctrucijada y enterró su nombre en él. Entonces apareció el Rey de los Cruces de Caminos, que por aquel tiempo no era más que un demonio menor, y él le vendió su alma a cambio de… ¿¡Eso?! Si no le estuviera perforando las entrañas con el objeto de su trato jamás lo hubiera creído. Pero esa cierto. Dolorosamente cierto.
Al fin cesó cuando del demonio obtuvo lo que estaba buscando y, solo en ese momento, aflojó el duro agarre que mantenía sobre sus alas y Castiel pudo marcharse sin una mirada atrás.
